Costumbres en común
Introducción de Julio Martínez-Cava
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Además, es una descripción de relaciones sociales vista desde arriba. Esto no la invalida, pero debemos ser conscientes de que esta descripción puede ser demasiado persuasiva. Si solo nos ofrecen la primera descripción, entonces es muy fácil pasar de esta a la idea de «una sociedad de una sola clase»; la casa grande se encuentra en la cumbre, y todas las líneas de comunicación llevan a su comedor, despacho o perreras. Es esta, en verdad, una impresión que fácilmente obtiene el estudioso que trabaja entre los documentos de propiedades particulares, los archivos de las Quarter Sessions o la correspondencia del duque de Newcastle.
Pero pueden encontrarse otras formas de describir la sociedad además de la que nos ofrece Harold Perkin en el primero de los extractos. La vida de una parroquia puede igualmente girar en torno al mercado semanal, los festivales y ferias de verano e invierno, la fiesta anual de la aldea, tanto como alrededor de lo que ocurría en la casa grande. Las habladurías sobre la caza furtiva, el robo, el escándalo sexual y el comportamiento de los overseers de los pobres podían ocupar las cabezas de las gentes bastante más que las distantes idas y venidas arriba, en el parque. La mayor parte de la comunidad campesina no tendría demasiadas oportunidades para ahorrar o invertir o para mejorar sus campos; posiblemente, se sentían más preocupados por el acceso al combustible, a las turberas y a los pastos comunales que por la rotación de las cosechas.[120] La justicia podía percibirse no como un «baluarte», sino como un tirano. Sobre todo, podía existir una radical disociación —en ocasiones antagonismo— entre la cultura e incluso la «política» de los pobres y aquellas de los grandes.
Pocos estarían dispuestos a negar esto. Pero las descripciones del orden social en el primer sentido, vistas desde arriba, son mucho más corrientes que los intentos de reconstruir una visión desde abajo. Y siempre que se introduzca la noción de «paternalismo», es el primer modelo el que nos sugiere. Y el término no puede deshacerse de implicaciones normativas: sugiere calor humano, en una relación mutuamente admitida; el padre es consciente de sus deberes y responsabilidades hacia el hijo, el hijo está conforme o se muestra activamente complaciente con su condición filial. Incluso el modelo de la pequeña unidad económica doméstica conlleva (a pesar de los que lo niegan) un cierto sentido de intimidad emocional: «Hubo un tiempo —escribe Laslett— en que toda la vida se desarrollaba en la familia, en un círculo de rostros amados y familiares, de objetos conocidos y mimados, todos de proporciones humanas».[121] Sería injusto contrastar esto con el recuerdo de que Cumbres borrascosas está enmarcado exactamente en una situación familiar como esta. Laslett nos recuerda un aspecto relevante de las relaciones económicas a pequeña escala, incluso si el calor se debía a la rebelión impotente contra una dependencia abyecta, con tanta frecuencia como al respeto mutuo. En los primeros años de la Revolución Industrial, los trabajadores rememoraban a menudo los valores paternalistas perdidos; Cobbett y Oastler se explayaron ante el sentimiento de pérdida, Engels confirmó el agravio.
Pero esto plantea otro problema. El paternalismo como mito o ideología mira casi siempre hacia atrás. Se presenta en la historia inglesa menos como realidad que como un modelo de edad de oro antigua, recién finalizada, de la cual los actuales modos y maneras constituyen una degeneración. Y tenemos el Country Justice de Langhorne (1774):
Cuando tu buen padre tenía este amplio dominio,
la voz del dolor nunca lloró en vano
calmados por su piedad, por su abundancia alimentados,
los enfermos encontraban medicina y los ancianos pan.
Nunca abandonó sus intereses a los cuidados de la parroquia.
Ni hubo alguacil alguno que impusiera allí su pequeño imperio;
no hubo tirano de aldea que los matara de hambre o los oprimiera;
aprendió sus necesidades, y las satisfacía […].
Los pobres veían a su lado a sus protectores naturales,
y los que impartían la ley sustituían a la ley misma.[122]
Y continúa, para negar que estas relaciones tengan alguna realidad en el momento:
El viaje sin límites de las costumbres
se ha llevado al magistrado guardián.
Excepto en las calles de Augusta, en las costas de Galia,
el patrón rural ya nunca se vislumbra.[123]
Pero podemos elegir las fuentes literarias donde nos plazca. Podríamos retroceder unos sesenta o setenta años hasta sir Roger de Coverley, un tardío superviviente, un hombre singular y anticuado y, por ello, al mismo tiempo ridículo y entrañable. Podríamos retroceder otros cien años hasta El rey Lear, o hasta el «buen anciano» de Shakespeare, Adam; nuevamente los valores paternalistas se consideran «una antigualla», se deshacen ante el individualismo competitivo del hombre natural del joven capitalismo, en el que «el vínculo entre el padre y el hijo está resquebrajado» y donde los dioses protegen a los bastardos. O podemos seguir retrocediendo otros cien años hasta sir Thomas More. La realidad del paternalismo aparece siempre retrocediendo hacia un pasado aún más primitivo e idealizado.[124] Y el término nos fuerza a confundir atributos reales e ideológicos.
Para resumir: «paternalismo» es un término descriptivo impreciso. Tiene considerablemente menos especificidad histórica que términos como «feudalismo» o «capitalismo»; tiende a ofrecer un modelo de orden social visto desde arriba; contiene implicaciones de calor y de relaciones personales que suponen nociones valorativas; confunde lo real con lo ideal. No significa esto que debamos desechar el término por completa inutilidad para todo servicio. Tiene tanto, o tan poco, valor como otros términos descriptivos generalizados —«autoritario», «democrático», «igualitario»— que por sí mismos, y sin sustanciales añadiduras, no pueden calificar un sistema de relaciones sociales. Ningún historiador serio debe calificar toda una sociedad de paternalista o patriarcal. Pero el paternalismo puede, como en la Rusia zarista, en el Japón meiji o en ciertas sociedades esclavistas, ser un componente profundamente importante no solo de la ideología, sino de la mediación institucional en las relaciones sociales. ¿Cuál es el estado de la cuestión con respecto a la Inglaterra del siglo XVIII?
