Cuatro

Cuatro


El traidor

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EL TRAIDOR

Otro año, otro Día de Visita.

Hace dos años, cuando era iniciado, fingía que mi Día de Visita no existía, me escondía en la sala de entrenamiento con un saco de boxeo. Me pasaba tanto tiempo allí dentro que el olor a polvo y sudor se me quedaba varios días metido en las fosas nasales. El año pasado, el primer año que entrené iniciados, hice lo mismo, aunque Zeke y Shauna me invitaron a pasar el día con sus respectivas familias.

Este año tengo cosas más importantes que hacer que pegarle a un saco de boxeo y lamentarme por mi familia disfuncional. Voy a la sala de control.

Atravieso el Pozo esquivando reuniones llorosas y chillidos de risa. Las familias siempre pueden reunirse el Día de Visita, aunque sean de facciones distintas, pero, con el tiempo, suelen dejar de venir. Al fin y al cabo, «la facción antes que la sangre». La mayoría de las ropas mezcladas que veo pertenecen a familias de trasladados: la hermana erudita de Will va vestida de azul claro; los padres veraces de Peter van de blanco y negro. Por un momento los observo y me pregunto si ellos lo habrán convertido en la persona que es. Aunque supongo que esto no es fácil de explicar a la gente.

Se supone que tengo una misión, pero me detengo al lado del abismo y me asomo a la barandilla. Trocitos de papel flotan en el agua. Ahora que sé dónde están tallados los escalones en la piedra de la pared opuesta, los veo a la primera, al igual que la entrada oculta que lleva hasta ellos. Esbozo una leve sonrisa y pienso en las noches que he pasado en esas rocas con Zeke o Shauna, a veces hablando y a veces simplemente escuchando el movimiento del agua.

Oigo pisadas que se acercan y vuelvo la vista atrás. Tris se me acerca, caminando bajo el brazo vestido de gris de una mujer abnegada: Natalie Prior. Me pongo rígido y, de repente, deseo desesperadamente escapar. ¿Y si Natalie Prior sabe quién soy, de dónde vine? ¿Y si se le escapa aquí, rodeados de gente?

No es posible que me identifique, ya no me parezco al chico que ella conocía, que era desgarbado y encorvado, e iba enterrado en tela.

Cuando se acerca lo suficiente, me ofrece una mano.

—Hola, me llamo Natalie. Soy la madre de Beatrice.

Beatrice. Qué nombre más inapropiado para ella.

Le doy la mano a Natalie. Nunca me han gustado los apretones de manos osados, son demasiado impredecibles: nunca sabes lo mucho que debes apretar ni durante cuánto tiempo.

—Cuatro —respondo—. Encantado de conocerte.

—Cuatro —dice Natalie, y sonríe—. ¿Es un apodo?

—Sí —respondo, y cambio de tema—. A tu hija le va bien. Yo superviso su entrenamiento.

—Me alegra oírlo. Sé unas cuantas cosas sobre la iniciación osada, así que estaba preocupada por ella.

Miro a Tris. Tiene las mejillas sonrosadas y parece contenta, como si ver a su madre le sentara bien. Me doy cuenta de verdad de lo mucho que ha cambiado desde la primera vez que la vi, cuando bajó tambaleándose hasta la plataforma de madera con aquel aspecto tan frágil, como si no se hubiera roto contra la red de milagro. Con las sombras de los moratones en la cara y una postura más equilibrada, lista para todo, ya no parece frágil.

—No deberías preocuparte —le aseguro a Natalie.

Tris aparta la vista. Creo que sigue enfadada por haberle cortado la oreja con el cuchillo. Supongo que no puedo culparla.

—No sé por qué, pero me resultas familiar, Cuatro —comenta Natalie.

Lo tomaría como un comentario sin importancia, pero me mira de un modo curioso, intimidándome.

—No debería —respondo con toda la frialdad posible—. No tengo costumbre de relacionarme con abnegados.

Ella no reacciona como esperaba, con sorpresa, miedo o rabia. Se limita a reírse.

—Poca gente lo hace estos días. No me lo tomo como algo personal.

Si me reconoce, no parece desear hacerlo saber, así que intento relajarme.

—Bueno, os dejo solas —me despido.

En mi pantalla, las grabaciones de seguridad pasan del vestíbulo de la Espira al agujero rodeado de cuatro edificios, la entrada de los iniciados a Osadía. Alrededor del agujero se reúne una multitud que entra y sale trepando de él, supongo que para comprobar la red.

—¿No te va el Día de Visita? —pregunta mi supervisor, Gus, que se ha puesto detrás de mí a tomarse su café.

No es demasiado viejo, aunque se le ve una calva en la coronilla. Tiene el resto del pelo corto, incluso más que yo. Lleva en las orejas unos discos anchos que le alargan los lóbulos.

—Creía que no volvería a verte hasta que terminara la iniciación.

—Se me ocurrió hacer algo productivo.

En mi pantalla, todos salen del agujero y se apartan, de espaldas a uno de los edificios. Una figura oscura se acerca al borde del tejado que hay sobre el agujero, corre unos pasos y salta. El estómago se me cae a los pies, como si cayera yo, y la figura desaparece bajo el pavimento. Nunca me acostumbraré a ver eso.

—Parece que se lo pasan bien —comenta Gus, bebiendo su café otra vez—. Bueno, siempre eres bienvenido a tu trabajo aunque no te toque, pero no hay nada malo en divertirse de vez en cuando, Cuatro.

—Eso dicen —mascullo mientras se aleja.

Echo un vistazo a mi alrededor. La sala de control está casi vacía; el Día de Visita hay poca gente que tenga que trabajar, normalmente solo lo hacen los mayores. Gus está encorvado sobre su pantalla, flanqueado por otras dos personas que examinan las grabaciones con los auriculares medio quitados. Y, por último, estoy yo.

