Cuatro

Cuatro


El trasladado

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Me quedo mirando el suelo y me siento sobre los talones. El tejado se mueve de un lado a otro bajo mis pies; no sabía que uno se pudiera marear de miedo.

A pesar de todo, sé que acabo de superar dos pruebas de iniciación: me he subido a un tren en marcha y he conseguido llegar al tejado.

Ahora la pregunta es: ¿cómo se bajan los osados del tejado?

Un instante después, Amar se pone en el borde y responde a mi pregunta: van a hacernos saltar.

Cierro los ojos y finjo no estar aquí, arrodillado en esta grava, con esta gente demente llena de tatuajes. Vine aquí a escapar, pero no es una salida, sino otro tipo de tortura de la que ya no puedo huir. Así que mi única esperanza es sobrevivir a ella.

—¡Bienvenidos a Osadía! —grita Amar—. Donde te enfrentas a tus miedos e intentas no morir en el intento o te marchas como un cobarde. No me sorprende que este año hayamos batido por lo bajo el récord de trasladados de otras facciones.

Los osados que rodean a Amar dan puñetazos al aire mientras gritan de alegría, como si el hecho de que nadie quiera unirse a ellos fuese motivo de orgullo.

—La única forma de entrar en el complejo de Osadía desde este tejado es saltar de la cornisa —explica Amar, que abre los brazos para señalar el espacio vacío que lo rodea.

Levanta las puntas de los pies para apoyarse en los talones y agita los brazos, como si estuviera a punto de caer, pero después se estabiliza y sonríe. Tomo aire por la nariz y contengo el aliento.

—Como siempre, primero ofrezco la oportunidad a nuestros iniciados, ya sean nacidos en Osadía o no.

Se baja de la cornisa y hace un gesto hacia ella con las cejas enarcadas.

El grupo de jóvenes osados que hay junto al tejado intercambia miradas. A un lado están el chico erudito de antes, la chica cordial, dos chicos veraces y una chica veraz. Solo somos seis.

Uno de los osados da un paso adelante, un chico de piel oscura que pide con las manos a sus amigos que lo animen.

—¡Adelante, Zeke! —grita una de las chicas.

Zeke se sube a la cornisa de un salto, pero calcula mal y se inclina hacia delante, perdiendo el equilibrio. Chilla algo ininteligible y desaparece. La chica veraz que está más cerca ahoga un grito y se tapa la boca con una mano, pero los amigos osados de Zeke rompen a reír. Creo que este no era el momento heroico y dramático que él tenía en mente.

Amar, sonriente, hace otro gesto hacia el borde. Los nacidos en Osadía se ponen en fila detrás de él, igual que el chico erudito y la chica cordial. Sé que debo unirme a ellos, que tengo que saltar, da igual cómo me sienta. Me acerco a la cola, rígido, como si mis articulaciones fueran pernos oxidados. Amar consulta su reloj y los hace saltar a intervalos de treinta segundos.

La cola se reduce, se disuelve.

De repente ha desaparecido y solo quedo yo. Me subo a la cornisa y espero la señal de Amar. El sol se pone detrás de los edificios, a lo lejos, aunque su silueta irregular no me resulta familiar desde este lado. La luz dorada brilla cerca del horizonte, y el viento sube con fuerza por el lateral del edificio y tira de mi ropa.

—Adelante —dice Amar.

Cierro los ojos y me quedo paralizado; ni siquiera consigo saltar, solo logro echarme hacia delante y dejarme caer. Se me desploma el estómago y las extremidades se me agitan en el aire en busca de algo, lo que sea, a lo que aferrarse, pero no hay nada, solo la caída, el aire y la frenética búsqueda del suelo.

Entonces, caigo en una red.

La red me rodea, me envuelve en fuertes cuerdas. Unas manos me llaman desde el borde. Engancho los dedos en la red y me impulso hacia ellas. Aterrizo de pie en una plataforma, y un hombre de piel marrón oscuro y nudillos magullados me sonríe: Max.

