Costumbres en común
Introducción de Julio Martínez-Cava
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[1135] Por ejemplo, Sherborne Mercury, 13 de septiembre de 1784, y Aris’s Birmingham Gazette, 6 de septiembre de 1784 (caso en Worcester de un marido que volvió tras «algunos años en el extranjero»); Jackson’s Oxford Journal, 20 de agosto de 1785 (marino de vuelta, Liverpool); Independent Whig, 28 de mayo de 1815 (soldado de vuelta después de diez años); The Times, 10 de noviembre de 1838 (Dulverton, Devon; marido de vuelta después de su deportación). En un caso famoso en Halifax, el soldado que había vuelto vendió a su esposa al padre de los tres hijos de la mujer, el cual no pudo casarse con ella hasta veinticinco años después, al morir el primer marido. Se encargó de entregarla su nieto: Andrews, W., Curiosities of the Church, 1890, pp. 177-178.
[1136] Wordsworth, W., Poetical works, Oxford, 1959, V, p. 35. [«She had learned / No tidings of her husband; if he lived, / She knew not that he lived; if he were dead, / She knew not that he was dead»].
[1137] El mejor estudio general es Gillis, J. R., For better, for worse: British marriages, 1600 to the present, Oxford, 1985; también Outhwaite, R. B. (ed.), Marriage and society, 1981.
[1138] Véanse mi «Happy families», New Society, 8 de septiembre de 1977, y Medick, H. y D. Sabean, Interest and emotion, Cambridge, 1984, pp. 9-27.
[1139] Cuando en los informes sobre la venta de esposas se mencionan niños, generalmente se da por sentado que los bebés que todavía no andan y los niños de dos a cuatro años de edad se quedan con la madre: de vez en cuando una familia se divide y los niños mayores (¿en edad de trabajar?) se van con el padre.
[1140] Gillis, op. cit., p. 218.
[1141] Ipswich Journal, 28 de enero de 1787, citado en Glyde, J., New Suffolk Garland, Ipswich, 1866, p. 286.
[1142] The Times, 30 de marzo de 1796, citando el Sheffield Register.
[1143] Annual Register, 1806.
[1144] The Times, 25 de febrero de 1832.
[1145] Hull Advertiser, 2 de febrero y 23 de marzo de 1821.
[1146] Stamford Mercury, 7 de noviembre de 1817.
[1147] The Times, 12 de abril de 1817.
[1148] Sherborne Journal, 24 de agosto de 1775. De una venta efectuada en Witney en 1848 se informó de que la esposa fue conducida con un ronzal al mercado por el marido, que llevaba un enorme par de cuernos: Gazette des Tribunaux, 22 de junio de 1848.
[1149] Morning Chronicle, 9 de febrero de 1828.
[1150] Doncaster, Nottingham & Lincoln Gazette, 14 de diciembre de 1849.
[1151] York Courant, 30 de junio de 1829.
[1152] N & Q, 2.ª serie, I (1856), pp. 420-421. En Norwich, cuando se supo que el comprador ya estaba casado y que había echado de casa a su propia esposa, fue zarandeado por la multitud: Norfolk Chronicle, 3 de mayo de 1823. Otro «apedreamiento» en Glastonbury, Sherborne & Yeovil Mercury, 21 de octubre de 1833; Western Flying Post, 21 de octubre de 1833.
[1153] N & Q, 6.ª serie, V (1882), firmado A. J. M. Se trata de A. J. Munby, cuyo diario manuscrito (Trinity College Library, Cambridge), IV, 27 de febrero de 1860, contiene la historia original tal como se la contaron «J. W. & rev. J. S.». Munby termina así la crónica en su diario: «Tal es la influencia del refinamiento moderno que el pueblo entero está indignado e incluso ha quemado en efigie a la pareja en el prado comunal. ¡Pobrecillos!». (Mi agradecimiento a Anna Davin por esta referencia).
[1154] Para un episodio violento, véase Bury Times, 12 de noviembre de 1870. La esposa había «transferido sus afectos» a un vecino de la otra acera de la calle, cuya propia esposa murió cinco semanas antes de la venta. La esposa tenía ocho hijos, cuatro de los cuales («que cobraban salarios») se llevó con ella al ser vendida. Después de la venta primero fue quemada en efigie la esposa enfrente de su nuevo hogar, y al día siguiente, su comprador; el informe da a entender que las mujeres interpretaban el papel principal en esta cencerrada. Menefee ofrece otros buenos ejemplos, pp. 117, 126.
[1155] Preston Pilot, 7 de febrero de 1835, citando el Bolton Chronicle.
[1156] Véase Menefee, caso 47, y pp. 270 y 198, nota 16. También el artículo en Formby Catholic Register correspondiente al 9 de abril de 1799 del nacimiento de un hijo de James Wright y Mary Johnson: «Esta Mary Johnson fue vendida por su esposo en Formby Cross y comprada por James Wright por 15 chelines y un cuenco de ponche», Lancs. CRO, RCFO, I (1799), p. 7. Mi agradecimiento a Robert Malcolmson.
[1157] Véase la nota al pie n.º 70, p. 571.
[1158] En Mánchester un hombre fue condenado a tres meses de cárcel y a la picota en 1815 por vender a su esposa: Derby Mercury, 3 de agosto de 1815. El juez Edward Christian, en sus Charges to grand juries (1819), p. 93, pidió que se actuase contra la «vergonzosa y escandalosa práctica» que tan en boga estaba entonces y sugirió que se mandara a la picota tanto al vendedor como al comprador. Dado que la picota fue abolida en 1816 (Geo. III, c. 178), es de suponer que esta recomendación se hizo en 1815 o antes.
[1159] Las prácticas fueron calificadas de «meras apariencias para sancionar el delito de adulterio» en la Birmingham Gazette, 1 de marzo de 1790.
[1160] Stamford Mercury, 12 de febrero de 1819. Para un fallo parecido en las Quarter Sessions de Warwick, véase Warwick Advertiser, 15 de abril de 1809.
[1161] Sunday Herald, 27 de julio de 1828.
[1162] Palmer, The folklore of Leicestershire and Rutland, p. 58.
