Costumbres en común

Costumbres en común


Introducción de Julio Martínez-Cava

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Este ritmo de trabajo irregular se asocia generalmente al abundante beber del fin de semana: San Lunes es uno de los blancos de muchos tratados victorianos de abstinencia. Pero incluso el más sobrio y autodisciplinado artesano podía sentir la necesidad de alternar en este modo. «No sé cómo describir la enfermiza repugnancia que se adueña a veces del hombre trabajador y le incapacita por completo durante un periodo de tiempo más o menos largo para ejercer sus ocupaciones corrientes», escribía Francis Place en 1829; a ello añadía una nota a pie de página de testimonio personal:

Durante casi seis años, mientras trabajaba, cuando tenía trabajo que hacer, de doce a dieciocho horas al día, cuando no podía ya, por el motivo mencionado, continuar trabajando, solía escaparme y dirigirme tan rápidamente como podía a Highgate, Hampstead, Muswell-hill o Norwood, y así «volver a mis vómitos» […]. Este es el caso de todo trabajador que he conocido; y en proporción a lo perdido que sea el caso del hombre ocurrirán estos ataques con mayor frecuencia y serán de más larga duración.[992]

Podemos, finalmente, constatar que la irregularidad de días y semanas de trabajo se insertaba, hasta las primeras décadas del siglo XIX, dentro de la más amplia irregularidad del año de trabajo, salpicado por sus tradicionales fiestas y ferias. Todavía, a pesar del triunfo del domingo sobre los antiguos días de santos en el siglo XVII ,[993] se adherían las gentes tenazmente a sus verbenas y festejos tradicionales, e incluso pudieron llegar a aumentar estos tanto en fuerza como en extensión.[994]

¿Hasta qué punto puede extenderse esta problemática de la industria fabril a los trabajadores rurales? Aparentemente, su caso supondría un implacable trabajo diario y semanal: el bracero rural no gozaba de San Lunes. Pero es necesaria una minuciosa diferenciación de las distintas situaciones laborales. La aldea del siglo XVIII (y del XIX) tenía sus propios artesanos independientes, así como muchos empleados en tareas de carácter irregular.[995] Además, en el campo no cerrado, el argumento clásico contra el campo abierto y del común se basaba en su ineficacia y en el despilfarro de tiempo que suponía para el pequeño agricultor o el cottager:

Si les ofreces trabajo, te responden que deben ir a cuidar sus ovejas, cortar sus tojos, sacar su propia vaca del corral del concejo o, quizá, dicen que deben llevar el caballo a herrar, para poder llevarlo a una carrera o a un juego de críquet. [Arbuthnot, 1773].

En su deambular tras el ganado, adquiere hábitos de indolencia. Un cuarto, la mitad y ocasionalmente días enteros se pierden imperceptiblemente. La jornada de trabajo se hace insoportable. [Informe sobre Somerset, 1795].

Cuando un trabajador se ve en posesión de más tierra de la que él y su familia pueden cultivar en los atardeceres, […] el labriego ya no puede depender de él para un trabajo constante. [Commercial and Agricultural Magazine, 1800].[996]

A esto debemos añadir las frecuentes quejas de los reformadores agrícolas con respecto al tiempo perdido, tanto en ferias de temporada como (antes de la aparición del almacén de aldea) en los días de mercado.[997]

El mozo agrícola o el bracero asalariado fijo, que trabajaba sin descanso las horas estatuidas completas o más, que no poseía derechos comunales o parcela alguna y que (si no residía dentro) vivía en un cottage vinculado, estaba sin duda sujeto a una intensa disciplina laboral, tanto en el siglo XVII como en el XIX. La jornada de un arador (residente) fue descrita con entusiasmo por Markham en 1636:

El que ara ha de levantarse antes de las cuatro de la mañana, y después de dar gracias a Dios por el descanso y una oración por el éxito de su trabajo, se dirigirá al establo.

Después de limpiar el establo, cepillar a los caballos, darles de comer y preparar sus aparejos, puede desayunar (seis o seis y media de la mañana), debe arar hasta las dos o las tres de la tarde; tomar media hora para el almuerzo; cuidar los caballos, etc., hasta las seis y media, cuando puede entrar a cenar:

Y después de cenar, debe o bien arreglar sus zapatos y los de su familia al lado del fuego, o sacudir y batir el cáñamo o el lino, o coger y sellar manzanas o manzanas silvestres para sidra o agrazada, o si no, moler la malta en el molino de mano, o coger juncos para velas, o hacer alguna tarea agrícola dentro de casa hasta que lleguen las ocho.

Entonces debe ocuparse otra vez de su ganado y («dando gracias a Dios por los beneficios recibidos en ese día») puede retirarse.[998]

Con todo, podemos permitirnos cierto escepticismo. Existen dificultades evidentes en la naturaleza de esta ocupación. Arar no es una tarea para todo el año. Las horas y las labores fluctúan con el tiempo. Los caballos (ya que no los hombres) deben descansar. Hay también una dificultad de control: el informe de Robert Loder indica que los criados (cuando no eran vistos) no siempre se empleaban en dar gracias a Dios de rodillas por sus beneficios: «Los hombres pueden trabajar si hay placer y así pueden holgar».[999] El agricultor mismo tenía que trabajar muchas horas si había de mantener siempre activos a sus braceros.[1000] Y el mozo podía hacer valer su derecho anual de marcharse si no le complacía su empleo.

