Costumbres en común
Introducción de Julio Martínez-Cava
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Si consideramos los omnipresentes controles del clientelismo, del patronazgo y del «interés», nos vemos empujados de nuevo hacia el modelo de un campo bipolar de fuerza, justamente del mismo modo que semejante vocabulario bipolar se hallaba de forma continua en boca de los propios actores históricos. De hecho, semejante modelo del orden social y político era una fuerza ideológica por derecho propio. Una de las maneras en que los patricios repelían la admisión de la clase media en cualquier participación en el poder real consistía en negarle la entrada en el vocabulario del discurso político. La cultura patricia se resistió obstinadamente a cualquier concesión de vitalidad al concepto de «clase media» hasta finalizar el siglo.[236] Asimismo, es un error suponer que el crecimiento en número y riqueza de las «capas medias» necesariamente modificó y suavizó la polarización de las clases en el conjunto de la sociedad. En algunas circunstancias desvió las hostilidades; como hemos visto (pp. 105-108), los grupos medios podían servir para proteger al terrateniente o al gran pañero. Pero mientras tantas rutas de acceso a cargos, nombramientos y contratos estuvieron controladas por los antiguos y corruptos medios de patronazgo, el crecimiento numérico de los grupos medios solo pudo intensificar la competencia entre ellos.[237]
Así pues, mi argumento no ha girado en torno al número, la riqueza o siquiera la presencia cultural de la clase media, sino en torno a su identidad como actor político autónomo y poseedor de sus propias motivaciones, su influencia efectiva en el poder, su modificación de alguna manera seria del equilibrio entre los patricios y la plebe. No deseo retractarme de las proposiciones que hago en el presente capítulo, aunque saludo la importancia de los actuales estudios de las instituciones de clase media y de la vida política urbana.
El argumento tiene que ver en parte con el poder y en parte con la alienación cultural. (Véase la p. 60). Algunos críticos han sugerido que yo y otros de la vieja generación de «historiadores de la multitud», al ocuparnos principalmente de motines y protestas, hemos ocultado muchas otras manifestaciones populares, entre ellas el entusiasmo leal y patriótico, el partidismo electoral e indicios más desagradables de xenofobia o fanatismo religioso.[238] Estoy muy dispuesto a reconocer que estas cuestiones no me han preocupado y me siento feliz al ver que otros reparan estas faltas.[239] Ciertamente, poco a poco vamos disponiendo de una visión más redondeada de la multitud. Pero hay que esperar que la visión no se haga demasiado circular. Pocas generalizaciones sobre las actitudes políticas dominantes de la «plebe» a lo largo del siglo XVIII es probable que duren, excepto que la multitud era sumamente volátil. Las multitudes del siglo XVIII ofrecen una gran variedad de formas y tamaños. En los primeros años del siglo había bandas de taberna que los políticos podían utilizar contra sus adversarios. «Me encanta la chusma —dijo el duque de Newcastle en sus últimos años—. Yo mismo encabecé una en cierta ocasión. La sucesión hannoveriana se la debemos a una chusma».[240] En ningún momento es esa volatilidad más manifiesta que a finales de siglo. Las generalizaciones sobre la inclinación política de la multitud nos dirán una cosa en tiempos de los motines de Priestley (1791);[241] otra, en el apogeo de la popularidad de Tom Paine y la Reforma, dos o tres años después. Se encuentran sentimientos revolucionarios en la retórica de cervecería y en cartas anónimas de tono amenazador entre 1797 y 1801 (años de motines navales, la insurrección irlandesa, años de resistencia a los impuestos y de feroces motines relacionados con el pan) y se encuentra fervoroso legitimismo popular y antigalicanismo entre 1803 y 1805 (años de amenaza de invasión, de ira ante la expansión imperial de Napoleón, que despertó la hostilidad incluso de antiguos «jacobinos» ingleses, años de alistamiento en masa de voluntarios y de la agridulce victoria de Nelson en Trafalgar).
Estas transiciones rápidas tuvieron lugar, por supuesto, dentro de los individuos además de dentro del estado anímico de las multitudes. Allen Davenport, que procedía de una familia trabajadora de la frontera de Gloucestershire con Wiltshire, describió cómo llegó a Bristol en 1794, a la edad de diecinueve años:
Yo era patriota y pensaba, en aquel momento, que todo lo que emprendía Inglaterra estaba bien, era justo y apropiado; y que toda otra nación que se opusiera a ella estaba equivocada y merecía un castigo. Y que Francia, que acababa de matar a su rey, desterrar a sus nobles y ultrajar y profanar la religión cristiana, era muy mala en verdad; y grité: «¡Por la Iglesia y el Rey!» tan fuerte y tanto tiempo como cualquier eclesiástico o lord del reino. ¡Y creí que Inglaterra no solo estaba justificada, sino que tenía el deber de abatir y, si era posible, exterminar a tan desesperada nación de igualadores, blasfemos y regicidas! Y ese era el sentimiento de las nueve décimas partes del pueblo de Inglaterra en 1794.[242]
Con el tiempo, Davenport sería un destacado seguidor de Thomas Spence, republicano y cartista.