II
Dejemos a un lado de inmediato una línea de investigación tentadora pero totalmente improductiva: la de intentar adivinar el peso específico de ese misterioso fluido que es el «matiz patriarcal», en este o aquel contexto y en distintos momentos del siglo. Comenzamos con impresiones; adornamos nuestros presentimientos con citas oportunas; terminamos con impresiones.
Si observamos, por el contrario, la expresión institucional de las relaciones sociales, esta sociedad parece ofrecer pocos rasgos auténticamente paternalistas. Lo primero que notamos en ella es la importancia del dinero. La gentry terrateniente se clasifica no por nacimiento u otras distinciones de estatus, sino por sus rentas: tienen tantas libras al año. Entre la aristocracia y la gentry con ambiciones, los noviazgos los hacen los padres y sus abogados, que los llevan con cuidado hasta su consumación, el acuerdo matrimonial satisfactoriamente contraído. Destinos y puestos podían comprarse y venderse (siempre que la venta no fuera seriamente conflictiva con las líneas de interés político): los destinos en el ejército, los escaños parlamentarios. Derechos de usufructo, privilegios, libertades, servicios, todo podía traducirse en un equivalente monetario: el voto, los derechos de libre tenencia, la exención de impuestos parroquiales o servicio de la milicia, la libertad de los burgos, las puertas en las tierras comunales. Este es el siglo en que el dinero «lleva toda la fuerza», en el que las libertades se convierten en propiedades y se materializan los derechos de usufructo. Un palomar situado en el lugar de una antigua tenencia libre puede venderse, y con él se vende el derecho a votar; los escombros de un antiguo caserío se pueden comprar para reforzar las pretensiones a los derechos comunales y, por tanto, para cercar un lote más de tierras comunales.
Si los derechos de usufructo, servicios, etc., se convirtieron en propiedades que se clasificaban con el valor de tantas libras, no siempre se convirtieron, sin embargo, en mercancías accesibles para cualquier comprador en el mercado libre. La propiedad asumía su valor, en la mayor parte de los casos, solo dentro de una determinada estructura de poder político, influencias, intereses y dependencia, que Namier nos dio a conocer. Los cargos titulares prestigiosos (tales como rangers, keepers, constables) y los beneficios que traían consigo podían comprarse y venderse; pero no todo el mundo podía comprarlos o venderlos (durante los gobiernos de Walpole, ningún par tory o jacobita tenía probabilidades de éxito en este mercado); y el titular de un cargo opulento que incurría en la desaprobación de los políticos o la corte podía verse amenazado de expulsión mediante procedimientos legales.[125] La promoción a los puestos más altos y lucrativos de la Iglesia, la justicia o las armas se encontraba en situación similar. Los cargos se obtenían mediante la influencia política, pero, una vez conseguidos, suponían normalmente posesión vitalicia, y el beneficiario debía exprimir todos los ingresos posibles del mismo mientras pudiera. La tenencia de sinecuras de corte y de altos cargos políticos era mucho menos segura, aunque de ningún modo menos lucrativa: el conde de Ranelagh, el duque de Chandos, Walpole y Henry Fox, entre otros, amasaron fortunas durante su breve paso por el cargo de pagador general. Y, por otra parte, la tenencia de posesiones territoriales, como propiedad absoluta, era enteramente segura y hereditaria. Era tanto el punto de acceso para el poder y los cargos oficiales como el punto al cual retornaban el poder y los cargos. Las rentas podían aumentarse mediante una administración competente y mejoras agrícolas, pero no ofrecían las ganancias caídas del cielo que proporcionaban las sinecuras, los cargos públicos, la especulación comercial o un matrimonio afortunado. La influencia política podía maximizar los beneficios más que la rotación cuadrienal, como, por ejemplo, facilitando la consecución de decretos privados, tales como el cercamiento, o el convertir un paquete de ingresos sinecuristas no ganados por vía normal en posesiones hipotecadas, allanando el camino para conseguir un matrimonio que uniera intereses armónicos o logrando acceso preferente a una nueva emisión de bolsa.
Fue esta una fase depredadora del capitalismo agrario y comercial, y el Estado mismo era uno de los primeros objetos de presa. El triunfo en la alta política era seguido por el botín de guerra, así como la victoria en la guerra era con frecuencia seguida por el botín político. Los jefes triunfantes de las guerras de Marlborough no solo obtuvieron recompensas públicas, sino también enormes sumas sustraídas de la subcontratación militar de forrajes, transporte o pertrechos; Marlborough recibió el palacio de Blenheim; Cobham y Cadogan, los pequeños palacios de Stowe y Caversham. La sucesión hannoveriana trajo consigo una serie de bandidos cortesanos. Pero los grandes intereses financieros y comerciales requerían también acceso al Estado, para obtener cédulas, privilegios, contratos y las fuerzas diplomática, militar y naval necesarias para abrir el camino al comercio.[126] La diplomacia obtuvo para la South Sea Company (Compañía del Mar del Sur) el asiento o licencia para el comercio de esclavos con la América española, y fue la expectativa de beneficios masivos de esta concesión lo que hinchó la South Sea Bubble.
No se pueden hacer burbujas (bubbles) sin escupir, y los escupitajos en este caso tomaron la forma de sobornos no solo a los ministros y a las queridas del rey, sino también (parece seguro) al mismo rey.