De modo que el cercamiento de campos y el progreso agrícola estaban, en cierto sentido, relacionados con un gobierno eficaz del tiempo de la mano de obra. El cercamiento y un progresivo excedente de mano de obra a finales del siglo XVIII endurecieron la situación de los que tenían empleo fijo; se enfrentaron con las alternativas de empleo parcial y leyes de pobres o la sumisión a una más exigente disciplina de trabajo. No es una cuestión de técnicas, sino de un mayor sentido de la economía del tiempo entre los patronos-capitalistas reformadores. Esto queda patente en un debate entre los defensores de la mano de obra asalariada con empleo fijo y los defensores del «trabajo contratado» (es decir, trabajadores contratados para determinadas labores a destajo). En la década de 1790, sir Mordaunt Martin censuraba el recurrir a trabajo contratado,

que las gentes acuerdan, para ahorrarse el esfuerzo de vigilar a sus trabajadores: la consecuencia es que el trabajo se hace mal, el trabajador se jacta en la taberna del tiempo que desperdicia «apoyado contra la pared» y produce el descontento de los hombres con salarios modestos.

«Un agricultor» respondió con el argumento de que el trabajo contratado y el trabajo fijo asalariado se podían combinar juiciosamente:

Dos trabajadores se comprometen a cortar una porción de hierba a dos chelines o media corona el acre; yo envío con las hoces a dos de mis mozos domésticos al campo; puedo estar seguro de que sus compañeros les harán trabajar; y así obtengo […] las mismas horas adicionales de trabajo de mis mozos que las que voluntariamente dedican a este mis criados contratados.[1001]

En el siglo XIX la polémica se resolvió en gran parte a favor del trabajo asalariado semanal, complementado por labores necesarias cuando lo requería la ocasión. La jornada de los trabajadores de Wiltshire, según fue descrita por Richard Jefferies en la década de 1870, era poco menos prolongada que la descrita por Markham. Quizá, resistiéndose a tan intenso faenar, se diferenciara en la «torpeza de su caminar» y «la mortecina lentitud que parece impregnar todo lo que hacen».[1002]

El trabajo más arduo y prolongado de la economía rural era el de la mujer del bracero. Una parte de aquel —especialmente el cuidado de los niños— era el más orientado al quehacer. Otra parte estaba en los campos, de los cuales tenía que volver para ocuparse de nuevas tareas domésticas. Como protestara Mary Collier en una penetrante réplica a Stephen Duck:

Cuando de vuelta en casa estamos,

¡ay!, sabemos que nuestro trabajo no ha hecho más que empezar;

tantas cosas requieren nuestro cuidado,

diez manos que tuviéramos, podríamos emplear.

Los niños en la cama, con el mayor cuidado

todo lo necesario para vuestro retorno preparamos;

vosotros cenáis, y sin tardanza a la Cama vais,

y descansáis hasta el siguiente Día;

mientras nosotras, ¡ay! poco sueño podemos disfrutar,

pues nuestros madrugadores hijos lloran y gritan […].

En toda labor tenemos nuestra debida parte;

y desde el día que empieza el cosechar,

hasta cortar y guardar el grano,

nuestras cotidianas labores y tareas así extremamos,

que casi nunca tiempo para soñar tenemos.[1003]

Una forma tal de trabajar era solo soportable porque parte del mismo, los niños y la casa, se revelaba como necesario e inevitable, más que como una imposición externa. Esto es hoy día todavía cierto y, no obstante las horas de escuela y televisión, los ritmos de trabajo de la mujer en el hogar no están enteramente adaptados a las medidas del reloj. La madre de niños pequeños tiene un sentido imperfecto del tiempo y observa otras mareas humanas. Todavía no ha salido del todo de las convenciones de la sociedad «preindustrial».

V

He colocado «preindustrial» entre comillas y hay para ello una razón. Es cierto que la transición a la sociedad industrial madura exige un análisis en términos sociológicos así como económicos. Conceptos tales como «preferencia temporal» y «la curva ascendente de la oferta de mano de obra» son, con excesiva frecuencia, complicados intentos de encontrar términos económicos que describan problemas sociológicos. Pero, de igual modo, el intento de proporcionar modelos simples para un solo proceso, supuestamente neutro y tecnológicamente orientado, conocido como «industrialización» es también dudoso.[1004] No es solamente que las industrias fabriles altamente desarrolladas y técnicamente alerta (y la forma de vida que propugnaban) de Francia e Inglaterra en el siglo XVIII puedan ser descritas como «preindustriales» solo mediante una violencia semántica. (Y una descripción tal deja el camino abierto a interminables analogías falsas entre sociedades en niveles económicos enormemente diferentes). Es también que no hubo nunca un solo tipo de «transición». La tensión de esta recae sobre la totalidad de la cultura: la resistencia al cambio y el asentimiento al mismo surge de la cultura entera. Y esta incluye un sistema de poder, relaciones de propiedad, instituciones religiosas, etc. Y el no prestar atención a todos ellos simplemente desvirtúa los fenómenos y trivializa el análisis. Sobre todo, la transición no es a la «industrialización» tout court, sino al capitalismo industrial o (en el siglo XX) a sistemas alternativos cuyos rasgos son aún inciertos. Lo que aquí examinamos no solo son los cambios producidos en las técnicas de manufactura que exigían una mayor sincronización del trabajo y mayor exactitud en la observación de las horas en todas las sociedades, sino también la vivencia de estos cambios en la sociedad del naciente capitalismo industrial. Estamos tratando simultáneamente el sentido del tiempo en su condicionamiento sociológico y la medida del tiempo como medio de explotación laboral.