La multitud del siglo XVIII era proteica: ora empleaba el simbolismo jacobita, ora daba su apoyo total a Wilkes, ora atacaba las capillas disidentes, ora fijaba el precio del pan. Es verdad que ciertos temas se repiten: la xenofobia (especialmente, el antigalicanismo), así como la afición a la retórica antipapista y libertaria («el inglés libre por nacimiento»). Pero las generalizaciones fáciles no deben ir más allá de este punto. Quizá como reacción al exceso de simpatía y actitud defensiva que mostraban los historiadores de la multitud de mi generación, algunos historiadores más jóvenes están dispuestos a decirnos lo que creía la multitud, y (parece) era siempre nacionalista y generalmente de inclinación fiel e imperialista. Pero no todos estos historiadores han dedicado mucho tiempo a investigar en los archivos donde se encontrarán los datos enigmáticos y ambivalentes, y los que sí hemos investigado en ellos somos más cautos. Tampoco se puede leer la «opinión pública» directamente de la prensa, toda vez que esta era escrita por y para las capas medias; el entusiasmo por la expansión comercial entre estos lectores no era compartido necesariamente por los que servían en tierra o en el mar en las guerras que promovían dicha expansión. Contrastando con el tono populista de la década de 1960, en nuestro propio tiempo está muy de moda que los intelectuales descubran que la gente trabajadora era (y es) fanática, racista, sexista pero en el fondo profundamente conservadora y leal a la Iglesia y al rey. Pero una conciencia tradicional («conservadora») y consuetudinaria puede en ciertas coyunturas aparecer como conciencia rebelde; puede tener su propia lógica y sus propias solidaridades, que no pueden tipificarse de forma simple. El propio «patriotismo» puede ser una estratagema retórica que la multitud emplea para lanzar un ataque contra la corrupción de los poderes hannoverianos gobernantes, del mismo modo que en el siglo siguiente la agitación en torno a la reina Carolina fue una estratagema para atacar al rey Jorge IV y su corte. Cuando la multitud aclamaba a los almirantes populares quizá era una forma de atacar a Walpole o a Pitt.[243]
Ni tan siquiera podemos decir hasta qué punto circulaban ideas republicanas explícitas, especialmente durante la turbulenta década de 1760. Es una cuestión que las más de las veces se rechaza con una negativa en lugar de investigarla. Pero tenemos la advertencia de sir John Plumb: «Pienso que los historiadores nunca dan suficiente importancia al predominio de intensos sentimientos antimonárquicos y prorrepublicanos de las décadas de 1760 y 1770».[244] Un pensamiento parecido ha pasado por la mente de un historiador más excitable, el señor J. C. D. Clark, que ha citado a John Wesley en 1775, escribiendo al conde de Dartmouth sobre el estado «peligrosamente insatisfecho» del pueblo «en toda la nación», «en cada ciudad, población y pueblo donde he estado». El pueblo «apunta al» rey mismo: «Desprecia de todo corazón a Su Majestad y le odia con perfecto odio. Desea mancharse las manos con su sangre; está lleno de espíritu asesino y rebelde».[245] Sospecho que durante las décadas de 1760 y 1770 hubo momentos en que una parte del pueblo inglés estaba más dispuesta a separarse de la Corona que los colonos norteamericanos, pero no tuvo la suerte de que el océano Atlántico la protegiera de ella.
Me atengo, pues, al modelo patricios-plebe y a la metáfora del campo de fuerza, tanto para la estructuración del poder como para el tira y afloja dialéctico de la ideología. A pesar de ello, no hay que suponer que estas fórmulas proporcionen un recurso analítico instantáneo que permita descifrar el significado de todos los actos de la multitud. Cada acto de la multitud tenía lugar en un contexto específico, se veía influido por el equilibrio local de fuerzas y a menudo encontraba su oportunidad y su guion en las facciones en que se dividían los grupos gobernantes o en los asuntos que planteaba el discurso político nacional. Esta cuestión la ha comentado de modo convincente Nicholas Rogers en Whigs and cities; sospecha de mí (quizá injustamente) que empleo procedimientos analíticos «esencialistas». Si es así, Rogers tiene razón y yo estoy equivocado, toda vez que domina el material de forma soberbia y sus conclusiones se basan en años de estudio y análisis de la multitud urbana.[246] Según la opinión de Rogers, la mayoría de los actos de la multitud urbana deben verse como actos que tienen lugar en «un terreno en el cual la ideología, la cultura y el poder se cruzan». A principios del siglo XVIII, los propios gobernantes, por sus propias razones, abrieron este espacio para la multitud, asignándole un papel de cliente y subalterno. El alto clero o sector conservador de la Iglesia anglicana y los faccionalistas cívicos ampliaron este espacio. El calendario de aniversarios y celebraciones políticos —procesiones, iluminaciones, elecciones, quemas de efigies, ebulliciones carnavalescas— asignaba papeles a la multitud y contaban con su participación. De esta manera en las cuatro décadas posteriores a 1680 «amplios sectores del populacho trabajador» fueron atraídos hacia el interior del discurso político nacional:
Años de aguda lucha partidista, en un contexto social que permitía al pueblo llano mayor espacio cultural, habían creado una cultura política dinámica y pugnaz, centrada en torno a los aniversarios reales y nacionales, en los cuales el populacho mismo participaba vigorosamente.
Solo bajo esta tutela aprendió la multitud a hacer valer su propia autonomía y, a veces, a seleccionar sus propios objetivos. La multitud era ahora un fenómeno que «había que cultivar, nutrir y contener», para que no se saliera de su papel subalterno.[247]
Puedo aceptar y aplaudir el enfoque del profesor Rogers y la ejecución del mismo en sus estudios urbanos. Es preferible a una sencilla reducción a una polaridad dual patricios-plebeyos y —si bien concede a la multitud menos autonomía de la que yo encuentro (por ejemplo, en los actos provinciales contra la escasez de alimentos, los portazgos, industriales, contra el reclutamiento forzoso, contra la milicia)— sitúa de nuevo los actos de la multitud urbana dentro de un contexto político y cultural más complejo. Pero a través de todas estas complejidades todavía debo proponer la subyacente polaridad del poder: las fuerzas que presionaban por entrar y ocupar los espacios que quedaban abiertos cuando se producía un conflicto entre grupos dominantes. Incluso allí donde las multitudes fueran claramente dirigidas y subalternas, los que ejercían el dominio nunca dejaban de mirarlas sin ansiedad. Siempre podían ir más allá de lo que les estaba permitido y la multitud sin licencia caería de nuevo en la polaridad «esencialista», «transformando el calendario oficial en un carnaval de sedición y motín».[248] Debajo de todos los actos de la multitud se percibe la formación que ha sido objeto de mi análisis, el equilibrio patricios-plebeyos.
