Cuatro
El hijo
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EL HIJO
El pequeño piso está vacío, con el suelo todavía surcado de marcas de escoba en las esquinas. No poseo nada para rellenar el espacio, salvo mi ropa abnegada, que está metida en el fondo de la bolsa que llevo al hombro. La lanzo sobre el colchón desnudo y miro en los cajones de debajo de la cama en busca de sábanas.
La lotería osada me trató bien porque yo quedé primero y porque, a diferencia de mis extrovertidos compañeros iniciados, quería vivir solo. Los demás, como Zeke y Shauna, crecieron rodeados de la comunidad osada y, para ellos, el silencio y la tranquilidad de vivir solos serían insoportables.
Hago rápidamente la cama estirando tan bien la sábana de arriba que casi tiene esquinas. Las sábanas están desgastadas en algunos puntos, ya sea por las polillas o por el uso, no estoy seguro. La manta, que es una colcha azul, huele a cedro y a polvo. Cuando abro la bolsa que contiene mis escasas pertenencias, sostengo frente a mí la camisa abnegada, la que desgarré para vendarme la herida de la mano. Parece pequeña, dudo que ahora entrase en ella si intentara probármela, cosa que no pienso hacer; me limito a doblarla y dejarla caer en el cajón.
Alguien llama a la puerta.
—¡Adelante! —grito, pensando que se trata de Zeke o de Shauna.
Sin embargo, el que entra en mi piso con las manos cruzadas frente a él es Max, un hombre alto de piel oscura y nudillos magullados. Examina una vez el cuarto y frunce los labios de asco al ver los pantalones grises que he dejado doblados sobre la cama. La reacción me sorprende un poco, ya que no hay mucha gente en esta ciudad dispuesta a unirse a Abnegación, pero tampoco hay demasiada que la odie. Al parecer, he encontrado a una de esas personas.
Me quedo donde estoy sin saber qué decir. Hay un líder de la facción en mi piso.
—Hola —saludo.
—Siento interrumpir. Me sorprende que no decidieras alojarte con tus antiguos compañeros de iniciación. Hiciste amigos, ¿no?
—Sí, pero esto me resulta más normal.
—Supongo que te llevará algún tiempo olvidar tu antigua facción.
Max pasa un dedo por la encimera de mi cocinita, mira el polvo que ha recogido y se limpia la mano en los pantalones. Me observa con aire crítico, una mirada que me dice que debo olvidarme de mi antigua facción cuanto antes. Si todavía fuera un iniciado, quizá me preocuparía esa mirada, pero ahora soy un miembro de Osadía y eso no me lo puede quitar, por muy «estirado» que le parezca.
¿No?
—Esta tarde elegirás trabajo —dice Max—. ¿Tienes algo en mente?
—Supongo que depende de lo que haya disponible —respondo—. Me gustaría hacer algo relacionado con la enseñanza. Como lo que hacía Amar, por ejemplo.
—Creo que el iniciado que ha quedado en primera posición puede apuntar más arriba que «instructor de iniciados», ¿no? —Max arquea las cejas y me doy cuenta de que una no se mueve tanto como la otra: la surca una cicatriz—. He venido porque ha surgido una oportunidad.
Saca una silla de la mesita que hay cerca de la encimera de la cocina, la gira y se sienta mirando al respaldo. Sus botas negras están cubiertas de lodo marrón claro y los cordones están llenos de nudos y deshilachados. Aunque quizá sea el osado de más edad entre los que conozco, bien podría estar hecho de acero.
—Si te soy sincero, uno de mis colegas líderes de Osadía está haciéndose demasiado viejo para el trabajo —explica Max. Me siento en el borde de la cama—. Los otros cuatro pensamos que sería buena idea inyectar sangre nueva en el liderazgo. Nuevas ideas para los nuevos miembros de Osadía y la iniciación, en concreto. De todos modos, esa tarea suele recaer en el líder más joven, así que encajaría bien. Estamos pensando en elegir a unos cuantos de las clases de iniciados más recientes para un programa de entrenamiento que nos permita averiguar si alguno de ellos es buen candidato. Tú eres la elección más obvia.
De repente, empiezo a agobiarme. ¿De verdad está insinuando que, con dieciséis años, estoy cualificado para ser líder de Osadía?
—El programa de entrenamiento durará al menos un año —sigue diciendo Max—. Será exigente y pondrá a prueba tu habilidad en muchos campos. Los dos sabemos que te irá bien en la parte del paisaje del miedo.
Asiento sin pensar. No debe de importarle mi exceso de confianza, ya que esboza una sonrisita.
—No hace falta que asistas a la reunión de selección de trabajos que se celebra dentro de un rato —dice Max—. El entrenamiento empezará pronto; mañana por la mañana, de hecho.
—Espere —respondo cuando una idea se abre paso entre el miasma de mi mente—. ¿No tengo elección?
—Claro que la tienes —responde, desconcertado—. Pero supuse que alguien como tú preferiría formarse como líder que pasarse el día de pie junto a una valla con un arma al hombro o enseñando técnicas de lucha a los iniciados. Pero si me equivoco…
No sé por qué vacilo, no quiero pasarme la vida protegiendo la valla ni patrullando la ciudad, ni siquiera dando vueltas por la sala de entrenamiento. Puede que se me dé bien el combate, pero eso no quiere decir que desee dedicarme a eso todo el día, todos los días. La oportunidad de cambiar algo en Osadía atrae al abnegado que llevo dentro, a esa parte de mí que sigue latente y, de vez en cuando, exige atención.
Supongo que, simplemente, no me gusta que no me den alternativa.
Sacudo la cabeza.
—No, no se equivoca —digo, aclarándome la garganta e intentando sonar más fuerte y decidido—. Quiero hacerlo, gracias.
—Excelente.
Max se levanta y se cruje los nudillos perezosamente, como si fuera una vieja costumbre. Me ofrece la mano y la acepto, aunque el gesto me sigue resultando poco familiar: los abnegados jamás se tocarían con tanta ligereza.
