Costumbres en común

Costumbres en común


Introducción de Julio Martínez-Cava

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Por otro lado, Thompson llenará de contenido su concepto de «cultura plebeya» al devolverlo a lo que denominó su «morada material», esto es, la reciprocidad de unas relaciones de clase históricamente determinadas, donde ni la multitud se identificaba sin ambages con la cultura oficial ni tampoco tenía la fuerza suficiente como para poder desafiar los límites que la subordinaba a la clase patricia. La clase dominante del siglo XVIII inglés mantenía así su poder a través de una hegemonía cultural donde los rituales teatrales del poder naturalizaban esa dominación, pero donde esta nunca era aceptada en sus propios términos, sino reinterpretada y disputada por los oprimidos, generando un complejo «campo de fuerzas».[66] Thompson encontrará de nuevo, como hizo en The making, los hilos de continuidad entre la cultura popular y el movimiento obrero del siglo XIX. Porque una parte de esa cultura popular —en la que el pueblo controlaba taberna, ferias, aprendizaje de los oficios, saberes ancestrales, sanciones e intercambios, formas de rebelión— será aprovechada tiempo después por un movimiento obrero diferenciado, ahora sí, por su consciencia de ser una clase con intereses opuestos e irreconciliables a los de sus empleadores (y la clase política que los defiende).

El otro gran frente de batalla estaba en poner en cuestión las denominadas teorías del desarrollo, según las cuales la Revolución Industrial y la eliminación de los derechos comunales supusieron una mejora en la calidad de vida de los ingleses respecto a periodos anteriores. Lejos de ser así, para el historiador británico las clases populares experimentaron esa «gran transformación» (como la llamaría Polanyi)[67] como una pérdida de sus libertades tradicionales, y le opusieron innumerables formas de resistencias.

En este gran conflicto, nos dice el historiador británico, ocupa un lugar central el proceso de «cosificación» del derecho («no se concebían ya derechos comunes a cosas, sino derechos de personas sobre cosas, articulados como prácticas efectivas de consumo, comercio e intercambio») que impondría por la fuerza una noción capitalista de propiedad, y a la que la multitud opondría sus propias nociones de derecho.[68] Y advierte Thompson que, de la misma manera en que este concepto absoluto de propiedad exclusiva de la tierra fue exportado a las colonias para justificar el saqueo y la explotación de las poblaciones indígenas, también las teorías del desarrollo del siglo XX estaban siendo empleadas para esquilmar y rapiñar los países del llamado tercer mundo. En estas lides, el historiador británico lanzará una estocada mortal a la conocida tesis de Garrett Hardin y su «tragedia de los comunes»,[69] según la cual si los recursos materiales no se gobiernan a través de la privatización (con una propiedad privada exclusiva y excluyente), entonces están condenados al abuso y la sobreexplotación de los gorrones (free riders). Thompson se sitúa así junto a autoras como Elinor Ostrom o Janet M. Neeson,[70] que nos han enseñado que las tierras comunales no eran lugares caóticos y sin normas, sino exactamente lo contrario: sistemas complejos de normas de raigambre centenaria donde se garantizaba el derecho a la existencia de un grupo delimitado de habitantes y se hacía de forma sostenible en el tiempo.[71]

En este sentido, el gran protagonista de Costumbres en común es el artículo titulado «La economía “moral” de la multitud en la Inglaterra del siglo XVIII». Aunque en este artículo Thompson delimite el «sentido estrecho» del concepto de «economía moral» a los motines de subsistencias en mercados de productos básicos, reconocerá también que no se veía legitimado con «ningún derecho a patentar la expresión» y señalará que varios historiadores habían empleado el término para designar cómo determinadas comunidades campesinas o protoindustriales regulaban relaciones «económicas» con normas no monetarias.[72] Lo cierto es que el propio Thompson había empleado el concepto para explicar las sanciones económicas y las expectativas compartidas que servían de normas para los bienes raíces e incluso para el saber profesional de unos artesanos conscientes de que si eran descalificados entrarían a los recién creados mercados laborales con menor fuerza negociadora.[73] El concepto de «economía moral» ha mostrado su fertilidad al permitir que diferentes historiadores aborden todo aquello para lo que la economía ortodoxa había permanecido ciega, de alguna manera devolviendo al análisis económico la sustancia que tenían las primeras investigaciones de economía política anteriores al giro marginalista de finales del siglo XIX.[74] En resumen, lo que Thompson examina en esta obra es, según sus propias palabras, la «dialéctica de la interacción entre “economía” y “valores”», retomando así la crítica al economicismo de obras anteriores:

Las relaciones económicas son, a la vez, relaciones morales; las relaciones de producción son al mismo tiempo relaciones, de opresión o de cooperación, entre personas; y existe una lógica moral, al igual que una lógica económica, que se deriva de estas relaciones. La historia de la lucha de clases es al mismo tiempo la historia de la moralidad humana.[75]

Al adoptar el enfoque de la «historia desde abajo» —rescatando las voces y testimonios de los oprimidos y tradicionalmente olvidados— Thompson pudo descubrir que, una vez finiquitados los marcos jurídicos paternalistas de la Inglaterra precapitalista, fue a través de las costumbres como pudieron sobrevivir las ideas morales sobre cómo regular la actividad económica. Es decir, que en último término fue la «economía moral» de los pobres la que derribó la gran «muralla china» que había impedido comprender el movimiento socialista como heredero de la tradición republicano-democrática. Es por esto que Costumbres en común puede considerarse una profundización que complementa los hallazgos de The making.

Y fue precisamente a través de este enfoque que le permitía ver la «ley» como un campo de batalla —junto con una idea de la «cultura» y las «costumbres» en la que los viejos valores pueden pervivir bajo formas nuevas— como Thompson proporcionó algunas claves para responder a un problema que le acompañó durante toda su vida: ¿cómo explicar la realidad de tal manera que, sin remitir a un pasado idealizado ni a un futuro desconocido, y sin perder la necesaria objetividad que implica la propia disciplina, se muestren al mismo tiempo los recursos disponibles en nuestro presente para transformar esa misma realidad? Porque la Revolución Industrial supuso una revolución en las «expectativas» de la gente y creó nuevas «necesidades», la alternativa al capitalismo tendría que «reaprender algunas de las artes de vivir perdidas». Quizá entonces esa cultura popular que se resistió al capitalismo —que priorizaba el tiempo libre sobre la búsqueda del máximo beneficio— todavía tenga algo que enseñarnos, y un recordatorio «de sus otras necesidades, expectativas y códigos puede renovar nuestro sentido de la serie de posibilidades de nuestra naturaleza» (p. 71).