Estamos acostumbrados a pensar que la explotación es algo que ocurre en el nivel del suelo, en el punto de producción. A principios del siglo XVIII se creaba la riqueza en este nivel bajo, pero se elevó rápidamente a regiones más altas, se acumuló en grandes porciones y los verdaderos agostos se hicieron en la distribución, acaparamiento y venta de artículos o materias primas (lana, grano, carne, azúcar, paños, té, tabaco, esclavos), en la manipulación del crédito y en la toma de cargos del Estado. Bandidos patricios competían por el botín del poder, y este solo hecho explica las grandes sumas de dinero que estaban dispuestos a emplear en la compra de escaños parlamentarios. Visto desde esta perspectiva, el Estado no era tanto el órgano efectivo de una clase determinada como un parásito a lomos de la misma clase (la gentry) que había triunfado en 1688. Y así lo veían, y lo consideraban intolerable muchos miembros de la pequeña gentry tory durante la primera mitad del siglo, cuyos impuestos territoriales veían transferidos por los medios más patentes a los bolsillos de los cortesanos y políticos whig, a la misma élite aristocrática cuyos grandes dominios se estaban consolidando frente a los pequeños, en estos años. Incluso hubo un intento por parte de la oligarquía, en la época del conde de Sunderland, de confirmarse institucionalmente y autoperpetuarse mediante la tentativa de lograr el Peerage Bill (Proyecto de Ley de Nobleza) y la Septennial Act (Ley Septenal). El que las defensas constitucionales contra esta oligarquía pudieran al menos sobrevivir a estas décadas se debió en gran medida a la obstinada resistencia de la gentry independiente rural, en gran parte tory, en ocasiones jacobita, apoyada una y otra vez por la multitud vociferante y turbulenta.
Todo esto se hacía en nombre del rey. En nombre del rey los ministros de éxito podían purgar incluso al más subordinado funcionario del Estado que no estuviera totalmente sometido a sus intereses. «No hemos ahorrado medios para encontrar a todos los malvados, y hemos despedido a todos aquellos de los cuales teníamos la más mínima prueba, tanto de su actual como de su pasado comportamiento», escribían los tres serviles comisarios de Aduanas de Dublín al conde de Sunderland en agosto de 1715. Es «nuestro deber no permitir que ninguno de nuestros subordinados coma el pan de Su Majestad, si no tienen todo el celo y afecto imaginables hacia su servicio y el del Gobierno».[127] Pero uno de los intereses primeros de los depredadores políticos era limitar la influencia del rey a la de primus inter predatores. Cuando al ascender Jorge II pareció dispuesto a prescindir de Walpole, resultó que era susceptible de ser comprado como cualquier político whig, aunque a más alto precio:
Walpole conocía su deber. Nunca un soberano fue tratado con mayor generosidad. El rey, 800.000 libras, más el excedente de todos los impuestos asignados a la lista civil, calculados por Harvey en otras 100.000 libras; la reina, 100.000 libras al año. Corría el rumor de que Pulteney ofrecía más. Si así era, su incapacidad política era asombrosa. Nadie a excepción de Walpole podía haber esperado obtener tales concesiones a través de los Comunes […], una cuestión que el soberano no tardó en captar […].
«Considere, sir Robert —dijo el rey, ronroneando de gratitud mientras su ministro se disponía a dirigirse a los Comunes—, que lo que me tranquiliza en esta cuestión es lo que hará también su tranquilidad; va a decidirse para mi vida y para su vida».[128]
Así que el «deber» de Walpole resulta ser el respeto mutuo de dos ladrones de cajas fuertes asaltando las cámaras del mismo banco. Durante estas décadas, los conocidos «recelos» whigs de la Corona no surgían del miedo a que los monarcas hannoverianos realizaran un golpe de Estado y pisotearan bajo sus pies las libertades de los súbditos al adquirir poder absoluto; la retórica se destinaba exclusivamente a las tribunas públicas. Surgía del miedo más real a que el monarca ilustrado encontrara medios para elevarse, como personificación de un poder «imparcial», racionalizado y burocrático, por encima y más allá del juego depredador. El atractivo de un rey tan patriótico habría sido inmenso, no solo entre la gentry menor, sino entre grandes sectores de la población: fue precisamente el atractivo de su imagen de patriota incorrupto lo que llevó a William Pitt el Viejo al poder en una marea de aclamación popular, a pesar de la hostilidad de los políticos y de la corte.[129]
«Los sucesores de los antiguos cavaliers se habían convertido en demagogos; los sucesores de los roundheads, en cortesanos —dice Macaulay, y continúa—: Durante muchos años, una generación de whigs que Sidney habría desdeñado por esclavos continuaron librando una guerra a muerte con una generación de tories a los cuales Jeffreys habría colgado por republicanos».[130] Esta descripción no sobrevive mucho tiempo después de mediado el siglo. El odio entre whigs y tories se había suavizado mucho diez años antes del ascenso de Jorge III y la subsiguiente «matanza de los inocentes pelhamitas». Los supervivientes tories procedentes de la gran gentry volvieron a ser nombrados jueces de paz, recuperaron su presencia política en los condados y abrigaron esperanzas de compartir el botín del poder. Al ascender la manufactura en las escalas de riqueza contra la compraventa y la especulación, también ciertas formas de privilegio y corrupción se hicieron odiosas a los hombres adinerados, que llegaron a aceptar la palestra racionalizada e «imparcial» del mercado libre: ahora uno podía hacer su agosto sin la previa compra política en los órganos del Estado. La subida al trono de Jorge III cambió de modos diversos los términos del juego político; la oposición sacó su vieja retórica liberal y le dio lustre. Para algunos adquirió (como en la City de Londres) un contenido verdadero y renovado. Pero el rey, desafortunadamente, malogró todo intento de presentarse como rey ilustrado, como la cúspide imperial de una burocracia desinteresada. Las funciones parasitarias del Estado se vieron bajo constante escrutinio y ataque a destajo (ataques contra la Compañía de las Indias Orientales, contra puestos y sinecuras, contra la apropiación indebida de tierras públicas, la reforma de la contribución indirecta, etc.); pero, a pesar de su eficiente servicio fiscal, y de una Marina y un Ejército útiles, el papel parasitario del Estado perduró.
