Cuatro
El iniciado
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Se levanta y abre una puerta que hay detrás del sillón. Lo sigo por un pasillo corto y oscuro, y después por los pasillos de piedra que llevan al dormitorio de los trasladados. El aire es fresco por aquí, además de húmedo, por estar bajo tierra. Oigo el eco de nuestras pisadas y mi respiración, pero nada más.
Me parece ver algo, un movimiento a mi izquierda, y me aparto de él de un salto, pegándome a la pared.
Amar me detiene y me pone las manos sobre los hombros para obligarme a mirarlo a la cara.
—Eh, cálmate, Cuatro.
Asiento con la cabeza, y noto que me arde la cara y una punzada de vergüenza en el estómago. Se supone que soy osado. Se supone que no me dan miedo unos Marcus monstruosos que me atacan en la oscuridad. Me apoyo en la pared de piedra y respiro profundamente.
—¿Puedo preguntarte una cosa? —dice Amar. Yo hago una mueca pensando que va a preguntarme por mi padre, pero no es así—. ¿Cómo has salido de ese pasillo?
—Abrí una puerta.
—¿La puerta estaba detrás de ti desde el principio? ¿Hay una en tu antigua casa?
Niego con la cabeza.
El rostro de Amar, que suele ser afable, está muy serio.
—Entonces ¿la creaste de la nada?
—Sí. Las simulaciones están en la mente, así que la mía creó una puerta para que pudiera salir. Lo único que debía hacer era concentrarme.
—Qué raro —dice.
—¿Qué? ¿Por qué?
—La mayoría de los iniciados no pueden conseguir que suceda algo imposible en estas simulaciones porque, a diferencia de lo que ocurre en el paisaje del miedo, no son conscientes de que están en una simulación. Y, por tanto, no salen de las simulaciones tan deprisa.
Noto el pulso en la garganta. No me había dado cuenta de que estas simulaciones eran distintas del paisaje del miedo. Creía que todos eran conscientes de que se trataba de una simulación mientras estaban dentro. Sin embargo, a juzgar por lo que dice Amar, se supone que esto es como la prueba de aptitud y, antes de la prueba, mi padre me había advertido sobre lo de ser consciente de la simulación, me había enseñado a ocultarlo. Todavía recuerdo su insistencia, la tensión en su voz y que me había agarrado por el brazo con una fuerza excesiva.
En aquel momento creía que no me hablaría así a no ser que estuviera preocupado por mí, por mi seguridad.
¿Estaba paranoico o todavía es peligroso ser consciente durante las simulaciones?
—Yo era como tú —explica Amar en voz baja—. Podía cambiar las simulaciones. Creía que era el único.
Quiero decirle que se lo guarde, que proteja sus secretos, pero a los osados no les importan los secretos como a los abnegados; en mi facción todo eran sonrisas forzadas e idénticas y casas ordenadas.
Amar me mira de forma extraña: ansioso, como si esperase algo de mí. Me rebullo, incómodo.
—Será mejor que no presumas de ello —dice—. A los osados les va la conformidad, como a todas las demás facciones. Simplemente, aquí no es tan obvio.
Asiento con la cabeza.
—Seguramente no será más que una casualidad —comento—. No pude hacerlo durante mi prueba de aptitud. Es probable que la siguiente salga mejor.
—Claro —responde, aunque poco convencido—. Bueno, la próxima vez intenta no hacer nada imposible, ¿vale? Enfréntate a tu miedo de forma lógica, de una forma que tenga sentido para ti, seas o no consciente de la simulación.
—Vale.
—Ya estás bien, ¿no? ¿Puedes volver a los dormitorios tú solo?
Me gustaría decirle que también podía haberlo hecho antes, que no necesitaba que me llevara hasta allí, pero me limito a asentir con la cabeza. Él me da una palmada en el hombro, cordial, y regresa a la sala de la simulación.
No puedo evitar pensar que mi padre no me habría advertido sobre lo de ser consciente durante las simulaciones si se tratase tan solo de las normas de las facciones. Me regañaba continuamente por avergonzarlo delante de los abnegados, pero nunca antes me había susurrado las advertencias al oído ni me había enseñado a evitar un paso en falso. Nunca me había mirado a los ojos, con los suyos muy abiertos hasta prometerle que haría lo que me pedía.
