Costumbres en común

Costumbres en común


Introducción de Julio Martínez-Cava

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Como en Nueva Inglaterra, la colocación de tierra libre en el mercado se vio complicada por reivindicaciones comunales de la propiedad. En comparación con sus precursores norteamericanos, los maoríes tuvieron suerte, porque al efectuarse la colonización los procedimientos que los colonizadores pakehas usaban para apropiarse de la tierra eran un poco más escrupulosos. Los maoríes eran también numerosos y formidables en la guerra. El tratado de Waitangi (1840) fue el intento más serio que se hizo de hermanar los conceptos capitalista y comunal en la propiedad sobre la tierra, y la complejidad de esta tarea queda demostrada por el hecho de que las discusiones sobre la interpretación del tratado ocupan un lugar central en la vida política de Nueva Zelanda incluso hoy día.

Pero aunque era posible que la potencia colonial firmara tratados con las naciones o tribus nativas (como se hizo también en muchos casos en Norteamérica), la cosa era diferente cuando los derechos a la propiedad sobre la tierra llegaban a hacerse efectivos en la ley. ¿Cómo podía liberarse tierra para el mercado cuando incluso una hupa o subtribu podía compartir entre cientos de personas derechos comunales sobre la tierra? Una solución tenía que ser política y sociológica o tenía que ser jurídica. En cuanto a la primera, era necesario ocasionar

la desintegración de las tribus nativas, destruir, si ello era posible, el principio de comunismo que se hallaba presente en todas sus instituciones […] y que se alzaba como una barrera ante todos los intentos de amalgamar a la raza nativa en nuestro propio sistema social y político.[453]

En lo que se refiere a la segunda, la ley neozelandesa intentó resolver el asunto al amparo de la Ley de Tierras Nativas de 1865, cuyo objetivo era asimilar los derechos nativos a la tierra «tanto como fuera posible a la propiedad de la tierra de acuerdo con la ley británica». Como la ley británica nunca podría reconocer una personalidad jurídica comunista, la sección 23 de la ley decretaba que los derechos comunales no podían conferirse a más de diez personas. Un testigo maorí declaró: «Cuando se ordenó al agente de la Corona, el tribunal nos dijo que saliéramos a decidir qué nombres debían constar. Salimos, quizá éramos un centenar. Escogimos a los que tenían que hallarse incluidos en la concesión». Este ardid fraudulento se presentó luego como «de acuerdo con la costumbre maorí».[454]

El concepto de la propiedad absoluta sobre la tierra que triunfó en Inglaterra en las postrimerías del siglo XVIII tenía tanto un aspecto jurídico como un aspecto político. La propiedad sobre la tierra requería un terrateniente, mejorar la tierra requería mano de obra y, por lo tanto, sojuzgar la tierra requería también sojuzgar a los pobres que trabajaban. Tal como lord Goderich, secretario de Colonias, comentó en 1831 (refiriéndose al Alto Canadá):

Sin alguna división del trabajo, sin una clase de personas deseosas de trabajar por un salario, ¿cómo puede impedirse que la sociedad caiga en un estado de tosquedad casi primitiva, y cómo van a obtenerse las comodidades y los refinamientos de la vida civilizada?[455]

Así pues, la propiedad más las mejoras requerían el modelo del dueño de propiedades local en cuyo nexo se combinaban la autoridad económica, social y tal vez judicial sobre sus trabajadores, de acuerdo con el modelo del gentleman rural (y quizá juez de paz) inglés.

Los proyectos más ambiciosos para trasponer tanto la ley de la propiedad como el modelo sociológico de terrateniente en un contexto diferente fueron los de la serie de programas de colonización de la tierra que los administradores británicos impusieron en la India. El primero de ellos —la Colonización Permanente de Bengala— ofrece un paradigma de la mentalidad que ha sido mi tema. Aunque la Colonización finalmente adquirió forma en la proclamación de lord Cornwallis, el gobernador general (22 de marzo de 1793), tenía una larga prehistoria, como ha indicado Ranajit Guha.[456] Las propuestas de los economistas mercantilistas, fisiócratas y también de los economistas políticos seguidores de Smith estaban de acuerdo en que era necesario establecer la seguridad de la propiedad, y todos convergían en una solución que conferiría estos derechos de propiedad permanentes a los zemindars. Alexander Dow, el autor de The history of Hindostan (1768), dudaba del supuesto derecho de los zemindars a la propiedad. La tierra (a su juicio) era propiedad de la «Corona» o del emperador mogol, y si bien se concedía a los zemindars —que, de hecho, eran funcionarios civiles y administrativos del Imperio y recaudadores y garantes de contribuciones—, no podría decirse que fuera propiedad absoluta y exclusiva de los mismos. La concesión podía revocarse, al menos en teoría. No obstante, Dow era partidario de dar la tierra a los zemindars, en vez de recurrir al corrupto y opresivo sistema consistente en «arrendar» las contribuciones (y que, al modo de ver de muchos observadores, había contribuido a la terrible plaga de hambre de 1770). «Una idea arraigada de la propiedad es la fuente de toda la industria entre los individuos, y, por supuesto, el fundamento de la prosperidad pública».

