Cuatro

Cuatro


El traidor

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—No puedo hablarte de sus miedos, ya lo sabes.

—¿Esa regla es tuya o de Osadía?

—¿Importa?

—Es que a veces es como si ya no la conociera —responde, suspirando.

Terminamos la comida sin hablar.

Es lo que más me gusta de Shauna: no siente la necesidad de rellenar los silencios. Cuando acabamos, salimos juntos del comedor y Zeke nos llama desde el otro lado del Pozo.

—¡Hola! —grita mientras le da vueltas en el dedo a un rollo de cinta adhesiva—. ¿Queréis ir a pegarle a algo?

—Sí —respondemos Shauna y yo al unísono.

Nos dirigimos a la sala de entrenamiento, y Shauna informa a Zeke por el camino sobre su semana en la valla…

—Hace dos días, el idiota con el que estaba de patrulla empezó a perder los nervios y a jurar que había visto algo ahí fuera… Al final resultó que era una bolsa de plástico.

Zeke le ha pasado un brazo sobre los hombros. Me acaricio los nudillos e intento no entrometerme.

Cuando nos acercamos a la sala, me parece oír voces dentro. Frunzo el ceño y abro la puerta con el pie. En la sala están Lynn, Uriah, Marlene y… Tris. El choque de ambos mundos me deja desconcertado.

—Me había parecido escuchar a alguien —saludo.

Uriah dispara a un blanco con una de las pistolas de balas de plástico que los osados usan para divertirse. Estoy seguro de que no tiene una, así que debe de ser de Zeke. Y Marlene mastica algo. Me sonríe y me saluda con una mano cuando entro.

—Resulta que es el idiota de mi hermano —dice Zeke—. Se supone que no podéis estar aquí fuera de las horas de clase. Tened cuidado, a ver si Cuatro se lo va a contar a Eric para que os arranque el cuero cabelludo.

Uriah se guarda la pistola en la cintura del pantalón, contra la parte baja de la espalda, sin echarle el seguro. Es probable que se le dispare dentro de los pantalones y acabe con un verdugón en el culo. No se lo menciono.

Abro la puerta para echarlos. Al pasar junto a mí, Lynn dice:

—No se lo contarás a Eric, ¿verdad?

—No, claro.

Cuando Tris pasa por mi lado, extiendo una mano que encaja automáticamente en el espacio entre sus omóplatos. Ni siquiera sé si lo he hecho aposta o no. Y no me importa.

Los demás se alejan por el pasillo, olvidado nuestro plan original de pasar un tiempo en la sala de entrenamiento una vez que Uriah y Zeke empiezan a pelearse en broma, y Shauna y Marlene se ponen a compartir lo que queda de una magdalena.

—Espera un momento —le digo a Tris.

Se vuelve hacia mí con un gesto de preocupación, así que intento sonreír, aunque no me apetezca demasiado.

Me percaté de la tensión en la sala de entrenamiento cuando colgué la clasificación esta tarde; cuando sumaba los puntos, no pensé en que quizá debería quitarle algunos a ella para protegerla. Habría sido un insulto a sus habilidades bajarla de puesto en la lista, aunque quizás ella habría preferido ese insulto a soportar el abismo que sigue abriéndose entre ella y sus compañeros trasladados.

A pesar de estar pálida y agotada, y de tener cortecitos alrededor de cada una de las uñas y una mirada vacilante, sé que no es así. Esta chica no querría guarecerse en la seguridad del centro del grupo. Jamás.

—Este es tu sitio, espero que lo sepas —le digo—. Tu sitio está con nosotros. Todo terminará pronto, así que aguanta, ¿vale?

De repente me arde la nuca y me la rasco con una mano, incapaz de mirarla a los ojos, aunque los siento sobre mí a medida que se alarga el silencio.

Después entrelaza sus dedos con los míos, y me quedo mirándola, sorprendido. Le aprieto un poco la mano y, a través de mi confusión y agotamiento, se abre paso la idea de que la he tocado media docena de veces (todas ellas por culpa de un error de juicio), pero esta es la primera vez que ella me corresponde.

Entonces se da media vuelta y sale corriendo para alcanzar a sus amigos. Y me quedo en el pasillo, solo, sonriendo como un idiota.

Me paso casi una hora intentando dormir, dando vueltas entre las sábanas en busca de una postura cómoda. Sin embargo, es como si alguien me hubiese cambiado el colchón por una bolsa de rocas. O quizá sea que tengo demasiadas cosas en la cabeza.

Al final me rindo, me pongo los zapatos y la chaqueta, y me acerco a la Espira, como hago siempre que no puedo dormir. Se me ocurre ejecutar de nuevo el programa del paisaje del miedo, pero no tuve la precaución de reponer mi suministro de suero de la simulación esta tarde y sería un lío hacerlo ahora. Así que voy a la sala de control, donde Gus me recibe con un gruñido y los otros dos miembros de guardia ni siquiera se percatan de mi llegada.

No intento volver a examinar los archivos de Max; creo que ya sé todo lo que debo saber: que se avecina algo malo y que no tengo ni idea de si intentaré evitarlo o no.

Tengo que contárselo a alguien, necesito que alguien comparta esto conmigo, que me diga lo que debo hacer. Pero no confío en nadie para esto. Hasta mis amigos nacieron y crecieron en Osadía, ¿y si confían en sus líderes incondicionalmente? No lo sé.

Por algún motivo, el rostro de Tris me viene a la cabeza, franco, pero serio, dándome la mano en el pasillo.

Repaso las grabaciones de las calles de la ciudad y regreso al complejo de Osadía. Casi todos los pasillos están tan oscuros que no vería nada ni estando allí. Por los auriculares me llega el susurro del agua en el abismo y el silbido del viento por los callejones. Suspiro y apoyo la cabeza en la mano mientras observo pasar las imágenes, una tras otra, y dejo que me sosieguen hasta dejarme casi dormido.