Me resulta raro saber que debía de intentar protegerme. Como si no fuera el monstruo que me imagino, el que veo en mis peores pesadillas.
En mi camino hacia los dormitorios oigo algo al final del pasillo por el que acabamos de pasar: algo parecido a unos pies silenciosos arrastrándose por el suelo en dirección opuesta.
Shauna corre hacia mí en el comedor, a la hora de la cena, y me da un buen puñetazo en el brazo. Esboza una sonrisa tan amplia que casi parece introducírsele en las mejillas. Se le ve un poco hinchada la parte de abajo del ojo derecho; se le pondrá morado.
—¡He ganado! —exclama—. Hice lo que me dijiste: le di en la mandíbula en los primeros sesenta segundos, y eso la descentró por completo. Consiguió darme en el ojo porque bajé la guardia, pero después la machaqué. Le salía sangre por la nariz. Ha sido genial.
Sonrío. Me sorprende lo satisfactorio que es enseñar a alguien a hacer algo y después comprobar que ha funcionado.
—Bien hecho —le digo.
—No podría haberlo conseguido sin tu ayuda.
Su sonrisa cambia, se ablanda, es menos frívola y más sincera. Se pone de puntillas y me da un beso en la mejilla.
Me quedo mirándola cuando se aparta, y ella se ríe y me arrastra a la mesa a la que se sientan Zeke y algunos de los demás iniciados nacidos en la facción. Me doy cuenta de que mi problema no es ser un estirado, sino que desconozco lo que significan estos gestos de afecto en Osadía. Shauna es guapa y graciosa, y en Abnegación tendría que ir a su casa a cenar con su familia si estuviera interesado en ella. Después averiguaría en qué proyecto trabajaba como voluntaria y me metería en él. En Osadía no tengo ni idea de cómo proceder; ni siquiera sé si me gusta de ese modo.
Decido no permitir que eso me distraiga, al menos por ahora. Voy a por un plato de comida y me siento a comer mientras oigo a los demás hablar y reír juntos. Todos felicitan a Shauna por su victoria y señalan a la chica a la que ha vencido, que está sentada a una de las otras mesas con la cara todavía hinchada. Al final de la comida, cuando estoy pinchando un trozo de tarta de chocolate con el tenedor, un par de mujeres eruditas entran en la sala.
No es nada fácil silenciar a los osados, así que ni siquiera la repentina aparición de los eruditos lo consigue: todavía se oyen susurros por todas partes, como el ruido lejano de pies corriendo. Sin embargo, poco a poco, al ver que las eruditas se sientan con Max y no pasa nada, las conversaciones se reanudan. No participo en ellas. Sigo pinchando la tarta con los dientes del tenedor y observando.
Max se levanta y se acerca a Amar; los dos mantienen una conversación tensa entre las mesas y empiezan a caminar hacia donde estoy. Hacia mí.
Amar me llama. Dejo en la mesa la bandeja casi vacía.
—Nos han llamado a los dos para una evaluación —dice Amar. Su boca, siempre sonriente, ahora forma una línea recta, y su voz, normalmente animada, suena monótona.
—¿Evaluación? —pregunto.
Max me sonríe.
—Los resultados de tu simulación del miedo fueron un tanto anormales. Nuestras amigas eruditas, aquí presentes… —explica, volviendo la vista atrás hacia las mujeres eruditas. Sobresaltado, me doy cuenta de que una de ellas es Jeanine Matthews, representante de Erudición. Lleva un almidonado traje azul y unas gafas colgando de una cadena al cuello, un símbolo de la vanidad erudita llevado a tal extremo que resulta ilógico— actuarán de observadoras en otra simulación para asegurarse de que el resultado anormal no fuese un error del programa de simulación. Amar os llevará a todos a la sala de la simulación del miedo ahora mismo.
Noto los dedos de mi padre en torno a mi brazo, sus susurros advirtiéndome que no hiciera nada raro en la simulación de la prueba de aptitud. Siento un cosquilleo en las palmas de las manos, señal de que estoy a punto de ser presa del pánico. No puedo hablar, así que me limito a mirar a Max, después a Amar y asentir con la cabeza. No sé lo que significa permanecer consciente durante una simulación, pero sé que no puede ser nada bueno. Sé que Jeanine Matthews nunca vendría hasta aquí solo para observar mi simulación si no se tratase de algo realmente importante.