Escribo un comando para recuperar la grabación que guardé la semana pasada. En ella se ve a Max en su despacho, sentado a su ordenador. Pulsa las teclas con el índice y tarda varios segundos en pasar de una a otra. No hay muchos osados que sepan mecanografía, y menos todavía Max, que, según me cuentan, dedicaba casi todo su tiempo de osado a patrullar el sector de los sin facción con un arma al hombro. Seguramente nunca pensó que tendría que utilizar un ordenador. Me acerco a la pantalla para asegurarme de que los números que apunté antes son los correctos. Si lo son, tengo la contraseña de la cuenta de Max escrita en el trozo de papel que llevo en el bolsillo.

Desde que me di cuenta de que Max trabajaba codo con codo con Jeanine Matthews y empecé a sospechar que tenían algo que ver con la muerte de Amar, he estado buscando el modo de investigarlo a fondo. Cuando lo vi escribir su contraseña el otro día, encontré ese modo.

084628. Sí, el número parece correcto. Vuelvo a la grabación de seguridad en directo y recorro las cámaras hasta dar con las que muestran el despacho de Max y el pasillo de fuera. Después escribo el comando para sacar de la rotación el despacho de Max, de modo que Gus y los demás no lo vean; solo aparecerá en mi pantalla. Las grabaciones de toda la ciudad siempre se dividen entre las personas que estén en la sala de control para que no estemos todos mirando lo mismo. Se supone que solo debemos sacar cámaras de la rotación general por unos segundos si necesitamos ver algo más de cerca, pero, con suerte, no tardaré demasiado. Me escabullo de la sala y voy hacia los ascensores.

Este nivel de la Espira está casi vacío; todos se han ido. Así me resultará más sencillo hacer lo que tengo que hacer. Subo al ascensor hasta la décima planta y me dirijo al despacho de Max como si tuviera todo el derecho a hacerlo. He descubierto que cuando te cuelas en un sitio es mejor que parezca que no te estás colando. Mientras camino, le doy golpecitos a la memoria USB que llevo en el bolsillo. Doblo la esquina que da al despacho de Max.

Abro la puerta con la punta del zapato; antes, después de asegurarme de que se había ido al Pozo para iniciar los preparativos del Día de Visita, me colé aquí y puse cinta sobre la cerradura. Cierro con precaución la puerta al entrar y, sin encender la luz, me agacho junto a su escritorio. No quiero mover la silla para sentarme; no quiero que vea nada fuera de su sitio cuando regrese a este cuarto.

La pantalla me pide una contraseña. Tengo la boca seca. Saco el papel del bolsillo y lo aprieto contra la mesa mientras lo escribo: 084628.

La pantalla cambia; no puedo creerme que funcione.

«Deprisa». Si Gus descubre que me he ido, que estoy aquí, no sé qué le diré, qué excusa razonable podría inventarme. Introduzco la memoria y transfiero el programa que metí antes. Le pedí a Lauren, una de las osadas del personal técnico y mi compañera instructora de iniciados, que me proporcionara un programa que convirtiera un ordenador en espejo de otro, con la excusa de que quería gastarle una broma a Zeke en el trabajo. Me ayudó encantada: otra cosa que he descubierto es que los osados siempre están dispuestos a gastar una broma y casi nunca se esperan una mentira.

Tras pulsar unas cuantas teclas, el programa queda instalado y oculto en algún rincón del ordenador de Max al que seguro que nunca se molesta en entrar. Vuelvo a guardarme la memoria en el bolsillo junto con el trozo de papel con la contraseña y salgo del despacho sin dejar mis huellas en el cristal de la puerta.

«Qué fácil», pienso mientras camino de vuelta a los ascensores. Según mi reloj, solo he tardado cinco minutos. Si alguien pregunta, puedo decir que estaba en el cuarto de baño.

Pero cuando regreso a la sala de control, Gus está frente a mi ordenador, mirando la pantalla.

Me quedo paralizado: ¿cuánto tiempo lleva ahí? ¿Me habrá visto entrar en el despacho de Max?

—Cuatro —dice Gus con un tono de voz serio—. ¿Por qué has aislado esta cámara? Se supone que no hay que sacar cámaras de la rotación, ya lo sabes.

—Es que…

«¡Miente! ¡Miente ya!».

—Es que me pareció ver algo —termino de decir tontamente—. Podemos aislar cámaras si vemos algo fuera de lo común.

Gus se me acerca.

—Bueno, entonces ¿por qué te acabo de ver en pantalla saliendo de este mismo pasillo?

Señala el pasillo de mi pantalla. Se me contrae la garganta.

—Me pareció ver algo y subí para investigar. Lo siento, solo quería dar una vuelta.

Se me queda mirando mientras se muerde el interior de la mejilla. No me muevo. No aparto la vista.

—Si alguna vez ves algo fuera de lo común, sigues el protocolo. Informas a tu supervisor, que es… Venga, ¿quién es?

—Tú —respondo, suspirando un poco.

No me gusta que me tomen por tonto.

—Correcto. Veo que eres capaz de entenderlo. En serio, Cuatro, después de un año trabajando aquí no deberían producirse tantas irregularidades en tu trabajo. Tenemos normas muy claras, y solo hay que seguirlas. Es tu última advertencia, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —respondo.

Me han regañado varias veces por sacar cámaras de la rotación para espiar las reuniones de Jeanine Matthews con Max o de Max con Eric. No he sacado nada útil y casi siempre me pillan.

—Bien —responde, animándose un poco—. Buena suerte con los iniciados. ¿Este año vuelven a tocarte los trasladados?