Thompson solía decir que la enorme concentración de propiedad que conocía el capitalismo avanzado hacía casi innecesaria la censura de las voces disidentes, porque el juego de intereses se bastaba para hacer que las verdaderas preguntas (preguntas como «¿Qué vida queremos vivir?» o «¿Hacia dónde nos dirigimos como sociedad?») nunca apareciesen y nunca fueran contestadas.[76] Pues bien, a más de veinticinco años desde su muerte, frente a la Bestia de un capitalismo contrarreformado que ha dado por finiquitado el pacto social de posguerra, que alimenta y promueve la ola reaccionaria que sacude el mundo, y cuya insaciable voracidad mercantiliza cada vez más espacios de la vida humana y amenaza con dilapidar de forma irreversible los recursos del planeta, Thompson nos invita todavía a repensar la apuesta anticapitalista desde una cultura popular innovadora. Una cultura política que rescate lo mejor de la tradición democrática y socialista (en el amplio sentido que tenía esta palabra en el siglo XIX), que diseñe los mecanismos institucionales para garantizar universal e incondicionalmente el derecho a la existencia, que permita atender de forma justa las necesidades de cuidados de las personas, que recupere la dimensión ecológica de los bienes comunes, que subordine los derechos de propiedad a las reglas definidas democráticamente en vistas al bien común y que fomente los impulsos sociales desalentando los impulsos «adquisitivos» y la «gran apatía». Porque «si no podemos creer en la existencia de una cultura popular creativa e innovadora, entonces no podemos creer en la democracia en absoluto»[77]. Thompson nos invita, en suma, a tener la valentía para reabrir las verdaderas preguntas, porque, según sus propias palabras: «Esta no es una pregunta que nosotros le podamos hacer a la historia. Se trata, esta vez, de una pregunta que la historia nos hace a nosotros».[78]

Barcelona, febrero de 2019

[1] Jordi Mundó, David Casassas y Pablo Castaño tuvieron la amabilidad de revisar y corregir un borrador previo del presente texto. Toda la responsabilidad sobre su contenido final corre de mi cuenta.

[2] Nos limitaremos a señalar aquí algunas que puedan servir de guía al lector. Para una selección de textos muy representativa de su pensamiento, véase la compilación realizada por su mujer, Dorothy: E. P. Thompson. Obra esencial, Barcelona: Crítica, 2002. El listado más completo de sus escritos se encuentra en: Llacuna, A., «E. P. Thompson. Un comentario bibliográfico», en J. Sanz, J. Babiano y F. Erice (eds.), E. P. Thompson. Marxismo e historia social, Madrid: Siglo XXI, 2016. Una aguda reconstrucción de la trayectoria intelectual de Thompson puede verse en: Hamilton, S., The crisis of theory. E.P. Thompson, the New Left and the postwar British politics, Mánchester: Manchester University Press, 2011. Un estudio sólidamente documentado que reconstruye las complejas relaciones entre el activismo político de Thompson y sus desarrollos teóricos puede verse en: Efstathiou, C., E.P. Thompson: a twentieth-century romantic, Londres: Merlin Press, 2015. Un buen análisis de la formación intelectual de Thompson desde una metodología bourdieana es el de: Estrella, A., Clío ante el espejo. Un socioanálisis de E. P. Thompson, Cádiz: Universidad de Cádiz, 2012. La clásica obra cuasibiográfica de Bryan D. Palmer sigue siendo referencia obligada: E. P. Thompson. Objeciones y oposiciones, Valencia: Universidad de Valencia, 2004. Lamentablemente, el archivo con su correspondencia y otros documentos se encuentra cerrado hasta 2043 por decisión familiar, aunque parte de su correspondencia se encuentra diseminada por distintos archivos de universidades inglesas. La recepción de la obra de Thompson en España fue tardía, pero tuvo un impacto considerable. Su principal obra, The making of the English working class, publicada en 1963, no llegaría traducida a España hasta 1977 (Editorial Laia). En ese proceso de recepción es obligado mencionar la imprescindible y valiosa tarea de Josep Fontana, que consiguió que gran parte de la obra de Thompson fuera publicada en la Editorial Crítica (Barcelona) bajo la dirección de Gonzalo Pontón. Véanse: Miseria de la teoría, 1981; Tradición, revuelta y consciencia de clase. Estudios sobre la sociedad preindustrial, 1984; La formación de la clase obrera en Inglaterra, 1989; Costumbres en común, 1995; Agenda para una historia radical, 2000; y la compilación de textos citada anteriormente. Recientemente, la figura de Thompson ha atraído más atención en el público hispanohablante y algunas de sus obras han sido reeditadas o traducidas por primera vez al castellano (véanse, además de esta misma reedición, Los orígenes de la ley negra. Un episodio de la historia criminal inglesa, Madrid: Siglo XXI, 2010; La formación de la clase obrera en Inglaterra, Madrid: Capitán Swing, 2012, prólogo de Antoni Domènech; o Democracia y socialismo, compilación y edición crítica de Alejandro Estrella, Ciudad de México: UAMC, 2016). Para profundizar en el legado de Thompson en la historiografía española, el lector puede consultar la compilación E. P. Thompson. Marxismo e historia social, ya mencionada.

[3] Con la ayuda de su madre, Thompson recopiló cartas, escritos y poemas de su hermano, que saldrían publicados con el título There is a spirit in Europe: a memoir of Frank Thompson, Londres: Gollancz, 1947. A finales de los años setenta se embarcaría en una investigación sobre las circunstancias sospechosas de la muerte de su hermano, publicándose las conferencias de forma póstuma en una de sus más interesantes (y poco conocidas) obras: Beyond the frontier. The politics of a failed mission: Bulgaria 1944, Stanford: Stanford University Press, 1997.