Un componente de esto, las antiguas pretensiones del paternalismo y la deferencia, perdía fuerza incluso antes de la Revolución francesa, aunque vio una temporal reanimación en las muchedumbres partidarias de la Iglesia y del rey de principios de los años 1790, el despliegue militar y el antigalicanismo de las guerras. Los motines de Gordon habían presenciado el clímax, y también la apoteosis, de la licencia plebeya; e infligieron un trauma a los gobernantes que puede ya observarse en el tono cada vez más disciplinario de la década de 1780. Pero, por entonces, la relación recíproca entre gentry y plebe, inclinándose ora hacia un lado, ora hacia el otro, había durado un siglo. Por muy desigual que resultara esta relación, la gentry necesitaba a pesar de todo cierta clase de apoyo de «los pobres», y estos sentían que eran necesarios. Durante casi cien años los pobres no fueron los completos perdedores. Conservaron su cultura tradicional; lograron atajar parcialmente la disciplina laboral de los primeros tiempos del industrialismo; quizás ampliaron el alcance de las leyes de pobres; obligaron a que se ejerciera una caridad que pudo evitar que los años de escasez se convirtieran en crisis de subsistencias; y disfrutaron de las libertades de lanzarse a las calles, empujar, bostezar y dar hurras, tirar las casas de panaderos o disidentes detestables, y de una disposición bulliciosa y no vigilada que asombraba a los visitantes extranjeros y casi les indujo erróneamente a pensar que eran «libres». Los años de la década de 1790 eliminaron tal ilusión y, a raíz de las experiencias de esos años, la relación de reciprocidad se rompió. Al romperse, en ese mismo momento, la gentry perdió su confiada hegemonía cultural. Pareció repentinamente que el mundo no estaba, después de todo, ligado en todo punto por sus reglas y vigilado por su poder. Un hombre era un hombre, «a pesar de todo». Nos apartamos del campo de fuerza del siglo XVIII y entramos en un periodo en que se produce una reorganización estructural de relaciones de clase e ideología. Se hace posible, por primera vez, analizar el proceso histórico en los términos de notaciones de clase del siglo XIX.
[105] The Life of William Hutton, 1817, p. 177.
[106] Jeanette Neeson me dio la expresión «acuñadas por la gentry» para «los pobres».
[107] Thompson, F. M. L., English landed society in the nineteenth century, 1963, p. 16.
[108] Véase Barrell, J., The dark side of the landscape, Cambridge, 1980.
[109] En Inglaterra e Irlanda, tribunales de jueces de paz de los condados, de jurisdicción limitada en lo criminal y lo civil, así como de apelación, que se reunían trimestralmente. (N. del T.).
[110] El reverendo James Woodforde (1740-1803) fue el autor del Diary of a country parson, donde hizo una viva crónica de su tiempo, con especial referencia a lo que se comía y bebía. (N. del T.).
[111] Hospicios donde los pobres eran obligados a trabajar. (N. del T.).
[112] Ashby. M. K., Joseph Ashby of Tysoe, Cambridge, 1961, y Londres, 1974.
[113] Véanse mis libros Whigs and hunters, Londres y Nueva York, 1975, y D. Hay, P. Linebaugh y E. P. Thompson (eds.), Albion’s fatal tree, Londres y Nueva York, 1975.
[114] Langford, P., A polite and commercial people: England 1727-1783, Oxford, 1989.
[115] El término «protoindustrial» introduce nuevas dificultades, pero es un concepto más preciso que «preindustrial» y preferible a efectos descriptivos.
[116] Esta impresión se daba en Laslett, P., The world we have lost, 1965. Para una visión más estricta de las teorías del patriarcado, véase Schochet, G., Patriarchalism in political thought, Nueva York, 1975.
[117] Esto procede de un pasaje muy general de La ideología alemana, 1845. Véase Marx y Engels, Collected works, 1976, V, pp. 65-67. Para las dificultades que nacen de la apropiación, para significados un tanto diferentes, del término «patriarcado» en la teoría feminista, véanse en este mismo libro las pp. 648-654.
[118] Perkin, H., The origins of modern English society 1780-1800, 1969, p. 42; Marchant, A., «Colonial Brazil», en X. Livermore (ed.), Portugal and Brazil: an introduction, Oxford, 1953, p.
297.
[119] Véase Genovese, E. D., The world of slaveholders made, Nueva York, 1969, esp. p. 96.
[120] Quizá se habrían llevado una sorpresa al saber que pertenecían a una «sociedad de consumo».
[121] Véase Laslett, P., op. cit., p. 21.
[122] «When thy good father held this wide domain, / The voice of sorrow never mourn’d in vain. / Sooth’d by his pity, by his bounty fed, / The sick found medicine, and the aged bread. / He left interest to no parish care, / No bailiff urged his little empire there; / No village tyrant starved them, or oppress’d; / He learn’d their wants, and he those wants redress’d […] / The poor at hand their natural patrons saw, / And lawgivers were supplements of law!».
[123] «Fashion’s boundless sway / Has borne the guardian magistrate away. / Save in Augusta’s streets, on Gallia’s shores, / The rural patron is beheld no more».
[124] Véase Williams, R., The country and the city, Oxford, 1973, passim.
[125] Véanse los instructivos casos de la entrada de Walpole en el parque de Richmond y la expulsión del general Pepper de Enfield Chase en mi libro Whigs and hunters, cap. 8.
[126] No debemos olvidar que la gran investigación que hizo Namier del carácter del sistema parlamentario tuvo su origen en un estudio titulado «The imperial problem during the American revolution»; véase The structure of politics at the accession of George III, prefacio de la primera edición (1928).
[127] Blenheim MSS (Sunderland), D II, 8.
[128] Plumb, J. H., Sir Robert Walpole, II, 1960, pp. 168-169.
[129] Véase Langford, P. D., «William Pitt and public opinion, 1757», English Historical Review, cccxlvi, 1973. Pero cuando estuvo en el poder, el «patriotismo» de Pitt se limitó exclusivamente a la mano derecha del Gobierno. La mano izquierda, Newcastle, «se encargó de la tesorería, del patronazgo civil y eclesiástico y de la distribución de la parte del dinero del servicio secreto que a la sazón se empleaba para sobornar a diputados. Pitt fue secretario de Estado, con la dirección de la guerra y los asuntos exteriores. Así pues, la porquería de todas las malsanas y pestilentes alcantarillas del Gobierno iba a parar a un único canal. Por el otro pasaba solamente lo que era luminoso e inmaculado» (Macaulay, T. B., Critical and historical essays, 1880, p. 747).
[130] Ibid., p. 746.
