Costumbres en común

Costumbres en común


Introducción de Julio Martínez-Cava

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En 1866 «un trabajador llamado Willingale» con sus dos hijos saltó las vallas e hizo la acostumbrada visita de inspección. Los tres fueron declarados culpables de intrusión dolosa y condenados a dos meses de trabajos forzados. En la cárcel uno de los hijos contrajo neumonía y murió. Cuando Willingale salió en libertad, el asunto se estaba convirtiendo en un caso célebre entre los radicales del este de Londres. La Commons Preservation Society acababa de fundarse y se brindó a encargarse del asunto, para lo cual reunió un fondo de mil libras. Se puso un pleito en nombre de Willingale, toda vez que solo podía entablarse en nombre de un habitante de Loughton. Se contaba con el apoyo de diputados liberales, abogados de la Corona, directores de periódicos y personas eminentes, entre las que estaban sir T. Fowell Buxton y John Stuart Mill. Sin embargo, a pesar de este apoyo y a pesar de la publicidad, Willingale se vio sometido al inexorable control social del manorial village. En la parroquia nadie se atrevía a darle un empleo y solo con gran dificultad logró encontrar alojamiento en el pueblo, cosa que era necesaria para seguir siendo habitante. Intentaron sobornarle en secreto para que retirase el pleito —quizá llegaron a ofrecerle quinientas libras—, pero rechazó todas las proposiciones.

Después de cuatro años de esto, el anciano murió (1870) y su muerte anuló el pleito. Lo reanudó de una forma nueva el Ayuntamiento de Londres (que no tenía necesidad de encontrar alojamiento ni empleo en el manor). Cuando obtuvo una victoria condicionada en 1879, «toda la población del distrito, unas 5.000 o 6.000 personas, se presentó a medianoche» para hacer un último recorrido de inspección portando antorchas. El hijo de Willingale que había sobrevivido a este seguía abogando por los derechos comunales de los pequeños ocupantes y el Ayuntamiento de Londres concedió a su viuda una pensión de cinco chelines a la semana.[394]

Lord Eversley, que deja constancia de este asunto y del papel que en él interpretaron varios filántropos, parece que se olvidó del nombre de pila del «viejo Willingale». Lo que está claro es que incluso en la Inglaterra de mediados del periodo victoriano a un trabajador no le resultaba fácil recurrir a la ley para enfrentarse a lores o terratenientes por una cuestión de derechos comunales. ¿Qué probabilidades había para ello cien años antes?

IV

El fallo del Tribunal de Litigios Ordinarios en 1788 no suprimió, por supuesto, la práctica de espigar, salvo, quizá, para Mary Houghton y sus vecinos en Timworth.[395] La costumbre siguió siendo lex loci y, si bien la jurisprudencia decidió ahora que el espigueo no podía ser reivindicado como derecho en la common law, todavía era posible reivindicarlo como derecho local, por la costumbre del manor o por el estatuto del pueblo. El fallo reforzó la libertad de acción de los agricultores que deseaban frenar la costumbre o restringirla a las familias de sus propios peones después del cercamiento de tierras. Y el cercamiento puso en peligro el derecho al sacar la cosecha del gran campo abierto sobre el cual se ejercían habitualmente las costumbres de la comunidad rural e introducirla en la posesión exclusiva de «cotos» rodeados de setos o vallados con su sentido de acceso controlado y espacio privado. A decir verdad, el fallo habría podido conducir a la represión general del espigueo si los intentos en tal sentido no hubieran tropezado con la resistencia más tenaz, especialmente por parte de trabajadoras que, como ha demostrado Peter King, se negaban a renunciar a sus «derechos» ante el acoso físico y jurídico.[396]

Ningún fallo en los tribunales de la common law surtió efecto inmediato en la práctica local de la costumbre, aunque tales fallos podían poner en manos de los terratenientes ases de reserva que posteriormente, al efectuarse el cercamiento de tierras, cambiarían por acres. Donde seguía existiendo la tenencia en copyhold y otras formas de tenencia consuetudinaria —de hecho, dondequiera que siguieran existiendo tierras en un pueblo sobre las que hubiera derechos del común— cabe esperar que haya alguna forma de reglamentación del usufructo. Hace unos años supuse ingenuamente que había descubierto una llave para abrir la puerta que daba a la realidad de los usos de derecho comunal en las enumeraciones de costumbres del siglo XVIII que se conservaban, y especialmente en los estatutos de pueblo que seguían promulgándose en Courts Leet o en otros tipos de reuniones parroquiales, con vigor durante todo el siglo. Tenía entonces la costumbre, siempre que visitaba un archivo de condado, de echar un vistazo al fichero y recoger ejemplos de reglamentación local. Pero, por desgracia, cuando empecé a preparar el presente libro y vacié este saco de notas sobre el suelo de mi estudio, me encontré contemplando con desánimo este promiscuo montón de espigas procedentes de varios condados.

Por lo menos aprendí un poco de humildad. Porque esta lex loci, que en sí misma es solo una guía parcial de la praxis loci, adquiere sentido solo cuando se coloca dentro del estudio disciplinado del contexto local. Hay que conocer el equilibrio entre tierra cultivable y tierra baldía, la difusión o la concentración de la tenencia de tierra, los cultivos y el ganado, la fertilidad del suelo, el acceso a los mercados, la población y los impuestos para socorrer a los pobres y todos los otros aspectos que el historiador agrícola disciplinado reúne con tanta paciencia.[397] Sin esta cuidadosa provisión de contexto, mi saco de espigas resulta ser un saco de paja. No sirve de mucho citar la limitación del número de animales a los que se permite pacer en el terreno comunal por yardland[398] o por cottage a menos que pueda mostrarse quiénes y cuántos poseían o arrendaban estos cottages y acres.

Podría decir, a modo de autodefensa, que varios de los historiadores agrarios optimistas de la escuela contraria a Hammond parecen haber pasado por alto estas fuentes. Pero no tengo más derecho a generalizar de forma indiscriminada acerca de los usos del derecho comunal en todo el país que acerca del suelo, los cultivos o las pautas de tenencia de la tierra. El uso del derecho comunal y las tradiciones orales sobre estos derechos son tan específicos y tan locales como los rasgos geográficos. Quizá pueda deducirse un poco de tales materiales, incluso sin disciplina contextual. Encontramos, como cabría esperar, la tendencia a traducir derechos de pasto en tierra baldía (o puertas a los pastos comunales) en equivalentes monetarios, especie de eco pueblerino de la conversión de los usos en cosas que se producía por doquier. Ryton-upon-Dunsmore, en Warwickshire, un manor firmemente reglamentado con buenos archivos, estipulaba en 1735: «No se concederá ningún derecho de uso de los comunes a ningún forastero […] por no menos de cinco chelines el derecho de uso de los mismos», mientras que los habitantes de la parroquia pagaban solamente cuatro chelines por este derecho. Hubo un intento de reglamentar con severidad desacostumbrada los derechos del común menores: «Ningún párroco que no sea de la parroquia cortará turba en el terreno comunal», y la aulaga de dicho terreno podía llevarse solamente sobre la propia espalda y para encender fuego solo en la propia casa. El dinero había hecho grandes incursiones aquí:

La hierba que en lo sucesivo crezca en las carreteras o los caminos de este manner[399] se venderá para ser segada y no para pasto y el dinero que se obtenga anualmente de ella será repartido entre los habitantes de dicho manor de acuerdo con las rentas de sus respectivos beneficios.

No menos de cuarenta y siete personas fueron multadas por infringir las ordenanzas en 1735, y cuarenta y ocho en cada año, 1741 y 1749, y sospecho que se estaba llevando a cabo un ejercicio anual de control disciplinario.[400]

Mi colección (que procede principalmente de las Midlands) no muestra ningún otro ejemplo de manor cuyos derechos se hubieran monetizado hasta tal extremo. En algunos lugares —East y West Leake (Nottinghamshire), 1730, y Towcester, 1712— los commoners o los cottagers recibían una compensación monetaria si no ejercían un derecho comunal.[401] En otros se especifica la renta correspondiente a un derecho de pasto para vaca, y (como en Harpole, Northamptonshire) a los hombres de la ciudad les estaba permitido arrendar seis derechos de pasto comunales para vacas en el páramo «a cualquiera de los habitantes pobres de Harpole según […] juzguen necesario u oportuno hacerlo».[402] En Whilton, localidad del mismo hundred,[403] en 1699 se encuentra una ordenanza más afirmativa: «Si alguna persona pobre […] que no tenga tierras o bienes comunales en los […] campos quiera el primero de mayo […] un derecho de pasto para vaca», puede obtenerlo del encargado de los campos por ocho chelines.[404] Así pues, en algunos lugares los derechos de pastoreo podían alquilarse ahora (pero raramente a forasteros de la ciudad), en otros había compensación por no ejercer tales derechos y a veces una mezcla de derecho y dinero.

En ocasiones se destina dinero para pagar a los funcionarios del pueblo, inspectores, pastores, etc., o las mejoras locales; en otras ocasiones se distribuye entre los que tienen la tierra; a veces compensa los impuestos para socorrer a los pobres. En Hellidon, Northamptonshire, 1744, «cualquier […] persona que sea de la parroquia y habitante de la parroquia de Hellidon […] es Libre de soltar un caballo en los lugares comunales de los campos […] en todos los tiempos comunales […] pagando diez chelines anuales al overseer de los pobres».[405]

Una preocupación uniforme de todas las ordenanzas es excluir a los intrusos procedentes de fuera de la parroquia, impidiéndoles utilizar los bienes comunales. Esto es tan antiguo como las reglas mismas, pero, no obstante, se repite con frecuencia: «Se ordena que los manaderos y los pastores no se encarguen de cuidar el ganado de ninguna otra persona […] sino solamente el de los habitantes de esta ciudad».[406] En los manorial villages con copyhold extenso y mayordomía eficaz, los derechos se ajustaban según la levancy and couchancy de una manera que hubiese satisfecho a los tribunales de la common law. Los derechos sobre los bienes comunales limitados se evaluaban en relación con las tierras ocupadas en los campos abiertos. Sin embargo, en otras parroquias aparecen con frecuencia términos indefinidos que la common law aborrece: «gente de la parroquia», «habitantes», «cualquier persona». Algunas ordenanzas no mencionan usos sobre el terreno comunal o la tierra baldía y se ocupan exclusivamente del derecho de pastoreo y el apacentamiento en lammas;[407] o puede que señalen prácticas que en otras parroquias son tan conocidas, que no es necesario expresarlas por escrito: «Cualquier hombre tendrá libertad para cortar juncos en Navidad y no después de la Candelaria».[408] Los castigos son mucho más frecuentes por intrusión en el campo comunal que en la tierra baldía. Probablemente, en las parroquias con terrenos comunales extensos, se consideraba que la amenaza procedía menos del cottager o el peón que tuviese algún animal sin licencia que de los ganaderos que trasladaban ganado vivo, los carniceros y los tratantes o los superpoderosos poseedores de tierra que sobrepasaran su límite. Los terrenos comunales se limitan con el fin de crear máximos para hombres acaudalados.[409]

Si había un lugar general de pugna entre, por un lado, los agricultores (de todas las formas y todos los tamaños) y, por el otro, los cottagers y los commoners sin tierra, tal vez quepa detectarlo en los continuos intentos de controlar el apacentamiento en el herbaje marginal en los campos comunales y alrededor de ellos. Gonner nos dice que «a veces los confines y los caballones […] servían para alimentar al ganado, pero a menudo tenían poco valor», y prueba su afirmación citando un folleto escrito por un reformador en 1773:

No tienen literalmente ningún beneficio para el ocupante ni para los pobres; pues son demasiado estrechos para segar o para apacentar sin un chico que se ocupe de cada animal con un ronzal.[410]

Con esto informa correctamente del punto de vista de los agricultores reformadores que han pasado a ser, quizá apropiadamente, los héroes de gran parte de la historia agraria. Sin embargo, este herbaje marginal lo veían de forma muy diferente los campesinos, entre los cuales los chicos (y las chicas) capaces de ocuparse de los animales con un ronzal eran numerosos y baratos. En algunas parroquias hambrientas de pastos de las Midlands a comienzos del siglo XVIII los propios agricultores hacían grandes esfuerzos por incrementar la parte de los campos comunales cubierta de hierba, para lo cual ampliaban caminos comunales y caballones para la flitting grass.[411] Si la gente modesta del pueblo es hostigada —y si, a su vez, el ganado de esta gente hostiga a los agricultores importantes—, es en esta cuestión del herbaje marginal; no solo caballones, sino arroyuelos, las márgenes de los arroyos, promontorios en los campos, caminos cubiertos de hierba, pastos junto a los senderos. Se presentan personas «que ponen a pacer animales en los senderos sin acompañante».[412] Acompañan a esto multas por intrusión y por uncir caballos en los caballones o darles de comer so pretexto de hacer heno.[413] (Los caballos comen mucho, y, una vez desatado, un caballo podía causar daños incalculables en los cultivos). En las parroquias tolerantes se podía apacentar en el herbaje marginal siempre y cuando el animal no estuviera uncido ni atado, sino que fuera conducido por medio de un ronzal. Se toleraban quizá unas cuantas ovejas en los senderos.[414] Lo que Gonner y su folletista consideran utilización de tierra baldía «de poco valor» tenía una importancia central para la economía de subsistencia de «los pobres». En 1726 un corresponsal («Apuleius») del Northampton Mercury escribió acerca de

caballones y bordes, y hondonadas y fondos, y otros lugares baldíos, en estos campos comunales, de los que el agricultor nunca puede apropiarse para sí mismo o su propio usufructo exclusivo […] pues hay en la mayoría de los países una especie de cottagers, que tienen costumbre y derecho de uso de los comunales, aunque no alquilan nada excepto sus casas: y si fuera una mera choza construida sobre el terreno baldío, ¿quién impediría a un hombre pobre tener una oveja y un cordero, o, si puede conseguirla, una vaquilla? Porque estos pueden correr por un prado, o entre los senderos y caminos reales, hasta terminar la cosecha; y luego llevarlos a los campos comunales […] y mediante esta ventaja en algunos lugares diversas familias pobres se sostienen en buena parte.

Pero con el cercamiento de tierras (proseguía el corresponsal) estos caballones y bordes «se convierten en un elemento con el resto […] en el usufructo y la ocupación exclusivos de una sola persona».[415]

El animal conducido por los niños y los ancianos por las márgenes y los caballones de un campo, o arriba y abajo por los senderos, puede verse en cualquier economía campesina pobre de hoy día incluso. Wordsworth, encontrando en sus paseos por el campo con Beaupuy

una niña hambrienta, que avanzaba poco a poco, ajustando su lánguido ser al movimiento de una vaquilla, por una cuerda atada a su brazo, y tomando así del camino su sustento, mientras la niña con las dos manos estaba ocupada haciendo calceta,[416]

opinó que la imagen de la pobreza era una profunda afrenta, y su amigo Beaupuy, «presa de agitación, dijo: “Es contra eso que estamos luchando”». Para Arthur Young, en el Northern Tour, no era menor la afrenta y una incitación a las virtudes traídas por los tiempos caros y las mejoras; cuando uno que «en tiempos baratos, solía pasar el día entero tomando el sol, sujetando una vaca por medio de una cuerda para que paciera en un caballón, en los caros se aplica al zapapico y la pala».[417]

Levancy and couchancy suponía un poco de tierra para estar levant and couchant en ella. La suposición sigue presente en 31 Eliz., c. 7 (1589), que prohíbe la construcción de cottages sin cuatro acres (1,619 hectáreas) de tierra. La realidad socioeconómica de muchas parroquias sin cercamiento, a mediados del siglo XVIII, era muy diferente. Si bien todavía se encontraban muchos pequeños agricultores, así como artesanos y artesanas y comerciantes rurales con un poco de tierra, había en muchos lugares un número creciente de commoners sin tierra. Sus derechos consuetudinarios, en el caso de ser examinados por tribunales nacionales, eran nulos o —si se trataba de arrendatarios de cottages antiguos— podían estar vinculados al cottage (y su propietario) y no al usufructuario. Sin embargo, tengo la impresión, basada en estatutos y en datos literarios, de que la costumbre como praxis —usos de los pueblos— generalmente proporcionaba mayor espacio para el ejercicio de derechos menores del que se encuentra en una visión reglamentaria de la ley.

No estoy sugiriendo que los pobres pudieran salirse con la suya y poner una vaca o unas cuantas ovejas en el terreno comunal sin que nadie se enterase. Todo lo que se hacía llamaba la atención de alguien en el pueblo. Tampoco tenemos por qué explicar este mayor espacio en términos de «robo», «fraude» o usurpación por parte de los pobres; o en términos de la tierna sensibilidad paternalista de los terratenientes. Sin duda hay ejemplos de ambas cosas. Pero los reglamentos de los pueblos a menudo los redactan agricultores medianos y pequeños, cuya reputación de testarudez e incluso mezquindad es notoria. Sin embargo, hasta en términos de testarudez hay buenas razones para proporcionar libertad de movimiento en los derechos comunales menores. Es mejor que una fuerza laboral siga residiendo y esté disponible cuando se la llame para el heno y la recogida de la cosecha, así como para las llamadas fortuitas pidiendo mano de obra incluido el servicio extensivo de las mujeres en el salón, la casa de labranza y la lechería. Proporcionar a los pobres derechos de subsistencia, incluidas leña y una vaca para leche, era al mismo tiempo un medio de impedir la subida de los impuestos para socorrer a los pobres.[418] Y a estas razones puede añadirse la de la costumbre y la de la vecindad. Algunas de las personas sin tierra eran parientes de los agricultores; otras, vecinas de antiguo, con habilidades —instalación de techos de paja, esquileo de ovejas, construcción de vallas, construcción de edificios—, que participaban en el continuo trueque de servicios y favores (sin intercambio de dinero) que caracteriza a la mayoría de las sociedades campesinas. Incluso es posible, sin sentimentalismo, suponer que la comunidad tenía normas, expectativas y sentido de la obligación de vecindad, que gobernaban los usos reales del común; y se defendía ferozmente la idea de que estos usos, ejercidos desde «tiempo inmemorial», eran derechos.[419]

Pero, al llegar a este punto, debemos ceder ante el dictamen pericial de los que hacen historia social de la agricultura. El derecho comunal es un sutil y a veces complejo vocabulario de usos, de reivindicaciones de propiedad, de jerarquía y de acceso preferente a recursos, del ajuste de necesidades, que, siendo lex loci, debe seguirse en cada localidad y nunca puede tomarse como «típica». Otras afirmaciones de derecho podían ser fieramente divisivas (por ejemplo, en la recta final hacia el cercamiento de tierras), no solo entre «ricos» y «pobres», sino entre pequeños poseedores de tierra y cottagers sin tierra, o entre cottagers con derechos reconocidos por la ley y braceros sin ellos. Señalaré un caso totalmente atípico para concluir esta sección, no porque pueda representar el caso general (incluso es al revés), sino porque puede ilustrar cómo varios intereses articularon sus posiciones enfrentadas por medio de sus reivindicaciones del derecho comunal.

A principios del siglo XVIII, Atherstone, en el norte de Warwickshire, era una pequeña ciudad con mercado. Este tenía su origen en una concesión que databa de la época de Enrique III, y en la ciudad se celebraba también una feria de caballos (con carreras anuales).[420] La ciudad se hallaba situada en medio de un gran campo abierto de unos setecientos acres (283,50 hectáreas), al que había que añadir outwoods[421] (135 acres, 54,67 hectáreas) y un pastizal para vacas de quince acres (6,07 hectáreas). Hay tres actores principales a la vista en la primera mitad del siglo: el señor del manor, que en la década de 1730 tenía solamente cinco acres (2,02 hectáreas) en el campo abierto: los que poseían tierra, la mayoría de los cuales gozaban de tenencia en copyhold a principios del siglo; y los cottagers, muchos de ellos también copyholders, que reivindicaban el derecho del común por prescripción.

En 1719 se produjeron disputas entre el señor y los copyholders, por las consabidas razones de las multas, los herriots[422] y los derechos locales del molino, «con la continua ruptura de la armonía y la amistad cristianas». Los clientes acusaron al mayordomo del lord de oponer unos a otros con el fin de beneficiarse él mismo en el Court Leet:

El mayordomo […] pone en el jurado a algunos hombres pobres que no son copyholders con quienes puede hacer lo que le plazca y aunque hay una sala o cámara para que en ella se reúna el tribunal, el tribunal se reúne en lugares privados y el jurado se encuentra en una habitación, y el mayordomo hace todos sus negocios privadamente en otra, y de acuerdo con las costumbres antiguas el jurado debería ser de los mejores copyholders y todos los asuntos se resolvían públicamente en tribunal abierto.[423]

Entre 1735 y 1738 se activaron los intentos de cercar el campo abierto de Atherstone. Las partes se realinearon. Los copyholders del campo estaban ahora emancipados (mediante compra), pues el lord había visto desbaratados sus esfuerzos por intensificar los herriots y las multas. Se habían consolidado las tierras y el alma del cercamiento era el principal freeholder, el señor Abraham Bracebridge (quien, sin embargo, arrendaba su tierra y era «un comerciante y no un gran agricultor»).[424] Se hallaba ahora aliado con el señor del manor. La oposición tenía su base en los cottagers, ciento sesenta de los cuales afirmaban tener derechos del común por prescripción para dos caballos y dos animales:

Aunque se han estudiado varias de las antiguas concesiones y cédulas relativas a esta ciudad, […] los cottagers no han podido encontrar allí ni en ningún otro escrito el original de este derecho del común, pero pueden probar fácilmente sus derechos por prescripción o testimonio oral. Los freeholders tienen las palabras generales de los derechos del común en sus escrituras.

Nota. El señor Bracebridge hace algunos años, con el pretexto de estar enzarzado en un pleito relativo a la ciudad, obtuvo la inspección y custodia de todos los libros y escritos de la ciudad que ahora se niega a entregar o enseñar a los ciudadanos.

Pero el arca de la ciudad permaneció en poder de los cottagers.[425]

Era el gran campo común lo que estaba en litigio, y el rasgo insólito de este caso era que los cottagers reivindicaban más derechos de pastoreo en él que los que poseían tierras. Reivindicaban el derecho del común para dos caballos y dos vacas por persona, y los carniceros para diez ovejas cada uno,[426] durante diez meses al año. (El ganado se trasladaba a diversas partes del campo común en momentos diferentes, pero lo tenían «abundantemente provisto de hierba»).[427] Los que poseían tierras tenían derecho a utilizar los pastos comunales a razón de cuatro caballos y ocho vacas y veinte ovejas por yardland, de los cuales había 24 1/4 en el campo abierto. Un cómputo aproximado nos da las cifras siguientes:

Había solamente seis propietarios de las veinticuatro yardlands en el campo abierto, y de estas Bracebridge poseía cerca de dieciocho. Por el lado de los cottiers había ciento sesenta que reivindicaban (como «habitantes», por prescripción) derechos de cottagers.[428]

Bracebridge, junto con el señor del manor, el propietario laico del diezmo, y varios de los que poseían tierras, intentó primero cercar los campos abiertos «por acuerdo», sin el consentimiento de los cottagers. Cuando se vio que esto era más de lo que la ley permitía, se redactaron varios proyectos de cercamiento por ley del Parlamento, y la pequeña ciudad con mercado se convirtió en escenario de negociaciones secretas y luego de furiosas polémicas.[429] Bracebridge ofreció a los cottagers ochenta acres (32,376 hectáreas) (que luego aumentó a cien, 40,470 hectáreas) en compensación por la pérdida de los derechos de apacentamiento en todo el campo. Ciento veinte cottagers y uno o dos pequeños poseedores de tierra presentaron un memorial contra el cercamiento alegando que haría bajar el valor de sus casas, disminuiría la población, aumentaría el número de pobres, arruinaría el mercado y «pondría los cimientos de peleas y contenciosos en torno a los derechos de los cottagers […] y al mismo tiempo engrandecería y enriquecería a una sola persona en particular».[430]

Es evidente que el término cottager abarca varias categorías diferentes de habitante. Puede que unos cuantos fuesen personas profesionales (de entre las cuales, cabe que saliera un elocuente folletista), otros eran tenderos, comerciantes, posaderos y carniceros (para los cuales, los extensos derechos comunales eran útiles). Otra protesta manuscrita —estas hojas se copiaban con letra clara y es obvio que se hacían circular por la ciudad— induce a pensar que los comerciantes habían estado comprando casas en Atherstone debido a estos derechos. Los comerciantes «de rango inferior» (decía el argumento) necesitaban caballos para sus negocios, ir a buscar carbón, arrendar, o en relación con el comercio local de fabricación de estameña y fieltro. Entre otros oficios que podían necesitar caballos se contaban los «herreros, carpinteros, toneleros, albañiles, ensambladores, carpinteros de carros».[431] Una lista con anotaciones de ciento veintitrés copyholders de Atherstone (que bien pueden ser los cottiers en cuestión) muestra entre ellos «la tienda de juguetes», dos posaderos y un carpintero de carros, un jardinero, un zapatero, un enladrillador, un tejedor, un preparador de malta, un mayordomo jubilado, un fontanero, un barbero, un recaudador de impuestos y un carpintero.[432]

Otros cottagers eran campesinos con pequeñas explotaciones, pero parece que un grupo nutrido lo formaban braceros sin ganado y sin otros recursos. Por consiguiente, no ejercían y no podían ejercer sus derechos de pastoreo; aunque en teoría los 160 cottiers tenían derecho a apacentar 320 caballos, en realidad (argüían los partidarios del cercamiento) solo se apacentaban 80 caballos y la tierra no soportaba más.[433] Pero los cottagers y agricultores en campo abierto que podían apacentar ganado habían aprobado una ordenanza en el Court Leet para impedir que los cottagers que no tenían ganado arrendaran a otros su acceso a la tierra comunal. Aunque seguía practicándose un poco de arrendamiento «en secreto», el derecho había perdido técnicamente su valor para ellos y era un agravio que Bracebridge y los partidarios del cercamiento trataban de explotar. Intentaron sobornar a los cottiers pobres ofreciendo a cada uno de ellos veinte chelines al año a modo de compensación por la pérdida de los derechos que no podía usufructuar. Si este atractivo soborno conseguía que un número suficiente de cottagers pobres apoyaran el cercamiento, entonces quizá el Parlamento aprobaría una ley.

Este ofrecimiento estimuló una respuesta del más elocuente de los folletistas de la oposición. «No puedo por menos de observar —comentó con mucho sarcasmo— qué considerados parecen ahora estos gentlemen con los derechos de los pobres». Bracebridge «parece estar cortejando a los más bajos y mezquinos y oponiéndoles a los que están en mejores circunstancias […]. Los gentlemen se convierten en levellers para alcanzar sus propios fines». Y reflexionó sobre el origen histórico y la función que los bienes comunales tenían en aquel momento:

Cuando estos bienes comunales en los campos se destinaron al usufructo de los cottagers no se hacía referencia a lo que llamamos pobres, pues en aquella época no los había, sino a grados diferentes de hombres superiores e inferiores que ocuparan Cottages, sino que antes bien fue la intención impedir que hubiera pobres, o al menos ser una seguridad para aquellos a quienes la fortuna no sonriese, para socorrerlos, para que todo el mundo pudiera estar empleado de una forma u otra.

Aun cuando los cottagers pobres no pudieran comprar ganado, los usos comunes eran intrínsecos en su economía:

Por el trabajo de la recolección, los hombres percibirán 6 chelines semanales y cerveza, las mujeres cobrarán 2 chelines hasta la recolección del trigo, luego 3 chelines por semana […]. El espigueo de los campos, calculado en 15 chelines por familia en una temporada.

El espigueo era

un perjuicio para nadie, aunque los que aprovechan esta ventaja para los inferiores desde que el principio de la recolección se conoce en el mundo son ahora llamados ladrones por algunos como el señor [?]. No puedo ver en qué, más que robar las aves del aire.

A esto podría añadirse cortar leña en los outwoods, tanto para usarla como para venderla: «se sabe» que algunas familias han ganado seis u ocho chelines semanales con esto. Los hombres podían encontrar trabajo esporádico en la agricultura, con el carro del estiércol, abriendo surcos y trillando en invierno. Y esto condujo a una estimación detallada:

Todo esto no tiene en cuenta hilar y cardar.[434]

Esto forma (argüía el folletista) «la economía de la vida para estas personas útiles e inferiores». Pueden mantenerse y vivir sin la ayuda de «personas que se mueven en una esfera superior, mejor de lo que lo superior puede sin lo inferior». Dado que son «esencialmente necesarias», hay que «mimarlas en la medida y del mejor modo que las circunstancias lo permitan; no hay que considerarlas ladrones y despojarlas con engaño de sus derechos y de los de su posteridad». El cercamiento de tierras no solo privaría de su sustento al cottager pobre, sino que le disuadiría de adquirir una competencia y fomentaría la indolencia. El derecho a acceder a los bienes comunales era «un fundamento seguro sobre el cual puede trabajar y espacio para que progrese a medida que pueda ir comprando ganado». Por estas razones, el folletista instaba a los cottagers pobres a no renunciar a sus derechos (latentes):

En caso de cercamiento, los inferiores serán convertidos en esclavos y obligados a hacer el poco trabajo que se encuentre por el salario que tengan a bien pagarlos aquellos mercenarios que ahora les llaman ladrones.

En cuanto a los veinte chelines anuales ofrecidos a modo de compensación, este dinero «igual que la paga semanal, será meado contra la pared y las familias no mejorarán».

Parece ser que muy pocos cottagers fueron persuadidos a aceptar este soborno de veinte chelines. Tampoco quedaron convencidos los que ejercían sus derechos de pastoreo. Tal vez sospechaban que los cien acres (40,470 hectáreas) de compensación que se ofrecían serían de la tierra más pobre de la parroquia y tenían buenas razones para sospechar.[435] La propuesta de ley fue retirada. Se llegó a un acuerdo sobre el cercamiento con una mayoría de los cottagers de una generación posterior, en 1764, y se conserva una carta en la cual un inspector confiaba al nieto de Bracebridge detalles de los cien acres que se había recomendado reservar para los cottagers:

Fijamos dos parcelas de tierra y estoy seguro de que los ochenta acres [32,376 hectáreas] son los peores de los campos, pero como tiene que ser en una parcela o dos no puede hacerse sin añadirles unos veinte acres [8,094 hectáreas] [de] tierra tan buena como hay en la parte inferior.

El inspector estaba ocupado con planes destinados a unir «Flaudgate Nuke» y «Sorry Midsummer», pero, por desgracia, no podían incluirse todos los pantanos y arenas movedizas.[436]

Por supuesto, el caso de Atherstone no es característico del pueblo sin cercamiento, no lo es más que el vecino Sutton Coldfield, donde fueron rechazados los intentos de proceder al cercamiento, en medio de profusión de hojas sueltas y canciones acerca de «los derechos reconocidos del pueblo» en 1778, y retrasados de nuevo en 1805 en parte por la oposición del párroco, John Riland, el cual alegaba que la carta municipal otorgaba derechos a

habitantes, cabezas de familia, esto es, cottagers, tenderos y otros vecinos modestos, y no a freeholders. La Carta se refiere a esos, y yo, también […].

«Me refiero al gran conjunto de todas las clases bajas de la parroquia, cuyo consentimiento no se ha obtenido».[437]

Tanto Atherstone como Sutton Coldfield reivindicaban sus derechos y privilegios por prescripción, partiendo de una carta municipal y el «derecho del común», como si el hecho de escribir tuviese algún poder misterioso. Con motivo de una disputa sobre diezmos en el siglo XVII, los habitantes de las comarcas pantanosas mostraron «cajas negras con escritos con grandes sellos […], las cuales, según dicen, proceden del rey». En la iglesia de Haxey una escritura del siglo xiv en la cual el señor, John de Mowbray, se comprometía a proteger los terrenos comunales de más mejoras se guardaba en un cofre revestido de hierro (cuyas llaves estaban en poder de los principales freeholders); el cofre se hallaba debajo de una ventana, en la cual (como un icono) «estaba el retrato de Mowbray en vidrio antiguo, sosteniendo en la mano un escrito que se decía comúnmente que era un emblema de la escritura».[438]

Hemos visto el papel de la Iglesia en otros casos (pp. 168-171), y dado que tantas tierras se cercaron por acuerdo, o al amparo de decretos de la Cancillería, y dado que a menudo adquiría una forma en la cual el señor o freeholders importantes renunciaban a sus derechos sobre terrenos comunales y tierras baldías a cambio de que les autorizasen a cercar sus propias tierras, el recuerdo de estas decisiones era en verdad una fuente de poder.[439] Los libros de los tribunales podían «perderse» o era posible negar el acceso a ellos. Las tradiciones orales relativas a derechos podían estar basadas en algún decreto olvidado hacía ya mucho tiempo. Todavía en 1880, en una disputa en torno a Wigley Common, cerca del New Forest, una reunión de los arrendatarios celebró un debate en torno a un «viejo papel» que declaraba sus derechos.

Se descubrió que un copyholder tenía en su poder una pesada caja con tres cerraduras, a la que los arrendatarios llamaban «el monstruo». Dentro de la caja se encontró una copia certificada, con el Gran Sello, de un decreto de la Cancillería fechado en 1591 determinando las costumbres de los copyholders. Posteriormente se halló en los court rolls del manor, al cabo de unos doscientos años (1783), una orden del homage poniendo el decreto bajo la custodia de tres arrendatarios, cada uno de los cuales tenía la llave de una de las cerraduras de la caja. Sin duda, el nombre del «monstruo» era una corrupción de la palabra latina monstravi. Lo único que el propietario recordaba de la caja era que su abuelo la había traído a casa después de ser admitido como arrendatario, diciendo: «¡Mirad, he traído el monstruo a casa!».[440]

V

Siempre fue un problema explicar los bienes comunales con categorías capitalistas. Había algo molesto en ellos. Su existencia misma inducía a hacer preguntas acerca del origen de la propiedad y acerca del derecho histórico a la tierra.

En los siglos XVI y XVII, los terratenientes habían defendido sus derechos sobre la tierra contra la prerrogativa del rey, y los copyholders habían defendido sus derechos y costumbres contra sus señores. Por consiguiente, habían desechado teorías del origen al título por derecho divino. Sin embargo, si recurrían a la violencia «hobbesiana» o al derecho de conquista, ¿cómo podían replicar al eficaz contraargumento del Yugo Normando? Cuando Locke se sentó con la intención de ofrecer una respuesta, todo esto se estaba cociendo en su cerebro. En su Primer Tratado desechó los conceptos de derecho por sucesión de nuestro padre Adán o por donación de Dios. En el Segundo Tratado, el capítulo sobre la propiedad comienza con una extensa metáfora del uso del derecho comunal. Dios concedió el mundo a «la humanidad en común», y los frutos y los animales «son producto de la mano espontánea de la naturaleza». Pero el bien comunal era visto como una comunidad negativa y no positiva: no pertenecía a nadie y estaba a disposición de quien lo tomara.[441] Locke tomó como paradigma del origen de la propiedad la mezcla del trabajo (que era la única «propiedad» original del hombre, en sí mismo y en sus propias manos) con el terreno comunal:

Ha mezclado su trabajo con lo que haya sacado del estado en que lo dejó la naturaleza […] y por este medio lo convierte en propiedad suya.

«Por medio de este trabajo algo le ha añadido que excluye el derecho comunal de los demás hombres»:

Así la hierba que mi caballo ha mordido, las turbas que mi criado ha cortado y el mineral que he extraído de algún lugar donde tengo un derecho en común con otros hombres se convierten en mi propiedad.

No está claro que Locke haya superado todas las dificultades: ¿por qué las turbas han de ser suyas y no de su criado o, de hecho, de su caballo? Las decisiones jurídicas en el siglo XVIII introdujeron argumentos procedentes del «trabajo» en términos de las razones generales de las «mejoras». Con mayor frecuencia, en la cuestión de la costumbre o la lex loci, recurren a una ficción legal en el sentido de que las usanzas consuetudinarias deben estar fundamentadas en alguna concesión original de personas desconocidas, perdidas en las nieblas de la antigüedad. La ley afirmaba que en un pasado muy lejano las tierras comunales habían sido concedidas por benévolos terratenientes sajones o normandos, por lo que los usos eran menos de derecho que de gracia. La ficción era puramente ideológica: evitaba el peligro de que se considerase que los derechos de usufructo eran inherentes a los usufructuarios, pues en tal caso los sucesores de los levellers o los diggers podían alzarse y defender su derecho original.

Locke escribió su teoría de la propiedad empleando términos que dos estudiosos han calificado severamente de «vernáculos» ingleses, en contraste con la tradición europea, más estricta, de jurisprudencia natural. Locke «no siguió el ejemplo de Grocio y Pufendorf, que restringieron el uso del término “propiedad” a su moderno significado de derecho exclusivo y absoluto de dominio».[442] En las flexibles tradiciones de la common law inglesa «propiedad» continuó teniendo varios significados: un derecho absoluto, un derecho de usufructo coincidente, una reivindicación de preferencia, la propiedad de un hombre en su propia vida o privilegios. Indudablemente, C. B. Macpherson tenía razón al demostrar la definición cada vez más absoluta de la propiedad en el siglo XVII, y el triunfo de la reivindicación de los «virtualmente ilimitados y vendibles derechos a las cosas» en el XVIII.[443] Este proceso quizá no era tan unívoco como propuso el profesor Macpherson y, de hecho, era bilateral. Para los terratenientes, la propiedad territorial quedaba «cada vez más subsumida al contrato, esto es, […] adquiriendo las cualidades y las funciones del capital», por medio de la liquidez de las hipotecas y las formas complejas de las capitulaciones matrimoniales, fideicomisos, vinculación, etc. «Pero, al mismo tiempo, en el nombre de la propiedad individual absoluta, los derechos comunales y de usufructo de las “capas bajas” resultaron erosionados».[444]

Sir William Blackstone tenía un cerebro demasiado preciso para entretenerse mucho tiempo en especulaciones, aunque sancionó, de paso, el punto de vista «lockeano» de que la propiedad consistente en tierra reconoce un origen en el cual en tiempos prehistóricos la tierra «pertenecía generalmente a todo el mundo, aunque a nadie en particular». Pero lo que le preocupaba era definir los derechos a la propiedad tal como ahora los encontraba justificados de derecho. Y defendió el derecho de propiedad (y, en el caso de la tierra, el control del espacio físico) como algo exclusivo y sin condiciones:

Aquel dominio exclusivo y despótico que un hombre reivindica y ejerce sobre las cosas externas del mundo, con exclusión total del derecho de cualquier otro individuo del universo.[445]

Esta definición sombría y absolutista la matizó después (por supuesto). Su crónica de los derechos consuetudinarios y del copyhold es escrupulosa y en algunas cuestiones (tales como el espigueo) se inclinó hacia un punto de vista liberal. Sin embargo, estas costumbres también eran consideradas menos como usos que como propiedades vinculadas a cosas. Debido a la mala dirección de la historia, estas cosas se confundieron unas con otras en la tierra y a la ley le correspondió clasificar cada propiedad exclusiva.

La economía política ayudó y favoreció a la ley. Para Adam Smith, «la propiedad era o bien “perfecta” y absoluta o no tenía sentido»,[446] y la función del Gobierno consistía en proteger la propiedad de la indignación de los pobres. Tal como escribió en La riqueza de las naciones (1776):

Es solo bajo el amparo del magistrado civil que el dueño de esa valiosa propiedad, que se adquiere mediante el trabajo de muchos años, quizá de muchas generaciones sucesivas, puede dormir una sola noche en seguridad.

De un modo u otro, el lenguaje trae al pensamiento la propiedad considerable, el patrimonio estable, el freehold, mientras que el dormir seguro de los commoners no es visible. (Después de su cambio de parecer, Arthur Young dio cuenta de que los commoners pobres de un pueblo de Cambridgeshire contemplaban la aproximación del cercamiento de tierras «con una especie de terror»).[447] El logro de Adam Smith fue cambiar «los términos de análisis de un lenguaje de derechos a un lenguaje de mercados», en un «movimiento constitutivo en la formación de la economía política clásica».[448]

En la década de 1780 tanto la ley como la economía política ya miraban con extrema impaciencia las propiedades coexistentes en la misma tierra. Recordamos el juicio de lord Loughborough en el sentido de que «la naturaleza de la propiedad […] lleva consigo disfrute exclusivo» (p. 218). Y esto se vio secundado por el inmoderado celo ideológico de los propagandistas del cercamiento. De forma monótona, en folletos, en los Annals of Agriculture y en los estudios agrícolas, encontramos el mismo tono impaciente. Los contrarios al cercamiento en la región pantanosa de Lincolnshire desean «vivir en libertad, y se atacan los unos a los otros, como los lucios», o estos commoners son «bucaneros» que «hacen salidas y persiguen, ahogan o roban, según les convenga».[449] «La apropiación de los bosques», comentó Vancouver en la General view of the agriculture of Hampshire (1810),

sería […] el medio de producir cierto número de útiles brazos complementarios para su empleo en la agricultura, destruyendo y aniquilando gradualmente aquel nido e invernadero de pereza, ociosidad y miseria, que se observa de modo uniforme en las proximidades de todas las tierras comunales, tierras baldías y bosques.

Y el inspector expresó su más sincero deseo de que «aunque sea viejo, pueda vivir para ver el día en que puedan extinguirse todas las especies de derechos comunales y de bosque». El vocabulario —«atacar», «bucaneros», «destruyendo y aniquilando»— revela una mentalidad insensible a otras definiciones; y cuando el apogeo del cercamiento de tierras coincidió con la polarización política de la década de 1790, los argumentos de la propiedad y las mejoras se unen a los argumentos de la disciplina de clase. El Parlamento y la ley impusieron definiciones capitalistas a la propiedad exclusiva de la tierra.

Aunque los parlamentarios, los terratenientes, los jueces y muchos encargados del cercamiento de tierras causaron enormes injusticias naturales en los cercamientos, no quiero decir que tuvieran una conciencia clara de lo que estaban haciendo. Cumplieron las reglas que ellos mismos habían hecho. Estaban tan profundamente imbuidos de ideas preconcebidas que transformaban los usos de los pobres en los derechos de propiedad de los terratenientes que realmente les resultaba difícil ver la cuestión de otra manera. (Aunque —es importante tenerlo en cuenta— hubo siempre voces contrarias, incluso entre sus propias filas). Lo que puede dar a esta cuestión una importancia mayor es que esta ley y esta mentalidad no estaban limitadas a un lugar o a una época. El concepto de propiedad exclusiva de la tierra, como norma a la que hay que ajustar otras prácticas, se estaba extendiendo ahora por todo el globo, como un sistema monetario que redujera todas las cosas a una medida común.

El concepto fue llevado a la otra orilla del Atlántico, al subcontinente indio y al Pacífico Sur por colonos, administradores y legisladores británicos, los cuales, aunque no desconocían la fuerza de las costumbres y de los sistemas agrarios locales, se esforzaron por interpretar todas estas cosas dentro de su propia medida de la propiedad. Es una inversión interesante de la esperada secuencia de reciprocidad entre «ser social» y «conciencia social» que, en la tradición marxista, solía expresarse en términos de «base y superestructura». Desde luego, las explicaciones capitalistas de los derechos de propiedad surgieron de los largos procesos materiales de cambio agrario, cuando el usufructo de la tierra se desprendió de los imperativos de la subsistencia y la tierra se abrió al mercado. Pero ahora estos conceptos y esta ley (o lex loci de aquella parte de una isla europea llamada Inglaterra) fueron transportados e impuestos a economías lejanas en varias fases de evolución. Ahora fue la ley (o «superestructura») la que pasó a ser el instrumento para reorganizar (o desorganizar) los modos agrarios de producción de otros países y, a veces, para revolucionar la base material.

Podría escribirse una historia ecológica mundial, uno de cuyos episodios centrales giraría en torno a este casamiento desacertado entre los conceptos ingleses y los foráneos de la propiedad de la tierra y los intentos imperialistas de traslación. Incluso dentro de la principal de las islas británicas, sucesivas emigraciones y despojos de las Tierras Altas escocesas fueron testimonio de las decisiones de una ley que no ofrecía refugio alguno a una población expulsada de tierras que ella suponía que desde tiempo inmemorial eran propiedad comunal de sus clanes. Pero la ley no podía tener en cuenta tal personalidad comunal. Y tampoco sus categorías podían igualar los usos comunales de los pueblos cazadores-recolectores. En su capítulo relativo a la propiedad, Locke había reflexionado sobre «el indio salvaje […] que no conoce ningún cercamiento de tierras y sigue poseyendo la tierra en común». Este indio hacía las veces de paradigma de un estado original anterior al momento en que la propiedad se individuó e hizo segura: «En el principio todo el mundo era América». Locke decidió que el indio norteamericano era pobre «por falta de mejorar» la tierra por medio del trabajo. Dado que el trabajo (y las mejoras) constituía el derecho a la propiedad, esto hacía que a los europeos les resultara más fácil desposeer a los indios de sus cazaderos. Los colonos puritanos estaban preparados para moralizar su apropiación de las tierras de los indios haciendo referencia a los mandamientos de Dios, en el Génesis 1, 28: «Llenad la tierra, y sojuzgadla».[450]

Cazar, pescar e incluso sembrar trigo y calabazas en parcelas no cercadas es obvio que quedaba muy lejos de «sojuzgar» la tierra. (En todo caso, el trabajo se dejaba a las mujeres). No podía decirse que fueran «mejoras» y, por consiguiente, su pretensión de establecer derechos de propiedad no tenía una buena base. La misma mentalidad reformadora, ya fuera en la Vieja Inglaterra o en Nueva Inglaterra, juzgaba reprobable la falta de trabajo productivo útil, ya fuese en el mal gobernado bosque o tierra baldía o en los cazaderos de los indios. Tanto en el cottager inglés como en «el indio salvaje» se veía una degradante sumisión cultural a un modo de vida picaresco, intermitente o entregado a la vagancia. «Los bosques y los grandes terrenos comunales —escribió John Bellers— hacen que los pobres que hay en ellos se parezcan demasiado a los indios». Los terrenos comunales eran «un estorbo para la industria y […] semilleros de ociosidad e insolencia».[451] La seguridad de la propiedad es completa solo cuando los terrenos comunales dejan de existir.

Los mismos conceptos del derecho de propiedad acompañaban a los primeros colonizadores británicos del Pacífico Sur. En 1770, Cook tomó posesión de la costa oriental de Nueva Gales del Sur en nombre de la Corona no porque allí no hubiese aborígenes, sino porque «en ningún momento vimos siquiera una pulgada de tierra cultivada en todo el país». El derecho, por lo tanto, podía fundamentarse en el «descubrimiento» o vacuum domicilium. La cosa no resultó tan fácil en Nueva Zelanda, donde tanto la población como el cultivo eran tan evidentes. El problema residía en que los derechos de propiedad entre los maoríes eran insuficientemente individuados y absolutos. James Busby, el residente británico, reconoció en 1835 que

en la medida en que se ha determinado, todos los acres de este país están repartidos entre las diferentes tribus; y cada uno de los individuos de la tribu tiene un interés claro en la propiedad; aunque puede que sus posesiones no estén siempre definidas de forma separada.[452]

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