Entramos en la sala de la simulación sin hablar, mientras Jeanine y su ayudante (supongo) hablan en voz baja detrás de nosotros. Amar abre la puerta y nos deja entrar.
—Iré a por el equipo adicional para que puedan observar —dice Amar—. Ahora vuelvo.
Jeanine se pasea por la habitación con expresión pensativa. Recelo de ella, ya que a todos los abnegados nos enseñan a desconfiar de la vanidad erudita, de la codicia erudita. Sin embargo, mientras la observo, se me ocurre que lo que aprendí quizá no fuera correcto. La erudita que me enseñó a desmontar un ordenador cuando estaba de voluntario en el laboratorio informático del instituto no era codiciosa ni vanidosa; puede que Jeanine Matthews tampoco lo sea.
—En el sistema apareces como «Cuatro» —comenta Jeanine al cabo de unos segundos. Deja de pasearse y cruza las manos frente a ella—. Me resultó desconcertante. ¿Por qué aquí no te haces llamar Tobias?
Ya sabe quién soy. Bueno, claro que lo sabe, lo sabe todo, ¿no? Se me encogen las entrañas y se me caen al suelo. Sabe mi nombre, conoce a mi padre y, si ha visto una de mis simulaciones del miedo, también conoce algunos de mis secretos más oscuros. Sus ojos claros, casi transparentes, se clavan en los míos, y aparto la vista.
—Quería empezar de cero —explico.
—Eso lo entiendo. Sobre todo teniendo en cuenta por lo que has pasado.
Suena casi… amable. Su tono me enfurece, así que respondo con frialdad, mirándola directamente a la cara:
—Estoy bien.
—Claro que sí —dice, esbozando una leve sonrisa.
Amar entra en el cuarto con un carrito en el que lleva más cables, electrodos y componentes informáticos. Sé lo que se supone que debo hacer; me siento en el sillón reclinable y coloco los brazos en su sitio mientras los demás se enganchan a la simulación. Amar se me acerca con una aguja, y yo me quedo quieto mientras me pincha en el cuello.
Cierro los ojos, y el mundo vuelve a desaparecer.
Cuando los abro, estoy de pie en el tejado de un edificio de una altura increíble, justo al lado del borde. Debajo está la dura acera, las calles completamente vacías; no hay nadie que pueda ayudarme a bajar. El viento me zarandea desde todos los ángulos, y retrocedo y caigo de espaldas sobre el tejado de gravilla.
Ni siquiera me gusta estar aquí, viendo el ancho cielo vacío a mi alrededor, consciente de que soy el punto más alto de la ciudad. Recuerdo que Jeanine Matthews me está observando; me abalanzo contra la puerta del tejado para intentar abrirla mientras elaboro una estrategia. Normalmente me enfrentaría a mi miedo saltando de la cornisa del edificio, ya que sé que no es más que una simulación y que no moriré de verdad. Pero eso jamás lo haría alguien que estuviera metido en esta simulación; lo que haría sería encontrar un modo seguro de bajar.
Evalúo mis opciones. Puedo intentar abrir esta puerta, pero por aquí no hay herramientas que me ayuden a hacerlo, solo el tejado de gravilla, la puerta y el cielo. No puedo crear una herramienta para atravesar la puerta porque seguro que esa es la clase de manipulación que busca Jeanine. Retrocedo, le doy una buena patada a la puerta con el talón, pero no cede.
Tengo el corazón en la garganta cuando me acerco de nuevo a la cornisa. En vez de mirar abajo, a las minúsculas aceras del fondo, observo el edificio. Hay ventanas con alféizares, cientos de ellas. La forma más rápida de bajar, la más osada, es escalar la fachada del edificio.
Oculto la cara entre las manos. Sé que no es real, pero lo parece: el viento silbándome en los oídos, fuerte y frío; el rugoso hormigón bajo las manos; el ruido de mis zapatos sobre la gravilla. Paso una pierna por encima de la cornisa, temblando, y me vuelvo para ponerme de cara a la fachada mientras bajo, primero una pierna y después la otra, hasta quedar colgado por las puntas de los dedos.