Existen motivos para que la transición fuera particularmente prolongada y estuviera plagada de conflictos en Inglaterra: entre los que se estudian con frecuencia, se encuentra el hecho de que la inglesa fuera la primera Revolución Industrial y no hubiera ni Cadillacs, ni siderurgias, ni televisiones para servir como prueba manifiesta del propósito de la operación. Además, los preliminares de la Revolución Industrial fueron tan largos que, en los distritos fabriles de comienzos del siglo XVIII, se había desarrollado una cultura popular vigorosa y libre, que los propagandistas de la disciplina veían con consternación. Josiah Tucker, deán de Gloucester, declaraba en 1745 que «las clases más bajas de gente» estaban totalmente degeneradas. Los extranjeros (sermoneaba) se encontraban con que «la gente llana de nuestras populosas ciudades son los infelices más llenos de abandono y más licenciosos de la tierra»:

Tanta brutalidad e insolencia, tanto libertinaje y extravagancia, tanta ociosidad, irreligiosidad, maldecir y blasfemar y desprecio por toda regla y autoridad […]. Nuestras gentes están borrachas con la copa de la libertad.[1005]

Los ritmos irregulares de trabajo descritos en la sección anterior nos ayudan a entender la severidad de las doctrinas mercantilistas por lo que respecta a la necesidad de mantener bajos los salarios como prevención contra la inactividad, y hasta la segunda mitad del siglo XVIII no parecen comenzar a ser generalmente efectivos los estímulos salariales «normales» del capitalismo.[1006] Los enfrentamientos debidos a la disciplina ya han sido examinados por otros.[1007] Lo que me propongo hacer aquí es tratar brevemente diferentes puntos relacionados con la disciplina del tiempo más particularmente. El primero se encuentra en el extraordinario Law Book of the Crowley Iron Works. Aquí, en los comienzos mismos de la unidad a gran escala de la industria manufacturera, el viejo autócrata, Crowley, creyó necesario pensar un código completo, civil y penal, cuya extensión sobrepasaba las cien mil palabras, para gobernar y regular a la refractaria mano de obra. Los preámbulos de la Orden número 40 (vigilante de fábrica) y de la 103 (monitor) dan el tono general de vigilancia moralmente virtuosa. De la Orden 40:

Habiendo sido por mucha gente que trabaja por jornada con la connivencia de los oficiales horriblemente engañado y habiendo pagado por mucho más tiempo de lo que debo en conciencia y siendo tal la bajeza y traición de varios empleados que han ocultado la pereza y negligencia de los que cobran por jornada…

Y de la Orden 103:

Algunos han pretendido tener un cierto derecho a holgar, confiando en su presteza y habilidad para hacer lo suficiente en menos tiempo que los demás. Otros han sido tan necios como para creer que hasta su simple presencia sin emplearse en ningún asunto […] Otros tan descarados como para glorificar su villanía y reprender a los demás por su diligencia […].

Con el fin de que la pereza y la villanía sean detectadas y los justos y diligentes premiados, yo he creído prudente crear un control del tiempo hecho por un monitor, y ordeno y por esta declaro que de 5 a 8 y de 7 a 10 son 15 horas, de las cuales se toma 1 y media para el desayuno, almuerzo, etc. Habrá por tanto 13 horas y media de servicio neto.

Este servicio había de ser calculado «después de todas las deducciones por encontrarse en tabernas, cervecerías, casas de café, desayuno, almuerzo, jugar, dormir, fumar, cantar, leer la crónica periodística, pelear, contender, disputar o cualquier cosa ajena a mis asuntos, en cualquier caso, holgazanear».

Se ordenó al monitor y al vigilante de fábrica que mantuvieran una hoja de horas para cada empleado a jornal, anotadas al minuto, con «Entrada» y «Salida». En la orden del monitor, sección 31 (una añadidura posterior) se declara:

Y debido a que he sido informado de que varios empleados fijos han sido tan injustos como para regirse por los relojes más adelantados y tocar la campana antes de la hora para marcharse de sus labores, y por los relojes más atrasados y tocar la campana después de la hora para volver a su trabajo, y habiéndolo permitido a sabiendas esos dos negros traidores Fowell y Skellerne, se ordena por tanto que ninguna persona de las aquí referidas se rija por reloj, campana, reloj de bolsillo o de sol otros que el del monitor cuyo reloj no se alterará nunca excepto por el vigilante del reloj.

Se ordenó al vigilante de la fábrica que mantuviera una vigilancia «tan estrecha que no estuviera al alcance de nadie alterar esto». Sus deberes estaban también definidos en la sección 8:

Todas las mañanas a las cinco el vigilante debe tocar la campana para el comienzo del trabajo, a las ocho para el desayuno, media hora después para trabajar otra vez, a las doce para el almuerzo, a la una para trabajar y a las ocho para dejar el trabajo y cerrar.

Su libro con la relación de las horas debía ser entregado todos los martes con la siguiente declaración jurada:

Esta relación de horas se ha hecho sin favor o afecto, mala voluntad ni odio, y creo de verdad que las personas arriba mencionadas han trabajado al servicio de John Crowley las horas arriba consignadas.[1008]

Entramos aquí, ya en 1700, en el conocido panorama del capitalismo industrial disciplinado, con las hojas de horas, el vigilante del tiempo, los informadores y las multas. Unos setenta años después se impuso la misma disciplina en las primeras fábricas de los algodoneros (aunque la maquinaria misma era una buena suplente del vigilante de las horas). Careciendo del auxilio de las máquinas para regular el ritmo de trabajo en los alfares, el supuestamente formidable disciplinario Josiah Wedgwood se vio forzado a imponer disciplina a los alfareros en términos sorprendentemente moderados. Las obligaciones del oficial de fábrica eran:

Estar en la fábrica a primera hora de la mañana y dirigir a las personas a sus labores cuando vengan, estimular a los que vienen a la hora regularmente, haciéndoles saber que su regularidad es debidamente observada y distinguiéndoles con repetidas muestras de aprobación, de la parte de la gente trabajadora menos ordenada, con regalos u otras señales apropiadas a su edad, etc.

Aquellos que lleguen más tarde de la hora señalada deben ser reprendidos y, si después de repetidas muestras de desaprobación no vienen a la hora debida, debe mantenerse una relación del tiempo en que son deficientes y quitar una cierta cantidad de su salario cuando llegue el momento si son asalariados, y si trabajan a destajo, deben después de frecuentes llamadas de atención ser enviados otra vez a la hora del desayuno.[1009]

Más adelante estas reglas se endurecieron algo:

Cualquier trabajador que se empeñe en pasar por la portería después de la hora permitida por el patrón pierde 2 peniques/día.[1010]

Y McKendrick ha expuesto cómo luchó Wedgwood con el problema de Etruria e introdujo el primer sistema conocido de fichar.[1011]

Pero, al parecer, una vez desaparecida la fuerte presencia de Josiah, los incorregibles alfareros habrían vuelto a muchas de sus antiguas costumbres.