—Ven mañana a las ocho a la sala de reuniones que hay cerca de mi despacho. Está en la Espira. Décima planta.
Se marcha, y las suelas de sus botas dejan trocitos de tierra seca al salir. Los barro con la escoba que está apoyada en la pared, cerca de la puerta. No me doy cuenta hasta que estoy devolviendo la silla a su lugar bajo la mesa: si me convierto en líder de Osadía, en un representante de mi facción, tendré que enfrentarme cara a cara a mi padre de nuevo, y no una vez, sino constantemente, hasta que por fin se retire a la oscuridad abnegada.
Se me entumecen los dedos. Aunque me haya enfrentado a mis miedos muchas veces en simulaciones, eso no significa que esté listo para enfrentarme a ellos en la realidad.
—¡Tío, te lo has perdido! —exclama Zeke con los ojos como platos, preocupado—. ¡Al final solo quedaban los trabajos asquerosos, como fregar los baños! ¿Dónde estabas?
—No pasa nada —respondo mientras llevo mi bandeja a nuestra mesa, cerca de las puertas.
Shauna está aquí con su hermana pequeña, Lynn, y la amiga de Lynn, Marlene. Nada más verlas me entran ganas de dar media vuelta y marcharme: Marlene es demasiado alegre para mí, incluso en los días buenos. Pero Zeke me ha visto, así que ya es tarde. Detrás de nosotros, Uriah corre para alcanzarnos con el plato tan cargado de comida que es imposible que le quepa toda en el estómago.
—No me he perdido nada… Max ha venido a verme.
Mientras nos sentamos a la mesa, bajo una de las relucientes lámparas azules que cuelgan de la pared, les cuento la oferta de Max, procurando que no suene demasiado impresionante. Acabo de hacer amigos, no quiero que los celos se interpongan entre nosotros sin motivo. Cuando termino, Shauna apoya la cara en una mano y le dice a Zeke:
—Supongo que deberíamos habernos esforzado más en la iniciación, ¿eh?
—O haberlo asesinado antes de la prueba final.
—O las dos cosas —añade Shauna, sonriendo—. Felicidades, Cuatro. Te lo mereces.
Noto que todos los ojos están fijos en mí, como potentes haces de luz, y me apresuro a cambiar de tema.
—¿Dónde habéis acabado, chicos?
—Sala de control —responde Zeke—. Mi madre trabajaba allí y me enseñó casi todo lo que necesito saber.
—Yo estoy en la cosa esa del liderazgo de la patrulla o como se llame —dice Shauna—. No es el trabajo más emocionante del mundo, pero al menos estaré en el exterior.
—Sí, ya veremos lo que dices en pleno invierno cuando tengas que caminar arrastrando los pies por veinte centímetros de nieve y hielo —replica Lynn con amargura. Después le lanza una puñalada con el tenedor a la montaña de puré de patatas—. Más me vale hacerlo bien en la iniciación; no quiero acabar en la valla.
—¿No hemos hablado ya del tema? —pregunta Uriah—. No hables de la palabra que empieza por «i» hasta al menos dos semanas antes de que empiece. Me dan ganas de vomitar.
Le echo un vistazo a la pila de comida de su bandeja.
—Pero no te dan ganas cuando te pones hasta las cejas de comida, ¿no?
Pone los ojos en blanco y se inclina sobre su bandeja para seguir comiendo. Yo juego con mi comida: llevo desganado desde esta mañana, me preocupa demasiado lo de mañana como para soportar un estómago lleno.
Zeke ve a alguien al otro lado del comedor.
—Ahora mismo vuelvo.
Shauna lo observa cruzar la sala para saludar a un grupo de jóvenes osados. No parecen mucho mayores que él, aunque no los reconozco de la iniciación, así que deben de llevarnos uno o dos años. Zeke le dice algo al grupo (compuesto en su mayoría por chicas), y el grupo rompe a reír; después le da un puñetazo a una de las chicas en las costillas, y ella chilla de risa. Shauna, que está a mi lado, lo mira con rabia y falla al llevarse el tenedor a la boca, de modo que se mancha toda la mejilla de salsa de pollo. Lynn resopla de risa sobre su comida y Marlene le da una patada (audible) bajo la mesa.
—Bueno —dice Marlene en voz alta—, ¿sabes quién más está en el programa de liderazgo, Cuatro?
—Ahora que lo pienso, tampoco he visto hoy a Eric —responde Shauna—. Esperaba que hubiese tropezado y acabado en el fondo del abismo, pero…
Me meto comida en la boca e intento no pensar en ello. La luz azul hace que mis manos también parezcan azules, como las de un cadáver. No he hablado con Eric desde que lo acusé de ser indirectamente responsable de la muerte de Amar: alguien había informado a Jeanine Matthews, líder erudita, de que nuestro instructor era consciente durante las simulaciones y, como antiguo erudito, Eric es el sospechoso más probable. Tampoco he decidido todavía lo que haré la próxima vez que hable con él. Darle una paliza no demostrará que es un traidor a su facción. Tendré que encontrar el modo de relacionar con los eruditos sus actividades más recientes y llevar la información a uno de los líderes osados; seguramente a Max, ya que es al que conozco mejor.
Zeke regresa a la mesa y se mete en su asiento.
—Cuatro, ¿qué haces mañana por la noche?
—No lo sé, ¿nada?
—Ya no. Te vienes a una cita conmigo.
—¿Qué? —pregunto, ahogándome con las patatas.
—Estooo, odio ser yo quien te lo diga, hermano mayor —dice Uriah—, pero se supone que a una cita se va solo, no con un amigo.
—Es una cita doble, obviamente —responde Zeke—. Le he pedido para salir a Maria, y ella ha dicho algo sobre buscar una pareja para su amiga Nicole, así que le he comentado que tú estarías interesado.
—¿Quién es Nicole? —pregunta Lynn, estirando el cuello para observar al grupo de chicas.
