Costumbres en común
Introducción de Julio Martínez-Cava
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El segundo tuvo lugar en el mercado de Walsall. Un hombre llegó, conduciendo a su mujer con un ronzal, de un pueblo situado a unos veinte kilómetros y pico, y en cuestión de pocos minutos la vendió por dos chelines y seis peniques. El comprador era un fabricante de clavos que procedía del mismo pueblo. Según dijeron, todas las partes quedaron satisfechas. En realidad, la esposa llevaba tres años viviendo con el comprador.[1109]
El tercer caso tuvo lugar en Wirksworth, Derbyshire. La esposa de John Allen se había fugado con James Taylor el verano anterior. El «marido agraviado», al enterarse de que la pareja estaba en Whaley Bridge, se trasladó allí y encontró a los dos juntos en unas habitaciones de alquiler. «Exigió 3 libras por la ropa de la mujer, las cuales Taylor dijo que pagaría con la condición de que les acompañara a Wirksworth en el día de mercado y la entregase, como dijo él, de acuerdo con la ley». Tenemos aquí un caso claro de «entrega»: Allen pasó el extremo del ronzal a Taylor e hizo una declaración en regla.
«Yo, John Allen, fui desposeído de mi esposa por James Taylor, de Shottle, el pasado 11 de julio. La he traído aquí para venderla por 3 chelines y 6 peniques. ¿Quieres comprarla, James?». James contestó: «Sí, he aquí el dinero, y tú eres testigo, Thomas Riley», añadió, dirigiéndose a un mozo de posada que fue nombrado para tal fin.
El anillo le fue entregado a Allen con 3 soberanos y 3 chelines y 6 peniques, tras lo cual estrechó la mano de su esposa y del amante de esta y les deseó toda la buena suerte del mundo.[1110]
Podría argüirse que el primer ejemplo no ofrece nada más que habladurías; pero el segundo y el tercero no pueden pasarse por alto tan fácilmente. Un comprador no se presenta por casualidad en el momento de la venta, procedente del mismo pueblo, a unos doce kilómetros de allí: estaba concertado de antemano. Tampoco es probable que un reportero inventase la historia de la fuga y la cohabitación previas. De hecho, la frecuencia de los casos en que la esposa fue vendida a un hombre con el que ya estaba viviendo —a veces desde hacía tres, cuatro o cinco años—[1111] plantea un interrogante muy distinto: si la fuga y el abandono eran posibles, a veces, por parte de la esposa así como del marido, ¿por qué las partes todavía creían necesario someterse al ritual público (y vergonzoso) de una venta?
Volveré a ocuparme de esta pregunta penetrante, aunque puede que, al final, la respuesta pueda encontrarse solo en la inaccesible historia personal de cada caso. La dificultad que presenta este material no es solo el que los datos sean tan insatisfactorios, sino también que no puede mostrarse de forma concluyente ningún caso en particular como «representativo». Hoy día el imperativo metodológico obligatorio es cuantificar, pero las complejidades de las relaciones personales se resisten de modo especial a ello. Y la «típica» noticia periodística breve no da ninguna información sobre los motivos de las partes: no es más que la fría crónica de una venta.
Sin embargo, he tratado de clasificar toscamente los datos, con los resultados siguientes:

Dado que «ninguna información» quiere decir que no se tiene ni pizca de información sobre el asunto, tenemos 91 casos que significan el asentimiento o la participación activa de la esposa comparados con 4 sin el consentimiento de esta. Si echamos un vistazo a las ventas entre 1831 y 1850 (momento en que las informaciones de la prensa tienden a ser las más completas), encontramos que:

Considero estas cantidades como datos literarios e impresionistas, en contraste con los datos «concretos» que se dan en el presente capítulo y que corresponden a la estrecha interrogación de textos y contextos. Las clasificaciones no son muy exactas. Examinémoslas de una en una.
Sin el consentimiento de la esposa. Los comentarios de los moralistas de la época, así como gran parte de los comentarios históricos posteriores, dan a entender que la esposa era un bien mueble pasivo o una parte reacia de la transacción. De hecho, tres de los cuatro casos del primer cuadro no terminaron en venta. Se nos dice que en cada uno de estos casos se hizo un trato privado entre el marido y un comprador, pero la mujer luego no quiso aceptarlo.
La excepción se apoya en una carta que Ann Parsons dirigió a un magistrado de Somerset el 9 de enero de 1768:
Soy la hija de Ann Collier que vivía a los pies de Rush Hill y en la primera parte de la vida con gran mortificación mía me casaron con un hombre que no tenía consideración por sí mismo ni para mi sustento y el de mis hijos. En el comienzo de la última guerra entró al servicio del rey y, señor, no os puedo relatar ni la décima parte de los abusos que recibí de él antes de su alistamiento y después de su regreso del ejército, al fin para mantener su extravagancia me vendió por seis libras y seis chelines y yo no supe nada en absoluto hasta que él me dijo lo que había hecho. Al mismo tiempo Él me pidió que me quedara el más pequeño de los hijos.
Para probar su afirmación adjuntó una factura de venta extendida entre su esposo, John Parsons, de Midsomer Norton, trabajador de la industria pañera, y John Tooker, de la misma parroquia, gentleman: la factura asignaba y cedía a Ann Parsons «con todos los derechos de servicios y propiedad» a John Tooker.
