Costumbres en común

Costumbres en común


Introducción de Julio Martínez-Cava

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Siendo personas de mente perversa y depravada, y totalmente insensibles al debido sentido de la decencia, la moral y la religión, […] con la fuerza de las armas, se combinaron, confederaron y acordaron entre ellas desprestigiar el santo estado del matrimonio […] y corromper la moral de los leales súbditos de Su Majestad, y fomentar un estado de adulterio, perversidad y libertinaje […], di da di da di da […], vendieron todos sus derechos conyugales […], di da di da […], por cierta valiosa retribución, (a saber,) la suma de un chelín y una jarra de cerveza […], di da, achispado, pom […], con gran disgusto de Dios Todopoderoso, con gran escándalo y subversión del santo estado del matrimonio y de la religión, la moral, la decencia y el buen orden, en desacato de nuestro Señor el Rey, etc.[1161]

Estos monstruosos malandrines gozaron de un privilegio especial en su acusación. Un comprador de Rutland tuvo que resignarse a que le acusaran de ser «persona de las más perversas, lujuriosas, lascivas, depravadas y abandonadas mentalidad e inclinación y sin el menor sentido de la decencia, la Moral y la Religión», por todo lo cual fue multado con un chelín.[1162] Menos común era que los tribunales hostigaran a las esposas, puesto que la ley suponía que actuaban bajo el amparo o el control de su marido. Como ha demostrado Menefee, el asunto no entró en los libros de consulta que usan los magistrados hasta la década de 1830, momento en que se impusieron sentencias de cárcel (de uno, tres y hasta seis meses).[1163]

Puede que esto contribuyera en alguna medida a «reprimir la venta de esposas», aunque es más probable que la empujase a dejar el mercado por la taberna. Más influiría, en la decadencia del ritual, el descenso de su legitimidad dentro del consenso popular: la antigua cultura plebeya iba perdiendo rápidamente su arraigo debido a las críticas de que era objeto desde dentro y la incertidumbre ante sus propias sanciones y códigos. La prensa radical y cartista consideraba que la práctica era escandalosa.[1164] Hasta Eliza Sharples, la esposa «moral» (es decir, la concubina) de Richard Carlile, que reconocía la función de la venta como divorcio, opinaba que la práctica era ofensiva y brutal: «¡Cuánto mejor hubiera sido una separación discreta y que cada uno pudiera elegir de nuevo y libremente! Mientras las mujeres consientan que los hombres las traten como a inferiores, podremos dar por sentado que los hombres serán unos brutos».[1165]

A mediados de siglo, en medio de la agitación que culminó con la Ley de Causas Matrimoniales de 1857 (que por primera vez creó procedimientos seculares para el divorcio), eran más frecuentes los comentarios sobre el doble rasero que permitía un difícil y costoso procedimiento de divorcio para los ricos, mediante los tribunales eclesiásticos y la Cámara de los Lores, pero que se lo negaba a los pobres. Aunque —tal como señaló la revista Punch— el mismo procedimiento era también gratuito para los pobres:

En el Tribunal Central, un tal Stephen Cummins, pintor, es declarado culpable de bigamia. Vende a su esposa por seis chelines, y «un chelín para beber por la salud». Para que la transacción sea en la debida forma, Cummins da un recibo. El Recorder, al condenar a Cummins a la pena de cárcel y trabajos forzados durante un año, dice: «Bajo cualquier circunstancia sería un gran delito público que un hombre pasara por la ceremonia nupcial con otra mujer mientras su esposa viviera todavía». Pero es que los pobres son tan depravados… ¡y tan analfabetos! No quieren acudir al Tribunal Eclesiástico […], no quieren apelar a la Cámara de los Lores. Una separación legal, que lleva consigo el derecho a un futuro matrimonio, siempre debe basarse en pruebas apropiadas […] y, a pesar de ello, los pobres no quieren comprar su remedio.[1166]

Caroline Norton expuso el mismo argumento empleando términos igualmente severos: desde los tiempos de Enrique VIII, el método de divorcio inglés «ha sido una indulgencia consagrada a la aristocracia»:

Las clases pobres no tienen ninguna forma de divorcio entre ellas. El hombre rico contrae nuevo matrimonio tras divorciarse de su esposa en la Cámara de los Lores: su nuevo matrimonio es legal; sus hijos son legítimos […]. El hombre pobre contrae nuevo matrimonio sin haberse divorciado de su esposa en la Cámara de los Lores; su nuevo matrimonio es nulo, sus hijos son bastardos y él mismo está expuesto a ser procesado por bigamia […]. No siempre delinquen a sabiendas, pues nada puede superar la ignorancia de los pobres sobre este asunto; creen que un magistrado puede divorciarles; que una ausencia de siete años constituye un motivo para declarar nulo el vínculo matrimonial; o que pueden darse recíprocamente permiso para divorciarse; y entre algunos miembros de la población rural predomina la creencia más crasa de que un hombre puede vender legalmente a su esposa, ¡y romper así el lazo de unión! Creen cualquier cosa, en lugar de lo que es verdad; a saber, que ellos no pueden hacer legalmente lo que saben que se hace legalmente en las clases situadas por encima de ellos.[1167]

En la década de 1850, la venta de esposas ya había quedado reducida a un vestigio en bolsas donde aún resistía la antigua cultura «plebeya». Hay un caso tardío, en Bradford (Yorkshire) en 1858, lo cual sugiere un momento de inseguridad cultural al romperse las formas de transmisión oral. Hartley Thompson ofreció a su esposa, «de atractiva apariencia», en venta enfrente de una cervecería de un barrio periférico de Bradford. Según una crónica, la pareja, ambos obreros de fábrica, «se habían cansado el uno del otro, y, se dice, habían sido mutuamente infieles a su voto matrimonial». Se había celebrado una venta (no se explica en qué forma) al amante de la esposa, Ike Duncan, también obrero de fábrica. «Sin embargo, posteriormente se descubrió que se había pasado por alto alguna formalidad que se consideraba esencial». En esta ocasión se cumplieron todas las formalidades posibles. Enviaron al campanillero a pregonar la venta. La esposa se presentó con un ronzal nuevo, adornado con serpentinas rojas, blancas y azules. Un subastador se encontraba preparado a caballo. Se reunió una nutrida multitud. Pero los propietarios de la fábrica en la que estaban empleados impidieron la venta amenazando con despedir a todos los que tomaran parte en ella. Retuvieron a Ike Duncan en el trabajo y la esposa declaró que «no sería vendida a ninguna persona […] excepto a Ike». Se suspendió la venta.[1168]

