Costumbres en común
Introducción de Julio Martínez-Cava
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Por lo tanto, no es extraño que la cencerrada, excepto en sus formas más leves, dejara en la víctima un estigma duradero. Esto se observaba con frecuencia. La intención de la cencerrada, en especial cuando se repetía noche tras noche, era, exactamente, «expulsar a tambor batiente» a la víctima (o las víctimas) del vecindario. «Un skimmington riding hace reír a muchos —comentó un observador—, pero las partes a quienes va dedicado nunca se libran del ridículo y la desgracia que lleva consigo».[1251] «Por lo general —apuntó otro observador, en este caso de un riding the stang—, las partes culpables no podían soportar después el oprobio que de esta forma se arroja sobre ellas, y hacían una “huida a la luz de la luna”, es decir, se iban del vecindario a la chita callando».[1252] De la cencerrada en Woking (Surrey) se señaló que «llevaba consigo el ostracismo local»:
En más de un caso a la persona culpable se le negaba un empleo regular y no era extraño que tenderos y otros se negasen a atenderla.[1253]
Algunas veces la cencerrada podía llevar a la muerte, a causa de la humillación (como sugiere Hardy en The mayor of Casterbridge) o por suicidio.[1254]
No todos los casos, y quizá tampoco la mayoría de ellos, padecían cencerradas tan brutales como estas; los blancos comunes en el siglo XIX, la pareja peleona o el hombre que pegaba a la esposa, normalmente eran tratados de forma un poco más leve. En el caso de algunas transgresiones, una vez que los culpables habían sufrido el castigo de ser humillados, quizá se consideraba que ya habían expiado su culpa y en lo sucesivo se les dejaba en paz.[1255] Pero a algunos tipos de transgresor sexual no se les perdonaba; y en su caso hay que sugerir que eran sometidos a una hostilidad de dimensiones mágicas, una cacería ritual. La comunidad definía los límites del comportamiento permitido retirando su protección a los perseguidos.
Pienso, al decir esto, en el pueblo o la ciudad pequeña o en el compacto vecindario urbano. Pues no solo los individuos o las familias tienen una reputación que mantener, sino que lo mismo cabe decir de las comunidades. Hay pueblos o calles que adquieren la reputación de ser «turbulentos».[1256] A los vecinos que forman parte de una comunidad quizá les censuren su comportamiento: «Van a creer que somos todos unos salvajes». Una comunidad así puede que reciba con extrema reticencia, para proteger a «los suyos», las preguntas que les hagan los extraños. Hasta el comportamiento intolerable es tolerado, o se oculta a los ojos de los de fuera,[1257] a menos que la transgresión sea tan grave que se señale por medio de una cencerrada, lo cual significa que se expulsa a los transgresores, y sus vecinos (y tal vez hasta sus parientes) ya no los consideran «suyos».[1258]
5) En algunas crónicas se sugiere que las cencerradas se llevaban a cabo en cumplimiento de algún juicio tomado tras las oportunas deliberaciones por parte de la comunidad local, por impreciso que fuera tal juicio. «El Vehm-Gericht se constituye a sí mismo, se reúne en la taberna y dicta su sentencia sin convocar ni escuchar al acusado», dijo un observador de la caza del ciervo en Devon.[1259] En un pueblo de Staffordshire «se forma una comisión para examinar el caso. Luego se pide al poeta del pueblo que haga una historia de lo ocurrido en verso».[1260] En partes del sur de Gales había el llamado tribunal «Cooistrin», que a veces ordenaba a los transgresores que comparecieran ante él y cuyo presidente aparecía coronado con una clavícula de caballo. En Woking (Surrey), donde parece que la cencerrada estaba institucionalizada con vigor desacostumbrado, se sabía de la existencia de un «tribunal» de pueblo que «se formaba en una cervecería […], pero cuándo, quién lo formaba y cómo eran detalles que se guardaban en profundo secreto».[1261] Thomas Hardy sugiere un tribunal de esta clase en la posada Peter’s Finger, donde «excazadores furtivos y exguardas de coto, a quienes los hacendados habían perseguido sin causa, se sentaban codo a codo».[1262] En sentidos menos formales, se daba por sentado el apoyo de la comunidad: las mujeres prestaban sus utensilios de cocina, los hombres hacían una colecta para comprar cerveza para la banda.[1263]
Incluso donde no existía ningún «tribunal» ni juicio, el atributo esencial de la cencerrada es, al parecer, que solo funciona si funciona: esto es, si (primero) la víctima es suficientemente «de» la comunidad como para ser vulnerable a la desgracia, a sufrir a causa de ella; y (segundo) si la música realmente expresa el consenso de la comunidad[1264] o, como mínimo, de una parte suficientemente nutrida y dominante de ella (apoyada, como ocurría casi siempre, por los chicos, que encontraban en la cencerrada una espléndida ocasión para legitimar el alboroto y la agresividad, dirigida esta contra los adultos) como para amedrentar y silenciar a aquellas otras que —si bien quizá no veían el ritual con buenos ojos— compartían en cierta medida la misma desaprobación que despertaba la víctima del mismo.
Hardy expresa esto de forma soberbia en The mayor of Casterbridge. Hay algunos, como Longways, que, al oír rumores de que va a haber un skimmety piensan que «es una broma demasiado pesada y propensa a causar motines en las ciudades». Pero no se toman medidas enérgicas para impedir que se celebre y, en el día señalado, no se avisa a las autoridades de antemano, los alguaciles se esconden de la multitud en un callejón y meten sus bastones en una cañería, los ciudadanos discretos no salen de casa. Cuando la autoridad llega finalmente al escenario del acontecimiento, nadie ha visto el skimmety, nadie quiere acusar a nadie de haber participado en él. En la calle, donde solo unos minutos antes la procesión avanzaba con gran estruendo, «temblaban las llamas de los faroles, murmuraban los árboles del paseo, unos cuantos haraganes permanecían con las manos en los bolsillos […]. Las efigies, el burro, los faroles, la banda, todo había desaparecido como la tripulación del Comus».