Esto queda suficientemente claro. Pero acto seguido Ann Parsons se quejaba, no de que la venta hubiera tenido lugar, sino de que su marido no había hecho honor al trato. Tres meses después de la venta (que se efectuó el 24 de octubre de 1766) su marido «me visitó y exigió más dinero y me insultó a mí y al hombre al que me vendió con violencia abrió la puerta jurando que nos mataría a los dos» y continuó acosándola hasta que ella solicitó protección a un magistrado, que encerró a John Parsons en el correccional de Shepton Mallet. El ingreso en el correccional había sido el anterior Día de San Miguel y ahora Ann Parsons temía que su marido se vengara cuando le pusiesen en libertad. Lo que solicitaba del magistrado era que su marido continuase detenido en el correccional. No es fácil saber qué conclusión hay que sacar de esta anécdota. Cabe que (como atestiguó ella) Ann Parsons fuera vendida sin su conocimiento ni su consentimiento; o cabe que a ella le pareciese que esta era la mejor historia que podía contarle al juez de paz a quien solicitaba protección. Una vez vendida —y (tómese nota) a un hombre de categoría social superior—, es seguro que deseó que se cumpliera el contrato y llevó a cabo su venganza exconyugal con habilidad y buenos resultados.[1112]
En los otros casos de falta de consentimiento de la esposa disponemos de menos información. En uno de ellos (North Bovey, Devon, hacia 1866) se dice que el marido hizo un acuerdo privado con un comprador en el sentido de venderle su esposa por un cuarto de cerveza. La mujer repudió el acuerdo, se llevó a sus dos hijos a Exeter y solo volvió a North Bovey para el entierro de su esposo.[1113] Otro caso salió a la luz en un proceso por bigamia celebrado en Birmingham en 1823. John Homer, exsoldado, fue acusado de tratar brutalmente a su esposa y de haber acabado por venderla contra su voluntad en el mercado, con un ronzal puesto. Pero el comprador fue el hermano de la propia mujer, quien por tres chelines «compró su salida» del matrimonio o la «redimió». (No sé si este caso debe clasificarse entre los de falta de consentimiento o entre los de divorcio concertado). Homer supuso entonces que era libre y que podía contraer matrimonio de nuevo; cometió el error de casarse por la Iglesia, con una ceremonia en regla. Fue declarado culpable de bigamia y condenado a siete años de deportación.[1114] En el otro caso, ocurrido en la feria de Swindon en 1775, se dijo que un «eminente zapatero» de Wootton Bassett llegó a un acuerdo con un tratante de ganado para venderle su esposa por cincuenta libras y «entregarla a solicitud a la mañana siguiente»:
Conforme con este trato, el comprador emprendió viaje en una silla de posta acompañado por muchos de sus amigos, engalanados con escarapelas blancas, con el fin de exigir su compra, y se llevó una desilusión al no encontrar a Crispin ni a Crispiana.[1115]
Estos casos no contradicen la regla, de la cual tomaron nota algunos contemporáneos, de que el consentimiento de la esposa era esencial. Así lo confirman las ocasiones en que la esposa repudió con vigor un intento de venta. Una persona que visitó el mercado de Smithfield en 1817 vio a un hombre que se esforzaba por poner un ronzal en el cuello de una joven de notable belleza. En medio de una gran multitud cada vez más numerosa, la mujer se resistía al intento con todas sus fuerzas. Intervinieron la multitud y los alguaciles y la pareja fue llevada ante un magistrado. El marido explicó que la mujer le había sido infiel y que, por consiguiente, estaba haciendo valer su derecho a venderla.[1116] En la resistencia de la esposa al ronzal tenemos la confirmación de que tanto el ronzal como el consentimiento de la mujer eran esenciales para conferir legitimidad a la transacción. La mujer podía ejercer el veto incluso cuando el comprador no se conocía de antemano y cuando se celebraba una subasta auténtica con licitación libre. Así, un informe procedente de Mánchester (1824) dice que «después de varias licitaciones fue adjudicada por 5 chelines; pero, al no gustarle el comprador, volvieron a ofrecerla por 3 chelines y un cuarto de cerveza».[1117] En un caso más dudoso ocurrido en Bristol (1823) la esposa quedó «muy satisfecha» con su comprador, el cual, sin embargo, luego la revendió a otro: «La señora […], al no gustarle el traspaso, se marchó con su madre» y se negó a ir con el segundo comprador a menos que fuera «por orden de un magistrado, que desestimó el caso».[1118]
Seguramente, hubo casos de venta forzosa, en los cuales o bien la mujer dio su consentimiento empujada por el terror o bien era demasiado simple o desamparada para ofrecer resistencia.[1119] Y habría otros asuntos en las tabernas que serían embrollos ocasionados por la embriaguez. William Hutton, en un poema, «The pleasures of matrimony», reconstruyó uno de estos casos, que hubiera podido ser el modelo de la venta que se describe en The mayor of Casterbridge. La esposa entró en la cervecería para pedirle a su marido que la acompañara a casa y la ayudase con «el rebaño infantil»; el marido se puso fuera de sí (aun cuando «gastaba el dinero que ella ganaba») y se la vendió a otro bebedor —un joven calcetero llamado William Martin— por un cuartillo de cerveza:
El cuartillo fue encargado, el trato se cerró,
y nada se devolvió para que diera suerte.
Las partes pensaron en un ronzal,
pero comprobaron que les costaría cuatro peniques.
El plan del ronzal al instante se perdió,
pues era el doble de lo que costaba Hannah,
por la misma razón ninguno quería
pagar los cuatro peniques
que tal vez por ella pedirían.[1120]
Pero se redactó una escritura de venta y los dos hombres la firmaron y se repartieron los dos hijos del matrimonio: el que ya andaba, para el padre; el bebé que aún no andaba, para la madre. Durante toda la operación la mujer aparece como parte que no da su consentimiento. Pero se va con el joven calcetero, vagabundea con él desde Hinckley hasta Loughborough: se enamoran, viven felizmente durante un año y quedan desolados cuando el marido se arrepiente y manda a los overseers de Hinckley a buscarla para hacerla volver:
Ella siguió, pero, angustiada, gritó ¡que deshicieran el nudo![1121]
El poema no constituye una prueba, pero tampoco es todo invención, pues se basaba en las experiencias del propio poeta como aprendiz de calcetero en la década de 1740, y el comprador, William Martin, era amigo suyo. Sin embargo, escribió (o reescribió) el poema en 1793 y sin duda se basó en lejanos recuerdos.[1122] No pretendo dar a entender que no hubiera ventas forzosas a veces, sino que si la esposa repudiaba claramente la transacción, entonces la venta no se consideraba buena desde el punto de vista de la costumbre y la sanción consuetudinarias. La otra forma de enfocar el asunto, la de la venta de esposas como adquisición de bienes muebles contra la voluntad de aquellas, presenta dificultades muy serias. Porque sería contraria a la ley en diversos aspectos y probablemente podía entablarse pleito por violación. Es posible que algunas esposas fueran demasiado ignorantes para recurrir a la ley y que no tuviesen parientes que pudieran acudir en su defensa. Pero incluso en el pueblo del siglo XVIII la gente sabía ir al despacho del magistrado, el párroco o el funcionario de la parroquia; y es de todo punto improbable que nunca se suscitara un caso de esta índole. Si alguno llegó ante los tribunales, estos —en cualquier momento posterior a 1815— administrarían un castigo ejemplar y con la máxima publicidad, pues la gente educada aborrecía la práctica y los jueces de paz y los alguaciles a menudo procuraban intervenir e impedirla. Sin embargo, no ha salido a la luz ningún documento relativo a algún pleito de esta clase entablado a petición de la esposa o de algún pariente o amigo de la misma.