Este argumento sacaba el derecho a la tierra de la concesión supuesta o real del poder mogol a la Compañía de las Indias Orientales, junto con las contribuciones vinculadas a la tierra. Philip Francis —quizá porque creía que su derecho era inseguro— discutió la «opinión errónea» según la cual en el Imperio mogol el poder gobernante había sido propietario del suelo. Prefería exaltar los derechos de propiedad de los zemindars, y citaba como prueba «el carácter heredable de las tierras». En esto confundía el carácter hereditario del cargo de zemindar —cuya tarea consistía en administrar las tierras y recaudar sus contribuciones— con la propiedad de las tierras. Y si Francis hubiera reflexionado, había abundantes ejemplos de derechos y reivindicaciones hereditarios sobre la tierra que no llegaban a ser propiedad absoluta y que estaban reconocidos por la ley inglesa: el más común de ellos era el copyhold.

No es necesario ser especialista en las complejidades de los sistemas agrarios del sur de Asia para ver que estos disputadores trataban de comprimir sus rasgos en una máscara inglesa modernizadora —o «reformadora»—. Pensando en el terrateniente y el juez de paz ingleses, Francis escribió que «los zemindars son o deberían ser los instrumentos de gobierno en casi todas las ramas de la administración civil». Hasta comparó al zemindar con el señor del manor. Una vez que se hubiera formado una gentry bengalí, de ella podía derivar el resto del deseado modelo sociológico: «Aquellas gradaciones intermedias de rango, autoridad y responsabilidad, por medio de las cuales se mantienen unidas todas las grandes sociedades civiles», y que forman «sucesivos rangos de subordinación».[457] Esto también formaba parte de la retórica aceptada de todos los partidos británicos. Entre estas voces solo las de Warren Hastings y su círculo más allegado —las mismas personas a las que los reformadores acusaban de bandidos y parásitos que se enriquecían arrendando las contribuciones de la compañía— sugirieron que se concediera la tierra a los ryots, es decir, a quienes realmente la cultivaban. Es probable que Hastings no hablara en serio, que solo quisiera provocar un debate.

Charles Cornwallis tomó posesión de su cargo en Bengala justo antes de la Revolución francesa. Sería interesante saber cómo había reunido sus ideas sobre lo que era adecuado para la propiedad de la tierra. Su padre había tenido la suerte de emparentar por medio del matrimonio con el clan Townshend-Walpole, de quienes sin duda el joven Charles había aprendido cosas no solo acerca de los nabos, sino también sobre la arrogación de derechos de clase superior por parte de los patricios. Puede que el breve periodo durante el cual desempeñó el cargo de presidente de Sala en Eyre, al sur del Trent, le enseñara a aborrecer los usos indistintos de los bosques. Su servicio en las guerras norteamericanas le había dado oportunidades suficientes de meditar sobre la diferencia entre tierras mejoradas y tierras no mejoradas. «Mejoras» era una palabra clave que aparecía con frecuencia en sus actas y en su correspondencia.[458] En los intervalos del servicio tenía su residencia en Culford, en Suffolk. A tres kilómetros y pico se encontraba Timworth, donde, en 1787 —el año después de que Cornwallis zarpase con destino a Bengala—, Mary Houghton, con su escandaloso menosprecio de los derechos de propiedad, ocasionó el célebre juicio contra el espigueo. Peter King ha examinado los papeles de la finca de Cornwallis y ha comprobado que los delincuentes Houghton se encontraban verdaderamente dentro de las tierras de Cornwallis, habían ofendido a su mayordomo o administrador y eran pequeños propietarios de un cottage con derechos comunales que habían logrado bloquear un plan de cercamiento y reorganización en las tierras de Cornwallis. Es posible que este fuera el motivo por el cual se escogió a Mary Houghton para procesarla por espigueo.[459]