II
Y, al igual que la tripulación del Comus, desaparecieron también de la historia escrita de Gran Bretaña en el siglo XX, para no volver hasta la pasada década.[1265] Si hemos de investigar la cencerrada y sus funciones, debemos volver a los folcloristas y los observadores del siglo XIX, que tal vez eran paternalistas que observaban las «antigüedades populares» de una cultura extraña desde el otro lado de una amplia distancia social.
Sus comentarios sobre la cencerrada eran con frecuencia reticentes y contradictorios. Así, de la caza del ciervo en Devon, un observador nos dice que podía celebrarse «solo cuando se sabía que dos personas casadas eran culpables». En otra parte de Devon «no era aplicable a las personas casadas», sino a los jóvenes «culpables de graves transgresiones morales»; en un tercer lugar la víctima era «un varón pervertido». Otro testigo nos da una definición más:
La caza del ciervo tiene lugar o bien en la noche de bodas de un hombre que se ha casado con una muchacha de carácter ligero o cuando se sospecha que una esposa ha traicionado a su marido.[1266]
Parecido conflicto entre testigos surge en los casos del skimmington y el riding the stang. Algunos observadores suponían que el skimmington tenía un solo objetivo: «avergonzar los hogares donde la mujer pegaba al marido»; otros hacen hincapié en el adulterio como motivo; unos terceros discriminan entre dos variantes —el skimmington y el skimmerton— que se aplicaban para fines diferentes.[1267]
Las definiciones más útiles son tal vez las que son menos exactas y sugieren una fluidez en la función. Así, Roberts identificó varias ocasiones para el riding the skimmerton: 1) cuando un hombre y su esposa se pelean y él cede ante ella; 2) cuando una mujer es infiel a su marido y él se somete pacientemente, sin molestarse por la conducta de ella; 3) cualquier conducta groseramente licenciosa por parte de personas casadas.[1268] En el caso del riding the stang, donde se produce un conflicto semejante, la observación de Brockett es útil: el ritual era
infligido a fornicadores, adúlteros, maridos severos y las personas que siguen sus ocupaciones durante determinadas festividades o fiestas, o en épocas prohibidas, cuando hay un plante o acuerdo entre trabajadores.[1269]
Otra crónica es igualmente flexible: el ritual «disponía la reprobación pública de ciertos actos deshonrosos, por ejemplo, los pecados contra el séptimo mandamiento, la crueldad con las mujeres, especialmente pegar a la esposa, la infidelidad de los trabajadores a sus compañeros cuando estuvieran en huelga y la falta de honradez en el comercio».[1270]
Es útil, aunque arbitrario, dividir estas manifestaciones en dos grupos, que pueden calificarse de «doméstico» y «público», y examinar cada uno de ellos por separado. El grupo «público» lo examinaremos después. En cuanto al grupo «doméstico», basándonos en numerosas ocasiones, podemos intentar una subdivisión preliminar de las transgresiones que daban origen a la cencerrada.
1. Faltas específicas contra un concepto patriarcal de los papeles conyugales. Entre ellas cabe contar las mujeres que pegan o atacan a sus maridos; el marimacho o arpía, o la esposa «mandona» o regañona y el marido sumiso; notorio espíritu pendenciero en un matrimonio; y el cornudo complaciente o mari complaisant. En todos estos casos, aunque puede que la mujer fuese la causante de la transgresión, ambas partes eran satirizadas en público, pues el marido no había sabido imponer su autoridad patriarcal.
2. La cencerrada —aunque a veces fuera de carácter más ligero— podía ir dirigida contra las segundas nupcias de viudas o viudos; y contra matrimonios que la comunidad consideraba que en algún sentido no hacían buena pareja, eran grotescos, se fundaban en la avaricia, mostraban una gran disparidad en las edades o incluso en las estaturas o en los cuales una de las partes, como mínimo, tenía una movida reputación sexual prematrimonial.
3. Varias faltas sexuales podían ocasionar cencerradas. Por desgracia, la definición contemporánea de la falta suele ser evasiva y carente de especificidad. Al parecer, el motivo más frecuente era el adulterio entre dos personas casadas. Un renombrado seductor de mujeres jóvenes (especialmente si estaba casado) podía ser víctima de una cencerrada. A veces el objetivo era la homosexualidad u otro comportamiento innominable que se considerase una perversión. La ruptura de un matrimonio o la venta de una esposa podían traer consigo una cencerrada (pero generalmente no ocurría así).
4. Las palizas u otras formas de malos tratos a la esposa a manos del marido; y la crueldad con los niños.
Antes de examinar más a fondo estos motivos, será interesante señalar las conclusiones de otros estudios que no se basan en materiales británicos, sino franceses y de otros países europeos. Violet Alford, que afirmaba tener «bajo mano» más de doscientos cincuenta ejemplos de charivari, ofreció este desglose:
77 Segundas nupcias de viudas o viudos.
49 Esposas que pegan al esposo.
35 Adulterio.
24 Parejas recién casadas.
89 «Otras causas» [algunas de las cuales podrían entrar en mi categoría de «público»].