A partir de la década de 1850, la práctica se replegó hacia formas que eran más secretas, consistentes en contratos de papel firmados ante testigos en algún bar público. El caso más reciente que tengo en mi colección y que menciona específicamente un ronzal es de Hucknall Torkard, cerca de Sheffield, en 1889, donde «un destacado miembro del Ejército de Salvación» vendió a su esposa a un amigo por un chelín y condujo a la mujer a casa del comprador por medio de un ronzal.[1169] Los contratos de papel salieron a la luz con mayor frecuencia: un lugareño de Lincolnshire se presentó en la oficina de timbres de Barton-on-Humber para que le pusieran uno en el suyo.[1170] Los intercambios eran encuentros tristes y a veces furtivos, en el exterior o dentro de una taberna. Un testigo recordaba una venta efectuada en el exterior de una taberna de Whitechapel: el marido, «un individuo de aspecto desgraciado»; la esposa, «una mujer vestida respetablemente, de unos treinta años de edad»; el tabernero, que haría de subastador; y un joven que, «según tenía entendido, sería el mejor postor». La pareja recién formada se marchó, «el hombre con aire bravucón, y la mujer con expresión de desdén», mientras el exmarido «ponía cara hosca y [sus] vecinos no manifestaban simpatía ni aprobación».[1171] En las Midlands y en el norte se decía que las ventas tenían lugar entre peones, algunos mineros, barqueros, algunos obreros. Lo único que, al parecer, exigía ahora el ritual era publicidad. La prensa informó (en 1882) de una mujer a la que su esposo había vendido por un vaso de cerveza en una taberna de Alfreton un sábado por la noche. «Ante una sala llena de hombres se ofreció a venderla por un vaso de cerveza y, al ser aceptada la oferta por el joven, la mujer accedió en el acto, se quitó el anillo de boda y desde aquel momento se consideró propiedad del comprador».[1172]

Folcloristas y periodistas de las décadas de 1870 y 1880 indican que persistió el sentido de la legitimidad de la práctica. En un editorial publicado en 1881 el Standard afirmó que todavía se celebraban ventas en tabernas de las Potteries, en ciertos distritos mineros y entre los trabajadores siderúrgicos de Sheffield. El ronzal se utilizaba raramente. «El vendedor —escribió el editorialista—, el “bien mueble” y el comprador creen firmemente que están tomando parte en un acto rigurosamente legal de divorcio y segundas nupcias».[1173] El mismo día el ministro del Interior, sir William Harcourt, fue interpelado sobre la cuestión en la Cámara de los Comunes por un diputado nacionalista irlandés. Su respuesta fue seca:

Todo el mundo sabe que no existe tal práctica. [«¡Oh!»]. Bien, señor, si los honorables caballeros de Irlanda saben que el caso es diferente con referencia a ese país, nada tengo que decir.

Pero, a juicio del ministro del Interior, en Inglaterra la práctica era «desconocida».[1174]

VI

La venta de esposas ha servido para inspirar elocuentes ejercicios de moralismo. En el siglo XIX, los franceses y otros vecinos continentales utilizaron la práctica contra los ingleses, ya fuera movidos por la indignación o en son de broma. Los norteamericanos también (escribió la feminista Caroline Dall) «sienten grandes deseos de comprender este escándalo. ¿Es posible que un Gobierno que prohíbe la venta de un negro no pueda prohibir la venta de una esposa sajona?».[1175] Hasta la comunidad angloindia o «eurasiática», molesta por su ambigua condición racial, sacó a relucir el asunto en tono acusador.[1176] Las clases sociales superiores de Inglaterra —como hemos visto con frecuencia—, a su vez, acusaron a los pobres trabajadores embrutecidos.

Como los escasos datos no «daban precisamente esa sensación», comencé a investigar, y en su momento llevé conmigo el embrión del presente capítulo para dar alguna que otra conferencia. A finales de la década de 1970 ya me arrepentía de mi elección y, de todos modos, no habría dado más conferencias sobre el asunto, incluso si otras cuestiones no me hubieran distraído. Porque algunas feministas decidieron que mi conferencia era una interpretación masculina de los datos y ofendía los puntos de vista correctos de la «historia de las mujeres». Siguiendo la tradición de Caroline Dall, las feministas norteamericanas fueron las que expresaron esta crítica con más vigor. En una universidad que tiene cierta reputación (Yale) una miembro de la facultad, al salir yo de la sala de conferencias, gritó que mi conferencia había sido «una estafa». En otra ocasión me reprendió con mucha energía una estudiosa a la que respeto mucho por haber suprimido el hecho de que a la esposa, cuando era vendida, le estafaban la dote y los derechos concomitantes. Pero todavía no he encontrado pruebas de que así fuera.[1177]

Resumiendo, circuló la noticia de que yo iba dando una conferencia antifeminista y me prepararon fiestas de bienvenida. Aunque los auditorios británicos mostraban mejor talante, empecé a cansarme del tono hostil de las preguntas —como si yo intentara engatusar a mis oyentes— y también me sentía un poco dolido, pues me creía partidario de los derechos de las mujeres (creencia que las que me hacían las preguntas ansiaban quitarme de la cabeza). Así que guardé la conferencia. Esta clase de cencerrada intelectual es de esperar después de generaciones de historia de sesgo masculino; nos la merecemos; y es un precio moderado a cambio del rápido avance de las interpretaciones y las definiciones femeninas.

Lo que yo había hecho era despertar ciertas expectativas y luego decepcionarlas. Mi título, «La venta de esposas», había inducido al auditorio a esperar una disquisición erudita sobre un ejemplo más de la desdichada opresión que han sufrido las mujeres. Pero mi material no se ajustaba (ni se ajusta) exactamente a tal estereotipo. De hecho, mi intención era descifrar el comportamiento (e incluso las relaciones interpersonales) que los moralistas de clase media (en su mayoría varones) habían estereotipado. El asunto de la opresión femenina era un tema subordinado.