[131] Debo hacer hincapié en que esto se refiere al Estado visto desde «dentro». Desde «fuera», en su presencia militar, naval, fiscal, diplomática e imperial, ya fuese directa o indirectamente (como en el paraestado de la Compañía de las Indias Orientales), debe verse en un aspecto mucho más agresivo. John Brewer ha llevado a cabo un útil análisis de su fuerza militar y también de la eficiencia de su organización fiscal y de la burocracia encargada de ella —los departamentos del tesoro y el extenso servicio de contribuciones indirectas estaban relativamente limpios de la corrupción y los favores que eran endémicos en otros cargos del gobierno— en The sinews of power, 1989. Esta mezcla de debilidad interna y fuerza externa y el equilibrio entre las dos (en la política de «paz» y en la de «guerra») nos conduce a la mayoría de los verdaderos asuntos de principio que se suscitaron en la alta política de mediados del siglo XVIII. Era cuando la debilidad inherente al parasitismo interno se tomaba sus venganzas en la derrota externa (la pérdida de Menorca y el sacrificio ritual del almirante Byng; el desastre americano) que elementos de la clase dominante sufrían una sacudida que los sacaba del mero sectarismo y les hacía entrar en una política de clase de principio.
[132] Pero ha habido un cambio significativo en la historiografía reciente y ahora se toman más en serio las relaciones entre los políticos y la nación política «fuera de casa». Véanse Plumb, J. H., «Political man», en James L. Clifford (ed.), Man versus society in eighteenth-century Britain, Cambridge, 1968; Brewer, J., Party ideology and popular politics at the accession of George III, Cambridge, 1976; y Colley, L., In defence of oligarchy: the tory party, 1714-1760, Cambridge, 1982.
[133] «En nuestro tiempo la oposición se da entre una corte corrupta a la que se une una multitud innumerable de todos los rangos y condiciones que se compran con dinero público y la parte independiente de la nación» (Political disquisitions, or an enquiry into public errors, defects and abuses, 1774). Se trata, por supuesto, de la crítica de la oposición del «país» viejo a Walpole también.
[134] Burgess, C. F. (ed.), Letters of John Gay, Oxford, 1966, p. 45.
[135] Pero obsérvese la discusión pertinente en Cannon, J., Parliamentary reform, 1640-1832, Cambridge, 1973, p. 49, nota 1.
[136] Este es un tema constante y persuasivo de Langford, P., A polite and commercial people, Oxford, 1989, esp. cap. 2.
[137] Véase Rogers, N., Whigs and cities, Cambridge, 1989.
[138] Véanse especialmente Corfield, P., The impact of English towns, 1700-1800, Oxford, 1982; Borsay, P., The English urban renaissance, Oxford, 1989; Clark, P. (ed.), The transformation of English provincial towns, 1600-1800, 1984.
[139] Rogers, N., «Aristocratic clientage, trade and independency: popular politics in pre-radical Westminster», Past and Present, 61, 1973.
[140] «11 de abril de 1779 […]. Había carruajes en la iglesia. El señor Custance inmediatamente después de la ceremonia se me acercó y quiso que yo aceptara un pequeño presente; iba envuelto en un pedazo de papel blanco muy limpio y, al abrirlo, comprobé que contenía nada menos que la suma de 4 libras con 4 chelines. Dio al escribiente también 10 chelines y 6 peniques» (The diary of a country parson, 1963, p. 152).
[141] «La correspondencia de cada diputado con las más leves pretensiones de influencia estaba repleta de ruegos y peticiones de los votantes para sí mismos, sus parientes o las personas que dependían de ellos. Puestos en las Aduanas y la Oficina Recaudadora de Contribuciones, en el Ejército y la Marina, en la Iglesia, en las compañías de las Indias Orientales, África y Levante, y en todos los departamentos del Estado, desde porteros hasta escribientes: empleos en la corte para la gentry de verdad o sinecuras en Irlanda, el cuerpo diplomático o en cualquier otra parte donde los deberes fuesen ligeros y los salarios fijos» (Plumb, J. H., «Political man», p. 6).
[142] De ahí la encolerizada anotación de Blake a sir Joshua Reynolds: «¡Liberalidad! Nosotros no queremos Liberalidad. Queremos un precio justo y valor proporcional y una demanda general de arte» (Keynes, G. (ed.), The complete writings of William Blake, 1957, p. 446).
[143] Para los salvajes comentarios de Place sobre deferencia e independencia, véase Thale, M. (ed.), The autobiography of Francis Place, Cambridge, 1972, pp. 216-218, 250.
[144] Aunque la oposición del campo a Walpole tenía exigencias centrales que en su forma eran democráticas (parlamentos anuales, restricciones a los empleados públicos y a la corrupción, ningún ejército permanente, etc.), la democracia que se pedía era, desde luego, limitada, en general, a la gentry terrateniente (en contraposición a la corte y los intereses dinerarios), como demuestra claramente el continuo apoyo tory a la exigencia de poseer tierras para ser diputado. Véase el provechoso examen de Quentin Skinner (el cual, sin embargo, desatiende la dimensión de la nación política «fuera de casa» a la cual apelara Bolingbroke) «The principles and practice of opposition: the case of Bolingbroke versus Walpole», en N. McKendrick (ed.), Historical perspectives, 1974; Dickinson, H. T., «The eighteenth-century debate on the “Glorious Revolution”», History, vol. LXI, 201 (febrero de 1976), pp. 36-40; y (para la continuidad entre el programa político del antiguo partido del país y los nuevos y radicales whigs) Brewer, J., op. cit., pp. 19, 253-255. Los whigs hannoverianos también aprobaban el requisito de tener propiedades para ser diputado: Cannon, J., op. cit., p. 36.
[145] Véase Brewer, J., op. cit., cap. 8; y, para un ejemplo de su extensión provincial, Money, J., «Taverns, coffee houses and club local politics and popular articulacy in the Birmingham area in the age of the American revolution», Historical Journal, vol. XIV, 1971, p. 1.
[146] Dícese del pueblo o aldea perteneciente a un manor. (N. del T.).
[147] Defoe, D., The great law of subordination consider’d, 1724, p. 80. Véase Hill, C., «Pottage for freeborn Englishmen: attitudes to wage labour in sixteenth and seventeenth century England», en C. Feinstein (ed.), Socialism, capitalism and economic growth, Cambridge, 1964. [«The Lab’ring Poor, in spight of double Pay, / Are saucy, mutinous, and Beggarly»].