Con el consentimiento de la esposa. Esta categoría es la menos satisfactoria. Los datos se derivan de alguna referencia explícita al consentimiento en la fuente o, en caso contrario, a que la esposa, al marcharse con el comprador, estaba «muy alegre», parecía «muy feliz», «muy complacida» o «ansiosa». Se incluyen otros casos en los cuales los indicios de consentimiento son tan claros que no permiten ninguna otra inferencia: como, por ejemplo, donde el primer matrimonio era solo cohabitación y la venta fue seguida inmediatamente de un segundo matrimonio por la Iglesia o en el registro civil, o los casos en que el marido se arrepintió de la venta en seguida e intentó que la mujer volviese con él, pero ella se negó.
Ninguna información. En estos casos las fuentes no proporcionan información alguna sobre el consentimiento de la esposa. Pero la interpretación ha sido rigurosa. En varios sería posible inferir su consentimiento basándose en pruebas circunstanciales: así, cuando las tres partes se trasladan a una ciudad con mercado desde un pueblo que dista varios kilómetros; cuando la esposa firma en un papel sobre la venta; cuando la esposa se vende a un huésped o un vecino; los casos en que el marido vende (o da) su ganado o sus instrumentos de trabajo junto con la esposa (con lo que da a entender que deja su sustento en manos de la nueva pareja); los casos en que el esposo da muestra de celos agudos o de una generosidad insólita para con la nueva pareja; o un puñado de casos registrados por historiadores locales que añaden que el segundo matrimonio fue feliz y duró mucho. Personalmente, estoy convencido de que en muchos de estos casos la esposa fue parte activa en el intercambio, pero, como las pruebas son escasas, me he resistido a la tentación de sacarlos de este grupo.
Divorcio concertado. Este pequeño grupo incluye cuatro casos en los cuales la esposa fue vendida a algún pariente suyo: a su hermano, a su madre y (en dos casos) a su cuñado. Lo que esto indica es que una venta no tenía por qué ser siempre un intercambio entre maridos; también podía ser un ardid por medio del cual una esposa podía anular su matrimonio o hacer que alguien «comprara su salida» del mismo. Entonces ambas partes podían sentirse libres para tomar nuevo cónyuge. Si el marido le estaba haciendo la vida insoportable a la mujer, esta podía acceder a una venta y trazar sus propios planes para su «compra».[1123] Por lo menos en un caso se nombra a la mujer como su propia compradora y cómo fue posible esto lo veremos en un caso notorio que se dio en Plymouth (p. 573). También parece que el comprador (en subasta pública) no tenía que ser forzosamente el hombre con el cual la mujer esperaba que acabaría viviendo, toda vez que la venta podía hacerse a un «agente» que actuara por cuenta del hombre (o incluso por cuenta de la propia esposa).[1124] Finalmente, este grupo incluye dos casos en los cuales se nos dice sencillamente que la venta se hizo mediante «previo acuerdo». Y en tres casos la esposa fue vendida por funcionarios relacionados con la ley de pobres.[1125]
En uno de estos casos, que salió a la luz en el Second Annual Report of the Poor Law Commissioners (1836), vemos instituciones oficiales (workhouse, overseers de los pobres, juntas de gobierno de las parroquias, la iglesia) coexistiendo con rituales extraoficiales. En 1814, Henry Cook, un pobre cuyo domicilio estaba en Effingham, Surrey, fue «prendido por los funcionarios parroquiales de Slinford, Sussex, por ser el padre de un hijo ilegítimo» de una mujer de Slinford. «De conformidad con el antiguo sistema, contrajeron un matrimonio forzoso», pero se infiere que la pareja no vivía junta, puesto que seis meses más tarde la señora Cook y su hijo estaban en la workhouse de Effingham. El director de la workhouse, que tenía arrendado su cargo por una suma fija anual, se quejó de los gastos que ocasionaban los recién llegados. En vista de ello, los overseers de los pobres dijeron al director de la workhouse que llevara a la señora Cook (con el beneplácito de Henry Cook) a Croydon, donde fue debidamente vendida en el mercado, con el ronzal puesto, a John Earl, de la parroquia de Dorking, Surrey. No se dice si Earl era el amante de la señora Cook o no y tampoco se indica cómo y por qué intervino en el asunto; lo único que sabemos es que el chelín con que pagó el precio lo recibió Earl del director de la workhouse de Effingham, que evidentemente tenía grandes deseos de librarse de aquellas personas. Se extendió un recibo sobre un sello de cinco chelines y el director de la workhouse fue testigo del documento. La nueva pareja fue luego conducida otra vez a la workhouse de Effingham, para que pasase en ella la primera noche de su luna de miel y al día siguiente fue enviada a Dorking, donde (tras la debida publicación de las amonestaciones) se celebró la ceremonia nupcial en la iglesia: «Los funcionarios de la parroquia de Effingham en esta ocasión les proporcionaron una pata de cordero para el banquete de boda». Todos los gastos de estas transacciones se apuntaban en las cuentas parroquiales y «se aprobaban con regularidad en la junta de administración de la parroquia». La historia, que empezó mal, terminó de la misma manera: la señora Earl (que ahora tenía siete u ocho hijos) fue abandonada por Earl (que se había «cerciorado» de que su matrimonio «no era válido»; ¿sería porque la señora Cook-Earl había sido obligada por estos augustos conspiradores —los overseers, el director de la workhouse y la junta de administración de la parroquia— a incurrir en bigamia?) y devuelta a Effingham y a la merced de sus funcionarios de la ley de pobres.