—Vete a la cama, Cuatro —me dice Gus desde el otro lado de la sala.

Me despierto de golpe y asiento con la cabeza. Si en realidad no estoy mirando las grabaciones, no es buena idea estar en la sala de control. Salgo de mi cuenta y vuelvo por el pasillo hacia el ascensor, parpadeando para despejarme.

Mientras cruzo el vestíbulo oigo un grito que surge de abajo, del Pozo. No es un afable grito osado, ni el de alguien que está asustado, pero disfrutándolo, sino el tono concreto y distintivo del terror.

Las piedras salen disparadas detrás de mí al bajar corriendo al fondo del Pozo con la respiración acelerada pero regular.

Tres personas altas vestidas de negro están cerca de la barandilla, reunidas alrededor de un cuarto objetivo más pequeño. Aunque no veo gran cosa, sé reconocer una pelea. O lo que sería una pelea si no fueran tres contra uno.

Uno de los agresores se vuelve, me ve y sale corriendo en dirección contraria. Cuando me acerco, veo a uno de los otros agresores sosteniendo en alto al objetivo por encima del abismo, así que grito:

—¡Eh!

Veo su cabello rubio y ya soy incapaz de ver mucho más. Choco contra uno de los agresores (Drew, lo sé por el color de su pelo, de un rojo anaranjado) y lo estrello contra la barrera del abismo. Le doy un puñetazo, dos, tres en la cara, y él se derrumba en el suelo, donde me pongo a darle patadas sin poder pensar, sin poder pensar en absoluto.

—Cuatro.

Tris habla en voz baja e irregular, y eso es lo único que puede llegar hasta mí. Está colgada de la barandilla, suspendida sobre el abismo como un cebo en un anzuelo. El otro, el último agresor, ha desaparecido.

Corro hasta ella, la agarro por los hombros y la subo por encima de la barandilla. Después la abrazo. Ella aprieta la cara contra mi hombro y entierra los dedos en mi camiseta.

Drew está en el suelo, desmayado. Lo oigo gruñir cuando me la llevo…, no a la enfermería, donde los otros agresores podrían buscarla, sino a mi piso, que está en un pasillo solitario y apartado. Abro la puerta de un empujón y tumbo a Tris en la cama. Le recorro la nariz y los pómulos con los dedos por si hay algo roto, le busco el pulso y me inclino sobre ella para comprobar su respiración. Todo parece normal y fuerte. Ni siquiera el chichón de la nuca, que está hinchado y magullado, parece serio. No ha sufrido heridas graves, aunque podría haber acabado mal.

Me tiemblan las manos cuando me aparto. No está malherida, pero puede que Drew sí. Ni siquiera sé cuántas veces le he golpeado antes de que Tris dijera mi nombre y me despertara. El resto de mi cuerpo empieza también a temblar, así que me aseguro de que tenga una almohada para apoyar la cabeza y salgo del piso para regresar a la barandilla del Pozo. De camino intento repasar mentalmente los últimos minutos, trato de recordar dónde, cuándo y con cuánta fuerza he golpeado, pero todo está borroso, perdido en un ataque de rabia.

«Me pregunto si es lo que le pasaba a él», pienso mientras recuerdo la mirada salvaje y frenética de Marcus cada vez que se enfadaba.

Cuando llego a la barandilla, Drew sigue ahí, retorcido en una extraña postura. Me echo su brazo al hombro y lo llevo a la enfermería medio a rastras, medio a cuestas.

Cuando llego a mi piso, lo primero que hago es entrar en el baño para limpiarme la sangre de las manos. Tengo unos cuantos nudillos desgarrados, magullados al golpear la cara de Drew. Si Drew estaba allí, el otro agresor debía de ser Peter, pero ¿y el tercero? No era Molly; la figura era demasiado alta y grande. De hecho, solo hay un iniciado de ese tamaño.

Al.

Me miro en el espejo como si esperase encontrarme con pedacitos de Marcus devolviéndome la mirada. Tengo un corte en la comisura de los labios; ¿es que Drew consiguió devolverme algún puñetazo? Da igual. Mi laguna de memoria da igual. Lo que importa es que Tris sigue respirando.

Meto las manos bajo el agua fresca hasta que sale transparente, me las seco en la toalla y voy al congelador a por una bolsa de hielo. Cuando se la llevo, descubro que está despierta.

—Tus manos —dice, y es ridículo decir algo así, tan estúpido, preocuparse por mis manos cuando ella ha estado colgada del abismo por el cuello.

—No son asunto tuyo —respondo, irritado.

Me inclino sobre ella y le pongo la bolsa de hielo bajo la cabeza, donde antes palpé el chichón. Ella levanta una mano y me toca con cuidado la boca con la punta de los dedos.

Nunca imaginé que podría sentir algo así al tocarme otra persona, como una descarga de energía. Sus dedos son suaves y curiosos.

—Tris, estoy bien.

—¿Por qué estabas allí?

—Volvía de la sala de control y oí un grito.

—¿Qué les has hecho?

—Dejé a Drew en la enfermería hace media hora. Peter y Al salieron corriendo. Drew aseguraba que solo querían asustarte. Por lo menos, creo que eso era lo que intentaba decir.

—¿Está mal?

—Vivirá, aunque no sé en qué condiciones —escupo.

No debería permitir que viera esta parte de mí, esta parte salvaje que se deleita con el dolor de Drew. Ni siquiera debería tener una parte así.

Ella levanta una mano y me aprieta el brazo.

—Bien —dice.

La miro. Ella también tiene ese lado. Lo vi cuando le dio la paliza a Molly, como si pensara seguir estuviera su oponente consciente o no. A lo mejor ella y yo somos iguales.