[148] Véanse Kussmaul, A., Servants in husbandry in early modern England, Cambridge, 1981; Malcolmson, R. W., Life and labour in England, 1700-1780, 1981, pp. 71-74; Roberts, M., «Waiting upon Chance»: English hiring fairs», Journal of Historical Sociology, vol. I, 1988.
[149] Defoe, D., op. cit., p. 97.
[150] Hants CRO, Eccles. II, 415809, E/B12. Véase también Whigs and hunters, pp. 126-130.
[151] Gwyn Williams en Artisans and sansculottes, 1968, escribe sobre «el breve, obsceno, pintoresco, caleidoscópico, picaresco mundo de la sociedad preindustrial, cuando entre un tercio y la mitad de la población vivía no solo al borde de la línea de subsistencia, sino fuera y a veces contra la ley». Esa es una forma de ver una parte de esta población; y esto lo confirman varios estudios en Linebaugh, P., The London hanged, 1991. Sin embargo, otra parte de esta población no debería estereotiparse como obscena, pintoresca y criminal: las revisiones hacia arriba del número de personas dedicadas a la industria (incluidas las industrias rurales) —véase especialmente Lindert, P. H., «English occupations. 1670-1811», J. Econ. Hist., 40, 1980—, el redescubrimiento de la «economía doméstica» y de un campesinado inglés —véase Levine, D., Reproducing families, Cambridge, 1987, y p. 263 del presente libro— y todo lo que se ha escrito y debatido en torno a la «protoindustrialización» ha servido para poner de relieve el importante y creciente sector de la economía del siglo XVIII que era independiente del control de la gentry.
[152] Mathews, J., Remarks on the cause and progress of the scarcity and dearness of cattle, 1797, p. 33.
[153] Memorial de John Hale, escribiente del manor court de Enfield, a Jorge II, s. f., Biblioteca de la Universidad de Cambridge, Cholmondeley (Houghton) MSS, 45/40.
[154] Herald, or Patriot-Proclaimer, 24 de septiembre de 1757. Incluso dentro de las puertas del parque la gentry se quejaba de indisciplina. Así, los sirvientes de la casa grande eran acusados de intimidar a los invitados haciendo cola en el salón cuando aquellos se iban y exigiéndoles propinas o vails: véase A letter from a gentleman to his friend, concerning the custom of giving and taking vails, 1767.
[155] Peterloo (adaptación burlesca de Waterloo) es el nombre que se da a una carga de la caballería y la milicia contra el mitin reformista que se estaba celebrando en el Saint Peter’s Field de Mánchester, el 16 de agosto de 1819. Se dice (las cifras exactas no se conocen) que a consecuencia de la misma murieron once personas y unas seiscientas resultaron heridas. En cuanto al Capitán Swing, se trata de una persona imaginaria a quien se atribuyeron, aproximadamente en el periodo 1830-1833, una serie de atentados contra agricultores que habían adoptado el uso de maquinaria agrícola. (N. del T.).
[156] Incluso en el oeste de Inglaterra, donde los pañeros se estaban convirtiendo en gentlemen, seguía experimentándose un fuerte sentido de distinción en la primera mitad del siglo. Un «inglés» escribió a lord Harrington en 1738 para quejarse de «las estratagemas y el orgullo de los pañeros, que vivían lujosamente, descuidaban sus negocios, y confiaban a los sirvientes el cuidado de sus asuntos», «haciendo bajar los salarios de los pobres» y pagándoles en especie. El remedio (sugirió) residía en una comisión investigadora constituida por «hombres de gran fortuna», los cuales tendrían la independencia suficiente para atender a las declaraciones de los tejedores pobres: PRO, SP 36/47.
[157] Ibid.
[158] Langhorne, The country justice, 1774. [«[…] bend the brow severe / On the sly, pilfering, cruel overseer; / The shuffling farmer, faithful to no trust, / Ruthless as rocks, insatiate as the dust. / When the poor hind, with length of years decay’d, / Leans feebly on his once subduing spade, / Forgot the service of his abler days, / His profitable toil, and honest praise, / This slave, whose board his former labours spread!»].
[159] Por citar un solo ejemplo, en la boda de sir William Blacket y lady Barbara Vilers, en 1725, gran parte de Northumberland partipó en los festejos. En Newcastle se encendieron hogueras durante dos días, mientras sonaban campanas y cañones. La campana grande de Hexham se rompió de tanto repicar. En Wellington se iluminaron los despeñaderos y se excavó en la roca una gran ponchera que llenaron de licor, etc., Newcastle Weekly Courant, 2 de octubre de 1725.
[160] La fiesta anual de una parroquia inglesa, que en un principio se celebraba el día del patrón de la iglesia, pero que actualmente se celebra un domingo y los dos o tres días siguientes. (N. del T.).
[161] Baile animado que generalmente ejecuta una sola persona con el acompañamiento de un instrumento que lleva el mismo nombre y que se asocia con las diversiones de los marineros. (N. del T.).
[162] London Magazine, VIII, 1738, pp. 139-140. Doy las gracias a Robert Malcolmson.
[163] Hay, D., «Property, authority and the criminal law», en Hay et al., Albion’s fatal tree, 1975.
[164] Cierto magistrado o juez con jurisdicción de lo criminal y lo civil en una ciudad o burgo. (N. del T.).
[165] Montagu a Newcastle, 19 y 22 de marzo de 1727/8, PRO, SP 36.5, fols. 218-219, 230-231.
[166] Véase Linebaugh, P., The London hanged. La afirmación de Thomas Laqueur en el sentido de que las autoridades no tenían ningún control «de autor» sobre las ejecuciones la corroboran datos anecdóticos como los publicados en el Newgate Calendar (ejemplos de meteduras de pata en Tyburn, copiadas con diligencia en las crónicas populares), pero no ha sido corroborada investigando las fuentes (documentos del Estado, documentos jurídicos y militares, etc.) que sean pertinentes a tal juicio. Las ejecuciones no eran, como supone Laqueur, «más risibles que solemnes» y presentar a la multitud de Tyburn como una «multitud carnavalesca» equivale tanto a entender mal a la multitud como a difamar el «carnaval». En los días de ejecuciones en Tyburn a menudo se representaba un conflicto entre guiones de autores diferentes: el de las autoridades y el de la multitud resentida o embrutecida de Tyburn. Esa clase de multitud iba a ver las ejecuciones (y no tenía ni un ápice de carnavalesca). Era uno de los fenómenos más embrutecidos de la historia y así deberían decirlo los historiadores: véase Laqueur, T., «Crowds, carnival and the state of English executions, 1604-1868», en Beier et al., The first modern society, Cambridge, 1989. A veces la multitud podía expresar otras clases de solidaridad con los condenados: véase Linebaugh, «The Tyburn riots against the surgeons», en Hay et al., op. cit.