—¡El estirado! —exclama, dándome una palmada en la espalda que me hace estremecer—. Me alegra ver que has llegado hasta aquí. Ve a unirte a tus compañeros iniciados. Seguro que Amar baja dentro de un segundo.

Detrás de él hay un túnel de paredes rocosas. El complejo osado está bajo tierra. Suponía que lo encontraría colgado de un edificio alto mediante cuerdas endebles: una de mis peores pesadillas hecha realidad.

Intento bajar los escalones y acercarme a los demás trasladados. Parece que vuelven a funcionarme las piernas. La chica cordial me sonríe.

—Me sorprende lo divertido que ha sido —comenta—. Soy Mia. ¿Estás bien?

—Parece que intenta no vomitar —dice uno de los chicos veraces.

—Deja que ocurra, tío —añade el otro veraz—. Nos encantaría presenciar el espectáculo.

—Cerrad la boca —les suelto, sin más.

Sorprendentemente, me hacen caso. Supongo que no es frecuente que un abnegado los mande callar.

Unos segundos después veo a Amar rodando hacia el borde de la red. Desciende los escalones con una expresión salvaje, despeinado y preparado para la siguiente acrobacia demencial. Pide a todos los iniciados que se acerquen, y nos reunimos en semicírculo junto a la abertura del túnel.

Amar junta las manos frente a él.

—Me llamo Amar y soy vuestro instructor durante la iniciación. Yo me crie aquí y superé con creces la iniciación hace tres años, lo que significa que me haré cargo de los recién llegados durante el tiempo que quiera. Qué suerte tenéis.

»Casi toda la formación física de los nacidos en Osadía se hace por separado de la de los que se trasladan, de modo que los osados no partan por la mitad a los de fuera a las primeras de cambio… —Los nacidos en Osadía, que están al otro lado del semicírculo, sonríen con suficiencia—. Pero este año vamos a probar algo distinto. Los líderes osados y yo queremos ver si conocer vuestros miedos antes del entrenamiento os prepara mejor para el resto de la iniciación, así que antes incluso de que vayáis al comedor para la cena, vamos a conocernos mejor a nosotros mismos. Seguidme.

—¿Y si no quiero conocerme mejor? —pregunta Zeke.

Con solo una mirada, Amar consigue que retroceda de vuelta al grupo de los nacidos en Osadía. Amar no se parece a nadie que yo conozca: es amable un segundo y severo al siguiente y, a veces, ambas cosas a la vez.

Nos guía por el túnel, se detiene frente a una puerta empotrada en la pared y la empuja con el hombro. Lo seguimos a una habitación fría y húmeda con una ventana gigante en la pared de atrás. Las luces fluorescentes parpadean sobre nosotros, y Amar se pone a toquetear una máquina que se parece mucho a la que utilizaron en mi prueba de aptitud. Oigo un goteo: el techo tiene una gotera que forma un charco en el suelo de una de las esquinas.

Otra habitación grande y vacía espera más allá de la ventana. Hay cámaras en cada esquina… ¿Es que hay cámaras por todo el complejo de Osadía?

—Esto es la sala del paisaje del miedo —explica Amar sin levantar la vista—. Un paisaje del miedo es una simulación en la que te enfrentas a tus peores miedos.

Sobre la mesa que hay al lado de la máquina han dispuesto una fila de jeringas. A la vacilante luz me resultan siniestras, como si fueran instrumentos de tortura: cuchillos, cuchillas y atizadores al rojo.

—¿Cómo es eso posible? —pregunta el erudito—. Tú no sabes cuáles son nuestros peores miedos.