—La pelirroja —responde Zeke—. En fin, a las ocho. Te vienes y ya está, ni siquiera te lo pregunto.
—Es que no… —empiezo a protestar, pero entonces le echo un vistazo a la pelirroja del otro lado de la sala.
Tiene la piel clara y los ojos pintados de negro, y lleva una camiseta ajustada que le marca la curva de la cintura y… otras cosas que mi voz interior abnegada me pide que pase por alto. Pero no lo hago.
Nunca he tenido una cita por culpa de los estrictos rituales de cortejo de mi anterior facción, que incluían acudir juntos a actos en servicio a la comunidad y, con suerte, solo con suerte, cenar con la familia de la otra persona y ayudarla a lavar los platos después. Entonces ni siquiera me planteaba si deseaba salir con nadie; era imposible.
—Zeke, es que nunca…
Uriah frunce el ceño y me pincha el brazo con un dedo, fuerte. Lo aparto de un manotazo.
—¿Qué?
—Ah, nada —responde Uriah alegremente—. Es que parecías más estirado que de costumbre, así que estaba comprobando tu tensión…
—Sí, ya —dice Marlene entre risas.
Zeke y yo nos miramos. Nunca hemos hablado explícitamente de no contarle a nadie cuál era mi facción de origen, pero, por lo que sé, no lo ha mencionado. Uriah lo sabe, pero, a pesar de ser un bocazas, parece comprender cuándo debe guardarse información. Sin embargo, no sé por qué Marlene no lo ha averiguado; a lo mejor no es demasiado observadora.
—No es para tanto, Cuatro —insiste Zeke antes de tragarse el último bocado—. Vienes, hablas con ella como si fuera un ser humano normal (cosa que es) y puede que quizás, horror, te permita cogerla de la mano…
Shauna se levanta de golpe haciendo chirriar su silla al arrastrarla por el suelo de piedra. Se mete el pelo detrás de la oreja y, con la cabeza gacha, se va a devolver la bandeja. Lynn le lanza una mirada asesina a Zeke (aunque no difiere mucho de su expresión habitual) y sigue a su hermana por el comedor.
—Vale, no tienes que darle la mano a nadie —dice Zeke, como si no hubiera pasado nada—. Tú ven, ¿vale? Te deberé una.
Miro a Nicole. Está sentada a una mesa que hay cerca de la devolución de bandejas y se ríe de nuevo del chiste de alguien. A lo mejor Zeke está en lo cierto: a lo mejor no es para tanto, puede que sea otro modo de desaprender mi pasado abnegado y aprender a aceptar mi futuro osado. Además…, es guapa.
—Vale, iré. Pero si haces algún chiste sobre lo de cogerse de la mano, te rompo la nariz.
Por la noche, cuando regreso al piso, todavía huele a polvo y a moho. Enciendo una de las lámparas, y un rayo de luz se refleja en la encimera. Lo acaricio, y un trocito de cristal se me clava en la punta del dedo y me hace sangrar. Lo cojo con cuidado y lo llevo a la bolsa de la basura, que he puesto esta mañana. Sin embargo, en el fondo de la bolsa ahora hay una pila de fragmentos pertenecientes a un vaso de cristal.
Todavía no he usado ninguno.
Un escalofrío me recorre la espalda mientras examino el resto del piso en busca de algo fuera de lugar. Las sábanas no están arrugadas, los cajones no están abiertos, parece que no se ha movido ninguna silla. Pero si hubiera roto un vaso esta mañana, me habría dado cuenta.
Entonces ¿quién ha estado en mi piso?
No sé por qué, pero lo primero que toco por la mañana al meterme en el baño es el cortapelos que compré ayer con mis créditos osados. Después, mientras sigo intentando dispersar las nubes del sueño, lo pongo en marcha y me lo llevo a la cabeza como siempre he hecho desde pequeño. Me aparto la oreja para protegerla de las cuchillas; sé cómo girarme y moverme para verme la nuca lo mejor posible. El ritual me calma los nervios, me centra y me estabiliza. Me sacudo el pelo cortado de los hombros y del cuello, lo barro y lo tiro a la basura.
Es una mañana abnegada: una ducha rápida, un desayuno sencillo y una casa limpia. Salvo que estoy vestido de negro osado, con botas, pantalones, camiseta y chaqueta. Evito mirarme en el espejo de camino al exterior, y aprieto los dientes porque sé lo profundas que son las raíces estiradas y lo difícil que será extirparlas de mi cabeza, con lo enredadas que están en todo lo demás. Abandoné aquel lugar por miedo y desafío, y eso hará que me cueste más adaptarme de lo que los demás suponen, más que si hubiese elegido Osadía por las razones correctas.
Camino a toda prisa hacia el Pozo y salgo por un arco que está a mitad de pared. Me mantengo lejos del borde del camino, a pesar de que los niños osados a veces corren por él entre gritos de risa y yo debería ser más valiente que ellos. No sé si la valentía se adquiere con la edad, como la sabiduría, aunque quizás aquí, en Osadía, la valentía sea la forma más elevada de sabiduría, el reconocimiento de que la vida puede y debe vivirse sin miedo.
Es la primera vez que medito sobre la vida osada, así que me aferro a la idea mientras asciendo por los caminos que rodean el Pozo. Llego a la escalera que cuelga del techo de cristal y mantengo la vista alzada, lejos del espacio que se abre a mis pies, así que no sufro un ataque de pánico. Sin embargo, cuando llego arriba me late con fuerza el corazón, incluso lo noto en la garganta. Max me dijo que su despacho estaba en la décima planta, de modo que subo al ascensor con un grupo de osados que van a trabajar. No todos se conocen, como los abnegados, aquí no es tan importante memorizar nombres, rostros, necesidades y deseos, así que quizá se limiten a sus amigos y familias para formar comunidades productivas, pero independientes dentro de su facción. Como la que estoy formando yo.