[167] Brand, J. y H. Ellis, op. cit., vol. I, p. XVII.
[168] Bodleian Library, diarios de MSS Hearne, p. 175.
[169] Malcolmson, R. W., «Popular recreations in English society, 1700-1850», tesis doctoral, Universidad de Warwick, 1970, pp. 11-17.
[170] Danza grotesca que ejecutan personas vestidas con disfraces que representan generalmente los personajes de la leyenda de Robín de los Bosques. (N. del T.).
[171] Ditchfield, P. H., Old English customs, 1896, p. 125. [«Oh, my Billy, my constant Billy, / When shall I see my Billy again? / When the fishes fly over the mountain, / Then you’ll see your Billy again»].
[172] Bois, P., Paysans de l’ouest, París, 1960, p. 307.
[173] Libro publicado bajo Jacobo I para ser usado en Lancashire con el objeto de resolver un conflicto sobre el asunto de las diversiones dominicales. (N. del T.).
[174] Encomienda dirigida antiguamente a los jueces y otros funcionarios del rey facultándolos para oír y juzgar las acusaciones de traición, felonía, etc. (N. del T.).
[175] Defoe, D., op. cit., p. 62.
[176] Antiguo juego campesino que se parecía un poco al críquet. Era un juego principalmente para mujeres jóvenes, aunque durante la Pascua lo jugaban entre hombres y mujeres. (N. del T.).
[177] Turner, J. H. (ed.), The rev. Oliver Heywood, B. A., vol. II, Brighouse, 1881, pp. 294, 271.
[178] Ibid., pp. 264, 294.
[179] Benson, J., Life of the reverend John William de la Flechere. 1805, ed. de 1835, p. 78, en la que se describe Madeley Wake en 1761. (Mi agradecimiento a Barrie Trinder).
[180] Art enquiry into the causes of the late increase of robbers, 1751, en H. Fielding, Complete works, 1967, vol. XIII, p. 11. Cf. Mandeville, B., The fable of the bees, Penguin, 1970, pp. 257, 292-293.
[181] Lugar destinado a la lucha de perros con oso. (N. del T.).
[182] Fielding, H., op. cit., p. 164.
[183] Henry Sacheverell (1674-1724), fanático predicador anglicano, atacó al poderoso ministro whig Sidney Godolphin y condenó los principios de la «Gloriosa Revolución» de 1688, a causa de lo cual la Cámara de los Lores le juzgó por sedición, hecho que provocó un motín por parte de sus simpatizantes londinenses. (N. del T.).
[184] Capitaneado por lord George Gordon, en 1780 estalló un motín cuyos protagonistas pretendían que el Parlamento derogase la Ley de 1778, promulgada para mejorar la situación de los católicos. (N. del T.).
[185] [«Never yet did any know / A Shooemaker a Begging go. / Kind they are one to another, / Using each Stranger as his Brother»].
[186] Brentano, L., On the history and development of guilds and the origin of trade unions, 1870.
[187] Webb, S. y B. Webb, The history of trade unionism, 1894/1920, cap. 1.
[188] Esta cuestión la abordó de nuevo Hobsbawm, E. J., «The machine breakers», en Labouring men, 1964, publicado por primera vez en Past and Present en 1952.
[189] Para la organización de las trade unions comunitarias, véase Randall, A., «The industrial moral economy of the Gloucestershire weavers in the eighteenth century», en J. G. Rule (ed.), British trade unionism, 1750-1850, 1988, esp. pp. 29-35.
[190] Así, la útil colección de John Rule British trade unionism: the formative years toma 1750 como fecha de partida. Dobson, C. R., Masters and journeymen: a prehistory of industrial relations, 1980, abarca el periodo 1717-1800. Véase también el valioso ensayo de Malcolmson, R. W., «Workers’ combinations in eighteenth-century England», en M. y J. H. Jacob (eds.), The origins of an Anglo-American radicalism, 1984, p. 160, nota 38, da una asociación de tejedores en Bristol en 1707. John Rule comenta el asunto más detenidamente en The experience of labour in eighteenth-century industry, 1981, esp. pp. 151-154. Ninguno de estos autores parece mencionar la extensa organización de los tejedores de Essex en Colchester y su región que tanto preocupaba al Consejo Privado en 1715. Cuando el alcalde de Colchester detuvo a algunos de sus portavoces, los compañeros de estos los rescataron y «muchos cientos de ellos entraron marchando en la ciudad, todos armados con pistolas, espadas o garrotes» y también con una clara declaración de sus agravios y exigencias: véase documentación extensa en PRO, PC 1.14 101, partes II y III.
[191] Antiguo tribunal judicial donde quedaban registradas todas las causas y procesos y tribunal supremo de derecho común del reino. (N. del T.).
[192] Deposiciones e interrogatorios en PRO, KB 1.3. Los infractores, que debieron de pasar algunos meses en la cárcel, recibieron la orden de pagar ochenta libras a su acusador (su amo): British Journal, 19 de febrero de 1726; Newcastle Weekly Courant, 19 de febrero de 1726; Ipswich-Journal, 7 de agosto de 1725, citados por Malcolmson, op. cit., p. 160 (nota 39), p. 157.
[193] A particular account of the processions of the different trades, in Manchester, on the day of the coronation of their majesties, king George the Third and queen Charlotte, 22 de septiembre de 1761, folio de una sola cara, Manchester Ref. Lib. [«Spectators all that on us now do gaze, / Behold once more the sons of Bishop Blaze, / Who here are met in this association, / To celebrate the King and Queen’s C’ronation […] / May happy Britain soon enjoy a peace: / May joy and plenty and our trade increase; / God save King George the Third; let virtue shine / Through all the branches of his Royal line»].