Es demasiado fácil, sin embargo, considerar todo esto simplemente como un problema de disciplina de taller o fábrica, podemos estudiar brevemente el intento de imponer un «ahorro de tiempo» en los distritos de manufactura a domicilio y su efecto sobre la vida social y doméstica. Prácticamente todo lo que los patronos deseaban imponer se puede encontrar en las páginas de un solo folleto, Friendly advice to the poor, del reverendo J. Clayton, «escrito y publicado a petición de los antiguos y actuales funcionarios de la ciudad de Mánchester» en 1755. «Si el haragán se mete las manos en el pecho, en vez de aplicarlas al trabajo, si pasa el tiempo deambulando, debilita su constitución con la holgazanería, y embota su espíritu con la indolencia», no puede esperar más que la pobreza como recompensa. El trabajador no debe perder el tiempo ociosamente en el mercado o malgastarlo cuando compra. Clayton se lamentaba de que «las iglesias y las calles [están] llenas de un número de espectadores» en bodas y funerales, «que a pesar de la miseria de su condición hambrienta […] no tienen escrúpulos en malgastar las mejores horas del día, simplemente mirando». La costumbre del té es «esa vergonzante devoradora de tiempo y dinero». También lo son las vigilias y las fiestas y los festejos anuales de sociedades de socorro mutuo. Y también «ese perezoso pasar la mañana en cama»:

La necesidad de levantarse temprano reduciría al pobre a la necesidad de marchar pronto a la cama; y evitaría así el peligro de las diversiones de medianoche.

Madrugar también «introduciría una regularidad exacta en sus familias, un maravilloso orden en su economía».

El catálogo nos es conocido, y podría haber sido tomado de Baxter en el siglo anterior. Si hemos de fiarnos de Early days, de Bamford, Clayton no consiguió que muchos de los tejedores abjuraran de su antigua forma de vida. No obstante, el largo coro del amanecer de los moralistas es el preludio a un ataque bastante vivo a las costumbres, deportes y fiestas populares que se realizó en los últimos años del siglo XVIII y primeros del XIX.

Aún se disponía de otra institución no industrial que podía emplearse para inculcar la «economía del tiempo»; la escuela. Clayton se lamentaba de que las calles de Mánchester estuvieran llenas de «niños harapientos sin nada que hacer; que no solo pierden el tiempo, sino que aprenden costumbres de juego», etc. Alababa las escuelas de caridad porque enseñaban industriosidad, frugalidad, orden y regularidad: «Los escolares están obligados a levantarse temprano y observar las horas con gran puntualidad».[1012] William Temple, al defender en 1770 que se enviara a los niños pobres a los cuatro años de edad a talleres donde se les pudiera emplear en alguna manufactura y recibieran dos horas de instrucción al día, fue explícito en cuanto a la influencia cívicamente educadora del método:

Es considerablemente útil que estén, de una forma u otra, constantemente ocupados al menos doce horas al día, se ganen la vida o no; ya que por estos medios esperamos que la generación próxima esté tan habituada al empleo constante que se convertirá a la larga en algo agradable y entretenido.[1013]

Powell, en 1772, también consideró la educación como un entrenamiento en el «hábito de la industriosidad»; cuando el niño llegara a los seis o siete años, debía estar «acostumbrado, para no decir naturalizado, al trabajo y la fatiga».[1014] El reverendo William Turner, escribiendo en Newcastle en 1786, recomendaba las escuelas Raikes como un «espectáculo de orden y regularidad», y citaba a un fabricante de cáñamo y lino de Gloucester que había declarado que las escuelas habían operado un cambio extraordinario: «Se han […] hecho más tratables y obedientes, y menos pendencieros y vengativos».[1015] Las exhortaciones a la puntualidad y regularidad están inscritas en los reglamentos de todas las escuelas primarias:

Todo escolar debe estar en el aula los domingos, a las nueve de la mañana, y a la una y media por la tarde, o perderá su puesto el próximo domingo y se irá el último.[1016]

Una vez dentro del recinto de la escuela, el niño entraba en un nuevo universo de tiempo disciplinado. En las escuelas dominicales metodistas de York, los maestros eran multados por impuntualidad. La primera regla que debía aprender un escolar era:

Tengo que estar presente en la escuela […] pocos minutos antes de las nueve y media en punto.

Una vez allí, se encontraban bajo una reglamentación militar:

El superintendente tocará nuevamente, entonces, con un movimiento de su mano, toda la escuela se levantará de sus asientos inmediatamente; con un segundo movimiento los escolares darán media vuelta; con un tercero se dirigirán, lenta y silenciosamente, al lugar señalado para repetir sus lecciones, pronunciará entonces la palabra «Comenzad».[1017]

La embestida, desde tan varias direcciones, a los antiguos hábitos de trabajo de las gentes no quedó, desde luego, sin oposición. En la primera etapa, encontramos simple resistencia.[1018] Pero en la siguiente, mientras se impone la nueva disciplina de tiempo, los trabajadores empiezan a luchar, no contra las horas, sino sobre ellas. Los hechos no son del todo claros. Pero en los oficios artesanos mejor organizados, especialmente en Londres, no hay duda de que se acortaron progresivamente las horas en el siglo XVIII con el avance del asociacionismo. Lipson cita el caso de los sastres de Londres, cuyos horarios se redujeron en 1721 y nuevamente en 1768: en ambas ocasiones se acortaron también los intervalos a mitad del día que se permitían para almorzar y beber, el día se comprimió.[1019] Hacia finales del siglo XVIII existen algunos indicios de que algunos de los oficios más favorecidos habían conseguido algo parecido a la jornada de diez horas.

