Cuatro
El traidor
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Me encojo de hombros.
—Por eso y porque siempre he sentido que, en realidad, no pertenezco a Osadía. Al menos, no como es ahora.
No es del todo cierto. No estoy seguro de que sea el momento apropiado para contarle lo que sé de Max, Jeanine y el ataque… por motivos egoístas. Quiero que este momento sea mío, al menos un poco más.
—Pero eres… increíble —dice, y arqueo las cejas. Parece avergonzada—. Quiero decir, según los estándares de Osadía. Cuatro miedos es algo inaudito. ¿Cómo no vas a pertenecer a Osadía?
Me encojo de hombros de nuevo. Cuanto más tiempo pasa, más extraño me parece que mi paisaje del miedo no está abarrotado de miedos, como el de todos los demás. Muchas cosas me ponen nervioso, ansioso, incómodo… Pero cuando me enfrento a esas cosas, puedo reaccionar, no me quedo paralizado.
Si no tengo cuidado, mis cuatro miedos me paralizan. Es la única diferencia.
—Tengo una teoría: creo que el altruismo y la valentía no son tan distintos —explico, y miro al Pozo, que se alza sobre nosotros. Desde aquí veo un trocito de cielo nocturno—. Te entrenan toda la vida para olvidarte de ti, de modo que, cuando estás en peligro, ese es tu primer instinto. Encajaría igual de bien en Abnegación.
—Sí, bueno, dejé Abnegación porque no era lo bastante altruista, por mucho que lo intentara.
—Eso no es del todo cierto —replico, sonriendo—. Esa chica que dejó que le lanzaran cuchillos para salvar a un amigo, que recibió un golpe con el cinturón de mi padre para protegerme…, ¿no eras tú?
Con esta luz parece un ser de otro mundo, sus ojos son tan pálidos que casi brillan en la oscuridad.
—Has estado prestándome mucha atención, ¿no? —pregunta, como si acabara de leerme la mente. Pero no está hablando de mi forma de contemplar su rostro.
—Me gusta observar a la gente —respondo con astucia.
—A lo mejor estás hecho para Verdad, Cuatro, porque eres un pésimo mentiroso.
Pongo una mano junto a las suyas y me acerco más.
—De acuerdo. —Ya no tiene la larga y estrecha nariz inflamada por el ataque, ni tampoco la boca. Tiene una boca bonita—. Te observaba porque me gustas. Y no me llames Cuatro, ¿vale? Me gusta volver a oír mi nombre.
Por un momento, parece desconcertada.
—Pero eres mayor que yo…, Tobias.
Suena tan bien en sus labios…, como si no fuera un nombre del que avergonzarse.
—Sí, ese insalvable abismo de dos años que nos separa, ¿no?
—No intento menospreciarme —insiste con cabezonería—, es que no lo entiendo. Soy más joven, no soy guapa…
Me río y la beso en la sien.
—No finjas —dice, como si le faltara un poco el aliento—, sabes que no lo soy. No soy fea, pero tampoco es que sea guapa.
La palabra «guapa» y todo lo que representa es tan absurda e inútil en estos momentos que pierdo la paciencia.
—Vale, no eres guapa, ¿y qué? —Acerco los labios a su mejilla mientras intento reunir valor—. Me gusta tu aspecto —añado, retirándome—, eres tan lista que das miedo, eres valiente y, a pesar de saber lo de Marcus…, no me estás echando la típica mirada que se le echa a un cachorrito maltratado o algo así.
—Es que no lo eres —afirma, como si fuera un hecho probado.
Mi instinto estaba en lo cierto: es de confianza. Puedo confiarle mis secretos, mi vergüenza y el nombre que abandoné. Las verdades bonitas y las terribles. Lo sé.
Acerco mis labios a los suyos. Nos miramos a los ojos, y sonrío y vuelvo a besarla, esta vez con más seguridad.
No basta. La aprieto contra mí, la beso con más intensidad. Ella cobra vida, me rodea con sus brazos y se apoya en mí, pero sigue sin ser suficiente. ¿Cómo iba a serlo?
La acompaño de vuelta al dormitorio de los trasladados, con los zapatos todavía empapados de agua de río, y me sonríe mientras entra con sigilo por la puerta. Me voy a mi piso flotando en una nube de alivio, aunque no tarda en desvanecerse para dar paso de nuevo a la intranquilidad. Entre el momento en que vi el cinturón enrollársele en el brazo en mi paisaje del miedo y el momento en que le conté que el altruismo y la valentía eran, con frecuencia, lo mismo, tomé una decisión.
Doblo la siguiente esquina, no hacia mi piso, sino hacia una escalera que da al exterior, justo al lado de la casa de Max. Freno al pasar junto a su puerta, temiendo que el ruido de mis pisadas baste para despertarlo. Irracional.
Me late el corazón a mil por hora cuando llego arriba. Está pasando un tren, su costado plateado refleja la luz de la luna. Camino bajo las vías y me dirijo al sector abnegado.
Tris vino de Abnegación, parte de su poder innato procede de ellos, el que la impulsa a proteger a las personas más débiles que ella. Y no puedo soportar la idea de que las armas eruditas y osadas acaben con una facción en la que hay hombres y mujeres como ella. Puede que me mintieran y puede que yo les fallara al elegir Osadía, y quizás esté fallando a Osadía en estos instantes, pero no tengo por qué fallarme a mí mismo. Y, esté en la facción que esté, sé lo que tengo que hacer.