Se le contrae el rostro y empieza a llorar. Casi siempre, cuando alguien llora delante de mí, me siento oprimido, como si necesitara escapar para seguir respirando. No me siento así con ella. Con ella no me preocupa que espere demasiado de mí ni que necesite algo de mí. Me dejo caer en el suelo para estar a su altura y la contemplo atentamente un momento. Después le toco la mejilla procurando no rozar ninguno de sus crecientes moratones. Le paso el pulgar por el pómulo. Tiene la piel caliente.

No sé cuál es la palabra adecuada para describir su aspecto, pero incluso ahora, con parte del rostro hinchado y manchado, tiene algo impresionante, algo que no había visto nunca antes.

En este momento soy capaz de aceptar la inevitabilidad de lo que siento, aunque no con alegría. Necesito hablar con alguien. Necesito confiar en alguien. Y, por algún motivo, sé, estoy convencido, de que es ella.

Tendré que empezar por decirle mi nombre.

Me acerco a Eric en la cola del desayuno y me coloco detrás de él mientras utiliza una cuchara de mango largo para echarse huevos revueltos en el plato.

—Si te dijera que unos iniciados atacaron a uno de sus compañeros anoche, ¿te importaría?

Eric echa los huevos a un lado del plato y levanta un hombro.

—Podría importarme que su instructor no parezca capaz de controlar a sus iniciados —responde mientras cojo un cuenco con cereales para mí. Ve mis nudillos magullados—. Podría importarme que ese hipotético ataque sea el segundo que ocurre bajo la supervisión de ese instructor…, mientras que los nacidos en Osadía no parecen tener el mismo problema.

—La tensión entre los trasladados siempre es más alta porque no se conocen entre sí, ni conocen la facción, ni proceden del mismo entorno —respondo—. Y tú eres su líder, ¿no deberías ser el responsable de mantenerlos «bajo control»?

Eric usa unas pinzas para colocar una tostada al lado de los huevos. Después se acerca a mi oído y susurra:

—Pisas terreno resbaladizo, Tobias. Discutes conmigo delante de los demás, «pierdes» resultados de simulaciones, está claro que prefieres a los iniciados que van peor en la clasificación… Incluso Max está de acuerdo. Si se produjera un ataque, creo que no estaría contento contigo y quizá no objete nada cuando le proponga apartarte de tu puesto.

—Entonces te quedarías sin un instructor una semana antes del final de la iniciación.

—Puedo encargarme yo.

—Ya me imagino cómo sería con tu supervisión —respondo, entrecerrando los ojos—. Ni siquiera necesitaríamos echar a nadie: acabarían todos muertos o a la fuga.

—Como no tengas cuidado, no tendrás que imaginarte nada —replica mientras llega al final de la cola y se vuelve hacia mí—. Los entornos competitivos producen tensión, Cuatro. Es normal que se libere de algún modo. —Esboza una sonrisita que le estira la piel entre los piercings—. Sin duda, un ataque nos demostraría quiénes son los fuertes y quiénes los débiles en una situación real, ¿no crees? No habría que confiar en los resultados de las pruebas. Tomaríamos una decisión más informada sobre las personas que encajan aquí y las que no. Pero solo… si se produjera un ataque, por supuesto.

Las implicaciones quedan claras: como superviviente del ataque, Tris sería considerada más débil que los demás iniciados y acabaría eliminada. Eric no correría en ayuda de la víctima, sino que pediría su expulsión de Osadía, como hizo antes de que Edward se fuese por voluntad propia. No quiero que Tris se vea obligada a unirse a los abandonados.

—Claro —digo, como si nada—. Bueno, menos mal que no han atacado a nadie últimamente.

Vierto leche sobre los cereales y me acerco a mi mesa. Eric no hará nada con Peter, Drew y Al, y yo no puedo hacer nada sin pasarme de la raya y sufrir las consecuencias. Aunque puede que… puede que no tenga que hacerlo yo solo. Dejo mi bandeja entre Zeke y Shauna, y digo:

—Necesito que me ayudéis con una cosa.

Después de explicar el paisaje del miedo y permitir que los iniciados se vayan a comer, meto a Peter en la sala de observación de al lado de la sala de la simulación vacía. Hay filas de sillas listas para que los iniciados se sienten a esperar su última prueba. Y también están Zeke y Shauna.

—Tenemos que charlar —le digo.

Zeke se abalanza sobre Peter y lo estrella contra el muro de hormigón con una fuerza alarmante. Peter se golpea la cabeza y hace una mueca.

—Hola —dice Zeke, y Shauna se les acerca mientras hace girar un cuchillo en la palma de su mano.

—¿Qué es esto? —pregunta Peter.

No parece asustado, ni siquiera cuando Shauna agarra el cuchillo por el mango y le apoya la punta de la hoja en la mejilla creando un hoyuelo.

—¿Intentáis asustarme? —añade, burlón.

—No —respondo—. Intentamos dejarte clara una cosa: no eres el único con amigos dispuestos a hacer daño.

—Se supone que los instructores de iniciados no deberían amenazarlos, ¿no? —pregunta Peter, que me mira con esa expresión suya con los ojos muy abiertos, la que podría confundir por inocencia de no conocerlo mejor—. Tendré que preguntárselo a Eric, para asegurarme.

—Yo no te he amenazado. Ni siquiera te estoy tocando. Y, según las grabaciones de este cuarto almacenadas en los ordenadores de la sala de control, ni siquiera estamos aquí.

Zeke sonríe como si no pudiera contenerse. Eso fue idea suya.

—Yo soy la que te amenaza —dice Shauna, casi gruñendo—. Un estallido violento más y te enseñaré una lección sobre la justicia.