[1163] Véase Menefee, cap. 8 y (para las sentencias) p. 299, nota 24, y p. 300, notas 25 y 27.
[1164] Véase, por ejemplo, Northern Star, 3 de marzo de 1838. Pero el Destructive and Poor Man’s Conservative, 13 de julio de 1833, al mismo tiempo que encuentra que la venta de esposas era un «escándalo», añade que «debería haber algún método barato e inmediato de separación que la legislatura pusiera al alcance de las clases humildes». Una ley así «pondría fin a semejantes escenas».
[1165] Isis, 5 de mayo de 1832.
[1166] Punch, XVII (1849), p. 129.
[1167] La honorable señora Norton, A letter to the queen on lord chancellor Cranworth’s marriage and divorce bill, 1855, pp. 14-15.
[1168] Bradford Observer, 25 de noviembre de 1858; Stamford Mercury, 26 de noviembre de 1858.
[1169] Yorkshire Gazette, 11 de mayo de 1889.
[1170] Stamford Mercury, 22 de agosto de 1856.
[1171] Hall, S. C., Retrospect of a long life, 1883, I, pp. 43-44. Esto, sin embargo, podría referirse a una venta efectuada antes de 1850. Menefee (caso 245) sugiere 1833.
[1172] South Wales Daily News, 2 de mayo de 1882.
[1173] Standard, 30 de mayo de 1881. Se citan casos posteriores en Daily Mail, 1 de marzo de 1899, Globe, 16 de noviembre de 1903, y Wright, A. R., English folklore, 1928.
[1174] Parliamentary Debates, 261, col. 1646-1647, 30 de mayo de 1881.
[1175] Dall, C. H., «Woman’s right to labour» or Low wages and hard work, Boston, Mass., 1860, pp. 44-46.
[1176] Stark, H. A., Hostages to India, Calcuta, 1936, p. 78.
[1177] Sabemos demasiado poco acerca de la decadencia de la dote entre la gente trabajadora, aunque véase Macfarlane, A., Marriage and love in England, 1300-1840, Oxford, 1986, cap. 12. En unos cuantos casos puede que las esposas vendidas en distritos rurales perdieran la propiedad del cottage con derechos comunales: véase Hiscox, B., p. 488, nota 67. J. F. Howson, rector de Guisely y archidiácono de Craven (Yorkshire), recordó en la década de 1930 que había hablado con un anciano de su parroquia y que este le había dicho: «A una abuela mía la vendieron por aquí. Se lo he oído contar a mi padre muchas veces. Le pusieron un ronzal al cuello, ¿sabe usted? Para que resultase legal […]. Y lo peor de todo fue […] que además perdimos dos cottages». (Comunicación privada de E. R. Yarham).
[1178] Véase Menefee, p. 124.
[1179] Incluso esto debe matizarse, toda vez que (como nos advierten los antropólogos) lo que se intercambia no es «una mujer», sino los derechos sobre una mujer: véase Goody, J. R., «Marriage prestations, inheritance and descent in pre-industrial societies», Journal of Comparative Family Studies, p. 40.
[1180] Existe un informe críptico sobre la venta de un esposo con ronzal en la cruz del mercado de Dewsbury, Cambridge Gazette, 26 de agosto de 1815. Warwick Advertiser, 19 de agosto de 1815. Otro (¿1814?) en Drogheda fue citado en numerosas ocasiones: por ejemplo, Pillet, op. cit., p. 185. Una hoja suelta (Bibliotheca Lindesiana, n.° 1.631) tiene una crónica circunstancial de la venta de un zapatero por parte de su esposa en Totnes, Devon, 1824, pero dudo de este caso, que parece una invención del impresor. Hay unos cuantos casos auténticos de ventas contractuales privadas, por ejemplo, de un esposo que había dejado a su esposa para irse a Australia: Birmingham Daily Post, 12 de enero de 1888.
[1181] En cierto sentido, Gutman, H. G., The black family in slavery & freedom, Nueva York, 1976, es una corrección a gran escala de las crónicas de la esclavitud que no han concedido la debida importancia a la identidad cultural de los esclavos.
[1182] Una esposa vendida en Spilsby (Lincolnshire) en 1821 fue encerrada en el correccional durante la semana siguiente por amenazar con incendiar el domicilio de su exesposo: Stamford Mercury, 7 de diciembre de 1821. Hay una furiosa denuncia del hombre que la había vendido, publicada por Martha Barnard en un cartel mural en Cambridge, julio de 1841: reproducido en Ward, P., Cambridge street literature, Cambridge, 1978, p. 48.
[1183] Entre muchos ejemplos, British Whig, 8 de mayo de 1835; Leeds Times, 10 de agosto de 1844; Derby Mercury, 11 de octubre de 1848; John Hewitt, History and topography of the parish of Wakefield, 1963. También Menefee, p. 276, nota 10.
[1184] Véase la nota al pie n.º 41, p. 553. [«Her wears men’s breeches / So all folks say; / But Lett shouldna let her / Have all her own way. // Her swears like a trooper / And fights like a cock / And has gin her old feller / Many a hard knock»].
[1185] «Nonagenarian», en Hereford Times, 15 de abril de 1876. [«Have you not heard of our Herefordshire women? / How they ran and left their spinning — / How they ran without hat or feather / To fight for bread, ’twas through all weather — / Oh, our brave Herefordshire women!»].
[1186] Los motines de subsistencias fueron probablemente los de 1800. Se dijo que un carnicero había vendido a su esposa en Hereford, en 1802, por una libra, cuatro chelines y un cuenco de ponche: Morning Herald, 16 de abril de 1802.
[1187] Gaskell, C. M., «Old Wenlock and its folklore», Nineteenth Century, 1894.
[1188] Medida de peso que equivale a 50,8 kilos. (N. del T.).
