Costumbres en común
Introducción de Julio Martínez-Cava
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La suposición que subyace en ambas crónicas es que la venta de la esposa era la compra directa de un bien mueble. Y una vez que este estereotipo ha quedado establecido, es facilísimo interpretar los datos a través de él. Entonces puede darse por sentado que la esposa se subastaba como un animal o un bien mueble, tal vez contra su voluntad, ya fuera porque el marido deseaba librarse de ella o por motivos meramente interesados. Como tal, la costumbre no admitía ningún examen escrupuloso. Podía tomarse como un triste ejemplo de la opresión abyecta de la mujer o como ilustración de la ligereza con que los pobres de sexo masculino contemplaban el matrimonio.
Pero es este estereotipo —y no el hecho de que de vez en cuando se vendieran esposas— el que debe investigarse. En cualquier caso, parecía aconsejable recoger algunos datos antes de ofrecer explicaciones dignas de confianza. En la década de 1960 comencé —con mucha ayuda de amigos y correspondientes— a recopilar información sobre ventas «rituales» en los siglos XVIII y XIX; y a finales de dicha década y durante la de 1970 molesté con borradores del presente capítulo a numerosos congresos y públicos de Inglaterra y Estados Unidos. En 1977 ya tenía fichados unos trescientos casos, aunque por lo menos cincuenta de ellos son demasiado vagos o dudosos para tomarlos como pruebas. Mientras tanto, retrasé la publicación de mis conclusiones, aunque se dio breve noticia de ellas en la obra de otros estudiosos.[1061] Debido a nuevos retrasos en 1981, se me anticipó Samuel Pyeatt Menefee con su importante libro Wives for sale.
El señor Menefee emprendió su estudio etnográfico como tesis en el Departamento de Antropología Social de la Universidad de Oxford y es posible que el tema hubiera llamado la atención de dicho departamento al presentar yo una monografía sobre el mismo en uno de sus seminarios. Yo no podía decir que el tema fuese de mi propiedad y, de hecho, mi intención había sido despertar el interés de los historiadores y los antropólogos. No obstante, mi primera respuesta fue considerar que mi trabajo era ya innecesario. El señor Menefee había estudiado el asunto con gran laboriosidad; había mandado circulares a muchas bibliotecas y archivos; había reunido mucho material curioso y un poco de material pertinente; y había superado mi recuento, con un apéndice de 387 casos. Además, compartió mi redefinición del ritual al ponerle a su libro el subtítulo de «Estudio etnográfico del divorcio popular británico». Con un poco de tristeza —pues el tema me había interesado durante algunos años— arrinconé mi monografía.
Ahora la he vuelto a sacar y la presento tardíamente al público porque, después de todo, no creo que el señor Menefee y yo nos repitamos el uno al otro o estemos estudiando las mismas cuestiones. El señor Menefee escribió en calidad de aprendiz de etnógrafo y su conocimiento de la historia social británica y su disciplina era elemental. A resultas de ello, su comprensión del contexto social es reducida, tiene pocos criterios para distinguir entre los datos válidos y los viciados y sus fascinantes ejemplos aparecen en un revoltillo de material que no hace al caso y de interpretaciones contradictorias. Podemos estar agradecidos por su libro, que es fruto de un arduo trabajo y está cuidadosamente documentado. Pero no podemos tomarlo como la autoridad definitiva sobre la venta de esposas.
Puede que el ritual posea solo un interés marginal y que, en general, tenga poco que ver con el comportamiento sexual o las normas conyugales. Brinda únicamente una ventana pequeña para contemplar estas cuestiones. Pero no hay muchas ventanas de esta clase y jamás tendremos una visión plena hasta que se haya corrido la cortina de todas ellas y las perspectivas se crucen. A partir de estos datos fragmentarios y enigmáticos debemos arrancar las percepciones que podamos de las normas y la sensibilidad de una cultura perdida, y de las crisis interiores de los pobres.
II
Los datos cuantitativos sobre la venta de esposas y su frecuencia son, en la mayoría de los sentidos, los menos satisfactorios de cuantos se ofrecen en el presente capítulo, de manera que empezaremos por esto. He recogido unos trescientos casos, de los cuales he desechado cincuenta por dudosos. Menefee hace una lista de 387 casos, pero entre ellos hay muchos que son vagos y dudosos, con frecuencia cuenta dos veces el mismo caso y hay algunos que no son «verdaderas» ventas rituales. Digamos que tengo doscientos cincuenta casos auténticos y que Menefee tiene trescientos. Pero alrededor de ciento cincuenta casos aparecen en ambas listas: casos recogidos de fuentes tan obvias como Notes and queries, los índices de The Times, colecciones folclóricas, etc. Así pues, juntos hemos reunido unos cuatrocientos ejemplos.
Aun así, me ha parecido necesario seleccionar este material, especialmente en los primeros años (antes de 1760) y los posteriores a 1880. La venta o intercambio de una esposa, para servicios sexuales o domésticos, parece haber tenido lugar, a veces, en la mayoría de los sitios y épocas. Puede ser solamente una transacción aberrante, con o sin una supuesta base contractual; a veces se deja constancia de ella hoy día. Por desgracia, algunos de los ejemplos más antiguos casi no ofrecen información acerca de la naturaleza de la práctica. Así, sin más datos, la crónica de un historiador local «de un antiguo documento relativo a Bilston» —«Noviembre de 1692, John, el hijo de Nathan Whitehouse, de Tipton, vendió a su esposa al señor Bracegirdle»— no puede aspirar a la dignidad de que se la considere una venta ritual de esposa.[1062] Pero algunos de los ejemplos posteriores, aunque están mejor documentados, también presentan dificultades. Así, en 1913 una joven casada prestó declaración en un juzgado de Leeds (en un caso de manutención) diciendo que su marido la había vendido por una libra a un compañero de trabajo que vivía en la calle de al lado. El hijo de la joven fue engendrado por el segundo hombre, que lo reconoció durante seis semanas y luego le dijo que lo ahogase. Pero este hombre ya estaba casado y luego volvió con su esposa.[1063] Si fue una venta de esposa, entonces es que la costumbre estaba en avanzado estado de descomposición y la práctica se desvía del uso aceptado anteriormente.