Esta situación solo podía mantenerse en oficios excepcionales y con un mercado de mano de obra favorable. La referencia en una octavilla de 1827 al «sistema inglés de trabajar de 6 de la mañana a 6 de la tarde»[1020] puede ser un indicio más seguro de las expectativas generales con respecto a la jornada de trabajo de los obreros industriales y artesanos fuera de Londres en los años 1820. En los oficios deshonrosos y las industrias a domicilio la jornada (cuando había trabajo) estaba probablemente avanzando en dirección opuesta.

Era precisamente en las industrias —las fábricas textiles y talleres mecánicos— en las que la nueva disciplina de tiempo se imponía más rigurosamente, donde la contienda sobre las horas se hizo más intensa. Al principio algunos de los peores patronos intentaron expropiar a los trabajadores de todo conocimiento del tiempo. «Yo trabajé en la fábrica del señor Braid», declaró un testigo:

Allí trabajábamos mientras pudiéramos ver en el verano, y no sé decir a qué hora parábamos. Nadie sino el patrón y su hijo tenía reloj, y no sabíamos la hora. Había un hombre que tenía reloj […]. Se lo quitaron y lo pusieron bajo custodia del patrón porque había dicho a los hombres la hora.[1021]

Un testigo de Dundee ofrece prácticamente el mismo hecho:

En realidad no había horas regulares: patronos y administradores hacían con nosotros lo que querían. A menudo se adelantaban los relojes de las fábricas por la mañana y se atrasaban por la tarde; y en lugar de ser instrumentos para medir el tiempo, se utilizaban como capotes para el engaño y la opresión. Aunque esto se sabía entre los hombres, todos tenían miedo de hablar, y entonces los trabajadores temían llevar relojes consigo, pues no era cosa rara que despidieran a cualquiera que presumiera de saber demasiado sobre la ciencia de la horología.[1022]

Se utilizaban mezquinas estratagemas para acortar la hora del almuerzo y alargar la jornada. «Todo fabricante quiere convertirse en un caballero de inmediato», dijo un testigo ante el Comité de Sadler,

y quiere recortar todas las esquinas posibles, de modo que la campana suene para salir cuando ha pasado medio minuto de la hora, y para entrar alrededor de dos minutos antes de la hora […]. Si el reloj está como antes, el minutero tiene un peso, de modo que tan pronto como pasa del punto de gravedad, salta tres minutos de una vez, así que quedan veintisiete minutos en lugar de treinta.[1023]

Un cartel de huelga de Todmorden, de la misma época aproximadamente, lo decía más abiertamente: «Si ese pedazo de sudor asqueroso, “el viejo operario de máquinas de Robertshaw”, no se ocupa de sus cosas y nos deja en paz, vamos a preguntarle dentro de poco cuánto hace desde la última vez que recibió un cuarto de pinta de cerveza por pasarse diez minutos de la hora».[1024] Los patronos enseñaron a la primera generación de obreros industriales la importancia del tiempo; la segunda generación formó comités de jornada corta en el movimiento por las diez horas; la tercera hizo huelgas para conseguir horas extras y jornada y media. Habían aceptado las categorías de sus patronos y aprendido a luchar con ellas. Habían aprendido la lección de que el tiempo es oro demasiado bien.[1025]

VI

Hemos visto hasta ahora algo acerca de las presiones externas que imponían disciplina. Pero ¿qué hay sobre la interiorización de la misma? ¿Hasta qué punto era impuesta y hasta qué punto asumida? Quizá debiéramos dar la vuelta otra vez al problema e insertarlo en la evolución de la ética puritana. No se puede pretender que hubiera nada radicalmente nuevo en predicar la industriosidad o en la crítica moral de la ociosidad. Pero hay quizás una insistencia nueva, un acento más firme, cuando los moralistas que habían aceptado esta nueva disciplina para sí la prescriben para la gente que trabajaba. Mucho antes de que el reloj de bolsillo estuviera al alcance del artesano, Baxter y sus compañeros ofrecían su propio reloj moral interior a cada hombre.[1026] Así, Baxter, en su A Christian directory, practica muchas variaciones del tema de la redención del tiempo: «Utilizad cada uno de los minutos como la cosa más preciosa. Y empleadlos todos en el deber». Las imágenes del tiempo como moneda están fuertemente destacadas, pero parece que Baxter tuviera ante los ojos de su pensamiento a un público de mercaderes y comerciantes:

Recordad lo recompensadora que es la Redención del Tiempo […] en el mercado o en comerciar; en la labranza o en cualquier ocupación remuneradora, solemos decir que el hombre se hace rico cuando ha hecho uso de su tiempo.[1027]

Oliver Heywood, en el Youth’s Monitor (1689), se dirige al mismo público:

Observad las horas de intercambio, atended a los mercados; hay épocas especiales que os serán favorables para despachar vuestros negocios con facilidad y fortuna; hay momentos críticos, en los cuales, si decaen vuestras acciones, pueden poneros en el buen camino con celeridad: las épocas de hacer o recibir bienes no duran siempre; la feria no continúa todo el año.[1028]

La retórica de la moral pasa ligera entre dos polos. Por una parte, apostrofa sobre la brevedad de la existencia mortal, cuando se compara con la certeza del Juicio. Por ejemplo, Meetness for Heaven (1690), de Heywood:

El tiempo no perdura, sino que vuela rápido; pero lo que es perenne depende de él. En este mundo ganamos o perdemos la felicidad eterna. El gran peso de la eternidad pende del fino y espinoso hilo de la vida […]. Esta es nuestra jornada, nuestra hora de mercado […]. Oh, señores, dormid ahora y despertad en el infierno del cual no hay redención.