La «Vieja Corrupción» es un término de análisis político más serio de lo que a menudo se cree; pues como mejor se entiende el poder político a lo largo de la mayor parte del siglo XVIII es, no como un órgano directo de clase o intereses determinados, sino como una formación política secundaria, un lugar de compra donde se obtenían o se incrementaban otros tipos de poder económico y social; en relación con sus funciones primarias era caro, ampliamente ineficaz, y sobrevivió al siglo solo porque no inhibió seriamente los actos de aquellos que poseían poder económico o político (local) de facto. Su mayor fuente de energía se encontraba precisamente en la debilidad misma del Estado; en el desuso de sus poderes paternales, burocráticos y proteccionistas, en la posibilidad que otorgaba al capitalismo agrario, mercantil y fabril para realizar su propia autorreproducción; en los suelos fértiles que ofrecía al laissez-faire.[131]
Pero raramente parece ser un suelo fértil para el paternalismo. Nos hemos acostumbrado a una visión algo distinta de la política del siglo XVIII, presentada por historiadores que se han acostumbrado a considerar la época en los términos de la disculpa de sus principales actores.[132] Si se advierte la corrupción, puede legitimarse mencionando un precedente; si los whigs eran depredadores, también lo eran los tories. No hay nada fuera de orden, todo está incluido en «los criterios aceptados de la época». Pero la visión alternativa que yo he ofrecido no debe producir sorpresa. Es, después de todo, la crítica de la alta política que se encuentra en Los viajes de Gulliver y en Jonathan Wild, en parte en las sátiras de Pope y en parte en Humphrey Clinker, en «Vanity of human wishes» y «London» de Johnson y en el «Traveller» de Goldsmith. Aparece, como teoría política, en la Fábula de las abejas de Mandeville, en la polémica del «partido del campo», con un colorido tory en el pensamiento de Bolingbroke, y reaparece, de forma más fragmentaria, y con un colorido whig, en las Political disquisitions de Burgh.[133] En las primeras décadas del siglo, la comparación entre la alta política y los bajos fondos era un recurso corriente de la sátira:
Sé que para parecer aceptable a los hombres de alcurnia hay que esforzarse en imitarlos, y sé de qué modo consiguen dinero y puestos. No me sorprende que el talento necesario para ser un gran hombre de Estado sea tan escaso en el mundo, dado que tan gran cantidad de los que lo poseen son segados en lo mejor de sus vidas en el Old-Baily.
Así se expresaba John Gay, en una carta privada, en 1723.[134] La idea constituye la semilla de The Beggar’s Opera. Los historiadores han desatendido generalmente esta imagen como hiperbólica. No deberían hacerlo.
Por supuesto, hay que hacer algunas puntualizaciones. Sin embargo, una que no se puede hacer es la de que este parasitismo era reprimido o vigilado celosamente por una clase media creciente, unida y resuelta, integrada por profesionales y por manufactureros.[135] Desde luego, se estaban concentrando todos los elementos de tal clase y las investigaciones históricas recientes han puesto de relieve el crecimiento de la riqueza, el número y la presencia cultural de los sectores comerciales, profesionales, agrícolas y mercantiles de la sociedad;[136] afirmaciones esporádicas de independencia en la política urbana;[137] el crecimiento vigoroso de centros y servicios de ocio que atendían principalmente a las «capas medias».[138] Si en las primeras décadas del siglo era posible mantener a tales grupos en su lugar por medio de medidas palpables de clientela y dependencia,[139] a mediados de siglo ya eran lo bastante numerosos —ciertamente en Londres y también en algunas ciudades grandes— como para dejar de depender de unos cuantos protectores y para haber adquirido la independencia del mercado, que era más anónimo. En cierto sentido, una clase media estaba creando su propia e indefinida sociedad civil o esfera pública.
No obstante, todo esto no llegaba a constituir una clase social con sus propias instituciones y objetivos, con la suficiente confianza en sí misma para desafiar a los administradores de la Vieja Corrupción. Esta clase no empezó a descubrirse a sí misma (excepto, quizás, en Londres) hasta las tres últimas décadas del siglo. Durante la mayor parte del mismo, sus miembros potenciales se contentaban con someterse a una condición de abyecta dependencia. Excepto en Londres, hicieron pocos esfuerzos (hasta el Association Movement de finales de la década de 1770) para librarse de las cadenas del soborno electoral y la influencia; eran adultos que consentían en su propia corrupción. Después de dos décadas de adhesión servil a Walpole, surgieron los Disidentes con su recompensa: 500 libras asignadas a las viudas de clérigos meritorios. Pasaron cincuenta años sin que pudieran lograr la derogación de las Test and Corporation Acts (Leyes Corporativas). Como hombres de la Iglesia, la mayoría adulaban para obtener ascensos, cenaban y bromeaban (por tolerancia) a la mesa de sus protectores y, como el párroco Woodforde, no se ofendían por recibir una propina del señor en una boda o un bautizo.[140] Como inspectores, abogados, tutores, administradores, mercaderes, etc., se encontraban dentro de los límites de la dependencia; sus cartas respetuosas solicitando puestos o favores se conservan en las colecciones de manuscritos de los grandes.[141] (Como tales, las fuentes tienen la tendencia historiográfica a destacar en demasía el elemento de deferencia en la sociedad del siglo XVIII; un hombre en la situación, forzosa, de solicitar favores no revelará su verdadera opinión). En general, las clases medias se sometieron a una relación de clientelismo. Ocasionalmente, un individuo podía librarse, pero incluso las artes siguieron viéndose afectadas por su dependencia de la liberalidad de sus mecenas.[142] El aspirante a profesional o comerciante buscaba el remedio a su sentimiento de agravio menos en la organización social que en la movilidad social (o geográfica, a Bengala, o al «Occidente» de Europa: al Nuevo Mundo). Intentaba comprar la inmunidad a la deferencia adquiriendo la riqueza que le proporcionaría «independencia» o tierras y estatus de gentry.[143] El profundo resentimiento generado por esta condición de «cliente», con sus concomitantes humillaciones y sus obstáculos para la carrera abierta al talento, alimentó gran parte del radicalismo intelectual de principios de la década de 1790; sus ascuas abrasan los pies incluso en los tranquilos y racionalistas periodos de la prosa de Godwin.