[4] Uno puede imaginarse las dificultades que enfrentaban los científicos sociales en una era tan polarizada. Mientras Stalin incluía en sus primeras purgas a las instituciones académicas vinculadas a la disciplina de la historia (véase Broué, P., Comunistas contra Stalin: masacre de una generación, Málaga: SEPHA, 2008), Estados Unidos financiaba millonariamente a fundaciones que trabajaban para favorecer «un viraje a la derecha en la enseñanza de las ciencias sociales» que pudiese contrarrestar el avance de la historia social que liderarían Thompson y otros historiadores (ver en Fontana, J., La historia después del fin de la historia, Barcelona: Crítica, 1992)

[5] Véase el documental Rear window: a life of dissent. The life and work of E. P. Thompson en Tariq Ali TV (disponible online en: http://tariqalitv.com/portfolio/s2e24-e-p-thompson/).

[6] Para la historia del Grupo de Historiadores, véase: Kaye, H. J., The British Marxist historians, Houndmills: Palgrave Macmillan, 1995.

[7] Véase en Tribe, K., Genealogies of capitalism, Londres: Macmillan, 1981; un resumen del famoso debate se puede ver en: Wood, E. M., The origins of capitalism. A longer view, Londres: Verso, 2002.

[8] Thompson fue especialmente sensible a las lecturas de Trotski e Isaac Deutscher en estos años, de las cuales bebió para sus críticas posteriores al estalinismo (hasta 1958 no se publicarían en inglés los escritos del joven Marx que tanto influirían en esos procesos de renovación «humanista» de las izquierdas). Su respeto por los grandes intelectuales trotskistas no debería ocultar su desprecio por el dogmatismo que profesaban los varios grupos trotskistas británicos (véanse las opiniones de Thompson, por ejemplo, en «El humanismo socialista. Una epístola a los filisteos», de 1957, o en Miseria de la teoría, de 1978).

[9] Past and Present es una de las revistas académicas más importantes en el campo historiográfico que sigue hoy en funcionamiento. Desde sus orígenes se autofinanció y trató de evitar el sectarismo autocomplaciente, para lo cual instituyó como norma que el comité editorial debía incluir a varias personas no marxistas con capacidad de veto sobre los artículos, y que la aceptación de los artículos debía ser por unanimidad del comité. Como dijeron sus creadores, «estábamos intentando continuar, o revivir, en el periodo de posguerra las políticas de unidad en sentido amplio que habíamos aprendido en los días del antifascismo antes de la guerra» (Hill, C., R. H. Hilton y E. J. Hobsbawm, «Past and present. Origins and early years», Past and Present, n.º 100 (agosto de 1983), pp. 3-14.

[10] Thompson fue espiado desde su paso por el Ejército en 1943 hasta más o menos 1963. Todos los historiadores murieron antes de conocer la existencia de estos archivos, excepto Hobsbawm, que solicitó acceso a ellos y se le negó, dos años antes de morir. Véase Norton-Taylor, R., «MI5 spied on leading British historians for decades, secret files reveal», The Guardian, 24 de octubre de 2014, disponible en: https://www.theguardian.com/world/2014/oct/24/mi5-spied-historians-eric-hobsbawm-christopher-hill-secret-files (último acceso: 4 de febrero de 2019).

[11] William Morris. De romántico a revolucionario, Valencia: Ediciones Alfonso el Magnánimo, 1988 [1955].

[12] Abendroth, W., Historia social del movimiento obrero europeo, Barcelona: Cultura Popular, 1968; Eley, G., Historia de la izquierda en Europa, 1850-2000, Barcelona: Crítica, 2003.

[13] Para la historia de estas «generaciones» de constituciones, véase Pisarello, G., Un largo Termidor: historia y crítica del constitucionalismo antidemocrático, Madrid: Trotta, 2011.

[14] Una historia social de la clase obrera británica y sus conquistas legislativas se encuentra en el monumental ensayo de Selina Todd, El pueblo. Auge y declive de la clase obrera (1910-2010), Madrid: Akal, 2018 [2015].

[15] «El punto de producción» [1960], en Thompson, E. P., Democracia y socialismo, Ciudad de México: UAMC, 2016, pp. 360-361.

[16] Véase la entrevista que le realizó Josep Fontana con motivo de su visita a España en los años ochenta: «Sobre història, socialisme, lluita de clases i pau (Conversa amb E. P. Thompson)», L’Avenç, 74, septiembre de 1984. Puede verse una valoración muy similar del momentum democrático de 1943-1947 en: Lukács, G., El asalto a la razón, Barcelona: Grijalbo, 1976, epílogo, p. 618.

[17] Una de las mejores explicaciones del suceso se encuentra en Saville, J., «The Twentieth Congress and the British Communist Party», The Socialist Register, 1976, pp. 1-23; complementado en Saville, J., «Edward Thompson, the Communist Party and 1956», The Socialist Register, 1994, pp. 20-31.

[18] «Estoy en contra de la teoría y la práctica del centralismo democrático tal y como lo practican los partidos comunistas. Creo que tras todas esas bonitas frases al final todo se reduce al control de una élite con todo el tiempo del mundo» [carta de Thompson a Howard Hill, del 10 de diciembre de 1962, Archivo Nacional, KV-2-4294 (164.2)]. Véase también la entrevista de Andrew Whitehead de 1991, disponible en: https://www.andrewwhitehead.net/political-voices-ep-thompson.html. Aunque si Thompson no escatimaba acidez en sus críticas, reservaba su artillería para el Partido Laborista, del que dijo que era «absurdo, ofensivamente antidemocrático» y que practicaba una cosa peor que el centralismo democrático, el «centralismo imbécil» (imbecilic centralism).