—Eric, ¿no? —dice Amar—. Tienes razón, yo no sé cuáles son vuestros peores miedos, pero el suero que os voy a inyectar estimulará las partes de tu cerebro que procesan el miedo, y tú mismo serás el que haga aparecer los obstáculos de tu simulación, por así decirlo. Esta simulación se diferencia de la de la prueba de aptitud en que serás consciente de que lo que ves no es real. Mientras tanto, yo estaré en esta sala, controlando la simulación, y le ordenaré al programa integrado en el suero de la simulación que pase al siguiente obstáculo cuando vuestra frecuencia cardíaca alcance un nivel concreto… Es decir, cuando os calméis u os enfrentéis a vuestro miedo de un modo significativo. Cuando os quedéis sin miedos, el programa finalizará y os «despertaréis» de nuevo en esta sala conscientes de cuáles son vuestros temores.

Coge una de las jeringas y llama a Eric.

—Permite que satisfaga tu curiosidad erudita —le dice—. Tú primero.

—Pero…

—Yo soy tu instructor —lo interrumpe Amar tranquilamente—, así que te conviene hacerme caso.

Eric se queda quieto un momento; después se quita su chaqueta azul, la dobla por la mitad y la deja en el respaldo de una silla. Sus movimientos son lentos y pausados, sospecho que diseñados para irritar a Amar todo lo que pueda. Eric se le acerca, y Amar le clava la jeringa en la nuca casi con violencia. Después lo conduce a la habitación de al lado.

Una vez que Eric está de pie en el centro de la habitación que hay detrás del cristal, Amar se enchufa a la máquina de la simulación mediante electrodos y pulsa algo en la pantalla del ordenador que hay detrás para iniciar el programa.

Eric está inmóvil, con las manos a los costados. Se nos queda mirando a través de la ventana y, un instante después, aunque no se ha movido, parece que mira otra cosa, como si hubiera comenzado la simulación. Pero no grita, ni agita los brazos, ni llora como cabría esperar de alguien que se enfrenta a sus miedos. Su frecuencia cardíaca no deja de subir en el monitor de Amar, como un pájaro que alza el vuelo.

Tiene miedo. Tiene miedo, pero ni siquiera se mueve.

—¿Qué está pasando? —me pregunta Mia—. ¿Está funcionando el suero?

Asiento con la cabeza.

Veo que Eric respira hondo, hinchando la barriga, y suelta el aire por la nariz. Se le sacude el cuerpo, tiembla como si el suelo se estremeciera bajo sus pies, aunque sigue respirando despacio, tranquilo, mientras tensa y relaja los músculos cada pocos segundos, como si no dejara de tensarse por accidente y tuviera que corregir su error. Observo su frecuencia cardíaca en el monitor de Amar, veo que baja cada vez más hasta que Amar toca la pantalla y obliga al programa a seguir adelante.

Esto sucede una y otra vez con cada miedo. Cuento los miedos a medida que avanzan en silencio: diez, once, doce. Después, Amar toca la pantalla una última vez, y el cuerpo de Eric se relaja. Parpadea lentamente y sonríe hacia la ventana, muy satisfecho.

Me doy cuenta de que los nacidos en Osadía, que siempre corren a comentarlo todo, guardan silencio. Eso debe de querer decir que lo que imaginaba es cierto: hay que mantenerse alerta con Eric. Puede que incluso temerlo.

Me quedo mirando a los demás iniciados enfrentarse a sus miedos durante más de una hora; corren, saltan, apuntan con pistolas invisibles y, en algunos casos, se tumban boca abajo en el suelo y sollozan. A veces supongo lo que ven, pero, en la mayor parte de las ocasiones, los enemigos a los que mantienen a raya son secretos, solo los conocen ellos y Amar.

Me quedo cerca de la parte de atrás de la sala y me encojo cada vez que llama a alguien. De repente soy el único que queda en la habitación y Mia está terminando, arrancada de su paisaje del miedo cuando se acurruca en la pared de atrás con la cabeza entre las manos. Se levanta con cara de agotamiento y sale del cuarto arrastrando los pies sin esperar a que Amar le dé permiso. Amar echa un vistazo a la última jeringa de la mesa y después me mira.

—Solo quedamos tú y yo, estirado —dice—. Venga, terminemos de una vez.