Cuando llego a la décima planta, no sé bien hacia dónde ir, pero entonces localizo una cabeza oscura doblando una esquina. Eric. Lo sigo, en parte porque probablemente sabe adónde va y en parte porque quiero saber qué hace, aunque no vaya al mismo sitio que yo. Sin embargo, al doblar la esquina, veo a Max de pie en una sala de reuniones con paredes de cristal, rodeado de jóvenes osados. Puede que el mayor tenga veinte y el menor no sea mucho mayor que yo. Max me ve a través del cristal y me hace un gesto para que entre. Eric se sienta cerca de él. «Qué pelota», pienso, aunque me siento al otro extremo de la mesa, entre una chica con un aro en la nariz y un chico con el pelo de un verde tan brillante que no consigo mirarlo directamente. En comparación, mi aspecto es muy sencillo; puede que me tatuara llamas osadas en el costado durante la iniciación, pero no están a la vista.
—Me parece que ya estamos todos, así que empecemos.
Max cierra la puerta de la sala de reuniones y se pone en pie ante nosotros. Está fuera de lugar en un entorno tan normal, como si hubiese venido para romper todos los cristales y sembrar el caos, en vez de para dirigir la reunión.
—Estáis aquí porque habéis demostrado potencial, sí, pero también entusiasmo por nuestra facción y nuestro futuro.
No sabía que yo hubiera hecho eso.
—Nuestra ciudad está cambiando más deprisa que nunca y, para seguirle el ritmo, nosotros también tendremos que cambiar. Debemos ser más fuertes, más valientes y mejores que ahora. Y entre vosotros están las personas que pueden lograrlo, pero tendremos que averiguar quiénes son. Hemos preparado una mezcla de formación y pruebas de habilidad que durará varios meses y os enseñará lo que debéis saber si superáis el programa, al tiempo que nos mostrará lo deprisa que aprendéis.
Eso suena sospechosamente parecido a lo que valoraría un erudito, no un osado; qué raro.
—Lo primero que haréis será rellenar este formulario informativo —dice, y casi me río.
Es ridículo ver a un guerrero osado duro y curtido con una pila de «formularios informativos», pero, claro, algunas cosas deben ser normales para resultar eficientes. Pasa la pila de hojas por la mesa, junto con un puñado de bolígrafos.
—Esto solo servirá para saber más sobre vosotros y darnos un punto de partida para medir vuestro progreso. Así que os conviene ser sinceros y no intentar parecer mejores de lo que sois.
Me quedo mirando la hoja, inquieto. Escribo mi nombre (que es la primera pregunta) y mi edad (la segunda). La tercera pide mi facción de origen, y la cuarta, mi número de miedos. La quinta consiste en explicar cuáles son esos miedos.
No sé bien cómo describirlos. Los dos primeros son fáciles: miedo a las alturas y claustrofobia. Pero ¿y el siguiente? ¿Y qué se supone que debo escribir sobre mi padre? ¿Que tengo miedo de Marcus Eaton? Al final garabateo: «Perder el control» para el tercer miedo y «amenazas físicas en espacios cerrados» para el cuarto, aunque sé que ni se acerca a la verdad.
Sin embargo, las siguientes preguntas son extrañas, desconcertantes. Son afirmaciones redactadas engañosamente y tengo que decir si estoy de acuerdo o no. «No pasa nada por robar si es para ayudar a otra persona». Bueno, esa es fácil: de acuerdo. «Algunas personas se merecen más las recompensas que otras». Puede. Depende de la recompensa. «El poder solo debe entregarse a los que se lo ganan». «Las circunstancias difíciles forjan a personas más fuertes». «No se sabe lo fuerte que es una persona hasta que no se la pone a prueba». Levanto la mirada para echar un vistazo a los demás. Algunos parecen desconcertados, pero nadie se siente como yo: trastornado, casi asustado de elegir una respuesta para cada afirmación.
No sé qué hacer, así que marco «De acuerdo» en todas y entrego la hoja con las de los demás.
Zeke y su cita, Maria, están apretados contra una pared en un pasillo cercano al Pozo. Veo sus siluetas desde aquí. Parece que están tan pegados el uno al otro como hace cinco minutos, que fue cuando se largaron a esa esquina sin dejar de reírse como idiotas. Cruzo los brazos y vuelvo la vista hacia Nicole.
—Bueno —digo.
—Bueno —repite ella, poniéndose de puntillas y después volviendo a apoyarse sobre los talones—. Esto es un poco incómodo, ¿no?
—Sí —respondo, aliviado—. Es verdad.
—¿Desde cuándo eres amigo de Zeke? —pregunta—. No te he visto mucho por aquí.
—Desde hace unas semanas —respondo—. Nos conocimos en la iniciación.
—Ah, ¿eres un trasladado?
—Bueno… —No quiero reconocer que me trasladé de Abnegación, en parte porque, siempre que lo reconozco, la gente empieza a pensar que soy un estirado, y en parte porque no me gusta dejar caer pistas sobre mis progenitores si puedo evitarlo. Decido mentir—. No, es que… antes era más reservado, supongo.
—Ah —dice, entrecerrando un poco los ojos—. Pues se te debía de dar muy bien.
—Es una de mis especialidades. ¿Desde cuándo eres amiga de Maria?
—Desde que éramos pequeñas. Siempre ha sido de las que tropiezan y acaban dándose de bruces con una cita —responde Nicole—. A otras no se nos da tan bien.
—Sí, Zeke tuvo que insistirme un poco para lo de hoy.
—Ah, ¿sí? —dice Nicole, arqueando una ceja—. ¿Al menos te enseñó con quién te las veías? —añade, señalándose.
—Bueno, sí. No estaba seguro de si eras mi tipo, pero pensé que a lo mejor…
—No soy tu tipo —repite, fría.
Intento arreglarlo.
—Quiero decir que no creo que eso sea importante. La personalidad es mucho más importante que…
—¿Que mi aspecto poco satisfactorio? —pregunta, arqueando ambas cejas.
—Yo no he dicho eso. Esto… se me da fatal.
—Sí, está claro.