[19] Véase especialmente en el Archivo Nacional del Reino Unido, KV-2-4294, 44A y 45A (20 de mayo y 10 de junio de 1952). A pesar de ello, en su primera edición del William Morris, de 1955, Thompson escribiría que la Unión Soviética de Stalin era la realización de los principios de Morris (un pasaje eliminado en la reedición de 1976). Esta contradicción no se resolvería hasta la ruptura de 1956. Lo cual no deja de tener un punto de arbitrario, no solo porque existen críticas marxistas al estalinismo casi desde su creación (véase una recopilación en: Domènech, A., «El experimento bolchevique, la democracia y los críticos marxistas de su tiempo», Sin Permiso, 15, 2017; y en el prólogo de F. Fernández Buey en: Pannekoek, A., K. Korsch y P. Mattick, Crítica del bolchevismo, Barcelona: Anagrama, 1976), sino porque incluso la Yugoslavia de Tito en la que Thompson había trabajado como voluntario había sido condenada por Stalin en 1948. Thompson reconocerá en varias entrevistas y artículos que él y sus colegas gestionaban de forma incómoda su consciencia de lo que era realmente el estalinismo.

[20] Citado en Davis, M., «“Los principios comunistas” y los historiadores en el 1956 británico», Nuestra Historia, 2 (2016), pp. 123-130.

[21] «Acción y elección. Una respuesta a la crítica» [1958], en Thompson, E. P., Democracia y socialismo, Ciudad de México: UAMC, 2016, p. 255.

[22] La comparación con Lukács no es fortuita, pues ambos pensadores insistieron en lo que Thompson llamó «la idea central del socialismo»: que el ser humano es capaz de transformarse a sí mismo en un sentido moral, más allá de la ciega necesidad económica, y por tanto que la idea socialista no puede reducirse a la socialización de los recursos productivos, sino que debe consistir también en una transformación radical del modo de vivir. Lukács decía que facilitar ese «nuevo tipo humano» era algo muy necesario, porque «ninguno se convierte al socialismo en virtud de la perspectiva de poseer un automóvil, sobre todo si ya tiene uno dentro del sistema capitalista» (citado en Sacristán, M., «Sobre el “marxismo ortodoxo” de György Lukács» [1971], en Nous Horitzons, 218, 2018). El propio Thompson manifestó su admiración por el filósofo húngaro: «Mientras la tradición comunista albergue a hombres como éste, yo quiero seguir asociado a ella» («El socialismo y los intelectuales» [1957], en Thompson, E. P., Democracia y socialismo, Ciudad de México: UAMC, 2016). Thompson también recibiría la influencia de otro gran marxista occidental, Antonio Gramsci, aunque su descubrimiento fue —según sus propias palabras— tardío, mediado e incompleto.

[23] Una degeneración que tomaba pie en ciertos «silencios» que Marx había adoptado con relación a cuestiones culturales y axiológicas. Véanse especialmente los artículos en Democracia y socialismo y la entrevista con Fontana, op. cit., L’Avenç, 74, septiembre de 1984.

[24] Un análisis de crítica política y literaria de estas tendencias lo ofrece Thompson en «Outside the whale», Out of apathy, Londres: Stevenson and Sons, 1960 [trad. cast.: Orwell, G. et al., Dentro y fuera de la ballena, Madrid: Editorial Revolución, 1984].

[25] «Agenda para una historia radical», en Agenda para una historia radical, Barcelona: Crítica, 2000.

[26] Hill, C., «The Norman yoke», en J. Saville (ed.), Democracy and the labour movement, Londres: Lawrence and Wishart, 1954.

[27] Este es precisamente el título del ensayo (publicado póstumamente) sobre la figura del jacobino inglés John Thelwall, en Thompson, E. P., The Romantics. England in a revolutionary age, Nueva York: The New Press, 1997.

[28] Ver el obituario de Eric Hobsbawm en la edición española: La formación de la clase obrera en Inglaterra, Madrid: Capitán Swing, 2012.

[29] Ibid., p. 127.

[30] Quizá el lector pueda preguntarse qué papel jugaba la mujer en la historiografía thompsoniana. Lo cierto es que Thompson nunca fue ajeno a la explotacion femenina, y en sus primeros escritos ya se puede detectar esta preocupación. Pero esto no le libró de que su gran obra, The making, fuera objeto de varias críticas provenientes del feminismo que señalaron la falta de una perspectiva de género articulada en el análisis de la formación de clase. Ya fuera por estas críticas, o porque ningún intelectual honesto podía permanecer ajeno al revival feminista de la segunda ola, lo cierto es que desde los años setenta podemos registrar una especial sensibilidad y atención hacia el tema (algo que se percibirá con facilidad tanto en Costumbres en común como en Agenda para una historia radical).

[31] Ibid., p. 541.

[32] Ibid., p. 208.

[33] Thompson, E. P., Las peculiaridades de lo inglés y otros ensayos, Valencia: Centro Francisco Tomás y Valiente, 2002 [1965].

[34] Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=MI7n7M6nAOA.

[35] Thompson, E. P., op. cit., 2002, pp. 209-210 y 885.

[36] La historiadora Florence Gauthier y sus colaboradores, recuperando al olvidado Albert Mathiez, han desarmado con solidez este esquema ortodoxo. Véanse, por ejemplo: Gauthier, F., «La importancia de saber por qué la Revolución francesa no fue una “revolución burguesa”», 2014 [1997], disponible en: http://www.sinpermiso.info/textos/la-importancia-de-saber-por-qu-la-revolucin-francesa-no-fue-una-revolucin-burguesa; y Belissa, M. y Y. Bosc, Robespierre. La fabrication d’un mythe, París: Ellipses, 2013. Una premonitoria lanzada a este rígido esquema se encuentra en Thompson, E. P., Las peculiaridades de lo inglés.

[37] Domènech, A., El eclipse de la fraternidad: una revisión republicana de la tradición socialista, Barcelona: Crítica, 2004 [próxima reedición en Madrid: Akal, 2019]; White, S., «The Republican critique of capitalism», Critical Review of International Social and Political Philosophy, vol. 14 (5), 2011, pp. 561-579; Gourevitch, A., From slavery to the cooperative commonwealth, Cambridge: Cambridge University Press, 2014; Roberts, W. C., Marx's inferno. The political theory of capital, Princeton: Princeton University Press, 2016; Leipold, B., Citizen Marx. The relationship between Karl Marx and republicanism, tesis doctoral, Universidad de Oxford, 2017.