Realmente no se puede deducir nada de la interioridad de este asunto. ¿Fue Cook obligado a jurar en falso como padre del primer hijo? ¿Era Earl amante de la señora Cook? Lo único seguro es que en la historia conyugal de los tres influyeron mucho unos funcionarios que se preocupaban mucho por la economía; y que, en 1814-1815, la legitimidad de la venta ritual de esposas no era discutida en las parroquias de Effingham y Dorking.
Esposa vendida al amante. En este grupo no se ha incluido ningún caso a menos que en la fuente haya una alegación explícita en tal sentido. Sin duda podrían añadirse muchos más procedentes de las categorías de «consentimiento» y «ninguna información». Esto puede corroborarse con algunos datos literarios. Una de las crónicas más completas de la costumbre es la de un tal Pillet, general de división, que viajó extensamente por Inglaterra como prisionero de guerra (bajo palabra de honor) durante las guerras con los franceses. Su capítulo sobre el asunto lleva el título de «Divorcios entre el pueblo llano» y en su crónica la esposa era siempre vendida con su consentimiento y generalmente debido a su «mala conducta». El comprador tenía que ser soltero y «generalmente es amante de la mercancía que se vende y que él conoce bien. La mujer es llevada al mercado solo para guardar las apariencias».[1126] En cualquier caso, la venta solo tenía lugar —como señaló un folclorista de Devon— «cuando el matrimonio ha llegado a una crisis».[1127]
¿Cómo se producían tales crisis?… Al llegar aquí, debemos abandonar por completo la búsqueda de lo típico. No he dado con ningún caso en el cual los datos nos permitan reconstruir con detalle la historia conyugal. Pero hay dos casos en los cuales, por razones accidentales, se conserva algo de información. En el primero hay una disputa en torno a la residencia entre Spaxton y Stogumber, parroquias de Somerset. En 1745, cuando contaba quince años, William Bacon obtuvo la residencia en Stogumber al contratarse para prestar servicios durante un año. Tres años después (1748) lo «prendieron» como padre del hijo bastardo que a la sazón esperaba Mary Gadd, de la misma parroquia. La pareja fue obligada a casarse, aunque más adelante William Bacon testificó que supo de su propio matrimonio solo de oídas, toda vez que fue «llevado a la iglesia de Stogumber por los funcionarios de la parroquia», y «estando muy animado a causa del licor, no sabe si estaba casado o no». La pareja nunca vivió junta: William dejó a Mary en Stogumber y encontró trabajo en Bridgewater, a unos kilómetros de distancia. Mary dio a luz a su hija, Betty, en diciembre de 1748 (en ausencia de William); al cabo de varios años Mary vivía con Robert Jones, con quien tuvo diez hijos más entre 1757 y 1775. Durante los años siguientes, William vivió con otra mujer, con la cual tuvo varios hijos.
Todo esto había sucedido sin ningún ritual de venta de esposas hasta 1784, momento en que tanto William como Mary tendrían cincuenta y pico años de edad.
Entonces los funcionarios de la ley de pobres de Stogumber intervinieron una vez más en los asuntos conyugales (o extraconyugales) de los dos. William Bacon había mejorado un poco su posición y era arrendatario de algunos molinos harineros en la parroquia de Spaxton, por los cuales pagaba dieciséis guineas al año. Así que esta se convirtió en su parroquia de residencia. Mientras tanto, Mary y sus cuatro hijos más pequeños daban la impresión de que en algún momento futuro se convertirían en pobres de solemnidad y uno de ellos —la pequeña Mary— estaba encinta. Tendría alrededor de veinte años y su embarazo fue la razón por la cual los funcionarios de la parroquia de Stogumber solicitaron una orden de alejamiento, «para que no tuviera un hijo en la parroquia, el cual habría sido un bastardo». El 18 de diciembre de 1784, William Bacon fue obligado a comparecer ante dos magistrados, los cuales le interrogaron sobre su domicilio. La orden de alejamiento estaba extendida y no afectaba únicamente a la joven Mary, sino también a su madre y tres hermanos, aunque a ninguna de dichas personas se le podía imputar algo en aquellos momentos. El despotismo administrativo de las leyes de pobres estaba a punto de caer sobre ambas familias. Mary (la madre) y sus cuatro hijos más pequeños serían separados de Robert Jones (el padre de los niños) y enviados para que los mantuviesen el molinero y su familia en Spaxton. ¡Y esto cuando habían pasado treinta y seis años! Dos días después (20 de diciembre) William Bacon acudió al mercado de Stogumber para vender a Mary y los niños; pidió cinco chelines por ellos (esto es, un chelín por cabeza) y Robert Jones «los aceptó a ese precio». Esto ocurrió el mismo día en que la orden de alejamiento —para expulsar a los cinco a Spaxton— se había extendido y ambas familias utilizaron la venta como ardid para contravenir la orden.[1128]
Este caso no es típico de nada, como no sea de la extrema mezquindad de que eran capaces los funcionarios que administraban las leyes de pobres. Parece ser que ni William ni Mary habían sentido la necesidad de un «divorcio» ritual hasta que los overseers trataron de deshacer sus hogares reales (aunque no legales). (¿Será que la venta de esposas era una innovación bastante reciente en Somerset?). El otro ocurrió en Plymouth en 1822, y llamó mucho la atención debido a la riqueza y la condición social de las partes. En este caso podemos añadir unos cuantos detalles, en relación con los cuales el marido y la esposa se corroboraron mutuamente o no se contradijeron. Se dio aviso de que una dama joven y guapa, que pronto iba a heredar seiscientas libras, acudiría a la ciudad montada en su propio caballo, para venderse en el mercado de ganado. Llegó puntualmente, acompañada del palafrenero de la posada Lord Exmouth, fue recibida por su esposo y la subasta había alcanzado la suma de tres libras (una puja del palafrenero) cuando intervinieron los alguaciles y el marido y la esposa fueron llevados al ayuntamiento, donde comparecieron ante el alcalde.