El pánico me burbujea dentro, y grito entre dientes: «Dios mío». Odio las alturas, las odio. Parpadeo para ahuyentar las lágrimas y, en mi interior, las achaco al viento. Palpo de puntillas el saliente que tengo debajo, lo encuentro y hago lo mismo con una mano para encontrar la parte superior de la ventana; intento mantener el equilibrio mientras me pongo de puntillas sobre el alféizar de debajo.
Mi cuerpo se inclina hacia atrás, en el espacio vacío, y vuelvo a gritar apretando tanto los dientes que rechinan.
Tengo que repetir lo mismo una y otra… y otra vez.
Me inclino, me sujeto a la parte de arriba de la ventana con una mano y a la de abajo con la otra. Una vez que estoy bien sujeto, deslizo los pies por el lateral del edificio y los oigo arañar piedra cuando me descuelgo de nuevo.
Esta vez, cuando me dejo caer en el siguiente alféizar, no me sujeto lo bastante bien con las manos, pierdo pie y caigo hacia atrás. Intento evitarlo arañando el edificio de hormigón con las puntas de los dedos, pero es demasiado tarde; me desplomo, y otro grito surge de mi interior y se me escapa por la garganta. Podría crear una red debajo de mí; podría crear una cuerda en el aire para salvarme… No, no debería crear nada si no quiero que sepan lo que puedo hacer.
Me dejo caer. Me dejo morir.
Cuando me despierto, el dolor (creado por mi mente) me recorre todo el cuerpo, y grito con los ojos nublados por las lágrimas y el terror. Me incorporo de golpe, jadeando. Me tiembla todo; me da vergüenza actuar así con esta audiencia, pero sé que es bueno: eso les demostrará que no soy especial, sino otro osado imprudente que creyó ser capaz de escalar un edificio y falló.
—Interesante —comenta Jeanine, y apenas la oigo por culpa del ruido de mi respiración—. Nunca me canso de ver el interior de la mente de una persona. Los detalles son tan significativos…
Paso las piernas, todavía temblorosas, por el borde del sillón para plantar los pies en el suelo.
—Lo has hecho bien —comenta Amar—. Tu técnica de escalada es algo floja, pero saliste de la simulación deprisa, como la última vez.
Me sonríe. Debo de haber tenido éxito fingiendo ser normal, porque ya no parece preocupado.
Asiento con la cabeza.
—En fin, al parecer el resultado anormal de tu prueba fue un error de programación. Tendremos que investigar el programa de la simulación para dar con el fallo —dice Jeanine—. Bueno, Amar, ahora me gustaría ver una de tus simulaciones del miedo, si no te importa.
—¿La mía? ¿Por qué la mía?
La amable sonrisa de Jeanine no se altera.
—Nuestra información indica que no te alarmó el resultado anormal de Tobias; de hecho, parecías estar bastante familiarizado con él. Así que me gustaría ver si dicha familiaridad se debe a la experiencia.
—Vuestra información —repite Amar—. ¿De dónde sale esa información?
—Un iniciado nos comentó su preocupación por el bienestar de Tobias y el tuyo. Me gustaría respetar su anonimato. Tobias, ya puedes irte. Gracias por tu ayuda.
Miro a Amar. Él asiente con la cabeza. Me pongo en pie, todavía tambaleante, y salgo dejando la puerta entreabierta para quedarme y escuchar a escondidas. Sin embargo, en cuanto salgo al pasillo, la ayudante de Jeanine cierra la puerta y ya no oigo nada, ni siquiera pegando la oreja.
Un iniciado les comentó su preocupación…, y estoy seguro de conocer al iniciado en cuestión; nuestro único erudito trasladado: Eric.