Quizá demasiado. Quizá en este capítulo no se le ha dado la importancia debida. No se puede estar siempre reiterando la organización elemental de una sociedad y sus relaciones entre los sexos, del mismo modo que, si estás siempre analizando las partes de la oración, no puedes atender a lo que esta dice. Si lo único que puede encontrarse en las relaciones entre los hombres y las mujeres es patriarcado, entonces cabe que te estés perdiendo alguna otra cosa importante…; importante para las mujeres tanto como para los hombres. No hay duda de que la venta de esposas nos dice algo sobre la dominación masculina, pero se trata de algo que ya sabemos. Lo que no podríamos saber, sin investigar el asunto, era que daba un pequeño espacio para la afirmación personal de la mujer.

Reconozcamos, sin ninguna reserva, que la venta de esposas tenía lugar en una sociedad en la cual la ley, la Iglesia, la economía y la costumbre situaban a las mujeres en una posición inferior u (oficialmente) sin poder. Podemos decir que esto es patriarcado si así lo deseamos, aunque un hombre no tenía que ser el cabeza de una unidad doméstica para gozar de privilegios sobre la mayoría de las mujeres (de su propia clase). Los hombres de todas las clases usaban un vocabulario de autoridad, así como de propiedad, al hablar de la esposa y los hijos, y la Iglesia y la ley fomentaban esa costumbre. La venta de esposas, pues, aparece como un ejemplo extremo del caso general. La esposa se vende como un bien mueble y el ritual, que asigna a la mujer el papel de yegua o vaca, es degradante y se pretendía que lo fuese. La mujer era expuesta, en su naturaleza sexual, a la inspección y las bromas groseras de una multitud fortuita. Aunque era vendida con su propio consentimiento, se trataba de una experiencia profundamente humillante que a veces provocaba las iras de las demás mujeres[1178] y a veces despertaba su simpatía: «¡No te preocupes, Sal, arriba esos ánimos y no te rindas nunca!» (p. 600).

Aunque redefinamos la venta de esposas y digamos que era divorcio con consentimiento, lo cierto es que era el intercambio de una mujer efectuado por dos hombres[1179] y no el de un hombre por dos mujeres. (Hay, de hecho, constancia documentada de venta de maridos, pero podrían contarse los casos con los dedos de una mano).[1180] No está en duda el hecho de que el ritual tenía lugar ateniéndose a las formas y al vocabulario de una sociedad en la cual las relaciones entre los sexos estaban estructuradas en términos de superior-subordinado.

Sin embargo, dentro de las formas actuaba algo que a veces contradecía su intención. La venta no tenía por qué redundar en beneficio del marido. Tampoco deberíamos suponer que las normas de estas personas trabajadoras eran idénticas a las prescritas por la Iglesia y la ley. Suponer que así era da origen a serios errores de interpretación. En estas comunidades trabajadoras «protoindustriales», las relaciones entre los sexos estaban experimentando cierto cambio. Todavía no es apropiado hablar de «derechos»; quizá «valía» o «respeto» sea el término que necesitamos. La valía de las mujeres en estas unidades domésticas donde se trabajaba mucho era considerable, como lo era también su responsabilidad, y traía consigo un campo de autoridad e independencia correspondientes. Sugeriré, cuando nos ocupemos de las cencerradas, que la inseguridad masculina ante esta creciente independencia puede explicar algunos de los skimmingtons en el oeste tradicional, con su obsesión con los cornudos y el temor a las mujeres «encima». Y las robustas mujeres que hemos visto al frente de motines de subsistencias difícilmente caben en la categoría de víctimas humilladas, papel que se les asignó hace unos años en la ortodoxia de ciertas feministas universitarias.

Interpretar la historia de las mujeres como una historia de victimización no mitigada, como si todo lo anterior a 1970 fuera prehistoria femenina, puede ser útil para entablar buenas polémicas. Pero no puede decirse que sea elogioso para las mujeres. Esa idea me la quitaron de la cabeza en los comienzos de mi carrera de tutor de adultos, cuando estaba hablando con una clase de la Asociación Educativa Obrera en una ciudad con mercado del norte de Lincolnshire y con elocuencia condescendiente me puse a hablar de la opresión de las mujeres. Una lugareña de edad avanzada, autodidacta, de expresión penetrante y rostro curtido por la intemperie se puso tensa y finalmente me espetó: «Nosotras, las mujeres, conocíamos nuestros derechos, ¿sabe usted? Sabíamos lo que nos correspondía». Y, lleno de turbación, me di cuenta de que mi énfasis de inexperto en la mujer como víctima había sentado como un insulto a aquella señora y a otras que me estaban escuchando. Me hicieron saber que las mujeres trabajadoras habían creado sus propios espacios culturales, disponían de medios para hacer que se cumpliesen sus normas y se encargaban de que se les diera lo que «les correspondía». Puede que lo que les correspondía no fuesen los «derechos» de hoy, pero las mujeres no eran los sujetos pasivos de la historia.

Muchos años después me hallaba participando en una conferencia en alguna parte de Nueva Inglaterra y una oradora había denunciado con mucha vivacidad, y entre grandes aplausos, los pecados del autor de La formación de la clase obrera en Inglaterra «entre paréntesis, masculina» e indicado mis omisiones. Nada que objetar, pero mi amigo Herbert Gutman, ya fallecido, pensó que yo necesitaba que me tranquilizaran un poco y me susurró al oído: «Esta gente comete el mismo error que cometieron algunos de los historiadores de los negros. Siempre querían presentar a los negros como víctimas. Les negaban su acción independiente».[1181] Como los susurros de Herb fueron más bien un gruñido, su comentario molestó a las ocupantes de cinco o seis filas delante y detrás de nosotros. No importa, tenía razón.

La venta de esposas era una jugada posible (aunque extrema) de que disponía, en la política de lo personal, la gente trabajadora del siglo XVIII. Sí, las reglas de esta política eran fruto de la dominación masculina, aunque las mujeres de la comunidad eran las encargadas de velar por las instituciones de la familia. Pero, al parecer, las mujeres poseían la habilidad necesaria para hacer que a veces la jugada las beneficiara a ellas. No veo ninguna razón por la cual alguien tuviese que suponer que esta conclusión era «antifeminista».