De modo que, al menos durante las primeras siete décadas del siglo, no encontramos clase media alguna, industrial o profesional, que ejerza una limitación efectiva a las operaciones del poder oligárquico depredador. Pero si no hubiera habido frenos de ninguna clase, ningún atenuante al dominio parasitario, la consecuencia habría sido necesariamente la anarquía, una facción haciendo presa sin restricción sobre otra. Los principales atenuantes a este dominio eran cuatro.
Primero, ya hemos hablado de la tradición en gran medida tory de la pequeña gentry independiente. Esta tradición es la única que sale de la primera mitad del siglo cubierta de honor; reaparece con manto whig, en el Association Movement de la década de 1770.[144] En segundo lugar, está la prensa: en sí misma, una especie de presencia de clase media, adelantándose a otras expresiones perspicuas, una presencia que extiende su alcance al extenderse la alfabetización y al aprender por sí misma a ampliar y conservar sus libertades.[145] En tercer lugar, existe «la Ley», elevada durante este siglo a un papel más prominente que en cualquier otro periodo de nuestra historia, y que servía como autoridad «imparcial» de arbitrio en lugar de la débil y nada ilustrada monarquía, una burocracia corrupta y una democracia que ofrecía a las activas intromisiones del poder poco más que una retórica sobre su linaje. El derecho civil proporcionaba a los intereses en competencia una serie de defensas de su propiedad y las reglas del juego sin las que todo ello habría caído en la anarquía. Las altas instituciones de la ley no estaban libres de influencias y corrupciones, pero lo estaban más que cualquier otra profesión. Para conservar su credibilidad, los tribunales deben fallar a veces a favor del humilde y contra el poderoso, del súbdito y contra el rey. En términos de estilo, la actuación era soberbia: serena, no corrompida por las influencias, alejada del tumulto de la vida, lúcida, combinando la veneración de los precedentes de la Antigüedad con una asimilación flexible del presente. El dinero, por supuesto, podía comprar a los mejores actores y con frecuencia el bolsillo más lleno podía agotar al que no lo estaba tanto; pero el dinero jamás podía efectuar una compra franca del fallo de un tribunal y a veces resultaba visiblemente derrotado. El derecho civil proporcionaba un marco justo dentro del cual los depredadores podían luchar por algunas clases de botín: diezmos, derechos de explotación de bosques y de tierras comunales, legados y bienes vinculados: a veces sus víctimas humildes podían defenderse en el mismo medio. Pero el derecho penal, que iba dirigido principalmente a las gentes disolutas y levantiscas, mostraba un aspecto totalmente distinto. Asimismo, el derecho del siglo XVIII se ocupaba menos de las relaciones entre personas que de las relaciones entre la propiedad, o las reivindicaciones de la propiedad, o lo que Blackstone denominó «los derechos de las cosas» (véase la p. 214).
En cuarto y último lugar, está la omnipresente resistencia de la multitud: una multitud que se extendía en ocasiones desde la pequeña gentry, pasando por los profesionales, hasta los pobres (y entre todos ellos, los dos primeros grupos intentaron en ocasiones combinar la oposición al sistema con el anonimato), pero que a ojos de los grandes aparecía, a través de la neblina del verdor que rodeaba sus parques, compuesta de «tipos disolutos y levantiscos». La relación entre la gentry y la multitud es el tema particular de este trabajo.
III
No cabe esperar que las responsabilidades paternales o la deferencia filial sean vigorosas en el régimen depredador que he señalado. Pero, desde luego, es posible que una sociedad tenga fisuras y esté dividida en facciones hostiles entre sí en la cúspide, pero que conserve su cohesión abajo. Las juntas militares dan golpes y contragolpes, los pretendientes a un trono intercambian sus lugares, los señores de la guerra protagonizan marchas y contramarchas, pero en la base de la sociedad el campesinado o los trabajadores de las plantaciones permanecen pasivos, a veces se someten al cambio de amos, contenidos por la fuerza de las instituciones paternales locales, se muestran sumisos a causa de la falta de otros horizontes sociales. Cabe preguntarse si, fuera cual fuese el parasitismo que infestaba el Estado en el siglo XVIII, quizá la gentry, instalada en la seguridad de sus condados, arrojó una red paternalista sobre toda la sociedad.
No sería difícil encontrar ejemplos de finca grande o manorial village[146] cerrado donde pareciera que había sido así. Y volveremos a ocuparnos de tales ejemplos. Resultaría igualmente fácil encontrar regiones de pastos y bosques y de industria doméstica en expansión donde esto fuera evidentemente falso. La presentación de ejemplos no nos llevará muy lejos. Lo que deberíamos preguntarnos es lo siguiente: ¿qué instituciones del siglo XVIII permitían que los gobernantes obtuviesen, directa o indirectamente, el control de toda la vida del trabajador, en contraposición a la compra, seriatim, de su poder laboral?