Al ser interrogado, el marido dijo que no creía que hubiese «algo malo» en ello. Él y su esposa llevaban mucho tiempo sin vivir juntos; se habían casado unos dos años y medio antes y ella le había dado un hijo a las tres semanas del matrimonio, un hijo del cual (la inocencia que ello sugiere es sorprendente) «él nunca supo nada hasta después de que naciera». El bebé murió al cabo de poco tiempo.
Él compró un ataúd para el bebé, pagó los gastos del entierro y lo quitó de en medio cómodamente, sin reprocharle jamás a ella su conducta; pero todo no saldría bien. Ella no tardó en abandonarle.
Se fue a vivir con otro hombre, del cual había tenido un hijo y ahora esperaba otro. La venta se había concertado a instancias de la mujer: dijo que alguien estaba dispuesto a dar 20 libras por ella, 3 en el acto y 17 en Navidad. Él había anunciado la venta en Modbury, en tres días de mercado y se había trasladado a Plymouth en el día señalado. La esposa confirmó las palabras del hombre y añadió que, como tenía algunas dudas sobre si su amante haría honor a la promesa dada y la compraría en la subasta, había recurrido al palafrenero de la posada Lord Exmouth para que comprase su salida del matrimonio con su propio dinero, siempre y cuando el precio no superara las 20 libras. Ambos dieron por sentada la legitimidad del ritual. El marido aseguró que «mucha gente del país le dijo que podía hacerlo», y la esposa añadió que a ella le «habían dicho diferentes personas que la cosa podía hacerse, mediante la venta pública en el mercado en un día de mercado». «No había nada deshonroso», dijo el marido.[1129]
El caso es muy poco típico. El vocabulario de la venta ritual podía emplearse para muchos fines. Pero el caso ilustra claramente el vocabulario y la aprobación popular general de su legitimidad. Es un ejemplo interesante de la disociación de culturas coexistentes que permitía que muchas personas accedieran a algunas de las formas y sanciones del derecho y la Iglesia, pero, a pesar de ello, aprobaran costumbres que a veces las supeditaban. «El Señor bendiga a usía —dijo un hombre del West Country al reverendo Baring-Gould—, podéis preguntar a cualquiera si eso no es matrimonio, bueno, válido y cristiano, y todo el mundo os dirá que lo es».[1130]
V
La venta ritual de esposas era probablemente una «tradición inventada».[1131] Puede que no se inventara hasta las postrimerías del siglo XVII y posiblemente incluso más tarde. Desde luego, ya había casos de venta de esposas antes de 1660, pero no conozco ninguno anterior al siglo XVIII que pruebe de forma clara el recurso a la subasta pública y el uso del ronzal.[1132]
El simbolismo se derivaba del mercado, pero no necesariamente (al principio) del mercado de animales. Entre los casos más antiguos hay varios de venta por peso, y el mejor documentado (que se basa en denuncias de capilleros) procede de Chinnor (Oxfordshire) en 1696, donde Thomas Heath, preparador de malta, fue denunciado (e hizo penitencia) por vender a su esposa por «2 peniques» la libra.[1133] Esto lleva a pensar que la transacción al principio tomó en préstamo las formas del mercado de malta, queso o mantequilla, y posteriormente (ronzal, subasta, barreras de portazgo, tributos, los corrales) las del mercado de ganado o la feria de caballos.
Esto no sugiere una antigua costumbre de origen olvidado transmitida a lo largo de los siglos, sino la presión de necesidades nuevas que buscaban un ritual a modo de salida. Una explicación que apuntaron observadores del siglo XIX fue que la venta de esposas era una consecuencia de las guerras, con las separaciones y las nuevas uniones resultantes de ellas. Esto se observó de modo especial al finalizar las guerras con los franceses:
En 1815 y 1816 en los distritos manufactureros apenas transcurría un día de mercado sin ventas de esta clase, un mes tras otro. Las autoridades hacían la vista gorda a la sazón y el pueblo vio confirmada su creencia de que las operaciones eran de una legalidad perfecta.[1134]
Hay algunos indicios de ventas de este tipo, cuando un marido que había estado ausente mucho tiempo (o al que se suponía muerto) regresaba del mar o de la guerra y se encontraba con que su esposa tenía un marido y una familia nuevos.[1135] Las guerras con los franceses, durante las cuales verdaderas multitudes se vieron desplazadas de sus parroquias, multiplicarían tales ocasiones. Muchas esposas, como Margaret en «The ruined cottage», de Wordsworth, se quedarían en casa sin noticias:
No había recibido
noticia alguna de su esposo; si estaba vivo,
no sabía que estaba vivo; si estaba muerto,
no sabía que estaba muerto.[1136]
Pero tales casos representan únicamente una minoría de nuestra colección. La mayoría de las ventas de esposas no eran ocasionadas por las guerras.
Eran ocasionadas por la ruptura de matrimonios y eran un ardid que permitía un divorcio público y unas segundas nupcias mediante el intercambio de una esposa (no de cualquier mujer) entre dos hombres. Para ser efectivo ese ardid necesitaba ciertas condiciones: el descenso de la vigilancia punitiva de la conducta sexual por parte de la Iglesia y sus tribunales: el consentimiento de la comunidad y cierto grado de autonomía de la cultura plebeya respecto de la distinguida, una autoridad civil distanciada, distraída o tolerante. Estas condiciones existieron en Inglaterra durante gran parte del siglo XVIII, en el cual el ritual echó raíces y quedó instituido.