Agarra el bolsito negro que tenía apoyado en los pies y se lo mete bajo el brazo.
—Dile a Maria que he tenido que irme temprano.
Se aleja de la barandilla y desaparece por uno de los caminos cercanos al Pozo. Suspiro y miro de nuevo a Zeke y Maria. Por los pocos movimientos que soy capaz de detectar, concluyo que no han frenado. Doy golpecitos en la barandilla. Nuestra cita doble se ha convertido en una incómoda cita triangular, así que supongo que no pasa nada si me largo.
Veo a Shauna salir del comedor y la saludo con la mano.
—¿No era esta noche tu gran cita con Ezekiel?
—Ezekiel —repito, haciendo una mueca—. Se me había olvidado que ese era su nombre completo. Sí, mi cita acaba de dejarme tirado.
—Muy bueno —dice entre risas—. ¿Cuánto has durado? ¿Diez minutos?
—Cinco —respondo, y acabo riéndome yo también—. Al parecer, soy insensible.
—No —dice fingiendo sorpresa—, ¿tú? ¡Con lo sentimental y dulce que eres!
—Muy graciosa. ¿Dónde está Lynn?
—Ha empezado a discutir con Hector, nuestro hermano pequeño. Y llevo escuchándolos como toda la vida, así que me he largado. Se me había ocurrido pasarme por la sala de entrenamiento para hacer un poco de ejercicio, ¿te vienes?
—Sí, vamos.
Nos dirigimos a la sala, pero entonces caigo en la cuenta de que tenemos que pasar por el mismo pasillo que ocupan Zeke y Maria en estos momentos. Intento detener a Shauna con una mano, pero llego demasiado tarde: ve sus dos cuerpos apretados y abre mucho los ojos. Se para un segundo y oigo ruidos húmedos que desearía no haber oído. Entonces, Shauna vuelve a avanzar por el pasillo, caminando tan deprisa que tengo que correr para alcanzarla.
—Shauna…
—Sala de entrenamiento —responde.
En cuanto llegamos empieza a pegarle al saco de boxeo, y jamás la había visto darle tan fuerte.
—Aunque parezca raro, es importante que los osados de alto nivel comprendan cómo funcionan unos cuantos programas —explica Max—. El programa de vigilancia de la sala de control es el más obvio: un líder osado tendrá que supervisar de vez en cuando lo que ocurre en la facción. Después están los programas de las simulaciones, que debéis comprender para evaluar a los iniciados. Además tenemos el actual programa de seguimiento que facilita el correcto funcionamiento del comercio de nuestra facción, entre otros. Algunos de estos programas son bastante sofisticados, lo que significa que tendréis que adquirir habilidades informáticas fácilmente, si es que no las habéis adquirido ya. Eso es lo que haremos hoy.
Le hace un gesto a la mujer que está junto a su hombro izquierdo. La reconozco del juego de Atrevimiento. Es joven, con mechones morados en el pelo corto y más piercings de los que soy capaz de contar.
—Lauren, aquí presente, os enseñará lo más básico, y después os haremos un examen —dice Max—. Lauren es una de nuestras instructoras de iniciados, pero en su tiempo libre trabaja como técnica informática en la sede de Osadía. Es algo erudito por su parte, pero lo dejaremos pasar porque nos conviene.
Max le guiña un ojo, y ella sonríe.
—Adelante —dice Max—, volveré dentro de una hora.
Max se marcha, y Lauren da una palmada.
—De acuerdo, hoy vamos a hablar de cómo funciona la programación. Los que ya tengáis experiencia podéis desconectar a vuestro antojo. El resto, será mejor que os concentréis porque no voy a repetir nada. Aprender esto es como aprender un idioma: no basta con memorizar las palabras, también hay que comprender las normas y por qué funcionan como funcionan.
Hace unos años me presenté voluntario para los laboratorios informáticos del edificio de Niveles Superiores ya que tenía que cumplir las horas de voluntariado a las que obligaba mi facción (y quería salir de casa), y aprendí a desmontar un ordenador y volver a montarlo. Sin embargo, nunca aprendí nada de esto. La hora siguiente transcurre envuelta en una niebla de términos técnicos a los que apenas puedo seguir el hilo. Intento tomar notas en un trozo de papel que he encontrado en el suelo, pero Lauren avanza tan deprisa que a mis manos les cuesta seguir el ritmo de mis oídos, así que abandono el intento al cabo de unos minutos y me limito a prestar atención. Nos enseña ejemplos de lo que explica en una pantalla en la parte delantera del aula, y cuesta no distraerse por la vista de las ventanas que tiene detrás: desde este ángulo, la Espira muestra la silueta de los edificios de la ciudad, los dientes del Centro atravesando el cielo, el pantano asomándose entre los relucientes edificios.
No soy el único que parece abrumado: los demás candidatos se inclinan los unos sobre los otros para susurrar frenéticamente preguntando definiciones que se han perdido. Sin embargo, Eric está sentado cómodamente en su silla y se dedica a dibujarse el dorso de la mano. Reconozco esa sonrisa de suficiencia. Claro que ya conoce todo esto: debe de haberlo aprendido en Erudición, puede que de pequeño; si no, no parecería tan satisfecho.
Antes de darme cuenta del paso del tiempo, Lauren pulsa un botón en la pantalla para que esta vuelva a meterse en el techo.
—En el escritorio de vuestros ordenadores encontraréis un archivo llamado «Examen de programación». Abridlo. Os llevará a un examen cronometrado. Repasaréis una serie de programitas y marcaréis los errores que creáis que causan su mal funcionamiento. Puede que sean cosas grandes, como el orden de un código, o cosas muy pequeñas, como una palabra o marca fuera de su sitio. No tenéis que arreglarlos ahora, pero debéis de ser capaces de localizarlos. Habrá un error por programa. Adelante.
Todos empiezan a pulsar las pantallas como locos. Eric se me acerca y dice:
—En vuestra casa estirada no habría ni un ordenador, ¿no, Cuatro?
—No.
