Costumbres en común

Costumbres en común


Introducción de Julio Martínez-Cava

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[231] Brewer, J., «English radicalism in the age of George III», en J. G. A. Pocock (ed.), Three British revolutions, Princeton, Nueva Jersey, 1980, p. 333.

[232] Freeholder, propietario absoluto de una finca. (N. del T.).

[233] Eley, «Re-thinking the political», p. 438.

[234] John Cannon, Aristocratic century: the peerage of eighteenth-century England, Cambridge, 1984, p. ix.

[235] Brewer, op. cit., p. 339. Véase también Brewer, «Commercialization and politics», en McKendrick, N., J. Brewer y J. Plumb, The birth of a consumer society, Bloomington, 1982.

[236] Langford, P., A polite and commercial people: England 1727-1783, Oxford, 1989, p. 653, señala el retraso en la admisión de la expresión «clase media» para su uso general y comenta que la clase media «estaba unida solo en la decisión de sus miembros de convertirse en gentlemen y ladies, identificándose así con la clase alta». Agradezco a Dror Wahrman, de la Universidad de Princeton, que me permitiese ver parte de los resultados inéditos de su investigación sobre la resistencia explícita y motivada políticamente a la admisión del término «clase media» para su uso general.

[237] Véase Colley, L., op. cit., p. 371; «Si los antagonismos sociopolíticos se estaban agudizando a finales del siglo XVIII (y creo que así era), cabría esperar ver tanto un incremento de la conciencia como de la amargura plebeyas, y un grupo dominante que se mostrara más ávido de cargos, honores, riqueza y una identidad cultural discreta».

[238] Para un estudio excelente, véase Walsh, J., «Methodism and the mob in the eighteenth century», en G. J. Cuming y D. Baker, Studies in Church history, Cambridge, 1971, vol. 8.

[239] Por ejemplo, Colley, L., «The apotheosis of George III: loyalty, royalty and the British nation, 1760-1820», Past and Present, 102 (febrero de 1984).

[240] Fitts, J. L., «Newcastle’s mob», Albion, vol. 5, n.° 1 (primavera de 1973).

[241] Joseph Priestley, clérigo, teórico político y científico, defensor de los principios de la Revolución francesa y de la libertad civil y religiosa, despertó las iras del populacho antirrevolucionario al discrepar públicamente de las Reflexiones sobre la Revolución francesa, de Edmund Burke. El 14 de julio de 1791, segundo aniversario de la toma de la Bastilla, estalló en Birmingham un motín durante el cual fueron destruidos la casa, la biblioteca y el laboratorio de Priestley, que abandonó la ciudad y nunca más volvió a ella. (N. del T.).

[242] Life of Allen Davenport, 1845, pp. 18-19.

[243] Jordan, G. y N. Rogers, «Admirals as heroes: patriotism and liberty in Hanoverian England», Journal of British Studies, vol. 28, n.° 3 (julio de 1989); Kathleen Wilson, «Empire, trade and popular politics in mid-Hanoverian Britain: the case of admiral Vernon», Past and Present, 121 (1988).

[244] Plumb, «Political man», p. 15.

[245] Telford, J. (ed.), Letters to the rev. John Wesley, 1931, vol. VI, p. 178, citado en Clark, J. C. D., English society, 1688-1832, Cambridge, 1985, p. 236. No está claro hasta qué punto el señor Clark hace suyo el alarmismo de Wesley.

[246] Espero con ilusión su próximo volumen, Crowds, politics, and culture in eighteenth-century England, que promete sustituir todos los estudios anteriores. También espero con ilusión la próxima obra de Kathleen Wilson, «The sense of the people»: urban political culture in England, 1715-1785.

[247] Rogers, Whigs and cities, esp. pp. 351, 368-372.

[248] Ibid., p. 372.

03

Costumbre, ley

y derecho comunal[249]

I

En el área de fricción entre la ley y la práctica agraria, encontramos la costumbre. La costumbre misma es el área de fricción, toda vez que se la puede considerar tanto la praxis como la ley. El origen de la costumbre se halla en la praxis; en un tratado sobre el sistema llamado copyhold[250] a finales del siglo XVII, leemos que «las costumbres deben interpretarse de acuerdo con la aprehensión vulgar, porque las costumbres crecen generalmente, y se crían y se educan entre los legos, por consiguiente, se llaman vulgares consuetudines». Para sir Edward Coke (1641) había «dos pilares» para las costumbres: el uso común y el tiempo inmemorial. Para Carter, en Lex custumaria (1696), los pilares se habían convertido en cuatro: la antigüedad, la continuación, la certeza y la razón:

Porque una costumbre nace y crece hasta la perfección de esta manera. Cuando un acto razonable, una vez hecho, se comprueba que es bueno y beneficioso para el pueblo, y conforme a su naturaleza y disposición, entonces se usa y practica una vez y otra y, de este modo, mediante la iteración y multiplicación frecuentes del acto, se convierte en una costumbre; y continuando sin interrupción durante tiempo inmemorial, adquiere la fuerza de una ley.

La costumbre es local, lex loci, y puede eximir a la localidad de la common law, como, por ejemplo, en la costumbre denominada Borough-English, según la cual el hijo menor podía heredar. Se «alega no en la persona, sino en el manor» (Fisher): «Así que la costumbre se apoya en la tierra» y «sujeta la tierra» (Carter).[251]

La tierra en la que se apoyaba la costumbre podía ser un manor, una parroquia, una extensión de río, ostreros en un estuario, un parque, pastos montañeses o una unidad administrativa mayor como, por ejemplo, un bosque. En un extremo, la costumbre estaba claramente definida, protegida por la ley, y (como en el caso del cercamiento de tierras) era una propiedad: esta es la esfera del court roll, de los manorial courts,[252] de las enumeraciones de costumbres, de la inspección y de los estatutos de las aldeas. En el medio, la costumbre era menos exacta: dependía de la renovación continua de las tradiciones orales, como en la visita de inspección anual o regular de los límites de la parroquia:

Gervas Knight […], de sesenta y siete años y pico de edad, presta juramento de que desde que tiene uso de memoria […] ha conocido Farming Woods Walk dentro del bosque de Rockingham […] y dice que desde que tuvo edad suficiente […], a saber, desde el año 1664 hasta el año 1720 aproximadamente, cada año o cada dos años […] fue con el párroco y los feligreses de Brigstock a visitar públicamente para la misma parroquia y reclamar así las tierras pertenecientes a ella y fijar sus límites.[253]

La visita de inspección se hacía siguiendo las antiguas corrientes de agua, los setos de los terrenos y en cada lindero se hacía una cruz o una señal en el suelo.[254]

La memoria de la parroquia no se confiaba solamente al tribunal del señor, sino también a la iglesia, y a comienzos del siglo XVIII todavía se encuentran ejemplos en los que esta confianza era defendida vigorosamente. En Whigs and hunters he descrito el notable papel que en calidad de recorder interpretó Will Waterson, el párroco de Winkfield, en el bosque de Windsor.[255] El párroco de Richmond condujo a sus feligreses en una visita de inspección que derribó el muro del parque de Richmond.[256] Igualmente activo fue el papel que desempeñó el señor Henry Goode, rector de Weldon, parroquia que compartía tierras comunales con varias otras en el bosque de Rockingham y cuyos derechos eran impugnados por la parroquia de Brigstock. En 1724, en una de las disputas en torno a derechos de bosque y desmoche que se encuentran en todas las regiones forestales, se produjo un encuentro formidable en el bosque. En la semana de Pentecostés los criados de lord Gowran de Brigstock talaron algunos árboles en Farming Woods Walk y los Gowran mandaron a sus arrendatarios a recoger la madera en carros. «Estáis muy alegres —dijo un hombre de Weldon—. Nos alegraremos con vosotros». Poco después más de doscientos hombres y mujeres de Weldon penetraron en el bosque, armados con destrales, cuchillas para cortar madera, mangos de pico y palos, «gritando […] de un modo violento y amenazador y exclamando: “Cortad los carros, volcad los carros”», asustando a los caballos y llevándose algunas ramas desmochadas. Detrás de esta reyerta se ocultaban otros agravios referentes a los derechos de pasto y el embargo de ganado de Weldon por orden de lord Gowran. Un deponente dijo que el rector de Weldon «un domingo en su atril de la Iglesia de allí predicó o leyó algo a sus feligreses que instigó o alentó el susodicho motín, y que en el mismo día en que se cometió aquel motín las campanas del campanario sonaron de modo discordante con el fin de levantar o incitar a la gente».[257] El señor Goode prosiguió su campaña veinte años después, con una «Carta de un commoner[258] a sus hermanos del bosque de Rockingham», en la cual se hacía un repaso de sus precedentes y derechos. La idea de la tutela de la iglesia se recalcaba en una posdata:

N. B. Deseo que toda parroquia que tenga algún derecho del común en el bosque de Rockingham guarde dos de estas cartas en el arca de la parroquia, para que sean el medio de instruir a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, sobre cómo conservar su derecho en el bosque durante los siglos venideros.[259]

Quizá Henry Goode y Will Waterson se extralimitaron un poco en sus obligaciones. Una exhortación que debía predicarse en la Semana de las Rogativas tuvo mucho que decir acerca de evitar las disputas con las parroquias vecinas y presentar la otra mejilla. No obstante, se conmina de forma explícita a los que infringen los derechos parroquiales o comunales: «Maldito sea, dijo Dios Todopoderoso junto a Moisés, el que quite los mojones y las señales de su vecino»:

Atraen sobre sí la ira de Dios quienes rompen los mojones y las señales que antiguamente se colocaron para la división de confines y caballones en los campos, para dar a los propietarios su derecho. Obran perversamente quienes levantan los caballones de los campos, que otros marcaron con gran esfuerzo; con lo que los documentos de los señores (que son los justificantes de los arrendatarios) se pervierten y a veces se traducen en el desheredamiento del legítimo propietario, en la opresión de los pobres huérfanos o la pobre viuda.

Y aunque estas exhortaciones van dirigidas principalmente al pequeño malhechor, que movía señales de linderos durante la noche o arrebataba con el arado unos centímetros de los caballones y caminos comunes, la sentencia de conminación se dictaba también contra los ricos y los grandes: «De ello da fe Salomón. El Señor destruirá la casa del orgulloso; pero fijará las fronteras de la viuda». Y se exhortaba a todos los agricultores «a dejar algunas espigas de trigo para los espigadores pobres».[260]

Los recuerdos de los viejos, la visita de inspección y la exhortación se encuentran cerca del centro del área de fricción de la costumbre, entre la ley y la praxis, mientras en el otro extremo la costumbre entra en campos completamente distintos: en creencias no escritas, normas sociales y usos que se hacen valer en la práctica, pero que nunca se inscriben en estatuto alguno. Este campo es el más difícil de recuperar, precisamente porque pertenece solo a la práctica y a la tradición oral. Puede que sea el campo más significativo para el sustento de los pobres y los marginados de la comunidad aldeana. Los libros de costumbres y los estatutos no deben tomarse como una crónica exhaustiva de la práctica real de los usos del derecho comunal, especialmente allí donde estos se apliquen a los beneficios marginales de la tierra comunal, la tierra baldía, el herbaje de la vera de los caminos, para los habitantes sin tierra o el cottager.[261] Porque estas fuentes documentales son a menudo informes partidistas redactados por el administrador del señor o por los grandes tenedores de tierras con motivo de la llegada de un nuevo señor; o son el resultado de regateos y componendas entre varias partes poseedoras de propiedades en el manorial court, en el cual el cottager o los sin tierra no tienen voz en el homage.[262] Como señaló un docto anticuario jurídico:

Los asientos que se encuentran en los libros del manor o en los manorial court rolls, que se conservan en poder del mayordomo del señor y pretenden fijar los límites de los manors inspiran gran recelo […]. Son siempre obra de partes que tienen mucho interés en obtener la mayor extensión de propiedades posible.[263]

Otros derechos eran de una naturaleza que jamás podía enjuiciarse ni probarse. Por ejemplo, un afidávit del King’s Bench fechado en 1721 se refiere a una espigadora que fue golpeada y expulsada del campo en Hope-under-Dynemore, Herefordshire. El agricultor, en su defensa, dijo que «no la quería de arrendataria allí porque ella le había maldecido».[264] Esto podría indicar solo una pelea entre vecinos, pero —los datos son demasiado escasos para saberlo con certeza— podría aludir a otra costumbre no escrita. Una maldición, por supuesto, expresaba en aquel entonces algo más de lo que normalmente representaría hoy. Tanto la difamación como la agresión eran constantemente objeto del control social. Pero una maldición era más que difamación. El caso de Herefordshire podría inducir a pensar que una maldición era lo bastante fuerte como para desatar al agricultor (al menos a juicio de él mismo) del lazo reconocido que la costumbre imponía a la tierra.

Quiero dar a entender que la costumbre tenía efecto dentro de un contexto de normas y tolerancias sociales. También tenía efecto dentro de la lucha cotidiana por la existencia. Era posible reconocer los derechos consuetudinarios de los pobres, pero poner obstáculos al ejercicio de los mismos. Una petición de los habitantes pobres de Loughton, junto al bosque de Waltham, en Essex, reivindicaba la libertad de desmochar su leña de los árboles. El señor y la señora del manor no habían discutido tal derecho, sino que habían limitado su ejercicio a los lunes solamente, «y si este día es bueno, es una pérdida para ellos porque es el día en que generalmente se alquilan para trabajar con los agricultores que los emplean durante toda la semana», mientras que antes recogían leña en los días lluviosos cuando no había trabajo. Mientras tanto (se quejaron) el señor y la señora estaban talando árboles, vendiendo leños, llenando el bosque de ganado, arrancando el césped con el arado e instalando conejares cuyos conejos se estaban «comiendo su trigo verde y envenenando sus prados».[265]

La costumbre agraria nunca fue realidad. Era entorno. La mejor forma de comprenderla es utilizando el concepto de habitus de Bourdieu: un entorno vivido que comprende prácticas, expectativas heredadas, reglas que determinan los límites de los usos a la vez que revelan posibilidades, normas y sanciones tanto de la ley como de las presiones del vecindario.[266] Las características de los usos del derecho comunal cambian de una parroquia a otra según innumerables factores variables: la economía de recolección y almacenamiento, la extensión de las tierras comunales y las baldías, las presiones demográficas, los empleos secundarios, los terratenientes vigilantes o absentistas, el papel de la Iglesia, la severidad o la benevolencia de los tribunales, la contigüidad de bosques, marjales o cazaderos, el equilibrio entre grandes y pequeños poseedores de tierra. Dentro de este habitus todas las partes se esforzaban por aumentar al máximo sus propias ventajas. Cada una de ellas traspasaba los límites de los usos de las demás. Los ricos empleaban sus riquezas y todas las instituciones y el temor que inspiraba la autoridad local. Los agricultores medianos o yeomen influían en los tribunales locales y procuraban redactar ordenanzas más estrictas para defenderse de las intrusiones, tanto de las grandes como de las pequeñas; también podían emplear la disciplina de las leyes sobre pobres contra los que estaban debajo de ellos, y a veces defendían sus derechos contra los ricos y los poderosos valiéndose para ello de la ley.[267] El campesinado y los pobres utilizaban el sigilo, el conocimiento de todos los matorrales y caminos poco frecuentados, así como la fuerza numérica. Es una muestra de sentimentalismo suponer que los pobres fueron siempre los vencidos, hasta que se procedió al cercamiento de tierras. Es un rasgo de deferencia suponer que los ricos y los grandes no podían comportarse como infractores de la ley y depredadores. De ambos engaños nos sacará rápidamente la lectura de los sucesivos informes que sobre los bosques reales presentaron los encargados de recaudar la contribución territorial.

Los bosques, los cazaderos, los grandes parques y algunas pesqueras fueron notables lizas, durante el siglo XVIII, donde chocaban reivindicaciones (y apropiaciones) de derechos comunales. Después de resurgir en las primeras décadas, los tribunales forestales cayeron nuevamente en desuso, por lo que disminuyó la vigilancia directa por parte de «la Corona». Pero la jerarquía de cesionarios, administradores, guardabosques, funcionarios forestales y subguardabosques continuó existiendo, tan avariciosos como siempre, y la mayoría de ellos perpetrando las estafas que su rango o las oportunidades del cargo les ofrecían. Los grandes invadían los caminos, cercaban nuevos pabellones de caza, talaban árboles u obtenían pequeñas golosinas, como el conde de Westmorland, a quien le fueron concedidos cuatrocientos acres (162 hectáreas) del bosque de Whittlewood por un cuarto de penique el acre en 1718.[268] En el punto medio de la jerarquía los funcionarios forestales y los subguardabosques, que desde hacía mucho tiempo complementaban con gajes sus pequeños salarios, se dedicaban a comerciar con la carne de venado, vendían leña menuda y aulaga, llegaban a acuerdos privados con posaderos y reposteros, carniceros y curtidores.[269] A principios de siglo, Charles Withers, inspector general de Bosques y Florestas, llevó un diario durante una gira de inspección en la que visitó varios bosques. En Wychwood:

Este bosque, notablemente maltratado. La madera, desmochada y comida por los animales: no crece ninguna en los bosquecillos; cortada por guardabosques, sin autorización, vendida al vecindario: especialmente Burford Town, abastecida desde allí. El posadero Nash del Bull compró este año diez cargamentos; en resumen, ¡es un escándalo!