Apenas es necesario explicar que los matrimonios se rompen y que es necesaria alguna forma de divorcio. Huelga decir que en aquel tiempo no había divorcio a la disposición de los ingleses o los galeses. La otra posibilidad eran los intercambios no oficiales y las cohabitaciones. En la práctica, la falta de formas había generalmente favorecido al varón, que —como atestiguan los anales de la ley de pobres y los judiciales— podía abandonar a la esposa y los hijos mucho más fácilmente de lo que podía hacerlo la mujer. El hombre podía llevarse algún oficio consigo; una vez escondido en la ciudad de la persecución de los overseers, podía instalarse con una nueva compañera, sin casarse con ella. En el caso de la mujer, la salida de un matrimonio imposible o violento era normalmente marcharse a casa de sus padres u otros parientes, a menos que ya hubiera encontrado un nuevo amante.
Entre los historiadores de hace cincuenta años se sugería que gran parte de la gente trabajadora del siglo XVIII vivía inmersa en una promiscuidad animal, sin normas y sin formas, y aunque este criterio difamatorio se ha modificado mucho, quedan todavía algunos ecos del mismo. A veces se ha presentado la venta de esposas como un ejemplo de esta brutalidad. Pero, desde luego, esto es precisamente lo que no es. Si el comportamiento sexual y las normas materiales no estaban estructuradas, ¿dónde estaría la necesidad de este rito público de intercambio, este rito que era tan visible? La venta de esposas se inventó en una cultura plebeya que a veces era crédula o supersticiosa, pero que respetaba mucho los rituales y las formas.
Ya hemos señalado los baluartes de esta clase de cultura: las comunidades, que a veces se califican de protoindustriales, fuertemente unidas por lazos tanto de parentesco como de actividad económica: mineros del carbón, cuchilleros, tejedores de punto y tejedores de medias, los trabajadores de las fundiciones de hierro del Black Country, los tejedores, los que servían a los mercados y el transporte. Que en tal o cual comunidad se prefiriese la cohabitación o el matrimonio por la Iglesia no tiene mucha importancia,[1137] como tampoco la tiene saber si las tasas de bastardía y de concepción prematrimonial iban en aumento. Estos índices no nos dicen todo lo que quizá desearíamos saber acerca de las normas, las expectativas y las reciprocidades conyugales, así como de los papeles de las parejas una vez comprometidas con una unidad doméstica y unos hijos. Un matrimonio (sea oficial o cohabitación) entraña obligaciones de parentesco, de vecindad, de compañerismo laboral; lleva aparejados intereses emocionales mucho más numerosos que los de las dos personas que lo forman. Cuando hablemos de la «cencerrada», tendremos ocasión de ver que las expectativas de la comunidad penetraban en el hogar de la familia, dirigiendo y a veces limitando la conducta conyugal. Los ojos vigilantes de los parientes y los vecinos hacían que fuese poco probable que las transgresiones conyugales pasaran desapercibidas para la comunidad. Con frecuencia los matrimonios sacaban sus disputas a la calle y las convertían en una especie de teatro callejero, con una voluble apelación a los vecinos como público de jurados.
Esta no era una cultura puritana y los metodistas y los reformadores evangélicos se escandalizaban de la licencia que le imputaban y, especialmente, de la relajación sexual de los jóvenes y los solteros. Pero hay indicios abundantes de que el consenso de tales comunidades imponía cierto decoro y ciertas normas, a la vez que defendía la institución del matrimonio mismo o de la unidad doméstica familiar.
Esta unidad era «económica» además de doméstica; de hecho, es imposible mostrar dónde terminaban las relaciones «económicas» y empezaban las «personales», pues ambas estaban imbricadas en el mismo contexto total. Durante el cortejo, los enamorados eran «novios», pero cuando se instalaban en la nueva unidad eran la «ayuda» el uno del otro, palabra que lleva sentimiento y función doméstica o papel económico en igual medida. Es un error suponer que, porque los hombres y las mujeres tenían necesidad de su respectivo apoyo económico, o del apoyo de sus hijos en el trabajo cotidiano del hogar, ello excluía forzosamente el afecto y daba origen a un instrumentalismo insensible. «En lugar de menos, el sentimiento puede ser más tierno o intenso porque las relaciones son “económicas” y críticas para la supervivencia mutua».[1138]
En el seno de tales comunidades era imposible cambiar de pareja conyugal —y mudarse a una nueva unidad doméstica en la calle o el pueblo de al lado— sin que ello fuera causa de escándalo cotidiano y continuo. La separación, especialmente si había niños, desgarraba la red de parentesco y trastornaba el vecindario trabajador.[1139] Podía parecer una amenaza para las otras unidades domésticas. Pero la nueva pareja tal vez no podía recurrir a la salida fácil y emigrar a la ciudad más cercana, con su «anonimato» más tolerante, sencillamente porque no era fácil. El oficio (fabricación de clavos, tejido de punto, extracción de carbón) podía ser local, podía no haber ninguna oferta de empleo, ningún cottage en alquiler. Si la pareja se quedaba en su propia comunidad, había que encontrar algún ritual que reconociese la transacción.
Coincido con el historiador más cuidadoso del matrimonio popular británico —John Gillis— en que la venta de esposas encontraba el apoyo más fuerte en estas comunidades plebeyas o protoindustriales; que, en general, no era una costumbre campesina y «el rito mismo no estaba pensado para matrimonios en los cuales interviniera la propiedad»;[1140] y que su frecuencia disminuía en las grandes ciudades, «donde la gente podía separarse y volver a casarse sin que nadie lo supiera o le importara»: esto es una exageración, ya que en cualquier calle urbana la gente lo sabía o se encargaba de averiguarlo. En resumen, hemos pasado de un uso de la tierra a una economía monetaria: un matrimonio con unidad doméstica se funda a partir de los ahorros conjuntos de la esposa y del esposo (tal vez como criados o aprendices) y no a partir de una dote o unos derechos agrarios. Pero estamos todavía en un mundo comunal formado por un vecindario trabajador conocido con su nexo del mercado. Y si la comunidad está unida por el parentesco y el trabajo común, también tiene hebras de cultura común, constituidas por fuertes tradiciones orales (que son esenciales para transmitir los rituales populares) y un acervo de costumbres y anécdotas que a menudo se halla codificado en el dialecto que habla el pueblo.