Me pongo frente a él. Apenas noto cómo entra la aguja; nunca me han dado miedo las inyecciones, aunque a algunos de los otros iniciados se les saltaron las lágrimas. Entro en la habitación de al lado y me pongo de cara a la ventana, que parece un espejo desde esta parte. El instante antes de que haga efecto la simulación me veo como los demás deben de haberme visto: encorvado, enterrado en tela, alto y huesudo, y ensangrentado. Intento enderezarme y me sorprende lo que cambia la cosa, me sorprende la sombra de fuerza que veo en mí justo antes de que desaparezca la habitación.

Las imágenes llenan el espacio poco a poco: la silueta de los edificios de nuestra ciudad; el agujero en la acera, siete plantas por debajo de mí; la línea de la cornisa bajo mis pies. El viento sube con fuerza por el lateral del edificio, con más potencia que cuando estuve ahí en la vida real, y tira tanto de mi ropa que la noto azotarme desde todos los ángulos. Entonces, el edificio crece conmigo encima, se aleja cada vez más del suelo. El agujero se sella y lo cubre la dura acera.

Me aparto del borde, asustado, pero el viento no me permite retroceder. El corazón me late más deprisa al enfrentarme a la realidad de lo que debo hacer: tengo que saltar de nuevo, aunque esta vez no sé si sentiré dolor cuando me estrelle contra el suelo.

Una tortita de estirado.

Sacudo las manos, cierro los ojos con fuerza y grito entre dientes. Después dejo que me empuje el viento y caigo deprisa. Me estrello contra el suelo.

Un dolor intenso y cegador me recorre el cuerpo, aunque solo por un segundo.

Me levanto y me limpio el polvo de la mejilla, a la espera del siguiente obstáculo. No tengo ni idea de lo que será. No me he parado nunca a meditar sobre mis miedos, ni siquiera a meditar sobre lo que sería liberarme de ellos, conquistarlos. Se me ocurre que, sin miedo, podría ser fuerte, poderoso, imparable. La idea me seduce durante unos segundos, justo antes de que algo me golpee con fuerza en la espalda.

Entonces, algo me golpea en el costado izquierdo, y en el derecho, y estoy metido en una caja que tiene mi mismo tamaño. Al principio, la sorpresa me protege del pánico; después respiro el aire estanco y me quedo mirando la oscuridad vacía mientras se me comprimen las entrañas. Ya no puedo respirar. No puedo respirar.

Me muerdo el labio para no llorar: no quiero que Amar me vea llorar, no quiero que les cuente a los demás osados que soy un cobarde. Tengo que pensar; no puedo pensar porque esta caja me ahoga. La pared que tengo en la espalda es la misma de mis recuerdos, de cuando era pequeño y me encerraba en la oscuridad del pasillo de arriba para castigarme. Nunca sabía cuándo acabaría el castigo, cuántas horas pasaría allí encerrado con monstruos imaginarios reptándome por encima, con el sonido de los sollozos de mi madre filtrándose a través de las paredes.

Golpeo sin parar la pared que tengo delante con las palmas de las manos, la araño aunque las astillas se me clavan en la piel bajo las uñas. Saco los antebrazos y golpeo la caja con todo el peso de mi cuerpo, una y otra vez, cerrando los ojos para fingir que no estoy aquí, que no estoy aquí. «Dejadme salir, dejadme salir, dejadme salir…».

—¡Piénsalo bien, estirado! —oigo gritar a alguien, y me quedo quieto. Recuerdo que es una simulación.

«Piénsalo bien». ¿Qué necesito para salir de esta caja? Necesito una herramienta, algo más fuerte que yo. Noto un objeto junto a los pies y me agacho para recogerlo. Sin embargo, cuando me agacho, la parte de arriba de la caja se mueve conmigo y ya no puedo enderezarme. Me trago un grito y toco con la punta de los dedos el extremo puntiagudo de una palanqueta. La meto entre las tablas que forman la esquina izquierda de la caja y empujo con todas mis fuerzas.