No cabe duda de que hay víctimas entre las esposas vendidas,[1182] pero con mucha más frecuencia las noticias sugieren su independencia y su vitalidad sexual. Se califica a las mujeres de «guapas», «lozanas», «de buena apariencia», «una muchacha campesina de buen ver», o se dice de ellas que «disfrutan con entusiasmo de la diversión y el jolgorio».[1183] Sally, en la balada de «Samuel Lett», de Bilston, nos da el tipo popular de la clase de mujer a la que tal vez vendían:

Lleva calzones de hombre,

así dicen todos;

pero Lett no debería permitir

que se salga siempre con la suya.

Jura como un soldado

y pelea como un gallo,

y le ha asestado a su viejo

más de un golpe fuerte.[1184]

Y podemos identificar por lo menos a una esposa vendida (en el mercado de Hereford, muy al principio del siglo XIX) que se corresponde con este tipo:

Esa era la mujer que llevaba la barra de pan ensangrentada en los motines por el pan. Lo vi todo. Vi que se ponía al frente de las mujeres para apoderarse del cargamento de cereales. El viejo doctor Symonds le dijo que se quitara la liga de la pierna derecha y la atase al caballo de delante y soltara el tiro de caballos y así lo hicieron. Escribieron una bonita canción sobre todas ellas, una canción que empieza así:

¿No habéis oído hablar de nuestras mujeres de Herefordshire?

¿De cómo salieron corriendo y dejaron de hilar?…

¿De cómo salieron corriendo sin sombrero ni pluma?…

A luchar por el pan, con buen o mal tiempo…

¡Oh, nuestras valerosas mujeres de Herefordshire![1185]

No se nos dice si fue vendida antes o después de esta refriega.[1186] Pero no da la impresión de ser una mujer a la que podía venderse sin su consentimiento.

Otra esposa, una que fue vendida en el mercado de Wenlock por dos chelines y seis peniques en la década de 1830, estaba muy decidida al respecto. Cuando su marido llegó al «mercado se acobardó y trató de echarse atrás, pero Mattie le obligó a seguir adelante. Agitó el delantal ante la cara de su buen hombre y dijo: “Adelante, bribón. Quiero que me vendas. Quiero un cambio”».[1187]

Apéndice

La crónica que aparece a continuación procede de Frederick W. Hackwood, Staffordshire customs, superstitions and folklore (Lichfield, 1924), pp. 71-73. Su autor la califica de «crónica descriptiva de la venta de una esposa en Wednesbury, hace más de un siglo, escrita y publicada por un espectador», pero no da más detalles de su fuente.

El pregonero, colocándose ante una taberna de baja estofa, hace sonar su campanilla para llamar la atención y luego, empleando frases lentas, deliberadas, da noticia de que «una mujer… y su pequeño bebé… serán ofrecidos… en venta… en el mercado… esta tarde… a las cuatro… por su esposo… Moses Maggs».

El anuncio fue recibido con carcajadas, seguidas de sonoros «hurras», pues el digno personaje citado era uno de los más notorios de la ciudad y la gente le conocía comúnmente por el apodo de Rough Moey. Era un individuo recio y corpulento, de unos cuarenta y cinco años; en otro tiempo su cara había mostrado las profundas huellas de las viruelas, pero unos surcos de un azul intenso, resultado de una explosión en una mina, literalmente habían hendido las señales de la enfermedad. Había perdido un ojo y en lugar de una pierna llevaba una pata de palo. No era atractivo ni por sus rasgos ni por su figura.

Los tenderos salieron a la puerta de sus establecimientos para comentar el anuncio del campanillero, y mujeres con los brazos en jarras formaban grupos de dos o tres en la calle y chismorreaban sobre el mismo asunto. Otros holgazanes interesados trasladaron los comentarios a la taberna más cercana. El pregonero se fue a repetir su anuncio en otra parte, seguido de una multitud de pilludos harapientos.

Justo antes del momento señalado, una multitud se reunió en el mercado, enfrente de la White Lion, taberna muy frecuentada, donde cuatro individuos altos, armados con garrotes, despejaron un poco el lugar e impidieron que los ansiosos mirones se apretujasen contra un hombre, una mujer y un niño de pecho, los leones del día.

La mujer era más joven que el hombre, probablemente tendría veintitrés años más o menos, con tanta belleza como era compatible con su situación en la vida, casada o «alquilada» a un hombre como su compañero. Llevaba en brazos a una criatura de unos doce meses que permanecía impasible a pesar del barullo que la rodeaba. Era obvio que la mujer llevaba puesto su mejor atuendo, la cara recién lavada, el pelo recogido en un moñito y atado con un trocito de cinta azul cuyos extremos flotaban cual airosas serpentinas, sin duda, en honor de la ocasión.

Aunque un vulgar ronzal de cáñamo colgaba de su cuello y su esposo y dueño sostenía el extremo en una mano, la mujer —a juzgar por su apariencia— no encontraba la situación penosa ni desagradable; y a las exclamaciones de aliento, tales como «¡No te preocupes, Sal, arriba esos ánimos y no te rindas nunca!», contestaba con una risa alegre y con comentarios cuyo propósito era asegurar a quienes la oían que se alegraría de librarse del viejo bribón y que tenía aquello bien merecido por haberse casado con semejante vagabundo viejo.

Luego, una vez que se hubo impuesto cierto orden, mandaron a buscar un poco de cerveza y los cuatro individuos fornidos sacaron dos cuñetes y los colocaron verticalmente en el espacio despejado. La mujer se subió a uno de ellos con su niño y en el otro se instaló el hombre. Mientras los personajes principales consumían la cerveza, alguien trajo a un violinista para que animase el acto con una o dos tonadas alegres.

Durante el descanso, el inspector del registro hizo preguntas a la multitud y averiguó lo siguiente.

Que Rough Moey había dado a una robusta muchacha que trabajaba en las minas, y que tendría más o menos la mitad de su edad, un vestido nuevo y otras prendas de vestir, con dos semanas de agasajo, para que se casara con él. Que al cabo de un tiempo ella había dado su amor a un joven y bien parecido minero; a causa de lo cual, naturalmente, su esposo había empezado a mostrarse celoso y a pegarle. En lugar de curarla, no había servido más que para despertar en ella pensamientos de venganza; y, como a menudo Moey volvía a casa por la noche en estado de embriaguez total, ella quitaba con cuidado la pierna de madera del borracho dormido y le pegaba con ella a placer. Finalmente, cansado de aquel estado de cosas, el decepcionado esposo había decidido poner término al mismo empleando el único medio que conocía: el de hacer un traspaso «legítimo» de una esposa no deseada, vendiéndola a su admirador en el mercado público.