El hecho más importante se encuentra en el otro lado de la pregunta. Estamos hablando del siglo durante el cual se produce la erosión de las formas de trabajo medio libres, la decadencia del sistema en virtud del cual los trabajadores viven en casa del amo, la extinción definitiva de los servicios laborales y el avance de la mano de obra asalariada, libre y móvil. No fue una transición fácil ni rápida. Christopher Hill nos ha recordado la larga resistencia que el inglés libre por nacimiento opuso al potaje de la mano de obra asalariada libre. También hay que tomar nota de la larga resistencia que sus amos opusieron a algunas de sus consecuencias. Deseaban fervientemente tener lo mejor de ambos sistemas, el viejo y el nuevo, sin ninguna de sus desventajas. Se aferraban a la imagen del trabajador como hombre no libre, «sirviente»: un sirviente en la agricultura, en el taller, en la casa. (Se aferraban simultáneamente a la imagen del hombre libre o sin amo como vagabundo al que había que disciplinar, dar latigazos y obligar a trabajar). Pero no se podían recoger las cosechas, no se podía manufacturar el paño, no se podían transportar las mercancías, no se podían construir casas ni era posible ampliar los parques sin una mano de obra fácil de obtener y móvil, una mano de obra para la que podía resultar inconveniente o imposible aceptar las reciprocidades de la relación amo-sirviente. Los amos repudiaron sus responsabilidades paternales; pero durante muchas décadas no pararon de quejarse de la ruptura de la «gran ley de la subordinación», la disminución de la deferencia, que vino después del citado repudio:
Los pobres que trabajan, a pesar de la paga doble,
son descarados, revoltosos y mendigantes.[147]
La queja más característica durante la mayor parte del siglo tuvo que ver con la indisciplina de los trabajadores, su irregularidad en el empleo, su falta de dependencia económica y su insubordinación social. Defoe, que no era un teórico convencional de los «salarios bajos» y que a veces se mostraba partidario de los salarios altos porque incrementaban la capacidad de consumo de los «manufactureros» o de los «artífices», expuso todos los argumentos en su Great law of subordination consider’d; or, the insolence and unsufferable behaviour of servants in England duly enquir’d into (1724). Arguyó que, a causa de la insubordinación de los sirvientes,
se arruinan los agricultores, quedan incapacitados los granjeros, se hunden los manufactureros y los artífices, con la destrucción del comercio […] y que ningún hombre que, en el transcurso de los negocios, emplee a un número de pobres, puede depender de contrato alguno con ellos, o hacer cosa alguna que emprendan, no teniendo ley ni poder […] para obligar a los pobres a hacer honradamente aquello para lo cual se les contrata.
Bajo una interrupción del comercio y una falta general de trabajo, entonces claman y se amotinan, huyen de sus familias, descargan sus esposas e hijos en las parroquias […] y […] maduran para toda clase de travesuras, ya sean la insurrección pública o el pillaje privado.
Cuando abunda el trabajo se vuelven descarados, perezosos, ociosos y libertinos […], no quieren trabajar más que dos o tres días a la semana.
De hecho, el control paternal sobre toda la vida del trabajador iba disminuyendo; la fijación de salarios cayó en desuso; la movilidad de la mano de obra es manifiesta; el vigor de las ferias de contratación, los «estatutos» o statties, proclama el derecho del trabajador rural (además del urbano) a reclamar, si así lo desea, un cambio de amo.[148] Asimismo, hay indicios (en la negativa misma de los trabajadores a someterse a la disciplina de trabajo que se les exige) del crecimiento de una psicología del trabajador libre, una psicología recién conquistada. En una de las anécdotas moralizadoras de Daniel Defoe, el juez de paz ordena la comparecencia del trabajador pañero para que responda de la queja presentada por su patrono en el sentido de que está descuidando su trabajo:
Juez: Pasa, Edmund. He hablado con tu amo.
Edmund: Mi amo, no, y con permiso de Su Señoría, espero ser mi propio amo.
Juez: Bueno, tu patrono, el señor E., el pañero; ¿te parece bien la palabra «patrono»?
Edmund: Sí, sí, y con el permiso de Su Señoría, cualquier cosa, menos amo.[149]
Nos encontramos ante un cambio importante de los términos de relación: la subordinación se está transformando en negociación (si bien entre partes sumamente desiguales).
El siglo XVIII fue testigo de un cambio cualitativo en las relaciones laborales cuya naturaleza no queda clara si lo vemos solamente en términos de un incremento de la escala y el volumen de la manufactura y el comercio. Esto ocurrió, por supuesto. Pero ocurrió de tal modo que una proporción considerable de la población activa pasó, de hecho, a estar más libre de disciplina en su trabajo cotidiano, a tener más libertad de elegir entre patronos y entre el trabajo y el ocio, a estar menos situada en una posición de dependencia en toda su forma de vida, de lo que había sido antes o de lo que volvería a ser en las primeras décadas de disciplina de la fábrica y del reloj.
Fue una fase de transición. Un rasgo sobresaliente fue la pérdida de los usos o gajes no monetarios o su transformación en pagos en dinero. Tales usos seguían estando extraordinariamente extendidos a comienzos del siglo XVIII. Favorecían el control social paternal porque aparecían simultáneamente como relaciones económicas y sociales, como relaciones entre personas y no como pagos por servicios o cosas. En el aspecto más evidente, comer a la mesa del patrono, alojarse en su granero o encima de su taller, equivalía a someterse a su supervisión. En la casa grande los sirvientes que dependían de las «propinas» de las visitas, de las prendas de vestir de la señora, de los gajes clandestinos del excedente de la despensa, se pasaban la vida conquistando favores. Hasta los gajes multiformes dentro de la industria, que de modo creciente se estaban redefiniendo como «robos», era probable que durasen más allí donde los trabajadores los aceptaran como favores y se sometieran a una dependencia filial.
A veces, se tiene un atisbo de la extinción de un gaje o un servicio que debió de causar al control paternal una sacudida que no guardaba ninguna proporción con la ganancia económica que obtenía el patrono. Así, cuando sir Jonathan Trelawney, obispo de Winchester, trataba de incrementar los ingresos de su sede, empleó como administrador a un tal Heron, hombre muy comprometido con una despiadada racionalización económica. Entre las acusaciones que en 1707 lanzaron contra Heron los arrendatarios y los funcionarios subordinados de los tribunales del obispo cabe citar las que decían que:
Rompe antiguas costumbres […] en cuestiones pequeñas e insignificantes, las cuales tienen poco valor para Su Señoría […], ha negado conceder cinco chelines en Waltham al jurado del tribunal […] para que beba a la salud de Su Señoría, costumbre que se ha seguido desde tiempo inmemorial […], ha negado al mayordomo y los oficiales de Su Señoría un pequeño beneficio consistente en que sus caballos sean herrados en Waltham según un antiguo uso que nunca sobrepasó los seis o siete chelines […], negó a los arrendatarios de Su Señoría madera para la reparación de varios puentes y corrales comunales.
