Costumbres en común
Introducción de Julio Martínez-Cava
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[897] Bartlett, T., «An end to moral economy: the Irish militia disturbances of 1793», en Philpin, C. H. E. (ed.), Nationalism and popular protest in Ireland, Cambridge, 1987.
[898] Greenough, P. R., «Indian famines and peasant victims: the case of Bengal in 1943-1944», Modern Asian Studies, XIV, 2 (1980), p. 207.
[899] Véase Scott, Weapons of the weak, cap. 8, excelente estudio de la «hegemonía» en este sentido cotidiano.
[900] Véase también Keyes, C. F., «Economic action and Buddhist morality in a Thai village». Journal of Asian Studies, XLII, 4 (1983).
[901] Greenough, P. R., Prosperity and misery in modern Bengal, Oxford, 1982, esp. cap. 1. Greenough saca su crónica de la cosmología hindú y no dice nada sobre las diferencias entre los habitantes hindúes y musulmanes de los pueblos.
[902] Greenough, P. R., «Indulgence and abundance as Asian peasant values: a Bengali case in point». Journal of Asian Studies, XLII, 4 (1983), p. 842.
[903] Greenough, Prosperity and misery, pp. 266-267.
[904] Ibid., p. 268.
[905] Ibid., p. 271.
[906] Ibid., pp. 215-225, e «Indian famines and peasant victims», pp. 225-233.
[907] Vaughan, M., «Famine analysis and family relations: 1949 in Nyasaland», Past and Present, 108 (1985), presenta ejemplos parecidos y perturbadores del abandono de los ancianos, los niños y los incapacitados, así como de maridos que abandonan a la familia: y Vaughan, M., The story of an African famine: gender and famine in twentieth-century Malawi, 1987.
[908] Puede que algunos hombres abandonaran a la familia con la esperanza de encontrar trabajo (y enviar remesas) o con la expectativa de que en su ausencia los parientes de su esposa o las instituciones benéficas del pueblo mantendrían a la familia. Es posible que se animase a las mujeres a pedir limosna como último recurso para no pasar hambre. De modo parecido, cabe que la venta de niños fuera una última estrategia para asegurar la supervivencia de los pequeños. (Greenough da por sentado que «el motivo dominante» para vender niños era conseguir dinero para la comida de los padres o, en caso contrario, ¡«para librarse de los intolerables gritos de los niños pidiendo de comer»!: Prosperity and misery, p. 221). En su crónica de la mortalidad según las diferencias de edad durante las plagas de hambre (ibid., cap. 6) Greenough no hace ningún intento de relacionar esto con las conclusiones de la demografía histórica en lo que se refiere a las tendencias que se encuentran comúnmente durante la crisis de subsistencias. A decir verdad, su forma de tratar los estudios históricos y demográficos es desdeñosa: véase Arnold, D., Famine, pp. 89-90.
[909] Prosperity and misery, pp. 215 y 264. Cf. Greenough, «Indulgence and abundance», pp. 832-833: los cabezas de la unidad doméstica «abandonan fríamente» a las personas que dependen de ellos, en «una realización extrema de los valores patriarcales nucleares […], se hace aceptable encauzar las amenazas de extinción hacia actores menos esenciales como son los clientes, las mujeres y los niños».
[910] «Indulgence and abundance», p. 847.
[911] Ibid., p. 847; Prosperity and misery, pp. 270-271.
[912] Ibid., p. 268.
[913] «Indulgence and abundance», p. 846.
[914] Ibid., p. 848.
[915] Véase mi ensayo «The crime of anonymity», en Hay, Linebaugh y Thompson, Albion’s fatal tree, esp. «Sampler of letters», pp. 326-343. Pero hasta estas cartas son producciones estudiadas y «literarias».
[916] Alegato de la Corona en PRO, TS 11/1188/5956. No he podido averiguar qué le ocurrió a Walter Stephens. Su nombre no aparece en el Calendario de Presos en TS 11/995/3707. Puede que retirasen las acusaciones contra él, o puede que fuese el Thomas Stephens encarcelado por amotinarse y por diversos desafueros y felonías quien aparece en el Calendario con una anotación de «absuelto».
06
Tiempo, disciplina
de trabajo y capitalismo
industrial
Teníamos un viejo sirviente cuyo nombre era Wright trabajando constantemente, aunque con paga semanal, de oficio era carpintero de carros […]. Ocurrió una mañana que un carro se estropeó en el camino […], fuimos a buscar al viejo para que lo reparase donde estaba; mientras se hallaba ocupado con su trabajo, pasa un paisano que le conocía y le saluda con el cumplido acostumbrado: «Buenos días, padre Wright, buena suerte con tu trabajo»; el anciano alza los ojos para mirarle […] y, con una especie de hosquedad agradable, contestó: «Lo mismo me da que la tenga o que no, es día de trabajo».
DANIEL DEFOE, The great law of subordination considered;Or the insolence and insufferable behaviour of servants in England duly enquired into (1724)
Para la parte superior de la humanidad el tiempo es un enemigo, y […] su principal trabajo es matarlo; mientras que para los demás el tiempo y el dinero son casi sinónimos.
HENRY FIELDING, An enquiry into the causes of the late increase of robbers (1751)
Tess […] ascendió por el oscuro y tortuoso callejón o calle que no estaba pensado para avanzar con rapidez; una calle hecha antes de que tuvieran valor las pulgadas de terreno y cuando los relojes de una sola manecilla dividían el día suficientemente.
THOMAS HARDY
I
Es un lugar común que los años que van de 1300 a 1650 vieron importantes cambios en la percepción del tiempo, en la cultura intelectual de Europa Occidental.[917] En los Cuentos de Canterbury, el gallo todavía aparece en su papel inmemorial de reloj de la naturaleza: Chauntecleer.
Levantó los ojos hacia el resplandeciente sol
(que había recorrido en el signo de Tauro poco más de veintiún grados),
y conoció, por instinto, y por aprendizaje alguno, que era la hora de prima.
En consecuencia cantó con voz jovial.[918]
Pero a pesar de que «Conocía por instinto cada grado ascendente del círculo equinoccial» el contraste entre el tiempo «de la naturaleza» y del reloj se destaca en la imagen:
Era más grata su voz que el órgano que sonaba en la iglesia los días de misa,
y su cantar mucho más infalible que un reloj de abadía.[919]
Es este un reloj muy antiguo: Chaucer (contrariamente a Chauntecleer) vivía en Londres y conocía las horas de la corte, la organización urbana y ese «tiempo del comerciante» que Jacques Le Goff, en un estimulante artículo de Annales, ha contrastado con el tiempo de la Iglesia medieval.[920] No me interesa polemizar sobre la medida en que el cambio se debió a la difusión de los relojes desde el siglo xiv en adelante o en qué medida era esto en sí mismo síntoma de una nueva disciplina puritana y exactitud burguesa. Como quiera que lo consideremos, el cambio se ha producido con toda certeza. El reloj sube al escenario isabelino, convirtiendo el último soliloquio de Fausto en un diálogo con el tiempo: «Aún se mueven los astros, el tiempo corre, el reloj va a sonar». El tiempo sideral, presente desde que empezara la literatura, se ha trasladado, en un solo movimiento, de los cielos al hogar. La mortalidad y el amor se sienten con más intensidad mientras «el lento avanzar de la manecilla en movimiento»[921] cruza la esfera. Cuando el reloj se lleva alrededor del cuello descansa próximo a los latidos menos regulares del corazón. Las convencionales imágenes isabelinas del tiempo como tirano devorador, mutilador y sangriento, como segador de guadaña, son ya antiguas, pero tienen una nueva inminencia e insistencia.[922]
Con el avanzar del siglo XVII la imagen del mecanismo de relojería se extiende, hasta que, con Newton, ha absorbido el universo. Y hacia mediados del siglo XVIII (si hemos de creer a Sterne) el reloj ha penetrado en niveles más íntimos. Porque el padre de Tristram Shandy —«en todo lo que hacía era […] de lo más metódico»— «se había impuesto como norma durante muchos años de su vida dar cuerda a un gran reloj que se encontraba tras la escalera de la casa, la noche de cada domingo de mes durante todo el año». «Probablemente llegó de modo gradual a programar con idéntica frecuencia algunas otras pequeñas obligaciones conyugales», y esto permitió a Tristram fechar su concepción con toda exactitud. También provocó The clockmaker’s outcry against the author:
Las instrucciones que había recibido para la confección de varios relojes para el país han sido revocadas; porque ninguna dama recatada se atreve hoy a decir una palabra con respecto a dar cuerda al reloj, sin exponerse a las furtivas miradas y las bromas maliciosas de la familia […]. Más aún, la expresión corriente de las mujeres de la vida es: «Señor, ¿quiere que dé cuerda a su reloj?».
Virtuosas matronas (se lamentaba el «relojero») están relegando sus relojes a los cuartos trasteros porque «estimulan los actos de carnalidad».[923]
Pero no es probable que estas impresiones poco precisas hagan progresar la cuestión que nos ocupa: ¿hasta qué punto y en qué forma afectó este cambio en el sentido del tiempo a la disciplina de trabajo, y hasta qué punto influyó en la percepción interior del tiempo de la gente trabajadora? Si la transición a la sociedad industrial madura supuso una severa reestructuración de los hábitos de trabajo —nuevas disciplinas, nuevos incentivos y una nueva naturaleza humana sobre la que pudieran actuar estos incentivos de manera efectiva—, ¿hasta qué punto está todo esto en relación con los cambios en la representación interna del tiempo?
II
Es sabido que entre pueblos primitivos la medida del tiempo está generalmente relacionada con los procesos habituales del ciclo de trabajo o las tareas domésticas. Evans-Pritchard ha analizado el sentido del tiempo de los nueres:
El horario diario es el del ganado, la ronda de las tareas de pastoreo, y el paso del tiempo a través de un día es, para un nuer, primordialmente la sucesión de dichas tareas y sus relaciones mutuas.
Entre los nandis se desarrolló una definición ocupacional del tiempo que no solamente cubría todas las horas, sino también las medias horas del día —a las 5.30 de la mañana los bueyes han ido al lugar de apacentamiento, a las 6 se ha soltado a las ovejas, a las 6.30 el sol ha crecido, a las 7.30 las cabras han ido a pastar, etc.—, una economía extraordinariamente bien regulada. De forma similar se desarrollan los términos en que se miden los intervalos de tiempo. En Madagascar una forma de medir el tiempo es «una cocción de arroz» (alrededor de media hora) o «la fritura de una langosta» (un momento). A los nativos de Cross River se les oyó decir que «el hombre murió en menos tiempo que tarda el maíz en quedar completamente tostado» (menos de quince minutos).[924]
No es difícil encontrar ejemplos de esto más próximos a nosotros en tiempo cultural. Así, en el Chile del siglo XVII, el tiempo se medía con frecuencia en «credos»: en 1647 se describió la duración de un terremoto como el periodo de dos credos; mientras que se determinaba el tiempo de cocción de un huevo por la duración de un avemaría en voz alta. En época reciente, en Birmania, los monjes se levantaban al amanecer «cuando hay suficiente luz para ver las venas de las manos».[925] El Oxford English Dictionary ofrece algunos ejemplos ingleses: «pater noster wyle», «miserere whyle» (1450); y (en el New English Dictionary, pero no en el Oxford English Dictionary) «tiempo de orinar», una medida un tanto arbitraria.
Pierre Bourdieu ha explorado más de cerca las actitudes ante el tiempo del campesino kabileño (en Argelia) en años recientes: «Una actitud de sumisión y de impasible indiferencia al paso del tiempo que nadie sueña siquiera en dominar, utilizar o ganar […]. La prisa se considera una falta de decoro combinada con una ambición diabólica». El reloj se conoce a veces como «el molino del diablo»; no hay horas precisas de comer; «la noción de una cita exacta es desconocida; solo aceptan encontrarse “en el próximo mercado”». Hay una canción popular que dice:
Es inútil perseguir el mundo. Nadie lo alcanzará.[926]
Synge, en su bien observado relato sobre las islas Aran, nos ofrece un ejemplo clásico;
Mientras paseo con Michael, alguien se me acerca a menudo para preguntarme la hora. Poca de esta gente, sin embargo, está lo suficientemente acostumbrada al tiempo moderno para comprender más que de una forma imprecisa la convención de las horas, y cuando se la digo, es por mi reloj por lo que no quedan satisfechos y preguntan cuánto les queda hasta el atardecer.[927]
El conocimiento general del tiempo en esta isla depende, curiosamente, de la dirección del viento. Prácticamente todas las chozas se construyen […] con dos puertas, una frente a la otra, de las cuales la más protegida se mantiene abierta todo el día para que dé luz al interior. Si sopla viento norteño, se abre la puerta sur y la sombra de la jamba de la puerta indica la hora en su movimiento sobre el suelo de la cocina; tan pronto como el viento cambia, viniendo del sur, se abre la otra puerta, y las gentes, a las que jamás se les ha ocurrido utilizar ni siquiera una esfera primitiva, se encuentran perdidas […].
Cuando el viento es del norte, la anciana prepara mis comidas con cierta regularidad; pero en los demás días me hace con frecuencia el té a las tres en lugar de a las seis.[928]
Naturalmente, una indiferencia tal ante las horas del reloj solo se podía dar en una comunidad de pequeños agricultores y pescadores con una estructura mínima de comercialización y administración, y en la cual las tareas cotidianas (que pueden variar desde pescar a labrar la tierra, construir, remendar las redes, bardar, hacer una cuna o un ataúd) parecen revelarse ante los ojos del labrador por la lógica de la necesidad.[929] Pero esta exposición nos servirá para destacar los condicionamientos esenciales en las distintas notaciones del tiempo que proporcionan las diferentes situaciones de trabajo y su relación con los ritmos «naturales». Está claro que los cazadores deben utilizar ciertas horas de la noche para colocar sus trampas. Los pueblos pescadores y marineros tienen que integrar sus vidas con las mareas. Una petición de Sunderland de 1800 incluye las palabras «considerando que es este un puerto de mar en el cual mucha gente se ve obligada a permanecer levantada toda la noche para atender a las mareas y a sus asuntos en el río».[930] La frase operativa es «atender las mareas»: la organización del tiempo social en el puerto se ajusta a los ritmos del mar; y esto parece natural y comprensible al pescador o el marinero: la compulsión pertenece a la naturaleza.
De manera similar, el trabajar de amanecer a anochecer puede parecer «natural» en una comunidad agrícola, especialmente durante los meses de cosecha: la naturaleza exige que se recolecte el grano antes de que comiencen las tormentas. Y se pueden observar ritmos de trabajo igualmente «naturales» relacionados con otras ocupaciones rurales e industriales: hay que ocuparse de las ovejas mientras crían y guardarlas de los depredadores; hay que ordeñar las vacas; se debe vigilar el fuego del carbón y no permitir que llegue a quemar la turba (y los carboneros tienen que dormir a su lado); una vez que se comienza la producción de hierro, no se puede permitir que fallen los hornos.
La notación del tiempo que surge de estos contextos ha sido descrita como «orientación al quehacer». Es quizá la orientación más efectiva en las sociedades campesinas y es importante en las industrias locales pequeñas y domésticas. No ha perdido de ninguna manera toda su relevancia en ciertas zonas rurales de la Inglaterra actual. Se pueden proponer tres puntos sobre la orientación al quehacer. El primero es que, en cierto sentido, es más comprensible humanamente que el trabajo regulado por horas. El campesino o trabajador parece ocuparse de lo que es una necesidad constatada. En segundo lugar, una comunidad donde es normal la orientación al quehacer parece mostrar una demarcación menor entre «trabajo» y «vida». Las relaciones sociales y el trabajo están entremezclados —la jornada de trabajo se alarga o contrae de acuerdo con las labores necesarias— y no existe mayor sentido de conflicto entre el trabajo y el «pasar el tiempo». En tercer lugar, al hombre acostumbrado al trabajo regulado por reloj, esta actitud hacia el trabajo le parece antieconómica y carente de apremio.[931]
Una diferenciación tan clara supone, desde luego, como referente, al campesino o artesano independientes. Pero la cuestión de la orientación al quehacer se hace mucho más compleja en el caso de que el trabajo sea contratado, la economía familiar del pequeño agricultor puede estar en términos generales orientada al quehacer; pero dentro de ella puede existir una división del trabajo y una distribución de papeles, así como la disciplina de la relación patrón-empleado entre el campesino y sus hijos. Incluso en este caso empieza el tiempo a convertirse en dinero, dinero del patrón. Tan pronto como se utilizan verdaderos braceros, se señala el cambio, de orientación al quehacer a trabajo regulado. Es cierto que la regulación del trabajo puede hacerse sin reloj ninguno, y de hecho precede a la difusión del reloj. Pero, a mediados del siglo XVII, los campesinos acomodados calculaban sus expectativas sobre el trabajo contratado (como lo hizo Henry Best) en «jornadas»: «el Cunnigarth, con sus tierras bajas, supone cuatro largas jornadas regulares», etc.;[932] y lo que Best hizo en sus propias tierras, intentó presentarlo Markham de forma general:
Un hombre […] puede segar de cereal, como cebada y avena, si es grueso, leñoso y abatido hasta el suelo, trabajando bien, y no cortando las cabezas de las espigas, y dejando la caña aún en crecimiento, acre y medio al día: pero si el cereal es bueno, grueso y bien erguido, puede entonces segar dos acres o dos acres y medio al día; pero si el cereal es corto y fino, puede entonces segar tres, y a veces cuatro acres al día, y no trabajar en exceso.[933]
El cálculo es difícil y depende de muchas variables. Evidentemente, una forma directa de medir el tiempo era más conveniente.[934]
Esta forma de medir el tiempo encarna una relación simple. Los que son contratados experimentan una diferencia entre el tiempo de sus patronos y su «propio» tiempo. Y el patrón debe utilizar el tiempo de su mano de obra y ver que no se malgaste: no es el quehacer el que domina, sino el valor del tiempo al ser reducido a dinero. El tiempo se convierte en moneda: no pasa, sino que se gasta.
Este contraste puede observarse en cierta medida, en las actitudes hacia dinero y trabajo, en dos pasajes del poema de Stephen Duck «The thresher’s labour».[935] El primero describe una situación laboral que nosotros consideramos como normal en los siglos XIX y XX:
Rebotan las duelas de manzano silvestre de nuestros tablones,
y el eco de los graneros devuelve el golpeteo.
Vuelan al aire nuestras nudosas armas;
y con igual fuerza descienden después desde la altura:
abajo, arriba, tan bien marcan el tiempo
que los martillos de los cíclopes no pudieron repicar con más fidelidad […].
Desciende rítmicamente nuestro sudor en salados arroyos,
cayendo de nuestras guedejas o resbalando por la cara.
No conocemos interrupción en nuestro quehacer;
la ruidosa trilla siempre ha de seguir,
ausente el patrón, otros se solazan sin temor;
el trillador dormido se traiciona.
Ni siquiera para engañar la tediosa labor,
y que con dulzura sonrían los minutos que pasan,
podemos, como pastores, contar alegres historias,
la voz se pierde, ahogada por el estrepitoso golpear […].
Semana tras semana nos esforzamos en este duro quehacer,
hasta que los días de aventar traen algo nuevo;
nuevo sí, muchas veces peor,
el trillador solo se rinde ante la maldición de su patrón;
cuenta los sacos, cuenta las medidas del día,
y luego jura que hemos malgastado la mitad de la jornada.
¡Pero, pillos! ¿Pensáis que esto es bastante?
Vuestros vecinos trillan dos veces más.[936]
Esto parece describir la monotonía, la alienación del placer en el trabajo y el antagonismo de intereses que se atribuye generalmente al sistema fabril. El segundo pasaje describe la recolección:
Por fin descansa en filas el grano bien secado,
grata escena, listo para los graneros.
Bien contento mira el patrón la escena con regocijo,
y nosotros empleamos toda nuestra fuerza para transportarlo.
Pronto reina la confusión sobre los campos,
y llenan los oídos del trabajador clamores que le aturden;
las campanas y el restallar de los látigos alternan su sonido,
y retumban sobre el suelo los carros traqueteantes.
Metido el trigo, los guisantes y otros granos
comparten la misma suerte y pronto dejan la llanura pelada;
en clamoroso triunfo arranca la última carga,
y fuertes hurras proclaman el final de la cosecha.[937]
Es esta, por supuesto, una pieza establecida y obligatoria de la poesía agraria del siglo XVIII. Y también es cierto que se mantenía la moral del jornalero con las altas ganancias de la recolección. Pero sería un error considerar la situación de recolección en términos de respuesta directa a estímulos económicos. Es también un momento en el que los viejos ritmos colectivos rompen sobre los nuevos, y puede exhibirse una buena cantidad de folclore y hábitos rurales como evidencia que confirma la satisfacción psíquica y las funciones rituales —por ejemplo, el momentáneo olvido de diferencias sociales— del hogar de la cosecha. «¡Qué pocos saben hoy —escribe M. K. Ashby— lo que era participar en una cosecha hace noventa años! Aunque los desheredados no obtuvieron gran parte de los frutos, compartían, sin embargo, el éxito, la profunda dedicación y gozo de este».[938]
III
No está de ningún modo claro hasta qué punto estaba extendida la posibilidad de disponer de relojes precisos en la época de la Revolución Industrial. Desde el siglo xiv en adelante se erigieron relojes en iglesias y lugares públicos; la mayoría de las parroquias inglesas deben haber poseído un reloj de iglesia hacia finales del siglo XVI.[939] Pero la precisión de estos relojes es una cuestión polémica y se mantuvo el uso de relojes de sol (en parte para poner los demás en hora) en los siglos XVII, XVIII y XIX.[940]
Continuaron haciéndose donativos caritativos en el siglo XVII (algunas veces extendidos como «tierras de reloj», «tierras de din-don» o «tierras de campana de toque de queda») para que se tocaran las campanas al alba y se diera el toque de queda.[941] Así, Richard Palmer, de Wokingham (Berkshire), cedió en 1664 la administración de unas tierras para que se pagara al sacristán el toque de la campana grande todas las mañanas a las cuatro, o lo más aproximado posible a estas horas, desde el 10 de septiembre al 11 de marzo todos los años
no solo para que todos los que vivan a distancia que puedan oír su sonido sean así inducidos a un oportuno marchar a descansar por la noche y un temprano madrugar por la mañana para las labores y deberes de sus muchos quehaceres (cosas comúnmente atendidas y premiadas con frugalidad y pericia),
sino también para que los forasteros y otras personas que oyeran la campana en las noches de invierno «pudieran enterarse de la hora de la noche y recibir cierta orientación sobre el camino apropiado». Estos «fines racionales —creía— no podían sino ser muy del agrado de las gentes discretas, siendo lo mismo hecho y bien visto en la mayoría de las ciudades y mercados, y otros muchos lugares del reino». La campana recordaría también a los hombres su carácter pasajero, la resurrección y el juicio.[942] El sonido servía mejor que la vista, especialmente en distritos industriales en vías de desarrollo. En los distritos textiles del West Riding, en las Potteries (y probablemente en otros distritos), se utilizaba aún el cuerno para despertar a la gente por la mañana.[943] El labrador levantaba en ocasiones a sus propios braceros yendo a sus cabañas; y sin duda el aldabonazo de aviso empezó con las primeras fábricas.
Un gran avance en la precisión de los relojes domésticos se logró con la aplicación del péndulo en 1658. Los relojes de pared empezaron a difundirse más desde la década de 1660, pero los que tenían minutero (y agujas para las horas) se generalizaron bastante más tarde.[944] En cuanto a aparatos más transportables, el reloj de bolsillo era de precisión dudosa hasta que se hicieron ciertos progresos en el escape y se aplicó el muelle de equilibrio espiral después de 1674.[945] Aún se preferían los adornos y la riqueza en el diseño a la mera funcionalidad. Un diarista de Sussex anotó en 1688:
Compré […] un reloj de plata, que me costó tres libras, […] este reloj da la hora del día, el mes del año, la fase de la luna y la marea y reflujo de las aguas; y marcha treinta horas habiéndole dado cuerda solo una vez.[946]
El profesor Cipolla sugiere la fecha de 1680 como el momento en que adquirió precedencia la fabricación de relojes ingleses sobre sus competidores europeos.[947] La fabricación de relojes había surgido de las destrezas del herrero,[948] y todavía puede observarse esta afinidad en los cientos de relojeros independientes que trabajan para encargos locales en sus propios talleres, dispersos a través de las ciudades con mercado e incluso grandes pueblos de Inglaterra, Escocia y Gales en el siglo XVIII.[949] Mientras que muchos de ellos no aspiraban más que al simple reloj de campo de caja larga y cuerda para un día, había artesanos de verdadero genio entre ellos. Así, por ejemplo, John Harrison, relojero y antiguo carpintero de Barton-on-Humber (Lincolnshire), perfeccionó un cronómetro marino, y en 1730 declaraba haber
logrado llevar un reloj más cercano a la verdad de lo que realmente puede imaginarse, si se considera el vasto número de segundos de tiempo que hay en un mes; en cuyo espacio de tiempo no oscila más de un segundo […], estoy seguro de poder llevarlo a la excelencia de dos o tres segundos al año.[950]
Y John Tibbot, un relojero de Newtown (Montgomeryshire) había perfeccionado un reloj en 1810 que (decía él) pocas veces oscilaba más de un segundo en dos años.[951] Entre estos extremos se encontraban todos los numerosos, perspicaces y muy hábiles artesanos que jugaron un papel de importancia crítica en la innovación técnica de las primeras fases de la Revolución Industrial. Este hecho no quedaría oculto para ser descubierto por el historiador: se presentó con energía en ciertas peticiones de los relojeros contra la estimación fiscal en febrero de 1798. Por ejemplo, la petición de Carlisle:
Las industrias del algodón y la lana están enteramente endeudadas por el estado de perfección que la maquinaria que allí emplean ha conseguido, al reloj y los relojeros, grandes cantidades de los cuales han estado, desde hace muchos años […] empleados en la invención y construcción así como supervisión de estas maquinarias.[952]
La fabricación relojera en pequeñas localidades sobrevivió hasta el siglo XIX, aunque desde los primeros años de este siglo se hizo corriente que el relojero local comprara las piezas fabricadas en serie en Birmingham, montándolas en su propio taller. En contraste, la fabricación de relojes de bolsillo, desde los primeros años del siglo XVIII, se concentró en unos cuantos centros, de los cuales los más importantes eran Londres, Coventry, Prescot y Liverpool.[953] Desde los comienzos se produjo una minuciosa subdivisión del trabajo en esta industria, facilitando la producción a gran escala y la reducción de los precios: la producción anual de esta industria en su punto más alto (1796) se calculó entre 120.000 y 191.678, una parte sustancial de la cual se destinaba al mercado de exportación.[954] El poco afortunado intento de Pitt de cobrar impuestos sobre todo tipo de relojes, aunque solo duró de julio de 1797 a marzo de 1798, marcó un momento decisivo en el destino de la industria.
Ya en 1796 se lamentaba esta de la competencia de los relojes de bolsillo franceses y suizos; las quejas continuaron incrementándose en los primeros años del siglo XIX. La Compañía de Relojeros declaró en 1813 que el contrabando de relojes de oro baratos había alcanzado proporciones alarmantes y que aquellos se vendían en joyerías, mercerías, sombrererías, tiendas de juguetería francesa, perfumerías, etc., «casi exclusivamente para el uso de las clases altas de la sociedad». Al mismo tiempo algunos artículos baratos de contrabando, vendidos por casas de empeño o viajantes de comercio, debían estar llegando hasta las clases más pobres.[955]
Está claro que había abundantes relojes de todo tipo hacia 1800. Pero no está claro a quién pertenecieran. La doctora Dorothy George, refiriéndose a mediados del siglo XVIII, sugiere que «el trabajador, como el artesano, poseía con frecuencia relojes de plata», pero esta afirmación es imprecisa en cuanto a la fecha y solo está ligeramente documentada.[956] El precio medio de los relojes sencillos de pared de caja larga fabricados localmente en Wrexham entre 1755 y 1774, oscilaba entre 2 libras y 2 libras y 15 chelines; una lista de precios de Leicester, de relojes nuevos sin caja, de 1795, varía de 3 libras a 5 libras. Un reloj bien hecho no costaría menos con toda seguridad.[957] En vista de ello, ningún bracero cuyos presupuestos fueron registrados por Eden o David Davies podía siquiera plantearse desembolsar semejantes precios, pudiendo solo hacerlo los artesanos urbanos mejor pagados. El registro del tiempo (sospechamos) pertenecía a mediados de siglo todavía a la gente acomodada, patronos, agricultores y comerciantes; y es posible que la complejidad de los diseños y la preferencia por los metales preciosos fueran formas intencionadas de acentuar el simbolismo de estatus.
Pero también parece que la situación empezaba a cambiar en las últimas décadas del siglo. La polémica provocada por el intento de cobrar impuestos sobre todo tipo de relojes en 1797-1798 ofrece una prueba parcial. Fue quizás el más impopular y con toda certeza el más desafortunado de los impuestos de Pitt:
Si tu dinero se lleva, aún te quedan los pantalones;
y los faldones de la camisa, si tus pantalones logra;
y la piel, si la camisa; y si los zapatos, los pies desnudos.
Pero no penséis en los impuestos: ¡hemos vencido a la flota holandesa![958]
Los impuestos consistían en 2 chelines y 6 peniques por los relojes de bolsillo de plata o metal; 10 chelines, por los de oro, y 5 chelines, por relojes de otro tipo. En los debates que se produjeron sobre este impuesto, las intervenciones de los ministros solo sobresalieron por sus contradicciones. Pitt declaró que esperaba que el impuesto produjera 200.000 libras al año:
De hecho, creía él, puesto que el número de casas que pagaban impuestos era de 700.000 y ya que en todo hogar había probablemente una persona que llevara reloj, solo el impuesto sobre los relojes de bolsillo produciría esta suma.
Simultáneamente, como respuesta a las críticas, los ministros mantuvieron que la posesión de relojes era una señal de lujo. El ministro del Tesoro tenía una doble opinión: los relojes «eran desde luego artículos prácticos, pero eran también artículos de lujo […] generalmente en propiedad de personas que podrían muy bien pagar». «Se proponía, no obstante, eximir los relojes de tipo más modesto […] que generalmente poseían las clases más pobres».[959] El ministro consideraba claramente este impuesto como una especie de Bolsa de la Fortuna; su cálculo sobrepasaba más de tres veces al del mismo piloto del reino:

Brillándole los ojos ante la perspectiva de un aumento de ingresos, Pitt revisó sus definiciones: podría poseerse un solo reloj de bolsillo (o perro) como artículo de conveniencia, lo que sobrepasara esto serían «pruebas de abundancia».[960]
Desgraciadamente para los cuantificadores del crecimiento económico, se olvidó una cuestión: era imposible cobrar este impuesto.[961] Se ordenó a todas las comunidades domésticas, bajo horribles penas, que enviaran listas de los relojes que existían en sus hogares. La estimación sería trimestral:
El señor Pitt tiene ideas muy apropiadas para el resto de las finanzas del país. Se ha dispuesto que el impuesto de media corona se cobre trimestralmente. Esto es grande y digno. Da cierto aire de enjundia a un hombre el pagar siete peniques y medio en pro de la religión, la propiedad y el orden social.[962]
La verdad es que esta gabela se consideraba una locura, que establecía un sistema de espionaje y como un golpe contra la clase media.[963] Los propietarios de relojes de oro fundieron las cubiertas y las convirtieron en plata o metal.[964] Los centros de fabricación cayeron en la crisis y en la depresión.[965] Al revocar la ley en marzo de 1798, Pitt dijo tristemente que este impuesto habría sido mucho más productivo de lo que originalmente se calculó; pero no está claro si era su propio cálculo (200.000 libras) o el del ministro del Tesoro (700.000) en el que estaba pensando.[966]
Permanecemos en la ignorancia (pero en la mejor de las compañías). Había muchas maquinarias de medir el tiempo hacia 1790: el énfasis se iba trasladando del «lujo» a la «conveniencia»; incluso los cottagers podían poseer relojes de madera que costarían por debajo de los 20 chelines. En realidad, se está produciendo una difusión general de los relojes (como era de esperar) en el momento exacto en que la Revolución Industrial exigía una mayor sincronización del trabajo.
Aunque estaban apareciendo algunos ejemplares muy baratos —y de malísima calidad—, los precios de los que eran eficaces permanecieron durante muchas décadas fuera del alcance del artesano.[967]
Pero no debemos dejar que las preferencias económicas normales nos induzcan al error. El pequeño instrumento que regulaba los nuevos ritmos de la vida industrial era también una de las más urgentes entre las nuevas necesidades que el capitalismo industrial había creado para dar energía a su avance. Un reloj de cualquier tipo no solo era útil; concedía prestigio a su dueño y había quien estaba dispuesto a estirar sus recursos para hacerse con uno. Había fuentes varias, ocasiones varias. Durante muchos años un goteo de relojes sólidos pero baratos se infiltró pasando del ratero al receptor, al prestamista y a la taberna.[968] Incluso a los jornaleros, una o dos veces en su vida, podía inesperadamente caerles la suerte del cielo trayéndoles un reloj: el botín en la milicia,[969] las ganancias de la cosecha o el salario anual de un criado.[970] En algunos lugares del país se crearon clubes de relojes, de alquiler o adquisición colectiva.[971] Además, el reloj era el banco del pobre, una inversión de sus ahorros; en épocas malas podía venderse o empeñarse.[972] «Este relojillo que ves —dijo un cajista cockney en la década de 1820— no me costó más de un billete de cinco cuando lo compré, y lo he empeñado más de veinte veces, y le he sacado en total más de cuarenta libras. Es un ángel de la guarda para uno, es un buen reloj, cuando estás apurado».[973] Como quiera que un grupo de trabajadores determinado pasara a una fase de progreso en sus estándares de vida, la adquisición de relojes era una de las primeras cosas que percibían los observadores. En el bien conocido informe de Radcliffe sobre la edad dorada de los tejedores manuales de Lancashire en la década de 1790, los hombres tenían «todos un reloj de bolsillo» y las casas estaban «bien amuebladas con relojes de elegante caoba o caja elaborada».[974] En Mánchester, cincuenta años después, el mismo fenómeno llamó la atención de un periodista:
Ningún obrero de Mánchester carecerá de uno un minuto más de lo necesario. Se ven, aquí y allá, en las casas de mejor clase, relojes antiguos de los de esfera metálica y ocho días; pero el artículo más común, con mucha diferencia, es el pequeño artefacto holandés, con su activo péndulo balanceándose abierta y cándidamente ante el mundo entero.[975]
Treinta años después, era la doble cadena de oro del reloj lo que constituía el símbolo del dirigente obrero Lib-Lab;[976] y por cincuenta años de servicio disciplinado en su trabajo, el patrón ilustrado regalaba a su empleado un reloj de oro grabado.
IV
Volvamos del reloj a la tarea. La atención que se presta al tiempo en la labor depende en gran medida de la necesidad de sincronización del trabajo. Pero mientras que la industria manufacturera se mantuvo en una escala doméstica o de pequeño taller, sin una intrincada subdivisión de la producción, el grado de sincronización que se requería era leve y prevalecía la orientación al quehacer.[977] El sistema de trabajo a domicilio exigía mucho traer y llevar y mucho esperar los materiales. El mal tiempo no solo interrumpía las labores agrícolas, la construcción y el transporte, sino también el tejer, cuando había que extender las piezas acabadas sobre los tendedores para secar. Al aproximarnos a una labor cualquiera, quedamos sorprendidos por la multiplicidad de tareas subsidiarias que el mismo trabajador o grupo familiar debe hacer en una cabaña o taller. Incluso en talleres mayores, los hombres trabajaban en ocasiones en labores distintas en sus propias bancas o telares, y —excepto en el caso de que el miedo a la malversación de los materiales impusiera una rígida supervisión— podía permitirse cierta flexibilidad en las entradas y salidas.
De ahí la característica irregularidad de las normas de trabajo anterior al advenimiento de las industrias mecánicas a gran escala. Dentro de los requerimientos generales para la labor de una semana o quince días —la pieza de tela, determinado número de clavos o de pares de zapatos—, podía alargarse o acortarse la jornada. Es más, en los comienzos del desarrollo de la industria fabril y de la minería, sobrevivieron muchos oficios mixtos: los mineros del estaño de Cornualles que también participaban en la pesca del arenque; los mineros del plomo del norte que eran también pequeños agricultores; los artesanos de aldea que se ocupaban de trabajos varios, en la construcción, acarreo o carpintería; los trabajadores a domicilio que dejaban su ocupación durante la recolección; el pequeño agricultor-tejedor de los Peninos.
Es en la naturaleza de este tipo de trabajo donde no puede sobrevivir una planificación del tiempo precisa y representativa. Algunos extractos del diario de un tejedor-agricultor metódico de 1782-1783 nos pueden proporcionar un índice de la variedad de sus labores. En octubre de 1782 estaba todavía ocupado en la recolección y la trilla, al mismo tiempo que en su telar. En días de lluvia podía tejer de 8,5 a 9 yardas; el 14 de octubre llevó la pieza acabada y, por tanto, solo pudo tejer 4,75 yardas; el 23 trabajó hasta las tres de la mañana, tejió 2 yardas antes de que el sol se pusiera, remendó una chaqueta al final de la tarde. El 24 de diciembre, «tejí 2 yardas antes de las once. Estuve amontonando el carbón, limpiando el tejado y las paredes de la cocina y amontonando el estiércol hasta las diez de la noche». Además de cosechar y trillar, batir la manteca y trabajar en el jardín, encontramos estas anotaciones:
18 de enero de 1783: Fui empleado para preparar el establo de un ternero y llevar las copas de tres árboles de plátano que crecían en el callejón y fueron en este día cortados y vendidos a John Blagbrough.
21 de enero: Tejí 2,75 yardas, habiendo parido la vaca, necesitaba mucho cuidado. (Al día siguiente fue andando hasta Halifax para comprar una medicina para la vaca).
El 25 de enero tejió 2 yardas, caminó hasta una aldea próxima e hizo «varios trabajos en el torno y el patio» y escribió «una carta por la noche». Otras ocupaciones incluían faenar con un caballo y un carro, recoger cerezas, trabajar en la presa de un molino, asistir a una reunión baptista y a un ajusticiamiento público por horca.[978]
Esta irregularidad general debe inscribirse en el ciclo irregular de la semana de trabajo (e incluso del año de trabajo) que provocaba tantos lamentos de moralistas y mercantilistas en los siglos XVII y XVIII. Unos versos impresos en 1639 nos ofrecen una versión satírica:
Ya sabes, hermano, que el lunes es domingo;
el martes, otro igual;
los miércoles, a la iglesia has de ir y rezar;
el jueves es media vacación;
el viernes, muy tarde para empezar a hilar;
el sábado es nuevamente media vacación.[979]
John Houghton nos da una versión indignada en 1681:
Cuando los tejedores de punto o los que hacían medias de seda recibían precios altos por su trabajo, se observó que raramente trabajaban en lunes o martes, sino que pasaban la mayor parte del tiempo en la taberna o los bolos […]. Con los tejedores es corriente que estén borrachos el lunes, tengan dolor de cabeza el martes y las herramientas estropeadas el miércoles. En cuanto a los zapateros, antes se dejarían colgar que no recordar a san Crispín el lunes […], y así permanecen normalmente mientras tienen un penique de dinero o el valor de un penique en crédito.[980]
En la norma de trabajo se alternaban las tandas de trabajo intenso con la ociosidad, dondequiera que los hombres controlaran sus propias vidas con respecto a su trabajo. (El modelo persiste entre los que trabajan de forma independiente —artistas, escritores, pequeños agricultores y quizá también estudiantes— hoy, y ha suscitado la cuestión de si no se trata de un ritmo de trabajo humano «natural»). En lunes y martes, según la tradición, los telares manuales repetían lentamente «tiempo de so-bra», «tiempo de so-bra», en jueves y viernes, «que-da un día», «que-da un día».[981] La tentación de ahorrarse unas horas por la mañana prolongaba el trabajo hasta la noche, horas iluminadas por velas.[982] De pocos oficios se dice que no hagan honor a San Lunes: zapateros, sastres, carboneros, trabajadores de imprenta, alfareros, tejedores, calceteros, cuchilleros, todos los cockneys. A pesar del pleno empleo de muchos oficios en Londres durante las guerras napoleónicas, un testigo se lamentaba de que «vemos que se guarda San Lunes tan religiosamente en esta gran ciudad […], generalmente seguido por un San Martes también».[983] Si hemos de creer a «Los cuchilleros joviales», una canción de Sheffield de finales del siglo XVIII, su observancia no carecía de tensiones domésticas:
Cómo en un buen San Lunes,
sentado al fuego de la herrería,
contando lo hecho ese domingo,
y conspirando en alegre regocijo,
pronto oigo levantarse la trampilla,
en la escalera está mi esposa:
«Maldito seas, Jack, te voy a desempolvar los ojos,
llevas una agraviante vida de borracho;
estás aquí en lugar de trabajar;
con la jarra en las rodillas;
maldito seas, que siempre estás ocioso.
Y yo trabajo como una esclava para ti».[984]
La esposa continúa, hablando «con movimiento más rápido / que mi taladro a ritmo de viernes», expresando la efectiva demanda del consumidor:
Ve, mira mi corsé,
mira qué par de zapatos;
vestido y enaguas medio podridos,
no hay ni un punto entero en mis medias.
E informa de una huelga general:
Tú sabes que detesto la pendencia y la pelea,
pero no tengo ni jabón ni té;
por Dios, Jack, que olvides el barril,
o nunca más yacerás conmigo.[985], [986]
Parece ser que, de hecho, San Lunes era venerado casi universalmente dondequiera que existieran industrias de pequeña escala, domésticas y a domicilio; se observaba generalmente en las minas, y alguna vez continuó en industrias fabriles y pesadas.[987] Se perpetuó en Inglaterra hasta el siglo XIX—y en realidad hasta el XX—[988] por razones complejas de índole económica y social. En algunos oficios, los pequeños patronos aceptaron la institución y emplearon los lunes para tomar o entregar trabajo. En Sheffield, donde los cuchilleros habían adorado tenazmente al santo durante siglos, se había convertido en «un hábito y costumbre establecidos» que observaban incluso las fábricas de acero (1874):
Esta inactividad del lunes es, en algunos casos, obligada por el hecho de que el lunes es el día que se dedica a reparar la maquinaría de las grandes siderurgias.[989]
Donde la costumbre se encontraba profundamente establecida, el lunes era el día que se dejaba para el mercado y los asuntos personales. También, como sugiere Duveau acerca de los obreros franceses, «le dimanche est le jour de la famille, le lundi celui de l’amitié»; y con el avance del siglo XIX, su celebración era una especie de privilegio de estatus de los artesanos mejor pagados.[990]
Es, de hecho, en el relato de «Un viejo alfarero» publicado en fecha tan tardía como 1903 donde encontramos las observaciones más perspicaces sobre los ritmos de trabajo irregulares que continuaron en los alfares más antiguos hasta mediados de siglo. Los alfareros (en las décadas de 1830 y 1840) «sentían una devota veneración por San Lunes». A pesar de que la costumbre de contratación anual prevaleció, los ingresos semanales reales se hacían en trabajo a destajo, empleando los alfareros especializados a niños y trabajando con poca vigilancia, a su propio ritmo. Niños y mujeres trabajan los lunes y martes, pero reinaba un «sentimiento de fiesta» y la jornada era más corta que de costumbre, ya que los alfareros estaban ausentes gran parte del tiempo, bebiéndose lo ganado la semana previa. Los niños, no obstante, debían preparar material para el alfarero (por ejemplo, las asas de los cacharros que él modelaría) y todos sufrían por la cantidad excepcional de horas (catorce y algunas veces dieciséis al día) que se trabajaban de miércoles a sábado:
He estado pensando que, si no fuera por el alivio del comienzo de la semana para mujeres y niños en todos los alfares, no podría mantenerse la tensión mortal de los últimos cuatro días.
«Un viejo alfarero», predicador metodista laico de opiniones liberal-radicales, veía estas costumbres (que deploraba) como consecuencia de la falta de mecanización de los alfares; y argüía que esta misma indisciplina del trabajo cotidiano influía sobre toda la vida y la organización obrera de los mismos. «Las máquinas significaban disciplina en las operaciones industriales»:
Si se hubiera encendido un motor de vapor todos los lunes a las seis de la mañana, los trabajadores habrían estado disciplinados en el hábito de la industriosidad regular y continua […]. He observado, también, que las máquinas parecen inducir hábitos de cálculo. Los alfareros eran lamentablemente deficientes a este respecto; vivían como niños, sin ninguna previsión calculada para el trabajo o sus resultados. En alguno de los condados del norte este hábito de calcular les ha hecho intensamente prudentes en muchos modos manifiestos. Su gran sociedad cooperativa no habría nunca llegado a alcanzar un desarrollo tan inmenso y fructífero si no fuera por la previsión inducida por el uso de la máquina. Una máquina que funcionara tantas horas a la semana produciría tanta cantidad de hilaza o tejido. Los minutos se consideraban factores de estos resultados, mientras que en los alfares las horas, e incluso a veces los días, no se veían como tales factores. Quedaban siempre las mañanas y las noches de los últimos días de la semana, y se confiaba en compensar con ellos las pérdidas producidas por el abandono del principio de la semana.[991]