—Sí, Lauren se queda con los de Osadía.

—Ah, qué pena. Esperaba que conocieras a mi hermana pequeña. Si yo fuera tú haría algo para relajarme. Aquí estamos cubiertos, solo tienes que soltar esa cámara antes de irte.

Regresa a su ordenador, y relajo la mandíbula. Ni siquiera era consciente de que la estuviese apretando. Con la cara palpitando, apago el ordenador y salgo de la sala de control. No puedo creerme que me haya librado de esta.

Ahora, con el programa de control remoto instalado en el ordenador de Max, puedo examinar todos sus archivos desde la relativa privacidad de la sala de control. Puedo averiguar qué traman exactamente Jeanine Matthews y él.

Por la noche sueño que recorro los pasillos de la Espira y que estoy solo, pero que los pasillos no terminan y que la vista desde las ventanas no cambia: vías elevadas que se introducen en altos edificios y el sol enterrado entre las nubes. Me siento como si llevara caminando varias horas y, cuando me despierto, sobresaltado, es como si no hubiera dormido nada.

Entonces oigo que alguien llama a la puerta y una voz que grita:

—¡Abre!

Esto parece más una pesadilla que el sueño aburrido del que acabo de escapar: seguro que son soldados osados que vienen a detenerme porque han descubierto que soy divergente, que espío a Max o que me mantengo en contacto desde hace un año con mi madre abandonada. Todas esas cosas que me etiquetan como «traidor a mi facción».

Soldados osados que vienen a matarme… Pero, al llegar a la puerta, me doy cuenta de que, si fueran a hacerlo, no harían tanto ruido en el pasillo. Además, es la voz de Zeke.

—Zeke —digo al abrir la puerta—. ¿Qué te pasa? ¿Sabes la hora que es?

Un reguero de sudor le cubre la frente, y está sin aliento. Debe de haber venido corriendo.

—Estaba en el turno de noche de la sala de control —explica—. Ha pasado algo en el dormitorio de los trasladados.

Por algún motivo, lo primero que pienso es en ella, en sus grandes ojos mirándome desde los rincones de mi memoria.

—¿Qué? ¿A quién?

—Hablamos de camino —responde Zeke.

Me calzo los zapatos, me pongo la chaqueta y lo sigo por el pasillo.

—Al chico erudito, el rubio —dice.

Reprimo un suspiro de alivio: no es ella, a ella no le ha pasado nada.

—¿Will?

—No, el otro.

—Edward.

—Sí, Edward. Lo han atacado. Apuñalado.

—¿Está muerto?

—No. Le dieron en el ojo.

Me detengo.

—¿En el ojo?

Zeke asiente.

—¿A quién se lo has contado?

—Al supervisor del turno de noche. Él fue a contárselo a Eric, y Eric dijo que él se haría cargo de todo.

—Claro que sí.

Giro a la derecha, alejándome del dormitorio de los trasladados.

—¿Adónde vas? —me pregunta Zeke.

—¿Edward está en la enfermería? —pregunto, caminando de espaldas mientras hablo.

Zeke asiente.

—Entonces voy a ver a Max.

El complejo de Osadía no es tan grande, así que sé dónde vive la gente. El piso de Max está al fondo de los pasillos subterráneos del complejo, cerca de una puerta trasera que da a las vías del tren. Voy hacia allí siguiendo las lámparas azules de emergencia que se alimentan de nuestro generador solar.

Llamo a la puerta de metal con el puño y despierto a Max igual que Zeke me ha despertado a mí. Abre la puerta de un tirón unos segundos después, descalzo y con ojos de loco.

—¿Qué ha pasado?

—Han apuñalado en el ojo a uno de mis iniciados —respondo.

—¿Y vienes aquí? ¿No ha informado nadie a Eric?

—Sí, por eso quiero hablar con usted. ¿Puedo pasar?

No espero a que me responda, sino que lo aparto y entro en su salón. Enciende la luz y deja al descubierto la vivienda más desordenada que he visto en mi vida: tazas y platos sucios desperdigados por la mesa de centro, todos los cojines del sofá descolocados y el suelo gris de polvo.

—Quiero que la iniciación vuelva a ser lo que era antes de que Eric la hiciera más competitiva —explico—, y lo quiero a él fuera de mi sala de entrenamiento.

—No pensarás que es culpa de Eric lo que le ha pasado a ese iniciado —dice Max, cruzando los brazos—. Ni que tienes derecho a exigir nada.

—Sí, es culpa suya, ¡claro que es culpa suya! —exclamo, más fuerte de lo que pretendía—. Si no estuvieran peleándose por diez plazas, ¡no estarían tan desesperados como para atacarse los unos a los otros! ¡Los tiene tan presionados que estaba claro que estallarían tarde o temprano!

Max guarda silencio. Parece enfadado, pero todavía no me ha dicho que es ridículo, algo es algo.

—¿No crees que el responsable es el iniciado que ha atacado a su compañero? —pregunta Max—. ¿No crees que la culpa es suya, y no de Eric?

—Claro que él o ella, quien sea, es el culpable, pero esto no habría pasado nunca si Eric…

—No puedes afirmarlo con certeza.

—Puedo afirmarlo con la certeza de una persona razonable.

—¿Yo no soy razonable? —pregunta en voz baja, peligrosa, y, de repente, recuerdo que Max no es solo el líder al que, por algún motivo, le caigo bien, sino que también es el líder que trabaja con Jeanine Matthews, la que eligió a Eric, la que seguramente tiene algo que ver con la muerte de Amar.

—No quería decir eso —digo, intentando calmarme.

—Deberías procurar comunicar con más precisión lo que quieres decir —responde Max, que se me acerca—. Si no, puede que alguien empiece a pensar que estás insultando a tus superiores.