Cuando el violinista dejó de tocar, la atención de la multitud se concentró en los principales actores en escena. El hombre, sosteniendo el ronzal con la mano izquierda, levantó una jarra llena de cerveza en la otra, y guiñando ligeramente su único ojo, dijo con voz fuerte y gutural: «Damas y caballeros, ¡brindo por vuestra salud!», y tomando un trago largo, muy largo, apuró la cerveza y profirió un largo suspiro de satisfacción mientras ponía la jarra boca abajo para mostrar que estaba vacía. Varios amigos suyos (o «compinches», como los llamaba él) respondieron: «Gracias, Moey»; mientras algunas de las mujeres le gritaban: «¡Bien hecho, viejo!».

Cerca de la mujer se encontraba un fornido joven, obviamente el que pensaba comprarla, que le iba suministrando cerveza. La mujer no paraba de hacer comentarios rápidos con las mujeres que la rodeaban; pero, a pesar de esta actitud de valentía, finalmente sus ojos se llenaron de lágrimas y su pecho empezó a agitarse como si el corazón le latiera violentamente a causa de la excitación reprimida. Luego le falló la voz y, entregando rápidamente el niño al joven, se sentó en el cuñete, ocultó la cara entre las manos y lloró con amargura. Al instante cesaron todas las risas, el clamor disminuyó y una expresión indignada se pintó en el semblante de todas las mujeres. Pareció que hasta algunos de los hombres no podían ocultar que se sentían escandalizados. Y el joven que iba a comprar a la mujer expresó lo que sentían todos exclamando con voz sibilante: «¡Vamos ya, viejo, basta de payasadas! ¡Manos a la obra!».

Así que el viejo Rough Moey cambió de tono y dijo:

—Damas y caballeros, todos sabemos cómo están las cosas. No tienen remedio, de modo que no hay que tomárselo a la tremenda. —Luego, dándose fuerzas con otro trago, y guiñando de forma desagradable el ojo que le quedaba, continuó—: Damas y caballeros, con vuestro permiso quiero mostraros a una joven muy bonita y a un pequeñín precioso que es mío o de otro». Al oír esto último, se escuchó una carcajada general y el buen humor volvió a reinar entre los espectadores.

—Es una buena persona —prosiguió el subastador aficionado— y hace su trabajo bastante bien, con algunos azotes. Sabe cocinar una oveja como una cristiana, y hace un caldo tan bueno como el de lord Darmouth. Puede transportar un hundred[1188] y medio de carbón desde la mina a lo largo de sus buenos cuatro kilómetros; puede venderlo bien y echarse el producto de la venta al gaznate en menos de tres minutos».

Esta salida provocó otra carcajada y el orador fue premiado con más cerveza. Una vez que se hubo refrescado así, Moey prosiguió:

—¡Ánimo, amigos! ¡A pujar se ha dicho! Lo he hecho de conformidad con la ley. La he traído por el camino de peaje y pagué el tributo correspondiente. La he traído con un ronzal y la he hecho pregonar; así que todo está conforme con la ley, y no hay nada que pagar. Vamos, haced vuestras ofertas y, si me pagáis un buen precio por la mujer, os daré el niño pequeño de propina. Veamos, caballeros, ¿quién ofrece algo? ¡A la una, a las dos, a las tres! ¡No puedo retrasar…, como dice el subastador, no puedo entretenerme con este lote!

El orador enmudeció y sus esfuerzos se vieron premiados con vítores. Una voz de entre la multitud gritó: «¡Dieciocho peniques!».

—Dieciocho peniques —repitió Moey—. ¡Solo dieciocho peniques por una mujer joven, fuerte y hecha y derecha! ¡Pero si tendríais que pagarle siete chelines y seis peniques al pastor para casaros con ella! ¡Y aquí tenéis una esposa hecha a vuestra medida! ¡Y solo ofrecéis dieciocho peniques!

—Te daré media corona, viejo —dijo el joven que todos sabían que sería el comprador.

—Te diré una cosa, Jack —dijo Moey—, si añades trece litros de cerveza, es tuya, y no te pediré nada por el bebé, y el ronzal vale por un litro y pico. ¡Vamos! ¡Di seis chelines!

Después de regatear un poco, el joven accedió a pagar trece litros de cerveza, que, según se estipuló, serían entregados en seguida, con el fin de que su recién comprada esposa, él mismo y varios «compinches» escogidos, sin olvidar al obsequioso violinista, participaran en el brindis de ratificación.

Concluido el trato de esta manera, el ronzal pasó a la mano del joven y la mujer recibió la enhorabuena de numerosas y sucias matronas. Se secó los ojos y sonrió alegremente; su nuevo esposo depositó un sonoro beso en su mejilla redondeada, a modo de ratificación, y la multitud se dispersó lentamente mientras el nuevo matrimonio se alejaba del lugar. La tragicomedia de la tosca vida en el Black Country había terminado.

[1057] The Book of Days, ed. de R. Chambers, 1878, I, pp. 487-488.

[1058] Comentarios interesantes sobre la práctica aparecen ya en 1776, Courier de l’Europe (26 de noviembre). En lo sucesivo la prensa francesa publicaba a menudo ejemplos con comentarios apropiados. Véanse también [Jouy, J. E.], L’hermite de Londres, París, 1821, II, p. 324; anónimo, Six mots à Londres, París, 1817; y Pillet, véase infra, nota 70, p. 571. Se citan muchos ejemplos en Von Achenholtz, J. W., Annals, V (1790), pp. 329-330; IX (1796), pp. 187-188.

[1059] Así, la venta de esposas aparece mencionada en Wesley Bready, J., England before and after Wesley, 1938, en una sección que lleva el epígrafe de «Immorality as sport».

[1060] Hardy atribuye la condena de Susan a «la extrema simplicidad de su inteligencia»: en virtud de la venta, su comprador «había adquirido un derecho moralmente real y justificable sobre ella […] aunque el alcance exacto y los límites jurídicos de tal derecho eran vagos».

[1061] Di cuenta de algunas conclusiones en «Folklore, anthropology, and social history», Indian Historial Review, 111,2 (1978). Para otros informes, véanse Weeks, J., Sex, politics and society, 1981, y Malcolmson, R. W., Life and labour in England. 1700-1780, 1981, pp. 103-104.