Otra razón por la cual podía ser necesario un rito que, en tales comunidades, significara divorcio tal vez nos empujaría a internarnos en los recursos psíquicos de aquellos hombres y mujeres más de lo que podemos. Pero cabe conjeturar que, incluso cuando una pareja había cambiado de cónyuges y se había mudado a otro distrito, las personas de mentalidad más «sencilla» (como dijo Hardy de Susan Henchard) continuarían sintiendo una aguda incomodidad mental si no se había celebrado ningún rito que las liberase de su anterior obediencia o juramento. Un juramento podía tener una sanción aterradora, una obligación inexorable, sobre los hombres y las mujeres de esa época; y el voto matrimonial llevaba consigo todo un cargamento de saber tradicional.
Todo esto confirma la necesidad de algún rito, y el rito mismo ha sido descrito de forma suficiente. Puede verse como una transacción deprimente o como teatro callejero o como un ritual destinado a avergonzar. Lo más que podemos acercarnos a obtener una descripción densa de todo el asunto es una reconstrucción que hizo un periodista observador, que la vio como una comedia de costumbres del Black Country («Apéndice», pp. 599-603). Pero la forma era lo bastante flexible como para llevar muchos mensajes diferentes, según los casos de que se tratara y el juicio del público.
Esto puede ilustrarse por medio de la función del dinero que se pagaba en el intercambio. La suma variaba entre la pura formalidad y una indemnización importante. He aquí varios ejemplos sacados de mis notas. En Stowmarket, en 1787, un agricultor vendió a su esposa por cinco guineas. Luego le regaló una guinea para que se comprase un vestido nuevo y ordenó que sonaran las campanas para celebrarlo.[1141] En Sheffield, en 1796, un hombre vendió a su esposa por seis peniques. Luego pagó una guinea para que un coche llevara a la mujer y a su comprador a Mánchester.[1142] En Hull, en 1806, un hombre vendió a su esposa por veinte guineas a otro hombre que llevaba cuatro años alojado en casa del matrimonio: parece un caso de daños punitivos.[1143] En Smithfield, en 1832, la esposa fue vendida por diez chelines con una comisión de dos chelines para el ganadero. Entonces se dejó salir a la esposa de los corrales situados ante la taberna Half Moon y las tres partes entraron en ella, donde el exmarido se gastó la mayor parte del dinero de la compra en coñac y agua.[1144] En Boston (Lincolnshire), en 1821, el precio fue de un chelín y el marido devolvió once peniques al comprador «para que le trajeran suerte».[1145] Pero en el mismo lugar, en 1817, se había vendido a una esposa por tres cuartos de penique y el marido «entregó también los enseres de la mujer, una espalda de carnero, cesta, etc.».[1146]
Que se trataba de un ritual vergonzoso para la esposa queda bien claro en el simbolismo. La mayoría de las esposas (como la de Rough Moey, en el «Apéndice») lloraron en algún momento. Pero por el hecho de que se diga que una esposa «estaba a punto de desmayarse» al ser «arrastrada» con un ronzal hacia el lugar de venta (Dartmouth, 1817), no podemos inferir necesariamente que fuese parte involuntaria del intercambio; sabemos, en este caso, que fue vendida a «su primer novio», y puede que su resistencia se debiese igualmente a la vergüenza de la exhibición pública.[1147] La humillación también podía afectar al marido, que estaba reconociendo que había sido engañado. Si el informe es digno de confianza, Jonathan Jowett, agricultor de cerca de Rotherham (1775), arrostró valientemente la transacción con un «asunto ridículo». Accedió a vender a su esposa por veintiuna guineas a William Taylor, alfarero, de quien sospechaba que era el amante de la mujer, y en su debido momento la entregó en «regular procesión»;
Jowett iba delante, con la cabeza adornada, por deseo propio, con un par de grandes cuernos de morueco dorados, en los cuales unas letras de oro rezaban: «Encornudado por William Taylor»; llevaba al cuello un ancho collar en el cual estaba enganchado un cordel con una anilla que uno de sus vecinos usaba para conducirle. Y la esposa, con un ronzal al cuello, fue conducida por su marido al lugar señalado en medio de los gritos de más de mil espectadores. Jowett devolvió una guinea al comprador para que le trajese suerte y ambas partes parecieron contentas con la operación.[1148]
El asunto se estaba interpretando ante los ojos del público. Del mismo modo que los condenados antes de la ejecución, las partes interpretaban los papeles esperados. Pero tenían licencia para improvisar su propio diálogo. En el caso del marido, el teatro proporcionaba oportunidades para salvar el prestigio. Podía ridiculizar y humillar a su esposa con la verborrea de un subastador; o podía sugerir que se alegraba de librarse de ella pidiendo un precio irrisorio; o podía ganarse una reputación de generosidad y mostrar su buena voluntad haciendo que sonaran las campanas, colmando de regalos a la nueva pareja o alquilando un coche; o podía, igual que Rough Moey, manifestar resignación cómica: «Todos sabemos cómo están las cosas. No tiene remedio, así que no hay por qué tomárselo a la tremenda».