08
La cencerrada[1189]
I
Rough music es el término que generalmente se ha usado en Inglaterra desde finales del siglo XVII para denotar una cacofonía desagradable, con o sin un ritual más complicado, con la que solía expresarse burla u hostilidad contra individuos que transgredían ciertas normas de la comunidad.[1190]
En conjunto, parece corresponderse con el charivari francés, la scampanate italiana y varias costumbres alemanas: las llamadas Haberfeld-treiben, Thierjagen y Katzenmusik.[1191] De hecho, hay aquí una familia de formas rituales que se extiende por toda Europa y es muy antigua, pero el grado de parentesco en el seno de esta familia todavía debe investigarse.[1192]
Entre los estudiosos internacionales, charivari ha ganado aceptación como término descriptivo de todo el género. En 1972 seguí este ejemplo poniendo el título de «“Rough music”: le charivari anglais»[1193] a un estudio publicado en Francia. La dificultad de esta asimilación pronto se hizo visible. Porque el término mismo charivari despierta expectativas que son poco apropiadas y construye el tema de acuerdo con una problemática francesa, con su marcado énfasis en la cencerrada cuya causa son las segundas nupcias y también en el papel de los jóvenes solteros. Cuando en 1977 se convocó en París una mesa redonda de estudiosos, con el objeto de hablar de la cencerrada, algunos de los visitantes británicos, alemanes e italianos tuvieron motivos para pensar que los términos del discurso eran «francocéntricos» y no eran apropiados para sus respectivos datos nacionales. Sin embargo, no hay ningún otro término genérico de alcance internacional, y decir que una tipología francesa ha pasado a dominar más allá de las fronteras de la propia Francia —y se exporta con la palabra— es también rendir tributo a las fuertes tradiciones de Francia en materia de folclore, etnología y antropología.[1194] Era imposible imaginar, en la década de 1970, una mesa redonda de estudiosos internacionales reuniéndose en una universidad británica para hablar de la cencerrada, por lo que la iniciativa intelectual francesa merece aplausos.
Pero, al mismo tiempo que aplaudimos, hay que resistirse a las construcciones que no sean apropiadas. ¿Quizá habría que oponer resistencia, para la mayoría de los casos, al término charivari (a menos que se esté trabajando con materiales franceses) y emplear únicamente la expresión rough music para los materiales ingleses?
Rough music también es una expresión genérica, e incluso dentro de las islas británicas las formas eran tan variadas que es posible verlas como especies distintas. Sin embargo, debajo de todas las complicaciones del ritual, se encuentran ciertas propiedades humanas básicas: ruido estridente y ensordecedor, risas inmisericordes y gestos obscenos. En la descripción de Thomas Hardy todo esto era apoyado por «el estruendo de cuchillas de carnicero, tenazas, panderetas, violines pequeños, cítaras, instrumentos de música toscos, buscapiés, cuernos de morueco y otras clases históricas de música».[1195] Pero si no se disponía de tales instrumentos «históricos», se salía del paso haciendo rodar piedras en una olla de hojalata o utilizando bandejas de hojalata y palas a modo de instrumentos improvisados. En un glosario del dialecto de Lincolnshire (1877) la definición dice: «Entrechocar de cacharros y sartenes. A veces se toca cuando una persona muy impopular se va del pueblo o es enviada a la cárcel».[1196]
No es solo el ruido, con todo, aunque el ruido satírico (ya sea ligero o brutal) siempre está presente. El ruido formaba parte de una expresión ritualizada de hostilidad, aunque en las formas (¿quizá degradadas?) registradas en ejemplos de finales del siglo XIX el ritual fuera atenuado y quedase reducido a unos cuantos fragmentos de versos malos o a las repeticiones de la «música» en noches sucesivas. En otros casos, el ritual podía ser complejo e incluir el paseo de la víctima (o su representante) en una pértiga o un burro, las máscaras y el baile, complejos recitados, mimo grosero o teatro callejero sobre un carro o un estrado, la imitación, por medio de gestos, de una cacería ritual, o (frecuentemente) el desfile y la quema de efigies o, a decir verdad, varias combinaciones de todas estas cosas.
En Gran Bretaña los rituales abarcaban todo el espectro comprendido entre las bromas festivas que se gastaban a los recién casados y la sátira más brutal. En Cornualles las denominadas shallals podían ser solamente un ligero comentario de la comunidad sobre la novia o el novio, sobre su anterior reputación sexual y sobre si hacían buena o mala pareja.[1197] Estas costumbres, parecidas a las polter-abends[1198] de Sajonia, emigraron a la otra orilla del Atlántico y perduraron durante mucho tiempo en partes de Estados Unidos en forma de shivarees.[1199]
En el otro extremo del espectro, tal vez uno de los rituales más brutales desde el punto de vista psicológico era el de la caza del ciervo en Devon. Un joven disfrazado con cuernos (y a veces pellejos) representaba a la víctima. Según lo acordado de antemano, era «descubierto», quizá en un bosque cerca del pueblo, y perseguido por los «sabuesos» (los jóvenes del lugar) por las calles, los patios posteriores, los jardines, acosado y obligado a salir de callejones y establos. La cacería continuaba durante una hora o más y, con sádico refinamiento psicológico, el «ciervo» evitaba, hasta el momento final, el de la muerte, acercarse demasiado al domicilio de la víctima. Finalmente, tenía lugar la matanza: lenta, brutal y realista. El «ciervo» era acosado en la puerta de la víctima y uno de los cazadores perforaba con un cuchillo la vejiga llena de sangre de buey que el «ciervo» llevaba en el pecho y la derramaba sobre las piedras delante de la casa de la víctima.[1200]
Cabe observar aquí la cacería ritual con matices diabólicos.[1201] La manifestación de la llamada wooset-hunting, que todavía se encontraba en el Wiltshire del siglo XIX, mostraba un simbolismo parecido. En la década de 1830 un observador encontró en un pueblo de Wiltshire una procesión que iba acompañada del batir de sartenes, el ruido de ollas que contenían piedras, de cuernos de carnero y de cencerros de oveja. Cuatro hombres llevaban unas varas en cuyo extremo había un nabo vaciado, con una vela dentro:
Les seguía una persona que llevaba una cruz de madera […] de más de dos metros de altura; en cuyos brazos aparecía colocada una camisa de mujer, y en su punta, un cráneo de caballo, a cuyos lados estaban clavadas un par de astas de ciervo, como si crecieran allí; y en la parte baja del cráneo de caballo los huesos de la quijada inferior estaban colocados de tal manera que, si se tiraba de una cuerda, las quijadas se movían como si el cráneo estuviese tascando el freno; y esto se hacía para producir un ruido seco durante las pausas de la música.