Transcurrida una semana, parece que la visita de Jeanine Matthews no traerá ninguna consecuencia. Todos los iniciados, tanto nacidos en Osadía como fuera, pasan todos los días por sus simulaciones del miedo, y todos los días permito que mis miedos me consuman: alturas, claustrofobia, violencia, Marcus. A veces se mezclan: Marcus encima de edificios altos, violencia en espacios cerrados. Siempre me despierto medio delirante, temblando, avergonzado de que, a pesar de ser el iniciado con solo cuatro miedos, también sea el único que no logra deshacerse de ellos cuando terminan las simulaciones. Vuelven a mí cuando menos me lo espero, llenan mis sueños de pesadillas y mi vigilia de escalofríos y paranoia. Me rechinan los dientes, me sobresalto con cualquier ruidito, se me entumecen las manos sin previo aviso. Me preocupa volverme loco antes de terminar la iniciación.
—¿Estás bien? —me pregunta Zeke una mañana, en el desayuno—. Pareces… agotado.
—Estoy bien —respondo en un tono más brusco de lo que pretendía.
—Sí, está claro —dice, sonriendo—. No pasa nada por no estar bien, ¿sabes?
—Sí, ya.
Me obligo a terminar la comida, a pesar de que todo me sabe a polvo estos días. Aunque me sienta como si fuera a perder la cabeza, al menos estoy ganando peso, sobre todo músculo. Qué raro es ocupar tanto espacio por el mero hecho de existir cuando estaba tan acostumbrado a desaparecer fácilmente. Eso me hace sentir algo más fuerte, algo más estable.
Zeke y yo recogemos nuestras bandejas. Cuando estamos de camino al Pozo, el hermano pequeño de Zeke (se llama Uriah, si mal no recuerdo) se nos acerca corriendo. Ya es más alto que Zeke y lleva una venda detrás de la oreja para cubrir un tatuaje que se acaba de hacer. Normalmente parece siempre a punto de gastar una broma, pero ahora no; ahora tiene cara de pasmado.
—Amar —dice, algo jadeante—. Amar está… —Sacude la cabeza—. Amar está muerto.
Me río un poco. Soy vagamente consciente de que no es la reacción apropiada, pero no puedo evitarlo.
—¿Qué? ¿Qué quieres decir con que está muerto?
—Una osada encontró un cadáver en el suelo, al lado de la Espira, esta mañana temprano —explica Uriah—. Acaban de identificarlo y era Amar. Debe… debe de haber…
—¿Saltado? —pregunta Zeke.
—O se ha caído, nadie lo sabe.
Me dirijo a los senderos que suben por las paredes del Pozo. Siempre voy pegado a la pared cuando lo hago, por el miedo a las alturas, pero esta vez ni siquiera pienso en lo que hay abajo. Me abro paso entre los niños chillones y la gente que entra o sale de las tiendas. Subo por la escalera que cuelga del techo de cristal.
Hay una multitud reunida en el vestíbulo de la Espira. Me abro paso a codazos. Algunos me insultan o me devuelven los codazos, aunque no me doy cuenta del todo. Llego hasta el borde de la sala, hasta las paredes de cristal por encima de las calles que rodean el complejo de Osadía. Ahí fuera hay un área rodeada de cinta y una mancha roja en el pavimento.
Me quedo mirando la mancha un buen rato hasta que comprendo que es la sangre de Amar, la que derramó al golpearse contra el suelo.
Entonces me alejo.
No conocía a Amar lo suficiente como para que me duela, al menos como he aprendido a sentir dolor. Dolor fue lo que sentí cuando murió mi madre, un peso que hacía que me resultara imposible superar el día a día. Recuerdo que me paraba en medio de cualquier tarea sencilla y se me olvidaba continuarla, o que me despertaba en plena noche con lágrimas en el rostro.
No llevo igual la pérdida de Amar. De vez en cuando la lamento, cuando recuerdo que me dio mi nombre, que me protegió a pesar de que ni siquiera me conocía. Sin embargo, lo que más siento es rabia. Su muerte tuvo algo que ver con Jeanine Matthews y la evaluación de su simulación del miedo, lo sé. Y eso significa que lo que sucediera también es responsabilidad de Eric, ya que escuchó a escondidas nuestra conversación y se lo contó a la líder de su antigua facción.
Los eruditos mataron a Amar, aunque todos creen que saltó o que se cayó. Es lo que haría un osado.