[194] Corporación o gremio de mercaderes de Newcastle-upon-Tyne, que en un principio cumplía la función de recibir a los forasteros que acudían a la ciudad a comprar carbón y otras mercancías, sobre las cuales la Company of Hostmen cobrara cierto derecho; en tiempos posteriores controlaría la venta y la exportación de carbón. (N. del T.).
[195] Fewster, J. M., «The keelmen of Tyneside in the eighteenth century», Durham University Journal, sin especificar, vol. 19, 1957-1958.
[196] HMC Var. Coll., 1913, p. 581. [«From such as would our rights invade, / Or would intrude into our trade, / Or break the law Queen Betty made, / Libera nos Domine»].
[197] Report of the trial of Alexander Wadsworth against Peter Laurie before lord Ellenborough, 18 May 1811, 1811, en Columbia Univ. Lib., Seligman Collection, Place Vol. XII. [«Her memory still is dear to journey men, / For shelter’d by her laws, now they resist / Infringements, which would else persist: / Tyrannic masters, innovating fools / Are check’d, and bounded by her glorious rules. / Of workmen’s rights she’s still a guarantee […] / And rights of artizans, to fence and guard, / While we, poor helpless wretches, oft must go / And range this liberal nation to and fro»].
[198] HMC Var. Coll., VIII (1913), pp. 578-584.
[199] De los señores Bytterwood, Cook y Bradshaw al duque de Portland, 24 de febrero de 1799, PRO, HO 42.46. Los magistrados se quejaron de que los militares (en Hampton Court) no les apoyaron en la supresión del fútbol ni en hacer que se cumpliera la Ley de Motines y que el oficial que los mandaba se ausentó (a pesar del previo aviso). El duque de Portland anotó lo siguiente en la queja: «Estos caballeros no parecen haber llevado este asunto tan bien como habrían podido llevarlo, pero su crédito, como magistrados, hace necesario que se les atienda».
[200] He sacado impropiamente líneas de dos versiones diferentes: Raven, J., The urban and industrial songs of the Black Country and Birmingham, Wolverhampton, 1977, versión (b), p. 50; y Palmer, R. (ed.), Songs of the Midlands, Wakefield, 1972, p. 88. [«We bin marchin’ up and deown / Wo boys, wo / Fur to pull the Housen deown / And its O the brave Doodley boys / Wo boys, wo / It bin O the brave Doodley boys. Wo! / Some gotten sticks, some gotten steavs / Wo boys, wo / Fur to beat all rogues and kne-avs […] / […] the Dra-gunes they did come, / And twas devil take the hoindmost wum. / We all ran down our pits / Wo boys, wo / We all ran down our pits / Frietened a’ most out of our wits / And its O the brave Doodley boys […] / God Bless Lord Dudley Ward / Wo boys, wo / He know’d as times been hard / He called back the sojermen / Wo boys, wo / And we’ll never riot again»].
[201] Véase mi ensayo «The crime of anonymity», en Hay et al., op. cit.
[202] Para el calendario del simbolismo político popular (jacobita y hannoveriano), véase especialmente Rogers, Whigs and cities, pp. 354-358.
[203] A pesar de avances importantes en los estudios históricos jacobitas, los datos sobre las dimensiones del apoyo popular siguen siendo escurridizos. Una valoración excelente se encuentra en Rogers, N., «Riot and popular Jacobitism in early Hanoverian England», en E. Cruikshanks (ed.), Ideology and conspiracy: aspects of Jacobitism, 1689-1757, Edimburgo, 1982. El profesor Rogers demuestra que el considerable volumen de manifestaciones antihannoverianas y jacobitas (especialmente entre 1714 y 1725) no puede tomarse como indicación de compromiso organizado o de intención insurreccional, sino que debe considerarse como una burla simbólica dirigida contra los gobernantes hannoverianos —«provocativa, desafiante, irónica»— y no por esa razón menos importante.
Rogers ha desarrollado estas percepciones en Whigs and cities, passim, y especula (pp. 378-382) sobre las razones para el acentuado descenso de las simpatías jacobitas en las multitudes urbanas inglesas entre 1715 y 1745.
[204] Interrogatorios y deposiciones en PRO, SP 44.124, fols. 116-132.
[205] Del alcalde y la corporación a «milord», 7 de julio de 1772, PRO, WO 40.17.
[206] Del alcalde de Newcastle-upon-Tyne al duque de Newcastle, 27 de junio de 1740, PRO, SP 36.51.
[207] Concejal Ridley, «Account of the riots», Northumberland CRO, 2 RI 27.28.
[208] PRO, WO 1.989.
[209] Para una traducción ligeramente diferente, véase Grundrisse, Penguin, 1973, pp. 106-107 [trad. cast.: Líneas fundamentales de la crítica de la economía política, Barcelona: Crítica, 1978]. Sin embargo, incluso aquí la metáfora de Marx no está relacionada con la clase ni la forma social, sino con relaciones económicas dominantes y subordinadas coexistentes.
[210] Apoyo aquí el argumento de Gerald M. Sider, «Christmas mumming and the New Year in Outport Newfoundland», Past and Present, mayo de 1976.
[211] HMC, Portland MSS, pp. vii, 245-246.
[212] Un palo alto pintado con rayas espirales de distintos colores y coronado de flores, instalado en un espacio abierto, para que las gentes en fiestas bailen a su alrededor en la celebración del Primero de Mayo. (N. del T.).
[213] PRO, KB 2 (1), Afidávits, Easter 10 G I, relativos a Henstridge, Somerset, 1724. Al subir Jorge al trono, el pueblo llano de Bedford «instaló el árbol de mayo en señal de duelo» y un oficial del ejército lo derribó. En agosto de 1725 hubo una reyerta en torno a un árbol de mayo en Barford (Wiltshire), entre los habitantes y un gentleman que sospechaba que el árbol lo habían robado de sus bosques (y probablemente así era). El gentleman reunió una posse para que le ayudara, pero ganaron los habitantes: para Bedford, An account of the riots, tumults and other treasonable practices since His Majesty’s accession to the throne, 1715, p. 12; para Barford, Mist’s Weekly Journal, 28 de agosto de 1725.