Sostiene la punta del cuchillo sobre el ojo de Peter y la baja despacio, apretándole el párpado. Peter se queda paralizado, apenas se mueve para respirar.

—Ojo por ojo. Moratón por moratón.

—Puede que a Eric no le importe que vayas a por tus compañeros —dice Zeke—, pero a nosotros, sí, y hay muchos osados como nosotros. Gente que cree que no deberías ponerles las manos encima a tus colegas de facción. Gente que hace caso a los cotilleos y los propaga como un incendio. No tardaremos demasiado en explicarles que eres un gusano, ni ellos tardarán en hacerte la vida muy, muy difícil. Verás, en Osadía, la reputación tiende a conservarse.

—Empezaremos con tus posibles empleadores —sigue Shauna—. Zeke puede encargarse de los supervisores de la sala de control; yo, de los líderes de la valla. Tori conoce a todo el mundo en el Pozo. Cuatro, tú eres amigo de Tori, ¿verdad?

—Sí —respondo; me acerco más a Peter y ladeo la cabeza—. Puede que tú seas capaz de provocar dolor, iniciado…, pero nosotros podemos hacerte desdichado de por vida.

Shauna aparta el cuchillo del ojo de Peter.

—Piénsatelo.

Zeke le suelta la camiseta y se la estira sin dejar de sonreír. No sé por qué, pero la combinación de la ferocidad de Shauna con la alegría de Zeke es lo bastante extraña como para resultar amenazante. Zeke se despide de Peter con la mano, y los tres nos alejamos juntos.

—De todos modos, quieres que hablemos con la gente, ¿no? —me pregunta Zeke.

—Oh, sí —respondo—. Sin duda. Y no solo de Peter, también de Drew y Al.

—Si sobrevive a la iniciación, a lo mejor lo hago tropezar por accidente y cae de cabeza al abismo —comenta Zeke, esperanzado, haciendo un gesto de caída libre con la mano.

A la mañana siguiente hay una multitud reunida junto al abismo, todos en silencio e inmóviles, aunque el olor del desayuno nos llama desde el comedor. No tengo que preguntar por qué están ahí.

Esto sucede casi todos los años, según me cuentan. Una muerte. Como la de Amar: repentina, terrible y lamentable. Sacan un cadáver del abismo como si fuera un pez en un anzuelo. Normalmente es alguien joven: un accidente por culpa de una acrobacia atrevida que sale mal o puede que aposta, una mente herida por la oscuridad, la presión y el dolor de Osadía.

No sé cómo sentirme por esas muertes. Culpable, quizá, por no haber visto ese dolor. Triste porque algunas personas no encuentren otra forma de escapar.

Alguien pronuncia el nombre de la persona fallecida más adelante, y ambas emociones me golpean con fuerza.

Al. Al. Al.

Mi iniciado, mi responsabilidad, y he fallado porque estaba tan obsesionado con atrapar a Max y a Jeanine, o con culpar de todo a Eric, o con mi indecisión sobre advertir o no a los abnegados… No, ninguna de esas cosas ha pesado tanto como esta: que me he distanciado de ellos para protegerme, cuando debería haberlos sacado de los rincones oscuros de Osadía para enseñarles los luminosos: reírse con amigos sobre las rocas del abismo, tatuajes a medianoche después de un juego de Atrevimiento, un mar de abrazos después de anunciar las clasificaciones… Esas son las luces que debería haberle enseñado; aunque no lo ayudaran, debería haberlo intentado.

Sé una cosa: después de terminar la iniciación de este año, Eric no tendrá que esforzarse tanto por echarme de mi puesto. Ya me he ido.

Al. Al. Al.

¿Por qué todos los muertos se convierten en héroes en Osadía? ¿Por qué necesitamos que lo sean? A lo mejor son los únicos héroes que encontramos en una facción de líderes corruptos, compañeros competitivos e instructores cínicos. Los muertos pueden ser nuestros héroes porque después no nos decepcionarán; solo mejoran con el tiempo, a medida que nos olvidamos de ellos.

Al era inseguro y sensible, después se volvió celoso y violento, y luego desapareció. Han existido hombres más blandos que Al, y hombres más duros que Al han muerto, y ninguna de las dos cosas tiene explicación alguna.

Pero Tris la quiere, la ansía, se lo veo en la cara, como una especie de hambre. O de rabia. O de ambas cosas. Imagino que no debe de ser fácil que te caiga bien alguien, después odiarlo y después perderlo antes de resolver todos esos sentimientos. La sigo cuando se aleja de los cánticos de los osados porque soy lo bastante arrogante como para creer que puedo ayudarla a sentirse mejor.

Sí, claro. O quizá la sigo porque estoy cansado de apartarme de todo el mundo y ya no estoy tan seguro de que sea lo mejor para mí.

—Tris.

—¿Qué haces aquí? —me pregunta con un tono de voz amargo—. ¿No deberías estar presentando tus respetos?

—¿Y tú? —pregunto, acercándome.

—No puedo presentar mis respetos cuando no los tengo.

Por un momento me sorprende que logre ser tan fría… Tris no siempre es simpática, pero rara vez se comporta con desdén.

—No quería decir eso —añade unos segundos después.

—Ah.

—Esto es ridículo —dice, y se sonroja—. Se tira por un precipicio ¿y Eric dice que es un valiente? ¿Eric, el que intentó que lanzaras cuchillos a la cabeza de Al? —Se le contrae el rostro—. ¡No era valiente! ¡Estaba deprimido, era un cobarde y casi me mata! ¿Esas son las cosas que se respetan aquí?

—¿Y qué quieres que hagan? —pregunto con toda la amabilidad que puedo…, que no es mucha—. ¿Que lo condenen? Al ya está muerto, no puede oírlo y es demasiado tarde.