Los osados celebrarán un funeral esta noche. Por la tarde ya están todos borrachos. Nos reunimos junto al abismo, y Zeke me pasa una copa de líquido oscuro que bebo sin pensar. Mientras la calma líquida me recorre el cuerpo, me balanceo un poco y le devuelvo la copa.
—Sí, parece justo —responde Zeke mientras observa la copa vacía—. Voy a por más.
Asiento con la cabeza y me dedico a escuchar el rugido del abismo. Al parecer, Jeanine Matthews aceptó que mis resultados anormales eran un problema del programa, pero ¿y si fingía? ¿Y si va a por mí igual que con Amar? Intento enterrar la idea en un lugar donde nunca la encuentre.
Unas manos oscuras y llenas de cicatrices me caen sobre el hombro, y veo que tengo a Max al lado.
—¿Estás bien, Cuatro?
—Sí —respondo, y es verdad.
Estoy bien porque sigo en pie y todavía no arrastro las palabras.
—Sé que Amar se interesaba mucho por ti. Creo que vio tu potencial —comenta Max, esbozando una leve sonrisa.
—En realidad, no lo conocía.
—Siempre estuvo algo tocado, era un poco inestable. No como el resto de los iniciados de su clase. Creo que perder a sus abuelos le afectó bastante. O quizás el problema fuera más profundo… No lo sé. Puede que esto sea lo mejor para él.
—¿Lo mejor es que esté muerto? —pregunto, mirándolo con el ceño fruncido.
—No he dicho eso exactamente —responde Max—, pero aquí, en Osadía, animamos a nuestros miembros a elegir su camino en la vida. Si esto es lo que él eligió…, pues mejor. —Vuelve a ponerme la mano en el hombro—. Según cómo lo hagas en el examen final de mañana, tú y yo deberíamos hablar de tu futuro en Osadía. Eres, de lejos, nuestro iniciado más prometedor, a pesar de tu origen.
Me quedo mirándolo. Ni siquiera entiendo lo que me dice, ni por qué lo dice aquí, en el funeral de Amar. ¿Está intentando reclutarme? ¿Para qué?
Zeke regresa con dos copas, y Max se pierde entre la multitud como si no hubiera pasado nada. Uno de los amigos de Amar se sube a una silla y grita algo sin sentido sobre que Amar ha sido lo bastante valiente como para explorar lo desconocido.
Todos alzan los vasos y repiten su nombre: Amar, Amar, Amar. Lo dicen tantas veces que pierde su sentido, envuelto en un ruido incesante, obsesivo y absorbente.
Después, todos bebemos. Así son los funerales osados: desterramos la pena al olvido del alcohol y la dejamos allí.
De acuerdo, me parece bien. Yo también puedo desterrarla.
Tori es la que dirige mi examen final, mi paisaje del miedo, en el que además estarán presentes los líderes de Osadía, incluido Max. Me toca más o menos hacia la mitad del grupo de iniciados y, por primera vez, no estoy nervioso. En el paisaje del miedo todos son conscientes de que se trata de una simulación, así que no tengo nada que ocultar. Me pincho en el cuello con la aguja y dejo que la realidad desaparezca.
Lo he hecho decenas de veces. Estoy en lo alto de un edificio alto y salto de la cornisa. Me encierran en una caja y me permito un breve momento de pánico antes de golpear la pared de la derecha con el hombro y romper la madera con el impacto, algo imposible. Recojo una pistola y disparo a una persona inocente (esta vez es un hombre sin rostro vestido de negro osado) en la cabeza sin tan siquiera pensarlo.
Esta vez, cuando me rodean los Marcus, se parecen más a él que antes. Su boca es una boca, aunque los ojos sigan siendo pozos vacíos. Y cuando echa atrás el brazo para pegarme, lleva un cinturón, no un alambre de espinos ni cualquier otra arma capaz de hacerme pedazos. Acepto unos cuantos golpes y me abalanzo sobre el Marcus más cercano para apretarle el cuello entre las manos. Le pego puñetazos a lo loco en la cara, y la violencia me aporta un breve momento de satisfacción antes de despertarme agachado en el suelo de la sala del paisaje del miedo.