Todas las tablas se abren a la vez y caen al suelo, a mi alrededor. Aliviado, respiro aire fresco.

Entonces aparece una mujer frente a mí. No la reconozco y va de blanco, no pertenece a ninguna facción. Me acerco a ella, y delante de mí aparece una mesa con una pistola y una bala encima. Frunzo el ceño.

¿Esto es un miedo?

—¿Quién eres? —le pregunto, y ella no responde.

Queda claro lo que se supone que debo hacer: cargar la pistola, disparar la bala. El terror empieza a apoderarse de mí, más potente que cualquier miedo. Se me reseca la boca, y cojo como puedo el arma y la bala. Nunca he sostenido una pistola, así que tardo unos segundos en averiguar cómo abrir la recámara. En esos segundos pienso en la luz que abandona sus ojos, en esta mujer a la que no conozco, a la que no conozco lo bastante como para que me importe.

Tengo miedo… Tengo miedo de lo que me pedirán hacer en Osadía, de lo que querré hacer.

Me da miedo la violencia que pueda ocultarse en mi interior, la violencia forjada por mi padre y por los años de silencio a los que me ha obligado mi facción.

Meto la bala en la recámara y sostengo el arma con ambas manos mientras noto cómo me palpita el corte de la palma. Miro a la mujer a la cara. Le tiembla el labio inferior y se le llenan los ojos de lágrimas.

—Lo siento —digo, y disparo.

Veo el agujero negro que abre la bala en su cuerpo, y la mujer cae al suelo y se evapora en una nube de polvo al entrar en contacto con él.

Sin embargo, el terror no desaparece. Sé lo que se avecina; lo noto crecer en mi interior. Marcus no ha aparecido todavía, y lo hará, estoy tan seguro de eso como de mi nombre. De nuestro nombre.

Me rodea un círculo de luz y, en el borde, veo unos zapatos grises gastados dando vueltas. Marcus Eaton entra en el círculo de luz, aunque no es el Marcus Eaton que conozco. Este tiene pozos oscuros por ojos y un agujero negro a modo de boca.

Otro Marcus Eaton se pone a su lado y, poco a poco, a lo largo de todo el círculo aparecen versiones cada vez más monstruosas de mi padre para rodearme, con bocas abiertas y sin dientes, con cabezas inclinadas en ángulos extraños. Cierro los puños. No es real, está claro que no es real.

El primer Marcus se desabrocha el cinturón y se lo saca de la cintura, trabilla a trabilla, y, al hacerlo, también lo hacen los demás Marcus. Mientras se lo quitan, los cinturones se convierten en cuerdas de metal con pinchos en los extremos. Arrastran los cinturones dibujando líneas en el suelo, y sus lenguas negras aceitosas se deslizan por los bordes de sus oscuras bocas. Echan hacia atrás las cuerdas todos a la vez, y yo grito a pleno pulmón y me protejo la cabeza con los brazos.

—Es por tu propio bien —dicen los Marcus combinando sus voces metálicas como si fueran un coro.

Duele, me desgarran, me cortan, me hacen jirones. Caigo de rodillas y aprieto los brazos contra los oídos como si pudieran protegerme, pero nada puede protegerme, nada. Grito una y otra vez, pero el dolor continúa, igual que su voz.

—¡No pienso permitir un comportamiento autocomplaciente en mi casa! ¡No he criado a un mentiroso!

No puedo escucharlo, no lo escucharé.

En mi mente aparece, sin querer, la imagen de la escultura que me dio mi madre. La veo donde la dejé, en mi escritorio, y el dolor empieza a remitir. Concentro todos mis pensamientos en ella y en los otros objetos desperdigados por mi dormitorio, rotos; en la tapa del baúl que arrancó de sus bisagras. Recuerdo las manos de mi madre con sus dedos esbeltos cerrando el baúl con llave y entregándomela.