Hay algunos casos anteriores a 1760 y posteriores a 1880 que proporcionan mejores datos. Pero, a efectos de recuento, decidí dejar los casos anteriores a 1760 a historiadores que estén mejor preparados para interpretar la información, así como pasar por alto los posteriores a 1880. Esto redujo el número de mis casos a 218 que puedo aceptar como auténticos entre 1760 y 1880:[1064]

Los casos proceden de todas las regiones de Inglaterra, pero solo tengo uno de este periodo que procede de Escocia y muy pocos del país de Gales. Los condados con diez o más ejemplos son: Derbyshire (10), Devon (12), Kent (10), Lancashire (12), Lincolnshire (14), Middlesex y Londres (19), Nottinghamshire (13), Staffordshire (16), Warwickshire (10) y (en un lugar muy alto) Yorkshire (44).
Estas cifras demuestran pocas cosas, excepto que la práctica ciertamente existía, y en la mayoría de las regiones de Inglaterra. Los números corresponden a casos visibles y la visibilidad debe interpretarse, como mínimo, en tres sentidos. En primer lugar, son acontecimientos cuyo rastro da la casualidad de que ha sido visible para mí. Si bien Menefee y yo ofrecemos el mismo esquema general, ambos hemos dependido en cierto grado de lo que llamó la atención de los folcloristas o fue copiado por los periódicos metropolitanos. No hay fuentes de las que pudiera extraerse una muestra sistemática y solo un examen de los periódicos provinciales de todas las regiones podría aspirar a reunir tal muestra.[1065] En segundo lugar, se trata de acontecimientos que tuvieron que adquirir cierta notoriedad para dejar alguna huella en los anales. Una venta ritual en el mercado de una población importante podía adquirir dicha notoriedad, pero una venta privada en una taberna tal vez no la adquiriría, a menos que la acompañase alguna circunstancia poco corriente. Dado que la segunda forma era la que se prefería en algunos distritos y generalmente desplazó a la primera después de 1830 o 1840, no podemos albergar ninguna esperanza de aportar alguna cantidad exacta.
Pero es la visibilidad en un tercer sentido la que mayor importancia reviste, la que ofrece la mayor puntualización de las cantidades y la que ilustra la naturaleza escurridiza de los datos que debemos manejar. Porque ¿cuándo la venta de una esposa se hizo visible a un público distinguido o de clase media y, por ende, mereció aparecer en letra de molde? La respuesta debe estar relacionada con cambios indistintos en la conciencia social, en los criterios morales y en los valores de las noticias. La práctica pasó a ser motivo más frecuente de noticias y comentarios a comienzos del siglo XIX. Pero durante gran parte del siglo XVIII los periódicos no solían publicar comentarios sociales o domésticos de esta clase. Hay buenas razones para suponer que la venta de esposas estaba muy generalizada antes de 1790. De la costumbre se daban pocas noticias porque no se consideraba merecedora de ello, a menos que le diera interés alguna circunstancia complementaria (de índole humorística, dramática, trágica, escandalosa). Este silencio podía tener varias causas: ignorancia cortés (la distancia entre la cultura del público de los periódicos y la de los pobres), indiferencia ante una costumbre tan común que no necesitaba comentario, o el desagrado. La venta de esposas se convirtió en noticia en la misma época en que se produjo el renacimiento evangélico, el cual, al elevar el umbral de la tolerancia de la clase media, redefinió una cuestión de «ignorancia» popular y la transformó en otra de escándalo público.
Esto tiene consecuencias desafortunadas. Porque, aunque después de 1790 a veces se da noticia de la práctica como comedia o tema de interés humano, más a menudo se informa de ella empleando un tono de desaprobación moral tan acentuado que borra las pruebas que solo la objetividad hubiera podido aportar. La venta de esposas demostró que un «sistema de comercio con carne humana» «no se hallaba limitado a las costas de África»; que la soga que hacía las veces de ronzal de la esposa hubiera sido mejor utilizarla para ahorcar o azotar a las partes de la transacción; y que (comúnmente) era «una escena de lo más repugnante y vergonzosa» (Smithfield, 1832), «una de esas escenas repugnantes que son una deshonra para la sociedad civilizada» (Norwich, 1823), «una transacción indecente y degradante» (York, 1820). El marido que vendía a su esposa era «un animal con forma humana» (Nottingham, 1844), y la esposa misma era o bien una «tunanta impúdica» o un objeto de lástima sensiblera.
Esto hace que la investigación sea difícil. Un recuento por décadas de casos visibles entre 1800 y 1860 indica: 1800-1809, 22; 1810-1819, 32; 1820-1829, 33; 1830-1839, 47; 1840-1849, 22; 1850-1859, 14.[1066] Si se hiciera un gráfico con estos datos, saldría una curva ascendente de ventas que alcanzaría un punto máximo a comienzos de la década de 1830 (9 ventas en 1833) y luego descendería acusadamente. Pero un gráfico de las ventas reales podría resultar diferente de un gráfico de ventas visibles. Porque este último no es un gráfico de ventas, sino del escándalo moral provocado por las ventas. Este escándalo iba acompañado de una actuación creciente de los magistrados, la policía, los funcionarios de los mercados y los moralistas contra la venta de esposas. También estaba asociado con una corriente cada vez mayor de desaprobación en el seno de la propia cultura popular, una corriente alimentada por fuentes evangélicas, racionalistas y radicales o sindicales. Es muy posible que las ventas reales alcanzaran un punto máximo en algún momento del siglo XVIII o principios del XIX y cabe que la publicidad que se dio a estas ventas entre 1820 y 1850 recogiera los restos tardíos y un tanto vergonzantes de una práctica que ya estaba en decadencia. Puede que, a su vez, esta publicidad contribuyera a expulsar la venta de esposas del mercado público y obligarla a adquirir formas más secretas.