Muy parecida era la situación que halló en New Forest. Pero, de igual manera, Withers se encontró con que los habitantes trabajadores de los pueblos del bosque y sus alrededores insistían continuamente en sus reclamaciones y las aumentaban. En el bosque de Dean los mineros estaban «cortando madera creciente para sus pozos, sin autorización. Aducen una costumbre para pedirla, pero son ahora tan licenciosos que incluso la toman sin ella».[270] Y en una memoria a los Treasury Commissioners[271] en 1729, Withers afirmaba:

Es muy observable que la gente del campo en todas partes piensa que tiene una especie de derecho a la madera de los bosques, y no saben si la idea les ha llegado por medio de la tradición, desde los tiempos en que estos bosques fueron declarados como tales por la Corona, cuando había grandes luchas y disputas en torno a ellos. Pero es seguro que ocultan cuidadosamente los expolios que cometen y están siempre celosos de todo lo que se hace bajo la autoridad de la Corona.[272]

Las disputas en torno al derecho comunal en semejantes contextos no eran excepcionales. Eran normales. Ya en el siglo xiii los derechos comunales se ejercían de acuerdo con «la costumbre consagrada por el tiempo»,[273] pero también se disputaban de maneras consagradas por el tiempo. Los conflictos en torno a los llamados botes o estovers (madera pequeña para construir cercas, reparar edificios, combustible) o la llamada «turbera» (tepes y turbas para combustible) no acababan nunca; solo de vez en cuando adquirían gran visibilidad al dar origen a algún procedimiento judicial o (como en el caso de Weldon y Brigstock [pp. 169-170]) a una pelea a puñetazos entre parroquias contiguas o a un enfrentamiento entre los ricos poderosos y los numerosos «pobres», como en la disputada recogida de «desmoches».[274] Pero no puede haber un bosque o un cazadero en el país en el que no tuviera lugar algún episodio dramático de conflicto en torno al derecho comunal en el siglo XVIII. No eran solo los ciervos los que ponían furiosos a los agricultores porque salían de los bosques y se comían su trigo. Estaban también los conejares, que se pusieron muy de moda a principios del siglo XVIII entre los señores de los manors que deseaban vivamente mejorar no sus pastos, sino sus ingresos. En una enérgica queja procedente de Charnwood, en North Leicestershire, los conejares se identificaban con la tiranía de los Estuardo:

Cuando el papista Jemmy gobernaba este país

gobernaba como un rey.

Y sanguinarios Jeffreys iban de un lado para otro

ahorcando y poniendo en la picota.

Los conejeros aguzaban los oídos.

Aquella era una época de gracia,

se hacían leyes y jueces de caza

y los conejos se reproducían con rapidez.

Cubrían todo nuestro terreno común

o pronto lo cubrirían, sin duda,

pero ahora, mientras reina Jorge II

sacaremos las sabandijas.[275]

Puede que los versos de esta «Ópera de Charnwood» (interpretada en «The Holly Bush» en el bosque) daten de 1753 y se refieran a episodios acaecidos tres o cuatro años antes. Lord Stamford, lord Huntingdon y tres grandes de la gentry habían plantado abundantes conejares en las tierras comunales:

La hierba está corta porque la mordisquean los conejos,

y ahora no puede ordeñarse leche de la vaca de la Vieja,

los pobres hijos de Tom Thresher tienen la cara triste, y dicen

que tienen que comer gachas con agua tres veces al día

Derry down.[276]

En 1749 gran número de habitantes, hombres, mujeres y chicos de los pueblos vecinos, incluido un grupo de mineros de Cole Orton, convergió en los conejares, marchando por la llanura «con ruido y risa rústicos […], el clamor móvil mezclado con amenazas y bromas»:

En aquella colina de allí, ved cómo están

—con perros— y picos y palas en la mano.

¡Por Marte! ¡Una banda formidable!

Si estuvieran inclinados a luchar.

¡Ved! Cómo acuden de todas las ciudades

para derribar estos conejares advenedizos,

rogando todos por la Iglesia y la Corona

y por su derecho comunal.[277]

Durante el encuentro subsiguiente se abrieron los conejares. Los «amotinados» chocaron con el conejero y su grupo, y uno de los amotinados resultó muerto. Vinieron luego escuadrones de caballería, detenciones en masa, procesos. El derecho del común se reconoció para veintiséis ciudades y pueblos vecinos y el bosque de Charnwood permaneció sin cercar durante otro medio siglo.[278]

Esto sirve para recordarnos que las emociones intensas en torno a los derechos comunales, así como los episodios de disturbios, no tienen por qué esperar a que se produzca el cercamiento de tierras. Quizá el cercamiento había sido la más visible causa de agravios durante los siglos XVI y XVII.[279] Y quizá en las primeras seis décadas del siglo XVIII las disputas en torno a ciervos y otros animales,[280] acerca de derechos de pesca, acerca de la madera, acerca de la explotación de canteras, arenales y turberas, se hicieron más frecuentes y más crispadas. La supuesta economía de derechos de usufructo coincidentes, de mayor y menor importancia, iba viéndose sometida a una presión cada vez mayor. La presión demográfica, junto con el crecimiento de los empleos secundarios, había dado a los beneficios marginales de turbera, estover, etc., mayor importancia en el conjunto que constituía una economía de subsistencia para «los pobres»; al mismo tiempo, el crecimiento de las ciudades y, con él, de la demanda de combustible y de materiales de construcción intensificó el valor comercial de activos tales como canteras, depósitos de grava y de arena, turberas, para los grandes tenedores de tierra y los señores de los manors. En un movimiento paralelo, la ley se estaba ajustando a una época de «mejoramiento» agrícola y consideraba que las reivindicaciones de derechos de usufructo coincidentes eran desordenadas. Lo mismo pensaba la mentalidad administrativa modernizadora. Una inspección del bosque de Salcey en 1783 señaló «los efectos ruinosos de una mezcla de intereses opuestos en la misma propiedad».[281]

Si todas las tierras agrícolas de Inglaterra y del país de Gales hubiesen estado tan expuestas a estafas como los bosques reales o se hubiesen visto tan plagadas de disputas como Charnwood, quizá hubieran servido de pruebas ilustrativas de las sombrías tesis de Garrett Hardin en «The tragedy of the commons».[282] Según argumenta el profesor Hardin, dado que los recursos que se tienen en común no son propiedad de nadie y no son protegidos por nadie, hay una inexorable lógica económica que los condena a la explotación excesiva. El argumento, de hecho, se deriva de los propagandistas ingleses del cercamiento parlamentario y de una variante malthusiana específica.[283] A pesar de su aire de sensatez, lo que el argumento pasa por alto es que los commoners mismos no carecían de sentido común. A lo largo del tiempo y del espacio los usuarios de tierras comunales han creado una rica variedad de instituciones y sanciones comunitarias que han frenado y limitado el uso.[284] Si había señales de crisis ecológica en algunos bosques ingleses en el siglo XVIII, ello se debía tanto a razones políticas y jurídicas como a razones económicas o demográficas. Al caer en desuso las antiguas instituciones forestales, fueron a parar a un vacío en el cual la influencia política, las fuerzas del mercado y la reivindicación popular competían unas con otras sin reglas comunes:

El actual estado de New Forest es poco menos que de anarquía absoluta [se lamentó en 1851]. Los documentos son insuficientes para aclarar quiénes tienen derechos; no hay ninguna certeza sobre qué ley, la forestal o la common law, es la vigente; y, en consecuencia, qué funcionarios tienen poder y bajo qué autoridad para intervenir.

En la actualidad el bosque «no tiene ni puede tener propietario. Parece que estamos volviendo a costumbres orientales y primitivas». Sin embargo, los habitantes del bosque (incluidos muchos squatters)[285] suponían que ellos eran los propietarios e improvisaban reglas sin formulismos. Cuando un inspector del Gobierno recibió el encargo de examinar el estado del bosque en 1848-1849, fue quemado en efigie en las afueras de Lyndhurst y el guardián suplente proporcionó leña del bosque para tan meritorio fin.[286]

Con todo, se trataba de lugares llenos de tinieblas, dominados por «la ignorancia salvaje y la barbarie». En el resto de la Inglaterra agrícola había un gobierno mucho más estricto de los derechos comunales, tanto en la common law como en la lex loci. El derecho de pastoreo se veía restringido por la regulación del tribunal del señor o por los estatutos de los pueblos, que a veces llevaban siglos de evolución ininterrumpida. Las ordenadas prácticas agrícolas de los pueblos de la Inglaterra medieval que revela Warren Ault[287] están muy lejos de las ideas de sistema común abierto a todos que presenta Garrett Hardin.[288] Pero la limitación podía crear sus propias disputas. En un caso de 1689 el tribunal del lord canciller decidió que la mayor parte de los ocupantes de la tierra podían regular y restringir el uso de un terreno comunal (basándose en «la apropiada y natural equidad») aun cuando «uno o dos arrendatarios caprichosos se destaquen y no estén de acuerdo».[289] Pero «uno o dos arrendatarios caprichosos» era un término jurídico demasiado impreciso. En 1706 surgió un caso nuevo en Bishop’s Cleeve, Gloucestershire, donde los que poseían tierras habían acordado limitar 2.025 hectáreas de tierras comunales, pero el demandado (el rector de la parroquia) y otros nueve se negaron. Evidentemente, eran más que uno o dos individuos caprichosos, puesto que el tribunal decidió que «un derecho del común no puede alterarse sin el consentimiento de todas las partes afectadas».[290]

Cabe preguntarse si esto estaría en el origen del proceso parlamentario de cercamiento de tierras, que es un misterio. Porque «el primer proyecto privado de ley de cercamiento que se aprobó» fue presentado al Parlamento en febrero de 1710. Se refería a Ropley Commons y al antiguo parque desacotado de Farnham, dentro del obispado de Winchester. Fue una medida decididamente impopular y vigorosamente discutida y contribuyó a la mala voluntad que daría origen a ataques contra los ciervos del obispo y, andando el tiempo, al boicot.

Difícilmente hubiera podido implantarse de otro modo.[291]

Una vez que el acto privado del cercamiento se hizo posible, resultó claro que el cercamiento no podría tener lugar como no fuese mediante el debido proceso parlamentario, aunque se opusiera algún propietario rural caprichoso.[292] Hasta la década de 1760 (y más tarde en algunos casos) esto podía representar un serio factor disuasivo para los terratenientes. Un joven gentleman escribía en nombre de su madre a algún protector noble en 1742 para informarle de la situación en que se encontraba la mujer en Church Oakley, Hampshire:

Mi madre tiene la mayor de las granjas que hay allí y le resulta muy difícil encontrar un arrendatario para esta, pues ninguna persona quiere tomarla a menos que se cerque la parroquia, ya que entre los agricultores de Oakly hay un desacuerdo tan grande que por puro despecho de unos a otros se niegan a administrar los campos comunes con el fin de sacarles el mayor provecho.

El cercamiento de tierras beneficiaría especialmente a su madre «porque tiene el mayor terreno común que hay allí; no hay más que tres freeholders y la rectoría, además de ella misma, todos están de acuerdo en que se cerquen tierras, excepto una persona que está enojada y se opone». Su madre le suplicaba que preguntara si podía hacerse, estando un hombre en desacuerdo, sin una ley del Parlamento «que ella lamentaría tener, no solo porque será un gran gasto, sino porque no tiene ningún amigo en la Cámara».[293] Los historiadores han señalado que la gran época del cercamiento parlamentario, entre 1760 y 1820, da testimonio no solo del ansia de mejoras, sino también de la tenacidad con que los tipos «caprichosos» o «llenos de despecho» bloqueaban el camino que llevaba al cercamiento por mutuo acuerdo, defendiendo hasta el final la antigua economía consuetudinaria.

De manera que la costumbre también puede verse como escenario del conflicto de clases, en el área de fricción situada entre la práctica agraria y el poder político. Los ocupantes consuetudinarios de las tierras de sir William Lowther en Askham, manor de Cumberland, se quejaron en 1803 de que «las violaciones de nuestra antigua costumbre siempre nos han dolido mucho y han amargado muchas horas de nuestra vida». Y el doctor Searle comenta:

La costumbre, pues, no era algo fijo e inmutable, portador del mismo significado para ambas clases sociales. Al contrario, su definición era muy variable en relación con la posición clasista y, por consiguiente, se convertía en vehículo de conflictos en vez de consenso.[294]

Pese a ser desiguales los términos de poder en este conflicto, el poder debía someterse a algunas restricciones, no solo porque la costumbre tenía sanción jurídica y ella misma podía ser una «propiedad», sino también porque el poder podía colocarse en una situación peligrosa si el abuso de los derechos consuetudinarios enfurecía al populacho. Carlos I había debilitado su propio trono con su despótica búsqueda de ingresos en los bosques reales. Ni el más depredador de los whigs hannoverianos había olvidado la lección. La consorte de Jorge II, la reina Carolina, había «deseado cerrar el parque de Saint James y preguntó a sir Robert Walpole cuánto le costaría hacerlo. Walpole replicó: “Solo una corona, señora”».[295]

El rey Carlos también provocó una de las disputas más delicadas desde el punto de vista político en torno a los derechos comunales al cercar con un elevado muro el parque de Richmond. Con ello varias parroquias se vieron despojadas del derecho del común, y (escribió Clarendon) «el rumor y el ruido del pueblo […] estaban demasiado cerca de Londres para no ser el discurso común». El rumor continuó en el siglo XVIII y alcanzó su punto más álgido durante el periodo en que sir Robert Walpole (por medio de su hijo) fue guardián de los bosques reales y se cerraron las puertas, se quitaron las escaleras sobre el muro y solo se permitía la entrada de pasajeros y carruajes provistos de una chapa. Como las chapas (fabricadas con metal de baja ley) eran fáciles de falsificar, fueron sustituidas por billetes de papel que se imprimían en la oficina de timbres (seis peniques) (y la falsificación de timbres era a la sazón un delito que se castigaba con la pena capital). Aunque la gente de la parroquia derribó el muro del parque dos o tres veces durante las visitas de inspección de los límites de la parroquia (véase la lámina IX), Walpole «se tragó la afrenta y volvió a construir el muro».

Sucedió a Walpole en el cargo la princesa Amelia, que no fue más querida que el gran hombre, pero a la que era más fácil desafiar. Las quejas se referían principalmente a los derechos de paso por el parque y a la pérdida del acceso a la grava, la maleza, la aulaga y también a los derechos de aguas. En este próspero vecindario los interesados no eran solo agricultores, sino también miembros de la gentry, mercaderes, gente del comercio y artesanos. Entre los paladines de los derechos locales se contaban un cantero, un cervecero y Timothy Bennett, zapatero que, según su lema, «no estaba dispuesto a dejar el mundo peor de como lo había encontrado». John Lewis, el cervecero, encabezó una campaña en la década de 1750 que prefigura algunas de las estratagemas de John Wilkes: hubo mítines públicos, memoriales en la prensa (London Evening Post), una petición con muchas firmas que se presentó al rey y, finalmente, una serie de demandas.[296] Estos episodios permiten ver la creciente confianza que la «sociedad civil» tenía en sí misma.

Se presentaron casos al tribunal de Surrey (Kingston) todos los veranos de 1753 a 1758. El derecho de paso por camino de carro entre Richmond y Croydon (a través del parque) se perdió (1754), pero se ganó el derecho de paso de peatones (mediante portillos o escaleras) de Richmond a Wimbledon. Posteriormente (1755) John Lewis cruzó por la fuerza una puerta del parque y puso pleito a la portera (Martha Gray), que le obligó a salir a empujones, por obstruir tres antiguos caminos para peatones, uno de ellos entre East Sheene y Kingston. El juicio se aplazó hasta el verano siguiente. En aquel tiempo los partidarios del derecho comunal habían publicado y distribuido un folleto[297] en el que exponían sus argumentos sobre el caso, y lord Mansfield —basándose en que ello podía influir en el jurado— lo utilizó como excusa para aplazar el juicio hasta otra sesión del tribunal.

La vista de la causa tuvo finalmente lugar en Surrey durante la Cuaresma de 1758, ante sir Michael Foster, que contaba entonces setenta años. Entre los cuarenta y ocho jurados especiales, eran tantos los que veían con aprensión el hecho de intervenir en una causa contra la princesa Amelia que fue necesario poner un jurado suplente. Sir Michael procedió rápidamente a imponer una multa de veinte libras por cabeza a los que no se habían presentado. Cuando la acusación ya había tomado declaración a parte de sus testigos, el abogado de la Corona (sir Richard Lloyd) dijo que «no era necesario que insistieran en el derecho, pues la Corona no estaba dispuesta a juzgar eso», toda vez que el cargo de obstrucción se había presentado en la parroquia de Wimbledon, mientras que en realidad era en Mortlake:

El juez se volvió hacia el jurado y dijo que creía que habían comparecido allí para juzgar un derecho, el que el demandante afirmaba tener a pasar por el parque de Richmond, y no a cavilar sobre objeciones sin importancia, que no tienen relación alguna con el citado derecho […]. Creía que era indigno de la Corona, después de que este asunto estuviera pendiente durante tres sesiones del tribunal, enviar a uno de sus abogados selectos no para que juzgase el derecho, sino para que se ocupara de un detalle de tan poca importancia.

El juez falló a favor de la acusación y John Lewis ganó el pleito. Al ofrecérsele una puerta o escaleras de mano, escogió estas últimas como modo más libre de acceso. (Habiendo ciervos en el parque, las puertas permanecerían cerradas, posiblemente con llave). Cuando Lewis acudió nuevamente al tribunal y se quejó de que los travesaños de las escaleras estaban demasiado separados para los niños y los ancianos, sir Michael Foster replicó: «Yo mismo lo he observado, y deseo, señor Lewis, que se encargue usted de que se construyan de modo que no solo los niños y los viejos, sino también LAS VIEJAS puedan subir por ellas».[298]

El pleito causó cierta sensación. Durante un tiempo dio verdaderos problemas a los guardianes, toda vez que los ciudadanos triunfantes subían por las escaleras y no se limitaban a andar por los senderos, sino que «iban y venían a su antojo por el césped», declarando que «el parque era un terreno comunal y que ellos tenían derecho a ir a cualquier parte […] que se les antojara». Esto obraba en perjuicio de los ciervos y demás animales e «impedirá en gran medida que la familia real use y disfrute» el parque.[299] La princesa Amelia abandonó su cargo de guardiana en una rabieta. Estas cuestiones también dieron que hablar en Londres: la vieja inglesa libre por nacimiento había triunfado sobre la dama de sangre real. Semejantes victorias, del ciudadano humilde ante los grandes o la realeza, eran decididamente infrecuentes. Pero incluso una o dos de ellas contribuían mucho a dar legitimidad popular a la ley y a sancionar la retórica del constitucionalismo sobre la cual se apoyaba la seguridad de la propiedad territorial.[300] Aun así, no deberíamos olvidar que la victoria de Richmond fue, en un sentido, una victoria de commoners burgueses, los cuales disponían de dinero y recursos que raramente estaban al alcance de los commoners rurales.

II

El presente capítulo no trata del cercamiento de tierras ni de la decadencia del campesinado. Un novato en historia agrícola al que pillaran merodeando por estos campos sería despachado prontamente. El presente es un estudio tangencial de los usos del derecho comunal y también de la ley y de los conceptos del derecho de propiedad. Pero no es posible evitar por completo los roces con los otros problemas. Y hay que señalar que todavía tenemos pocas pruebas concluyentes sobre el número de tenedores de tierra con copyhold u otras formas de tenencia consuetudinaria de la tierra (tales como arrendamientos beneficiosos concedidos por la Iglesia o las universidades) en el siglo XVIII. Un estudioso poseedor de mucha experiencia reconoce que el asunto de la proporción de poseedores de tierra con tenencias consuetudinarias a finales del siglo XVII es «casi totalmente oscura», pero puede que fuera de «hasta un tercio».[301] Y seguía siendo considerable al finalizar el siglo XVIII, aunque disminuyendo más rápidamente en las últimas décadas. El vigoroso funcionamiento del tribunal del señor en el siglo XVIII (como pueden atestiguar numerosos archivos de condado) a menudo coincide con la subsistencia de algunas tenencias con copyhold. No cabe duda de que había un campesinado importante en la Inglaterra del siglo XVIII y comienzos del XIX,[302] y a veces los historiadores de la agricultura optimistas han contado su historia de un modo que confunde dos totales diferentes: los acres y las personas.[303] Como comenté en un estudio anterior, «el historiador de la economía puede encontrarse con que las pistas del proceso agrario en expansión se hallan en el sector “libre” [es decir, freehold o rackrent],[304] mientras que el historiador de la sociedad puede encontrarse con que los horizontes psicológicos y las expectativas de la mayoría de la comunidad agrícola se hallan todavía dentro del sector consuetudinario».[305]

En segundo lugar, empieza a ser obvio que en la larga reacción historiográfica contra Barbara y J. L. Hammond, aquellos excelentes historiadores, y su clásico The village labourer ha habido tendencia (y en algunas mentalidades, empeño ideológico) a subestimar seriamente el grado de protesta popular suscitada por la pérdida de derechos comunales o el cercamiento de tierras comunales (lo cual, como ya hemos visto, no era lo mismo). Es alentador ver que se está lanzando un ataque importante contra el panorama triunfal de las consecuencias sociales de las mejoras agrícolas.[306] Aun así, no vamos a descubrir que el siglo XVIII vibraba de importantes episodios de protestas contra el cercamiento que se han pasado por alto.

Hubo más episodios de los que se han señalado, pero pocos de ellos fueron de consideración. La resistencia era más a menudo hosca que vibrante. Por cada commoner que «amenazaba alborotadamente con matar o ser muerto, con reunir a 500 personas que le ayudarían a cortar y destruir los terraplenes y las vallas»,[307] se encontrará una docena que desquiciaba una puerta, arrancaba algunos setos o derribaba algún aviso de cercamiento instalado en el porche de una iglesia.

Sin embargo, el cercamiento encontraba más oposición de lo que antes se suponía.[308] El problema de valorar su extensión consiste en parte en utilizar las técnicas de investigación apropiadas y en la naturaleza de las fuentes. Las protestas contra el cercamiento de tierras raramente se reflejaban en los archivos administrativos centrales o en los periódicos de Londres; no adquirían la forma de «levantamientos» regionales, sumamente visibles y tumultuosos. Se encontrarán más a menudo (especialmente antes de 1760) en la correspondencia que los mayordomos de las fincas cruzaban con sus amos absentistas, tratadas como asuntos domésticos (como la caza furtiva) que podían resolverse recurriendo a los poderes sumarios de los magistrados. Los conflictos más serios podían hacer necesaria la ayuda de los vecinos, el reclutamiento de arrendatarios y sirvientes leales, o incluso de la posse comitatus.[309] En 1710, cuando era secretario de la Guerra, Robert Walpole recibió (en su calidad de ciudadano particular) una carta de su administrador, John Wrott, en la que se describe un enfrentamiento importante que por una cuestión de derechos comunales se había producido en Bedingfield Common. El High Sheriff[310] de Northamptonshire, lord Cardigan y otros miembros de la gentry se encontraban allí con patrullas montadas. «Empezó a llegar la chusma de todos los rincones, algunos disfrazados con máscaras y con vestidos de mujer, y otros con hachas, palas, zapapicos, etc.». Hasta los hombres a los que el sheriff había convocado para que prestaran servicio en su posse simpatizaban con la chusma y ayudaban a los prisioneros a fugarse. Se dispersó a la multitud de momento, pero «persiste en decir que el Derecho del Común es suyo, y el año próximo espera ver la demolición de los setos».[311]

La correspondencia de una de las aliadas políticas de Walpole, lady Diana Fielding de North Wootton (Norfolk), en 1728-1729 muestra mucha preocupación por los conflictos entre peones y arrendatarios, por una parte, y su administrador y el constable[312] de la parroquia, por otra, referente a la tala de «aulagas y espadañas» en «los Prioratos», donde su señoría había hecho nuevos cercamientos. Grupos rivales convergieron en el terreno comunal con carros para llevarse las aulagas, «la chusma» recobró sus aulagas de los carros del administrador, las esparció por el lugar, ató los caballos a las ruedas de los carros, «trató bárbaramente» al administrador «y le rompió 3 costillas y casi lo mató». Luego la chusma procedió a «romper y destruir todas las puertas y vallas» de los últimos cercamientos. Peones y arrendatarios participaron en estos actos, pero resultó muy fácil disciplinar a los arrendatarios con la amenaza de la pérdida de sus arrendamientos.[313]

Se encuentran otros asuntos de la misma índole en las colecciones de documentos de las propiedades. O a veces se habla de ellos en la prensa. Tres años antes, en Stokesby (de nuevo en Norfolk), numerosos pobres, hombres y mujeres, «derribaron un molino nuevo y diversas puertas y vallas en el marjal». Ocho o diez de ellos fueron llevados a Norwich, donde les interrogaron: dijeron que estaban actuando para la «recuperación de su derecho», toda vez que el marjal había sido un terreno comunal hasta que cierto gentleman se había apoderado de él y lo había rodeado con una valla. «Ese fue el principio de la rebelión de Kett», comentó el periodista.[314] Estos transgresores comparecieron ante los tribunales. Y con no poca frecuencia los anales judiciales indican que se procedía contra transgresores que habían derribado vallas o demolido cercamientos. Pero semejantes actos no siempre llegaban a conocimiento de la ley, toda vez que los commoners afirmaban (y la ley reconocía prudentemente) que tenían derecho a derribar las usurpaciones[315] y esta «toma de posesión» era, de hecho, uno de los propósitos de las visitas de inspección de las parroquias. Había una línea sutil entre la defensa de un «derecho» y el «motín»,[316] y el equilibrio de la evidencia y también del poder quizá permitía resolver el asunto sin recurrir a los tribunales. John Lewis, el cervecero de Richmond, al que ya hemos visto defender los derechos de acceso al parque de Richmond, contó una historia relativa a otro sendero que encontró bloqueado por una puerta cerrada con llave. Pasó por allí con un amigo y con algunos de los hombres que trabajaban en su fábrica de cerveza el día antes de «nuestra procesión parroquial anual en Richmond»:

«Muchachos —digo yo—, no olvidéis traer vuestras destrales mañana para derribar esta puerta, pues tenemos que cruzarla para llegar a nuestros límites». «No hables en voz tan alta— dijo mi amigo—, o te oirá la gente en casa de la Princesa Viuda». «Oh —contesté, alzando la voz—. No tengo objeción a que se me oiga. Soy John Lewis de Richmond y pienso derribar esta puerta mañana para tener paso de acuerdo con la costumbre».

Pero al día siguiente «los de la procesión» se encontraron con que habían quitado la cerradura de la puerta.[317]

En una visita de inspección parroquial, algunos peones llevaban a veces «un hacha, un azadón de pico y una barra de hierro […] para demoler cualquier edificación o valla que se hubiera levantado sin permiso» en el terreno comunal o baldío.[318] Esto se mantenía empecinadamente como legítima defensa de un derecho. Pero es también exactamente la razón por la cual se acusa a algunos transgresores en las actas judiciales: en Feckenham (Worcestershire) en 1789 por «derribar, demoler y destruir con podaderas, palas, azadones, hachas, sierras», etc., unos doce metros y pico de seto vivo;[319] en Culmstock (Devon) en 1807, por entrar en un jardín y huerto con destrales, sierras, zapapicos, layas y palas, derribar las vallas, remover el terreno, instalar una tienda para tener al propietario (o al supuesto propietario) fuera del terreno;[320] en Porlock (Somerset) en 1774, por entrar en un jardín, derribar setos y vallas, estropear y llevarse cosas de jardín.[321] Podía tratarse de pequeñas reyertas o «motines»[322] o podían ser actos cuya intención deliberada era provocar un pleito para poner a prueba su «derecho».

Incluso cuando se producían motines, estos no tenían por qué llamar la atención de los historiadores. Se esperaba de los magistrados y de la gentry que se ocuparan de los episodios en su propio vecindario sin recurrir a las tropas. Cuando se enviaron tropas para que sofocaran un motín «en los nuevos campos cercados de West Haddon» (Northamptonshire) en 1765 se le recordó al magistrado que «hasta que no se haya intentado la máxima autoridad judicial no debe solicitarse ayuda militar».[323] En el mismo año, cuando unos cuarenta amotinados de Banbury estaban derribando las vallas de una finca recién cercada en Warkworth, un grupo de gentlemen fue informado de ello durante la cena; al instante renunciaron a su oporto, montaron en sus caballos, cayeron sobre los levellers y los derrotaron.[324] Se sabe de un motín más grave contra el cercamiento en Maulden (Bedfordshire) en 1796, en el cual se vieron envueltos doscientos pobres, solo porque una carta que habla de él se conservó en el archivo de precedentes del Ministerio de la Guerra.[325]

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