Una a una, las voces desaparecen hasta que no queda ninguna.

Dejo caer los brazos al suelo, a la espera del siguiente obstáculo. Mis nudillos rozan el suelo de piedra, que está frío y rugoso de arenilla. Oigo pisadas y me preparo para lo que se avecina, pero entonces distingo la voz de Amar:

—¿Ya está? —pregunta—. ¿No hay nada más? Dios mío, estirado.

Se detiene a mi lado y me ofrece una mano. La acepto y dejo que me ponga en pie. No lo miro, no quiero ver su expresión. No quiero que sepa lo que sabe, no quiero convertirme en el lamentable iniciado con una infancia destrozada.

—Deberíamos buscarte otro nombre —dice, como si nada—. Algo más duro que Estirado. Como Navaja, Asesino o algo así.

Entonces lo miro y veo que esboza una leve sonrisa. Percibo algo de lástima en esa sonrisa, aunque no tanta como me temía.

—Yo tampoco querría decirle a la gente cómo me llamo —añade—. Venga, vamos a comer algo.

Amar me acompaña a la mesa de los iniciados cuando llegamos al comedor. Ya hay unos cuantos osados sentados a las mesas de alrededor, y todos miran al otro lado de la sala, donde los chefs tatuados y agujereados todavía están sirviendo la comida. El comedor es una caverna iluminada desde abajo mediante unas lámparas de luz blanca azulada que aportan un resplandor espeluznante a todo lo que nos rodea.

Me siento en una de las sillas vacías.

—Oye, estirado, pareces a punto de desmayarte —comenta Eric, y uno de los chicos veraces sonríe.

—Todos habéis salido con vida —responde Amar—. Enhorabuena, habéis sobrevivido al primer día de iniciación con distintos grados de éxito. —Mira a Eric—. Sin embargo, nadie lo ha hecho tan bien como Cuatro, aquí presente.

Me señala mientras habla. Yo frunzo el ceño: ¿Cuatro? ¿Está hablando de mis miedos?

—Eh, Tori —la llama Amar, volviendo la cabeza atrás—. ¿Alguna vez has oído de alguien que solo tenga cuatro miedos en su paisaje?

—Lo último que oí es que el récord estaba en siete u ocho. ¿Por qué? —pregunta ella.

—Tengo un trasladado con solo cuatro miedos.

Tori me señala, y Amar asiente.

—Tiene que ser un nuevo récord —comenta ella.

—Bien hecho —me dice Amar. Después se vuelve y se va a la mesa de Tori.

Los demás iniciados se me quedan mirando con los ojos muy abiertos y sin decir nada. Antes del paisaje del miedo, yo no era más que alguien a quien pisotear para conseguir su entrada en Osadía. Ahora soy como Eric: alguien ante quien estar alerta, puede que incluso alguien a quien temer.

Amar me ha dado algo más que un nombre nuevo: me ha dado poder.

—¿Cuál era tu nombre de verdad? ¿Empieza por e…? —me pregunta Eric, entrecerrando los ojos como si supiera algo y no estuviera seguro de que fuera el momento para hacerlo público.

Puede que los demás también recuerden mi nombre vagamente de la Ceremonia de la Elección, igual que yo recuerdo los suyos: como letras en un alfabeto, ocultos por una niebla nerviosa a la espera de nuestros turnos. Si ahora hago algo que se les grabe, algo fuerte, si me hago un osado tan memorable como sea posible, quizá me salve.

Vacilo un momento, pero después apoyo los codos en la mesa y arqueo una ceja, mirándolo.

—Me llamo Cuatro —respondo—. Si me vuelves a llamar estirado, tendremos un problema.

Él pone los ojos en blanco, pero sé que lo he dejado claro. Tengo un nombre nuevo, lo que significa que puedo ser una persona nueva. Alguien que no permite comentarios cortantes de sabiondillos eruditos. Alguien que puede responder.

Alguien que, por fin, está preparado para luchar.

Cuatro.

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