Cuatro

Cuatro


El iniciado

Página 6 de 17

EL INICIADO

La sala de entrenamiento huele a esfuerzo, a una mezcla de sudor, polvo y zapatos. Me pican los nudillos cada vez que le encajo un puñetazo al saco de boxeo, ya que una semana de peleas osadas me los han dejado en carne viva.

—Supongo que ya has visto los tableros —dice Amar, que se apoya en el marco de la puerta y cruza los brazos— y te has dado cuenta de que mañana te toca contra Eric. Si no, estarías en la sala del paisaje del miedo y no aquí.

—También vengo por aquí —respondo, y retrocedo mientras sacudo las manos.

A veces las aprieto con tanta fuerza que empiezo a perder la sensibilidad en la punta de los dedos.

Estuve a punto de perder mi primera pelea, que fue contra la chica de Cordialidad, Mia. No sabía cómo ganar sin golpearla, y no podía golpearla… Al menos, no pude hasta que me agarró por el cuello y mi campo visual empezó a oscurecerse por la falta de oxígeno. Entonces, el instinto tomó el mando y la derribé de un solo codazo en la mandíbula. Todavía me siento culpable cuando pienso en ello.

También estuve a punto de perder mi segunda pelea, que fue contra el chico veraz más corpulento, Sean. Lo cansé poniéndome en pie cada vez que él creía haber acabado conmigo. Sean no sabía que soportar el dolor es uno de mis hábitos más antiguos, uno que aprendí de pequeño, como morderme la uña del pulgar o sostener el tenedor con la mano izquierda en vez de con la derecha. Ahora tengo la cara salpicada de cortes y moratones, pero he demostrado lo que valgo.

Mañana, mi adversario será Eric. Para vencerlo necesitaré algo más que un movimiento inteligente o pura insistencia: hará falta una habilidad de la que carezco, una fuerza que todavía no he adquirido.

—Sí, ya lo sé —responde Amar entre risas—. Verás, me paso bastante tiempo intentando averiguar de qué vas, así que he estado preguntando. Resulta que te pasas las mañanas aquí y las noches en la sala del paisaje del miedo. Nunca te relacionas con los demás iniciados. Siempre estás cansado y duermes como un tronco.

Una gota de sudor me cae por detrás de la oreja, así que me la limpio con los dedos vendados y me paso el brazo por la frente.

—Unirse a una facción es algo más que superar la iniciación, ¿sabes? —sigue diciendo Amar, que engancha los dedos en los eslabones de la cadena de la que cuelga el saco de boxeo, como si comprobara su resistencia—. Casi todos los osados conocen a sus mejores amigos durante la iniciación, y a sus novias, novios o lo que sea. También a sus enemigos. Sin embargo, tú pareces dispuesto a no tener ninguna de esas cosas.

He visto juntos a los demás iniciados, tatuarse en grupo y aparecer en los entrenamientos con narices, orejas y labios rojos y agujereados, o construir torres con los restos de comida en la mesa del desayuno. No se me había pasado por la cabeza que pudiera ser uno de ellos, ni que debiera serlo.

Me encojo de hombros.

—Estoy acostumbrado a estar solo.

—Bueno, me parece que estás a punto de estallar y no quiero estar delante cuando eso ocurra. Ven conmigo. Esta noche nos reunimos unos cuantos para jugar a un juego osado.

Tiro de la cinta con la que me he vendado los nudillos. No debería salir por ahí a jugar, sino quedarme aquí y trabajar, y después dormir para estar preparado para la pelea de mañana.

Sin embargo, esa voz, la voz que dice «debería» ahora me suena a la de mi padre, a mi padre exigiéndome que me comporte, que me aísle. Y vine aquí porque estaba listo para dejar de hacerle caso a esa voz.

—Te ofrezco subir de estatus en Osadía solo porque me das pena —dice Amar—. No seas estúpido y aprovecha la oportunidad.

—Vale. ¿Qué juego es?

Amar se limita a sonreír.

—El juego se llama Atrevimiento.

Una chica osada, Lauren, se sujeta con una mano al asidero del lateral del vagón del tren, aunque se balancea tanto que está a punto de caerse, momento en el cual le da la risa tonta y vuelve a entrar, como si el tren no estuviese colgado a dos plantas del suelo; como si no fuese a romperse el cuello si se cayera.

En la mano libre lleva una petaca plateada. Eso lo explica todo.

—La primera persona elige a alguien y lo reta a hacer algo —sigue diciendo, inclinando la cabeza—. Después, esa persona se toma un trago, lleva a cabo el desafío y le toca retar al siguiente. Cuando todos han pasado por el atrevimiento (o han muerto en el intento), nos emborrachamos un poco y volvemos a casa dando tumbos.

—¿Y quién gana? —grita uno de los osados desde el otro lado del vagón.

Es un chico que está sentado en el suelo, apoyado en Amar como si fueran viejos amigos o hermanos.

No soy el único iniciado del tren: frente a mí está sentado Zeke, el primer saltador, y una chica de pelo castaño, flequillo recto y un piercing en el labio. Los demás son mayores, todos miembros de Osadía. Se tratan con mucha confianza, apoyándose unos en otros, dándose puñetazos en los brazos y alborotándole el pelo al de al lado. Es camaradería, amistad y flirteo, cosas con las que no estoy familiarizado. Intento relajarme abrazándome las rodillas.

Sí que soy un estirado.

—Gana quien no se comporta como una tartita de fresa —dice Lauren—. Y, oye, una nueva regla: también gana quien no hace preguntas tontas. Como soy la guardiana del alcohol, yo voy primero. Amar, te reto a que entres en la biblioteca de Erudición, que siempre está llena de eructitos estudiando, y que grites algo obsceno.

Enrosca la tapa de la petaca y se la lanza. Todos vitorean cuando Amar la desenrosca y bebe del licor que hay dentro, sea cual sea.

—¡Tú avisa cuando lleguemos a la parada! —grita por encima de los vítores.

