Cronopaisajes

Cronopaisajes


1 REGRESO AL PRESENTE » Algo para nosotros temponautas

Página 7 de 43

—En mi opinión, estás loco, Addi —dijo Benz—. Pero parece que ahora mismo soy minoría.

—Si tiene razón —dijo Crayne—, si, por una posibilidad entre mil millones, lo estamos repitiendo una y otra vez, estaría justificado.

—¿Podemos ir a ver a Merry Lou? —dijo Addison Doug—. ¿Podemos ir ahora a su casa?

—Está esperando fuera —dijo Crayne.

A grandes zancadas, el general Toad se situó junto a los tres temponautas y dijo:

—¿Sabe?, lo que hizo que se tomase esta decisión fue la reacción pública al aspecto que tenía usted, Doug, y a cómo se comportó durante la procesión funeraria. Los consejeros de la NSC llegaron a la conclusión de que el público preferiría, al igual que ustedes, asegurarse de que todo había terminado para ustedes. Que le alivia más saber que se han liberado de la misión que salvar el proyecto y obtener una reentrada perfecta. Supongo que les causó una impresión inolvidable, Doug. Esos gimoteos… —A continuación se alejó, dejando a los tres a solas.

—Olvídate de él —le dijo Crayne a Addison Doug—. Olvídate de cualquiera como él. Tenemos que hacer lo que tengamos que hacer.

—Merry Lou me lo aclarará —dijo Doug. Ella sabría qué hacer, qué era lo correcto.

—Iré a buscarla —dijo Crayne—, y después los cuatro podremos ir a algún sitio, quizás a su casa, y decidir qué hacer. ¿Vale?

—Gracias —dijo Addison Doug, asintiendo; miró a su alrededor esperanzado, preguntándose dónde estaría. Quizás en la sala contigua, en algún lugar cercano—. Te lo agradezco —dijo.

Benz y Crayne se miraron. Addison se dio cuenta, pero no sabía qué significaba. Sólo sabía que necesitaba a alguien, Merry Lou sobre todo, para ayudarle a comprender la situación. Y qué decidir para sacarlos de ella.

Merry Lou condujo al norte desde Los Ángeles por el carril superrápido de la autopista hacia Ventura, y desde ese punto interior hasta Ojai. Los cuatro hablaron poco. Merry Lou conducía bien, como siempre; apoyándose en ella, Addison se sintió relajarse hacia una especie de paz interior provisional.

—No hay nada como dejar que una chica conduzca —dijo Crayne, después de muchas millas en silencio.

—Es una sensación aristocrática —murmuró Benz—. Que una mujer conduzca. Como si fueses un noble con chófer.

Merry Lou dijo:

—Hasta que choque con algo. Algún enorme objeto lento.

Addison dijo:

—Cuando me viste acercarme a tu casa… siguiendo el sendero de secuoya el otro día. ¿Qué pensaste? Dime la verdad.

—Parecía —dijo la muchacha— como si lo hubieses hecho muchas veces. Tenías aspecto agotado y cansado… listo para morir. Al final… —Vaciló—. Lo lamento, pero ése es el aspecto que tenías, Addi. Pensé para mí: se sabe demasiado bien el camino.

—Como si lo hubiese recorrido muchas veces.

—Sí —dijo ella.

—En ese caso, voto por la implosión —dijo Addison Doug.

—Bien…

—Sé sincera conmigo —dijo.

Merry Lou dijo:

—Mira en el asiento trasero. La caja que hay en el suelo.

Con la ayuda de una linterna sacada de la guantera, los tres hombres examinaron la caja. Addison Doug vio con temor el contenido. Piezas de motor de VW, oxidadas y gastadas. Todavía engrasadas.

—Los cogí de la parte de atrás de un garaje de coches extranjeros cercano a mi casa —dijo Merry Lou—. De camino a Pasadena. La primera basura que vi que parecía lo suficientemente pesada. Les oí decir en televisión en el momento del lanzamiento que cualquier cosa por encima de veinticinco kilos…

—Bastará —dijo Addison Doug—. Bastó.

—Así que no tiene sentido ir a su casa —dijo Crayne—. Está decidido. Bien podríamos dirigirnos al sur hacia el módulo. E iniciar el procedimiento para salir de ATE. Y de vuelta a la reentrada. —La voz sonaba áspera pero tranquila—. Gracias por su voto, señorita Hawkins.

Ella respondió:

—Todos están tan cansados…

—Yo no —dijo Benz—. Estoy cabreado. Cabreado del todo.

—¿Conmigo? —preguntó Addison Doug.

—No lo sé —dijo Benz—. Simplemente… ¡demonios! —Adoptó un silencio tristón. Inclinado, frustrado e inerte. Alejado en la medida de lo posible de los otros ocupantes del coche.

En la siguiente intersección de la autopista, Merry Lou viró el coche al sur. Ahora parecía estar repleta de una sensación de libertad, y Addison Doug empezó a sentir que parte de la carga y la fatiga empezaba a desvanecerse.

En la muñeca de los tres hombres, el receptor de emergencia comenzó a emitir el tono de aviso; todos dieron un salto.

—¿Qué fue eso? —dijo Merry Lou, reduciendo la velocidad del coche.

—Debemos hablar con el general Toad por teléfono lo antes posible —dijo Crayne. Señaló—. Hay una estación justo ahí; coja la siguiente salida, señorita Hawkins. Podemos llamar desde ahí.