Las fuentes escritas vienen a confirmar en parte esta sugerencia. Así, hay una clara descripción de la venta ritual de esposas, mediante subasta pública y con la entrega de la mujer provista de un ronzal, en un excelente tratado de leyes titulado The laws respecting women as they regard their natural rights, publicado en 1777. Ni yo ni Menefee tenemos muchos casos anteriores a 1777 que indiquen claramente una venta ritual, pero el autor de este práctico tratado no podía tener ningún motivo para inventar el asunto. También John Brand, en su obra Observations on popular antiquities, da noticia de la práctica en términos que inducen a pensar que se trata de los restos de una tradición más vigorosa:
Una superstición notable impera todavía entre lo más bajo de nuestro vulgo, la de que un hombre pueda vender legítimamente su esposa a otro, siempre y cuando la entregue con un ronzal alrededor del cuello.[1067]
Partiendo de estas referencias, podríamos suponer que la venta ritual de esposas era común en 1777 y que apenas merecía comentario, y que así había sido durante un siglo o más. Esto me parece improbable y el tono que emplea la prensa para dar noticia de ello sugiere una evolución diferente. Así, un caso que se dio en Oxford en 1789 aparece descrito como «el modo vulgar de divorcio adoptado últimamente»; en 1790 una noticia procedente de Derbyshire hablaba de la entrega de la esposa con un ronzal «de la forma acostumbrada que se ha practicado últimamente», y en el mismo año periódicos tanto de Derby como de Birmingham juzgaron necesario señalar que «como últimamente han sido frecuentes los ejemplos de la venta de esposas entre la clase baja», tales ventas eran «ilegales y nulas».[1068] Esto podría indicar que la venta de esposas, en su forma ritual de subasta en el mercado y ronzal, si bien predominaba en algunas partes del país en 1777, solo muy poco a poco iba propagándose a otras.[1069] Al llegar la década de 1800, los periódicos pueden hacer referencia a las ventas «en el estilo habitual» y a «escenas vergonzosas que en los últimos tiempos se han hecho demasiado comunes».[1070] Pero los datos relativos a su evolución son inciertos y el asunto debe quedar sin resolver.
Nunca se sabe con certeza si los casos de que se da noticia son la punta de un iceberg o un indice fiel de la frecuencia.[1071] En cualquier momento anterior a 1790 y 1830 la visibilidad no puede tomarse como indicación de la naturaleza excepcional del acontecimiento. Cuando en 1819 el rector de Clipsham, en Rutland, acusó a un feligrés de haber comprado una esposa, se señaló que «se escogió al comprador para castigarlo por ser el más opulento y el más apropiado para dar ejemplo». Sin embargo, en aquel tiempo había en Clipsham solamente 33 casas y 173 habitantes.[1072] En las décadas de 1830 y 1840, sin embargo, es mayor la sugerencia de que los casos visibles se consideraban poco habituales o residuales. En 1839, de una venta efectuada en Witney se dijo que era «uno de estos acontecimientos vergonzosos, que afortunadamente no son […] frecuentes»; mientras que una venta hecha en Bridlington el año anterior fue comparada con «una transacción parecida» en la misma ciudad diez años antes.[1073]
El consenso de la opinión ilustrada de mediados del siglo XIX era que la práctica existía únicamente entre el estrato más bajo de los trabajadores, especialmente en el campo remoto: tal como lo había expresado Brand, «lo más bajo de nuestro vulgo». Esto puede compararse con las ocupaciones que en mi muestra se atribuyen o bien al esposo o al comprador. Si bien la naturaleza del informe no garantiza su fidelidad, la ocupación se atribuye en 158 casos:
Venta de esposas: ocupación que se atribuye
al esposo o al comprador
15 braceros
8 mineros del carbón (incluidos poceros y mineros)
7 peones (incluidos cavadores de zanjas y constructores de taludes)
6 cocheros (incluidos postillones y palafreneros)
5 herreros; agricultores: braceros agrícolas o «campesinos»; zapateros; soldados; sastres
4 deshollinadores; jardineros
3 enladrilladores; ladrilleros; carniceros; carpinteros o ebanistas; trabajadores fabriles; tratantes de caballos o ganado; fabricantes de clavos; caldereros remendones
2 panaderos; escribientes; arrieros de burros; basureros; gentlemen; pastores; molenderos; trabajadores del hierro; marineros; calceteros; aguadores; tejedores
1 cestero; vendedor ambulante de mantas; fabricante de calzones; botonero; carretero; quemador de escoria; trabajador de la industria pañera; comerciante en carbón; palero; mercader de pieles; vendedor ambulante de jengibre; sombrerero vendedor de heno porquero; gabarrero; albañil; colchonero; oficial; pintor; tabernero; trapero; transportista de arena; aserrador; obrero siderúrgico; picapedrero; cortador de paja; comerciante; guardabosque
Designados por oficio, circunstancia, etc., en vez de por ocupación: pobres (2); pensionistas (2); vueltos de la deportación (2); cazador furtivo (1); y Henry Brydges, segundo duque de Chandos
A esto deberían añadirse sugerencias generales (pero imprecisas) en el sentido de que la venta de esposas era corriente entre ciertas ocupaciones, tales como peones ferroviarios, gabarreros y caldereros remendones o viajantes. Pero parece que las ocupaciones muy picarescas, con gran movilidad y muchas vicisitudes de la fortuna, estimulaban —como en el caso de los marineros y los soldados— conceptos diferentes del «matrimonio», que ambas partes veían como un acuerdo más transitorio.