—Bueno, verás, así es como se abre un archivo —me explica dando un golpecito exagerado en el archivo de su pantalla—. ¿Ves? Es como papel, pero en realidad no es más que una imagen en una pantalla… Sabes lo que es una pantalla, ¿no?
—Cierra la boca —le digo, y abro la prueba.
Me quedo mirando el primer programa. «Es como aprender un idioma —me digo—. Todo debe empezar en el orden correcto y terminar en orden inverso. Solo tienes que asegurarte de que todo esté en su sitio».
No empiezo por el principio del código para ir bajando, sino que busco el núcleo central del código dentro de toda la envoltura. Allí me doy cuenta de que la línea de código termina en el lugar equivocado. Marco el sitio y pulso el botón de la flecha que me permitirá continuar el examen si acierto. La pantalla cambia y me muestra otro programa.
Arqueo las cejas: debo de haber absorbido más de lo que creía.
Empiezo el siguiente del mismo modo, avanzando desde el centro del código hacia el exterior, comparando la parte superior del programa con la inferior, prestando atención a las comillas, puntos y barras invertidas. Curiosamente, buscar errores de código resulta tranquilizador, una forma de asegurarse de que el mundo sigue el orden que debe tener y, mientras así sea, todo funcionará correctamente.
Se me olvida la gente que me rodea, incluso el paisaje y lo que significará terminar este examen. Me concentro en lo que tengo delante, en el enredo de palabras de mi pantalla. Veo que Eric termina el primero, mucho antes de que los demás estemos listos para acabar el examen, pero intento que eso no me preocupe. Ni siquiera cuando decide sentarse a mi lado y mirar por encima de mi hombro mientras trabajo.
Por fin toco el botón de la flecha y aparece una nueva imagen: «EXAMEN FINALIZADO».
—Buen trabajo —me felicita Lauren cuando se acerca para comprobar mi pantalla—. Eres el tercero en acabar.
Me vuelvo hacia Eric.
—Espera —digo—, ¿no ibas a explicarme lo que era una pantalla? Está claro que no tengo ni idea de informática, así que necesito tu ayuda desesperadamente.
Me lanza una mirada asesina, y sonrío.
Cuando regreso, la puerta de mi piso está abierta. Solo un par de centímetros, pero sé que la cerré al salir. La abro con la punta del pie y entro con el corazón en la boca, esperando encontrarme con un intruso que rebusca entre mis cosas, aunque no sé bien quién. Puede que uno de los lacayos de Jeanine a la caza de pruebas que demuestren que soy distinto, como lo era Amar. O puede que Eric, intentando encontrar algo para tenderme una trampa. Pero el piso está vacío e intacto.
Intacto, salvo por el trozo de papel de encima de la mesa. Me acerco a él despacio, como si fuera a estallar en llamas o a esfumarse. Hay un mensaje escrito con una letra pequeña e inclinada:
El día que más odiabas
a la hora en que ella murió
en el lugar en que te subiste por primera vez.
Al principio, las palabras me parecen un sinsentido y las tomo por una broma, algo que me han dejado en casa para ponerme nervioso; y funciona, porque me tiemblan las rodillas. Me dejo caer en una de las desvencijadas sillas sin apartar la vista del papel. Lo leo una y otra vez, y el mensaje empieza a tomar forma en mi cabeza.
«En el lugar en que te subiste por primera vez». Eso debe de ser el andén al que subí después de unirme a Osadía.
«A la hora en que ella murió». Ese «ella» solo puede referirse a una persona: mi madre. Mi madre murió en plena noche, de modo que, cuando desperté, su cadáver ya no estaba; mi padre y sus amigos abnegados lo hicieron desaparecer. Según me dijo, calcularon que había muerto sobre las dos de la madrugada.
«El día que más odiabas». Esta es la más difícil… ¿Se refiere a un día del año, a un cumpleaños o a una fiesta? No se me ocurre ninguna respuesta y no entiendo por qué iba alguien a dejar una nota con tanta antelación. Debe de referirse a un día de la semana, pero ¿qué día de la semana odiaba más? Eso es fácil: el día de las reuniones del consejo, porque mi padre estaba fuera hasta tarde y regresaba a casa de mal humor. Los miércoles.
Miércoles, a las dos de la madrugada, en el andén cerca del Centro. Esta noche. Y solo hay una persona en el mundo que sepa toda esa información: Marcus.
Tengo el trozo de papel apretado dentro del puño, pero no lo siento. Desde que pensé en su nombre por primera vez me cosquillean las manos y se me han quedado prácticamente dormidas.
Dejo abierta de par en par la puerta del piso y salgo sin atarme los cordones de los zapatos. Recorro las paredes del Pozo sin fijarme en la altura y corro escaleras arriba hacia la Espira sin tan siquiera sentir la tentación de mirar abajo. Hace unos días, Zeke mencionó de pasada la ubicación de la sala de control. Solo espero que él siga allí, porque necesito su ayuda para acceder a las grabaciones del pasillo de mi piso. Sé dónde está la cámara: oculta en una esquina en la que creen que nadie reparará en ella. Bueno, pues yo lo hice.
Mi madre solía fijarse en esas cosas también. Cuando paseábamos por el sector abnegado los dos solos, ella señalaba las cámaras ocultas en burbujas de cristal oscuro o pegadas a los bordes de los edificios. Nunca comentaba nada al respecto ni parecía preocupada por ellas, pero siempre sabía dónde estaban y, cuando pasaba junto a ellas, procuraba mirarlas directamente, como si dijera: «Yo también os veo». Así que crecí buscando, examinando y observando los detalles de lo que me rodeaba.