—Esto no es por Al, ¡es por todos los que están mirando! Por todos los que ahora creen que tirarse al abismo es una opción viable. Quiero decir, ¿por qué no hacerlo si después todos dicen que eres un héroe? ¿Por qué no hacerlo si así todo el mundo recordará tu nombre? —Pero claro que es por Al, y ella lo sabe—. Es que… —Intenta explicarse, veo su lucha interna—. No puedo… ¡Esto nunca habría pasado en Abnegación! ¡Nada de esto! Nunca. Este sitio absorbió a Albert y lo destruyó, y no me importa que decirlo me convierta en una estirada. No me importa. ¡No me importa!

Mi paranoia está tan asentada que miro automáticamente hacia la cámara empotrada en la pared sobre la fuente, oculta bajo una lámpara azul. La gente de la sala de control puede vernos y, con un poco de mala suerte, también elegirán este preciso momento para escucharnos. Es como si lo viera: Eric acusando a Tris de traidora a su facción, el cadáver de Tris sobre el pavimento, cerca de las vías del tren…

—Ten cuidado, Tris.

—¿No tienes nada más que decir? —pregunta, frunciendo el ceño—. ¿Que tenga cuidado? ¿Ya está?

Entiendo que mi respuesta no era exactamente lo que ella esperaba, pero para alguien que acaba de despotricar contra la imprudencia osada, está actuando como una de ellos.

—Eres tan insoportable como los de Verdad, ¿lo sabías? —le digo.

Los veraces son unos bocazas que no piensan en las consecuencias. La aparto de la fuente; estoy cerca de su cara y veo sus ojos muertos flotando en el agua del río subterráneo. No lo soporto, no cuando acaban de atacarla y quién sabe lo que le habría ocurrido de no haberla oído gritar.

—No voy a repetirlo, así que escucha con atención —le digo, poniéndole las manos sobre los hombros—. Están observando. Te están observando a ti, en concreto.

Recuerdo los ojos de Eric sobre ella después del lanzamiento de cuchillos. Sus preguntas sobre los datos borrados de la simulación de Tris. Le aseguré que había sido por el agua. A él le pareció interesante que ocurriera justo cinco minutos después de que acabara la simulación de Tris. Interesante.

—Suéltame —me ordena.

Lo hago de inmediato. No me gusta oírle ese tono de voz.

—¿Te observan a ti también?

«Siempre lo han hecho y siempre lo harán».

—He intentado protegerte, pero tú te niegas a que te ayude.

—Ah, vale, me ayudas. Cortarme la oreja con un cuchillo, burlarte de mí y gritarme más que a nadie me ayuda un montón.

—¿Burlarme de ti? ¿Te refieres a lo de los cuchillos? No me burlaba —afirmo, negando con la cabeza—, te recordaba que, si fallabas, otra persona tendría que ocupar tu lugar.

A mí me parecía obvio en aquellos momentos. Creía que, como ella me entendía mejor que la mayoría, entendería también aquello. Pero, por supuesto, no lo entendió. No es telépata.

—¿Por qué? —pregunta.

—Porque eres de Abnegación, y eres más valiente cuando actúas de manera desinteresada. Te aconsejo que intentes fingir un poco mejor que estás perdiendo tus impulsos altruistas porque, si lo descubre la gente equivocada…, bueno, no te conviene.

—¿Por qué? ¿Por qué les iban a importar mis intenciones?

—Las intenciones son lo único que les importa. Intentan hacerte pensar que les importa lo que haces, pero no, no quieren que actúes de cierta manera. Lo que quieren es que pienses de cierta manera, así les resulta fácil entenderte y no les supones una amenaza.

Apoyo una mano en la pared, cerca de su cara, y me inclino sobre ella pensando en los tatuajes que forman una línea en mi espalda. Lo que me convirtió en traidor a mi facción no fue hacérmelos, sino lo que significaban para mí: escapar de la estrechez de miras de las facciones, esa estrechez que me arrebata las distintas partes que me componen y me reducen a una sola versión de mí mismo.

—No entiendo por qué les importa lo que piense, siempre que actúe como ellos quieren —insiste.

—Ahora estás actuando como ellos quieren, pero ¿qué pasa si tu cerebro de Abnegación te dice que hagas otra cosa, algo que ellos no quieren?

Aunque me cae muy bien, Zeke es el ejemplo perfecto: nacido en Osadía, criado en Osadía, en Osadía por elección. Puedo contar con que encare todos los temas del mismo modo, ya que lo educaron así desde que nació. Para él no existen otras opciones.

—Quizá no necesite tu ayuda, ¿se te ha ocurrido?

Me dan ganas de reír; claro que no me necesita. ¿Cuándo ha sido ese el problema?

—No soy débil, ¿sabes? Puedo hacerlo yo sola —añade.

—Crees que mi instinto me impulsa a protegerte porque eres bajita, una chica o una estirada —respondo, acercándome un poco más a ella—. Te equivocas.

Más cerca. Le toco la barbilla y, por un momento, pienso en acabar con la distancia que nos separa.

—Mi instinto me impulsa a presionarte hasta que estalles, solo por ver lo que aguantas —explico, y es una confesión extraña y peligrosa. No quería hacerle daño y nunca se lo he hecho, y espero que sepa que no me refiero a eso—. Pero resisto el impulso.

—¿Por qué te pide eso tu instinto? —me pregunta.

—A ti el miedo no te paraliza, sino que te despierta. Lo he visto. Es fascinante.

Sus ojos en todas las simulaciones del miedo: hielo, acero y una llama azul. La chica bajita y menuda con los brazos tensos como cables. Una contradicción andante. Deslizo las manos sobre su mandíbula y le toco el cuello.

—A veces… solo quiero verlo, verte despertar —añado.