Sus ejemplos revisten interés, pero, como proceden del sur, el centro y el oeste de Europa, y corresponden quizá a ocho siglos, carecen necesariamente de especificidad de contexto.[1271]
El docto folclorista francés Arnold van Gennep no trató de hacer ninguna tabulación con sus conclusiones, pero sugirió que el principal motivo de charivari en Francia a lo largo de varios siglos fue el matrimonio de una viuda o un viudo. El charivari ha ido dirigido también
a los maridos golpeados por su mujer; a los avaros, especialmente desde la infancia, a los padrinos y las madrinas roñosos con las peladillas y las monedas; a los forasteros que, tanto si han venido a instalarse como si están de paso, no pagan la bienvenida; a las jóvenes locas por su cuerpo; a las mujeres adúlteras; a los borrachos inveterados, brutales y alborotadores; a los delatores y los calumniadores; a los maridos que andan demasiado de picos pardos; en resumen, a todos los que, de una u otra manera, excitan contra ellos la opinión pública de la comunidad local.[1272]
A los motivos sexuales pueden agregarse las muchachas que rechazan a un pretendiente que goza de buena fama en la comunidad por otro que es más rico, demasiado viejo o extranjero; las novias embarazadas que se casan de blanco; un joven que «se vende» a una mujer por su dinero; los matrimonios que no respetan los grados de parentesco prohibidos; las muchachas que toman a un hombre casado por amante; los maris complaisants o maridos que «se conduisant dans leur ménage d’une manière plutôt féminine que masculine».[1273] Todos estos transgresores (si exceptuamos ciertos casos que podrían entrar en la categoría de «público») parecen entrar en mis divisiones 1, 2 y 3. Van Gennep parece citar solamente un caso de palizas a la esposa.[1274]
Lévi-Strauss, basándose en conclusiones inéditas de P. Fortier-Beaulieu, afirmó que el 92,5 % de los casos examinados tiene por origen las segundas nupcias, acompañadas por la diferencia de edad o de riqueza; o entre individuos que son viejos; o después de una conducta impropia durante la viudez.[1275] Por desgracia, estas conclusiones se basaban en un estudio efectuado en 1937, un estudio de (precisamente) las manifestaciones con motivo de las segundas nupcias de una viuda o un viudo y, por ende, mostraban una tendencia natural a abonar las teorías de Lévi-Strauss en el sentido de que el charivari señala una fractura en «la continuité idéale de la chaîne des alliances matrimoniales».[1276]
En su importante estudio, Natalie Davis examinó algunos aspectos del charivari en la Francia del siglo XVI. Sus conclusiones llevan a pensar que la abrumadora mayoría de los casos entraban en las categorías 1 y 2, y que las segundas nupcias eran un blanco principal para los rituales. La ocasión más frecuente para el charivari en los pueblos (escribe)
estaba relacionada con las segundas nupcias, especialmente cuando había una gran disparidad de edades entre la novia y el novio. Entonces los jóvenes enmascarados con sus cacharros, panderetas, campanas, carracas y cuernos a veces armaban estruendo durante una semana delante de la casa de sus víctimas, hasta que se avenían a pagar una multa.
En un contexto urbano, Davis detecta un cambio; las segundas nupcias reciben menos atención, mientras que la esposa que pega al marido y el marido apalizado reciben más, «porque según la disposición de la ley divina y civil, la esposa está sometida al marido; y si los maridos toleran que sus esposas los gobiernen, lo mismo daría llevarlos a apacentar». Los adulterios, al parecer, recibían atención, y diversos faits vicieux: robos, asesinatos, matrimonios extraños, seducciones; pero pegar a la esposa apenas la recibía.[1277]
Investigaciones posteriores de Davis y otros han pulido estos puntos de vista y añadido nuevos motivos, pero no los han revisado seriamente.[1278] La labor que Martin Ingram ha efectuado sobre la cencerrada en la Inglaterra de la Edad Moderna sugiere tanto paralelos como divergencias. El papel institucional o casi institucional de los hombres jóvenes solteros, o de los «abades» de la juventud franceses, todavía no se ha probado que se encontrara en Inglaterra.[1279] Ingram ha comprobado que «las situaciones domésticas, especialmente la dominación femenina, eran los motivos más frecuentes de los charivaris en la Inglaterra de la Edad Moderna», del mismo modo que podían serlo en Lyon o en Ginebra durante el siglo XVII.[1280] Tenemos la impresión de que la cencerrada británica, a lo largo de varios siglos, tal vez era más abrasiva y retributiva que el charivari francés; aunque no es imposible que, hasta recientemente, el charivari haya sido suavizado un poco y convertido en pintoresco en la tradición folklorique francesa.[1281] Los recopiladores de los siglos XIX y XX estaban familiarizados con los grupos pintorescos que sitiaban las bodas y daban serenata a los recién casados hasta que les pagaban con dinero o con bebida para que se marchasen:
Di, pues, viejo esqueleto,
¿quieres pagarnos
el diezmo de tu boda
a los niños del barrio?
Si te rebelas te advertimos
que durante la semana
¡te daremos cencerrada![1282]
Esto se había convertido, en la expectativa, en lo que era un charivari y el ritual se teorizó de acuerdo con ello. Y el paradigma del charivari se consideraba que residía en dar serenata a las segundas nupcias de la viuda o del viudo.
Pero los datos que encontramos en Alemania, en algunas partes del centro y el este de Europa y en Norteamérica no conceden la misma prioridad a las segundas nupcias. En Baviera el punitivo Haberfeldtreiben atravesó varias fases, pero iba dirigido principalmente a quienes transgredían las normas sexuales,[1283] a la vez que las ocasiones para la Katzenmusik en la Alemania occidental parece que eran tan variadas como los motivos para skimmingtons y stangs.[1284] Las segundas nupcias raramente se mencionan entre ellas, y tampoco figuran en Rumanía, donde se encuentran otros atributos de la cencerrada: ruido, manifestaciones enmascaradas con efigies y versos obscenos.[1285] Y lo mismo ocurre en Hungría, que hasta hace poco tenía un grupo de prácticas pintorescas, y a veces vindicativas, en torno a la cencerrada (con rejas de arado atadas unas a otras y maullidos), con gente disfrazada de animal, simulacros de ceremonia nupcial, tribunales populares (como en Baviera) y sátiras.[1286] Las segundas nupcias sí aparecen como ocasión para charivaris en América del Norte, especialmente en regiones de fuerte influencia francesa, pero los datos son tan variados como los británicos.[1287]
De momento nos contentaremos con decir que la información de que disponemos es desordenada y ni siquiera nos dice si el charivari francés o la cencerrada inglesa es el mutante de algún origen europeo común; o, de hecho, si en sus sencillos componentes de ruido y burla ambos no pueden ser universales.