Este cuadro de ocupaciones contiene pocas sorpresas (dejando aparte al duque de Chandos).[1074] Hay un grupo nutrido (19) que se dedica de algún modo a los oficios relacionados con la ganadería y el transporte y que probablemente frecuentaba los mercados de ganado. Otro grupo (14) procede de los oficios de la construcción, que compartía con los peones una gran movilidad. Los que quedan fuera son los de categoría social superior. De los dos supuestos gentlemen, uno compró a la esposa de un trabajador de la industria pañera en Midsomer Norton, Somerset, en 1766, por seis guineas: no se menciona ningún ritual público, la venta se hizo mediante contrato privado y, según dice ella misma, no se consultó con la esposa (véase la p. 562). En el otro caso, ocurrido en Plymouth en 1822, el gentleman era el esposo que quería vender a su esposa: volveremos a ocuparnos de este caso (pp. 573-574), que está bien documentado de una forma insólita. Otro caso, en Smithfield en 1815, llamó la atención precisamente por la riqueza y la categoría social de las partes: el marido era ganadero, el comprador, un «célebre tratante en caballos», el precio de compra fue alto (cincuenta guineas y «un valioso caballo en el que iba montado el comprador») y «la dama (el objeto de la venta), joven, hermosa y vestida elegantemente, fue llevada al mercado en una carroza y expuesta a la vista de su comprador con un ronzal de seda alrededor de los hombros, que estaban cubiertos por un suntuoso velo de encaje blanco». La prensa dijo en tono de desaprobación que «hasta ahora solo hemos visto degradarse de esta manera a los que se mueven entre las clases más bajas de la sociedad».[1075]
El esquema de ocupaciones que sugiere esta muestra no es el de los oficios suntuarios ni el de los artesanos especializados, sino el de la cultura plebeya más antigua que los precedió y durante mucho tiempo coexistió con ellos. Los trabajadores de la principal industria productiva, la textil, se hallan representados de forma muy insuficiente; aunque Yorkshire aporta más ejemplos que cualquier otro condado, indica mineros del carbón y oficios no especializados, pero ningún cultivador, ningún peinador de lana y solo dos tejedores. En la muestra hay herreros, pero no hay mecánicos ni fabricantes de instrumentos; hay peones, pero no hay carpinteros de ribera; y solo tres obreros u operarios de fábrica. Las mujeres, por ser esposas, se describen atendiendo a su aspecto, su porte o su supuesta conducta moral, pero muy raramente atendiendo a su ocupación. Pero sabemos que había dos poceras; como mínimo, dos eran pobres que fueron vendidas con el fin de que la parroquia se ahorrara el impuesto para pobres; una era operaria en una fábrica y la otra, devanadora en una fábrica textil.
Sería inútil (por razones que se harán evidentes) cuantificar el coste ascendente o descendente de la compra de esposas. En el primer lugar de la lista (un caso insatisfactorio), un comerciante en carbón de Wolverhampton vendió supuestamente a su esposa en 1865 a un marinero norteamericano por 100 libras, más 25 libras por cada uno de sus dos hijos.[1076] En el otro extremo, las esposas se daban gratuitamente, o a cambio de un vaso de cerveza; la suma de dinero más baja que se pagó fue de tres cuartos de penique.
Quizá el promedio era de entre 2 chelines con 6 peniques y 5 chelines, aunque hay muchos ejemplos de cifras superiores e inferiores. Pero el marido con frecuencia exigía una ponchera llena o un galón de cerveza además del precio de compra, y a veces algún otro artículo: un reloj, un poco de paño, tabaco. Un arriero de burros de Westminster vendió su esposa a otro arriero por 13 chelines y un burro. En un caso muy citado que ocurrió en Carlisle (1832) un agricultor que tenía alquiladas 17 hectáreas vendió su esposa a un pensionista por 20 chelines y un perrazo terranova. Quitó el ronzal de paja del cuello de su esposa, se lo puso a su nueva adquisición y se fue a la posada más cercana.[1077]
III
Todo esto está muy bien para los aficionados a las chismorrerías cuantitativas, pero ha llegado el momento de que nos pongamos a trabajar seriamente e investiguemos: ¿cuál es la importancia de la forma de comportamiento que hemos tratado de contar? Las más de las veces, el material aparece en la prensa de forma abreviada —o, de vez en cuando, sensacionalista—, lo cual dificulta la investigación. La noticia puede ser de lo más breve:
El martes, 25 de febrero, un tal Hudson llevó a su esposa al mercado de Stafford y se libró de ella mediante subasta pública, después de muchas ofertas, por 5 chelines y 5 peniques.[1078]
Un individuo llamado Jackson vendió a su esposa por 10 chelines y 6 peniques en Retford, la semana pasada, en el mercado público.[1079]
O una noticia puede tener un tono más jocoso:
El pasado lunes Jonathan Heard, jardinero de Witham, vendió a su esposa y a su hijo, una gallina y once cerdos, por seis guineas a un enladrillador del mismo lugar. En ese día los solicitó y los recibió con los brazos abiertos en medio de una prodigiosa concurrencia. Los enterados piensan que el enladrillador ha hecho muy mal negocio.[1080]
O la noticia puede dar más detalles. En 1841 el Derby Mercury describió una «escena vergonzosa» en el mercado de Stafford:
Un trabajador, hombre de hábitos ociosos y disolutos, llamado Rodney Hall, domiciliado en Dunstone Heath, cerca de Penkridge, llevó a su esposa a la ciudad con un ronzal alrededor del cuerpo, con el fin de enajenarla en el mercado público al mejor postor. Habiéndola llevado al mercado y pagado el tributo, le hizo dar dos vueltas al mercado, cuando un hombre llamado Barlow, de la misma clase de vida, se la compró por 18 peniques y un cuarto de galón de cerveza, y la mujer fue entregada oficialmente al comprador. Las partes fueron luego a la Posada de los Postes Azules para ratificar la transferencia.[1081]
Otro ejemplo se refiere a Barton-upon-Humber (Lincolnshire), en 1847:
El miércoles […] el pregonero anunció que la esposa de George Wray, de Barrow […] sería ofrecida en venta mediante subasta en el mercado de Barton a las 11 de la mañana […]; a la hora en punto el vendedor hizo su aparición con la dama, que llevaba un ronzal nuevo atado alrededor de la cintura. En medio de los gritos de los espectadores, el lote fue puesto a subasta y […] adjudicado a William Harwood, aguador, por la suma de un chelín, del cual debían devolverse tres medios peniques para que «trajeran suerte». Harwood se marchó cogido del brazo de su sonriente ganga, tan tranquilo como si acabara de comprar un abrigo nuevo o un sombrero.[1082]
Normalmente, este es el único material que tenemos. Solo en muy pocos casos —por ejemplo, cuando alguno comparece ante los tribunales— obtenemos más información. Pero el material no carece de valor y cuando se trabaja con él aparecen ciertas pautas. La venta de una esposa en modo alguno era un asunto fortuito, y raramente un asunto cómico. Era muy ritualizada; tenía que efectuarse en público y con la debida ceremonia. Es posible que hubiera dos formas de venta de esposa y que una u otra fuese la favorita en diferentes partes del país, aunque coincidían en determinadas cosas y ello causa cierta confusión: 1) una forma que requería publicidad en el mercado y la utilización del ronzal; yo llamo a esta forma la «verdadera» venta ritual de la esposa; 2) una forma que llevaba aparejado un contrato de venta por escrito, con testigos y algún ritual abreviado de «entrega» en un bar público. De mis 218 casos se indica un mercado en 121, una venta dentro de una posada (ante testigos) en 10 casos y un contrato privado por escrito (sin mencionarse ninguna posada) en 5 casos. El ronzal se menciona en 108 casos, normalmente en el mercado, pero a veces dentro de la posada. No hay ninguna indicación sobre la forma (mercado, posada o ronzal) en los 82 casos restantes.