U, otra vez en el Youth’s Monitor, el tiempo «es una mercancía demasiado preciosa para subestimarla […], es esta la cadena dorada de la cual pende la eternidad entera; la pérdida de tiempo es insoportable, porque es irrecuperable».[1029] O del Directory de Baxter:

Oh, ¿dónde está la cabeza de esos hombres, y de qué metal están sus duros corazones hechos, que pueden holgar y jugarse ese tiempo, ese poco tiempo, ese único tiempo, que se les concede para la eterna salvación de sus almas?[1030]

Por otra parte, tenemos las más abiertas y mundanas admoniciones sobre el buen gobierno del tiempo. Por ejemplo, Baxter, en The Poor Man’s Family Book, aconseja: «Que tus horas de sueño sean solo tantas como exige tu salud; pues no se debe perder un tiempo precioso en innecesaria inercia»; «vístete rápidamente»; «dedícate a tus labores con diligencia constante».[1031] Ambas tradiciones fueron entregadas, por medio del Serious call de Law, a John Wesley. El nombre mismo de «metodistas» subraya este buen gobierno del tiempo. También en Wesley hay dos extremos: el hurgar en el nervio de la mortalidad y la homilía práctica. Era el primero (y no los terrores del infierno) el que a veces daba ribetes histéricos a sus sermones y transportaba a los convertidos a una repentina conciencia de sus pecados. Continuó también las imágenes del tiempo como moneda, pero menos explícitamente como mercader o mercado:

Cuida que andes con circunspección, dice el Apóstol, […] redimiendo el tiempo; dejando todo el tiempo que puedas para los mejores propósitos; rescatando cada fugaz momento de las manos del pecado y Satán, de las manos de la pereza, la comodidad, el placer, las cosas de este mundo.

Wesley, que nunca hizo una excepción consigo mismo y que se levantaba todos los días a las cuatro de la mañana hasta los ochenta años (ordenó que los muchachos de Kingswood School hicieran lo mismo), publicó en 1786 como folleto su sermón The duty and advantage of early rising: «Al empaparse […] tanto tiempo entre las tibias sábanas, la carne se recuece, como si dijéramos, y se hace blanda y floja. Los nervios, mientras tanto, quedan muy trastornados». Esto nos recuerda la voz de Sluggard de Isaac Watts. Dondequiera que Watts dirigiera la mirada en la naturaleza, a «la atareada abejita» o al sol saliendo «a su debida hora», sacaba la misma lección para el hombre degenerado.[1032] Al lado de los metodistas, los evangelistas adoptaron el mismo tema. Hannah More contribuyó con unas líneas imperecederas en «Early rising»:

Pereza, silenciosa asesina, no más

tengas mi mente aprisionada;

ni me dejes perder una hora más

contigo, Sueño felón.[1033]

En uno de sus folletos, The two wealthy farmers, consigue introducir la imagen del tiempo como moneda en el mercado de trabajo:

Cuando llamo a mis obreros los sábados por la noche para pagarles, a menudo me hace pensar en el grande y general día de rendir cuentas, cuando yo, y tú, y todos nosotros, seremos llamados a un grande y terrible reconsiderar […]. Cuando veo que uno de mis hombres ha malogrado parte del salario que debía recibir, porque ha estado holgazaneando en la feria; otro que ha perdido un día por un golpe de la bebida […], no puedo evitar el decirme: «Ha llegado la noche; ha llegado la noche del sábado». Ni el arrepentimiento ni la diligencia de estos pobres hombres pueden ahora hacer buena una semana de mal trabajo. Esta semana se ha perdido en la eternidad.[1034]

Mucho tiempo antes de la época de Hannah More, sin embargo, el tema del celoso gobierno del tiempo había dejado de ser una tradición particular de puritanos, wesleyanos o evangélicos. Fue Benjamin Franklin, que tuvo de por vida un interés técnico en los relojes y que contaba entre sus amigos con John Whitehurst de Derby, inventor del reloj registrador, el que dio su expresión secular menos ambigua:

Puesto que nuestro tiempo está reducido a un patrón, y los metales preciosos del día acuñados en horas, los industriosos saben emplear cada pieza del tiempo en verdadero beneficio de sus diferentes profesiones: y el que es pródigo con sus horas es, en realidad, un malgastador de dinero. Yo recuerdo a una mujer notable, que era muy sensible al valor intrínseco del tiempo. Su marido hacía zapatos y era un excelente artesano, pero no se ocupaba del paso de los minutos. En vano le inculcaba ella que el tiempo es dinero. Él tenía demasiado ingenio para comprenderla, y esto fue su ruina. Cuando estaba en la taberna con sus ociosos compañeros, si uno observaba que el reloj había dado las once: «¿Y qué es eso —decía él— para nosotros?». Si ella le mandaba aviso con el chico de que habían dado las doce: «Dile que esté tranquila, que no pueden ser más». Si que había dado la una: «Ruégale que se consuele, que no puede ser menos».[1035]

Este recuerdo procede directamente de Londres (sospechamos), donde Franklin trabajó como impresor en la década de 1720, si bien sin seguir jamás, nos asegura en su Autobiografía, el ejemplo de sus compañeros de trabajo en observar San Lunes. Es en cierto sentido apropiado que el ideólogo que proporcionara a Weber su texto central como ilustración de la ética capitalista[1036] perteneciera no al Viejo Mundo, sino al Nuevo: el mundo que inventaría el reloj registrador, sería pionero en el estudio de tiempo y movimiento y llegaría a su apogeo con Henry Ford.[1037]

VII

Los nuevos hábitos de trabajo se formaron, y la nueva disciplina de tiempo se impuso, de todos estos modos: la división del trabajo, la vigilancia del mismo, multas, campanas y relojes, estímulos en metálico. En algunos casos tardó muchas generaciones (como en el caso de los alfares) y se puede poner en duda en qué medida se consiguió plenamente: los ritmos irregulares de trabajo se perpetuaron (e incluso institucionalizaron) hasta el presente siglo, notablemente en Londres y en los grandes puertos.[1038]