El sector abnegado está tan limpio que no hay ni una pizca de basura ni en las calles, ni en las aceras, ni en el césped. Los edificios grises idénticos, aunque desgastados en algunos puntos porque esta gente altruista se niega a repararlos cuando el sector abandonado necesita tanto los materiales, se conservan pulcros y anodinos. Las calles de este lugar podrían ser un laberinto, pero todavía no he olvidado cómo llegar a casa de Marcus, a pesar del tiempo que he pasado fuera.
Qué raro lo deprisa que la he convertido en su casa, en vez de en la mía.
A lo mejor no tengo que contárselo; podría hablar con otro líder de Abnegación. Sin embargo, es el más influyente y, en parte, sigue siendo mi padre, el que intentó protegerme por ser divergente. Intento recordar el estallido de fuerza que sentí en el paisaje del miedo cuando Tris me demostró que solo era un hombre, no un monstruo, y que podía enfrentarme a él. Pero Tris no está conmigo, así que me siento endeble, como de papel.
Recorro el camino hasta la casa con las piernas rígidas, como si no tuviera articulaciones. No llamo, no quiero despertar a nadie. Meto la mano debajo del felpudo y saco la llave de repuesto para abrir la puerta principal.
Aunque es tarde, la luz de la cocina aún está encendida. Cuando entro, está de pie donde puedo verlo. Detrás de él, la mesa de la cocina está cubierta de papeles. Va descalzo (los zapatos están en la alfombra del salón, con los cordones desatados) y tiene los ojos ensombrecidos, como en mis pesadillas.
—¿Qué haces aquí?
Me mira de arriba abajo. Me pregunto qué estará mirando, hasta que recuerdo que voy de negro osado, llevo botas pesadas y chaqueta, y un tatuaje en el cuello. Se acerca un poco más, y me doy cuenta de que soy tan alto como él y más fuerte de lo que él haya sido nunca.
Ahora no podría vencerme.
—Ya no eres bienvenido en esta casa —dice.
—No… —Me pongo derecho, y no porque él odie las malas posturas—. No me importa —concluyo, y él arquea las cejas como si lo acabara de sorprender.
A lo mejor lo he hecho.
—He venido a advertiros —continúo—. He descubierto algo, unos planes de ataque. Max y Jeanine van a atacar Abnegación. No sé cuándo ni cómo.
Marcus se me queda mirando un segundo, como si me midiera, y su expresión se convierte en una mueca de burla.
—Max y Jeanine nos van a atacar —repite—. Ellos dos solos, ¿armados con jeringas de simulación? —Entorna los ojos—. ¿Te ha enviado Max? ¿Te has convertido en su lacayo osado? ¿Qué? ¿Quiere asustarme?
Cuando pensé en advertir a los abnegados estaba seguro de que lo más complicado sería cruzar esta puerta. Nunca se me ocurrió la posibilidad de que no me creyera.
—No seas estúpido —le digo.
Jamás le habría dicho algo así cuando vivía en esta casa, pero tras dos años procurando adoptar el estilo de habla osado, es algo que me sale solo.
—Si sospechas de Max, es por una razón —le explico—, y lo que te estoy diciendo es que no te equivocas: haces bien en sospechar de él. Estás en peligro, todos lo estáis.
—Te atreves a venir a mi casa después de traicionar a tu facción —dice en voz baja—, después de traicionar a tu familia… ¿y me insultas? —Sacude la cabeza—. Me niego a dejarme intimidar para hacer lo que Max y Jeanine quieran, y menos a dejarme intimidar por mi hijo.
—¿Sí? Pues olvídalo. Debería haber ido a hablar con otro.
Me vuelvo hacia la puerta, y me increpa:
—No me des la espalda.
Cierra la mano en torno a mi brazo y aprieta. Me quedo mirándola y me mareo durante un segundo, como si saliera de mi cuerpo y me separara de este momento para poder sobrevivir a él.
«Puedes luchar contra él», pienso al recordar cómo Tris le quitó el cinturón en mi paisaje del miedo para golpearlo.
Me zafo de su mano, soy demasiado fuerte para que me sujete. Sin embargo, solo logro reunir el valor necesario para marcharme, y él no se atreve a gritarme que vuelva; no se atreve a que lo oigan los vecinos. Me tiemblan un poco las manos, así que me las meto en los bolsillos. No oigo cómo se cierra la puerta, y eso me deja claro que me observa.
No ha sido el regreso triunfal que me imaginaba.
Me siento culpable cuando entro en la Espira, como si todos los osados me miraran y me juzgaran por lo que he hecho. He actuado contra los líderes osados y ¿para qué? ¿Para ayudar a un hombre al que odio y que ni siquiera me ha creído? ¿Para eso merecía la pena arriesgarse a ser un traidor a mi facción?
Contemplo el abismo a través del suelo de cristal, el agua tranquila y oscura, demasiado lejos para que refleje la luz de la luna. Hace unas horas estaba aquí mismo, a punto de enseñarle a una chica a la que apenas conocía todos los secretos que tanto he luchado por proteger.
Ella sí era digna de mi confianza, a diferencia de Marcus. Todavía merece la pena protegerla a ella, a su madre y al resto de la facción en la que ella cree. Así que eso es lo que pienso hacer.