[38] Para los republicanos, igual que para Thompson, la libertad está en una relación constitutiva con la ley, esto es, no hay menos libertad porque haya regulaciones públicas, sino que las regulaciones públicas son creadoras de la libertad (véanse Pettit, P., Republicanismo: una teoría sobre la libertad y el gobierno, Barcelona: Paidós, 1999 [1997]; y Domènech, A. y M. J. Bertomeu, «El republicanismo y la crisis del rawlsismo metodológico», Isegoría: Revista de filosofía moral y política, 33, 2005, pp. 51-76). La influencia de la tradición republicana sobre el pensamiento de Thompson ha sido señalada (si bien de pasada) en Kenny, M., The first New Left: British intellectuals after Stalin, Londres: Lawrence & Wishart, 1995; también, de forma más profusa pero bajo una concepción estrecha y extraordinariamente limitada de esta tradición, en Foot, G.,The Republican transformation of modern British politics, Basingstoke: Palgrave, 2006.

[39] Sobre este concepto se han vertido ríos de tinta que no repetiremos aquí. Hay una buena defensa en Wood, E. M., «The politics of theory and the concept of class: E.P. Thompson and his critics», Studies in Political Economy, 9 (1), 1982, pp. 45-75 y en Domènech, X., Hegemonías: crisis, movimientos de resistencia y procesos políticos (2010-2013), Madrid: Akal, 2014. Mi propia versión en: «La actualidad del concepto marxista de “clase social”» (disponible online en: http://www.sinpermiso.info/textos/la-actualidad-del-concepto-marxista-de-clase-social).

[40] «Historia y antropología», Agenda para una historia radical, Barcelona: Crítica, 2000, p. 39.

[41] «Revolución» [1960], Democracia y socialismo, Ciudad de México: UAMC, 2016, p. 365.

[42] «Recovering the libertarian tradition», Leveller Magazine, 22, 1979, pp. 20-22.

[43] Siempre y cuando se articularan correctamente, y no escatimando el problema como lo haría el mal llamado «posmarxismo» de Ernesto Laclau (para el cual Thompson reservó alguna crítica en Miseria de la teoría).

[44] Thompson, D., prefacio a E. P. Thompson. Obra esencial, Barcelona: Crítica, 2002.

[45] «Commitment in politics», Universities & Left Review, 6, primavera de 1959, pp. 50-55.

[46] La historia de la New Left puede leerse (con sus diferentes versiones) en Kenny, M., op. cit.; Dworkin, D., Cultural Marxism in postwar Britain, Durham: Duke University Press, 1997; Wood, E. M., «A chronology of the New Left and its successors, or: who’s old-fashioned now?», Socialist Register, 31, 1995.

[47] No sería la primera ni la última vez que Thompson defendiera posiciones coyunturales que bien pudieran considerarse «voluntaristas», algo que sus críticos le recriminarían repetidas veces.

[48] La «segunda» New Left se había convertido, según Thompson, en un movimiento de intelectuales que incluso hacía gala de su desconexión con las luchas de los movimientos populares. Contra esa izquierda elitista, Thompson emprendería una cruzada intelectual, que empezó con Las peculiaridades de lo inglés y terminaría con la famosa publicación de Miseria de la teoría. En diciembre de 1979 tendría lugar la última contienda de este enfrentamiento, en el famoso debate de St. Paul en una vieja iglesia de la Universidad de Oxford, en la que, frente a un Stuart Hall crítico pero en ánimo constructivo, un Thompson enfurecido y amargado terminaría por arruinar cualquier posibilidad de entendimiento.

Las intervenciones están recogidas en R. Samuel (ed.), Historia popular y teoría socialista, Barcelona: Crítica, 1984. El relato del debate de St. Paul puede verse en Hamilton, S., op. cit., 2011.

[49] Para una lúcida y actual crítica del empleocentrismo y una contrapropuesta de economía política democrática, puede verse Casassas, D., Libertad incondicional: la renta básica en la revolución democrática, Barcelona: Paidós, 2018.

[50] Entre sus principales frutos se encuentra Whigs and hunters. The origin of the Black Act, Londres: Allen Lane, 1975, y en coautoría, Albion’s fatal tree: crime and society in eighteenth-century England, Londres: Allen Lane, 1975.

[51] Véanse en el prólogo y «Carta abierta a L. Kołakowski» (en Miseria de la teoría, Barcelona: Crítica, 1981) el tono y la actitud escéptica que muestran cierta ruptura generacional.

[52] Por ejemplo, en Writing by the candlelight, Londres: Merlin Press, 1980. O en el hecho de que justamente en los años de mayor movilización estudiantil y cultura alternativa juvenil Thompson emprendiera una investigación sobre las formas de protesta de la juventud inglesa del siglo XVIII (en correspondencia con la historiadora Natalie Zemon Davis, véase Thompson, E. P. y N. Zemon Davies, La formación histórica de la cacerolada: charivari y rough music. Correspondencia y textos afines. 1970-1972, Madrid: Libros Corrientes, 2018).

[53] Véanse las intervenciones (incluida la de Thompson) en el volumen coordinado por Antoni Domènech, Protesta y sobrevive, Madrid: Blume, 1983. Thompson participaría en la marcha en Madrid contra la entrada de España en la OTAN.

[54] Efstathiou, C., op. cit.

[55] Domènech, A., «Socialismo, ¿de dónde vino? ¿Qué quiso? ¿Qué logró? ¿Qué puede seguir queriendo y logrando?», en M. Bunge y C. Gabetta (comps.), ¿Tiene porvenir el socialismo?, Barcelona: Gedisa, 2015, pp. 71-124.

[56] Intervención televisiva de E. P. Thompson en Channel Four Television, 1982. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=DGhWxFj3SZo&feature=youtu.be.

[57] «Recovering the libertarian tradition», Leveller Magazine, 22, 1979, pp. 20-22.