A esto replicó Heron, con cierta irritación:
Reconozco que a veces interrumpo estas costumbres insignificantes como él las llama porque observo que los favores de vuestro predecesor se prescriben contra Su Señoría y se insiste en ellos como derechos, y luego no se le agradecen a Su Señoría; por otra parte, aunque sean insignificantes, muchos gastos insignificantes […] ascienden a una suma al final.[150]
Así, la racionalización económica roía (y venía royendo desde hacía tiempo) los lazos del paternalismo. El otro rasgo principal de este periodo de transición era, huelga decirlo, la ampliación del sector de la economía que era independiente de una relación de clientela con la gentry. La economía «subordinada» seguía siendo muy grande: no solo los dependientes directos de la casa grande, las camareras y los criados de librea, cocheros y caballerizos y jardineros, los guardabosques y las lavanderas, sino también los otros círculos concéntricos de clientela económica: los oficios ecuestres y los comercios suntuarios, las modistas y los reposteros y los vinateros, los fabricantes de carrozas, los posaderos y los palafreneros.
Pero el siglo vio cómo crecía una zona de independencia dentro de la cual los pequeños patronos y los trabajadores sentían muy poco o nada su relación de clientela con la gentry. Eran las personas a las que esta consideraba «ociosas y levantiscas», apartadas de su control social; era probable que de entre estas personas —los trabajadores de la industria pañera, los artesanos urbanos, los mineros del carbón, los barqueros y los mozos de cuerda, los peones y los pequeños comerciantes del ramo de la alimentación— salieran los rebeldes sociales, los que se amotinaban a causa de la falta de víveres o contra los portazgos. Conservaban muchos de los atributos que comúnmente se consideraban propios de «la mano de obra preindustrial».[151] Trabajando a menudo en sus propios domicilios, con herramientas de propiedad o de alquiler, trabajando normalmente para patronos modestos, trabajando con frecuencia con horarios irregulares y en más de un empleo, se habían escapado de los controles sociales del manorial village y todavía no estaban sometidos a la disciplina del trabajo en las fábricas.
Puede que muchos de sus tratos económicos los hicieran con hombres y mujeres que en la jerarquía económica ocupaban puestos que no eran muy superiores a los suyos. No hacían sus «compras» en emporios, sino en puestos del mercado. El mal estado de las carreteras hacía necesaria una multitud de mercados locales, en los cuales el intercambio de productos entre productores primarios podía ser aún desacostumbradamente directo. En el decenio de 1760:
Mineros muy trabajadores, hombres y mujeres de Somersetshire y Gloucestershire viajaban a diversas ciudades vecinas con recuas de caballos […] cargados de carbón […]. Era común ver a tales mineros cargar o llenar un saco de carbón de setenta y dos litros con provisiones […], carne de buey, de carnero, grandes huesos medio descarnados de buey, barras de pan rancio y pedazos de queso.[152]
Tales mercados y, más aún, las ferias estacionales proporcionaban un nexo que no era solo económico, sino también cultural, así como un centro importante de información y de intercambio de noticias y habladurías.
En muchas regiones, la gente no se había visto expulsada de alguna forma no absoluta de tenencia de la tierra. Dado que gran parte del crecimiento industrial no adquirió la forma de concentración en grandes unidades de producción, sino de dispersión de unidades pequeñas y de empleos secundarios (especialmente la hilatura), había recursos complementarios para la «independencia». Para muchos esta independencia nunca se alejaba de la simple subsistencia: una cosecha abundante podía traer riqueza momentánea, una larga temporada de lluvias podía obligar a la gente a depender del socorro destinado a los pobres. Pero para muchos era posible reunir lo necesario para subsistir, valiéndose de los bienes comunales, de la cosecha y de esporádicos trabajos manuales, de empleos secundarios a domicilio, de las hijas que se dedicaban al servicio, del socorro a los pobres o de la caridad. Y es indudable que algunos de los pobres seguían su propia economía depredadora, como «la abundancia de personas disolutas, ociosas y levantiscas» que en tiempos de Jorge II, según se decía, vivían en los aledaños de Enfield Chase y que «infestan dicho lugar, saliendo en las noches oscuras, con hachas, sierras, picas, carros y caballos, y van y vienen robando las ovejas, los corderos y las aves de corral de las personas honradas».[153] Tales personas aparecen una y otra vez en las crónicas delictivas, la correspondencia de las fincas, los folletos y la prensa; aparecen todavía, durante el decenio de 1790, en los estudios agrícolas de los condados; no es posible que fueran totalmente un invento de la clase dominante.
Así pues, por un lado, la independencia del trabajo (y del pequeño patrono) respecto de la clientela se vio fomentada por la transformación de los «favores» no monetarios en pagos; y, por otro lado, por la ampliación del comercio y la industria basándose en la multiplicación de numerosas unidades de producción pequeñas, con mucho empleo secundario (especialmente la hilatura) coincidiendo con numerosas formas continuadas de pequeña tenencia de tierras (o derecho comunal) y numerosas demandas fortuitas de trabajo manual. Este es un panorama en el que no se hacen distinciones, y lo es deliberadamente. Los historiadores de la economía han hecho muchas distinciones minuciosas entre grupos diferentes de trabajadores. Pero estas distinciones no tienen nada que ver con lo que estamos estudiando en este momento. Tampoco las hacían comúnmente los comentaristas salidos de las filas de la gentry cuando consideraban el problema general de la «insubordinación» del trabajo. En vez de ello, veían más allá de la puerta de los jardines, más allá de la verja de la mansión londinense, una mancha borrosa de indisciplina —los «ociosos y levantiscos», «la chusma», «los pobres», el «populacho»— y deploraban
las burlas francas que dirigían contra toda disciplina, así religiosa como civil: su desprecio de todo orden, su frecuente amenaza a toda justicia y su extrema propensión a los levantamientos tumultuosos por el más leve motivo.[154]
Es, como siempre, una queja sin distinciones contra el populacho en su conjunto. El trabajo libre había traído consigo un debilitamiento de los antiguos medios de disciplina social. Así que lejos de una sociedad patriarcal llena de confianza, el siglo XVIII ve el antiguo paternalismo en un momento de crisis.