No replico. Él se acerca más.

—O cuestionando los valores de tu facción —añade, y sus ojos inyectados en sangre pasan a mi hombro, donde las llamas osadas de mi tatuaje sobresalen por encima del cuello de mi camiseta.

Desde que me tatué en la columna los símbolos de las cinco facciones, los llevo ocultos, pero, no sé por qué, ahora mismo me aterra que Max sepa que los llevo. Que sepa lo que significan, que es que no soy un perfecto miembro de Osadía, sino alguien que cree que hay que valorar más de una virtud; que soy divergente.

—Tuviste tu oportunidad de convertirte en líder de Osadía —dice Max—. Quizás habrías evitado este incidente si no te hubieras rajado como un cobarde. Pero lo hiciste. Así que ahora tienes que enfrentarte a las consecuencias.

Se le nota la edad en la cara. Tiene arrugas que no tenía el año pasado, ni el anterior, y la piel ha adquirido una tonalidad marrón grisáceo, como si estuviera cubierta de ceniza.

—Eric está tan metido en la iniciación porque tú te negaste a cumplir órdenes el año pasado…

El año pasado, en la sala de entrenamiento, detuve todas las peleas antes de que las heridas fueran demasiado graves, lo que contradecía la orden de Eric de que solo debían parar cuando uno de los dos luchadores fuese incapaz de continuar. Por culpa de eso estuve a punto de perder mi puesto de instructor; lo habría hecho si Max no hubiese intervenido.

—… Y quise darte otra oportunidad para hacerlo bien, más vigilado —dice Max—. No lo estás consiguiendo. Has ido demasiado lejos.

Se me ha enfriado el sudor acumulado en el camino hasta aquí. Max retrocede y abre de nuevo la puerta.

—Sal de mi piso y encárgate de tus iniciados —me dice—. Que no vuelva a ver que te pasas de la raya.

—Sí, señor —respondo en voz baja, y me marcho.

Voy a ver a Edward a la enfermería a primera hora de la mañana, cuando sale el sol y sus rayos atraviesan el techo de cristal del Pozo. Tiene la cabeza envuelta en vendajes y ni se mueve ni habla. No le digo nada, me limito a sentarme a la cabecera de su cama mientras observo el paso de los minutos en el reloj de pared.

He sido un idiota. Me creía invencible, que Max nunca dejaría de quererme como líder, que, en cierto modo, confiaba en mí. Debería haber sido más listo: lo único que quería Max de verdad era una marioneta, como dijo mi madre.

No puedo ser una marioneta, pero no estoy seguro de qué otra opción me queda.

El escenario que se inventa Tris Prior es espeluznante y casi hermoso, con un cielo amarillo verdoso y varios kilómetros a la redonda de hierba amarilla.

Observar la simulación del miedo de otro es raro. Íntimo. No me parece bien obligar a otras personas a ser vulnerables, ni siquiera a las que no me gustan. Todos los seres humanos tienen derecho a guardar sus secretos. Observar los miedos de mis iniciados, uno tras otro, es como si me lijaran la piel hasta dejarme en carne viva.

En la simulación de Tris, la hierba amarilla está completamente inmóvil. Si el aire no estuviese estancado, diría que esto es un sueño, no una pesadilla; pero el aire en calma solo significa una cosa para mí: que se acerca una tormenta.

Una sombra se mueve sobre la hierba, y un gran pájaro negro aterriza sobre su hombro y le clava las garras en la camiseta. Noto un cosquilleo en la punta de los dedos al recordar el momento en que le toqué el hombro al entrar en la sala de la simulación, en que le aparté el pelo del cuello para ponerle la inyección. Estúpido. Descuidado.

Ella golpea al pájaro negro con fuerza y después todo sucede a la vez. Se oye un trueno; el cielo se oscurece, no con nubes de tormenta, sino con pájaros, una bandada de un tamaño imposible que se mueve al unísono como partes de una misma mente.

Su grito es el peor sonido del mundo, desesperado; necesita ayuda desesperadamente y yo estoy desesperado por ayudarla, a pesar de que sé que no es real, lo sé. Los cuervos no dejan de llegar, implacables, la rodean, la entierran viva en plumas oscuras. Ella grita pidiendo ayuda, y no puedo ayudarla, no quiero ver esto, no quiero verlo ni un segundo más.

Entonces, Tris empieza a moverse, se mueve hasta quedar tumbada en la hierba, rindiéndose, relajándose. Si ahora siente dolor, no lo demuestra; se limita a cerrar los ojos y entregarse, y no sé por qué, pero eso es mucho peor que sus gritos pidiendo ayuda.

Entonces se acaba.

Se echa hacia delante en la silla de metal mientras se da manotazos para espantar los pájaros, que ya no están. Después se hace un ovillo y oculta el rostro.

Me acerco para tocarle el hombro y consolarla, pero ella me golpea el brazo con fuerza.

—¡No me toques!

—Se acabó —le digo, haciendo una mueca, ya que me pega más fuerte de lo que cree.

Hago caso omiso del dolor y le acaricio el pelo porque soy estúpido, inapropiado y estúpido…

—Tris.

Ella se mece adelante y atrás para calmarse.

—Tris, te voy a llevar al dormitorio, ¿vale?

—¡No! No quiero que me vean… así…

Es lo que ha creado el nuevo sistema de Eric: un ser humano valiente acaba de vencer uno de sus peores miedos en menos de cinco minutos, una hazaña que a la mayoría de la gente le lleva al menos el doble de tiempo, pero le aterra salir al pasillo y que lo tomen por vulnerable o débil. Tris es osada, sin más ni más, pero esta facción, en realidad, ya no lo es.

—Venga, cálmate —contesto, más irritado de lo que pretendía—. Te sacaré por la puerta de atrás.