En la verdadera venta de una esposa, el ritual prescribía alguna de las formas siguientes, aunque había variaciones regionales y no todas las formas que se comentan a continuación deben seguirse necesariamente en un caso dado.
La venta debe tener lugar en un mercado reconocido o nexo de intercambio parecido. La antigüedad o la familiaridad influían en la elección. Frecuentemente, las partes ocupaban sus lugares respectivos delante de la antigua «cruz» del mercado o de algún rasgo sobresaliente: en Preston (1817), el obelisco; en Bolton (1835), la nueva «columna del gas».[1083] Si la venta tenía lugar en un pueblo grande sin mercado, entonces las partes ejecutarían la ceremonia delante de la posada principal o dondequiera que acostumbraran a tener lugar las transacciones públicas. Pero, al parecer, las ventas en tales pueblos eran raras e incluso en los pueblos grandes las partes solían trasladarse a ciudades con mercado, andando kilómetros hasta alcanzar su objetivo.[1084]
A veces la escena de la venta era algún otro emporio público o lonja: en Dartmouth (1817), el muelle público,[1085] o, como en la novela de Hardy, una feria. Parece que la opinión popular no acababa de estar segura de la legitimidad de tales transacciones. En un caso confuso habido en el mercado de Bath (1833) una dama «elegantemente ataviada» con un ronzal de seda fue puesta en venta, aunque ya había sido vendida días antes, por 2 chelines y 6 peniques, en la feria de Lansdown, «pero el trato no se consideró legal; primero porque la venta no se celebró en un mercado público y, en segundo lugar, porque el comprador ya tenía esposa».[1086] La segunda razón fue probablemente la que tuvo más peso de las dos, toda vez que no cabe duda de que se efectuaron ventas en otras ferias.[1087]
La venta iba a veces precedida de alguna proclamación o algún anuncio público. El pregonero o campanillero se empleaba para tal fin, o el marido podía pasearse por el mercado llevando un aviso de la venta que se proponía hacer. Baring-Gould deja constancia de la anécdota de un tabernero de Devonshire que puso un
AVISO
Esto de aquí es para hinformar al publiko de como James Cole esta dizpuezto a vender zu ezpoza en Suvasta. Ella ser mujer dezcente, limpia y se de edad beinti cinco haños. Venta tener lugar en Posada Nueba, juebes prosimo, siete oras.
Resulta difícil aceptar la veracidad de esta anécdota (con su ortografía conscientemente cómica), aun cuando Baring-Gould insistió en ella y afirmó que la mujer aún vivía cuando él escribió el libro (1908).[1088] Pero no cabe duda de que la venta se anunciaba por adelantado.
El ronzal ocupaba un lugar central en el ritual. La esposa era llevada al mercado con el ronzal puesto, generalmente alrededor del cuello, a veces alrededor de la cintura. Solía ser de soga y nuevo (costaba unos 6 peniques), pero los había de seda, adornados con cintas, trenzados de paja y simples «traíllas de penique».
Puede que el simbolismo del ronzal experimentase cierta evolución. Cabe que el término crítico sea «entrega». Algunos informes antiguos hacen pensar que a veces el marido y el comprador llegaban antes a un acuerdo de venta (que luego podía ponerse por escrito) y que después, al día o la semana siguiente, la esposa fuera «entregada» públicamente al comprador llevando el ronzal. En un ejemplo tardío (Stockport, 1831) tenemos la expresión textual. El marido acordó vender su esposa a un carnicero, Booth Milward:
Yo, Booth Milward, compré a William Clayton su esposa por cinco chelines, la cual debe ser entregada el 25 de marzo de 1831, entregada con un ronzal, en casa del señor John Lomax.
El acuerdo, redactado en una cervecería, fue firmado por el marido y tres testigos.[1089]
Pero la palabra «entregada» todavía no había adquirido el mismo sentido que se le da cuando se habla de entregar comestibles o un mensaje. En su uso común antes de 1800 su significado era más bien «liberar, renunciar totalmente a algo, rendir, poner algo en poder o custodia de otra persona» (OED). Por consiguiente, la entrega con un ronzal simbolizaba poner a la esposa en poder de otro, y la importancia del ritual radicaba exactamente en su demostración pública de que el marido era parte gustosa (o resignada) de la transacción. Esta publicidad era también esencial porque mostraba el consentimiento de la esposa, o permitía a esta repudiar un contrato hecho entre su esposo y otro hombre sin el consentimiento de ella.