Unos pocos minutos después Merry Lou detuvo el coche junto a la cabina exterior.

—Espero que no sean malas noticias —dijo.

—Hablaré primero —dijo Doug, bajando. «Malas noticias —pensó con trabajosa diversión—. ¿Como qué?» Recorrió pesadamente el espacio hasta la cabina, se metió dentro, cerró la puerta, echó una moneda de diez centavos y marcó el número gratuito.

—¡Vaya si tengo noticias! —dijo el general Toad cuando la operadora le pasó—. Es una suerte haber contactado con ustedes. Un minuto… voy a dejar que el doctor Fein se lo cuente él mismo. Es más probable que le crea a él que a mí. —Varios chasquidos y a continuación la voz aflautada, precisa y académica del doctor Fein, pero amplificada por la emergencia.

—¿Cuáles son las malas noticias? —dijo Addison Doug.

—No son necesariamente malas —dijo el doctor Fein—. He ejecutado algunos cálculos desde la discusión y parecería, con lo que quiero decir que es estadísticamente probable pero todavía no se ha verificado hasta la certidumbre, que usted tiene razón, Addison. Se encuentran en un bucle temporal cerrado.

Addison Doug exhaló con fuerza. «Madre autocrática de ninguna parte —pensó—. Probablemente siempre lo has sabido.»

—Sin embargo —dijo el doctor Fein emocionado, tartamudeando un poco—, también calculo, lo hacemos conjuntamente, en general por medio de Cal Tech, que la mayor probabilidad de mantener el bucle se da implosionando en la reentrada. ¿Me comprende, Addison? Si cargan con todas esas piezas oxidadas de VW e implosionan, la probabilidad estadística de cerrar el bucle por siempre es mucho mayor que si se limitan a reentrar y todo va bien.

Addison Doug no dijo nada.

—De hecho, Addi, y ésta es la parte importante que debo recalcar, una implosión en la reentrada, especialmente del tipo masivo y calculado que estamos planeando… ¿me comprende, Addi? ¿Me estoy haciendo entender? ¿Por amor de Dios, Addi? Virtualmente garantiza el establecimiento de un bucle absolutamente inflexible como el que tiene en mente. Del tipo que nos ha preocupado desde el principio. —Una pausa—. ¿Addi? ¿Sigue ahí?

Addison Doug:

—Quiero morir.

—Eso es el cansancio debido al bucle. Dios sabe cuántas repeticiones han tenido ustedes tres…

—No —dijo y empezó a colgar.

—Déjeme hablar con Benz y Crayne —dijo el doctor Fein con rapidez—. Por favor, antes de que sigan con la reentrada. Especialmente con Benz; me gustaría especialmente hablar con él. Por favor, Addison. Por ellos; su agotamiento casi absoluto ha…

Colgó. Abandonó la cabina paso a paso.

Al subir de nuevo al coche, oyó los otros dos receptores todavía zumbando.

—El general Toad ha dicho que la llamada automática hará que vuestros dos receptores sigan sonando durante un rato —dijo. Y cerró la portezuela—. Vamos.

—¿No quiere hablar con nosotros? —dijo Benz.

Addison Doug dijo:

—El general Toad quería informarnos de que tienen algo para nosotros. Han votado una citación especial del Congreso por valor y algunas otras majaderías. Una medalla especial que no habían dado antes. Para que se nos entregue postumamente.

—Bien, demonios… es la única forma en que nos las pueden dar —dijo Crayne.

Merry Lou, al arrancar el motor, empezó a llorar.

—Será un alivio —dijo Crayne a su tiempo, al regresar sobre los baches a la autopista— cuando esto acabe.

En las muñecas, los receptores de emergencia seguían emitiendo los zumbidos.

—Te mordisquearán hasta la muerte —dijo Addison Doug—. El desgaste continuo de distintas voces burocráticas.

Los otros ocupantes del coche se giraron para mirarle inquisitivos, con incomodidad mezclándose con la perplejidad.

—Sí —dijo Crayne—. Estas alertas automáticas son un verdadero incordio. —Sonaba cansado. «Tan cansado como yo», pensó Addison Doug. Y, al comprenderlo, se sintió mejor. Demostraba que tenía razón.

Grandes gotas de agua golpearon el parabrisas; había empezado a llover. Eso también le agradaba. Le recordaba la más exaltada de todas las experiencias en su corta vida: la comitiva fúnebre recorriendo lentamente la avenida Pensilvania, los ataúdes cubiertos por banderas. Cerrando los ojos, se recostó y se sintió bien al fin. Y, en su cabeza, soñó con la medalla especial del Congreso. Por agotamiento, pensó. Una medalla por estar cansado.

Se vio, en la cabeza, a sí mismo en otros desfiles, y en las muertes de muchos. Pero en realidad era una sola muerte y un solo desfile. Lentos coches desplazándose por la calle de Dallas y también con el doctor King… Se vio a sí mismo regresando una y otra vez, en su círculo cerrado de vida, hasta el día de duelo nacional que ni él ni ellos podían olvidar. Estaría allí; siempre estarían allí; siempre sería, y todos ellos regresarían juntos una y otra vez por siempre. Al lugar, el momento, en que querían estar. El acontecimiento que más sentido tenía para todos ellos.

Éste era su regalo para ellos, el pueblo, su país. Había depositado sobre el mundo una carga maravillosa. El terrible y fatigoso milagro de la vida eterna.

Ir a la siguiente página

Report Page