La procesión, «organizada por los chicos del pueblo», pasaba por delante de la casa o las casas de las víctimas durante tres noches consecutivas, en tres ocasiones consecutivas, con descansos entre cada trinca: esto es, durante nueve noches en total. Se empleaba (dice el observador) contra la «infidelidad conyugal».[1202]
Podrían citarse otros rituales refinados de carácter regional. Pero podemos decir que la mayoría de las demás formas se dividen en cuatro grupos, aunque puede que estos coincidan y que tomen en préstamo rasgos unos de otros. Estos grupos son: a) el ceffyl pren («caballo de madera» en galés) asociado con los «motines de Rebecca» en varias partes del país de Gales; b) riding the stang, ritual muy extendido por las Tierras Bajas de Escocia y por el norte de Inglaterra; c) skimmington o skimmety riding, que existía aún en el siglo XIX en el West Country, pero era solo un vestigio en el sur; y d) la simple rough music o cencerrada, sin acompañamiento de cabalgada alguna, aunque muy a menudo sí iba acompañada de la quema de las víctimas en efigie, que se encontraba en casi todas partes y comúnmente en las Midlands y el sur. De hecho, no está claro si la cencerrada sin adornos es una forma distinta o es simplemente el ritual residual que perdura en el siglo XIX y comienzos del XX tras la desaparición de los otros elementos que componían el ritual más antiguo. Así, en Cambridgeshire, en la primera década del presente siglo, lo único que queda del ritual es la costumbre de armar ruido con latas y ollas.[1203]
Volveremos a ocuparnos del ceffyl pren. Las formas de cencerrada simple d se harán suficientemente evidentes cuando describamos casos concretos. Riding the stang (b) y el skimmington (c) requieren una descripción en regla.
En riding the stang, el transgresor o un representante suyo (a veces un vecino próximo, a veces un joven) era llevado en una larga pértiga o stang, acompañado de una tosca banda o un «enjambre de niños que lanzaban vítores y arrojaban toda suerte de porquerías».[1204] Si la persona paseada así era la víctima, y no su representante, la procesión podía terminar arrojándola a un estanque o a una zanja llena de agua.[1205] A veces se usaba una escalera de mano o un burro en lugar del stang; más a menudo, una efigie en un carro.[1206] Si el paseado era un representante de la víctima, en diferentes partes de la ciudad o del pueblo se gritaba un recitado o nominy:
Aquí llegamos, con un rampataplán;
no es por mi causa y tampoco por tu causa
que cabalgo en esta pértiga,
sino que es por Jack Nelson,
aquel hombre de nariz romana.
Venid todos, buena gente que vivís en este frío lugar,
quiero que oigáis una advertencia,
pues esta es nuestra ley;
si alguno de vosotros, esposos,
a vuestras buenas esposas golpeáis,
que vengan a nosotros,
y les haremos cabalgar en la pértiga.
Él le pegó, la golpeó, la golpeó de lo lindo;
la golpeó incluso antes de que fuera necesario;
no la golpeó con un bastón, una piedra, un hierro o un madero,
sino que alzó un taburete de tres patas
y la golpeó haciéndola caer de espaldas.
Arriba, detrás de la cama, tal estruendo armaron.
Abajo, detrás de la puerta,
él la golpeó mientras la hacía jurar.
Pues bien, si este buen hombre no enmienda su conducta,
su pellejo irá a parar a la curtiduría,
y si el curtidor no lo curte bien,
cabalgará en la barra de una puerta;
y si la barra se rompe,
cabalgará sobre la espalda del diablo;
y si el diablo echa a correr,
le dispararemos con una escopeta para cazar patos silvestres;
y si la escopeta falla el tiro,
os desearé las buenas noches,
porque estoy casi cansado.[1207]
El procedimiento se repetía, a veces en varias parroquias, a veces durante tres noches. Si se llevaba una efigie, disparaban contra ella, la enterraban o, las más de las veces, la quemaban.
A esta rima o nominy —el ejemplo procede de Hedon, en el East Riding de Yorkshire— se le podían añadir improvisaciones, para ajustarla a la víctima y la ocasión.[1208] A veces se pronunciaba a gritos el nombre del transgresor, aunque en algunas regiones se ocultaba para evitar un pleito por difamación,[1209] o se disfrazaba levemente mediante un juego de palabras. Cuando un marido llamado Lamb fue golpeado por su mujer, le pasearon por medio de un representante con una nominy parecida a la de Hedon cuya tercera línea decía: «Pero es por la vieja oveja que azota al pobre Lamb».[1210] Variantes de las rimas se hallan ampliamente dispersas por el norte y las Midlands. En Grassington,
No tomó ni palo ni madero,
sino que alzó el puño y la derribó.
La golpeó con tanta fuerza y tan hondo
que manó la sangre como de una oveja recién degollada.[1211]
Al parecer, los elementos esenciales de la nominy se aprendían de memoria y quedaban grabados en ella de forma tan indeleble como las rimas infantiles, y los coleccionistas han encontrado personas mayores que los recordaban a la perfección, palabra por palabra. Cabe que las palabras que se conservan en colecciones de folclore impresas hayan sido suavizadas un poco, ya fuera por los coleccionistas o por sus informadores. Hace cincuenta años un coleccionista norteamericano conservó una versión de las últimas dos líneas que es más verosímil (y también rima mejor) que la versión de Hedon que conservó aquella excelente coleccionista que fue la señora Gutch:
Si la escopeta falla el tiro,
le mataremos desollándole con un barril de meados al rojo vivo.[1212]
Cuando una amiga mía, maestra de escuela en un pueblo del norte de Yorkshire, tomó nota de una descripción del stang, su informador —un hombre de unos sesenta años— se negó a repetir las palabras ante ella y no accedió a escribirlas con la máquina de mi amiga hasta que ella hubo salido de la habitación.