Como quiera y cuando quiera que tuviese su origen el ritual del ronzal, a finales del siglo XVIII en muchas partes del país ya lo consideraban elemento esencial de un traspaso «legítimo». En Thame tuvo lugar la reventa de una esposa en 1789: a un hombre que había vendido a su esposa dos o tres años antes por media guinea sus vecinos le dijeron que «el trato no era válido porque no la había vendido en un mercado público». Así pues, «la llevó atada con una cuerda al mercado de Thame, que quedaba a unos once kilómetros, y allí la vendió por dos chelines y seis peniques, y pagó un tributo de cuatro peniques».[1090]
La esposa podía conducirse al mercado con un ronzal o este podía ponérsele en el momento de la venta. (Si la mujer era tímida, tal vez prefería llevar el ronzal debajo de la ropa, alrededor de la cintura, con la soga sobrante en el bolsillo: cuando empezaba la subasta, el marido cogía el extremo del ronzal). Y el ritual de esta clase tiende a crear sus propias peculiaridades y supersticiones. En algunos casos se consideraba necesario pasear a la mujer por el mercado tres mágicas veces.[1091] En otros casos la mujer era llevada con el ronzal puesto desde su casa hasta el mercado y luego era conducida del mismo modo a su nuevo hogar.[1092] El simbolismo se derivaba obviamente del mercado de animales y aquí y allá se ideaban formas más complejas para alimentar la simulación de que la mujer era un animal. Quizá esto era una antigua forma popular de engañar al diablo (o a Dios). De las otras cosas que se hacían, la más frecuente era atar a la esposa a las rejas del mercado, atarla en un corral para ovejas, hacerle cruzar una barrera de portazgo (a veces también las tres mágicas veces) y, lo más frecuente de todo, pagar a los funcionarios del mercado el tributo correspondiente a la venta de un animal. Y, al parecer, en algunos mercados —entre ellos, durante un tiempo, el de Smithfield— era costumbre que los funcionarios cobraran el tributo.[1093]
En el mercado alguien debía interpretar el papel de subastador y tenía que haber por lo menos un simulacro de subasta pública. En la mayoría de los casos el marido subastaba a su propia esposa, pero a veces de ello se encargaba alguien que tuviese algún cargo oficial: un funcionario del mercado, alguien relacionado con la ley de pobres, un subastador o un ganadero.
La gente hacía alardes de ingenio para adoptar el estilo de un subastador autorizado. En la vertiente más triste del asunto tenemos los recuerdos de un viejo cronista de Gloucester que de pequeño, en 1838, se encontraba fisgoneando en el mercado de animales cuando él y sus compañeros vieron a un campesino que conducía «por medio de un ronzal a una mujer fatigada y cubierta de polvo»:
Un chistoso y viejo tratante de cerdos exclamó: «¡Hola, viejo! ¿Qué sucede? ¿Qué vas a hacer con la vieja? ¿Ahogarla, ahorcarla o qué?». «No, voy a venderla», fue la respuesta, que provocó un coro de risas. «¿Quién es?», preguntó el tratante de cerdos. «Es mi esposa —respondió el campesino, sobriamente—, y no hay mujer más pulcra, sobria, laboriosa y trabajadora. Es un dechado de limpieza y pulcritud y de lo más ahorradora; pero tiene una lengua que no para de quejarse, de la mañana a la noche. No me deja en paz ni un momento, así que hemos acordado separarnos y ella ha accedido a irse con el mejor postor en el mercado». «¿Está conforme con que la vendan, señora?», preguntó alguien. «Sí, lo estoy», repuso ella muy agriamente. «Vamos a ver —dijo el hombre—, ¿cuánto pides por ella?». Hubo una pausa y luego un viejo vaquero que llevaba una vara de fresno en la mano exclamó: «¡Seis peniques por ella!». El marido, sujetando el ronzal con una mano y levantando la otra, exclamó en el estilo estereotipado: «Ofrecen seis peniques. ¿Quién ofrece un chelín?». Hubo otra pausa prolongada, luego yo, chico muy vivaz…, exclamé imprudentemente: «¡Un chelín!». «¡Un chelín a la una! ¡Un chelín a las dos!… ¿Nadie ofrece más?», dijo el marido… Los espectadores rieron y bromearon, y uno de ellos exclamó: «¡Ya es tuya, jovenzuelo! ¡Te la van a adjudicar!». Yo sudaba de aprensión… Con renovada vehemencia el vendedor volvió a decir: «¿Quién ofrece dieciocho peniques por una mujer excelente que sabe hacer pan y tarta de manzana como pocas?». Con gran alivio de mi parte, un hombre de aspecto pulcro y respetable hizo la oferta y el marido, dando una palmada, exclamó: «¡Tuya es, hombre! Te llevas una ganga y una buena mujer, si no fuera por su lengua. Sé bueno con ella». El comprador cogió el extremo del ronzal, después de pagar los dieciocho peniques, y se llevó a la mujer.[1094]
El relato inspira desconfianza, con su rememoración, palabra por palabra, de conversaciones que tuvieron lugar cincuenta años antes. Sin duda el narrador habrá modificado algunas cosas. Pero lo cierto es que el episodio incluye rasgos rituales que se encuentran en la mayoría de las ventas: la conformidad de la esposa («¿Está conforme con que la vendan, señora?», «Sí, lo estoy»), la subasta reglamentaria, el traspaso del ronzal. El marido pasa por alto la frívola puja del mozalbete, pero inmediatamente da por terminada la subasta con una puja seria (que posiblemente procede de quien ya esperaba que la hiciese).
Los elogios recargados que el subastador dedica a las cualidades del artículo que está en venta («Es un dechado de limpieza y pulcritud») también eran algo que la multitud ya esperaba. Es una transacción sumamente teatral y el marido actuaba a veces en consecuencia con ello, jocosamente, entreteniendo a los espectadores con un parloteo que era en parte tradicional y en parte cuidadosamente ensayado. (Tal vez fuese una forma de arrostrar una situación en la que era objeto de la curiosidad del público). Poca confianza puede depositarse en las crónicas periodísticas adornadas para los lectores,[1095] y menos todavía en las baladas y las hojas sueltas que hablaban de la venta de esposas y que formaban parte de la producción habitual de los impresores.[1096] Pero «Samuel Lett», balada procedente de Bilston (Staffordshire), da al menos una idea auténtica de las expectativas humorísticas —una alternancia jocosa de alabanzas y denigración— que provocaba una subasta:
Se hace saber
que el patizambo Lett
venderá a su esposa, Sally,
por lo que le den por ella.
A las 12 en punto
empezará la venta.
Así que todos vosotros, muchachos alegres,
estad allí con vuestro metal.