[58] Ibid. Casi al final de su vida, Thompson seguía preocupado por que una parte de la izquierda no valorase lo suficiente las libertades civiles y políticas, y porque debajo de las nuevas modas académicas de la izquierda se escondía una retirada de los valores republicanos que él siempre defendió. Frente a esta retirada, Thompson proponía «redescubrir un vocabulario de racionalidad y de universales rehabilitado […] las causas de la racionalidad y del internacionalismo y algunas (si no todas) de las causas de la Ilustración ahora requieren —a la vista de su impopularidad muy de moda— defensores tenaces». («Los finales de la Guerra Fría: una réplica», en Blackburn, R., Después de la caída: el fracaso del comunismo y el futuro del socialismo, Barcelona: Crítica, 1993 [1991]).

[59] «Outside the whale», Out of apathy, Londres: Stevenson and Sons, 1960 [trad. cast.: Orwell, G. et al., Dentro y fuera de la ballena, Madrid: Editorial Revolución, 1984].

[60] Thompson, E. P., Witness against the beast. William Blake and the moral law, Cambridge: Cambridge University Press, 1993, p. XXv.

[61] Entrevista con Andrew Whitehead, 1991, disponible en https://www.andrewwhitehead.net/political-voices-ep-thompson.html.

[62] «Historia y antropología», Agenda para una historia radical, Barcelona: Crítica, 2000.

[63] «Una entrevista con E. P. Thompson», Tradición, revuelta y consciencia de clase, Barcelona: Crítica, 1989, p. 296.

[64] «La economía moral nace como resistencia a la economía de “mercado libre” […]. La gran huelga de los mineros británicos en 1984 fue un ejemplo tardío de tal enfrentamiento, aunque las fuerzas “del mercado libre” aparecieron bajo el disfraz de todos los recursos del Estado» (p. 455).

[65] Véanse, por ejemplo: Linebaugh, P., El Manifiesto de la Carta Magna. Comunes y libertades para el pueblo, Madrid: Traficantes de Sueños, 2013 [2008]; Mattei, U., Bienes comunes. Un manifiesto, Madrid: Trotta, 2013; Coriat, B., Le retour des communs. La crise de l’idéologie propriétaire, París: Les Liens qui Libèrent, 2015.

[66] Es por eso que es aconsejable leer esta obra junto a Las peculiaridades de lo inglés y junto al artículo «El entramado hereditario: un comentario», en Agenda para una historia radical, Barcelona: Crítica, 2000.

[67] Recientemente el investigador Tim Rogan ha rescatado las conexiones entre las figuras de Thompson, Polanyi y Tawney como economistas morales que articulan una crítica que prefigura una noción de comunidad más allá del utilitarismo (individualista) y del colectivismo (estatista). En una carta de Karl Polanyi a su hermano Michael, fechada en enero de 1958, Polanyi considera que su propia posición es «de alguna manera similar» al humanismo socialista de Thompson. No existe ninguna referencia disponible de que Thompson conociera la obra de Polanyi, aunque Rogan ha sostenido que los parecidos son demasiado fuertes como para que Thompson no se inspirase parcialmente en La gran transformación, de Polanyi (véase Rogan, T., The moral economists. R. H. Tawney, Karl Polanyi, E. P. Thompson, and the critique of capitalism, Princeton: Princeton University Press, 2017, p. 157 y ss.).

[68] Sobre la historia del concepto de «propiedad» en la tradición continental europea, Jordi Mundó discierne formas de «propiedad simultánea» frente a la «propiedad exclusiva» y explica la irrealidad jurídica de esta última. Véase Mundó, J., «De la retórica absolutista de la propiedad al sentido común de la propiedad limitada», Sin Permiso, 16, 2018, pp. 35-63. En paralelo, Fabienne Orsi ha recordado cómo la idea de «propiedad pública», tradicionalmente vinculada a la condición de ciudadanía, fue sustituida en el derecho administrativo de finales del siglo XIX por la idea de que solo el Estado podía ostentar jurídicamente la «propiedad pública». Véase Orsi, F., «Biens publics, communs et Etat: quand la démocratie fait lien», en VV. AA., Vers une république des biens communs, París: Les Liens qui Libèrent, 2018, pp. 247-257.

[69] Hardin, G., «The tragedy of the commons», Science, 162, 1968, pp. 1343-1348.

[70] Ostrom, E., El gobierno de los bienes comunes. La evolución de las instituciones de acción colectiva, Ciudad de México: FCE, 2000 [1990]; Neeson, J. M., Commoners, common right, enclosure and social change in England, 1700–1820, Cambridge: Cambridge University Press, 1993.

[71] «Londres y sus alrededores no tendrían parques hoy día si los commoners no hubiesen defendido sus derechos» (p. 201). Precisamente una parte del mejor legado del laborismo de posguerra fue la ley que regulaba y creaba diez parques nacionales. Esta ley solo pudo darse bajo el contexto de luchas por los bienes comunes, en este caso, el acceso a los parques y el derecho público a transitar por ellos. Para una breve historia, se puede ver el corto Mass trespass, publicado en Roar Magazine en 2018. Disponible online en: https://roarmag.org/films/mass-trespass/.

[72] Sin ir más lejos, la historiadora francesa Florence Gauthier ha propuesto comprender la «economía moral» de Thompson como sinónimo de la categoría de «economía política popular» propuesta por Rousseau y recogida posteriormente por Robespierre y los jacobinos. Thompson mismo se mostró de acuerdo con la idea. Véase Gauthier, F., «De la economía moral a la economía política popular. La fructífera intuición de E. P. Thompson», Sociología Histórica, vol. 3, 2014, pp. 397-426.

[73] Cfr. La formación de la clase obrera en Inglaterra, Madrid: Capitán Swing, 2012.

[74] Aunque el propio Thompson no compartiera esta noción de la economía política clásica (véase, por ejemplo, en este volumen «La economía moral, revisada»). Para el concepto original de economía política y la escisión de las ciencias sociales tras el giro marginalista, véanse Mundó, J., «Particularismo epistémico, fragmentación académica e interdisciplinariedad», Ludus Vitalis, vol. 19, 35, 2011, pp. 245-248; y Casassas, D., La ciudad en llamas. La vigencia del republicanismo comercial de Adam Smith, Barcelona: Montesinos, 2010, pp. 195-205.

[75] «William Morris», Agenda para una historia radical, Barcelona: Crítica, 2000, p. 123.