Me toca la cintura y se aprieta contra mí o me aprieta contra ella, no logro distinguirlo. Mueve las manos por mi espalda, y la deseo, la deseo de un modo que no he sentido nunca antes, no como una especie de impulso físico sin sentido, sino como una necesidad real y específica. No de «alguien», sino de ella.

Le toco la espalda, el pelo. Por ahora, con eso basta.

—¿Debería llorar? —me pregunta, y tardo un segundo en darme cuenta de que vuelve a hablar de Al. Bien, porque si este abrazo le ha dado ganas de llorar, tendría que reconocer que no sé nada de romanticismo—. ¿Es que me pasa algo malo?

—¿Y qué sé yo de lágrimas?

Las mías aparecen sin previo aviso y desaparecen en cuestión de segundos.

—Si lo hubiera perdonado, ¿crees que seguiría vivo?

—No lo sé.

Apoyo una mano en su mejilla y estiro los dedos para llegar hasta su oreja. Sí que es menuda. No me importa.

—Me siento como si fuese por mi culpa —me dice.

«Y yo».

—No es culpa tuya.

Apoyo la frente en la suya. Noto la calidez de su aliento en la cara. Yo estaba en lo cierto: esto es mejor que guardar las distancias, mucho mejor.

—Pero debería haberlo hecho, debería haberlo perdonado.

—Quizá. Quizá todos deberíamos haber hecho algo más —respondo, y después suelto sin pensar un tópico abnegado—. Pero tenemos que permitir que la culpa nos recuerde hacerlo mejor la próxima vez.

Se aparta de inmediato, y vuelvo a sentir el familiar impulso de ser cruel con ella para que se olvide de lo que he dicho, para que no haga más preguntas.

—¿De qué facción vienes, Cuatro?

«Creía que ya lo sabías».

—Da igual. Ahora estoy en esta. Y a ti te vendría bien recordar lo mismo.

No quiero seguir estando cerca de ella; es lo único que quiero hacer.

Quiero besarla; no es el momento.

Le rozo la frente con los labios y los dos permanecemos inmóviles. Ya no hay vuelta atrás, al menos para mí.

Me paso el día pensando en algo que ha dicho: «Esto nunca habría pasado en Abnegación».

Lo primero que se me ocurre es que no sabe cómo son en realidad.

Sin embargo, me equivoco y ella tiene razón: Al no habría muerto con los abnegados y tampoco la habría atacado. Puede que no sean tan puros y buenos como antes creía (o quería creer), pero, sin duda, tampoco son malvados.

Cada vez que cierro los ojos veo el mapa del sector abnegado, el que encontré en el ordenador de Max. Los avise o no, seré un traidor a una u otra facción. Así que, si la lealtad es imposible, ¿qué debería motivarme?

Tardo un tiempo en elaborar un plan de acción. Si se tratara de una osada normal y yo fuera un osado normal, le pediría una cita, nos enrollaríamos junto al abismo y quizá le enseñara todo lo que sé sobre la sede de Osadía. Pero eso parece demasiado normal después de lo que nos hemos dicho, después de ver las partes más oscuras de su mente.

A lo mejor ahí radica el problema: la relación es muy desigual porque yo la conozco, conozco sus miedos, lo que le gusta y lo que odia, mientras que ella solo sabe de mí lo que le he contado. Y lo que le he contado es tan vago como para que no sirva de nada, porque me cuesta entrar en detalles.

Entonces sé lo que debo hacer; el problema es cómo hacerlo.

Enciendo el ordenador de la sala del paisaje del miedo y lo configuro para ejecutar mi programa. Saco dos jeringas de suero de simulación del almacén y las meto en la cajita negra que uso para eso. Después me dirijo al dormitorio de los trasladados sin saber bien cómo quedarme un rato a solas con ella para pedirle que me acompañe.

Sin embargo, la veo con Will y Christina junto a la barandilla y, aunque debería llamarla y preguntárselo, no lo hago. ¿Estoy loco por pensar en dejarla entrar en mi cabeza? ¿Por dejarla ver a Marcus, por enseñarle mi nombre, por permitirle saber todo lo que he procurado ocultar?

Vuelvo a subir por los caminos del Pozo con el estómago revuelto. Llego al vestíbulo y veo que las luces de la ciudad empiezan a apagarse a nuestro alrededor. Oigo pisadas en la escalera: me ha seguido.

Le doy vueltas a la caja negra.

—Ya que estás aquí —comento, como si nada, lo que resulta ridículo—, podrías entrar conmigo.

—¿En tu paisaje del miedo?

—Sí.

—¿Puedo hacer eso?

—El suero te conecta al programa, pero el programa determina de quién es el paisaje que atraviesas. Y, ahora mismo, está configurado para que sea el mío.

—¿Y me dejas verlo?

No soy capaz de mirarla.

—¿Por qué crees que voy a entrar si no? —Cada vez me duele más el estómago—. Quiero enseñarte algunas cosas.

Abro la caja y saco la primera jeringa. Ladea la cabeza y le inyecto el suero, como siempre hacemos durante las simulaciones del miedo. Pero, en vez de inyectarme con la otra jeringa, le ofrezco la caja. Al fin y al cabo, se supone que es mi modo de igualar las cosas.

—No lo he hecho nunca —dice.

—Justo aquí.

Toco el punto. Tiembla un poco al introducir la aguja, y el dolor intenso es familiar, aunque ya no me preocupa, lo he hecho demasiadas veces. Observo su rostro. No hay vuelta atrás, no hay vuelta atrás. Es hora de ver de qué estamos hechos.

Le doy la mano, o puede que me la dé ella, y entramos juntos en la sala del paisaje del miedo.

—A ver si adivinas por qué me llaman Cuatro.

La puerta se cierra y la habitación está a oscuras. Ella se me acerca más y pregunta:

—¿Cómo te llamas de verdad?