Las segundas nupcias de una viuda o de un viudo puede que ocasionaran cencerradas en Inglaterra, si iban acompañadas de otras circunstancias, tales como disparidad de edades o la supuesta avaricia de la joven esposa de un viejo y rico viudo. Pero los ejemplos son escasos. La cencerrada —y en especial el skimmington— fue dirigida, hasta el siglo XIX, contra los que habían transgredido las normas e imperativos de la dominación masculina (grupo 1). Un skimmington
no es más que un paseo, que se hace, desde luego,
cuando la yegua gris es el mejor caballo;
cuando por los calzones mujeres codiciosas
pelean por ampliar su vasto dominio.[1288]
O en Last instructions to a painter, de Andrew Marvell:
Castigo inventado primero para atemorizar a las esposas masculinas que infringen la ley de la naturaleza, donde, cuando la musculosa esposa desobedece y golpea al esposo hasta que este suplica paz, ningún jurado preocupado para él halla compensación, ningún juez parcial pone freno al comportamiento de ella; pero la justa calle la casa de al lado invade, montando a la pareja vecina en un jamelgo.
Golpea la rueca, vuelan los granos de la olla, y en tropel chicos y chicas pasan corriendo y gritando.[1289]
Con todo, en el siglo XVIII y, en algunas regiones, en el XIX, la humillación «patriarcal» de las mujeres díscolas sigue siendo un tema predominante; o de aquellas familias en las cuales (como dice la expresión) «la yegua gris es el mejor caballo».[1290] Cuando Henri Misson encontró en las calles de Londres una mujer que llevaba una efigie de paja coronada por un magnífico par de cuernos, «precedida por un tambor y seguida de una chusma que hacía un ruido de lo más irritante con tenazas, rejas, sartenes, etc.», le dijeron que «una mujer había dado a su marido una buena paliza por acusarla de convertirle en cornudo, y que en tales ocasiones algún amable vecino de la pobre, inocente y lastimada criatura [la pauvre calomniée] generalmente celebraba esta ceremonia».[1291] Es de suponer que se trataba de la versión atenuada del skimmington que se hacía en Londres y las burlas iban dirigidas tanto contra el marido como contra la esposa. Pero en 1838 todavía la señora Gaskell (observadora digna de confianza) escribía a Mary Howitt diciéndole que el «Riding Stang» era «una costumbre en todo Cheshire», y en su forma más antigua de dominación masculina:
Cuando alguna mujer, más especialmente una esposa, ha estado regañando, pegando o agrediendo de otra forma al otro sexo, y ello se sabe públicamente, se la obliga a cabalgar el stang. Una multitud de gente se reúne hacia la caída de la tarde después de las horas de trabajo, con un viejo, sucio y destartalado caballo. Prenden a la transgresora […] y la montan en su Rocinante […] a horcajadas de cara a la cola. Y así la pasean por la ciudad o el pueblo más cercano; ahogando sus insultos y protestas con el ruido de sartenes, etc., del mismo modo que ahuyentarías un enjambre de abejas. Y aunque he sabido de muchos casos en que se hacía esto, nunca oí decir que la mujer buscara alguna reparación, o que los vengadores se entreguen a una conducta más desordenada después de hacer que la culpable cabalgase el stang.[1292]
He puesto «patriarcal» entre comillas porque es un término que nos puede causar dificultades. Las teóricas del feminismo, que asignan un lugar central al patriarcado, raramente son historiadoras y a veces se impacientan con los reparos que ponen los historiadores. De resultas de ello, el «patriarcado» se invoca de forma indiscriminada, para referirse a todas las situaciones e instituciones de dominación masculina. Lo «malo del patriarcado» (como Sheila Rowbotham advirtió hace tiempo) no es solo que generaliza una serie muy específica de teorías e instituciones donde el monarca o el cabeza de la unidad doméstica ejercía autoridad sobre los súbditos, esposa, hijos, aprendices, criados, etc. —teorías e instituciones que en el siglo XVII eran atacadas y empezaban a descomponerse—, sino también que el término es tan poco discriminador que no ofrece el vocabulario para expresar diferencias de grado y ni siquiera de calidad en la dominación masculina. Como advirtió Rowbotham:
«Patriarcado» da a entender una estructura que es fija, en vez del caleidoscopio de formas dentro del cual las mujeres y los hombres se han encontrado mutuamente. No lleva ningún concepto de cómo las mujeres podrían actuar para transformar su situación como sexo. Ni tan solo transmite un sentido de cómo las mujeres han maniobrado resueltamente en busca de una posición mejor dentro del contexto general de subordinación.
Asimismo, «algunos aspectos de las relaciones entre hombres y mujeres es evidente que no son sencillamente opresivos, sino que incluyen varios grados de ayuda mutua. El concepto de “patriarcado” no tiene espacio para semejantes sutilezas». «“Patriarcado” sugiere una sumisión fatalista que no deja espacio para las complejidades del desafío de las mujeres»,[1293] y si esto es así —y lo es en el uso ideológico extendido del término—, no ilumina la historia de las mujeres, sino que oscurece e incluso confisca una parte de ella.
La dominación masculina no está en juego, pero puede tener lugar por medio de hermanos, vecinos, patronos, las estructuras de la ley o de la religión, tanto como por medio del cabeza de la unidad doméstica que se halla implícito en la teoría patriarcal de Filmer.[1294] Asimismo, «patriarcado» nos da un vocabulario pobre para expresar grandes modificaciones en las formas de la dominación y el control masculinos, la alienación de los sexos o (a veces) la asociación de los mismos. Ambos sexos podrían encontrarse encerrados en el correccional por una transgresión no más explícita que la de ser «personas disolutas y desordenadas».[1295] Pero en las regiones atrasadas o «tradicionales» cabría suponer que las mujeres serían «disolutas y desordenadas» si eran trabajadoras y si no tenían ninguna estructura masculina de control y protección. Estos supuestos encuentran expresión clara en un afidávit (1704) de Thomas Sexton, agricultor de Suffolk que se estaba defendiendo de una acusación de agresión que contra él había hecho Joanna Box, hilandera:
La susodicha Joanna y Mary Box son dos jovencitas lozanas y comen bien y en abundancia y no van a servir, sino que viven, con su susodicha madre, en una casita y no ocupan tierra, ni tienen ninguna finca o ganado visible que les den para vivir honradamente, excepto hilar, que es un oficio miserable ahora desde las guerras; ningún hombre ni ninguna mujer vive con ellas, excepto cuando algunos hombres de no muy buena fama frecuentan su compañía.[1296]
La madre de Joanna y de Mary estaba casada con un deshollinador, pero se habían separado. El agricultor de Suffolk suponía que podía insinuar que las mujeres sin amo como aquellas eran putas.