Porque Sally es bien parecida
sana como una manzana,
si alguna vez la habéis oído,
lo sabéis muy bien.
Hace pan con gran esmero
y se lo come todo;
prepara cerveza como los buenos;
y se bebe hasta la última gota.[1097]
Una subasta pública, pues, era un elemento central del ritual, pero su forma permitía las improvisaciones y la variedad. Y en modo alguno reinaba siempre en ellas el buen humor. Podía resultar degradante para todas las partes y, sobre todo, para la esposa.
El ritual exigía la entrega de un poco de dinero. Generalmente, se trataba de un chelín o más, aunque a veces se daba menos. El comprador accedía comúnmente a pagar una cantidad de bebida además del precio de compra, y a veces se añadía otra suma para el ronzal. El marido solía devolver una pequeña parte del dinero de compra al comprador «para que le trajese suerte»; en esto las partes seguían la antigua forma —todavía vigorosa— de los mercados de caballos y ganado, la devolución de «dinero para que traiga suerte».
El momento del traspaso del ronzal se solemnizaba a veces mediante el intercambio de promesas análogas a las que se hacen en una ceremonia nupcial: «¿Está usted dispuesta, señora, a tomarme, para lo bueno y lo malo?». «Estoy dispuesta», dice ella. «¿Y está usted dispuesto a venderla por lo que yo ofrezca, señor?». «Lo estoy —dijo él—, y además le daré la soga».[1098] A veces la crónica señala que la esposa devolvió su viejo anillo a su marido y recibió otro nuevo del comprador. El paso de un extremo de la soga del vendedor al comprador también podía ir acompañado de una declaración pública por parte del primero en el sentido de que renunciaba a su esposa y ya no sería responsable de las deudas o los actos de la misma. También podía ser el momento de adioses sentimentales, como en un caso ocurrido en Spalding (Lincolnshire) en 1786:
Hand [tomó] un ronzal y [se lo] puso y la entregó a Hardy, pronunciando las siguientes palabras: «Ahora, querida mía, te dejo en manos de Thomas Hardy y ruego a Dios que os dé su bendición a ambos junto con toda la felicidad». Hardy contestó: «Ahora, querida mía, te recibo con las bendiciones de Dios y rogando felicidad», etc., y le quitó el ronzal, diciendo: «Ven, querida mía, te recibo con un beso; y tú, Hand, recibirás un beso al despedirnos».[1099]
El traspaso y el intercambio podían ser el final del asunto y la pareja recién formada se alejaba apresuradamente del lugar. Pero a veces la ceremonia también iba seguida de la visita de las tres partes, con los testigos y las amistades, a la posada más cercana, donde la venta era «ratificada» mediante la firma de papeles. También, desde luego, se brindaba por ella (y la bebida, como hemos visto, se incluía a veces en el dinero de compra o la devolvía el vendedor para que trajera «suerte»).
Es de suponer que donde el intercambio se hubiese concertado de antemano esta parte de la ceremonia dependería del grado de buena o mala voluntad que flotase en el aire. Cuando la mala voluntad predominaba pero se necesitaba un «papel», este podía redactarse antes de la subasta pública y, al efectuarse la venta, las partes se separaban para siempre. Cuando la buena voluntad era la que predominaba, todas las partes bebían y redactaban un papel juntas. Se conservan varios ejemplos de «contratos» de este tipo y el que se cita con más frecuencia es un apunte en el libro de tributos de la posada Bell Inn, en la calle Edgbaston, Birmingham:
31 de agosto de 1773. Samuel Whitehouse, de la parroquia de Willenhall, […] vendió en este día a su esposa, Mary Whitehouse, en el mercado público, a Thomas Griffiths, de Birmingham, valor, un chelín. Para que la tome con todos sus defectos.
Venían luego la firma de Samuel y Mary Whitehouse y la de un testigo.[1100] Unos ochenta años después encontramos un ejemplo en Worcester:
Thomas Middleton entregó a su esposa, Mary Middleton, a Philip Rostins por un chelín y un cuarto de galón de cerveza; y se separaron completa y exclusivamente para toda la vida, para no volver a molestarse jamás.
Testigo. Thomas X Middleton, su señal. Testigo. Mary Middleton, su esposa. Testigo. Philip X Rostins, su señal. Testigo. S. H. Stone, Crown Inn, Friar St.[1101]
Cabe suponer que S. H. Stone era el tabernero del local donde se redactó el papel. Es interesante observar que, de las tres partes únicamente Mary Middleton sabía firmar con su nombre.
Estos papeles se guardaban, igual que las «partidas de matrimonio», como prueba de respetabilidad. Así, se dice que una tal señora Dunn de Ripon dijo en 1881: «Sí, estuve casada con otro hombre, pero me vendió a Dunn por 25 chelines, y puedo demostrarlo con un papel, en el que hay un sello de recibo, porque no quería que la gente dijera que vivía en adulterio».[1102] Tan convencidas estaban las personas de la legalidad del procedimiento que trataban de que un abogado les ayudase a redactar estos documentos, o los respaldaban con sellos oficiales. En Bolton (1833), tras la subasta en el mercado, las tres partes se trasladaron a la «On Horse Shoe», donde «se pagó el dinero de compra después de que se diera un recibo sellado» y entonces la esposa fue «debidamente entregada». «Después las partes comieron bistec, a modo de comida de despedida, y pagaron dos cuartos de galón de cerveza».[1103] El marido y la esposa habían llegado a Bolton desde un pueblo que distaba ocho kilómetros y pico, y el comprador era vecino del mismo lugar. Lo que un reportaje más breve o más sensacionalista hubiera hecho que pareciese una subasta pública y no estructurada fue, como ahora puede verse, una operación concertada cuidadosamente.
Esto completa los rasgos principales de la «verdadera» venta ritual de esposas: el mercado libre, la publicidad, el ronzal, la forma de la subasta, el intercambio de dinero, el solemne traspaso y, de vez en cuando, la ratificación por escrito. A veces se encuentran formas más complicadas o más exóticas (tales como, literalmente, ponerse los zapatos del primer marido).[1104] Pero la única forma alternativa significativa que ha dejado huellas claras era la de una transacción más privada en el bar público de una posada. Aunque tenía lugar ante testigos, era una forma que evitaba el exceso de publicidad de la venta en el mercado público y, por ende, puede que no se haya dado noticia suficiente de ella.[1105] Con la mayor frecuencia, los casos salían a la luz cuando algún asunto (relacionado con la ley de pobres o la custodia de los niños) llamaba la atención de las autoridades.