[1062] Hackwood, F. W., Staffordshire customs, superstitions and folklore, 1924, p. 70.

[1063] Leeds Weekly Citizen, 6 de junio de 1913.

[1064] Las cantidades que se dan aquí se basan en mi estudio tal como estaba en 1977. No he tratado de llevar a cabo la difícil tarea de comprobarlas y combinarlas con los ejemplos que se dan en el apéndice de Menefee, S. P., Wives for sale, Oxford, 1981 (en lo sucesivo citado como Menefee), y tampoco he añadido casos que han llegado a mi conocimiento desde su publicación.

[1065] Probablemente, mi colección da demasiado peso a Yorkshire (donde yo vivía y donde A. J. Peacock amablemente recogió muestras) y a Lincolnshire (donde Rex Russell tuvo la amabilidad de hacer lo mismo), y también cabe que conceda demasiado poco peso al oeste de Inglaterra.

[1066] Menefee (apéndice) da: 1800-1809, 32; 1810-1819, 45; 1820-1829, 47; 1830-1839, 48; 1840-1849, 20; 1850-1859, 18.

[1067] Brand, J., Observations on popular antiquities, ordenadas y revisadas por Henry Ellis, 1813, II, p. 37, que añade: «Es doloroso observar que ejemplos de esto aparecen con frecuencia en nuestros periódicos».

[1068] Jackson’s Oxford Journal, 12 de diciembre de 1789; Northampton Mercury, 19 de diciembre de 1789; Derby Mercury, 4 y 25 de febrero de 1790; Birmingham Gazette, 1 de marzo de 1790.

[1069] Puede que Cornualles tardase en adoptar una práctica que estaba muy extendida en Devon. De una venta que en 1819 hubo en Redruth se dijo que era «la primera de su clase» allí: West Briton, 17 de diciembre de 1819.

[1070] Para ejemplos, Norfolk Chronicle, 9 de febrero de 1805; Andrews, W., Bygone England, 1892, p. 203.

[1071] Lawrence Stone peca por exceso de confianza cuando concluye (Road to divorce, Oxford, 1990, p. 148) que «menos de trescientos casos de venta de esposas ocurrieron en toda Inglaterra durante los setenta años de apogeo que van de 1780 a 1850». De ser eso verdad, sería muy improbable que tanto Menefee como yo hubiéramos recogido casi aquella cifra de una muestra un tanto fortuita de fuentes impresas. A mi modo de ver, muchas ventas, especialmente antes de 1820, se hicieron sin que nadie tomara nota de ellas. El profesor Stone no se percata de hasta qué punto la cultura plebeya es opaca a la inspección culta (incluida la del propio profesor Stone): tiene razón, sin embargo, cuando dice que la venta de esposas era «muy infrecuente» comparada con el número de abandonos y fugas (masculinos): véase ibid., pp. 142, 148.

[1072] The Times, 2 de febrero de 1819. El caso de las Quarter Sessions de Rutland (Oakham) ¿y quizá se estuviera buscando un ejemplo de todo el país? Véase también Palmer, R., The folklore of Leicestershire and Rutland, Wymondham, 1985, pp. 58-59.

[1073] Jackson’s Oxford Journal, 4 de mayo de 1839; York Herald & General Advertiser, 27 de octubre de 1838; Hull Advertirser, citado en Operative, 4 de noviembre de 1838.

[1074] Es probable que el duque de Chandos comprase a su segunda esposa, María, a un palafrenero de Newbury hacia 1740, toda vez que la historia se le atribuyó de forma persistente con aditamentos circunstanciales. Pero no estoy convencido de que María fuese vendida en el patio de una posada, con un ronzal puesto, y tampoco lo estoy de que la presencia de Chandos en la venta fuese casual: este detalle se apoya en la transmisión oral desde hace ciento treinta años, véase N & Q, 4.ª serie, VI (1870), p. 179. Véase también Menefee, p. 214 (caso 15).

[1075] Ashton, J., Social England under the Regency, 1890, I, pp. 374-375.

[1076] Wolverhampton Chronicle, citado en Yorkshire Gazette, 28 de enero de 1865.

[1077] Este ejemplo publicado con frecuencia parece proceder del Lancaster Herald y llegó a The Times el 26 de abril de 1832 y al Annual Register correspondiente a 1832. El pintoresco reportaje quizá fue adornado por el periodista: véase Chamber’s Journal, 19 de octubre de 1861.

[1078] Monthly Magazine, IX (1800), p. 304.

[1079] Derby Mercury, 18 de agosto de 1841.

[1080] Chelmsford Chronicle, 18 de julio de 1777, en Brown, A. J. (ed.), English history from Essex sources, Chelmsford, 1952, p. 203.

[1081] Derby Mercury, 18 de agosto de 1841.

[1082] Stamford Mercury, 12 de marzo de 1847. Para una continuación, véase ibid., 25 de mayo de 1849: Harwood se negó a reconocer (en el tribunal del condado) una deuda contraída por su «esposa» antes de la compra, «por cuanto en el momento en que compró la mujer no se hizo cargo de sus deudas también. El juez (atónito): “¿Qué quiere usted decir con eso de que compró a la mujer?”. La señora aludida dio unos pasos al frente y dijo que había sido comprada del modo normal […]. Su señoría pareció quedarse sin habla».

[1083] Preston Chronicle, 3 de mayo de 1817; Bolton Chronicle, citado en British Whig, Kingston, Ontario, 8 de mayo de 1835.

[1084] «En el día de hoy una mujer vendida en el mercado por 4 chelines; las partes procedían de Stoke Holding»; anónimo, «Memorandum Book of Occurences at Nuneaton» (copia mecanografiada en Warwicks. CRO del original que se guarda en la Nuneaton Public Library), anotación correspondiente al 1 de junio de 1816.

[1085] The Times, 12 de abril de 1817.

[1086] Ibid., 27 de agosto de 1833, y Man, 1 de septiembre de 1833, citando el Bath Chronicle.