El stang funde su forma casi imperceptiblemente con el skimmington y en partes de las Midlands apenas vale la pena distinguir entre los dos. Está claro que las nominys que se usan en el stang del East Riding (véase supra) y en un skimmity de West Somerset tienen un origen común:
Vamos a ver, Jimsy Hart, si no enmiendas tu conducta,
la piel de tu culo mandaremos al curtidor;
y si el curtidor no curte bien,
la colgaremos de un clavo en el infierno;
y si el clavo empieza a romperse,
la colgaremos de la espalda del diablo;
y si el diablo echa a correr,
la colgaremos allí otro día.[1213]
Algunas crónicas folclóricas del stang se parecen mucho a los skimmingtons, tales como este que procede de Northenden, en Cheshire. Hacia el año 1790, Alice Evans, la esposa de un tejedor y mujer fuerte y atlética, «castigó a su propio dueño y señor por algún acto de intemperancia y descuido del trabajo»:
Esta conducta [de la mujer] los vecinos señores de la creación estaban decididos a castigar, temiendo que sus propias esposas pudieran asumir la misma autoridad. Así pues, montaron a uno de ellos, vestido con prendas de mujer, a lomos de un viejo burro, el hombre con un torno para hilar en el regazo y de espaldas a la cabeza del burro. Dos hombres condujeron el animal por el barrio, seguidos de docenas de chicos y hombres ociosos, haciendo sonar ollas y sartenes, armando gran estruendo con cuernos de vaca y organizando un alboroto horrendo, deteniéndose de vez en cuando mientras el hombre montado en el burro proclamaba lo siguiente:
Rampataplán, rampataplán, rampataplán,
la señora Alice Evans ha pegado a su buen hombre;
no fue con espada, lanza, pistola o cuchillo,
sino con unas tenazas juró quitarle la vida.[1214]
El skimmington, tal como se conservó hasta bien entrado el siglo XIX en el West Country, se distinguía por dos rasgos: el carácter complejo del ritual y la frecuencia con que las víctimas satirizadas seguían siendo (como ocurriera dos o tres siglos antes)[1215] la mujer que se enfrentaba a los valores de la sociedad patriarcal: la regañona, la que pegaba al marido, la arpía. Los anales de las Quarter Sessions de Wiltshire correspondientes a 1618 nos dan una idea de la posible complejidad:
Sobre el mediodía vino nuevamente de Caine a Quemerford otro tambor […] y con él trescientos o cuatrocientos hombres, algunos como soldados armados con armas de fuego y de otras clases, y un hombre montado a caballo que llevaba en la cabeza un gorro de dormir blanco, dos calzadores colgados de las orejas, una barba postiza en la barbilla hecha con la cola de un ciervo, una bata sobre su indumentaria, y cabalgaba en un caballo rojo con un par de cacharros debajo de él, y en ellos cierta cantidad de granos para elaborar cerveza.
Al llegar a la casa de las víctimas (Thomas Mills, cuchillero, y su esposa, Agnes), los que llevaban armas de fuego las dispararon, «sonaron chirimías y cuernos, junto con cencerros y otras campanas más pequeñas […] y cuernos de carnero y cuernos de macho cabrío». Las puertas y las ventanas de la casa fueron apedreadas, Agnes fue sacada a rastras de su cuarto, arrojada al fango, golpeada y amenazada con llevarla a la cucking-stool[1216] de Calne.[1217]
Dos siglos y pico después de esto, todavía se registraban skimmingtons en el West Country y, aunque su escala no era la misma, requerían complicados preparativos. En Uphill (Somerset) en 1888, doscientos setenta años después de que Agnes Mills fuera víctima de una de estas cosas en Quemerford, pasearon una carreta por las calles al atardecer:
La precedía una banda de músicos abigarrados que armaban gran estruendo golpeando cubos viejos, sartenes, ollas y latas. Montada en caballos y cabalgando con fingida solemnidad al lado de la carreta, iba una guardia de corps formada por seis caballeros ataviados grotescamente. Erigidas en una tarima de la carreta, había dos efigies.
La procesión recorrió el pueblo y luego se metió en un campo donde las dos efigies fueron quemadas con el acompañamiento de la «Marcha fúnebre».[1218]
El ritual tenía muchas variantes y daba mucho pie a la improvisación, a la inventiva y a disfrazarse. Cuando la víctima satirizada era una mujer mandona o una mujer que pegaba a su marido, dos representantes de la pareja se sentaban a veces en un carro, o cara a cara en un burro, y se pegaban furiosamente con utensilios de cocina, o de espaldas, con el hombre sujetando la cola del animal.[1219] Cuando el motivo era la supuesta infidelidad de la esposa, en la procesión se llevaban unas enaguas o una camisa de mujer, junto con cuernos, granos para elaborar cerveza y otros símbolos de la condición de cornudo (lámina XXIII).[1220] En una ocasión, registrada en Dorset en 1884, tres personajes fueron satirizados, un hombre y dos mujeres: ambas mujeres cabalgaron en un burro, mientras una de ellas «era representada como poseedora de una lengua extraordinariamente larga que estaba atada al cuello, mientras con una mano sostenía un poco de papel de cartas y con la otra, una pluma y un mango».[1221]
Dejemos ya las formas. Podría decirse más. Y más se ha dicho. Por desgracia, aquellos folcloristas del siglo XIX a quienes debemos muchas de las mejores crónicas de estos rituales se interesaban principalmente por las formas en sí mismas; y si iban más allá de ellas, las más de las veces era para especular sobre su origen y su relación, para clasificarlas de acuerdo con una especie de botánica humana. Crónicas admirables de la forma incluyen a veces solo la más superficial alusión al motivo del acontecimiento: la condición social de las víctimas, su supuesta transgresión, la consecuencia de la cencerrada.
No obstante, antes de continuar, veamos qué datos nos ofrecen las formas mismas.
1) Las formas son dramáticas: constituyen una especie de «teatro callejero». Como tales, se adaptan inmediatamente a la función de dar publicidad al escándalo. Asimismo, las formas dramáticas suelen ser procesionales. De hecho, quizá habría que decir que son antiprocesionales, en el sentido en que jinetes, tambores, pancartas, portadores de faroles, efigies en carros, etc., se mofan, en una especie de antífona consciente, del ceremonial de las procesiones del Estado, de la ley, del ceremonial cívico, del gremio y de la Iglesia.