—A ver si también puedes adivinarlo.

Empieza la simulación.

La habitación da paso a un amplio cielo azul, y estamos en el tejado del edificio, rodeados de la ciudad, que reluce bajo el sol. Es precioso un instante, hasta que el viento empieza a soplar, feroz y potente, y la rodeo con un brazo porque sé que, aquí, ella está más firme que yo.

Me cuesta respirar, lo normal en mí en este sitio. Las ráfagas de viento me ahogan y la altura hace que me den ganas de enroscarme en un ovillo y esconderme.

—Tenemos que saltar, ¿no? —pregunta, y recuerdo que no puedo hacerme un ovillo y esconderme; debo enfrentarme a esto.

Asiento con la cabeza.

—A la de tres, ¿vale?

Asiento de nuevo. Solo tengo que seguirla, nada más.

Tris cuenta hasta tres y me arrastra detrás de ella mientras corre, como si fuera un velero y yo, el ancla que nos frena. Caemos y lucho contra la sensación con cada centímetro de mi cuerpo mientras el terror me aúlla en los nervios. Y de repente me encuentro en el suelo, agarrándome el pecho.

Me ayuda a levantarme. Me siento estúpido al recordar que ella trepó sin vacilar por aquella noria.

—¿Qué toca ahora?

Quiero advertirle que no es un juego, que mis miedos no son emocionantes atracciones de feria. Pero seguramente no lo ha dicho con esa intención.

—Es…

La pared sale de la nada y se estrella contra su espalda, mi espalda, nuestros costados. Nos empuja hasta acercarnos más que nunca.

—Encierro —respondo, y es peor de lo normal con ella aquí, gastando la mitad del aire.

Gruño un poco, encorvado sobre ella. Odio estar aquí. Odio estar aquí.

—Eh, no pasa nada. Ven…

Se rodea con mi brazo. Siempre he pensado que era delgada, sin un gramo de nada que sobrara. Sin embargo, su cintura es blanda.

—Es la primera vez que me alegro de ser tan bajita.

—Hmmm.

Está hablando de cómo salir. Estrategia de paisaje del miedo. Intento concentrarme en respirar. Después nos baja a los dos para hacer la caja más pequeña y se gira de modo que su espalda quede contra mi pecho y yo la envuelva por completo.

—Ah, esto es peor —le digo, porque con mis nervios por la caja y por tocarla juntos, apenas puedo pensar con claridad—, sin duda…

—Chisss, rodéame con los brazos.

Le rodeo la cintura y oculto la cara en su hombro. Huele a jabón osado y a algo dulce, como a manzana.

Se me olvida dónde estoy.

Está hablando otra vez del paisaje del miedo y la escucho, aunque también estoy concentrado en su tacto.

—Intenta olvidar que estamos aquí —concluye.

—¿Sí?

Coloco los labios justo encima de su oreja, esta vez aposta, para mantener la distracción, aunque también porque me da la sensación de que no soy el único que se distrae.

—Así de fácil, ¿no? —añado.

—A la mayoría de los chicos les gustaría quedarse atrapados en un sitio estrecho con una chica, ¿sabes?

—¡No a los claustrofóbicos, Tris!

—Vale, vale.

Guía mi mano hacia su pecho, justo donde se hunde la clavícula. Solo soy capaz de pensar en lo que deseo y, de repente, lo que deseo no tiene nada que ver con salir de la caja.

—Nota mis latidos, ¿los notas? —me pregunta.

—Sí.

—¿Ves lo regulares que son?

—Van deprisa —respondo, sonriendo.

—Sí, bueno, pero eso no tiene que ver con la caja. —Claro que no—. Cada vez que me sientas respirar, respira. Concéntrate en eso.

Respiramos juntos, una vez, dos.

—¿Por qué no me cuentas de dónde viene este miedo? A lo mejor hablar de eso nos ayuda… de alguna manera.

Me da la impresión de que este miedo tendría que haber desaparecido ya, pero lo que hace Tris es mantenerme a un nivel constante de ansiedad, no acabar por completo con mi miedo. Intento concentrarme en el origen de la caja.

—Hmmm…, vale.

«Venga, hazlo de una vez, di algo real».

—Este viene de mi fantástica niñez. Castigos de la niñez. El diminuto armario de la planta de arriba.

Me encerraba a oscuras para que pensara en lo que había hecho. Era mejor que otros castigos, aunque a veces me pasaba demasiado tiempo allí dentro, desesperado por respirar aire fresco.

—Mi madre guardaba los abrigos de invierno en nuestro armario —comenta, y es una estupidez después de lo que acabo de contarle, pero sé que no sabe qué otra cosa hacer.

—No quiero seguir hablando de eso.

Ella no sabe qué decir porque nadie puede saberlo, porque mi dolor de infancia es demasiado lamentable para manejarlo; vuelve a acelerárseme el pulso.

—Vale, pues… yo hablo. Pregúntame algo.

Levanto la cabeza. Concentrarme en ella funcionó antes. Su corazón acelerado, su cuerpo contra el mío. Dos esqueletos fuertes atrapados en músculo, enredados; dos trasladados de Abnegación intentando dejar atrás los coqueteos vacilantes.

—¿Por qué te late tan deprisa el corazón, Tris?

—Bueno… Apenas te conozco. —Está frunciendo el ceño, como si la viera—. Apenas te conozco y estoy apretujada a tu lado en una caja, Cuatro, ¿tú qué crees?

—Si estuviéramos en tu paisaje del miedo, ¿yo estaría dentro?

—No me das miedo.

—Claro que no, pero no me refería a eso.

No le preguntaba si tenía miedo de mí, sino si soy lo bastante importante para ella como para salir en su paisaje del miedo.

Seguramente no. Tiene razón, apenas me conoce. Pero, aun así: tiene el corazón acelerado.