Las luces se encienden en la habitación contigua, así que veo a la gente de dentro. Hay dos filas de iniciados a la espera, Eric incluido; ya tiene tantos piercings en el labio que a veces fantaseo con arrancárselos uno a uno. Sentados frente a ellos están los tres líderes de Osadía, Max incluido, todos asintiendo con la cabeza y sonriendo. Tori me hace un gesto de aprobación con el pulgar.
Entré en el examen pensando que no me importaba nada, ni pasar, ni hacerlo bien, ni ser osado. Sin embargo, el gesto de Tori me llena de orgullo, así que esbozo una sonrisita al salir. Puede que Amar esté muerto, pero siempre quiso que me fuera bien. No puedo decir que lo haya hecho por él… En realidad no lo he hecho por nadie, ni siquiera por mí, pero, al menos, no lo he avergonzado.
Todos los iniciados que ya han terminado el examen final esperan los resultados en el dormitorio de los trasladados, tanto nosotros como los nacidos en Osadía. Zeke y Shauna lanzan un «¡hurra!» cuando entro, y me siento en el borde de la cama.
—¿Cómo ha ido? —me pregunta Zeke.
—Bien, ninguna sorpresa. ¿Y vosotros?
—Fatal, pero salí con vida —responde, encogiéndose de hombros—. Pero Shauna tiene algunos nuevos.
—Me las apañé —responde ella exagerando su indiferencia.
Se ha puesto una almohada sobre las rodillas, una de las de Eric. A Eric no le va a gustar.
Entonces deja de actuar y sonríe.
—En realidad estuve estupenda.
—Ya, ya —dice Zeke.
Shauna le da con la almohada en toda la cara, y él se la quita.
—¿Qué quieres que te diga? Sí, estuviste estupenda. Sí, eres la mejor osada de todos los tiempos. ¿Contenta? —pregunta, y la golpea en el hombro con la almohada—. Lleva presumiendo sin parar desde que empezamos las simulaciones del miedo porque a ella se le dan mejor que a mí. Me tiene harto.
—Es venganza por lo mucho que presumiste durante el entrenamiento en combate —responde ella—. «¿Viste el pedazo de golpe que conseguí encajarle nada más empezar?». Blablablá.
Ella lo empuja, y él la agarra por las muñecas. Ella se zafa y le da un capirote en la oreja, y los dos se ríen mientras forcejean.
Puede que no entienda el afecto osado, pero, al parecer, sí sé reconocer el coqueteo cuando lo veo. Sonrío, satisfecho: al parecer eso resuelve el dilema de Shauna, aunque tampoco es que le diera demasiadas vueltas. Seguramente eso ya era una respuesta de por sí.
Nos quedamos aquí sentados otra hora mientras los demás terminan sus exámenes finales y vuelven uno a uno. El último en salir es Eric, que se queda en la puerta con aire petulante.
—Hora de ver los resultados —dice.
Los demás se levantan y pasan junto a él al salir del cuarto. Algunos parecen nerviosos; otros, engreídos, seguros de sí mismos. Espero hasta que se vayan todos para acercarme a la puerta, aunque no salgo, sino que me detengo, cruzo los brazos y me quedo mirando a Eric unos segundos.
—¿Tienes algo que decir? —pregunta.
—Sé que fuiste tú. Tú contaste a los eruditos lo de Amar. Lo sé.
—No sé de qué me hablas —responde, pero está claro que sí lo sabe.
—Por tu culpa está muerto —le digo. Me sorprende lo deprisa que me enfado. Me tiembla el cuerpo de rabia, noto calor en la cara.
—¿Es que te has dado un golpe en la cabeza durante el examen, estirado? —pregunta Eric, sonriendo—. No dices más que chorradas.
Le doy un buen empujón contra la puerta. Después lo sujeto con un brazo (por un momento, me sorprende la fuerza que he adquirido) y me acerco a su cara.
—Sé que fuiste tú —repito, buscando algo en sus ojos, cualquier cosa. No veo nada, solamente ojos negros de pez muerto, impenetrables—. Por tu culpa está muerto, y no te vas a librar sin más.
Lo suelto y me alejo por el pasillo hacia el comedor.