—No necesito…

Veo que le tiemblan las manos incluso al agitarlas para rechazar mi oferta.

—Tonterías —respondo.

La cojo del brazo y la ayudo a ponerse en pie. Se restriega los ojos de camino a la puerta trasera. Amar me llevó una vez por esta puerta e intentó acompañarme al dormitorio a pesar de que yo no quería, igual que ella seguramente no quiere que yo lo haga.

¿Cómo es posible vivir dos veces la misma historia desde dos puntos de vista distintos?

Tris se zafa de mi brazo y se vuelve hacia mí.

—¿Por qué me habéis hecho esto? ¿Qué sentido tiene, eh? ¡Cuando elegí Osadía no me imaginaba que me presentaba voluntaria a varias semanas de tortura!

Si fuera otra persona, cualquier otro iniciado, ya le habría gritado veinte veces por insubordinada. Me habría sentido amenazado por sus constantes ataques a mi personalidad y habría intentado aplastar su rebelión con crueldad, como hice con Christina el primer día de la iniciación. Pero Tris se ganó mi respeto cuando saltó la primera a la red; cuando me retó en su primera comida; cuando no se dejó desanimar por mis desagradables respuestas a sus preguntas; cuando defendió a Al y me miró a los ojos mientras yo le lanzaba cuchillos. No es mi subordinada, no puede serlo.

—¿Creías que superar la cobardía sería fácil? —le pregunto.

—¡Esto no es superar la cobardía! La cobardía es cómo decides ser en la vida real, ¡y en la vida real no me va a matar a picotazos una bandada de cuervos, Cuatro!

Empieza a llorar, aunque yo estoy demasiado pasmado con lo que acaba de decir para que sus lágrimas me hagan sentir incómodo. No está aprendiendo las lecciones que Eric quiere que aprenda, sino otras distintas, más sabias.

—Quiero irme a casa —se lamenta.

Sé dónde están las cámaras de este pasillo. Espero que ninguna de ellas haya captado lo que acaba de decir.

—Aprender a pensar en una situación aterradora es una lección que todos, incluida tu familia de estirados, necesitan aprender —le digo.

Dudo de muchas cosas de la iniciación osada, pero las simulaciones del miedo no son una de ellas; se trata de la forma más directa de que una persona se enfrente a sus miedos y los conquiste, mucho más directa que arrojar cuchillos o luchar.

—Si no puedes aprenderla, tendrás que salir de aquí, porque no te queremos.

Soy duro con ella porque sé que puede soportarlo… y porque soy así.

—Lo intento, pero he fracasado. Estoy fracasando.

Me dan ganas de reír.

—¿Cuánto tiempo crees que has estado en esa habitación, Tris?

—No lo sé, ¿media hora?

—Tres minutos —respondo—. Has salido tres veces antes que los demás iniciados. No sé qué serás, pero está claro que no eres una fracasada.

«Quizá seas divergente», pienso. Sin embargo, no ha hecho nada para cambiar la simulación, así que puede que no lo sea. Puede que simplemente sea valiente. Le sonrío.

—Mañana se te dará mejor, ya lo verás.

—¿Mañana?

Está más tranquila. Le toco la espalda, justo debajo de los hombros.

—¿Qué fue tu primera alucinación? —me pregunta.

—No fue un «qué», sino un «quién».

Mientras lo digo, pienso que debería haberle hablado del primer obstáculo de mi paisaje del miedo, el temor a las alturas, aunque no sea exactamente lo que me pregunta. Cuando estoy con otras personas suelo controlar mis palabras, pero con ella no puedo. Digo vaguedades porque es lo único que puedo hacer para no soltar cualquier cosa, porque la sensación de su cuerpo a través de la camiseta me nubla la mente.

—No tiene importancia —añado.

—¿Y has superado ya ese miedo?

—Todavía no. —Estamos en la puerta del dormitorio. Nunca había recorrido este camino tan deprisa. Meto las manos en los bolsillos para no volver a cometer una estupidez con ellas—. Puede que nunca lo consiga.

—Entonces ¿no desaparecen?

—A veces, sí. Y, a veces, aparecen nuevos miedos para sustituirlos. Pero el objetivo no es no tenerle miedo a nada, eso es imposible. El objetivo es aprender a controlar el miedo y a liberarse de él.

Ella asiente con la cabeza. No sé a qué ha venido a Osadía, pero apostaría a que lo ha hecho por la libertad. Abnegación habría ahogado su chispa hasta extinguirla. Osadía, a pesar de todos sus defectos, ha alimentado la chispa y la ha convertido en una llama.

—De todos modos, tus miedos rara vez son lo que parecen ser en la simulación.

—¿Qué quieres decir?

—Bueno, ¿de verdad te dan miedo los cuervos? —pregunto, sonriendo—. Cuando ves uno, ¿sales corriendo pegando gritos?

—No, supongo que no.

Ella se me acerca. Me sentía más seguro teniéndola lejos. Se acerca aún más, y se me queda la boca seca al pensar en tocarla. Casi nunca pienso así en la gente, en las chicas.

—Entonces ¿qué es lo que me da miedo en realidad? —me pregunta.

—No lo sé. Solo puedes saberlo tú.

—No sabía que convertirme en osada sería tan difícil.

Me alegro de tener algo más en lo que pensar, otra cosa que no sea lo fácilmente que encajaría mi mano en el arco de su espalda.

—No siempre ha sido así, según me cuentan. Ser osado, me refiero.

—¿Qué ha cambiado?

—El liderazgo. La persona que controla el entrenamiento establece el estándar de comportamiento de la facción. Hace seis años, Max y los demás líderes cambiaron los métodos de entrenamiento para hacerlos más competitivos y brutales.