No todas las separaciones eran plácidas. En unos cuantos casos, el marido aparece mostrando enojo o celos de su rival. En otros casos, «se arrepintió» de la venta y hostigó a la nueva pareja. Un tejedor de medias de Ansty (Leicestershire) en 1829 vendió a su esposa a otro calcetero. Al cabo de unas semanas, pasó por delante de la casa de la nueva pareja y «vio a la mujer trabajando en un telar de medias, al parecer muy contenta». El espectáculo de su antigua esposa ayudando ahora a su rival encendió sus celos, volvió con un arma cargada y apuntaba con ella a la mujer a través de la ventana cuando intervino un transeúnte.[1149] Otro caso que terminó con una separación infeliz tuvo lugar en el mercado de Goole (1849). Un barquero llamado Ashton había estado hospitalizado en la enfermería de Hull a causa de una infección en una rodilla; mientras tanto (según el informe), su esposa se fugó con un amante llevándose gran parte de los efectos del marido. Al salir de la enfermería, Ashton localizó a la pareja y se acordó una venta. La esposa tuvo que subirse a una silla en el mercado con un ronzal en la cintura. Después de una «animada» licitación,
la mujer fue finalmente adjudicada a su amante por cinco y nueve peniques, momento en que, haciendo una castañeta con los dedos ante la cara de su marido, la mujer exclamó: «¡Aquí tienes, so inútil! ¡Es más de lo que darían por ti!», y se marchó, al parecer muy contenta, con su nuevo dueño y señor. Al pasar los dos ante el marido, este le tendió la mano y dijo: «Danos un apretón de manos, vieja, antes de que nos separemos».[1150]
Pero no puede decirse que eso sea «tomárselo a la tremenda», y en modo alguno tan a la tremenda como suelen ser las cosas en los tribunales de divorcio del siglo XX. De hecho, el vocabulario de los reporteros moralistas parece a veces más tremendista que el comportamiento del que informan. A modo de ejemplo, he aquí lo que publicó un periódico de Yorkshire en 1829:
De acuerdo con la costumbre habitual [el marido], compró un ronzal nuevo, por el que pagó seis peniques, y, tras colocárselo alrededor del cuello a la mujer, la paseó por la calle, y la muy descarada no protestó por semejante exhibición pública de sus atractivos. Pronto apareció un comprador que ofreció dieciocho peniques por la mujer y la soga, y el marido no tardó en acceder. Se hizo un trato y las desvergonzadas partes se retiraron en medio de las befas de la multitud y entraron en una taberna, donde se gastó el dinero, y el expropietario de la mujerzuela bebió por la buena suerte del comprador, y la mala pécora declaró que estaba muy satisfecha con el traspaso, porque había «conseguido el muchacho al que amaba».[1151]
Debajo del lenguaje que emplea el redactor de la noticia cabe detectar humor, generosidad y mentalidades independientes.
Cuando esto era teatro callejero, ¿cuál era el papel de los espectadores? A veces las multitudes eran numerosas —a veces se hablaba de «muchos centenares»—, pero era más común que fuese la que habitualmente se reúne en día de mercado. Por lo que puede inferirse, la respuesta de la multitud era dictada por sus opiniones sobre quién tenía la razón y quién no la tenía en el caso conyugal que se estaba representando ante sus ojos. Cuando se sabía que el marido había maltratado a la mujer, la gente vitoreaba al paso de la nueva pareja; cuando el marido era popular y se creía que la mujer y su amante le habían traicionado, los espectadores presenciaban la escena silbando y profiriendo maldiciones. En Ferrybridge (Yorkshire), en 1815, el público arrojó nieve y barro contra el comprador y la esposa.[1152] En el norte de Yorkshire se dio el caso de un anciano que, según creía la gente, había sido traicionado por su joven esposa; la nueva pareja fue quemada en efigie en el prado comunal del pueblo.[1153] Y hay otros casos de cencerradas dedicadas a la nueva pareja, la mayoría de ellos después de 1850, cuando el rito estaba cayendo en desuso.[1154] En otras ocasiones parece que la multitud defendió el derecho de las partes a llevar a cabo una venta. El general Pillet fue testigo de una ocasión en Ashburn (Derbyshire) durante las guerras con los franceses, en la cual un juez de paz trató de impedir una venta y los alguaciles fueron atacados y apedreados por la multitud. La multitud protegió la venta e impidió la intervención de modo parecido en Bolton (1835).[1155]
La impresión que sacamos es que hasta comienzos del siglo XIX ni las autoridades laicas ni las eclesiásticas mostraban gran empeño en reprender a alguna de las partes. Algunos clérigos y magistrados rurales eran muy conscientes de la práctica y en los registros bautismales encontramos apuntes como este: «Amie, hija de Moses Stebbing y de una esposa comprada que le fue entregada con un Ronzal» (Perleigh, Essex, 1782).[1156] El magistrado que en vano trató de intervenir en Ashburn confesó al general Pillet que las razones de su intento eran inciertas. Podía actuar contra las partes por alterar la paz («al llegar al mercado en una especie de tumulto»), pero, «en cuanto al acto de vender propiamente dicho, no me parece que tenga derecho a impedirlo […] porque se basa en una costumbre conservada por el pueblo y quizá sería peligroso privarlo de ella».[1157] Un tono disciplinario se hace más evidente después de las guerras con los franceses, con censuras fuertes e indignadas por parte de los tribunales y la prensa, con la interrupción de las ventas por parte de los alguaciles y la comparecencia de los interesados ante los tribunales.[1158] Pero lo que los tribunales podían hacer con ellas no estaba claro del todo.[1159] Porque a ojos de la ley el rito de la venta de esposas no era un hecho (de haberse aceptado como hecho, habría entrañado bigamia). Desde el punto de vista jurídico, era como si los interesados tomasen parte en una pantomima. A decir verdad, cuando una disputa entre dos parroquias acerca de la manutención de tres niños llegó ante los tribunales de Boston (Lincolnshire) en 1819 se consideró que, según la ley, la paternidad correspondía forzosamente al esposo legítimo de la mujer, John Forman, aunque hubiera vendido a la mujer a otro hombre, Joseph Holmes, diecisiete años antes, hubiera dejado entonces de cohabitar con ella y dos de los tres hijos (el mayor de los cuales tenía doce años) hubieran sido inscritos en el registro bautismal como hijos de Joseph y Prudence Holmes. El abogado arguyó que la venta de una esposa era «una acción escandalosa», que debía considerarse que los niños nacidos dentro del matrimonio eran los de sus padres legales y que «sería monstruoso permitir que un marido se prestara a convertir en bastardos a los vástagos de su propia esposa». El tribunal confirmó estos puntos de vista.[1160]
Dado que todo el mundo estaba de acuerdo en que la venta de esposas era «monstruosa» y «escandalosa», los tribunales podían procesar por delito menor, aunque no por delito mayor. Ya hemos seguido el destino de los infortunados Charles y Mary Skinner y John Savage, que salieron del cottage o la workhouse de la ley de pobres y fueron a parar a la cárcel (pp. 557-558) pasando por la taberna George and Dragon en Tonbridge. Fueron llevados allí por una acusación muy grandilocuente, redactada (vi et armis) a la manera del King’s Bench: