Costumbres en común

Costumbres en común


Introducción de Julio Martínez-Cava

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En cualquier caso, la cencerrada no era automática y no siempre se aplicaba a una transgresión. No tenemos una «sociedad preindustrial» en la cual «las normas de la comunidad se imponían a sí mismas con acerada fuerza», como si se representara una programación cultural heredada, hasta que la «modernización» trajo ilustración.[1323] No todos los hombres que pegaban a su esposa eran objeto de cencerradas o quemados en efigie, y en ciertos casos es posible que la cencerrada fuera una excusa para «un poco de diversión inocente» o un pretexto para «saciar […] la malevolencia personal o la venganza» nacida de una historia de conflictos:

Quizá algunos acaricien la idea de que están ayudando a los débiles e indefensos […] [pero] con demasiada frecuencia sucede que se prestan inconscientemente a ser instrumentos para satisfacer resentimientos privados.[1324]

Ocurre lo mismo cuando transgresores sexuales son el blanco. Porque se dieran cencerradas a ciertos adúlteros, no puede darse por sentado que estamos observando una comunidad de puritanos paganos para los cuales la fidelidad conyugal era un imperativo. Desde luego, los rituales ponen de relieve que la gente trabajadora no vivía en promiscuidad fortuita y no estructurada. Incluso donde no se hacía caso a los ritos matrimoniales de la Iglesia, o donde había mucha tolerancia ante las relaciones prematrimoniales, la sociedad mantenía normas distintas de comportamiento sexual.

Estas normas, sin embargo, no deben presentarse como absolutas. Al contrario, sospecho que cada ocasión en que adúlteros o transgresores parecidos eran sometidos a cencerradas tenían una historia conocida; que si dispusiéramos de más datos, veríamos agravantes particulares de una falta que, en otros casos, podría pasar desapercibida… o percibida solo por las habladurías. No era forzosamente el adulterio como tal lo que acarreaba la deshonra pública, sino la forma de «comportarse» determinados adúlteros (que tal vez ya eran impopulares por otras razones).

Donde el adulterio era el blanco evidente, es posible que la comunidad se enfureciese hasta tal punto no a causa del hecho en sí, sino del «descaro» con que se cometía y que podía amenazar a la institución matrimonial misma, como ocurría cuando una persona casada se fugaba con otra también casada[1325] o cuando dos parejas (o dos cónyuges) trataban de cambiar de cónyuge y seguir viviendo en la misma comunidad pequeña,[1326] o un ménage à trois.[1327] En el pueblo de «Lark Rise», los hijos ilegítimos eran aceptados, pero el adulterio entre la esposa de un trabajador y un huésped, en la casa del propio trabajador, provocó una cencerrada que expulsó a los tres de la parroquia.[1328]

Los ritos de la cencerrada formaban parte de los recursos de lo que actualmente es obligatorio denominar «el discurso» de una sociedad. Se empleaban con inteligencia e ingenio a veces, y en otras ocasiones con prejuicio (contra los innovadores, los «desviados», los forasteros) y rencor.[1329] Los ritos son como un teclado que puede tocarse ligeramente, satíricamente o golpearse con brutalidad. La cencerrada puede emplearse en conflictos entre facciones en una comunidad. No hay nada automático en el proceso y mucho depende del equilibrio de fuerzas que exista en el seno de una comunidad, las redes familiares, las historias personales, el ingenio o la estupidez de los líderes naturales.

El factor decisivo puede ser que los transgresores ya sean impopulares por otros motivos. En Somerset me hablaron de un hombre que había sido objeto de una cencerrada porque le habían descubierto manteniendo como amante secreta a una mujer muy joven (a la que había conocido en una feria). Pero esto no demostraba que todas las relaciones de ese tipo, en su pueblo industrial, dieran origen a cencerradas. Porque este hombre era impopular por otras razones: vivía en un cottage aislado, además de ser un metodista y abstemio que se ganaba la vida repartiendo sidra en las tabernas. Era considerado un forastero y un hipócrita muy dado a censurar la conducta ajena. Sin duda, la cencerrada se planeó en la taberna del pueblo, cuyos clientes disfrutaron divulgando el escándalo de su adversario abstemio.[1330]

Por ende, la compilación de los motivos para la cencerrada no es suficiente. Necesitamos, más todavía, una historia interior detallada de incluso unos pocos incidentes determinados, así como la recuperación de sus contextos. Por esto el notable estudio de David Rollison dedicado a un groaning en Westonbirt, un pueblo de Gloucestershire, en 1716 es tan importante: porque nos ayuda a comprender mejor el asunto.[1331] Este groaning fue un ejemplo de teatro callejero, al cual fueron todos invitados, en el que se hacía mofa de un importante agricultor y alguacil acusado de sodomía. Se emplearon elementos del vocabulario de la cencerrada: travestismo, blasfemias, obscenidades y drama. Pero no prueba que a todos los homosexuales les dieran cencerrada. Al recuperar el episodio, Rollison ha contado con la ayuda de un archivo insólitamente rico de cartas cruzadas entre el pueblo y su terrateniente absentista (pero vigilante), que se sentía escandalizado y pensaba que el insulto dedicado a su alguacil era una burla contra el buen orden y la religión oficial. El episodio nació de una historia y el supuesto transgresor era decisivamente impopular por otros motivos. El groaning adquiere más significado y ve enriquecida su complejidad cuando se sitúa en este contexto, y al mismo tiempo inunda este contexto con su luz excéntrica y misteriosa. Es un estudio ejemplar que puede colocarse al lado del skimmington que se describe en The mayor of Casterbridge, de Hardy, el cual también adquiere su significado en un contexto y de una historia.

III

Plásticas en contextos «domésticos», las formas podían adaptarse también a las «ocasiones públicas», y quizá siempre habían sido adaptadas a ellas: uno de los líderes del «levantamiento del Oeste» en 1628-1631 se supone que usaba el nombre de «Lady Skimmington».[1332] Las cencerradas se aplicaban con multitud de fines. Al parecer, los pequeños robos en casa de los vecinos eran una ocasión. En 1691, en un pueblo de Warwickshire, dos transgresores fueron objeto de una cencerrada por parte del herrero (disfrazado de vieja) y de un agricultor (que llevaba cuernos de gamo) a la cabeza de otras cien personas que «tumultuosa y ruidosamente condujeron un baile hacia delante y hacia atrás de un extremo a otro del pueblo […] por espacio de tres horas», gritando a coro delante de la casa de las víctimas: «Paga la madera que robaste, so bribón, perro cornudo»; y «Paga las gallinas y los patos, so puta».[1333] Pero podía utilizarse igualmente en una dirección del todo distinta, «para expresar la desaprobación de una decisión de los magistrados»,[1334] o de un procesamiento oficioso o severo. El acusador de un chico (que había estado robando huevos) en Iver (Buckinghamshire) en 1878 acarreó una cencerrada sobre su cabeza: su efigie fue quemada con acompañamiento de gritos de «Cuac, cuac».[1335] Más seria y sostenida fue la que se registró en Ampthill (Bedfordshire) en 1817, a raíz de la condena y ejecución de un hombre de la localidad por violación. Hasta doscientas personas se reunieron en noches sucesivas ante la casa de la acusadora, exhibiendo efigies obscenas de ella misma y de su padre y su madre, apedreando la casa y «azuzando y acusando a la familia de haber colgado al hombre». Los alborotos no cesaron hasta que cuatro de los actuantes fueron encarcelados.[1336]

Las cencerradas también se empleaban contra funcionarios impopulares. En 1797 un fabricante de velas de sebo, un yeoman y cinco trabajadores fueron acusados de haber tomado parte en una cencerrada en Belchamp Saint Paul’s (Essex); habían montado en un asno la efigie de un recaudador de impuestos que residía en el pueblo y la habían paseado por delante de su casa, habían disparado contra esta y quemado la efigie atada a un poste en el prado… en tres ocasiones.[1337] Pueden encontrarse ejemplos de cencerradas contra la policía;[1338] contra los delatores;[1339] contra los ladrones de cadáveres;[1340] contra reclutadores forzosos de soldados y marineros; contra predicadores impopulares[1341] y mormones;[1342] contra el despido injusto de un sirviente, el desahucio de un cottage vinculado, y contra guardas de coto. En un caso, del que se dio cumplida noticia, acaecido en Chilton (Buckinghamshire) en 1878, una multitud de unos veinte o treinta hombres y chicos dieron cencerrada (por tercera vez) al señor Augustus Campbell de Chilton House, su guarda de coto y su cochero. Está claro que la gente del pueblo creía que el guarda de coto, siguiendo órdenes de Campbell, disparaba contra sus perros o los envenenaba si se metían en la finca. La cencerrada la había organizado en esta ocasión un agricultor cuya tierra era colindante con la de Campbell y dos de cuyos perritos se habían visto envueltos en un incidente el día antes. Pero es posible que el terrateniente y sus sirvientes fueran impopulares por otras causas. Campbell había llegado de Berkshire y la multitud cantó ante su puerta: «El más mezquino, el más despreciable, el más bajo de los hombres que hayan estado en Berkshire». Delante de la casa del cochero gritó: «¿Quién robó los perros?» y «¡Mirlo!». Delante de la del guarda de coto gritó: «¡Vete a casa, guarda gitano!» y «¡Rey de los gitanos!».[1343]

Con todo, en el siglo XIX las cencerradas y las formas de burla las empleaban a veces personas importantes contra otras de su misma condición, utilizando a veces a personas más humildes para que llevasen a cabo la cencerrada propiamente dicha mientras ellas se escondían detrás. En 1805 un carretero de Tewkesbury fue empleado para que llevase ciertas efigies ridículas en una «procesión» por la ciudad en carro; dijo que no se había dado cuenta de que las figuras representaban a los inspectores de impuestos.[1344] En la década de 1790 se suscitó una larga y encarnizada disputa entre dos terratenientes vecinos cerca de Handsworth (Staffordshire). Las hostilidades, que tenían que ver con disputas sobre la caza, pero que abarcaban otra docena de asuntos, también involucraron al cuñado de uno de los terratenientes, el reverendo Thomas Lane, rector de Handsworth. Está claro que era impopular, pues había tenido que ver con el derribo de cottages y el cierre de cervecerías. Su adversario le hizo sufrir el vocabulario de la cencerrada y persuadió a sus propios arrendatarios de Handsworth a que exhibieran efigies y prospectos ofensivos. (Véase la lámina V).[1345] Pero la participación de la gentry empezaba a ser poco común y la cencerrada se consideraba como algo plebeyo y, por ello, potencialmente subversivo.

En Woking, la cencerrada se usó para defender derechos comunes y se empleó contra los que apacentaban demasiados animales en el terreno comunal o cortaban un exceso de hierba y leña.[1346] Y si hemos de suponer que la quema de efigies pertenece a la misma familia que los rituales (y la mayoría de las veces iban acompañadas de música estridente y procesiones), la lista podría extenderse indefinidamente: contra un recaudador de diezmos de los arenques, contra un terrateniente empeñado en extender sus derechos de pesca, contra el cercamiento de tierras y contra cualquier persona que obrase sin hacer caso de las costumbres locales. El párroco Woodforde deja constancia de una disputa entre el juez Creed y sus fabriqueros acerca de la galería de la iglesia, que el juez quería derribar y los cantores querían conservar. La disputa originó una bronca en el templo y de allí pasó a los tribunales, y la efigie del magistrado

fue paseada por las calles de Castle Cary […] en la máquina y luego llevada al parque y quemada en una hoguera directamente delante de la casa del juez […]. Toda la parroquia está contra el juez.[1347]

Cualquier historiador con libretas llenas podría compilar su propia lista. La cencerrada se adaptaba comúnmente al conflicto industrial. El coul-staffing (o cowl-staffing) que los esquiroles sufrían a manos de los tejedores del Black Country consistía en llevarles en una pértiga hasta un estanque,[1348] del mismo modo que el stang lo usaban de igual manera los poceros y los marineros en el noreste. Su uso estaba especialmente extendido en el oeste, la región que era el núcleo del skimmington, y el vocabulario ritual también se empleaba en las acciones dirigidas contra las workhouses y las barreras de portazgo.[1349] En Londres se utilizaba a veces una carretilla de mano en lugar de un stang: así se hizo en 1696 contra un oficial sombrerero que trabajaba por un sueldo inferior al debido.[1350] Los tintoreros de sombreros de Southwark en 1770

prendieron a uno de sus oficiales hermanos y le acusaron de trabajar horas extraordinarias sin percibir por ello más dinero y de aceptar un precio inferior. Le obligaron a montar en un asno y cabalgar por todas las partes del barrio donde había sombrereros empleados […], ante él llevaban un cartel en una pértiga que indicaba su falta; y varios muchachos le acompañaban con palas, dándole la cencerrada. En todos los talleres por los que pasaron obligaron a los hombres a declararse en huelga para que les subieran el salario.[1351]

Un caso parecido de donkeying o «paseo en burro» tuvo lugar en Coventry en 1818, durante una huelga de tejedores de cintas, pero en esta ocasión la víctima a la que se hizo desfilar fue un fabricante de cintas, hombre de edad avanzada.[1352] En varias ocasiones se emplearon cencerradas en Londres —especialmente en la parte más próxima a Kent— hasta finales del siglo XIX. En 1870 se empleó en Woolwich con gran ceremonia contra un barquero declarado culpable de transportar más pasajeros de los que le permitía su licencia; en este caso otros barqueros pasearon su efigie acompañados de una cencerrada; luego la colocaron en una barca, la hicieron flotar en el Támesis, dispararon contra ella y finalmente la quemaron.[1353]

Podrían citarse muchos más ejemplos. Eran algo normal en los conflictos industriales, o al menos lo fueron hasta principios del siglo XIX, y las cencerradas contra los esquiroles continuarían hasta bien entrado el siglo XX. Pero, al parecer, hubo solamente una ocasión en Gran Bretaña en la cual formas rituales estuvieron profundamente mezcladas con actividades de masas. Ocurre en los comienzos del siglo XIX en el país de Gales y está asociada con el ceffyl pren.

La forma de este ritual se correspondía mucho con la del riding the stang:

Una figura de caballo es conducida de noche en medio de una chusma con la cara ennegrecida y antorchas en las manos, hasta la puerta de cualquier persona cuya conducta doméstica pueda haberla expuesto a la censura de sus vecinos, o que pueda haberse hecho impopular delatando a otra, y contribuyendo a hacer cumplir la ley. Sobre el caballo monta alguien que, al detenerse la procesión enfrente de la residencia, […] dirige la palabra a la chusma para hablarle del motivo por el que se hallan reunidos.

Cuando la exhibición iba dirigida contra transgresores «domésticos» la acompañaba «la mayor indecencia». En las décadas de 1820 y 1830 en partes del sur del país de Gales el ceffyl pren se usaba de forma creciente contra transgresores «públicos»; en agravios agrarios, contra los fiscales en casos de pequeño robo, contra funcionarios municipales impopulares, etc. Las autoridades contemplaban con inquietud el traslado del ritual del dominio privado al público:

El derecho que de esta forma se arroga de juzgar […] la conducta doméstica de otro hombre es ciertamente característico de un estado tosco de la sociedad; cuando las mismas medidas se aplican a […] impedir el funcionamiento de las leyes del país, su importancia se vuelve mucho más seria. El principio es perfectamente irlandés y […] contiene el germen de la resistencia al orden jurídico.[1354]

Esta última observación se vio corroborada por el uso del ceffyl pren en los «motines de Rebecca» contra los peajes en el sur del país de Gales en la década de 1840. Los disturbios llamados del «ganado escocés» en las regiones mineras a principios de la década de 1820 (principalmente en Monmouthshire) ya habían mostrado elementos rituales: hombres vestidos de mujer con la cara ennegrecida; disfraces de animales con cuernos, pieles y máscaras; soplar cuernos, mugir, hacer sonar cadenas y disparar armas de fuego delante de los domicilios de esquiroles o soplones.[1355]

En la década de 1830 y hasta bien entrada la de 1840 las prácticas del ceffyl pren se extendieron por todo Carmarthenshire, hasta que las «leyes del país» cedieron ante la ley de Rebecca, la mítica líder (además del seudónimo) de los rebeldes agrarios.[1356] En el apogeo de los disturbios, Rebecca extendió su autoridad simultáneamente sobre los reinos privado y público. Sus seguidores entregaban niños en las puertas de sus padres putativos, amenazaban a los hombres jóvenes que se negaban a casarse con las muchachas a las que habían «traicionado», advertían a los maridos que dejasen de pegar a sus esposas y reconciliaron por la fuerza al atónito párroco de Bangor Teify con su esposa, de la que estaba separado, al mismo tiempo que proseguían la campaña contra las barreras de portazgo, daban expresión clara a los agravios de la gente del campo e intimidaban a los que declaraban contra su gobierno.

Algunas de sus acciones fueron curiosas, pero también profundamente reveladoras. Unos tres años antes, un joven trabajador, al volver «retozando de ebriedad» de una boda, se había tropezado con una terrateniente soltera en el camino y la había besado. Por esta falta —que atentaba contra la condición social mucho más que contra el honor— le habían impuesto una multa de veinte chelines. Ahora los seguidores de Rebecca exigían la devolución de la multa; al negárseles el dinero, causaron daños en las plantaciones tanto del magistrado que impusiera la multa como de la dama ofendida. Otro gentleman local comentó:

Esto demuestra que el público tiene conceptos pervertidos de la justicia, lo cual, desde el punto de vista político, es mucho más difícil de resolver que las simples correrías de unos bandidos.

Demuestra, añadiría yo, el combustible que alimentaba los agravios populares y el tiempo que los rescoldos podían arder. Demuestra también que durante unos breves meses hasta los más pobres y despreciados habitantes de Carmarthenshire tuvieron un atisbo de justicia ideal y verdaderamente popular. Dos semanas después el mismo gentleman escribió que «una pobre muchacha idiota» había llamado a su puerta pidiendo limosna. Al negársela él y decirle que acudiera a los odiados funcionarios de la ley de pobres, «dijo tranquilamente que se lo diría a Becca»:

Le dije que si no se portaba bien y continuaba usando aquella amenaza la enviarían a la cárcel… Su única respuesta fue murmurar (en galés): «Se lo diré a Becca».[1357]

Al final, Rebecca cedió su autoridad temporal, pero es indudable que su dictadura espiritual duró mucho más tiempo y de formas que solo podrá descubrir un historiador que hable galés. Todavía en 1898 un informe de Llanbister, en Radnorshire, describe el descenso de una banda de Rebecca, con las caras ennegrecidas, sobre las casas (separadas) de un hombre y una mujer que habían cometido alguna «infracción de las leyes de la moral». Ambos, semidesnudos (era el mes de enero), fueron obligados a andar hacia atrás y hacia delante en un arroyo durante veinte minutos, y luego a correr arriba y abajo por los campos mientras eran golpeados con correas y palos. Seguidamente, los llevaron de vuelta a la casa del hombre, donde Rebecca procedió a juzgarlos. Fueron condenados a sufrir más azotes y a caminar arriba y abajo por los campos, cogidos de la mano. Les cortaron el cabello y les amenazaron con embrearlos y emplumarlos (castigo que al final no se les impuso).[1358] El incidente nos recuerda que los rituales de la cencerrada y el charivari, trasladados a la otra orilla del Atlántico, contribuyeron no solo a la alegre shivaree, sino que también es posible que aportaran algo a la ley de Lynch y al Ku Klux Klan.[1359] E induce a pensar, finalmente, que podríamos examinar de nuevo ciertas manifestaciones del castigo popular en el siglo XX, para ver si se hallan presentes rituales parecidos: la humillación pública, tras la liberación de los países europeos, de las mujeres que se habían relacionado con miembros de las fuerzas de ocupación durante la Segunda Guerra Mundial o los ritos de humillación pública que se practicaron durante la Revolución Cultural en China.

IV

La cencerrada «pública» presenta pocos problemas analíticos. En sus formas industriales, está bastante claro qué faltas habían cometido los esquiroles y de quién era la «ley» popular que se hacía cumplir. A medida que se van sabiendo más cosas acerca de la dimensión popular de la política del siglo XVIII en Londres y las ciudades, elementos del vocabulario de la cencerrada —las burlas, las obscenidades y los emblemas de la condición de cornudo— aparecen en todas partes. Los emplean los tories, los whigs, los seguidores de Wilkes y la «chusma» sin gobierno. Sería necio empezar siquiera a citar ejemplos, toda vez que tales símbolos eran el medio del discurso, y a veces de la negociación, entre la plebe y los patricios. Las acciones de la multitud eran a veces poco más que la manipulación de estos símbolos, en el intento de desmitificar la autoridad o ridiculizar a los adversarios políticos (véanse las pp. 135-136 y la lámina XXI).[1360]

Cabe dudar de la utilidad de debatir en torno a si la cencerrada pertenecía a una tradición plebeya, en contraposición a una consensual. Desde luego, hasta las postrimerías del siglo XVIII el vocabulario lo entendían bien todas las clases sociales. La cencerrada doméstica era socialmente conservadora, en el sentido de que defendía la costumbre y la tradición de la dominación masculina, e Ingram ha argüido que la élite no la consideraba una amenaza grave y no hacía intentos muy serios de reprimir las prácticas. En cambio, la cencerrada fue siempre potencialmente subversiva, con sus ritos de inversión, sus blasfemias y obscenidades, y, como ha demostrado Rollison en su estudio del groaning de Westonbirt, podía adquirir rápidamente un significado social polémico. En el siglo XVIII, al aumentar la distancia entre la cultura de los patricios y la de la plebe, la cencerrada se convirtió en una forma más característicamente plebeya. Como medio de autorregulación, prosperó, sobre todo, en ciertas clases de comunidad «campesina» y de comunidad protoindustrial.[1361] Sin embargo, no puede reivindicarse la cencerrada como tradición «de la clase obrera», pues las formas se integraron de modo imperfecto en los primeros movimientos obreros organizados. El éxito del ludismo dependía de los movimientos rápidos de grupos pequeños de hombres que actuaban en silencio; los juramentos y las ceremonias de los sindicatos ilegales nacieron de un grupo diferente de rituales. Y de ahí en adelante parece que es cierto que cuanto más avanzado, organizado y políticamente consciente era el movimiento, menos deuda muestra con las formas tradicionales de la violencia popular. Los cartistas de Monmouthshire desecharon las formas del «ganado escocés».[1362]

La quema de efigies, acompañada de tumulto o procesión, podría parecer una excepción de esta generalización. Continuó practicándose vigorosamente hasta el presente siglo (en modo alguno está extinguida hoy día) y a menudo la empleaban los «radicales». La usaron (entre muchos ejemplos) los reformadores «jacobinos» ingleses de la década de 1790; contra los magistrados y la yeomanry después de «Peterloo» en 1819; durante las agitaciones favorables a la ley de reforma de 1832; y contra terratenientes o agricultores impopulares durante la agitación de los peones en la década de 1870 en los condados del este.

Pero la quema de efigies no es un método destacado de los cartistas ni de las agitaciones reformistas y sindicales en general. Puede que ello se debiera a que los reformadores percibían, en las formas mismas, una disposición a favorecer el talante tradicional —o incluso atávico— del pueblo. Porque era una forma que usaban muy conscientemente los tradicionalistas contra los reformadores o los grupos forasteros. Después de Guy Fawkes, el hombre más quemado en efigie de la historia de Gran Bretaña fue sin duda alguna Tom Paine. El número y la distribución de las quemas de Paine inspiradas oficialmente, en especial en el periodo 1790-1793, no se han contado nunca. Pero fue inmenso e incluye casi todas las ciudades y muchos pueblos de Inglaterra. Sin duda, muchas de estas quemas se inspiraron en los rituales de la cencerrada. En Heckmondwike (Yorkshire) un hombre que imitaba a Tom Paine fue «descubierto» entre unos pozos de carbón, leyendo Los derechos del hombre. Fue apresado, le cubrieron la cara con una máscara espantosa y, atado con una soga, lo pasearon por el mercado. Luego la máscara fue trasladada diestramente a una efigie de paja, que a su vez fue apoyada en un farol, tras lo cual dispararon contra ella mientras se oían tremendos abucheos y gritos de «¡Iglesia y rey!».[1363]

Había pocas ciudades donde los reformadores tuvieran la fuerza suficiente para responder con la misma moneda. El obispo Horsley fue objeto de una merecida quema en efigie en su propia ciudad catedralicia de Rochester después de que dijera, en la Cámara de los Lores, que «la masa del pueblo no tiene nada que hacer con las leyes, salvo obedecerlas».[1364] Pero más a menudo los blancos de estos hechos eran los reformadores, que tomaron antipatía a las características propias de la «chusma» que presentaban. Allí donde los ritos de la cencerrada siguen existiendo después de 1815 se advierte en ellos un carácter cada vez más conservador desde el punto de vista social.

Esto es fácil de consignar, y puede que signifique menos de lo que parece. Porque en modo alguno es fácil identificar la clase de comunidad del siglo XIX en la cual la cencerrada perduró más. Si bien complejas formas del ritual hacían claramente las delicias de los folcloristas, mientras hay constancia de formas tales como el wooset-hunting y la caza del ciervo en pueblos aislados del West Country con nombres como Ogburne Saint George, Whitechurch Canonicorum y Okeford Fitzpaine, formas que pueden verse como vestigios etnológicos animados, moscardas exóticas en ámbar rural, al mismo tiempo las cencerradas al antiguo estilo continuaban vigorosamente en un contexto urbano e industrial. Las hemos observado en la parte de Londres más próxima a Kent; conservaban su vigor en el Huddersfield de mediados de siglo o en Pudsey, en el cinturón industrial del oeste de Yorkshire;[1365] y en Gorton, cerca de Mánchester, cuando su víctima fue un cirujano casado que se había fugado con la esposa de un paciente, las fábricas de algodón de Gorton cerraron durante medio día con el fin de que ochocientos obreros pudieran tomar parte.[1366]

Hay, incluso en estos casos, una sensación de que la cencerrada pertenecía de algún modo a las partes «más viejas», «más turbulentas» de la ciudad; pero es difícil detectar con exactitud lo que estas calificaciones dan a entender, como no sea la tautología de que donde la cencerrada persistía debía de ser un lugar turbulento. Thomas Hardy sugiere que su skimmington surgió en el distrito de Mixen Lane,

la Adullam de todos los pueblos circundantes. Era el lugar donde se escondían los que estaban en apuros y los que tenían deudas y problemas de toda suerte. Braceros agrícolas y otros campesinos, que compaginaban un poco de caza furtiva con las faenas del campo, y un poco de pelea y bebida con su caza furtiva, se encontraban tarde o temprano en Mixen Lane. Mecánicos rurales demasiado holgazanes para hacer de mecánico, sirvientes rurales demasiado rebeldes para servir acababan en Mixen Lane, casualmente o por la fuerza.

Pero los datos que tenemos no acaban de confirmar lo que dice Hardy. La vigorosa cencerrada que se describe en el «Apéndice I» tuvo lugar a principios del presente siglo en Siddal, distrito de Halifax dominado por una gran fábrica de lana y con un poco de minería, extracción de piedra y fabricación de ladrillos. Pese a ser decididamente obrero y tradicional, Siddal era también uno de los primeros lugares donde se eligieron concejales del Partido Laborista Independiente (en 1892). Está claro que la «vieja cultura» de la cencerrada podía perdurar con gran tenacidad al lado de formas más «modernas», con las cuales podía coexistir. Sin embargo, esto no ocurre en todas partes y hay que buscar más explicaciones de esta coexistencia. En la década de 1860, Munby encontró formas antiguas que perduraban como serie en el Surrey de Ripley:

Todavía juegan al fútbol en la calle el martes de carnaval, y el día de Guy Faux organizan una larga procesión de máscaras y disfraces: todavía persiguen a todos los maridos crueles con el justo castigo de huesos largos y cuchillas de carnicero.

El Primero de Mayo, niñas vestidas de muselina todavía llevaban de casa en casa pequeños árboles de mayo adornados con flores. Pero Munby no pudo sugerir ninguna razón para estos vestigios salvo el aislamiento del pueblo, que quedaba a más de nueve kilómetros del ferrocarril y sin más comunicación con Londres que la visita semanal de un transportista con su carro.[1367]

En el mismo año en que Munby visitó Ripley, la cencerrada se vio un tanto reprimida por un fallo jurídico según el cual una caza del ciervo era «un juego» dentro del significado de 5 y 6 Will. IV, c. 50, y, por ende, quedaba prohibida en las calles.[1368] A partir de entonces muchos arguyeron que todas las cencerradas en las calles eran «juegos» prohibidos. Dudo que esto influyera mucho en la decadencia de la cencerrada, que fue inexorable, pero muy lenta. En 1930, el Evening Standard informó:

Mujeres de cabellos grises, los cabellos flotando bajo la brisa, unieron sus manos y bailaron solemnemente alrededor de una hoguera donde ardían las efigies de tres personas. No había ninguna sonrisa en sus caras y de sus labios salían maldiciones dirigidas contra un joven esposo. Las rodeaba por completo una multitud de hombres, mujeres y niños que cantaban monótonamente y golpeaban botes de hojalata, ollas viejas y campanas agrietadas.

Este hussitting en Woodley, pueblo de Berkshire, iba dirigido contra un hombre a quien su esposa había demandado por crueldad, y contra su madre y su hermana, que se habían declarado contra la esposa: «Han pasado treinta años desde que le dimos “cencerrada” a alguien —dijo uno de los habitantes más ancianos del pueblo—. En aquella ocasión fue dirigida contra un hombre casado que importunaba a las niñas».[1369]

Me atrevería a decir que tal vez había relación entre la continuidad de la cencerrada y la del dialecto local. (El ceffyl pren persistió con el máximo vigor en regiones de habla galesa, tales como Carmarthen). Los ritos pertenecen a una cultura que se transmite oralmente, y la fuerza del dialecto señala también la tenacidad de una conciencia tradicional, defendida (quizá) en pueblos tales como Ripley y Woodley por estrechos vínculos de parentesco. Tanto el dialecto como las costumbres pueden reproducirse juntos y pueden persistir mucho tiempo en la sociedad industrial madura. Pero en cierto momento los motores de aceleración cultural, que son la alfabetización y la escolarización, se combinan con una creciente inmigración y la movilidad general para «saturar» la cultura antigua, para dispersarla como práctica viva, para destruir la antigua sensibilidad, sin dejar nada salvo cosas de interés para los anticuarios.

Lo que puede perdurar entonces, en bolsas de los distritos urbanos y, más a menudo, en el campo remoto, son ciertas tradiciones antiguas que a veces mantienen determinados grupos profesionales que están en conflicto con las normas modernas y más refinadas y a los que sus vecinos consideran «turbulentos» o «rufianescos». En Kirkby Malzeard, pueblo del norte de Yorkshire, el stang riding todavía se practicaba a finales del siglo pasado, con una variante de la antigua nominy. Tenía siempre su origen en la taberna. «Todo tenía su origen en la taberna en aquellos tiempos. Todos eran “líderes”», recordó un informador en 1971. Los iniciadores eran un pequeño grupo de hombres: trabajadores de la construcción, un herrero, peones ambulantes que trabajaban en cosas diversas, en las fincas, en los parques de atracciones, construyendo vallas y diques durante el invierno; eran «tipos turbulentos», cazadores furtivos, bebedores empedernidos, «si pensaban que podrían obtener un vaso de cerveza, se pegaban». Pero eran también los que mantenían vivas las bufonadas y la compleja danza de la espada de Kirkby Malzeard, que ejecutaban por dinero o bebida en ferias y certámenes florales:

Esa gente solía bailar la danza de la espada […], pero siempre se gastaba el dinero en cerveza y dormía a la intemperie en el bosque […]. Pero el stang era diferente. Lo hacían porque la gente de clase obrera es más fiel a la esposa que los nobles. Y quienquiera que pegue a la mujer o a un hijo es un mal sujeto. De veras que tenían que tomarse muy a pecho este comportamiento. Entonces era una gran deshonra, lo hacían salir a la superficie. No lo hacían solo para divertirse.

La última vez que se cabalgó el stang en Kirkby Malzeard se debió a que un peón había pegado a su esposa:

Tenía la casa llena de hijos […], diez o una docena de hijos. Se sabía que últimamente le había arreado a su mujer […] al volver de la taberna, ella estaba allí con la casa llena de hijos, y entonces él le pegaba.

Hicieron una efigie grande y la amarraron a un carretón de mano, «y estos sujetos grandullones y camorristas fueron a la casa y aporrearon la puerta». Al bajar por la calle del pueblo, hacían sonar una campana grande y recitaban «la cantinela». «Solían armar tanto estruendo y causar una conmoción tan grande que la gente les pagaba cualquier cosa para quitárselos de encima».[1370]

Esto parece folclórico e incluso tranquilizador. Pero la cencerrada también podía ser una excusa para una orgía de embriaguez o para el chantaje. Podía legitimar la agresividad de los jóvenes y (si se me permite susurrarlo) los jóvenes no son siempre, en todos los contextos históricos, protagonistas de la racionalidad o el cambio. Lo digo categóricamente, discutiendo en cierto sentido con una parte de mí mismo, pues hay muchas cosas que me atraen en la cencerrada. Pertenece a una sociedad en la cual la justicia no se delega ni burocratiza totalmente, sino que la hace la comunidad, dentro de ella misma. Allí donde se aplica a un evidente malhechor —alguna figura pública oficiosa o un individuo brutal que pega a su esposa— tentado estoy de decir que lamento la desaparición de los ritos. Pero no todas las víctimas eran de la misma clase. Era igualmente posible que la víctima fuese algún solitario inconformista sexual, alguna Sue Bridehead y algún Jude Fawley[1371] que viviesen juntos sin estar casados. Y el terrorismo psíquico que se podía ejercer sobre estas personas era en verdad espantoso: las efigies realistas envueltas en llamas, con sus antiguas asociaciones con la quema de herejes y la mutilación de imágenes, el carácter sugestivo, mágico o demoniaco, de las máscaras y de los disfraces de animal, el despliegue de obscenidades, la expulsión de los malos espíritus por medio del ruido.

La cencerrada pertenece a un modo de vida en el cual alguna parte de la ley todavía pertenece a la comunidad, que es la encargada de hacer que se cumpla. Con esto se puede estar de acuerdo. Indica modos de autocontrol social y de sometimiento a la disciplina de ciertas clases de violencia y de faltas antisociales (insultos a las mujeres, abuso de menores, pegar a la esposa) que en las ciudades de hoy puede que estén en vías de extinción. Pero, cuando consideramos las sociedades que hemos examinado, hay que añadir algo. Que la ley pertenezca al pueblo y no se enajene, ni se delegue, no significa por fuerza que sea más «simpática» y tolerante, más acogedora y folclórica. Es solo tan simpática y tan tolerante como le permitan serlo los prejuicios y las normas del pueblo. Algunas formas de cencerrada desaparecieron de la historia en oscura complicidad con el fanatismo, la patriotería y cosas peores. En Sussex se daban cencerradas a los «partidarios de los bóeres», entre ellos a Georgie Burne-Jones, el amigo íntimo de William Morris. En Baviera, las últimas manifestaciones de la Haberfeldtreiben estuvieron vinculadas a chantajes de cariz mafioso, al antisemitismo y, en la última etapa, al nazismo ascendente.[1372] Para algunas de sus víctimas, la llegada de una ley distanciada (aunque enajenada) y de una policía burocratizada debió de ser como una liberación de la tiranía de «los suyos».

Apéndice I

El difunto señor Hanson Halstead nació en Siddal, Halifax, a finales del siglo pasado. Durante algunos años fue ingeniero, sindicalista activo y socialista, así como miembro del NCLC;[1373] pero parecía más un hombre de campo, hablaba dialecto y en sus últimos años arrendó una pequeña propiedad y se dedicó a criar cerdos. En las postrimerías de su vida, en la década de 1960, empezó a apuntar sus recuerdos en un diario de Boots (que me regaló). El episodio que se cuenta a continuación no está fechado, pero probablemente data de los primeros años del siglo en curso.

 

La quema de la arpía

 

Al llegar a casa del trabajo, Mary traía muchas noticias. Dijo: «¿Sabes, Bill, que Jack fulano de tal se ha ido a vivir con la señorita zutana de cual en Jubilee Road?». «¡Que me emplumen! Los que no tienen preocupaciones parece que se las crean ellos mismos». «Sí, pero todavía no te lo he contado todo». «¿Qué más tienes que contarme?». «Pues mañana por la noche van a quemarlos». «De modo que va a haber un poco de diversión, ¿eh?». «Sí, algunos están haciendo dos muñecos grandes, rellenos de serrín y parafina, y los llevarán cara a cara en una pértiga larga, y va a haber una procesión alrededor del pueblo y acabará en Jubilee Road».

Con mucha ilusión esperaban muchos el acontecimiento, muchos que no eran mejores. Cuando llegó la noche, fueron a buscar los muñecos y fue como alguna magia diabólica. Empezaron a dar la vuelta al pueblo y la procesión fue creciendo más y más […], personas con campanas y cacharros de hojalata, latas de pasteles, todo lo que sirviese para hacer ruido; y era un ruido tan bueno como el de una banda de jazz en la radio con instrumentos, según los cálculos por valor de 2.000 libras. Dio la vuelta al pueblo y llegó a Jubilee Road. ¡Hablando de la publicidad! La policía estaba allí e hicieron falta muchos para abrir paso a los muñecos. En Jubilee Road había mucha más gente de la que vivía en Siddal, y eso sin haberlo anunciado.

Bueno, los muñecos pasaron. La policía trató de cogerlos, pero las mujeres bailaron y se sentaron en el suelo delante de ellos para impedírselo. Pero siguió su marcha y subió las escaleras de Scarhall y luego bajó por Backhold Lane y dio la vuelta hacia Jubilee Road. Entonces les pegaron fuego y, cuando llegaron delante de la casa y ardían como el infierno, la policía estaba protegiendo la puerta. Entonces los arrojaron encima de ellos. Dos días después se mudaron y los acompañaron a tambor batiente sin ceremonias, con latas de pasteles y cacharros de hojalata. ¡Pero qué multitud! Se habría podido caminar pisando sus cabezas. Nunca volverá a haber una multitud igual en Jubilee Road, y eso sin haberlo anunciado. (Un poquito de salvajismo). No penséis que presento Siddal como un lugar bueno y moral: no es así. Era como cualquier otro lugar, como un huevo se parece a otro huevo.

(Una o dos modificaciones de grafías y también de la puntuación).

Apéndice II

Se ha señalado (véase la p. 638) que Lévi-Strauss citó en Mythologiques I. Le cru et le cuit un estudio inédito de la práctica del charivari efectuado por P. Fortier-Beaulieu, del cual sacó la conclusión de que en el 92,5 % de los casos examinados el motivo del charivari fueron unas segundas nupcias.

Algunos extractos del estudio de Fortier-Beaulieu se publicaron en Revue de Folklore Française et de Folklore Colonial, XI (1940). Las respuestas originales a su cuestionario permanecen en los archivos del Musée National des Arts et Traditions Populaires (véase MS B 19, 1 a 620, et MS 44,390) y estoy muy agradecido al conservateur, así como al personal del museo, por su cortesía y su ayuda al permitirme consultar estos archivos.

El estudio tuvo lugar entre junio y agosto de 1937 y tomó la forma de cuestionario presentado a las Mairies por P. Fortier-Beaulieu, que en aquellos momentos era secrétaire à la Propagande de la Folklore Society. De hecho, el cuestionario no hace ninguna referencia al charivari, sino que su epígrafe dice simplemente: «Manifestation à l’occasion du remariage d’un veuf ou d’une veuve»; se pidió respuesta urgente con el fin de que Fortier-Beaulieu pudiese preparar un informe sobre «Veuvage et le remariage» y presentarlo en el siguiente congreso internacional de folclore.

De modo que no se investigó la práctica del charivari como tal, sino que la investigación se ocupó de cualquier tipo de manifestación motivada por segundas nupcias. Es sorprendente, por lo tanto, no que el 92,5 % de las respuestas citen las segundas nupcias como ocasión para el charivari, sino que la cifra no llegue al cien por cien. Pero, en todo caso, las respuestas no pueden someterse, por su naturaleza, a un ejercicio serio de cuantificación. De 307 respuestas, 123 señalaron manifestaciones de alguna clase con motivo de unas segundas nupcias (generalmente, un charivari), 113 no señalaron manifestación alguna, 42 señalaron que una manifestación de ese tipo ya no tenía lugar y 29 señalaron «néant». De las 123 respuestas afirmativas, quizá la mitad estaban hechas sin interés y con prisas («oui», «non»), mientras que unas 30 o 40 eran respuestas escrupulosas y detalladas. Exceptuando unos cuantos casos en los que el alcalde pasó el cuestionario a un folclorista o historiador local, los encuestados no tenían ninguna capacidad especial para contestar a las preguntas. Cabe deducir que a menudo el formulario se pasó a una secretaria de la Mairie, mientras que en unos cuantos casos afortunados el alcalde era, además de hombre observador, poseedor de amplios conocimientos sobre su localidad y acogió con gusto la oportunidad de hacer una tarea que se apartaba de la rutina cotidiana.

Así pues, el valor del estudio no reside en ninguna deducción cuantitativa, ni siquiera del tipo más elemental, sino en los materiales que se presentaron en unas treinta de las respuestas más concienzudas. Antes de ocuparnos de ellas, hay que hacer una advertencia. El estudio, que, como hemos dicho, se efectuó en 1937, no se ocupa de una costumbre en pleno vigor, sino de vestigios y residuos. Por consiguiente, no es apropiado deducir de él funciones que corresponden a la costumbre en su etapa de madurez. «A l’heure actuelle cette coutume qui n’existe que dans les campagnes est une plaisantrie et un divertissement pour la jeunese» (Rodez, Aveyron); persistió, suponiendo que persistiera, como forma alegre de chantaje, para recaudar unos cuantos sous pour boire.

En la medida en que tales vestigios puedan ofrecer pruebas, hay respuestas que contribuyen a conformar la mayoría de las hipótesis que han debatido los estudiosos del charivari. De Brive (Corrèze): «La veuve qui se remarie n’est guère bien considérée comme devenant infidèle à la mémoire du mari défunt»; o, de nuevo, «parce que la mariage est considéré comme un sacrement et que les conjoints n’ont pas moralement le droit de le rompre même après la mort» (Castillon, Ariége). Unas cuantas respuestas indican de alguna forma la representación del espíritu del cónyuge muerto en el charivari: «On évoque la vie passée des époux, leurs moeurs, leur vie galante, quelquefois c’est bien corsé» (Donzers, Drome). Se mencionan con frecuencia la burla sexual dirigida contra los ancianos y, en particular, la disparidad de edades. Una explicación que se ofrece una sola vez es «pour chasser les mauvais esprits» (Aups, Var). También aparece la teoría de una limitada «reserva de buenos partidos»…, en el caso de que las segundas nupcias «enlève une possibilité du moins du choix pour les autres» (Séez, Savoia). Los celos de las amistades, los vecinos, los padres (o los padres del cónyuge fallecido) y de los niños se mencionan con más frecuencia. Un charivari en Hyéres (Var) lo había organizado el hijo adulto del viudo. Su función era proteger «les intérêts des enfants du premier lit» (Remiremont, Vosgos); «Les enfants d’un premier lit ayant souvent à pâtir du second mariage […], d’où le péjoratif: marâtre» (Cahors, Lot). La relación del charivari con diferentes costumbres relativas a la herencia no es una cuestión que se haya estudiado debidamente, que yo sepa.

Aunque la mayoría de las respuestas dan por sentado que los promotores del charivari eran «des jeunes gens», unas cuantas sugieren más particularidad: en una se dice que los iniciadores son «les voisins ennemis et plus particulièrement les parents mécontents par l’union» (Uzès, Gard). Fuesen quienes fuesen los iniciadores, el charivari recibía el apoyo —como dejan claro la mayoría de las respuestas— de «un peu tout le monde de la basse classe» (Burzet, Ardèche); aunque en algunas regiones se hacía alguna distinción entre los actores:

En ciertos casos donde la diferencia de edad es demasiado acentuada (cuando un viejo contrae matrimonio con una joven), las mujeres se manifiestan más que los hombres; repugnancia, quizá, más a menudo celos si el hombre es rico.[1374]

(Castillon, Ariège).

Está claro que las segundas nupcias como tales raras veces provocaban un charivari; normalmente había alguna otra circunstancia concomitante.

En ciertas regiones, es verdad, había una acentuada disposición a desaprobar las segundas nupcias y (por ende) a honrar la viudez:

La viuda que respeta su viudez está muy bien vista en el pueblo. Los vecinos la ayudan en sus quehaceres y los domingos por la mañana los hombres hacen las prestaciones vecinales voluntarias para cortarle la leña, segarle los prados y labrarle los campos.[1375]

(Castillon, Ariège).

En otras regiones, por el contrario, como señaló un encuestado perceptivo, las segundas nupcias eran esenciales a causa de la naturaleza económica de la unidad doméstica. Así pues, no había manifestaciones contra las segundas nupcias en Nibelle-Saint-Sauveur (Loiret), una comuna

compuesta en su gran mayoría por pequeños propietarios rurales que explotan sus propias tierras, la vida en matrimonio es una necesidad. En consecuencia, los viudos y las viudas […] vuelven a casarse generalmente tras breve plazo.[1376]

Quizá la respuesta más acertada llegó de Dax (Landes).[1377] El calhi-bari era ocasionado con frecuencia por las segundas nupcias, «mais il faut en outre une circonstance qui rende le remariage grotesque, odieux ou antipathique». Esa circunstancia podía ser 1) la diferencia de edades de la pareja, 2) la diferencia de su posición social, como cuando «un propriétaire “monsieur” qui épouse une jeune paysanne», 3) una diferencia de fortuna que hacía pensar que uno de los cónyuges se casaba por dinero, 4) la enfermedad de la viuda o del viudo, «ce qui suppose toujours la vente de soi-même», 5) la conducta sexual antecedente de las dos partes, como, por ejemplo, «si l’on soupconne qu’ils étaient bien ensemble du vivant du mort ou de la morte» (esto podía ocasionar los más bravos charivaris), 6) si ambas partes eran viejas.

La sugerencia de que era necesario algún agravamiento de las circunstancias se halla presente en muchas respuestas: «quand elle s’ajoute à la disproportion d’âge» (Moulins, Allier); «quand les futurs époux —veufs ou veuves— prêtent un peu le flanc à la critique et au ridicule» (Burzet, Ardèche); «plutôt à la veuve de mauvaise conduite qui se remarie» (Ruffec, Charente); «un vieux riche épousant une jeunesse pauvre […] surtout s’il y a des enfants déjà grands d’un premier lit» (Brioude, Alto Loira). Sin tal agravamiento, era posible que los casados en segundas nupcias evitaran el cumplido del charivari en un distrito donde este fuese endémico. El encuestado de Vico (Córcega) dio a su respuesta un sentido inesperadamente personal:

Se tienen más bien en cuenta situaciones determinadas: el autor de estos informes es un viudo vuelto a casar que no ha tenido el honor del campanaccio [charivari] porque es maestro en la comuna, casándose con una maestra. [1378]

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