[214] Sin embargo, como nos recuerdan los episodios del árbol de mayo, la tradición de paternalismo tory, que mira hacia atrás en dirección al Book of Sports de los Estuardo y que hace objeto de patronazgo o de una cálida tolerancia a las diversiones del pueblo, sigue siendo extremadamente vigorosa incluso ya bien entrado el siglo XIX. Este tema es demasiado extenso para tratarlo aquí, pero véanse Malcolmson, R. W., Popular recreations in English society, 1700-1850, Cambridge, 1973; Hugh Cunningham, Leisure in the Industrial Revolution, 1980, caps. 1 y 2.
[215] William L. Clement Library, Ann Arbor, Míchigan, Shelburne papers, vol. 133, «Memorials of dialogues betwixt several seamen, a certain victualler, & a S-1 master in the late riot».
[216] No está claro si los marineros que se hallaban preparando la hoja suelta eran auténticos portavoces de sus compañeros. Otro testigo presencial de las manifestaciones de los marineros dejó constancia de que «se jactaban de estar por el rey y el Parlamento»: Thomas, P. D. G., «The St. George’s Fields “massacre” on 10 May 1768», London Journal, vol. 4, n.° 2, 1978. Véanse también Rudé, G., Wilkes and liberty, Oxford, 1962, p. 50; Brewer, op. cit., p. 190; Shelton, W. J., English hunger and industrial disorders, 1973, pp. 188, 190.
[217] Véase Brewer, J., The sinews of power, pp. 44-55.
[218] Véase Hayter, T., The army and the crowd in eighteenth-century England, 1978, caps. 2 y 3: también pp. 52-53 y passim.
[219] A pesar de sus argumentos persuasivos sobre la fuerza del «Estado militar-fiscal inglés», John Brewer reconoce que «la fuerza armada tenía un valor muy limitado para imponer la autoridad en Inglaterra»; Brewer, op. cit., p. 63.
[220] Aunque se tenía mucho cuidado en limitar los enfrentamientos con la multitud: véase la correspondencia de Townshend con Vaughan relativa a los motines de los tejedores del oeste de Inglaterra en enero de 1726-1727, en PRO, SP 44.81, fols. 454-458: «Su Majestad desea siempre que se usen los medios más suaves para sofocar estos disturbios»; el empleo de soldados contra los tejedores es «muy contrario a la inclinación del Rey», «el Rey no quiere que se omitan los medios suaves […] [para] apaciguar al pueblo», etc.
[221] Friends House Library, Gibson MSS, vol. II, p. 113. Henry Taylor a James Phillips, 27 de noviembre de 1792. Mi agradecimiento a Malcolm Thomas.
[222] British Library, Newcastle MSS, Add. MSS 32, 732, Poulett a Newcastle, 11 de julio de 1753.
[223] Ibid.
[224] Ibid., H. Pelham a Newcastle, 7 de julio de 1753.
[225] No dudo que hubiera una auténtica y significativa tradición paternalista entre la gentry y los grupos profesionales. Pero ese es un tema diferente. El mío es aquí definir los límites del paternalismo y presentar objeciones a la idea de que las relaciones sociales (o de clase) en el siglo XVIII se veían mediadas por el paternalismo, según las condiciones impuestas por este.
[226] El profesor J. H. Hexter quedó atónito cuando pronuncié este sintagma impropio («burguesía agraria») en el seminario Davis Center en Princeton en 1976. Perry Anderson también quedó atónito diez años antes: «Socialism and pseudo-empiricism», New Left Review, XXXV (enero-febrero de 1966), p. 8. «Una burguesía se basa en ciudades; eso es lo que significa la palabra». Véanse también (en mi lado de la discusión) Genovese, The world the slaveholders made, p. 249; y un comentario juicioso sobre la discusión por parte de Johnson, R., Working papers in cultural studies, XI, Birmingham, primavera de 1976. Mi reafirmación de este argumento marxista (un tanto convencional) tuvo lugar en «The peculiarities of the English», Socialist Register, 1965, esp. p. 318. Aquí pongo de relieve no solo la lógica económica del capitalismo agrario, sino también la amalgama específica de atributos urbanos y rurales en el estilo de vida de la gentry del siglo XVIII; los balnearios; la temporada en Londres u otras ciudades; los periódicos ritos de paso urbanos, en la educación o en los diversos mercados matrimoniales, y los demás atributos específicos de una cultura mixta agrario-urbana. Los argumentos económicos (que Dobb ya presentó con acierto) se han visto reforzados por Brenner, «Agrarian class structure and economic development in pre-industrial Europe», Past and Present, LXX, febrero de 1976, esp. pp. 62-68. Datos complementarios sobre los servicios urbanos a disposición de la gentry se encuentran en Borsay, P., «The English urban renaissance: the development of provincial urban culture, c. 1680-c. 1760», Social History, V, mayo de 1977.
[227] En una crítica pertinente de ciertos usos del concepto de hegemonía, R. J. Morris indica que puede señalar implícitamente «la casi imposibilidad de la clase trabajadora o de secciones organizadas de la misma en lo que se refiere a generar ideas radicales […] independientes de la ideología dominante». El concepto da a entender la necesidad de recurrir a los intelectuales para encontrar esto, mientras que el sistema de valores dominante se ve como «una variable exógena generada de forma independiente» de grupos o clases («Bargaining with hegemony». Bulletin of the Society for the Study of Labour History, otoño de 1977, pp. 62-63). Véanse también la aguda respuesta de Genovese a las críticas sobre esto en RadicaI History Review (invierno de 1976-1977), p. 98; y Jackson Lears, T. J., «The concept of cultural hegemony», American Hist. Rev., XC, 1985.
[228] Véase la útil crítica de Geoff Eley, «Re-thinking the political: social history and political culture in 18th and 19th century Britain», Archiv für Sozialgeschichte, Bonn, vol. XXI, 1981. También Eley, «Edward Thompson, social history and political culture», en H. J. Kaye y K. McClelland (eds.), E. P. Thompson: critical perspectives, Oxford, 1990.
[229] Colley, L., «The politics of eighteenth-century British history», Journal of British Studies, 24, 1986, O. 366.
[230] Habermas, J., «The public sphere», New German Critique, 3, otoño de 1974.