Subo en el ascensor hasta la cuarta planta. Después sigo los carteles que llevan a la sala de control. Está al final de un pasillo corto, tras doblar una esquina, con la puerta abierta. Me saluda una pared de pantallas; hay gente sentada frente a ella, ante escritorios, y hay otros escritorios que recorren las paredes de la sala, cada uno con su propia pantalla. La grabación rota cada cinco segundos y muestra distintas zonas de la ciudad: los campos de Cordialidad, las calles que rodean el Centro, el complejo de Osadía, incluso el Mercado del Martirio con su gran vestíbulo. Le echo un vistazo al sector abnegado a través de una de las pantallas, después salgo de mi estupor y busco a Zeke. Está sentado a un escritorio de la pared de la derecha, escribiendo algo en un cuadro de diálogo que ocupa la mitad izquierda de la pantalla mientras aparece una grabación del Pozo en la parte derecha. En la sala todos llevan auriculares; supongo que escuchan lo que sea que estén observando.
—Zeke —lo llamo en voz baja.
Algunos me miran como si me regañaran por colarme, pero nadie dice nada.
—¡Hola! Me alegro de que hayas venido, estoy muerto de abu… ¿Qué te pasa?
Su mirada pasa de mi cara a mi puño, todavía cerrado en torno al papel. No sé cómo explicarlo, así que no lo intento.
—Necesito ver la grabación del pasillo de mi piso. De las últimas cuatro horas, más o menos. ¿Me ayudas?
—¿Por qué? —pregunta Zeke—. ¿Qué ha pasado?
—Alguien ha entrado en mi casa. Quiero saber quién ha sido.
Él mira a su alrededor para comprobar que no nos observa nadie. Ni nos escucha.
—Mira, no puedo hacerlo, ni siquiera nosotros tenemos permiso para ver grabaciones específicas, a no ser que nos encontremos con algo raro. Todo va por turnos…
—Me debes un favor, ¿te acuerdas? No te lo pediría si no fuera importante.
—Sí, lo sé.
Zeke mira de nuevo a su alrededor, cierra el cuadro de diálogo que tenía abierto y abre otro. Observo el código que introduce para extraer la grabación deseada y me sorprende descubrir que entiendo una parte gracias a la clase de hoy. Aparece una imagen en pantalla en la que se ven los pasillos de Osadía cercanos al comedor. Da un toquecito en la pantalla y otra imagen la sustituye, esta vez del interior del comedor; la siguiente es del estudio de tatuajes, después del hospital.
Sigue avanzando por el complejo de Osadía mientras veo pasar las imágenes que muestran instantes de la vida normal de los osados, gente jugando con sus tatuajes mientras hace cola para conseguir ropa nueva, otros practicando puñetazos en la sala de entrenamiento. Veo a Max en su despacho un segundo, sentado en una de las sillas, con una mujer enfrente. Una mujer rubia con el pelo recogido en un moño. Pongo una mano en el hombro de Zeke.
—Espera —le digo, y el papel que llevo en la mano parece un poco menos urgente—. Retrocede.
Lo hace, y confirmo lo que sospechaba: Jeanine Matthews está en el despacho de Max con una carpeta en el regazo. Lleva la ropa planchada a la perfección y se sienta muy recta. Le quito los auriculares a Zeke, que frunce el ceño, aunque no me detiene.
Las voces de Max y Jeanine se oyen bajas, pero se oyen.
—Lo he reducido a seis —dice Max—. Diría que está bastante bien para ser… ¿Qué? ¿El segundo día?
—Esto es poco eficiente —responde Jeanine—. Ya tenemos un candidato, me aseguré de ello. Ese era el plan desde el principio.
—Nunca me preguntaste mi opinión sobre el plan, y esta es mi facción —dice Max, tenso—. No me gusta ese chico, y no quiero pasarme el resto de mis días trabajando con una persona que no me gusta. Así que tendrás que permitirme, al menos, encontrar a otro que cumpla todos los criterios…
—Vale —lo interrumpe ella, levantándose con la carpeta pegada al estómago—. Pero cuando no lo consigas, espero que lo reconozcas. No tengo paciencia con el orgullo osado.
—Sí, porque los eruditos sois la viva imagen de la humildad.
—Eh —me dice Zeke entre dientes—. Mi supervisor está mirando. Devuélveme los auriculares.
Me los quita de la cabeza y, al sacarlos, me tira de las orejas, dejándomelas doloridas.
—Si no sales de aquí me quedaré sin trabajo —insiste Zeke.
Parece serio y preocupado. No pongo objeciones, aunque ni siquiera he averiguado lo que quería saber; ha sido culpa mía, por distraerme. Salgo sin hacer ruido de la sala de control. El cerebro me va a mil por hora; una parte de mí sigue aterrada con la idea de que mi padre estuviera en mi piso, de que quiera reunirse conmigo a solas en una calle abandonada en plena noche; la otra parte de mí sigue desconcertada por lo que acaba de oír. «Ya tenemos un candidato, me aseguré de ello». Deben de haber estado hablando del candidato para el liderazgo de Osadía.
Pero ¿por qué le preocupa a Jeanine Matthews quién sea elegido como próximo líder de los osados?
Regreso a mi piso sin darme cuenta, me siento en el borde de la cama y me quedo mirando la pared de enfrente. «¿Por qué quiere Marcus reunirse conmigo? ¿Por qué están tan metidos los eruditos en la política osada? ¿Es que Marcus quiere matarme sin testigos? ¿O quiere advertirme sobre algo o amenazarme…? ¿De qué candidato hablaban?».
Me aprieto la frente con las manos para intentar calmarme, aunque los nervios son como un hormigueo en la nuca. Ahora mismo no puedo hacer nada sobre lo de Max y Jeanine. Lo que tengo que decidir es si voy a la reunión de esta noche.
«El día que más odiabas». Pensaba que Marcus no se fijaba en mí, que no se fijaba en las cosas que me gustaban o que odiaba. Solo parecía considerarme un inconveniente, una molestia. Sin embargo, ¿acaso no descubrí hace unas semanas que sabía que las simulaciones no funcionarían conmigo y que intentó ayudarme a evitar el peligro? A pesar de todas las cosas horribles que me ha hecho y me ha dicho, sigue siendo mi padre. Por eso me invita a esta reunión, e intenta demostrármelo diciéndome que me conoce, que sabe lo que odio, lo que me gusta, lo que temo.