Hace seis años, la parte del entrenamiento dedicada al combate era breve y no incluía peleas a puño descubierto. Los iniciados llevaban protección. Se enfatizaba la necesidad de ser fuerte y capaz, y se fomentaba la camaradería entre los iniciados. Incluso cuando yo era iniciado, las cosas estaban mejor que ahora: plazas ilimitadas para que los iniciados se convirtieran en miembros y peleas que se detenían cuando uno se rendía.

—Se suponía que era para comprobar la fortaleza de los iniciados. Y eso cambió las prioridades de Osadía en su conjunto. Seguro que ya te imaginas quién es el nuevo protegido del líder.

Por supuesto, se lo imagina de inmediato.

—Entonces, si fuiste el primero de tu clase de iniciados, ¿en qué puesto quedó Eric?

—El segundo.

—Así que era la segunda opción para el liderazgo. Tú eras su primera opción.

Muy perspicaz. No sé si yo era la primera, pero sin duda era mejor opción que Eric.

—¿Por qué lo dices?

—Por la forma en que Eric actuó la primera noche, en la cena. Estaba celoso a pesar de que tiene lo que quiere.

Nunca había pensado eso de Eric: ¿celoso? ¿De qué? No le he quitado nada, nunca he supuesto una verdadera amenaza para él. Él es el que fue detrás de Amar, el que fue detrás de mí. Aunque quizá Tris tenga razón: quizá no me di cuenta de lo frustrado que se sentía por quedar segundo detrás de un trasladado de Abnegación después de trabajar tanto; o porque Max me prefiriera a mí como líder, a pesar de que a Eric lo habían colocado aquí específicamente para ocupar ese puesto.

Ella se seca la cara.

—¿Se nota que he estado llorando?

La pregunta casi me hace gracia. Sus lágrimas se desvanecieron tan deprisa como surgieron, y ahora vuelve a tener un rostro hermoso, unos ojos secos y un pelo suave. Como si no hubiera sucedido nada, como si no acabara de vivir tres minutos de puro terror. Es más fuerte de lo que yo era.

—Hmmm —mascullo, y me acerco para examinarla de broma.

Pero no es una broma y estoy muy cerca, compartimos el aliento.

—No, Tris. Pareces… —Pruebo con una expresión osada— tan dura como una roca.

Ella esboza una sonrisita. Yo también.

—Hola —me saluda Zeke, medio dormido, con la cabeza apoyada en un puño—. ¿Me relevas? Voy a tener que pegarme los ojos con cinta adhesiva para mantenerlos abiertos.

—Lo siento, solo necesito utilizar un ordenador. Sabes que solamente son las nueve, ¿verdad?

—Me canso cuando me muero de aburrimiento —responde, bostezando—. Pero ya queda poco para que termine el turno.

Me encanta la sala de control de noche. Solo hay tres personas supervisando las grabaciones, así que la habitación está en silencio, salvo por el zumbido de los ordenadores. A través de las ventanas solo veo una astilla de luna; lo demás está a oscuras. Cuesta encontrar un momento de paz en el complejo de Osadía, y en este sitio es donde más a menudo lo encuentro.

Zeke regresa a su pantalla. Me siento frente a un ordenador a unos cuantos asientos de él y muevo la pantalla para que no se vea desde la sala. Después me conecto y utilizo el nombre de cuenta falso que creé hace meses para que nadie pudiera seguirme el rastro.

Una vez conectado, abro el programa que me permite usar en modo remoto el ordenador de Max. Tarda unos segundos en iniciarse, pero, cuando lo hace, es como estar sentado en su despacho, utilizando la misma máquina que utiliza él.

Trabajo deprisa, sistemáticamente. Max etiqueta sus carpetas con números, así que no sé qué tienen hasta que las abro. La mayoría son inocuas, listas de miembros de Osadía u horarios de acontecimientos. Las abro y las cierro en cuestión de segundos.

Me sumerjo en los archivos, carpeta a carpeta, hasta que encuentro algo raro: una lista de suministros que no son ni comida, ni telas, ni nada de lo que esperaría de la vida osada cotidiana. La lista es de armas. Jeringas. Y algo llamado suero D2.

Solo se me ocurre una cosa para la que los osados necesitarían tantas armas: un ataque. Pero ¿contra quién?

Con el pulso latiéndome en la cabeza, vuelvo a echar un vistazo a la sala de control. Zeke se entretiene con un juego de ordenador que escribió él mismo. La segunda operadora está prácticamente tirada en la silla, con los ojos medio cerrados. El tercero agita perezosamente con una pajita su vaso de agua mientras mira por las ventanas. Nadie me presta atención.

Abro más archivos. Al cabo de unos cuantos intentos infructuosos, encuentro un mapa. Está marcado con letras y números, básicamente, así que al principio no sé qué me muestra.

Entonces abro un mapa de la ciudad en la base de datos osada para compararlos y me echo atrás en la silla al darme cuenta de qué calles del mapa son las que preocupan a Max.

El sector abnegado.

El ataque será contra Abnegación.

Debería haberme resultado obvio, claro. ¿A quién si no se molestarían en atacar Max y Jeanine? Su vendetta es contra Abnegación, siempre ha sido contra Abnegación. Debería haberme dado cuenta cuando los eruditos publicaron aquella historia sobre mi padre, el marido y padre monstruoso. Lo único cierto que han escrito, por lo que sé.

Zeke me da con el pie en la pierna.

—Se acabó el turno. ¿A dormir?

—No, necesito un trago.

Se anima. No es muy habitual que decida abandonar mi existencia estéril e insociable para pasar una noche de desenfreno osado.

—Soy tu hombre —responde.