Me río, y las paredes se rompen como sacudidas por mi risa. Estamos a cielo abierto. Respiro hondo con ganas y nos apartamos. Ella me mira con suspicacia.

—A lo mejor estás hecha para Verdad, porque eres una pésima mentirosa.

—Creo que mi prueba de aptitud lo descartó bastante bien.

—La prueba de aptitud no sirve para nada.

—¿Qué intentas decirme? ¿Que tu prueba no es la razón por la que acabaste en Osadía?

—No del todo, no, es que… —respondo, encogiéndome de hombros.

Veo algo con el rabillo del ojo y me giro para enfrentarme a ello. Una mujer de rostro anodino, perfectamente olvidable, está de pie al otro lado de la sala. Entre ella y nosotros hay una mesa con una pistola.

—Tienes que matarla —dice Tris.

—Todas y cada una de las veces.

—No es real.

—Parece real. Me parece real.

—Si lo fuera, ya te habría matado.

—No pasa nada, lo… haré —respondo, avanzando hacia la mesa—. Este no es tan… malo. No me entra tanto pánico.

El pánico y el terror no son los únicos tipos de miedo. Hay miedos más profundos, más terribles. El recelo y el pavor extremo.

Cargo el arma sin pensar, la sostengo frente a mí y la miro a la cara. No se lee nada en su rostro, como si supiera lo que voy a hacer y lo aceptara.

No lleva la ropa de mi facción, pero podría ser abnegada, allí de pie, esperando a que le haga daño, como harían ellos. Como harían si Max, Jeanine y Evelyn se salieran con la suya.

Cierro un ojo para concentrarme en mi objetivo y disparo.

Ella cae, y pienso en la paliza que le di a Drew hasta dejarlo casi inconsciente.

La mano de Tris se cierra en torno a mi brazo.

—Vamos. Sigue moviéndote.

Dejamos la mesa atrás y me estremezco de miedo. Esperar al último obstáculo puede ser un miedo en sí mismo.

—Allá vamos.

Una figura oscura se acerca al círculo de luz que ocupamos, avanza de modo que solo le vemos la punta del zapato. Entonces da un paso adelante: Marcus, con sus ojos negros profundos, sus ropas grises y su corte de pelo, rasurado, el que muestra los contornos de su cráneo.

—Marcus —susurra.

Lo observo. Espero el golpe final.

—Ahora es cuando tienes que averiguar mi nombre.

—¿Es…?

Ahora lo sabe. Lo sabrá siempre; no puedo hacer que lo olvide aunque quisiera.

—Tobias —dice.

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que oí decir mi nombre así, como si fuera una revelación y no una amenaza.

Marcus se desenrolla un cinturón del puño.

—Es por tu propio bien —dice, y me entran ganas de gritar.

Se multiplica de inmediato, nos rodea, hay cinturones arrastrándose por todo el suelo de baldosas blancas. Me encojo, me encorvo, retrocedo y espero, espero. El cinturón vuela hacia atrás y me preparo para el golpe, pero no cae.

Tris se coloca delante de mí con un brazo levantado y tensa de pies a cabeza. Aprieta los dientes cuando el cinturón se le enrolla en el brazo, y después se lo arranca y ataca. El movimiento es tan potente que me sorprende lo fuerte que parece, lo fuerte que el cinturón azota la piel de Marcus.

Marcus se abalanza sobre ella, y me coloco delante. Esta vez estoy preparado, dispuesto a luchar.

Pero el momento no llega nunca: las luces cambian y el paisaje del miedo termina.

—¿Ya está? —pregunta Tris mientras me quedo mirando el punto en el que estaba Marcus—. ¿Esos eran tus peores miedos? ¿Por qué solo tienes cuatro…? Oh. —Me mira—. Por eso te llaman…

Temía que, al enterarse de lo de Marcus, me mirara con lástima, y que eso me hiciera sentir débil, pequeño y vacío.

Sin embargo, ha visto a Marcus y lo ha mirado con rabia y sin miedo. No me ha hecho sentir débil, sino poderoso. Lo bastante fuerte como para defenderme.

La cojo por el codo y tiro de ella hacia mí para darle un lento beso en la mejilla, dejando que su piel me queme. La abrazo con fuerza, apoyándome en ella.

—Eh —suspira—, lo hemos conseguido.

Le paso los dedos por el pelo.

—Gracias a ti.

A última hora de la noche, la llevo a las rocas a las que vamos Zeke, Shauna y yo algunas veces. Tris y yo nos sentamos en una piedra plana que cuelga sobre el agua, y las salpicaduras me empapan los zapatos, pero el frío no resulta desagradable. Como todos los iniciados, está demasiado concentrada en la prueba de aptitud, y a mí me cuesta hablar con ella sobre el tema. Creía que, después de soltar un secreto, el resto saldría solo, pero acabo de descubrir que la franqueza es una costumbre que se adquiere con el tiempo, no un interruptor que se enciende siempre que quieras.

—No le cuento estas cosas a la gente, ¿sabes? Ni siquiera a mis amigos.

Me quedo mirando las aguas oscuras y turbias, y las cosas que transportan: basura, ropa vieja, botellas que flotan como barquitos que inician un viaje.

—Mi resultado era el que cabía esperar: Abnegación.

—Oh —responde, frunciendo el ceño—. Pero elegiste Osadía de todos modos.

—Por necesidad.

—¿Por qué tenías que irte?

Aparto la mirada sin saber bien si soy capaz de reconocer en voz alta mis razones, porque eso me convierte en un traidor a mi facción, me hace sentir como un cobarde.

—Tenías que huir de tu padre. ¿Por eso no querías ser líder de Osadía? ¿Porque, si lo fueras, a lo mejor tendrías que volver a verlo?

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