[76] «The fight for a free press», Archivo Nacional, KV-2-4290, 43A, 1951; «The segregation for dissent» (1961), en Thompson, E. P., Writing by the candlelight, Londres: Merlin Press, 1980; y la intervención televisiva en Channel Four, 1982.

[77] Intervención televisiva en la BBC con motivo de la publicación de Costumbres en común: https://www.youtube.com/watch?v=s2CN3BerJdU&feature=youtu.be.

[78] Thompson, E. P., Beyond the frontier. The politics of a failed mission: Bulgaria 1944, Stanford: Stanford University Press, 1997.

Prefacio y agradecimientos

Los estudios que integran el presente libro se escribieron con la intención de que fueran un solo argumento estrechamente relacionado. El citado argumento se expone en la introducción. Sin embargo, para terminarlo he tardado mucho más tiempo del que había previsto. Comenzó —el trabajo sobre «el tiempo» y sobre «la economía moral»— poco después de publicar mi obra La formación de la clase obrera en Inglaterra, hace más de veinte años. Luego se vio demorado a causa de mi trabajo sobre la delincuencia en el siglo XVIII, cuyo resultado fueron Whigs and hunters y (en colaboración con colegas del Centre for the Study of Social History de la Universidad de Warwick) Albion’s fatal tree. Después, a principios de los años ochenta, una vez más me vi desviado de mi propósito por la aparición de una «segunda guerra fría» y por mi participación en el movimiento pacifista, que representaba una gran carga de trabajo para mí. No me arrepiento de ello: estoy convencido de que el movimiento pacifista contribuyó en gran medida a la desaparición de la Guerra Fría, que había descendido como una nube contaminante sobre todos los campos de la vida política e intelectual. Estas dificultades (unidas a la mala salud) retrasaron mucho la terminación de Costumbres en común.

Debería explicar seguidamente lo que he hecho para formular un argumento consecutivo. Dos capítulos se reproducen, sin cambio alguno, de una publicación anterior. Se trata de «Tiempo, disciplina de trabajo y capitalismo industrial», publicado por primera vez en el número 38 de Past and Present, diciembre de 1967, y «La economía “moral” de la multitud en la Inglaterra del siglo XVIII», que vio la primera luz en el número 50 de Past and Present, 1971 [en castellano se publicaron por primera vez en Tradición, revuelta y conciencia de clase, Barcelona: Crítica, 1979, pp. 62-134 y 239-293, respectivamente]. En el primer caso, si bien se han hecho nuevos e interesantes trabajos sobre la cuestión del tiempo, ninguno de ellos hacía necesaria una revisión importante de mi artículo. He dejado «La economía moral…» tal como estaba por una razón diferente. La tesis ha sido muy comentada, criticada y ampliada y las investigaciones posteriores la han sobrepasado en algunos aspectos. Al principio procuré revisarla y ponerla al día. Pero resultó una tarea imposible. Era como un traslado retrospectivo de los postes de la portería. Me encontré con que estaba modificando un texto al que otros estudiosos habían dedicado muchos comentarios. Así pues, he vuelto a publicar el estudio original y he escrito otro enteramente nuevo, más largo, «La economía moral, revisada», en el cual respondo a algunos críticos y reflexiono sobre las cuestiones que otros han planteado.

Los demás estudios que aparecen en el libro han sido revisados en extenso o aparecen aquí por primera vez. La «Introducción» y «Patricios y plebeyos» incluyen pasajes que salieron por primera vez en «Patrician society, plebeian culture», Journal of Social History, vol. 7, n.° 4 (verano de 1974), y «La sociedad inglesa en el siglo XVIII: ¿lucha de clases sin clases?», Social History, vol. 3, n.° 2 (mayo de 1978). Una versión más corta de «La cencerrada» apareció con el título de «“Rough music”: Le charivari anglais» en Annales: Économies, Sociétés, Civilisations, año 27, n.° 2 (marzo-abril de 1972). Agradezco a los editores y publicaciones citados que me hayan permitido utilizar este material.

También doy las gracias a las instituciones y los colegas que me han ofrecido hospitalidad y la oportunidad de enseñar y permanecer en comunicación con los profesionales de la historia durante este largo periodo. Entre ellos hay varias universidades norteamericanas (Pittsburgh, Rutgers, Brown, Dartmouth College), así como un circuito de universidades indias y las conferencias Sir Douglas Robb en la Universidad de Auckland, Nueva Zelanda. Más recientemente, siento un agradecimiento especial a tres universidades que se arriesgaron a invitarme como visitante —a pesar de que había perdido la práctica en gran parte— y me permitieron rehabilitarme como estudioso, después del largo alejamiento motivado por mi dedicación al movimiento pacifista. Estas universidades fueron, en primer lugar, la Queen’s University, en Kingston, Ontario (1988); la Universidad de Mánchester, que me concedió una beca de estudios Simon Senior en 1988-1989; y la Rutgers University, que me nombró profesor visitante distinguido Raoul Wallenberg en 1989-1990 y donde trabajé con el Center for Historical Analysis. Sin esta ayuda generosa y el estímulo de mis colegas quizá me hubiera olvidado de mi oficio. Finalmente, quiero expresar mi efusivo agradecimiento a la Universidad de Birmingham por poner a mi disposición su biblioteca y otros medios para llevar a cabo mi labor como miembro del Institute for Advanced Research in the Humanities.