Pero no solo se mofan. La relación entre las formas satíricas de la cencerrada y las formas dignas de la sociedad que es su anfitriona no tiene nada de sencilla. En un sentido puede que la procesión pretenda afirmar la legitimidad de la autoridad. Y en ciertos casos este recordatorio puede ser notablemente directo. Porque las formas de la cencerrada y del charivari son parte del vocabulario simbólico expresivo de cierta clase de sociedad, un vocabulario que está a la disposición de todos y en el cual pueden pronunciarse muchas sentencias diferentes. Es un discurso que (si bien a menudo coincide con la capacidad de leer y escribir) deriva sus recursos de la transmisión oral, dentro de una sociedad que regula muchas de sus ocasiones —de autoridad y conducta moral— por medio de formas teatrales tales como la procesión solemne, el desfile pomposo, la exhibición pública de justicia o de caridad, el castigo público, el despliegue de emblemas y favores, etc.[1222]
A veces las continuidades formales son sorprendentes. Obligar a las mujeres lujuriosas o a las prostitutas a desfilar desnudas, ya fuese a pie o en carro, era un castigo que en otro tiempo habían impuesto las autoridades eclesiásticas y civiles. Así, en la diócesis de Lincoln, en 1556, Emma Kerkebie, declarada culpable de adulterio, fue condenada a hacer penitencia en público: «Que la susodicha Emma sea paseada por la ciudad y el mercado en un carro, y ronge out con basons»: es decir, objeto de una cencerrada.[1223] Parecido castigo infligieron los oficiales de las fuerzas parlamentarias en 1642 a «una puta que nos había seguido desde Londres». Fue «conducida primero por la ciudad, puesta luego en la picota, después en una jaula, sumergida luego en un río y finalmente desterrada de la ciudad».[1224] Y cabalgar en una pértiga o en un «caballo de madera» constituía un castigo militar reconocido y se infligía a los soldados cuyo comportamiento (agresiones, pequeños robos) ponía en peligro las relaciones con la población civil. Así, en 1686 un consejo de guerra condenó a un soldado al que se acusaba de robar dos copas de plata «a cabalgar en el caballo de madera en el mercado público el próximo día de mercado […] por espacio de dos horas con un papel en el pecho que indique su delito».[1225] El castigo humillaba al transgresor ante los ojos del pueblo y con ello supuestamente reparaba el daño causado a las relaciones entre militares y civiles.[1226]
El castigo todavía podía infligirse al amparo de las ordenanzas militares hasta comienzos del siglo XIX. En 1845, en Yeovil, el mismo castigo se había convertido en una institución extraoficial y, según las crónicas,
El casi desaparecido castigo consistente en cabalgar en el stang o caballo de madera fue resucitado en esta ciudad el pasado jueves por varios constructores que, sospechando que uno de ellos había hecho como si la comida de sus camaradas fuera suya, le maniataron y le pasearon por las calles sobre un trozo de madera con las palabras «El ladrón» escritas con tiza en la espalda. Los linchadores se las habían ingeniado para refinar la crueldad del castigo afilando, hasta darle punta, la viga en la que cabalgaba el infortunado individuo, así como haciendo en ella varios cortes irregulares. Fue llevado a su domicilio de Bradford Abbas en carro el viernes, pues estaba tan herido que no podía andar.[1227]
No sé si la aplicación oficial (judicial) y la extraoficial (consuetudinaria) de tales castigos coincidían en la Baja Edad Media y la Edad Moderna o si formas populares, de autorregulación (que a menudo se iniciaban con independencia de cualquier persona dotada de autoridad y que a veces se ponían en práctica de tal modo que las ridiculizaran), hicieron suyas formas que las autoridades estaban dejando de emplear y les dieron nuevas aplicaciones. La respuesta puede ser «ambas cosas». Hasta los comienzos del siglo XIX la publicidad era un componente esencial del castigo. En el caso de los delitos menores, tenía por propósito humillar al transgresor ante sus vecinos y, en el de delitos más graves, servir de ejemplo. El simbolismo de la ejecución pública irradiaba la cultura popular del siglo XVIII y aportó muchas cosas al vocabulario de la cencerrada.[1228] Las detalladas efigies de los transgresores que se paseaban ante los ojos de la comunidad siempre acababan ahorcadas o quemadas, lo cual recordaba la quema de herejes. En los casos extremos se celebraba un simulacro de oficio fúnebre antes del «entierro» de la efigie. Sería un error ver en ello solamente una broma grotesca. Quemar, enterrar o leer el oficio fúnebre en el caso de alguien que aún vivía representaba un terrible juicio de la comunidad, que convertía a la víctima en un paria, en alguien al que ya se consideraba muerto.[1229] Era el no va más en lo que se refiere a la excomunión.
La quema en efigie no es un componente exclusivo de la cencerrada. En Gran Bretaña y en Norteamérica se encuentra a menudo separada de otras formas de cencerrada y, por supuesto, ha sido y sigue siendo uno de los elementos centrales del Día de Guy Fawkes.[1230] El 5 de noviembre era un día en que la quema de efigies y la cencerrada se tropezaban la una con la otra, y en que, con frecuencia, se ajustaban cuentas locales o públicas.[1231] Y las efigies se aplicaban a todo tipo de manifestación política y religiosa.
Eran sencillamente un componente (efectivo y duradero) del vocabulario simbólico de que se disponía, un componente que podía emplearse en combinación con otros (ruido, sátiras virulentas, obscenidades) o podía separarse por completo de ellos. Se encuentran ejemplos innumerables —agravios políticos, industriales, privados— en cualquier localidad.