A lo largo del siglo XIX se continuó dirigiendo a los obreros la propaganda de la economía del tiempo, degradándose la retórica, deteriorándose cada vez más los apóstrofes a la eternidad, haciéndose las homilías cada vez más pobres y banales. En tratados y folletos de comienzos de la época victoriana dirigidos a las masas, la cantidad del material ahoga. Pero la eternidad se ha convertido en uno de esos interminables relatos de muertes pías (o pecadores heridos por el rayo), mientras que las homilías se han convertido en pequeños retazos smilesianos sobre el humilde que progresó gracias al madrugar y la diligencia. Las clases ociosas empezaron a descubrir el «problema» (del cual tanto oímos hoy) del ocio de las masas. Una considerable proporción de trabajadores manuales (descubrió con alarma un moralista) después de terminar su trabajo tenían

muchas horas del día para pasarlas como mejor creyeran, Y ¿de qué manera […] gastan este tiempo precioso aquellos cuyo pensamiento no está cultivado? […]. Los vemos a menudo simplemente aniquilando estas porciones de tiempo. Durante una hora, o varias seguidas, […] se sientan en un banco o se tumban sobre la orilla del río o en un altozano […] abandonados a una completa ociosidad o letargo […] o agrupados en la carretera dispuestos a encontrar en lo que pase ocasión para una grosera jocosidad; lanzando alguna impertinencia o expresando alguna procacidad insultante, a expensas de las personas que pasan.[1039]

Esto era, claramente, peor que el bingo: nula productividad, combinada con descaro. En una sociedad capitalista madura hay que consumir, comercializar, utilizar todo el tiempo; es insultante que la mano de obra simplemente «pase el rato».

Pero ¿hasta qué punto tuvo realmente éxito esta propaganda? ¿En qué medida nos está permitido hablar de una reestructuración radical de la naturaleza social del hombre y de sus hábitos de trabajo? En otro lugar he dado algunas razones para suponer que esta disciplina se había interiorizado realmente, y considerar las sectas metodistas de principios del XIX como una expresión de la crisis psíquica que acarreó.[1040] Así como el nuevo sentido del tiempo de los mercaderes y la alta burguesía del Renacimiento parece encontrar una forma de expresión en una intensa conciencia de la moral, así, podemos sostener, la extensión de este sentido a la gente obrera durante la Revolución Industrial (junto con los riesgos y alta mortalidad de la época) puede ayudarnos a explicar el énfasis obsesivo en la muerte de sermones y tratados que eran consumidos por la clase trabajadora. O (desde un punto de vista positivo) se puede observar que, mientras se desarrolla la Revolución Industrial, los incentivos salariales y las fuerzas de consumo en expansión —las recompensas palpables del consumo productivo del tiempo y la evidencia de nuevas posiciones «predictivas» ante el futuro—[1041] son claramente efectivos. Hacia las décadas de 1830 y 1840 era generalmente observado que el obrero industrial inglés se distinguía de su compañero irlandés no por su mayor capacidad para el trabajo intenso, sino por su regularidad, su metódica administración de energía, y quizá también por la represión no de los placeres, pero sí de la capacidad para descansar a las antiguas y desinhibidas usanzas.

No existe medio alguno para cuantificar el sentido del tiempo de uno o un millón de obreros. Pero es posible proporcionar un comprobante de tipo comparativo. Porque lo que el moralista mercantilista decía con respecto a la falta de respuesta del inglés pobre del siglo XVIII a incentivos y disciplinas es con frecuencia repetido por observadores y teóricos del desarrollo económico con respecto a las gentes de países en vías de desarrollo hoy día. Así, por ejemplo, se consideraba a los peones mexicanos en los primeros años de este siglo como «gente indolente e infantil». El minero mexicano tenía la costumbre de volver a su aldea para sembrar y cosechar el grano:

Su falta de iniciativa, incapacidad para ahorrar, ausencias cada vez que celebran una de sus excesivas fiestas, disposición para trabajar solo tres o cuatro días a la semana si con eso paga sus necesidades, insaciable deseo de alcohol […] se señalaban como prueba de su inferioridad natural.

No respondía al estímulo directo del jornal, y (como el minero inglés del carbón o del estaño del siglo XVIII) respondía mejor a sistemas de contratación y subcontratación:

Cuando se le da un contrato y la seguridad de que obtendrá tanto dinero por tonelada que saque de la mina, y que no importa cuánto tiempo tarde en sacarlo, o cuántas veces se siente a contemplar la vida, trabajará con un vigor extraordinario.[1042]

Al hacer ciertas generalizaciones fundadas en otro estudio de las condiciones de trabajo mexicanas, observa Wilbert Moore: «El trabajo está casi siempre orientado al quehacer en las sociedades no industriales […] y […] puede ser conveniente vincular los salarios a las tareas y no directamente a las horas, en áreas de reciente desarrollo».[1043]

El problema reaparece en formas variadas en la literatura de la «industrialización». Para el ingeniero del desarrollo económico puede ser un problema de absentismo: ¿cómo debe tratar la compañía al obrero impenitente de la plantación de Camerún que declara: «¿Cómo puede un hombre trabajar así, día tras día, sin faltar? ¿No se morirá?».[1044]

Todas las costumbres de la vida africana hacen que un nivel alto y sostenido de esfuerzos en una jornada de extensión dada sea una carga mayor, tanto física como psíquica, que en Europa.[1045]

Los compromisos de tiempo en Oriente Medio y América Latina se tratan con frecuencia con cierta ligereza para criterios europeos; los nuevos obreros industriales solo se acostumbran gradualmente a los horarios regulares, asistencia regular y un ritmo de trabajo regular; no siempre se puede confiar en los horarios para el transporte y entrega de materiales.[1046]