Cierro el programa, mi cuenta, todo. Intento dejar también atrás la información sobre el ataque a los abnegados hasta poder averiguar qué hacer con ella. Sin embargo, me persigue durante todo el camino hacia el ascensor, a través del vestíbulo y por los caminos que llevan al fondo del Pozo.

Salgo de la simulación con un nudo en la boca del estómago. Me desengancho de los cables y me levanto. Ella todavía se está recuperando de la sensación de estar a punto de ahogarse, le tiemblan las manos y respira hondo. La observo un momento sin saber bien cómo decir lo que tengo que decir.

—¿Qué? —me pregunta.

—¿Cómo has hecho eso?

—¿El qué?

—Romper el cristal.

—No lo sé.

Asiento con la cabeza y le ofrezco una mano. Ella se levanta sin problemas, aunque evita mirarme a los ojos. Compruebo las esquinas de la sala en busca de cámaras. Hay una justo donde creía, frente a nosotros. Cojo a Tris por el codo y la saco de la habitación para llevarla a un lugar donde sé que no nos observarán: un punto ciego entre dos cámaras de vigilancia.

—¿Qué? —pregunta, irritada.

—Eres divergente.

Hoy no he sido demasiado amable con ella. Anoche la vi con sus amigos junto al abismo y cometí un error de juicio (o de sobriedad) que me hizo acercarme demasiado, decirle que estaba guapa. Me preocupa haber ido demasiado lejos. Ahora estoy aún más preocupado, aunque por otros motivos.

Ha roto el cristal. Es divergente. Está en peligro.

Se me queda mirando.

Después se apoya en la pared y adopta una pose de indiferencia casi convincente.

—¿Qué es divergente?

—No te hagas la tonta. Lo sospeché la última vez, pero esta vez resulta obvio. Has manipulado la simulación, eres divergente. Aunque borraré la grabación, si no quieres acabar muerta en el fondo del abismo, ¡tienes que encontrar la manera de ocultarlo durante las simulaciones! Ahora, si me disculpas…

Regreso a la sala de la simulación y cierro la puerta. Es fácil borrar la grabación: unas cuantas teclas y hecho, registro limpio. Compruebo dos veces su archivo para asegurarme de que solo queden los datos de su primera simulación. Tendré que inventarme una excusa para explicar qué pasó con los datos de la segunda. Una buena mentira, una que Eric y Max se crean de verdad.

Saco mi navaja a toda prisa y la meto entre los paneles que cubren la placa base del ordenador para sacarlos. Después salgo al pasillo, voy a la fuente y me lleno la boca de agua.

Cuando regreso, escupo un poco de agua en el hueco entre los paneles. Después guardo la navaja y espero.

Aproximadamente un minuto más tarde, la pantalla se queda en negro. La sede de Osadía es una cueva con goteras. El agua causa problemas continuamente.

Estaba desesperado.

Envié un mensaje a través del mismo abandonado al que le entregué el mensaje la última vez que quise ponerme en contacto con mi madre. Acordé encontrarme con ella en el último vagón del tren de las diez y cuarto que sale de la sede de Osadía. Supongo que sabrá cómo encontrarme.

Me siento con la espalda apoyada en la pared y un brazo sobre las rodillas, y veo la ciudad pasar. Los trenes nocturnos no van tan deprisa entre paradas como los diurnos. Así resulta más sencillo contemplar el cambio de los edificios a medida que el tren se acerca al centro de la ciudad; se hacen más altos, aunque más estrechos, con pilares de cristal junto a estructuras de piedra más antiguas. Como una ciudad colocada encima de otra.

Alguien corre junto al tren cuando llegamos al norte de la ciudad. Me levanto y me agarro a una de las barandas que rodean la pared. Evelyn entra tambaleándose en el vagón vestida con botas cordiales, vestido erudito y chaqueta osada. Lleva el pelo peinado hacia atrás, lo que hace que su rostro, ya de por sí severo, lo sea aún más.

—Hola —me saluda.

—Hola.

—Cada vez que te veo estás más grande. Supongo que no tiene sentido preocuparme por si comes bien.

—Podría decirte lo mismo, pero por motivos distintos.

Sé que no está comiendo bien. No tiene facción, y los abnegados ya no proporcionan tanta ayuda como antes por culpa de la presión de los eruditos.

Recojo la mochila que tengo detrás, llena de latas de la despensa osada.

—No es más que sopa insípida y verduras, pero es mejor que nada —explico mientras se la ofrezco.

—¿Quién te ha dicho que necesito ayuda? —pregunta Evelyn con precaución—. Me va bien, ¿sabes?

—Sí, no es para ti, sino para tus esqueléticos amigos. Yo en tu lugar no rechazaría comida.

—No lo hago —responde, aceptando la mochila—. Es que no estoy acostumbrada a que le importe a alguien. Es un poco desconcertante.

—Conozco la sensación —digo con frialdad—. ¿Cuánto has tardado en interesarte por mi vida? ¿Siete años?

Evelyn suspira.

—Si me has pedido que venga para volver a la misma discusión, me temo que no tengo mucho tiempo.

—No, no te he pedido que vinieras por eso.

En realidad no quería ponerme en contacto con ella, pero sabía que no podía contar a los osados lo que había averiguado sobre el ataque a Abnegación (no sé hasta qué punto son leales a la facción y sus políticas), y tenía que contárselo a alguien. La última vez que hablé con Evelyn, parecía saber cosas sobre la ciudad que yo desconocía. Supuse que quizás ella supiera cómo ayudarme antes de que sea demasiado tarde.

Es un riesgo, pero no sé bien a quién más acudir.

—He estado vigilando a Max —explico—. Dijiste que los eruditos estaban trabajando con los osados y tenías razón: planean algo juntos. Max, Jeanine y quién sabe quién más.