Si tuviese que dar las gracias a todas las personas que me han mandado referencias (sobre las cencerradas o la venta de esposas, por ejemplo), este prefacio ocuparía varias páginas más. En algunos casos cito el nombre de los donantes en mis notas a pie de página. Debo pedir perdón por no mencionar el de otros. Entre las personas que me han pasado información o que han cambiado impresiones conmigo se cuentan: John Beattie, la malograda Kathleen Bumstead, Andrew Charlesworth, Robin Clifton, Penelope Corfield, Anna Davin, Natalie Davis, Isabel Emmett, el ya fallecido G. Ewart Evans, John Fine, John Fletcher, Vic Gammon, John Gillis, Inge Goodwin, Jack Goody, el difunto Herbert Gutman, Julian Harber, Brian Harrison, J. F. C. Harrison, Martin Ingram, Joan Lane, Louis Mackay, el malogrado David Morgan, Polly Morris, Bryan Palmer, Alfred Peacock, Iorwerth Prothero, Arnold Rattenbury, Ruth Richardson, John Rule, Raphael Samuel, Peter Searby, Robert Shenton, Paul Slack, Len Smith, Michael Sonenscher, Joan Thirsk, Keith Thomas, Dror Wahrman, John Walsh, E. R. Yarham, Eileen y Stephen Yeo. Muy especial es mi agradecimiento al difunto E. E. Dodd, que se ocupó de buscarme muchas cosas en la Public Record Office, y a Malcolm Thomas (actualmente bibliotecario de la Friends House, en Euston Road), que me prestó gran ayuda en mis investigaciones; a Adrian Randall, Wendy Thwaites y John Walter, por sus agudos comentarios en relación con mis textos sobre la «economía moral»; a Douglas Hay y Peter Linebaugh, excoeditores de Albion’s fatal tree, por sus consejos sobre la ley, la delincuencia y muchas otras cuestiones; a Robert Malcolmson y a Rex Russell, por su generosidad al pasarme referencias de las ventas de esposas y asuntos agrarios; a Roy Palmer, por compartir su inagotable y experto conocimiento de las baladas y la literatura impresa en hojas sueltas; a Nicholas Rogers, por tenerme al corriente del notable trabajo que está escribiendo sobre la multitud en Londres y en las provincias; y a Jeanette Neeson, cuya obra sobre los commoners del siglo XVIII se publicará dentro de poco y transformará la comprensión de la historia agraria y social del mencionado siglo y a cuya perspicacia debo mucho. Otras personas a las que estoy especialmente agradecido son Eveline King, que con gran habilidad ha descifrado y mecanografiado mi manuscrito, que estaba lleno de correcciones; a dos amigos de muchos años que son también mis editores —en Estados Unidos, André Schiffrin, que hasta hace poco era la inspiración directora de Pantheon Books, hasta que le fue imposible debido a la política filistea de Random House; y en Gran Bretaña, Martin Eve, de Merlin Press, que me ha ayudado en todas las dificultades—. Ambos han mostrado una paciencia extraordinaria y me han animado a pesar de mis largos retrasos. Finalmente, Dorothy Thompson, que ha sido mi colaboradora y ha compartido mis inquietudes durante más de cuatro decenios, ha comentado cada uno de los capítulos a medida que iban saliendo de la máquina de escribir. Sin su ayuda, de muchas clases, no habría terminado el presente libro.

También doy las gracias a las bibliotecas y los archivos de condado que cito en las notas a pie de página. Entre ellos se encuentran, por supuesto, la British Library, la British Museum Print Room y la Public Record Office. Las transcripciones de documentos que se guardan en la Public Record Office y cuyos derechos pertenecen a la Corona aparecen con permiso del controller de H. M. Stationery Office, y agradezco que se me permitiese reproducir las láminas V y VI. También deseo expresar mi agradecimiento al personal de la biblioteca de la casa de Cecil Sharp; al marqués de Cholmondeley (por permitirme utilizar los papeles de Cholmondeley [Houghton], que se conservan en la biblioteca de la Universidad de Cambridge); al personal de la William L. Clement Library de Ann Arbor, Míchigan, por el permiso para consultar los papeles de Shelburne; al honorable conde de Saint Aldwyn (por los papeles de Charles Withers); a su excelencia el duque de Marlborough (por los papeles del conde de Sunderland que se conservan en el palacio de Blenheim); a lord Crawford, por autorizar la reproducción de las láminas XXIX y XXX, y a todas las otras fuentes que se citan en las notas a pie de página y en el texto. El pasaje (véase la p. 203) de A history of the land law de A. W. B. Simpson (Oxford, 1986) se cita con permiso de Oxford University Press. Doy también las gracias a la British Library y a la British Museum Print Room por permitirme reproducir materiales que figuran en sus colecciones.

Worcester, diciembre de 1990

01

Introducción: costumbre y cultura

Todos los estudios que aparecen en el presente libro se comunican por caminos diferentes con el tema de la costumbre tal como se expresaba en la cultura de los trabajadores del siglo XVIII y bien entrado el XIX. Mi tesis es que la conciencia de la costumbre y los usos consuetudinarios eran especialmente fuertes en el siglo XVIII: de hecho, algunas «costumbres» eran inventos recientes y, en realidad, constituían la reivindicación de nuevos «derechos». Los historiadores que se ocupan de los siglos XVI y XVII han tendido a ver el siglo XVIII como una época en que estos usos consuetudinarios estaban en decadencia, junto con la magia, la brujería y supersticiones afines. Desde arriba se ejercía presión sobre el pueblo para que «reformara» la cultura popular, el conocimiento de las letras iba desplazando la transmisión oral y la ilustración (se supone) se filtraba de las clases superiores a las subordinadas.

Pero las presiones «reformistas» encontraban una resistencia empecinada y el siglo XVIII fue testigo de cómo se creaba una distancia profunda, una profunda alienación entre la cultura de los patricios y la de los plebeyos. Peter Burke, en su instructivo estudio Cultura popular en la Europa moderna (1978), sugiere que esta distancia fue un fenómeno a escala europea y que una de sus consecuencias fue la aparición del folclore, cuando observadores sensibles (e insensibles) de las capas altas de la sociedad mandaron grupos de exploración con el encargo de inspeccionar la «pequeña tradición» de los plebeyos y tomar nota de sus extrañas prácticas y rituales. Ya en el momento de nacer el estudio del folclore se consideraba que estos usos eran «antigüedades» o reliquias y John Brand, el gran pionero del estudio del folclore, juzgó necesario prologar su obra Observations on popular antiquities pidiendo disculpas por prestarles atención:

Nada puede ser extraño a nuestra investigación, y mucho menos indigno de nuestra atención, que concierna a lo más pequeño de lo vulgar; de aquellos pequeños que ocupan el lugar más bajo, aunque en modo alguno de menor importancia en la ordenación política de los seres humanos.[79]

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