Puede creerse que el problema consiste en adaptar los ritmos estacionales rurales, con sus festejos y fiestas religiosas, a las necesidades de la producción industrial:

El trabajo anual de la fábrica es necesariamente acorde con las demandas de los obreros, en lugar del ideal desde el punto de vista de la más eficiente producción. Numerosos intentos por parte de la administración para alterar el sistema de trabajo han sido nulos. La fábrica vuelve a un plan aceptable al cantelano.[1047]

O se puede considerar, como ocurrió en los primeros años de las fábricas de algodón de Bombay, que consiste en conservar la mano de obra al precio de perpetuar métodos ineficaces de producción —horarios flexibles, descansos y horas de comida irregulares, etc.—. Más generalmente, en países donde el vínculo entre el nuevo proletariado industrial y sus familiares (y quizá tierras arrendadas o derecho a alguna tierra) de la aldea sea mucho más próximo —y se mantenga mucho más tiempo— que en la experiencia inglesa, parece cuestión de disciplinar una mano de obra que solo se siente parcial y temporalmente «comprometida» con la forma de vida industrial.[1048]

Los hechos son abundantes y, por el método de contrastar, nos recuerdan hasta qué punto nos hemos acostumbrado a diferentes disciplinas. Las sociedades industriales maduras de todo tipo se distinguen porque administran el tiempo y por una clara división entre «trabajo» y «vida».[1049] Pero, habiendo llevado hasta este punto el problema, podemos permitirnos moralizar algo por nuestra cuenta, al estilo del siglo XVIII. De lo que se trata no es del «nivel de vida». Si los teóricos del desarrollo así lo desean, aceptaremos que la antigua cultura popular era en muchos sentidos pasiva, intelectualmente vacía, falta de aceleramiento y, simple y llanamente, pobre. Sin disciplinar el tiempo no podríamos tener la apremiante energía del hombre industrial; y llegue esta disciplina en forma de metodismo, estalinismo o nacionalismo, llegará al mundo desarrollado.

Lo que hay que decir no es que una forma de vida es mejor que otra, sino que es parte de un problema mucho más profundo; que el testimonio histórico no es sencillamente cambio tecnológico neutral e inevitable, sino también explotación y resistencia a la explotación; y que los valores son susceptibles de ser perdidos y encontrados. Los trabajos de sociología de la industrialización, que se multiplican con rapidez, son como un paisaje estragado por diez años de sequía moral: hay que pasar muchos miles de palabras que conforman resecas abstracciones ahistóricas, entre cada oasis de realidad humana. Hay demasiados empresarios del desarrollo occidentales que parecen sentirse enteramente satisfechos de los beneficios que, con respecto a la reforma del carácter, ofrecen con sus manos a sus retrasados hermanos. La «estructuración de la mano de obra», nos dicen Kerr y Siegel,

supone el establecimiento de reglas para las horas de trabajo y no trabajo, para los métodos y cantidades a pagar, para el movimiento de entrada y salida al trabajo y de una posición a otra. Supone reglas relacionadas con el mantenimiento de la continuidad en el proceso laboral […], el intento de minimizar la revuelta individual u organizada, la provisión de una visión del mundo, de orientación ideológica, de creencias…[1050]

Wilbert Moore ha llegado a confeccionar una lista de la compra de «los omnipresentes valores y las guías normativas de alta relevancia para la meta del desarrollo social»; «Estos cambios de actitud y creencias son “necesarios” para lograr un rápido desarrollo económico y social»:

Impersonalidad: juicio por méritos y actos, no por procedencia social o cualidad sin importancia

Especificidad de las relaciones en términos tanto de contexto como de límites de interacción

Racionalidad y resolución de problemas

Puntualidad

Reconocimiento de interdependencia individualmente limitada pero sistemáticamente vinculada

Disciplina, deferencia ante la autoridad establecida

Respeto al derecho de propiedad

Estos, junto con «resultados y aspiración de ascenso», nos tranquiliza Moore, no se

indican como lista exhaustiva de los méritos del hombre moderno […]. El «hombre completo» también amará a su familia, venerará a Dios y expresará sus habilidades estéticas. Pero mantendrá cada uno de estos aspectos «en su sitio».[1051]

No debe sorprender que las «provisiones de orientación ideológica» de los Baxter del siglo XX sean bien acogidas en la Fundación Ford. Que aparezcan también a menudo en publicaciones patrocinadas por la Unesco es menos fácilmente explicable.

VIII

Es un problema por el que tienen que pasar, y superar, los pueblos del mundo en vías de desarrollo. Esperemos que recelen de los modelos manipuladores, que presentan a las masas trabajadoras simplemente como mano de obra inerte. Y en cierto sentido, también, en el ámbito de los países industriales avanzados, ha dejado de ser un problema situado en el pasado. Porque hemos llegado a un punto en el que los sociólogos están disertando sobre el «problema» del ocio. Y parte del problema es cómo llegó a convertirse en tal. El puritanismo, en su matrimonio de conveniencia con el capitalismo industrial, fue el agente que convirtió a los hombres a la nueva valoración del tiempo; que enseñó a los niños, incluso en su infancia, a progresar a cada luminosa hora y que saturó las cabezas de los hombres con la ecuación «El tiempo es oro».[1052] Una forma constante de revuelta en el mundo occidental industrial y capitalista, sea bohemia o beatnik, ha tomado con frecuencia la forma de una ignorancia absoluta de la urgencia de los respetables valores del tiempo. Y surge una interesante pregunta: si el puritanismo fue parte necesaria de la ética laboral que permitió al mundo industrializado salir de las economías de pobreza del pasado, ¿empezará a descomponerse la valoración puritana del tiempo al aflojarse las presiones de la pobreza? ¿Está ya en descomposición? ¿Empezarán los hombres a perder ese inquieto sentido de urgencia, ese deseo de consumir el tiempo con resolución, que lleva la mayoría de la gente con la misma naturalidad que un reloj de pulsera?

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