No sé por qué la idea me llena de esperanza, a pesar del tiempo que llevo odiándolo. Pero puede que, del mismo modo que en el fondo él es mi padre, también yo sea su hijo.
El pavimento todavía desprende el calor del sol cuando salgo del complejo de Osadía, a la una y media de la madrugada. Lo noto en la punta de los dedos. Las nubes cubren la luna, así que las calles están más oscuras de lo normal, aunque no me da miedo la oscuridad, ni las calles. Ya no. Eso es lo que aprendes después de darle una paliza a un puñado de iniciados de Osadía.
Respiro el olor a asfalto caliente y empiezo a correr con tranquilidad, pendiente del ruido de mis zapatillas sobre el suelo. Las calles que rodean el sector osado de la ciudad están vacías; mi facción vive apiñada, como una jauría de perros dormidos. Me doy cuenta de que por eso Max parecía tan preocupado al verme vivir solo: si de verdad soy osado, ¿no querría que mi vida se solapara todo lo posible con la de ellos? ¿No debería procurar integrarme en mi facción hasta que ambos seamos inseparables?
Lo medito mientras corro. A lo mejor está en lo cierto. A lo mejor no me estoy integrando bien; a lo mejor no estoy presionándome lo suficiente. Corro a un ritmo constante y entorno los ojos para mirar los carteles al pasar, para saber por dónde voy. Me doy cuenta de cuándo llego al anillo de edificios que ocupan los abandonados porque veo sus sombras moverse detrás de las ventanas oscurecidas y bloqueadas con tablas. Me pongo a correr bajo las vías del tren, donde el enrejado de madera se extiende hacia el horizonte, alejándose de la calle.
El Centro crece de tamaño a medida que me acerco. Me late con fuerza el corazón, aunque no creo que sea de la carrera. Me detengo abruptamente cuando llego al andén y me quedo al pie de la escalera para intentar recuperar el aliento mientras recuerdo cuándo subí estos escalones por primera vez, el mar de osados ruidosos que se movía a mi alrededor y me empujaba adelante. Me resultó sencillo dejarme llevar por su impulso. Ahora tengo que confiar en mis propias fuerzas. Empiezo a subir. Las pisadas arrancan ecos del metal y, cuando llego arriba, miro la hora.
Las dos en punto.
Pero el andén está vacío.
Me paseo por él para asegurarme de que no haya figuras oscuras ocultas en oscuras esquinas. Un tren retumba a lo lejos, y me detengo para mirar la luz de su morro. No sabía que circularan trenes a estas horas; se supone que la ciudad debe apagar todas las luces a medianoche para ahorrar energía. Me pregunto si Marcus le habrá pedido a los abandonados un favor especial. Pero ¿por qué iba a viajar en tren? El Marcus Eaton que conozco nunca se habría atrevido a relacionarse tan directamente con Osadía. Habría preferido caminar descalzo por la calle.
La luz del tren parpadea una sola vez antes de pasar corriendo junto al andén. Traquetea y golpea, frena, pero no se detiene, y veo a una persona saltar del penúltimo vagón, una figura esbelta y ágil. No es Marcus. Es una mujer.
Aprieto el papel cada vez más fuerte hasta que me duelen los nudillos.
La mujer camina hacia mí dando grandes zancadas y, cuando está a pocos metros, la veo. Pelo largo y rizado. Prominente nariz aguileña. Pantalones negros osados, camisa gris abnegada, botas marrones cordiales. Tiene el rostro arrugado, cansado, delgado. Pero la reconozco, jamás podré olvidar su cara, la cara de mi madre, Evelyn Eaton.
—Tobias —dice sin aliento y con los ojos como platos, como si estuviera tan sorprendida de verme como yo de verla a ella, aunque eso sea imposible.
Ella sabía que yo seguía vivo, mientras que yo recuerdo el aspecto de la urna con sus cenizas sobre la repisa de la chimenea, las huellas de mi padre sobre ella.
Recuerdo el día que desperté y me encontré con un grupo de serios abnegados en la cocina de mi padre, y cómo todos levantaron la vista cuando entré y Marcus me explicó, con una compasión que yo sabía que no sentía, que mi madre había fallecido durante la noche por las complicaciones de un parto prematuro y un aborto.
«¿Estaba embarazada?», recuerdo haber preguntado.
«Claro que sí, hijo. —Se volvió hacia los demás—. Es por la conmoción, por supuesto. Es algo que cabía esperar en una situación como esta».
Recuerdo haberme sentado en el salón frente a un plato lleno de comida con un grupo de abnegados murmurando a mi alrededor. Mi casa estaba a reventar, con todo el barrio dentro, y nadie decía nada que me importase.
—Sé que esto debe de resultarte… inquietante —me dice.
Apenas reconozco su voz; es más grave, más fuerte y más dura que en mis recuerdos, y por eso sé que los años la han cambiado. Siento demasiadas cosas a la vez para lograr gestionarlas, las siento con demasiada intensidad para hacerlo, y, de repente, no siento nada.
—Se supone que estás muerta —digo sin más.
Es una estupidez. Es una estupidez decirle algo así a tu madre cuando regresa de entre los muertos, pero estoy en una situación estúpida.
—Lo sé —responde, y creo ver lágrimas en sus ojos, aunque está demasiado oscuro para saberlo con certeza—. No estoy muerta.
—Obviamente. —La voz que me sale de entre los labios es sarcástica y relajada—. ¿Estabas embarazada, al menos?
—¿Embarazada? ¿Es lo que te contaron, que había muerto en el parto o algo así? —Sacude la cabeza—. No, no estaba embarazada. Llevaba varios meses planificando mi huida… Necesitaba desaparecer. Creía que Marcus te lo contaría cuando fueras lo bastante mayor.
Dejo escapar una carcajada que parece un ladrido.
—Creíste que Marcus Eaton reconocería que su mujer lo había abandonado. Que lo reconocería ante mí.