[1087] Por ejemplo, la feria de Market Drayton, Shrewsbury Chronicle, 27 de junio de 1817; la de Bakewell, Derby and Chesterfield Reporter, 14 de junio de 1838; la feria de potros de Horsham, 1820, 1825 y 1844, Henry Burstow, Reminiscences of Horsham, 1911, pp. 73-74; feria de Headley, Capes, W. W., Scenes or rural Life in Hampshire, 1901, p. 302. También Menefee, cap. 3.

[1088] Baring-Gould, S., Devonshire characters and strange events, 1908, p. 61.

[1089] The Times, 6 de abril de 1831.

[1090] Northampton Mercury, 2 de enero de 1790.

[1091] En una venta celebrada en Witney, en 1839, la mujer, según se dijo, fue conducida tres veces alrededor del mercado seguida de cientos de personas, «la mujer agitando un pañuelo azul» y mostrando «un descaro y una desfachatez tremendos, repugnantes»: Jackson’s Oxford Journal, 4 de mayo de 1839.

[1092] Un hombre llevó a su esposa hasta un lugar situado a más de un kilómetro y medio de la ciudad y luego volvió a traerla con un ronzal puesto al mercado de Arundel, «pues le habían dicho que debía ponerle la cuerda a aquella distancia o la venta no sería legal»; The Times, 25 de diciembre de 1824.

[1093] Tengo por lo menos 14 casos de tributos pagados y aceptados, y otros casos de comisiones a subastadores y ganaderos. Menefee tiene otros.

[1094] Sterry, F. W., «H.Y.J.T.» [H. Y. J. Taylor] (Gloucester, 1909).

[1095] El que se cita con más frecuencia es el supuesto parloteo de un pequeño agricultor, Joseph Thompson, en Carlisle, en 1832, de quien se supone que advirtió a la multitud contra «las esposas fastidiosas […]. Evitadlas como evitaríais a un perro rabioso, un león rugiente, una pistola cargada, cólera morbo, el monte Etna», etc. Pero luego procedió a recomendar a Mary Anne: «Sabe leer novelas y ordeñar vacas […], hacer mantequilla y reñir a la doncella; sabe cantar las melodías de Moore y plegar sus chorreras y gorras; no sabe hacer ron, ginebra ni whisky, pero es buena juez de su calidad gracias a su larga experiencia de catadora», etc. (Véase la nota al pie n.º 21, p. 544). Creo que este discurso (aunque no la venta) lo inventó algún periodista.

[1096] Roy Palmer, con gran generosidad, me ha pasado muchos ejemplos de estos. Algunos son espurios o simples excusas para insinuaciones sexuales (listas de las herramientas de cada oficio: «El zapatero remendón encrespó a su esposa con dos grandes bolas de cera»). Véase también Menefee, cap. 11.

[1097] Jon Raven encontró esta balada en las notas de G. T. Lawley en la biblioteca central de Bilston. La grabó con el acompañamiento de una tonada propia en su disco Kate of Coalbrookdale (Argo ZFB29). Véase también Raven, J., The urban and industrial songs of the Black Country and Birmingham, Wolverhampton, 1977, pp. 143-144, 253. [«This is ter gie notice / That bandy legged Lett / Will sell his wife Sally / For what he can get. // At 12 o’clock sertin / The sale’ll begin. / So all yer gay fellers / Be there wi’ yur tin. // For Sally’s good lookin’ / And sound as a bell, / If you’n ony once heerd her / You’n know that quite well. // Her bakes bread quite handy / An’ eats it all up; / Brews beer, like a good ’un, / An’ drinks every cup»].

[1098] Recuerdos de una persona «Nonagenarian» en Hereford Times, 21 de mayo de 1876; Leather, E. M., The folk-lore of Herefordshire, Hereford, 1912, reimpresión de 1970, p. 118.

[1099] Menefee, p. 100.

[1100] Annual Register, 1773.

[1101] Worcester Chronicle, 22 de julio de 1857.

[1102] N & Q, 6.ª serie, IV (1881), p. 133.

[1103] Bolton Chronicle, citado en British Whig, 8 de mayo de 1835.

[1104] Birmingham Daily Mail, 29 de marzo de 1871.

[1105] Cabe que fuese la forma que se prefería en Kent, de donde tengo varios ejemplos; y para una venta delante de una taberna del este de Londres, véase p. 591.

[1106] Morning Chronicle, 25 de julio de 1828.

[1107] West Briton, 14 de abril de 1820.

[1108] Halifax Express, citado en The Times, 9 de febrero de 1837.

[1109] Wolverhampton Chronicle, citado en Globe, 27 de octubre de 1837.

[1110] Derbyshire Courier, citado en The Times, 22 de agosto de 1837.

[1111] Véanse, por ejemplo, Derby Mercury, 3 de enero de 1844; el caso de Nottingham en The Times, 23 de septiembre de 1834; Menefee, p. 279, nota 32; London City Mission Magazine, agosto de 1861, p. 189.

[1112] Brit. Lib. Add MSS 32, 084 fols., pp. 14-15. Mi agradecimiento a Douglas Hay por la transcripción.

[1113] Devon N & Q, IV (1906-1907), p. 54.

[1114] Birmingham Chronicle, 7 de agosto de 1823.

[1115] Jackson’s Oxford Journal, 23 de diciembre de 1775.

[1116] L’hermite de Londres, ou Observations sur les moeurs el usages des anglais au commencement du XIX siècle, París, 1821, II, pp. 318 ss.

[1117] The Times, 29 de junio de 1824.

[1118] Véase Menefee, p. 68.

[1119] Menefee, pp. 115 y 117, sugiere ejemplos, pero los que he consultado no son concluyentes. En un caso acaecido en Grassington, 1807, la esposa «se negó a ser entregada»: Annual Register, 1807, p. 378. En el caso de una mujer supuestamente vendida en el Grass Market, Edimburgo (1828), una hoja suelta hace una crónica espeluznante de setecientas mujeres apedreando y atacando al marido «a causa del insulto que había recibido el sexo débil»: Boag, W., impresor, Newcastle, Bibliotheca Lindesiana, 1898, n.° 1.656. Sin embargo, una historia idéntica, con las mismas setecientas mujeres, se encuentra en una hoja suelta que se conserva en la colección Madden (n.° 1.872), pero allí aparece atribuida no a Edimburgo, sino a Liverpool. Véase también Menefee, caso 215, p. 239.