Zeke llama mi atención moviendo una mano.

—Eh, eres un trasladado, ¿no? ¿Cuatro?

—Sí. Buen primer salto.

Me doy cuenta, aunque demasiado tarde, de que quizá le moleste: perder su momento de triunfo por culpa de un paso en falso y una pérdida de equilibrio. Sin embargo, se ríe.

—Sí, no fue mi mejor momento —responde.

—Tampoco es que se ofreciera nadie más —comenta la chica que tiene al lado—. Soy Shauna, por cierto. ¿Es verdad que solo tuviste cuatro miedos?

—De ahí el nombre.

—Vaya —comenta, asintiendo con la cabeza con cara de estar impresionada, lo que hace que me yerga—. Supongo que naciste para ser osado.

Me encojo de hombros, como si lo que dice fuera verdad, aunque estoy seguro de que no lo es. Ella no sabe que vine para escapar de la vida que me correspondía, que lucho con todas mis fuerzas por superar la iniciación para no tener que reconocer que soy un impostor. Nacido en Abnegación, con resultado de Abnegación, aunque en un refugio osado.

Ella pierde la sonrisa, como si estuviera triste por algún motivo, pero no le pregunto por cuál.

—¿Cómo van tus peleas? —me pregunta Zeke.

—Bien —respondo, señalándome la cara amoratada—, como puede verse claramente.

—Mira esto —dice Zeke, volviendo la cabeza para enseñarme un enorme moratón debajo de la mandíbula—. Es gracias a esta chica de aquí —añade, señalando a Shauna con el pulgar.

—Me ganó —dice ella—, pero, por una vez, conseguí encajarle un buen golpe. Siempre pierdo.

—¿No te molesta que te haya golpeado? —le pregunto.

—¿Por qué iba a molestarme?

—No lo sé. ¿Porque… eres una chica?

Ella arquea las cejas.

—¿Qué? ¿Crees que no puedo soportar los golpes como cualquier otro iniciado solo porque tengo partes de chica?

Se señala el pecho, y me descubro mirándoselo durante un segundo antes de recordar que debería apartar la vista. Me ruborizo.

—Lo siento —le digo—, no quería insinuar eso. Es que no estoy acostumbrado. A nada de esto.

—Tranquilo, lo entiendo —responde, y no parece enfadada—. Pero deberías saber que en Osadía da igual que seas chica, chico o lo que sea. Lo que importa es tener valor.

Entonces, Amar se levanta, se lleva las manos a las caderas en un gesto teatral y se dirige hacia la puerta abierta. El tren desciende, pero Amar ni siquiera busca un asidero, se limita a moverse y balancearse al ritmo del vagón. Todos se levantan, y Amar es el primero en saltar, lanzándose a la noche. Los otros salen detrás, y yo dejo que la gente del fondo me empuje hacia la abertura. No me da miedo la velocidad del tren, solo las alturas, y aquí el tren está cerca del suelo, así que, cuando salto, lo hago sin miedo. Aterrizo de pie y trastabillo un par de pasos antes de detenerme.

—Mírate, ya eres un experto —comenta Amar, dándome un codazo—. Toma, bebe un trago. Tienes pinta de necesitarlo.

Me ofrece la petaca.

Nunca he probado el alcohol. Los abnegados no beben, así que ni siquiera estaba disponible. Sin embargo, he visto que parece servir para que la gente se sienta más cómoda, y necesito desesperadamente sentir que no estoy envuelto en una piel que me queda pequeña. Así que no vacilo: cojo la petaca y bebo.

El alcohol quema y sabe a medicina, aunque baja deprisa y me calienta.

—Buen trabajo —dice Amar, y se acerca a Zeke, le rodea el cuello con el brazo y le arrastra la cabeza contra su pecho—. Veo que ya has conocido a mi joven amigo Ezekiel.

—Que mi madre me llame así no significa que tú tengas que hacerlo —protesta Zeke, apartando a Amar. Después, me mira—. Los abuelos de Amar eran amigos de mis padres.

—¿Eran?

—Bueno, mi padre está muerto, como sus abuelos —responde Zeke.

—¿Y tus padres? —le pregunto a Amar, que se encoge de hombros.

—Murieron cuando era pequeño. Accidente de tren. Muy triste —responde, aunque sonríe como si no lo fuera—. Y mis abuelos saltaron cuando me convertí en miembro oficial de Osadía.

Hace un gesto de caída libre con la mano, como indicando una zambullida.

—¿Saltaron?

—Ay, no se lo cuentes delante de mí —dice Zeke, sacudiendo la cabeza—. No quiero ver la expresión de su cara.

Amar no le presta atención.

—Los osados ancianos a veces saltan a las desconocidas profundidades del abismo cuando llegan a cierta edad. Es eso o acabar abandonados —responde Amar—. Y mi abuelo estaba muy enfermo, cáncer. Mi abuela no quería seguir sin él.

Levanta la cabeza al cielo, y la luz de la luna se refleja en sus ojos. Por un momento me da la impresión de que me muestra una cara secreta, una que oculta cuidadosamente bajo varias capas de encanto, humor y bravuconería osada. Y eso me asusta, porque ese yo secreto es duro, frío y triste.

—Lo siento —le digo.

—Al menos, pude despedirme. A la muerte le trae sin cuidado si te has despedido o no.

El yo secreto desaparece con una sonrisa deslumbrante, y Amar corre hacia el resto del grupo con la petaca en la mano. Yo me quedo atrás, con Zeke, que corre a grandes zancadas, entre torpe y elegante, como un perro salvaje.

—¿Y tú? —me pregunta—. ¿Tienes padres?

—Solo padre —respondo—. Mi madre murió hace tiempo.

Recuerdo el funeral, la charla silenciosa de los abnegados que llenaban nuestra casa y que se quedaron a compartir nuestro dolor. Nos llevaron comida en bandejas metálicas cubiertas de papel de aluminio, limpiaron nuestra cocina y guardaron en cajas la ropa de mi madre, para que no quedara ni rastro de ella. Recuerdo que murmuraban que había muerto por complicaciones del embarazo, pero yo la recordaba pocos meses antes de su muerte, de pie frente a su cómoda, abotonándose la blusa suelta sobre la camiseta interior ajustada, y tenía el vientre plano. Sacudo la cabeza para espantar el recuerdo. Está muerta. Es el recuerdo de un niño, poco fiable.

—Y tu padre, ¿está de acuerdo con tu elección? —pregunta—. Dentro de nada es el Día de Visita, ya sabes.

—No —respondo, distante—, no está de acuerdo.

Mi padre no vendrá el Día de Visita, estoy seguro. No volverá a hablarme.

El sector de Erudición es el más limpio de la ciudad; han apartado la basura y los escombros de la calzada y han rellenado con alquitrán las grietas del suelo. Siento la necesidad de pisar con cuidado para no rayar la acera con mis zapatillas. Los otros osados caminan sin prestar atención, y las suelas de sus zapatos imitan el sonido de la lluvia.

Las sedes de las facciones tienen permiso para dejar la luz del vestíbulo encendida a medianoche, aunque se supone que el resto del edificio debe estar a oscuras. Aquí, en el sector erudito, todos los edificios que componen la sede de Erudición son columnas de luz. En las ventanas por las que pasamos vemos eruditos sentados a largas mesas, con las narices enterradas en libros o pantallas, o hablando en voz baja entre ellos. Los jóvenes se mezclan con los viejos en todas las mesas, con sus impecables ropas azules, su pelo liso y, más de la mitad, sus relucientes gafas. «Vanidad —diría mi padre—. Les preocupa tanto parecer inteligentes que acaban pareciendo idiotas».

Me paro a observarlos. A mí no me parecen vanidosos, sino gente que hace todo lo posible por sentirse tan lista como se supone que debe ser. Si eso significa ponerse gafas sin necesidad, no soy quien para juzgar. Podría haber escogido ese refugio, pero he escogido el refugio que se burla de ellos a través de las ventanas, que envía a Amar a su vestíbulo a causar revuelo.

Amar llega a las puertas del edificio central de los eruditos y las abre de un empujón. Lo observamos desde fuera, entre risas. Me asomo a través de las puertas para ver el retrato de Jeanine Matthews colgado en la pared de enfrente. Lleva el pelo amarillo peinado hacia atrás y la chaqueta azul abotonada por debajo del cuello. Es guapa, aunque no es lo primero que llama la atención de ella. Lo primero es su agudeza.

Y, más allá… Podrían ser imaginaciones mías, pero ¿parece un poco asustada?

Amar entra corriendo en el vestíbulo sin hacer caso de las protestas de los eruditos del mostrador principal y chilla:

—¡Eh, eructitos! ¡Mirad esto!

Todos los eruditos del vestíbulo levantan la mirada de los libros y pantallas, y los osados se parten de risa cuando Amar se vuelve y les hace un calvo. Los eruditos del mostrador salen corriendo para cogerlo, pero Amar se sube los pantalones y corre hacia nosotros. Nos alejamos de las puertas a toda velocidad.

No puedo evitarlo: yo también me río. Me sorprende, y me sorprende que el estómago me duela de la risa. Zeke corre junto a mi hombro, y nos dirigimos a las vías porque no hay otro sitio al que correr. Los eruditos que nos persiguen se rinden después de una manzana, y todos nos detenemos en un callejón y nos apoyamos en la pared de ladrillo para recuperar el aliento.

Amar llega el último, con las manos en alto, y lo vitoreamos. Sostiene la petaca como si fuera un trofeo y señala a Shauna.

—Jovencita —dice—, te reto a escalar la escultura que hay frente al edificio de Niveles Superiores.

Ella atrapa la petaca cuando se la lanza y toma un trago.

—Hecho —responde, sonriendo.

Cuando por fin me toca, casi todos están borrachos, dan bandazos a cada paso y se ríen de cualquier chiste, por muy estúpido que sea. Tengo calor, a pesar del aire fresco, pero todavía pienso con claridad y disfruto de todo lo que la noche tiene que ofrecer: el intenso olor del pantano, el sonido de las burbujeantes risas, el negro azulado del cielo y la silueta de los edificios recortados en él. Me duelen las piernas de tanto correr, caminar y trepar, y todavía no me ha tocado el atrevimiento.

Ya estamos cerca de la sede de Osadía. Los edificios están medio derruidos.

—¿Quién queda? —pregunta Lauren mientras examina con ojos empañados nuestros rostros hasta dar con el mío—. Ah, el iniciado de Abnegación con el nombre numérico. Cuatro, ¿no?

—Sí —respondo.

—¿Un estirado? —pregunta arrastrando las palabras el chico que estaba sentado tan cómodamente al lado de Amar.

Él es el que tiene la petaca, el que decide el siguiente reto. Hasta ahora he visto a la gente escalar estructuras altas, saltar a agujeros oscuros y meterse en edificios abandonados para sacar un grifo o una silla de escritorio; los he visto correr desnudos por los callejones y atravesarse los lóbulos con agujas sin entumecerlos primero. Si me pidieran que me inventase un atrevimiento, no sería capaz de dar con uno. Menos mal que soy el último.

Noto un temblor en el pecho: nervios. ¿Qué querrá que haga?

—Los estirados son unos reprimidos —dice el chico sin más, como si fuera un hecho irrefutable—. Así que, para demostrar que ahora eres un osado de verdad…, te reto a hacerte un tatuaje.

Contemplo la tinta que les recorre las muñecas, los brazos, los hombros y los cuellos. Los pendientes metálicos que les adornan las orejas, las narices, los labios y las cejas. Mi piel está limpia, sana, entera. Pero eso no encaja con lo que soy: debería estar cubierto de cicatrices, marcado, igual que ellos, aunque marcado con los recuerdos del dolor, de las cosas a las que he sobrevivido.

—Vale —respondo, encogiéndome de hombros.

Él me lanza la petaca, y la apuro, a pesar de que me pica la garganta y los labios, y de que sabe tan amargo como el veneno.

Nos dirigimos a la Espira.

Tori nos abre la puerta ataviada con tan solo unos calzoncillos y una camiseta; el pelo le cae por el lado izquierdo de la cara. Arquea una ceja al verme. Está claro que dormía profundamente y la hemos despertado, aunque no parece enfadada…, solo un poco gruñona.

—¿Por favor? —dice Amar—. Es para un juego de Atrevimiento.

—¿Seguro que quieres que una mujer cansada te tatúe la piel, Cuatro? La tinta no se lava —me avisa.

—Confío en ti —respondo.

No pienso echarme atrás, no después de ver a los demás enfrentarse a sus retos.

—De acuerdo —dice Tori, bostezando—. Lo que hay que hacer por las tradiciones osadas… Ahora vuelvo, voy a ponerme unos pantalones.

Cierra la puerta y nos deja fuera. Mientras veníamos hasta aquí no dejaba de darle vueltas al tatuaje que elegiría y dónde me lo pondría. No conseguía decidirme, tenía un cacao mental impresionante. Todavía lo tengo.

Unos segundos después sale Tori vestida con unos pantalones, aunque descalza.

—Si me meto en problemas por encender las luces a estas horas, diré que fueron unos vándalos y me chivaré de vosotros.

—Entendido —respondo.

—Hay una puerta trasera, venid —nos dice con un gesto.

La sigo por su salón a oscuras, que está ordenado, salvo por las hojas de papel desperdigadas por su mesita de centro, cada una con un dibujo distinto. Algunos son toscos y sencillos, mientras que otros son más intrincados y delicados. Tori debe de ser lo que los osados consideran una artista.

Me detengo junto a la mesa. En una de las hojas se ven todos los símbolos de las facciones sin los círculos que normalmente los confinan. El árbol de Cordialidad está al fondo y forma una especie de sistema de raíces para el ojo de Erudición y la balanza de Verdad. Por encima de ellos, las manos de Abnegación parecen acunar las llamas de Osadía. Es como si los símbolos crecieran los unos de los otros.

Los demás me han dejado atrás. Corro para alcanzarlos y paso por la cocina de Tori, que también está inmaculada, a pesar de que los electrodomésticos están pasados de moda, el grifo está oxidado y la puerta del frigorífico se mantiene cerrada con una enorme abrazadera. La puerta de atrás está abierta y conduce a un pasillo corto y húmedo que da al estudio de tatuajes.

He pasado por delante antes, pero nunca me había molestado en entrar, convencido de que no encontraría un buen motivo para martirizarme con agujas. Supongo que ahora lo tengo: esas agujas son la forma de separarme de mi pasado, no solo ante mis compañeros osados, sino ante todos, cada vez que me mire al espejo.

Las paredes están cubiertas de dibujos. La pared que hay junto a la puerta está completamente dedicada a los símbolos osados, algunos negros y sencillos, otros coloridos y apenas reconocibles. Tori enciende la luz que hay encima de una de las sillas y prepara sus agujas en una bandeja, a su lado. Los otros osados se reúnen en los bancos y sillas que nos rodean, como si se preparasen para asistir a una especie de espectáculo. Me pongo colorado.

—Principios básicos de tatuaje —dice Tori—: Cuanta menos carne bajo la piel o cuanto más hueso tengas en esa zona concreta, más doloroso será el tatuaje. Para tu primera vez quizá sea mejor que te lo hagas, no sé, en el brazo o…

—En un cachete —sugiere Zeke con un resoplido de risa.

—No sería la primera vez —responde Tori, encogiéndose de hombros—. Ni la última.

Miro al chico que me ha retado y él arquea las cejas. Sé lo que espera, lo que esperan todos: que me haga algo pequeño en un brazo o en una pierna, algo que pueda ocultarse fácilmente. Miro hacia la pared con todos los símbolos. Uno de los dibujos me llama la atención: es una representación artística de las llamas.

—Ese —digo, señalándolo.

—Lo tengo —dice Tori—. ¿Has pensado en dónde lo quieres?

Tengo una cicatriz, una débil marca en la rodilla de cuando me caí en la acera de niño. Siempre me ha parecido estúpido que el dolor que he experimentado no me haya dejado ninguna marca visible; a veces, sin una forma de demostrármelo, empiezo a dudar de que haya pasado por todo aquello, ya que los recuerdos se vuelven borrosos con el tiempo. Quiero tener presente que, aunque las heridas sanen, no desaparecen para siempre, sino que las llevo conmigo a todas partes, en todo momento, y así son las cosas, así son las cicatrices.

Eso será este tatuaje para mí: una cicatriz. Y parece adecuado que documente mi peor recuerdo del dolor.

Apoyo una mano en las costillas mientras recuerdo los moratones y el miedo a perder la vida. Mi padre tuvo unas cuantas noches malas después de la muerte de mi madre.

—¿Estás seguro? —pregunta Tori—. Puede que sea el sitio más doloroso de todos.

—Bien —respondo, y me siento en la silla.

El grupo de osados me vitorea y empieza a pasarse otra petaca, esta más grande que la anterior y color bronce, en vez de plata.

—Así que esta noche tenemos a un masoquista en la silla. Fantástico.

Tori se sienta en el taburete de al lado y se pone unos guantes de goma. Me echo hacia delante, me levanto el borde de la camiseta, y ella empapa de alcohol una bola de algodón y me la pasa por las costillas. Está a punto de apartarse, pero frunce el ceño y me tira de la piel con la punta del dedo. El alcohol se me mete en la piel de la espalda, que todavía se está curando, y hago una mueca.

—¿Cómo te has hecho esto, Cuatro? —me pregunta.

Levanto la mirada y veo que Amar la tiene clavada en mí, con el ceño fruncido.

—Es un iniciado —dice—, todos están llenos de cortes y moratones.

Deberías verlos cojeando por ahí. Dan pena.

—Yo tengo uno gigante en la rodilla —interviene Zeke—. Es de un color azul de lo más desagradable…

Zeke se sube la pernera para enseñar su moratón a los demás, y los otros empiezan a hacer lo mismo con sus moratones y cicatrices: «Este es de cuando me dejaron caer después de la tirolina», «Bueno, yo tengo una herida de cuchillo de cuando se te resbaló al lanzarlo, así que creo que estamos en paz».

Tori se me queda mirando unos segundos, y estoy seguro de que no acepta la explicación de Amar para las marcas de mi espalda, pero no vuelve a preguntar, sino que se concentra en la aguja, cuyo zumbido hace vibrar el aire. Amar me lanza la petaca.

El alcohol todavía me quema la garganta cuando la aguja de tatuar me toca las costillas; hago una mueca, pero, por algún motivo, no me importa el dolor.

Lo disfruto.

Al día siguiente me duele todo, sobre todo la cabeza.

Madre mía, mi cabeza.

Eric está sentado en el borde de la cama que tengo al lado, atándose los cordones de los zapatos. La piel que le rodea los aros del labio está roja; debe de habérsela agujereado hace poco. No le he prestado atención.

Me mira.

—Tienes muy mala pinta.

Me siento, y el movimiento brusco hace que me palpite aún más la cabeza.

—Espero que no lo utilices como excusa cuando pierdas —dice, con una sonrisita de desprecio—. Porque te ganaré de todos modos.

Se levanta, se estira y sale del dormitorio. Sostengo la cabeza entre las manos unos segundos y después me levanto para ducharme. Solo puedo meter medio cuerpo bajo el agua, ya que tengo el tatuaje en el costado. Los osados se quedaron conmigo varias horas esperando a que Tori terminase el trabajo y, cuando nos fuimos, todas las petacas estaban vacías. Tori me dio su aprobación con el pulgar mientras yo salía tambaleándome del estudio de tatuajes, y Zeke me echó un brazo sobre los hombros y dijo:

—Creo que ahora eres un osado.

Anoche disfruté de aquellas palabras. Ahora desearía recuperar mi antigua cabeza, la que estaba centrada y decidida, y no se sentía como si se hubieran mudado dentro unos hombrecillos diminutos armados con martillos. Dejo que el agua fresca me resbale por el cuerpo unos minutos más y compruebo la hora en el reloj de la pared del baño.

Quedan diez minutos para la pelea. Voy a llegar tarde. Y Eric tiene razón: voy a perder.

Me doy una palmada en la frente mientras corro hacia la sala de entrenamiento con los pies medio fuera de los zapatos. Cuando entro en tromba por la puerta, los iniciados trasladados y algunos de los de Osadía están de pie alrededor de la sala. Amar está en el centro de la zona de lucha, mirando su reloj. Me observa con intención.

—Muy amable por tu parte presentarte —comenta. En sus cejas arqueadas leo que la camaradería de anoche no se extiende a la sala de entrenamiento. Señala mis zapatos—. Átate los cordones y deja de hacerme perder el tiempo.

Al otro lado de la zona, Eric se cruje los nudillos uno a uno, con cuidado, sin apartar la mirada de mí. Me ato los cordones rápidamente y me meto los extremos por debajo para no tropezar con ellos.

Cuando me pongo frente a Eric solo noto el latido de mi corazón, el palpitar de la cabeza, el ardor del costado. Entonces, Amar retrocede, y Eric avanza deprisa y me da un puñetazo en plena mandíbula.

Retrocedo, tambaleante, sosteniéndome la cara. Todo el dolor se une en mi mente. Levanto las manos para bloquear el siguiente golpe. Me palpita la cabeza y veo que mueve una pierna. Intento esquivar la patada, pero el pie me da con fuerza en las costillas. Noto como una descarga eléctrica en el costado izquierdo.

—Esto es más fácil de lo que imaginaba —comenta Eric.

Me pongo rojo de vergüenza y aprovecho que, gracias a su arrogancia, ha dejado un hueco que me permite meterle un gancho en el estómago.

Me da un bofetón en la oreja tan fuerte que oigo un pitido y pierdo el equilibrio; tengo que apoyar los dedos en el suelo para recuperarlo.

—¿Sabes una cosa? —dice Eric en voz baja—. Creo que he averiguado tu verdadero nombre.

Media docena de dolores distintos me nublan la vista. No sabía que hubiera tantas variedades de dolor, como sabores: ácido, fuego, puñaladas y punzadas.

Me golpea de nuevo, esta vez intentando acertarme en la cara, pero me da en la clavícula. Sacude la mano y dice:

—¿Se lo cuento? ¿Lo saco todo a la luz?

Tiene mi nombre entre los dientes, Eaton, un arma mucho más amenazadora que sus pies, sus codos o sus puños. Los abnegados comentan entre susurros que el problema con muchos eruditos es su egoísmo, pero yo creo que es su arrogancia, lo orgullosos que están de saber cosas que los demás no saben. En este momento, abrumado por el miedo, me doy cuenta de que esa es la debilidad de Eric: no cree que yo pueda hacerle tanto daño como él a mí. Cree que soy todo lo que supuso sobre mí desde el principio: humilde, altruista y pasivo.

El dolor desaparece y se convierte en ira; le agarro el brazo para sujetarlo, y golpeo una y otra vez. Ni siquiera sé dónde caen los puñetazos; ni veo ni siento ni oigo nada. Estoy vacío, solo, no existo.

Entonces, por fin, oigo sus gritos y veo que se sostiene la cara con ambas manos. La sangre le empapa la barbilla y se le mete entre los dientes. Intenta zafarse de mí, pero lo sujeto con todas mis fuerzas, como si me fuera la vida en ello.

Le doy un patadón en el costado, así que pierde el equilibrio. Por encima de sus manos entrelazadas, lo miro a los ojos.

Los suyos están vidriosos y desenfocados. La sangre le brilla en la piel. De repente caigo en la cuenta de que lo he hecho yo, de que he sido yo, y entonces vuelvo a sentir miedo, pero un miedo de otra clase: el miedo a lo que soy, a lo que podría llegar a ser.

Me palpitan los nudillos y salgo de la zona de lucha sin que nadie me dé permiso.

El complejo de Osadía es un buen lugar para recuperarse, oscuro y lleno de lugares secretos y tranquilos.

Encuentro un pasillo cerca del Pozo y me siento con la espalda apoyada en la pared para dejar que el frío de la piedra se me meta dentro. Ha vuelto el dolor de cabeza, además de los distintos dolores de la pelea, aunque apenas me entero. Tengo los nudillos pegajosos de sangre, de la sangre de Eric. Me los restriego para quitármela, pero lleva demasiado tiempo secándose. He ganado la pelea, lo que quiere decir que mi sitio en Osadía queda asegurado por el momento… Debería sentirme satisfecho, no asustado. Puede que incluso contento de pertenecer por fin a alguna parte, de estar entre gente cuyos ojos no esquiven los míos a la hora de la comida. Sin embargo, sé que todo lo bueno tiene un precio. ¿Cuál es el precio de ser un osado?

—Hola.

Levanto la mirada y veo a Shauna llamando a la pared de piedra como si fuera una puerta. Sonríe.

—No es la danza de la victoria que me esperaba —comenta.

—Yo no bailo.

—Sí, debería habérmelo imaginado.

Se sienta frente a mí, con la espalda apoyada en la pared del otro lado del pasillo. Se lleva las rodillas al pecho y se las rodea con los brazos. Nuestros pies están a pocos centímetros; no sé por qué me fijo. Bueno, sí lo sé: porque es una chica.

No sé hablar con chicas, y menos con chicas osadas. Algo me dice que nunca se sabe por dónde puede salir una chica osada.

—Eric está en el hospital —dice, sonriendo—. Creen que le has roto la nariz. No cabe duda de que le has arrancado un diente.

Bajo la mirada: ¿le he arrancado un diente a alguien?

—Me preguntaba si podrías ayudarme —añade mientras me da en el zapato con la punta del pie.

Como sospechaba: las chicas osadas son impredecibles.

—¿Ayudarte con qué?

—Con las peleas. No se me dan bien. Me humillan una y otra vez. —Sacude la cabeza—. Tengo que enfrentarme a una chica dentro de dos días, se llama Ashley, pero prefiere que la llamen Ash. —Shauna pone los ojos en blanco—. Ya sabes, cenizas, por las llamas osadas y todo eso. En fin, que es una de las mejores de nuestro grupo y me da miedo que me mate. Que me mate en sentido literal.

—¿Por qué quieres que te ayude? —pregunto, suspicaz—. ¿Porque sabes que soy un estirado y se supone que ayudamos a la gente?

—¿Qué? No, claro que no —responde, frunciendo las cejas, desconcertada—. Quiero que me ayudes porque eres el mejor de tu grupo, obviamente.

—No, qué va —digo entre risas.

—Eric y tú erais los únicos que no habían perdido nunca, y tú acabas de ganarle, así que sí, sí que lo eres. Mira, si no quieres ayudarme, solo tienes que…

—Te ayudaré, pero es que no sé cómo, de verdad.

—Lo averiguaremos. ¿Mañana por la tarde? ¿En la zona de lucha?

Asiento con la cabeza. Ella sonríe, se levanta y empieza a alejarse. Sin embargo, cuando lleva unos pasos, se vuelve y retrocede de espaldas por el pasillo.

—Deja de estar de morros, Cuatro. Tienes impresionado a todo el mundo, disfrútalo.

Me quedo mirando su silueta hasta que dobla la esquina del final del pasillo. La pelea me había dejado tan tocado que no pensé en lo que significaba vencer a Eric: que ahora soy el primero de mi clase de iniciados. Puede que escogiera Osadía como refugio, pero ahora hago algo más que sobrevivir aquí: sobresalgo entre mis compañeros.

Me quedo mirando los nudillos cubiertos de la sangre de Eric, y sonrío.

A la mañana siguiente decido arriesgarme y sentarme junto a Zeke y Shauna para desayunar. Shauna se lanza sobre la comida y responde a las preguntas con gruñidos, poco más. Zeke bosteza sobre el café, aunque me señala a su familia: su hermano pequeño, Uriah, se sienta a una de las otras mesas con Lynn, la hermana pequeña de Shauna. Su madre, Hana (la osada más sosegada que he visto; el color de su ropa es lo único que delata su facción), sigue en la cola del desayuno.

—¿Echas de menos vivir en casa? —le pregunto.

Los osados son unos fanáticos de la bollería, me he dado cuenta. Siempre hay, al menos, dos tipos de tarta distintos para cenar y una montaña de muffins en una mesa, cerca del final de la cola del desayuno. Cuando llegué no quedaba ninguno de los mejores, así que me quedé con uno integral.

—La verdad es que no. Quiero decir que siempre están ahí al lado. Se supone que los iniciados de Osadía no deben hablar con la familia hasta el Día de Visita, pero sé que, si de verdad necesitara algo, ahí los tendría.

Asiento con la cabeza. A su lado, Shauna cierra los ojos y se queda dormida con la barbilla sobre una mano.

—¿Y tú? —me pregunta Zeke—. ¿Echas de menos tu casa?

Estoy a punto de responder que no cuando a Shauna se le resbala la barbilla y aplasta su muffin de chocolate con la cara. Zeke se ríe con tantas ganas que grita, y no consigo reprimir una sonrisa mientras me termino el zumo.

Entrada la mañana me reúno con Shauna en la sala de entrenamiento. Se ha apartado el pelo de la cara, que lleva corto, y se ha atado bien los cordones de sus botas de osada, que acostumbran a estar sueltas y se agitan al caminar. Le pega puñetazos al aire y hace pausas entre golpes para ajustar su postura; por un momento la observo sin saber por dónde empezar. Hace muy poco que he aprendido a lanzar puñetazos, así que no estoy precisamente cualificado para enseñarle nada a Shauna.

Sin embargo, mientras la observo, empiezo a percatarme de algunas cosas: tiene las rodillas tensas, no sube una mano para protegerse la mandíbula y golpea desde el codo en vez de emplear todo el peso del cuerpo en cada ataque. Se detiene y se limpia el sudor de la frente con el dorso de la mano. Cuando me ve, da un respingo, como si acabara de tocar un cable pelado.

—Regla número uno para no dar repelús —dice—: Anuncia tu presencia en una habitación si otra persona no te ha visto entrar.

—Lo siento. Estaba pensando en los consejos que podría darte.

—Ah —responde, y se muerde el interior de la mejilla—. ¿Y son?

Le explico lo que he descubierto, y después nos enfrentamos en la zona de lucha. Empezamos despacio, evitando golpear para no hacernos daño. Tengo que darle toquecitos en el codo una y otra vez para recordarle que debe mantener la mano junto a la cara, pero, media hora después, se mueve mejor que antes.

—A la chica con la que peleas mañana, yo le pegaría justo aquí, en la mandíbula —le recomiendo mientras me toco la parte de abajo de la mía—. Debería bastarte con un buen gancho. Vamos a practicarlos.

Ella se pone en guardia, y constato, satisfecho, que tiene las rodillas flexionadas y una postura activa de la que antes carecía. Damos vueltas arrastrando los pies, uno frente al otro, durante unos segundos, y después me lanza un gancho. Al hacerlo, deja caer la mano izquierda. Bloqueo su primer golpe y empiezo el ataque por el hueco que ha dejado al bajar la guardia. En el último segundo detengo el puño en el aire y arqueo las cejas.

—¿Sabes? A lo mejor aprenderé mejor la lección si me pegas de verdad —dice, irguiéndose.

Tiene la piel colorada por el esfuerzo y una capa de sudor le cubre el nacimiento del pelo. Le brillan los ojos, que me miran con aire crítico. Por primera vez caigo en la cuenta de que es guapa. No de la forma que me resulta más habitual (no es blanda ni delicada), sino de un modo fuerte y capaz.

—Preferiría no hacerlo —respondo.

—Lo que a ti te parece una especie de caballerosidad abnegada residual, en realidad es insultante —dice—. Sé cuidar de mí misma y soy capaz de resistir el dolor.

—No es eso. No es porque seas una chica, es que… no me va la violencia sin motivo.

—Un rollo estirado, ¿no?

—En realidad, no. Los estirados no aprueban la violencia, punto. Si metes a un estirado en Osadía, solo conseguirás que lo harten a palos —explico, y me permito sonreír un poco. No estoy acostumbrado a usar la jerga osada, pero me sienta bien reclamarla como propia, relajarme con la cadencia de su habla—. Es que no me parece un juego, simplemente.

Es la primera vez que se lo cuento a alguien. Sé por qué no me parece un juego: porque, durante mucho tiempo, fue mi realidad, lo que me ocurría al despertar y mientras dormía. Aquí he aprendido a defenderme, a ser más fuerte, pero no he aprendido y no pienso aprender a disfrutar haciendo daño. Si me convierto en osado, lo haré con mis condiciones, aunque eso signifique que parte de mí siempre sea estirada.

—De acuerdo —responde—. Vamos otra vez.

Entrenamos hasta que ella domina el gancho y estamos a punto de perdernos la cena. Cuando nos vamos, ella me da las gracias y, como si nada, me rodea con un brazo. No es más que un abrazo rápido, pero se ríe al ver lo tenso que me pongo.

—Cómo ser osado: Curso introductorio —empieza—. Primera lección: No pasa nada por abrazar a tus amigos.

—¿Somos amigos? —pregunto, medio en broma.

—Cállate ya —responde ella, y sale corriendo por el pasillo hacia el dormitorio.

A la mañana siguiente, todos los iniciados siguen a Amar por la sala de entrenamiento hacia un pasillo lúgubre que acaba en una gruesa puerta. Nos pide que nos sentemos con la espalda apoyada en la pared y desaparece al otro lado de la puerta sin decir nada. Miro la hora: Shauna debe de estar a punto de empezar su combate. Los nacidos en Osadía están tardando más que nosotros en completar la primera fase de la iniciación porque son más.

Eric se ha sentado lo más lejos posible de mí, y me alegro de la distancia. La noche siguiente a nuestra pelea se me ocurrió que quizá contara a todo el mundo que soy Tobías Eaton, que sería una forma de vengarse por su derrota, pero no lo ha hecho. Me pregunto si espera la oportunidad adecuada para golpear o si se contiene por algún otro motivo. Sea como sea, seguramente lo mejor para mí sea sentarme lo más lejos posible de él.

—¿Qué creéis que hay ahí dentro? —pregunta Mia, la trasladada de Cordialidad, nerviosa.

Nadie responde. Yo no estoy nervioso, no sé por qué. Al otro lado de esa puerta no hay nada que pueda hacerme daño. Así que cuando Amar sale de nuevo al pasillo y me llama a mí primero, no lanzo miradas desesperadas a mis compañeros iniciados, sino que me limito a seguirlo.

La sala es oscura y mugrienta, no hay más que un sillón y un ordenador. El sillón está reclinado, como el de mi prueba de aptitud. La pantalla del ordenador brilla, y en ella se ejecuta un programa que no es más que líneas de texto oscuro sobre un fondo blanco. Cuando era pequeño me gustaba presentarme voluntario en el laboratorio informático del colegio para realizar el mantenimiento de las instalaciones y, a veces, arreglar algún ordenador cuando fallaba. Trabajaba bajo la supervisión de una mujer erudita llamada Katherine, y ella me enseñó mucho más de lo que tenía que enseñarme, encantada de poder impartir sus conocimientos a alguien dispuesto a escuchar. Así que, al mirar un código, sé de qué clase de programa se trata, aunque no sea capaz de hacer gran cosa con él.

—¿Una simulación? —pregunto.

—Cuanto menos sepas, mejor —responde—. Siéntate.

Me siento y me acomodo en el sillón, dejando los brazos sobre los reposabrazos. Amar prepara una jeringa sosteniéndola contra la luz para asegurarse de que el frasco está encajado en su sitio. Me clava la aguja en el cuello sin previo aviso y aprieta el émbolo. Doy un respingo.

—Veamos cuál de tus miedos sale primero —dice—. Estoy un poco aburrido de ellos, la verdad, a ver si intentas enseñarme algo nuevo.

—Haré un esfuerzo.

La simulación me engulle.

Estoy sentado en un duro banco de madera a una mesa abnegada con un plato vacío delante. Las cortinas están corridas, así que la única luz la aporta la bombilla que cuelga sobre la mesa, con su filamento naranja. Me quedo mirando la tela oscura que me cubre la rodilla. «¿Por qué voy de negro y no de gris?».

Cuando levanto la cabeza, él (Marcus) está frente a mí. Por una milésima de segundo no es más que el hombre que vi al otro lado de la sala de la Ceremonia de la Elección no hace mucho, el de ojos azul oscuro, como los míos, y labios fruncidos.

«Voy de negro porque ahora soy osado —me recuerdo—. Entonces ¿por qué estoy en una casa abnegada, sentado frente a mi padre?».

Veo la silueta de la bombilla reflejada en mi plato vacío. «Esto debe de ser una simulación», pienso.

Entonces, la luz que tenemos encima parpadea, y él se convierte en el hombre que siempre veo en mi paisaje del miedo: un monstruo retorcido con pozos a modo de ojos y una boca grande y vacía. Se abalanza sobre la mesa con ambas manos estiradas y, en vez de uñas, tiene cuchillas de afeitar incrustadas en las puntas de los dedos.

Intenta rajarme, y yo retrocedo de un salto y me caigo del banco. Me revuelvo por el suelo para recuperar el equilibrio y salgo corriendo del salón. Allí, en la pared, hay otro Marcus que intenta atraparme. Busco la puerta principal, pero alguien la ha sellado con bloques para encerrarme.

Entre jadeos, corro escaleras arriba. Al llegar al final tropiezo y acabo tirado en el suelo de madera del pasillo. Un Marcus abre la puerta del armario desde dentro; otro sale del dormitorio de mis padres; y otro más avanza clavando sus garras en el suelo del baño. Me encojo de espaldas contra la pared. La casa está a oscuras. No hay ventanas.

Este sitio está lleno de él.

De repente tengo a uno de los Marcus delante de mí, empujándome contra la pared con ambas manos en torno a mi cuello. Otro me araña lentamente los brazos, lo que me provoca un dolor punzante que hace que se me salten las lágrimas.

Estoy paralizado, soy presa del pánico.

Trago aire. No puedo gritar. Noto dolor y el corazón a mil por hora, así que doy una patada con todas mis fuerzas, aunque solo golpeo al aire. El Marcus que me sujeta el cuello me empuja pared arriba, de modo que las puntas de los pies me arrastran por el suelo. Mis extremidades se quedan flojas y sin fuerza, como las de un muñeco de trapo. No puedo moverme.

Este sitio, este sitio está lleno de él. «No es real», me doy cuenta.

«Es una simulación. Es como el paisaje del miedo».

Ahora hay más Marcus esperándome abajo, con las manos estiradas hacia mí, así que estoy contemplando un mar de cuchillas. Me agarra por las piernas, cortándomelas, y siento un sendero de fuego por el lateral del cuello cuando el Marcus que me ahoga aprieta con más ganas.

«Simulación», me recuerdo. Intento devolverles la vida a mis extremidades. Me imagino que tengo la sangre ardiendo, un fuego que me recorre el cuerpo. Doy una palmada en la pared en busca de un arma. Uno de los Marcus levanta la mano y coloca los dedos sobre mis ojos. Grito y me revuelvo mientras las cuchillas se me clavan en los párpados.

No encuentro un arma, sino el pomo de una puerta. Lo giro con fuerza y caigo en otro armario. Los Marcus me sueltan. En el armario hay una ventana del tamaño justo para salir por ella. Mientras me persiguen por la oscuridad, golpeo el cristal con el hombro y lo hago añicos. El aire fresco me llena los pulmones.

Me enderezo de golpe en el sillón, jadeando.

Me llevo las manos al cuello, a los brazos, a las piernas, en busca de heridas que no existen. Todavía siento los cortes y la sangre manar de mis venas, pero tengo la piel intacta.

Se me calma la respiración y, con ella, los pensamientos.

Amar está sentado frente al ordenador, enganchado a la simulación, y me mira fijamente.

—¿Qué? —respondo, sin aliento.

—Has estado cinco minutos dentro.

—¿Es mucho?

—No —responde, frunciendo el ceño—. No, no es mucho. De hecho, está muy bien.

Bajo los pies al suelo y me sostengo la cabeza entre las manos. Aunque puede que mi pánico no durara mucho durante la simulación, la imagen de mi padre retorcido intentando sacarme los ojos no deja de pasarme por la cabeza, lo que hace que vuelva a aumentarme el ritmo cardíaco una y otra vez.

—¿Todavía estoy bajo el efecto del suero? —pregunto, apretando los dientes—. ¿Me está provocando pánico?

—No, debería haber desaparecido en cuanto has salido de la simulación. ¿Por qué?

Sacudo las manos, que me cosquillean como si se me estuvieran quedando dormidas. Sacudo la cabeza. «No era real —me digo—. Olvídalo».

—A veces, la simulación genera un temor residual, según lo que hayas visto —dice Amar—. Te acompañaré al dormitorio.

—No —respondo, sacudiendo la cabeza—. Estoy bien.

Él me lanza una mirada helada.

—No era una pregunta —dice.

Ir a la siguiente página

Report Page