Con la creciente alfabetización, fue posible utilizar de forma conjunta las efigies, las sátiras virulentas en verso y las cartas anónimas o los papeles clavados en las puertas de las iglesias. El reverendo Charles Jeffrys Cottrell, juez de paz, rector de Hadley, en Middlesex, se vio empujado a proceder judicialmente cuando en 1800 recibió por correo el retrato de un pastor ahorcado con los genitales al aire y con la inscripción «¡Oh, qué miserable, cagado, apestoso, dogmático y presuntuoso imbécil parezco!» (lámina VI). Al parecer, según se desprende de las deposiciones correspondientes, el principal instigador de la campaña contra él era Isaac Emmerton, dueño de un vivero y tratante en semillas, que también había erigido en su propia tierra, desde donde se divisaba la gran carretera del norte, una horca de tres metros de altura de la que colgaba una efigie vestida de negro con la ropa que le había facilitado un empresario de pompas fúnebres local. Cottrell era presidente de los funcionarios fiscales del lugar, contra los cuales tenía un agravio Emmerton. Pero está claro que este «Pastor y Asno Justo» era impopular en general y la gente de la cercana Barnet estaba disfrutando de parecidos «dibujos ridículos», que circulaban de mano en mano. Isaac Emmerton dio una explicación muy razonable: que la efigie era un espantapájaros para proteger algunas «semillas curiosas» y que para tal fin «solo una prenda negra servía».[1232]
Esto nos ha apartado un poco de nuestro camino. Pero la consideración de incluso una parte tan común del vocabulario simbólico como es la efigie da fuerza a la creencia de que el simbolismo debe mucho a la pompa de temor y justicia de la autoridad, y de que la cencerrada puede ser ambivalente y moverse entre la burla de la autoridad y su aprobación, la apelación a la tradición y la amenaza de rebelión. En el siglo XVIII, la cencerrada ya se iniciaba normalmente —pero no siempre— con independencia de toda persona investida de autoridad o perteneciente a la gentry, y a veces se llevaba a cabo en oposición a ellas. Dado que los tribunales eclesiásticos ingleses estaban en decadencia desde las postrimerías del siglo XVII, y ejercían con menor eficacia sus facultades de infligir castigos por transgresiones domésticas y sexuales, es tentador sugerir que el vigor de la cencerrada del siglo XVIII indicaba un desplazamiento desde la regulación eclesiástica hacia la autorregulación de la comunidad en tales casos. Pero esta hipótesis no se ha puesto a prueba seriamente. O, si vemos una antífona entre las formas de autoridad y del pueblo, podríamos preguntarnos si, al decaer el ritual y las procesiones en la Inglaterra protestante, decayó también en proporción el elemento antiprocesional satírico en las formas populares. En las sociedades católicas que mantuvieron las procesiones y las fiestas de la Iglesia y el Estado con más vigor, ¿las procesiones simuladas del charivari conservaron durante más tiempo su complejidad?
2) Las formas son flexibles. De hecho, poseen gran flexibilidad. Incluso en la misma región formas parecidas pueden utilizarse para expresar una broma de buen humor o para invocar un inexorable antagonismo de la comunidad. A veces se organizaban skimmingtons muy complicados como bromas de la comunidad: por ejemplo, en Exeter en 1817 una cabalgata con jinetes, una banda, veinticuatro burros y mucho aparato se organizó para burlarse del segundo matrimonio de un guarnicionero local que se había hecho aborrecible con sus baladronadas y su patriotería durante las guerras con los franceses.[1233] En Barnsley, en 1844, el matrimonio de dos personajes del lugar que, por alguna razón, se consideraba cómico fue «hecho público» mediante una complicada procesión de tejedores que trabajaban con telar mecánico. Dos de ellos abrían la marcha, uno vestido con una piel y el otro con una bandera en la que una inscripción decía: «Corramos a la Boda»; venía seguidamente un carro tirado por una mula en la que cabalgaba un violinista mientras los ocupantes del carro hacían sonar silbatos y latas.[1234] Las bromas de esta clase podían agriarse fácilmente. Cuando un carnicero de la isla de Wight, en Newport, se casó con «una dama soltera de edad avanzada y buena fortuna» (1782), los demás carniceros acudieron a celebrar el acontecimiento con huesos largos y las cuchillas propias de su oficio. El novio perdió los estribos y les ordenó que se marcharan:
Habían esperado que les agasajaran en vez de amenazarles con la cárcel por alborotar. Volvieron, cada uno de ellos con un par de cuernos de carnero colocados en la cabeza y un tambor al que habían contratado […] interpretando la marcha de los cornudos. Indignado, el novio disparó contra ellos, matando a uno e hiriendo a dos.[1235]
En una de sus variantes, el skimmington podía usarse para crear lo que se conocía con el nombre de «feria de cuernos»: en Devon si un skimmington o skivetton recorría una ciudad sin encontrar oposición y clavaba un par de cuernos en la puerta de la iglesia, entonces se exponía la pretensión de fundar una feria de ganado (y la pretensión era aceptada).[1236] «A consecuencia de que alguna mujer de Calstock ha pegado a su marido —escribió un corresponsal al duque de Portland en 1800—, los mineros han hecho una procesión por el vecindario y varias ciudades con mercado, con el fin, como dicen ellos, de fundar una Feria de Cuernos o Cornudos en Calstock Town; la primera de las cuales se celebrará el próximo martes». Se temían «consecuencias tumultuosas», ya que entre ellos había «varios individuos malos muy notorios».[1237] Es posible que la más famosa Feria de Cuernos tuviese un origen parecido y se celebró en Charlton, en la frontera de Londres con Kent. En el siglo XVII ya se había transformado en un carnaval que se celebraba todos los años, en el Día de San Lucas. En el siglo XVIII se proclamaba mediante convocatorias impresas (lámina XXIV) y consistía en «una chusma tumultuosa que […] se reúne en el Punto de los Cornudos, cerca de Deptford, y desde allí marcha en procesión, cruzando la ciudad y Greenwich, hasta Charlton, con cuernos de clases diferentes en la cabeza; y en la feria […] hasta las figuras de pan de jengibre tienen cuernos».[1238] No era la plebe la única que asistía a este acontecimiento supuestamente licencioso y bacanal, sino que también lo visitaban jóvenes patricios enmascarados y disfrazados de mujer y se mantenía vigorosamente vivo todo el vocabulario relativo a los skimmingtons y los cornudos (lámina XXV).[1239]