IV
Y, pese a ello, uno tiene la impresión de que «crisis» es un término demasiado fuerte. Aunque durante todo el siglo continúa la queja de que los pobres eran indisciplinados, delincuentes, propensos al tumulto y al motín, jamás se tiene la impresión, antes de la Revolución francesa, de que los gobernantes de Inglaterra concibiesen que todo su orden social pudiera verse en peligro. La insubordinación de los pobres era un inconveniente, pero no una amenaza. Los estilos de la política y de la arquitectura, la retórica de la gentry y sus artes decorativas, todo ello parece proclamar estabilidad, confianza en sí misma, la costumbre de controlar todas las amenazas que se cernían sobre su hegemonía.
Es posible, por supuesto, que hayamos exagerado la crisis del paternalismo. Al dirigir la atención hacia el parasitismo del Estado en la cúspide y la erosión de las relaciones tradicionales por parte del trabajo libre y una economía monetaria abajo, hemos pasado por alto los niveles intermedios, donde seguían siendo fuertes los antiguos controles económicos de la unidad doméstica, y quizá no hemos dado la importancia debida a la escala de las zonas «subordinadas» o «clientes» de la economía. Seguía siendo enorme el control que los hombres poderosos y adinerados ejercían sobre la vida entera y las expectativas de los de abajo, y si el paternalismo estaba en crisis, la Revolución Industrial demostraría que su crisis debía trasladarse varias etapas más allá —hasta Peterloo y los motines del Capitán Swing—[155] antes de que perdiese toda su credibilidad.
No obstante, el análisis nos permite ver que el control de la clase dominante en el siglo XVIII se hallaba localizado principalmente en una hegemonía cultural y solo de forma secundaria en una expresión de poder económico o físico (militar). Decir que era «cultural» no equivale a decir que era inmaterial, demasiado frágil para analizarlo, insustancial. Definir el control en términos de hegemonía cultural no significa abandonar los intentos de analizarlo, sino prepararse para el análisis en los puntos en los cuales debería hacerse: en las imágenes de poder y autoridad, las mentalidades populares de subordinación.
El trabajador de la industria pañera inventado por Defoe, al comparecer ante el magistrado para responder de su negligencia, ofrece una pista: «Mi amo, no, y con permiso de Su Señoría, espero ser mi propio amo». La deferencia que le niega a su patrono se desborda en la obsequiosidad calculada que muestra ante «Su Señoría». Desea liberarse de las humillaciones inmediatas y cotidianas de la dependencia. Pero las líneas generales del poder, la posición en la vida, la autoridad política, parecen ser tan inevitables e irreversibles como la tierra y el cielo. La hegemonía cultural de este tipo crea exactamente este estado de ánimo, en el cual las estructuras establecidas de autoridad y los modos de explotación parecen formar parte del orden natural de las cosas. Esto no excluye el resentimiento, ni siquiera actos subrepticios de protesta o venganza; lo que sí excluye es la rebelión afirmativa.
En la Inglaterra del siglo XVIII, la gentry ejercía esta clase de hegemonía. Y la ejercía de forma tanto más eficaz cuanto que la relación de los dominadores con los dominados muy a menudo no era cara a cara, sino indirecta. Dejando aparte a los terratenientes absentistas y la omnipresente mediación de los mayordomos y los alguaciles, la aparición del sistema de tres estratos, consistentes en el terrateniente, el agricultor con la tenencia de la tierra y el bracero sin tierra, significó que los trabajadores rurales, en masa, no se enfrentaron a la gentry como patronal y tampoco se creía a la gentry directamente responsable de las condiciones en que vivían dichos trabajadores; que un hijo o una hija entrara a servir en la casa grande no se consideraba una necesidad, sino un favor.
Y, de otras maneras, se apartaban de las polaridades del antagonismo económico y social. Cuando subían los precios de los alimentos, la rabia popular no caía sobre los terratenientes, sino sobre los intermediarios, los acaparadores, los molineros. La gentry podía beneficiarse de la venta de lana, pero no se pensaba que estuviera en una relación explotadora directa con los trabajadores de la industria pañera.[156]
En las regiones industriales en crecimiento, el gentleman que ejercía funciones de juez de paz frecuentemente vivía apartado de los principales centros industriales, en su residencia campestre, y se esforzaba por conservar cierta imagen de sí mismo como árbitro, mediador o incluso protector de los pobres. Era común la opinión de que «siempre que se nombra juez a un comerciante se crea un tirano».[157] Las leyes de pobres, aunque severas, no eran administradas directamente por la gentry; donde hubiera culpa, esta podía caer sobre los agricultores y comerciantes que reducían el socorro a los pobres y de entre los cuales salían los overseers. Langhorne presenta el cuadro paternalista e idealizado, exhortando al juez rural a:
bajar la mirada severa
sobre el taimado, ladrón, cruel overseer;
el mentiroso agricultor, a ninguna confianza fiel,
inhumano como las piedras, insaciable como el polvo.
Cuando el pobre mozo de labranza, vencido por el paso de los años,
se apoya débilmente en su otrora dominante pala,
olvidado el servicio de sus buenos tiempos,
su trabajo provechoso, su sincera alabanza,
este esclavo, ¡cuya mesa sus trabajos de antaño ensancharon![158]