Esta clase de actitudes verdaderamente «patriarcales» persiste hasta bien entrado el siglo XIX (y, de hecho, incluso hasta el XX). La ducking-stool[1297] todavía se emplea contra las regañonas (casi siempre contra la lengua femenina) en el siglo XVIII,[1298] e incluso hay casos del uso del maligno scold’s bridle[1299] en los comienzos del siglo XIX. Encontramos una notable reminiscencia de esto en Wenlock, pequeña ciudad profundamente tradicional de Shropshire. Los castigos públicos —azotainas, el cepo, la scold’s bridle— se infligían en lunes, que era día de mercado:
A menudo he visto a la pobre Judy Cookson paseada por la ciudad con la scold’s bridle. Decían de ella que era la mejor injuriadora del lugar e iba e insultaba a cualquiera por tres medios peniques […], eran sus honorarios.
La bridle «castigaba a un cristiano de forma terrible», «la sangre corría por la cara de la pobre criatura» y cayeron dos dientes al quitársela:
Judy solía injuriar de un modo terrible al agente de sir Watkins, aquel al que llamaban «el Rey Collins», porque hacía lo que le daba la gana y nadie osaba decirle que no. Era un temible adefesio, la tal Judy, es verdad, pero nunca vi que la bridle le hiciese algún bien. La cabeza me da vueltas […] solo de pensar en aquellos lunes, con todos los parientes maldiciendo y llorando, los chicos riendo y bromeando y los hombres de la ley vigilando que su ley se cumpliese.[1300]
No pude abstenerme de trabajar con esta notable reminiscencia, que arroja nueva luz sobre las funciones de regañar y maldecir: un intrépido «adefesio» como Judy estaba asumiendo la función de abogada de la mayoría intimidada. De la misma fuente debo citar también otra reminiscencia que ilustra cómo los controles tradicionales de la conducta sexual podían pesar (de hecho, siempre pesaban) con la mayor fuerza sobre las mujeres. Hasta bien entrado el siglo XIX, el clero más tradicionalista infligió a los feligreses acusados de transgresiones sexuales (incluida la concepción de niños antes del matrimonio) la penitencia consistente en permanecer en la entrada de la iglesia envuelto en una sábana blanca. En Wenlock esta penitencia se infligía especialmente a las muchachas que «perdían su buen nombre». Cierto día una vecina coincidió con Betty Beaman en la bomba de agua del pueblo:
Mientras yo sostenía el cubo, ella iba bombeando. Prorrumpió en llanto porque estaba pensando, la pobre criatura, en sus días de juventud. Dijo: «Sally, no soy lo que era, y nunca volveré a serlo, antes de hacer penitencia. De eso hace muchos años, pero estar ahí de pie envuelta en la sábana blanca me quitó algo que nunca volverá. Me abandonó el espíritu, e incluso el pecado, aunque puedo comer mis vituallas sin problema, de un modo u otro es como si hubiera vivido en el polvo».[1301]
El castigo por bastardía fue siempre sexista de modo más notorio. Las madres solteras, en especial si «repetían», podían ser encerradas en un correccional durante un año, a dieta de pan y agua. Un magistrado reformador informó:
Una mujer […] encerrada […] a causa de su primer hijo un mes después de que naciera […] me preguntó de forma pertinente: «¿Por qué el hombre que la había seducido no estaba encarcelado igual que ella?». Lo único que pude responderle fue: «Porque las mujeres no eran legisladoras y los hombres eran funcionarios de la parroquia».[1302]
Me complace llamar a estos controles «patriarcales», aunque el término no es útil: estas faltas y humillaciones no eran infligidas por «patriarcas», sino por vecinos, magistrados, funcionarios de la ley de pobres, alguaciles de las fincas, clérigos oficiosos. Pero era improbable encontrar prácticas tales como la scold’s bridle, la ducking-stool y la penitencia utilizadas todavía en Mánchester, Leeds o Gloucester en el siglo XVIII.[1303] Y esto puede revestir verdadera importancia para interpretar el significado de la cencerrada y de los skimmingtons. En un importante ensayo, David Underdown ha llamado la atención sobre un sentido general de inseguridad en las relaciones entre los sexos de 1560 a 1660, inseguridad que se expresaba mediante las acusaciones de brujería, el castigo más vigoroso de la arpía y la elaboración y la puesta en práctica de formas de cencerrada.[1304] Y ha señalado que estos fenómenos se encuentran en el oeste de Inglaterra, no tanto en los pueblos dedicados a la agricultura como en los distritos de bosques y pastos, es decir, las regiones donde tenían sus bases las industrias láctea y pañera. Ambas industrias proporcionaban puestos de trabajo y (con el negocio de lechería) cometidos de responsabilidad para las mujeres, y Underdown sugiere que el hostigamiento de las «mujeres arriba» (avergonzándolas por medio de rituales tanto oficiales —la ducking-stool y la scold’s bridle— como extraoficiales —los skimmingtons—) no tiene por qué imputarse sencillamente al «tradicionalismo» del West Country, sino que, en vez de ello, puede ser la expresión de la creciente inseguridad masculina al ver que, de hecho, las mujeres se estaban volviendo más independientes y agresivas.[1305] Cabe que esto se encontrara, precisamente, en las «comunidades más sujetas a los efectos desestabilizadores del cambio económico».[1306] Y cuando llegamos a las postrimerías del siglo XVII y al siglo XVIII también debemos tener en cuenta el supuesto movimiento hacia unas relaciones más igualitarias entre los sexos en las regiones protoindustriales (una de las cuales era la industria lanera del West Country). Ya hemos comentado esto en relación con el papel de las mujeres en los motines de subsistencias (pp. 432-435). No cabe duda de que necesitamos una palabra más flexible que «patriarcado» para explorar las contradicciones y analizar las fluctuaciones y las modificaciones en las relaciones entre los sexos en ocupaciones y comunidades en proceso de cambio. La cencerrada contra los hombres que pegaban a la esposa servía para hacer cumplir normas y valores diferentes de los que hacían cumplir los skimmingtons contra las mujeres que «llevaban los calzones». Si tratamos de colocar ambos en las categorías del patriarcado, todavía nos queda todo por explicar.
Podrían darse muchos ejemplos de cencerradas ocasionadas por transgresiones pertenecientes a los grupos 2 y 3. Hay constancia de sátiras contra los matrimonios mal avenidos. El matrimonio de un setentón con una muchacha de dieciocho años ocasionó en Charing Cross, Londres, en 1737 «un gran Hudibrastic Skymmington, compuesto por los silleteros y otros de esa clase».[1307] Todavía hay constancia de vez en cuando, en el siglo XIX, de cencerradas contra arpías además de contra mujeres que pegaban al marido.[1308] Y continúa habiéndolas contra adúlteros y adúlteras, seductores de mujeres jóvenes y otras clases de transgresores sexuales (normalmente sin nombrarlos).[1309] Cencerradas irónicas acogen el regreso de parejas fugitivas o de matrimonios que se unen de nuevo después de separarse; y la venta de esposas, cuando de algún modo ofende la opinión del vecindario, puede terminar en quema de efigies y cencerrada (pp. 584-585).[1310] Hay, sin embargo, un cambio significativo en las ocasiones durante los primeros años del siglo XIX: la rápida subida hacia una posición predominante por parte de los transgresores pertenecientes al grupo 4, es decir, los hombres que pegaban a la esposa. Si en otras partes de Europa se produjo una ascensión parecida, todavía no hay constancia de ella.
Tan grande fue este cambio que la mayoría de los colaboradores de Notes and Queries de la década de 1850 y de los comentaristas y preparadores de ediciones de recopilaciones de folclore regional y glosarios de dialectos de los mismos años suponen que la prevención de la costumbre de pegar a la esposa es la principal función de la cencerrada. Hay datos en abundancia que nos aseguran que esto no fue un invento de los folcloristas; y algunas de sus crónicas hacen pensar que sus observaciones son fieles a la verdad. En un pueblo de Surrey o Sussex (¿década de 1840?):
En cuanto oscureció, se formó una procesión. Primero iban dos hombres con enormes cuernos de vaca; luego otro con una olla grande y vieja, para pescado, colgada del cuello […]. Luego iba el orador del grupo y después una abigarrada concurrencia con campanillas de mano, gongs, cuernos de vaca, silbatos, ollas de hojalata, carracas, huesos, sartenes […]. A una señal dada se detuvieron y el orador empezó a recitar un montón de versos ramplones […], empezando:
Hay un hombre en este lugar
¡que ha pegado a su esposa! [forte: pausa]
¡Ha pegado a su esposa! [fortissimo]
Es una gran vergüenza y una desgracia
para todos los que viven en este lugar,
¡por mi vida que lo es![1311]
La tosca banda empezó entonces a tocar todos los instrumentos, acompañada de aullidos y gritos. «Se encendió luego una hoguera, alrededor de la cual bailó todo el grupo como si estuviera loco». El ruido se oía desde tres kilómetros. Al cabo de media hora se impuso silencio y el orador avanzó una vez más hacia la casa y expresó la esperanza de que no tendría que volver y recomendó encarecidamente al esposo una reforma moral.[1312]
Las noticias de la prensa o los documentos jurídicos nos permiten examinar los incidentes de esta clase con un poco más de detalle. En una cencerrada importante que hubo en Waddesdon (Buckinghamshire) en 1878, cuando más de doscientos hombres, mujeres y niños dieron una serenata a un tal Joseph Fowler, por lo menos en dos ocasiones, Fowles explicó (en la sala del tribunal) que «la causa del barullo era que tenía un hijo ilegítimo, y no pensaba que fuera bien tratado y, en consecuencia, dio a su esposa tres zurriagazos».[1313] Conviene señalar que esto no sugiere solo un acontecimiento (la paliza propinada a la esposa), sino un acontecimiento con historia, una historia que la comunidad conocía bien. Al parecer, la víctima (Fowler) era un hombre que había maltratado a su esposa de más de una manera, y a lo largo de un periodo; aunque ella había aceptado a su hijo ilegítimo en el hogar, el hombre continuaba maltratándola.
En un caso ocurrido en Berkshire en 1839 tenemos bastantes más detalles. La historia inmediata del acontecimiento es la siguiente: la víctima, William Goble, era un pequeño agricultor que ocupaba un cottage y unos cuantos acres; era arrendatario del señor John Walter, pero su granja se hallaba en medio de la finca de un terrateniente vecino, el señor Simmonds. El sábado 17 de agosto él y su esposa tuvieron una pelea que «terminó a golpes». El lunes, día 19, la señora Goble se sintió «muy mal» y llamaron a un cirujano de Wokingham. Aquella noche hubo la primera cencerrada, con dieciséis o dieciocho hombres y muchachos con banderas, cuernos, etc., desfilando por delante de su casa. La música se repitió, esta vez por parte de grupos más numerosos, en no menos de ocho ocasiones. En la sexta ocasión, el hijo del señor Walter (esto es, el hijo del terrateniente), su jardinero y varios sirvientes más acudieron en ayuda de Goble y se produjo una riña que dio origen a un pleito.
En la mayoría de sus aspectos el incidente parece una cencerrada característica. Entre los adultos que participaron con más frecuencia en ella, había ocho peones, dos carpinteros, un aserrador, un herrero, un zapatero, un ladrillero, así como el caballerizo, el cochero, el guarda de coto y el molinero del señor Simmonds. El elemento insólito del caso es la participación en el asunto de las casas de dos terratenientes rivales; y en el pleito subsiguiente pareció verosímil la sospecha de que el señor Simmonds ayudara y fomentara la cencerrada (que se prolongó a lo largo de un desacostumbrado número de días) con la esperanza de expulsar a Goble (cuyas tierras penetraban de forma inconveniente en su finca) de la tierra que tenía arrendada. Y debajo de la rivalidad de los dos gentlemen encontramos otro estrato de rivalidad, esta entre las casas y los jóvenes afectos a la finca de Walter (Bearwood) y a la de Simmonds (Aborfield). En el transcurso del conflicto, el jardinero de Bearwood (que formaba parte del grupo que acudió a ayudar a Goble) recibió una carta anónima en la que se acusaba a los hombres de Bearwood de ser unos «parásitos» y comparaba al mayordomo de Bearwood con «un herrerillo sobre una tajada de buey».
La carta concluía diciendo: «Si yo fuera su esposa, no tendría usted ni un poquito de azúcar en su té, yo pondría un trozo de mierda en él para ver si lo endulzaba».[1314]
Un caso insatisfactorio; pero si supiéramos más de cualquier caso, podría resultar igualmente insatisfactorio. Pone de relieve que el contexto es generalmente más denso y más complejo de lo que parece a simple vista. Golpear a la esposa es una explicación simple: pero en cualquier comunidad tanto la esposa como el marido, así como su historia conyugal, son conocidos de los vecinos; y hasta el más «doméstico» de los incidentes tiene lugar dentro del contexto de otras tensiones y lealtades. Así, en este caso parece que tenemos un episodio conyugal que provoca la respuesta tradicional entre algunos y sirve de pretexto para otros. La víctima es, en cierto sentido, un «forastero» junto a un límite: sus tierras se hallan dentro de otra finca. Y su transgresión da origen a una rivalidad entre dos miembros de la gentry que son vecinos, y también entre las casas y la juventud de dos comunidades rurales adyacentes.
Con un tercer ejemplo habrá suficiente: de Cambridgeshire en 1904. En este caso la cencerrada iba dirigida contra un hombre con el que una muchacha del pueblo se había casado cuando servía en Londres:
El matrimonio no había salido bien, de manera que la muchacha había vuelto a su casa, donde su esposo, que era muy bebedor, la localizó al cabo de un tiempo. Empezaron a correr rumores de que el hombre estaba maltratando a su esposa, que a menudo aparecía en el pueblo con un ojo amoratado o un corte en la cara. Luego, una noche de invierno, el hombre llegó borracho a casa, sacó a la mujer de la cama y la expulsó de casa.
Dos vecinos acudieron a ayudarla, dieron una paliza al marido y lo ataron con soga. Durante un tiempo después de ello el hombre estuvo tranquilo. Luego empezó a beber otra vez, así como a maltratar a su esposa. Finalmente tuvo lugar la cencerrada: dos horas de ruido hecho con ollas y sartenes, con gritos de «¡Lárgate! ¡Lárgate!». Al día siguiente el marido se fue a Londres.[1315] Una vez más, el incidente pone de relieve que no nos encontramos ante un episodio aislado, sino ante un acontecimiento cuya historia era muy conocida; y, una vez más, tenemos el elemento consistente en que una comunidad local se cierra contra un «forastero».
Descifrar el significado de estas cencerradas no es tan sencillo como puede parecer al principio. Incluso el clásico charivari contra las segundas nupcias continúa inspirando explicaciones contradictorias (pero convincentes). La diversidad de las formas y las ocasiones de las cencerradas debe impedir todo intento de proponer una función determinada como la función por antonomasia del skimmington o el stang. Como he sugerido, estas formas eran parte del vocabulario simbólico de la época y podían expresarse por medio de frases con significados diferentes. Pero no era sencillamente un vocabulario cualquiera, porque cada símbolo evocaba un significado por derecho propio: el hombre sentado en silencio con una rueca en las manos y el que pega a un hombre vestido de mujer; el simbolismo de las efigies y los patíbulos; las metáforas de la cacería. Si tenemos razón al resistirnos a un análisis estructuralista en el que los constituyentes míticos de los cuales puede que se derivara el charivari adquieren ascendiente sobre el proceso social y lo sustituyen por lógica formal, también debemos guardarnos de desintegrar las propiedades míticas en un empirismo plástico de un caso después de otro, definidos solamente por sus funciones manifiestas. Entre el mito, por un lado, y la función, por el otro, hay —según nos ha recordado Carlo Ginzburg— la mediación de los ritos ensayados y transmitidos.[1316] Cabe que quienes ejecutan estos ritos hayan olvidado hace tiempo sus orígenes míticos. Sin embargo, los ritos mismos evocan poderosamente significados míticos, aunque solo sea de modo fragmentario y solo se comprendan conscientemente a medias. La cencerrada es un vocabulario que roza el carnaval por un extremo y el patíbulo por el otro; que tiene que ver con el cruce de fronteras prohibidas o la mezcla de categorías extrañas; que trafica con el travestismo y la inversión; cuyas fulgurantes hogueras pueden recordar a los herejes o incluso al infierno, cuyo cornudo señor hace pensar en el cornudo que es objeto de mofa. Con todo, en los primeros años del presente siglo un chico (al que más adelante conocí, cuando ya se había transformado en un hombre vigoroso) fue testigo de una cencerrada en el industrial Yorkshire y dijo que fue «como alguna magia diabólica». (Véase la p. 680).
Pero este vocabulario no volvían a representarlo involuntariamente patanes de pueblo como si fueran sonámbulos en posesión de una «memoria popular». Si siempre hemos de rechazar los significados que los participantes en un acontecimiento dan al mismo y, en su lugar, buscar un significado ulterior que esté más en consonancia con la estructura del mito, entonces esto es disminuir la racionalidad y la estatura de los actores y subvalorar la conciencia que de sí mismos tienen los analfabetos. Puede que no hubieran leído Mythologiques, pero tenían sus propias ideas sobre por qué salían a la calle.
Esta «gente» no era perfecta ni bonita ni estaba totalmente desprovista de normas. Empleaba de modo selectivo el vocabulario heredado, por sus propias razones. La importancia de la cencerrada para el historiador puede residir no en una sola función o grupo de funciones, sino en el hecho de que los episodios son —con solo que podamos meternos dentro de los motivos de los actores— un indicador sumamente sensible del cambio de los conceptos de las normas sexuales o los papeles conyugales. También es prueba de las maneras en que hasta la más privada o «personal» de las relaciones se ve condicionada por normas y papeles que impone la sociedad en la cual la pareja actúa, se pelea o ama. La sociedad es la anfitriona, pero la pareja es rehén de su opinión. La esposa que es víctima de palizas, o cuyo marido es infiel, es quizá también hija, sobrina, hermana, prima de otros miembros de la comunidad. La esposa que regaña y humilla a su marido, que toma en sus manos los asuntos financieros y del negocio de su marido, amenaza con su ejemplo no censurado el equilibrio conyugal de sus vecinos. Un participante en una cencerrada habida en Suffolk en 1604, dirigida contra una mujer que había pegado a su esposo, explicó que el objeto de la cencerrada era «no solo avergonzar a la mujer que había faltado […], sino también que su vergüenza advirtiese a otras mujeres que [no] faltasen de forma parecida».[1317] Puede que los ritos sean menos interesantes por sí mismos que como herramientas para abrir los secretos del código moral de una comunidad. Porque la cencerrada vigorosa puede mostrarnos la frontera entre lo tolerado y lo intolerable.
En el siglo XIX los hombres que pegaban a su esposa pasaron a ser el blanco principal de las cencerradas en Gran Bretaña y es posible que ello indicara que se habían producido cambios profundos en las relaciones entre los sexos. Sugiere, con la correspondiente desaparición gradual de los skimmingtons, cierta descomposición del antiguo marco «patriarcal». Y si bien las cencerradas generalmente iban encabezadas por hombres o jóvenes,[1318] a los que seguían niños (a menudo de uno y otro sexo), hay algunos indicios que llevan a pensar que a veces las mujeres encabezaban dichos actos o los aprovechaban para sus propios fines.[1319]
En Glamorgan, a comienzos del siglo XIX, las mujeres de una comunidad se negaron a apoyar una cencerrada contra una pareja en la cual la mujer había pegado a su esposo. Se quedaron en casa y «se mofaron [de los hombres] a través de las ventanas», mientras algunas «se reunían para escarnecer» en la casa de las víctimas y «armaban gran estruendo con sus abucheos y chillidos» para ahogar el sonido de la banda de la cencerrada.[1320] Cabe preguntarse si otras comunidades presenciaron un cambio semejante. En una variante (¿recordada a medias?) de la stang nominy registrada en Lincolnshire, se incita a las mujeres a ocuparse de la que pega a su esposo como a ellas mejor les parezca:
¡Ran, tan, tan!
La señal de la vieja olla y la vieja sartén de hojalata.
El viejo Abram Higback ha estado pegando a su buena mujer;
pero no le pegó ni para qué ni por qué,
sino que alzó el puño y le dejó un ojo amoratado.
Ahora todas vosotras, viejas, y todo el mujerío,
juntaos y mostraos decididas;
agarradle y llevadle al cagatorio,
y echadle de cabeza.
Ahora bien, si eso no le hace corregirse,
la piel de su culo irá a los curtidores;
y si eso no le hace corregirse,
tomadle y colgadle de un clavo en el infierno.
Y si el clavo se rompe,
abajo las faldas y a mear sobre él.[1321]
En estos versos encantadores podemos ver la prueba del refinamiento y la «modernización».
Así que es posible que las cencerradas contra los hombres que pegaban a su esposa indiquen alguna «reforma» de las costumbres populares o una mejora de la posición de las esposas. Pero no puedo compartir la confianza de Edward Shorter, que, citando mi propio artículo anterior, arguyó que los datos confirman «la temprana modernización de las relaciones domésticas en Inglaterra»:
Al difundirse las relaciones igualitarias entre marido y mujer, la comunidad empezó a considerar que eran intolerables vestigios de la anterior autoridad patriarcal tales como el derecho a pegar a la esposa; y así pasó a reprender a los que pegaban a su mujer.[1322]
No conozco pruebas concluyentes de que las «relaciones igualitarias» entre marido y mujer se estuvieran difundiendo en Inglaterra en 1850. Algunos historiadores han señalado un descenso del respeto que se tributaba a las mujeres durante la Revolución Industrial. Repetiré mi anterior advertencia: el incremento de las cencerradas contra los que pegaban a la esposa podría interpretarse con igual razón como indicio de la creciente brutalidad con que eran tratadas algunas mujeres o de la pérdida de otras defensas «tradicionales» en esta situación. Ni siquiera está claro que la «autoridad patriarcal» de la tradición antigua incluyese la aprobación de los maridos que «pegaban a la esposa», pues, en un código masculino del honor y la vergüenza, un código más antiguo, las mujeres podían encontrar refugio de la violencia masculina en la idea de que tales agresiones eran «poco varoniles». En la mayoría de las sociedades tradicionales, la defensa de la esposa maltratada es responsabilidad de sus parientes masculinos, y en primer lugar, de sus hermanos. Esta defensa podía complementarla la intervención del sacerdote. En Inglaterra, entre 1800 y 1850, puede que actuasen varios factores que provocaran un nuevo tipo de crisis. Cabe que la movilidad geográfica apartase a más esposas de la protección de sus parientes. Los clérigos ingleses no ejercían como confesores y su papel pastoral era bastante reducido: no solían visitar el domicilio de los trabajadores. La ley proporcionaba poca protección a la esposa que era tratada con brutalidad. ¿Es posible que hubiera ejemplos más frecuentes de la ruptura de las restricciones de la violencia conyugal masculina, restricciones que en la comunidad antigua habrían sido sostenidas por la opinión del vecindario o los parientes? En tales circunstancias puede que la comunidad encontrase aplicaciones nuevas para las antiguas formas de la cencerrada.