Cuanto más examinas la diversidad de los datos, más difícil te resulta definir con exactitud qué era una cencerrada. A veces no tenemos nada más que una bronca jocosa y alcohólica delante de un cottage en la primera noche de bodas de una pareja —aunque raramente sin un acento satírico— por parte de los jóvenes solteros de la comunidad.[1240] Algunas formas se empleaban también como juegos en las fiestas o para iniciarse en un oficio.[1241] En el noreste, durante el siglo XVIII y comienzos del XIX, cuando un pocero se casaba, le hacían cabalgar el stang y sus colegas le llevaban en una pértiga hasta una taberna, donde se esperaba que les invitase a beber:
Me hicieron cabalgar en la pértiga, en cuanto
volví a asomar la cabeza en el trabajo.[1242]
Esta era una costumbre que se practicaba con buen humor y cuya única función era pedir un rescate consistente en invitar a beber. Pero en la misma región y en el mismo periodo «cabalgar en el stang» era un castigo severo, que a veces causaba mutilaciones, que los poceros y los marineros infligían a los esquiroles durante las huelgas o a los soplones o los reclutadores a la fuerza.[1243]
3) Incluso cuando la cencerrada expresaba la más absoluta hostilidad de la comunidad, y su intención era excluir al transgresor de la sociedad u obligarle a irse, cabe ver cómo el elemento ritual encauza y controla esta hostilidad. Al parecer, hubo un distanciamiento progresivo de la violencia física directa, aunque las pruebas que tenemos de ello no son concluyentes. El doctor Martin Ingram nos muestra a vecinos de al lado que en el siglo XVII hacen de representantes en las cabalgatas, de la forma que es frecuente encontrar en el siglo XIX. Pero del mismo modo que Agnes Mills, de Quemerford, fue agredida físicamente y arrojada al barro en 1618, se encuentran ejemplos de semejantes agresiones —o de «cabalgatas del stang» que terminan en el estercolero o en el estanque— doscientos años después.[1244] Y el stang, según hemos visto, podía emplearse como instrumento para mutilar. En Galloway los que golpeaban a la esposa eran llevados a una nominy.
Cualquier cosa que sea correcta no será errónea,
pega a la esposa y cabalga en la pértiga.[1245]
Al oír las palabras «esposa» y stang o «pértiga», lo alzaban tan alto como podían y luego, de pronto, lo dejaban caer otra vez; y él caía con un golpe seco cada vez en algunos de los extremos de las ramas que se habían dejado para él, y los rasguños que se hacía eran de espanto. El stang le pasaba entre las piernas, ¿sabes?[1246]
De manera que toda generalización debe matizarse. Un skimmington o stang riding podía salirse de los límites permitidos y si la persona que era víctima del mismo se resistía, o si cometía la imprudencia de salir corriendo de la casa cuando un representante o una efigie eran exhibidos ante ella, existía la probabilidad de que ocurriera algún acto violento. Pero al mismo tiempo una cencerrada era una forma permitida de dar salida a hostilidades que, de no ser por ella, quizá hubiesen provocado un tremendo estallido. Un estudioso tanto de los charivaris como de los linchamientos en el Viejo Sur de Estados Unidos sugiere que «el ritual solo afloja a medias los controles sociales; señala hasta dónde deben llegar los participantes, con lo cual defiende la estabilidad y el orden».[1247] Puede que así sea si se compara con un grupo de linchadores, aunque el Ku Klux Klan ritualizaba el linchamiento también.
Hay cierta verdad en el argumento de que los rituales de la cencerrada eran una forma de desplazamiento de la violencia, su expresión no en la persona de la víctima, sino de forma simbólica. Es mi impresión que en la Inglaterra del siglo XIX el representante de la víctima y la efigie solían ocupar el lugar del transgresor.[1248] La cencerrada no daba solo expresión a un conflicto en el seno de una comunidad, sino que también regulaba ese conflicto dentro de formas que establecían límites e imponían restricciones. Es (de nuevo) mi impresión que allí donde las formas rituales conservaban una vida vigorosa en la tradición oral el desorden de la cencerrada se mostraba con el máximo «orden», mientras que al emigrar a la otra orilla del Atlántico y llevarse a cabo con incertidumbre en una sociedad con acceso general a las armas de fuego, el resultado era violento con mayor frecuencia.[1249] Hasta el suavizado shivaree, que en Canadá tal vez debía más a la influencia francesa que a la británica, y que se empleaba frecuentemente con motivo de unas segundas nupcias, podía asumir una expresión más brutal sin que su forma cambiara mucho. Un autor describió un charivari apoyado por «algunos de los jóvenes caballeros de la ciudad» con motivo del matrimonio de un negro fugitivo (barbero de profesión) con una irlandesa. Está claro que el racismo añadió un tono malévolo al ritual. El joven fue sacado a rastras de la cama y paseado en una verja, casi desnudo, en una noche de invierno, y murió a causa del trato recibido.[1250]
4) Lo que se anuncia —cuando el ciervo se desploma con la vejiga de sangre perforada sobre la entrada, cuando se queman las efigies delante del cottage, cuando la tosca banda desfila noche tras noche mientras la víctima escucha en el interior— es la publicidad total de la desgracia. Es cierto que las formas de la cencerrada a veces se ritualizan hasta rozar el anonimato o la impersonalidad: de vez en cuando los ejecutantes llevan máscara o disfraz: más a menudo se presentan de noche. Pero en modo alguno mitiga esto la desgracia: de hecho, la anuncia no como una pelea fortuita con los vecinos, sino como un juicio de la comunidad. Lo que antes eran habladurías o miradas hostiles de reojo se vuelve común, indisimulado, despojado de los disfraces que, por más tenues que sean, forman parte de la moneda corriente de la relación cotidiana.
Tal vez los artificios nos protejan unos de otros más de lo que suponemos. Dos participantes en un simulacro social, incluso cuando cada uno de ellos sabe de sobra que el otro está fingiendo, pueden coexistir gracias a ese artificio. Hasta la hipocresía es una especie de neblina que empaña el duro fulgor de la hostilidad mutua. Pero la cencerrada consiste en nombrar en público lo que antes se nombraba solo en privado. Después de ello, no hay más neblina. La víctima debe salir de su casa y mezclarse con la comunidad al día siguiente, a sabiendas de que todos los vecinos y todos los niños la verán como una persona en desgracia.