En 1828 las tres partes de una de estas ventas comparecieron ante las Quarter Sessions del oeste de Kent, acusadas de un delito menor, y las actuaciones del tribunal iluminan un poco la forma y cómo se la consideraba. Los tres compartían un cottage (ley de pobres) de la parroquia en Speldhurst y acordaron encontrarse en la taberna George and Dragon, en la cercana Tonbridge. El tabernero declaró:
Skinner fue el primero en llegar y pidió una jarra de cerveza; se sentó en la cocina; entonces entró su esposa, y poco después entró Savage; todos bebieron juntos, y al cabo de poco rato Savage salió; volvió pronto y entonces Skinner le dijo: «¿Quieres comprar a mi esposa?». Él contestó: «¿Qué quieres por ella?». Skinner dijo: «Un chelín y una jarra de cerveza». Entonces Savage le entregó media corona, y Skinner le entregó su esposa; bebieron juntos y luego se fueron; había unas cuatro personas presentes; antes de que se fueran, la mujer sacó un pañuelo del bolsillo, que parece que lo llevaba alrededor de la cintura, y Skinner lo tomó y dijo: «Ahora ya no tengo nada más que ver contigo y puedes irte con Savage».
En esta ocasión también sabemos un poco acerca de las razones para la venta. Circulaban por el pueblo muchos rumores en el sentido de que la señora Skinner había tomado a Savage por amante. A resultas de ello, los overseers de los pobres (que eran propietarios del cottage) ordenaron a Skinner que echase a Savage o ellos le echarían a él. Según parece, los tres supusieron ingenuamente que por medio de una venta (o acto de divorcio y nuevas nupcias) las autoridades de la parroquia permitirían que Savage y la nueva señora Savage conservaran el cottage. Pero a la junta parroquial de Tonbridge no se la aplacaba tan fácilmente. Tal vez los tres fueron desahuciados en cuanto se supo lo de la venta. O quizá Skinner emprendió el solitario camino del George and Dragon a la workhouse de la parroquia, donde residía cuando se celebró el juicio.
Al dictar sentencia contra los tres, el «muy docto» presidente del tribunal se permitió hacer un pequeño alarde de seco ingenio («No hay duda de que la señora no tuvo una idea muy elevada de su propia valía, pues una jarra de cerveza y un chelín fue lo único que se dio a cambio de tan valioso artículo») antes de pasar a niveles más altos de vigilante exhortación moral. La práctica de la venta de esposas era «sumamente inmoral e ilegal» y «tenía tendencia a desprestigiar el santo estado del matrimonio». Pero «el crimen» habría sido mayor de haberse cometido en el mercado público. Tomando también en consideración el hecho de que el delito se cometió «en estado de ignorancia», pensó que una sentencia de un mes de cárcel para cada uno de ellos era suficiente. No hay constancia de si el alojamiento en la cárcel local era más o menos saludable que en la workhouse del lugar. Los condenados apenas tuvieron nada que alegar en su defensa. La señora Skinner dijo: «Mi marido no actuaba de acuerdo con mis deseos, y por eso yo deseaba separarme» [risa].[1106]
IV
Resulta claro ahora —aunque no era así en la década de 1960, cuando comencé a recopilar estos datos— que debemos quitar la venta de esposas de la categoría de la compra brutal de bienes muebles y colocarla en la del divorcio y las segundas nupcias. Puede que esto todavía despierte expectativas impropias, ya que de lo que se trata es del intercambio de una mujer entre dos hombres en un ritual que humilla a la mujer como si fuera un animal. Sin embargo, el simbolismo no puede interpretarse solo de esta manera, puesto que la importancia de la publicidad del mercado público y de la «entrega» con un ronzal residía también en que de este modo se probaba que las tres partes sin excepción convenían en el intercambio. El consentimiento de la esposa es una condición necesaria para la venta. Esto no equivale a decir que su consentimiento no pudiera arrancársele por la fuerza, porque, al fin y al cabo, un marido que quisiera vender a su esposa (o que amenazase con venderla) no valía mucho como cónyuge. Una mujer que fue vendida en Redruth (1820) y que junto con su comprador compareció ante las Quarter Sessions de Truro «afirmó que su esposo la había maltratado tan frecuentemente, a la vez que expresaba su intención de venderla, que ella se había visto empujada a afrontar el escándalo para librarse de él». Esto debía de ser cierto en algunos casos. Pero quizá no fuera toda la verdad en el caso de Redruth, porque la mujer reconoció luego «que había vivido con […] su comprador antes de ser vendida públicamente al mismo».[1107] En muchas ventas, incluso cuando había un simulacro de subasta abierta y licitación pública, el comprador ya se sabía de antemano y ya era amante de la mujer.
Recuperar la «verdad» relativa a cualquier historia conyugal no es fácil: tratar de recuperarla a partir de recortes de prensa, tras el paso de ciento cincuenta años, es empresa inútil. Incluso cuando se hacen afirmaciones directas sobre la «mala conducta» de la esposa antes de la venta lo único que se nos da son habladurías y escándalos. Pero, a pesar de ello, no podemos decir que estos casos no nos digan nada. Veamos tres de ellos, todos del año 1837.
El primero se refiere a una venta en el mercado de mantequilla de Bradford (Yorkshire occidental). La crónica dice: «El supuesto motivo de la separación fue la incontinencia de la esposa, cuyos afectos, según se afirmaba, habían sido desviados por un viejo cavador, el cual había cenado de vez en cuando en casa del matrimonio». Cuando el marido comenzó la subasta, «la primera y única oferta auténtica» fue de un soberano por parte del cavador. La oferta «fue aceptada inmediatamente y, una vez pagado el dinero, la pareja se fue en medio de las execraciones de la multitud».[1108]