Le cuento lo que vi en el ordenador de Max, la lista de suministros y los mapas. Le cuento lo que observé sobre la actitud de los eruditos hacia Abnegación, los informes, que están envenenando las mentes osadas contra nuestra antigua facción.

Cuando termino, Evelyn no parece sorprendida, ni siquiera preocupada. De hecho, no sé cómo interpretar su expresión. Se queda callada unos segundos y dice:

—¿Alguna pista de cuándo podría suceder?

—No.

—¿Y de números? ¿Qué cantidad de efectivos pretenden usar los osados y los eruditos? ¿De dónde la sacarán?

—No lo sé —respondo, frustrado—. Y la verdad es que no me importa. Da igual el número de reclutas con el que cuenten, masacrarán a los abnegados en cuestión de segundos. Los abnegados no están entrenados para defenderse…, ni lo harían si supieran cómo hacerlo.

—Sabía que estaba cociéndose algo —dice Evelyn, frunciendo el ceño—. Los eruditos dejan las luces encendidas en su sede toda la noche, lo que significa que ya no les da miedo meterse en líos con los líderes del consejo. Lo que… dice mucho sobre sus crecientes discrepancias.

—Vale. ¿Cómo se lo advertimos?

—¿A quiénes?

—¡A los abnegados! —exclamo, alterado—. ¿Cómo advertimos a los abnegados que los van a matar? ¿Cómo advertimos a los osados que sus líderes conspiran contra el consejo? ¿Cómo…?

Me detengo. Evelyn permanece quieta, con las manos caídas a los lados, y el rostro relajado e impasible. «Nuestra ciudad está cambiando, Tobias». Eso me dijo cuando volvimos a vernos por primera vez. «Dentro de poco, todos tendremos que elegir un bando, y yo sé en cuál preferirías estar».

—Tú ya lo sabías —digo, despacio, intentando procesar la verdad—. Sabías que planeaban algo así, lo sabes desde hace tiempo. Lo estabas esperando. Contabas con ello.

—No siento afecto por mi antigua facción. No quiero que ni ellos ni ninguna otra facción siga controlando esta ciudad y a su gente. Si alguien quiere acabar con mis enemigos por mí, pienso permitirlo.

—No me lo puedo creer —replico—. No todos son como Marcus, Evelyn. Están indefensos.

—Crees que son personas inocentes, Tobias, pero no los conoces. Yo sí, yo he visto cómo son en realidad —dice con voz grave y ronca—. ¿Cómo crees que tu padre consiguió mentirte sobre mí durante todos esos años? ¿Crees que los demás líderes de Abnegación no lo ayudaron, que no perpetuaron la mentira? Sabían que yo no estaba embarazada, que nadie había llamado a un médico y que no había cadáver, pero, a pesar de todo, te contaron que yo estaba muerta, ¿no?

No se me había ocurrido antes. No había cadáver. No había cadáver, y sin embargo todos los hombres y mujeres sentados en la casa de mi padre en aquella terrible mañana y en el funeral de la noche siguiente fingieron por mí y por el resto de la comunidad abnegada diciendo, incluso en su silencio: «Nadie nos abandonará nunca, ¿quién querría hacerlo?».

No debería sorprenderme tanto descubrir que una facción está llena de mentirosos, pero supongo que una parte de mí todavía conserva la inocencia de un niño.

Eso se acabó.

—Piénsalo —sigue diciendo Evelyn—. ¿Es esa la gente a la que quieres ayudar? ¿La clase de gente capaz de decirle a un niño que su madre ha muerto solo para quedar bien? ¿O preferirías arrebatarles el poder?

Creía que lo sabía. Los inocentes abnegados con sus continuos actos de servicio y sus deferentes saludos de cabeza; había que salvarlos.

Pero a esos mentirosos que me obligaron a sufrir, que me abandonaron con el hombre que me hacía daño… ¿Habría que salvarlos a ellos?

No soy capaz de mirarla, no soy capaz de responder. Espero a que el tren pase por un andén y salto sin mirar atrás.

—No te lo tomes a mal, pero tienes una pinta horrible.

Shauna se deja caer en la silla que tengo al lado y pone la bandeja en la mesa. Es como si la conversación de ayer con mi madre fuese un ruido repentino y ensordecedor que amortiguara cualquier otro sonido. Siempre he sabido que mi padre era cruel. Sin embargo, creía que los demás abnegados eran inocentes; en el fondo, siempre me he considerado débil por abandonarlos, como si fuera un traidor a mis propios valores.

Ahora parece que, decida lo que decida, traicionaré a alguien. Si advierto a los abnegados sobre los planes de ataque que descubrí en el ordenador de Max, traicionaré a Osadía. Si no lo hago, traiciono a mi antigua facción de un modo mucho peor que la vez anterior. No tengo más alternativa que decidirme, y la idea de hacerlo me revuelve el estómago.

He sobrevivido a este día de la única forma que conozco: levantándome y yendo a trabajar. Colgué la clasificación, que dio lugar a una disputa, puesto que deseaba dar más peso a la mejora, mientras que Eric defendía la regularidad. Fui a comer. Sigo los pasos del día a día casi como un robot.

—¿Te vas a comer eso? —me pregunta Shauna señalando mi plato lleno de comida.

—Puede —respondo encogiéndome de hombros.

Me doy cuenta de que está a punto de preguntarme qué me pasa, así que cambio de tema.

—¿Cómo le va a Lynn?

—Seguro que tú lo sabes mejor que yo. Después de ver sus miedos y todo eso.

Corto un pedazo de mi trozo de carne y lo mastico.

—¿Cómo es eso? —pregunta con precaución, arqueando una ceja—. Lo de ver los miedos de todos, me refiero.

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