[1120] «The pint was order’d, bargain struck, / And nothing back return’d for luck. / The parties of a halter thought, / But this they found would cost a groat. // The halter scheme was instant lost, / As being twice what Hannah cost, / For that same reason neither would / Pay fourpence that she might be toll’d».

[1121] Hutton, W., Poems: chiefly tales, 1804. Menefee, pp. 194-195, cita a Hutton por medio de un recorte de un artículo de G. T. Lawley (posiblemente «In the good old days», County Advertiser for Staffordshire and Worcestershire, 7 de agosto de 1921): a ambos el poema les sale un poco mal y suprimen la oposición de Hannah a la venta (que luego acepta). [«She follow’d, but in anguish cried, / O that the knot could be untied!»].

[1122] Los Poems de Hutton fueron reconstruidos en parte utilizando manuscritos que databan de treinta o más años antes, quemados con sus locales en los motines que hubo en Birmingham en 1791. Para William Martin, véase Llewellyn Jowitt, The life of William Hutton, 1872, pp. 144-146; Catherine Hutton, The life of William Hutton, 1817, p. 128.

[1123] Véase, por ejemplo, Yorkshire Gazette, 3 de agosto de 1833 (el caso de la venta a la propia madre en Halifax); Derby & Chesterfield Reporter, 12 de febrero de 1835; Birmingham Chronicle, 7 de agosto de 1823 (esposa vendida a su propia madre).

[1124] Caso Macclesfield, del que informó el Lincoln, Rutford & Stamford Mercury, 7 de noviembre de 1817. También el caso de Oxford en Green, J. R., «Oxford during the eighteenth century», en C. L. Stainer (ed.), Studies in Oxford History, XL, 1901, pp. 218-219, que sugiere la posibilidad de que el comprador actuara como agente del guardabosque de Bagley. En la única crónica oral de una venta de esposa que he recogido, la tradición familiar —tal como la refiere el nieto de la esposa— dice que el marido se casó con ella para apoderarse de su casa y luego trató de quitársela de encima vendiéndola. Pero «los vecinos la compraron» y la llevaron de vuelta a casa de sus padres: crónica del difunto Bob Hiscox (que a la sazón tenía ochenta y cuatro años) de Pilton, Somerset, que me fue dada en 1975; la venta tuvo lugar en Shepton Mallet y quizá fue el caso de que informó el Castle Cary Visitor en septiembre u octubre de 1848, en el cual el marido fue maltratado por la multitud (información recibida de John Fletcher, que me presentó a Bob Hiscox).

[1125] Una mujer joven de Swadlincote cuyo marido se había «fugado hacía algún tiempo», dejándola al cuidado de la parroquia, vendida en el mercado por un funcionario parroquial: Derby Mercury, 4 de febrero de 1790.

[1126] Pillet, R., L’Angleterre vue à Londres et dans ses provinces, París, 1815, traducido con el título de Views of England, during a residence of 10 years, 6 of them as a prisoner-of-war, Boston, Mass., 1818, cap. 33.

[1127] Devon N & Q, IV (1906-1907), p. 54. «Generalmente, el asunto se concertaba de antemano entre el comprador, el vendedor y la vendida, los cuales, al parecer, protegían su conciencia interpretando la ceremonia de una subasta ficticia»: «Better-half barter», Chambers’s Journal, 19 de febrero de 1870. The laws respectig women, as they regard their natural rights, 1777, p. 55, describía la venta como «un método de disolver el matrimonio» entre el pueblo llano, cuando «un marido y una esposa se encuentran muy cansados el uno del otro y acuerdan separarse, si el hombre tiene intención de legalizar la deseada separación conviniéndola en un asunto de pública notoriedad». «Generalmente, en estas ocasiones se proporciona de antemano un comprador».

[1128] Somerset CRO, D/P Stogm, 13/3/6 (llamadas a la conciliación). Mi agradecimiento a la doctora Polly Morris y al señor R. J. E. Bush, archivero suplente del Condado de Somerset. Véase también Mead, L. G., «What am I bid?», The Greenwood Tree, vol. 10, otoño de 1985, para una minuciosa inspección de los registros parroquiales.

[1129] Public Ledger, 23 de diciembre de 1822; The Times, 23 de diciembre de 1822; Whitfield, H. F., Plymouth and Devonport, Plymouth, 1900, pp. 296-297.

[1130] Baring-Gould, op. cit., pp. 59-60. En algunos casos puede que los actores asimilaran sinceramente su venta ritual y las formas nupciales cristianas. El Gloucester Journal, 24 de noviembre de 1766, informó de que un hombre de Thorne (Yorkshire) había vendido su «vieja» esposa con un ronzal puesto por cinco chelines a un vecino. Ambos hombres fueron luego a Doncaster en busca de una licencia matrimonial, y en la ceremonia el primer marido entregó la novia al nuevo marido. (El ministro que oficiaba la boda no sabía nada de las circunstancias).

[1131] Véase la introducción de Eric Hobsbawm en Hobsbawm, E. y T. Ranger (eds.), The invention of tradition, Cambridge, 1983.

[1132] Sir Keith Thomas, Martin Ingram y otros corresponsales han tenido la gran amabilidad de pasarme ejemplos antiguos de alegaciones de venta de esposas. Al parecer, se trata de transacciones privadas que no siguen ninguna forma determinada. El doctor Ingram, que es una autoridad en el campo de los anales de los tribunales eclesiásticos de los siglos XVI y XVII, se ha mostrado de acuerdo conmigo en que la venta de esposas en su forma ritual es una creación de finales del siglo XVII y del siglo XVIII: véase Ingram, M., Church courts, sex and marriage in England, 1570-1640, Cambridge, 1987, p. 207.

[1133] Peyton, S. A., The churchwarden’s presentments in the Oxfordshire peculiars of Dorchester, Thame and Banbury, Oxford, 1928, pp. 184-185. Otros casos: esposa vendida por 3 chelines y 4 peniques la libra (pero, en realidad, a «ojo» por 7 chelines y 6 peniques), Aris’s Birmingham Gazette, 11 de marzo de 1745; esposa vendida en Rowley (Staffordshire) por 1 libra y 6 onzas de pan por el marido, quien ahora «es soldado», ibid., 18 de marzo de 1745; caso 33 en Menefee, p. 216, de Newmarket, 1770, de esposa vendida por 5 peniques y medio la libra.

[1134] N & Q, 3.ª serie, IV (1863), p. 450.

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