El comedor está a reventar de gente vestida con sus mejores galas osadas: todos los piercings exagerados con aros más llamativos y todos los tatuajes al aire, incluso cuando significa ir sin ropa. Intento mantener la vista fija en los rostros mientras me abro paso entre la masa de cuerpos. Los aromas a tarta, carne, pan y especias impregnan el aire y se me hace la boca agua: se me había olvidado comer.
Cuando llego a mi mesa de siempre, robo un panecillo del plato de Zeke mientras no mira y me pongo en pie con los demás a la espera de los resultados. Espero que no nos hagan aguardar demasiado. Es como estar sosteniendo un cable pelado y con tensión: me tiemblan las manos y pierdo el control de mis pensamientos. Zeke y Shauna intentan hablar conmigo, pero ninguno de nosotros es capaz de gritar lo bastante alto como para hacerse oír por encima del ruido, así que nos resignamos a esperar sin decir nada.
Max se sube a una de las mesas y levanta las manos para pedir silencio. Casi lo consigue, aunque ni siquiera él es capaz de silenciar por completo a los osados, algunos de los cuales siguen hablando y bromeando como si nada. Aun así, logro escuchar su discurso.
—Hace unas semanas, un grupo de iniciados flacuchos y asustados vertió su sangre sobre las brasas y dio el gran salto a Osadía —dice Max—. Si os soy sincero, pensaba que ninguno de ellos superaría su primer día. —Hace una pausa para que la gente se ría, y se ríe, aunque el chiste no era demasiado bueno—. Sin embargo, me place anunciar que este año ¡todos nuestros iniciados lograron la puntuación necesaria para convertirse en osados!
Todos lanzan vítores. A pesar de saber con certeza que no se quedarán fuera, Zeke y Shauna intercambian miradas nerviosas: el orden de la clasificación determinará el trabajo que podremos elegir en Osadía. Zeke le echa un brazo por encima de los hombros a Shauna y se los aprieta.
De repente, vuelvo a sentirme solo.
—No lo retrasaré más —sigue diciendo Max—. Sé que nuestros iniciados están de los nervios, así que ¡os presento a nuestros doce nuevos miembros osados!
Los nombres de los iniciados aparecen en una gran pantalla, detrás de él, una pantalla lo bastante grande como para que hasta la gente del fondo de la sala la vea. Busco automáticamente sus nombres en la lista:
6. Zeke
7. Ash
8. Shauna
Al instante desaparece la tensión que me atenazaba y sigo subiendo por la lista. Noto una breve punzada de pánico cuando no encuentro mi nombre, pero allí está, justo en lo alto.
1. Cuatro
2. Eric
Shauna grita, y Zeke y ella me aplastan en un desordenado abrazo; su peso está a punto de tirarme al suelo. Me río y levanto los brazos para devolverles el gesto.
En algún lugar del caos, dejé caer mi panecillo. Lo aplasto con el tacón y sonrío mientras la gente que me rodea, personas que ni siquiera conozco, me dan palmadas en los hombros, sonríen y repiten mi nombre. Mi nombre, que es simplemente Cuatro. Ahora todas las sospechas sobre mi origen y mi identidad quedan olvidadas porque soy uno de ellos, soy un osado.
Ya no soy Tobias Eaton, ya no, nunca más. Soy un osado.
Por la noche, mareado de emoción y tan lleno de comida que apenas puedo caminar, me escabullo de la celebración y subo por los caminos hasta lo alto del Pozo, al vestíbulo de la Espira. Salgo por las puertas y respiro profundamente el aire nocturno, que es fresco y vigorizante, no como el aire caliente y estancado del comedor.
Me acerco a las vías del tren, demasiado histérico para quedarme quieto. Se acerca un tren, la luz del vagón delantero parpadea al aproximarse. Pasa junto a mí con toda su potencia y energía, retumbándome en los oídos como un trueno. Me acerco a él y, por primera vez, saboreo la emoción del miedo en el estómago, de estar tan cerca de una cosa tan peligrosa.
Entonces veo algo oscuro y con forma humana de pie en uno de los últimos vagones: una figura alta, esbelta y femenina que se asoma al exterior, agarrada a uno de los asideros. Por un segundo, mientras el borrón del tren pasa por mi lado, veo su cabello rizado oscuro y su nariz aguileña.
Se parece a mi madre.
Y entonces desaparece, desaparece con el tren.