El doctor King no ha descubierto ninguna mención de la feroz Mary Houghton en la correspondencia de Cornwallis que se conserva. Pero no tenemos por qué suponer que el gobernador general de Bengala siguiera todos los detalles de la racionalización que se estaba llevando a cabo en su lejana finca de Suffolk. Las decisiones mundanas las dejaba en manos de su hermano, el obispo de Lichfield. Sin duda los hermanos compartían la misma perspectiva reformadora, propia de los whigs. El profesor Guha ha demostrado que uno de los orígenes intelectuales de la Colonización Permanente se hallaba en el pensamiento fisiocrático, pero igual importancia revestía la praxis, menos teórica, de los patricios whigs.[460] Como un historiador de la generación de mi padre —de hecho, mi propio padre— señaló: «La misma época que vio cómo el campesino inglés era desposeído de sus tierras comunales vio cómo se convertía al campesino bengalí en un parásito en su propio país»,[461] y esto lo hicieron la misma mentalidad, los mismos dictámenes judiciales de derecho de propiedad absoluto y a veces los mismos hombres.

El motivo inmediato de la Colonización Permanente fue que hacía más cómoda la tarea de recaudar las contribuciones, a lo que había que añadir la necesidad de poner coto a los abusos de la recaudación. Pero detrás de ello estaba el modelo whig de las relaciones de clase, en el cual —como escribiera Locke— «sojuzgando o cultivando la tierra, y teniendo dominio, vemos que estamos unidos». El dominio daba seguridad a los derechos exclusivos de propiedad y la propiedad territorial era la situación adecuada no solo para plantar nabos, sino también para plantar interés político.

En 1802, sir Henry Strachey escribió que deseamos vivamente obtener «la ayuda de hombres con propiedades e influencia para preservar la paz en todo el país», pero tales derechos de propiedad deberían invertirse «solamente en fincas de cierta extensión»:

No hay gentlemen en cuyo honor y probidad, en cuyo espíritu y actividad pueda el Gobierno depositar confianza. No existe entre el pueblo llano y los gobernantes una clase media que respete a sus gobernantes o por ellos sea respetada; que […] pudiera […] esforzarse de corazón y eficazmente, cada uno en su propia esfera, por el bien público. Hombres así en la sociedad son aquí desconocidos.[462]

El propósito de la Colonización Permanente era crear una gentry de signo whig, y el papel se asignó a los zemindars de mayor importancia, «para preservar el orden en la sociedad civil».[463] La medida «se tomó para naturalizar las instituciones rústicas de Inglaterra entre los nativos de Bengala».[464] No es apropiado decir que la condición verdadera de los zemindars era la de «recaudadores hereditarios de rentas». Incluso esto da a entender que cierta traslación directa es posible entre dos sistemas de tenencia de la tierra radicalmente incompatibles. Sencillamente, no había manera de convertir las prácticas y las costumbres de Bengala y Bihar u Orissa en una especie común que pudiera intercambiarse con la práctica y la common law inglesas. Como escribiría más adelante sir William Hunter:

Mis propias investigaciones señalan una gradación infinita en los derechos de las diversas clases interesadas en la tierra. En algunos distritos el que poseía la tierra era casi independiente del virrey musulmán […], en otros era solo un alguacil nombrado para cobrar las rentas. En algunos distritos, asimismo, se reconocían los derechos de los campesinos y el antiguo sistema comunal perduraba como influencia distinta; en otros, los cultivadores eran meros siervos. Este es el secreto de las objeciones contradictorias que se adujeron contra la interpretación de la ley de la tierra que hizo lord Cornwallis […]. Los recaudadores que decían encargarse de distritos en los cuales los que tenían la tierra eran los verdaderos propietarios del suelo se quejaron de que la Colonización Permanente les había despojado de sus derechos y arruinado; mientras que los que habían adquirido su experiencia de partes del país en las cuales el sistema musulmán había desarraigado las casas antiguas objetaron que lord Cornwallis había sacrificado las reivindicaciones del Gobierno y los derechos del pueblo para elevar a una serie de recaudadores de impuestos y administradores de fincas a la categoría de falsa gentry.[465]

Esto se refería a la Bengala rural. Cuando Hunter pasó a considerar la subsiguiente colonización de Orissa (1804)[466] su crónica fue todavía más matizada. Tomando por tema los «derechos de propiedad incipientes», hizo una distinción más clara entre un derecho de «propiedad» conferido al príncipe al amparo de las dinastías hindúes y un derecho de «ocupación» conferido a la comunidad rural o a los cultivadores. Entre los dos había una compleja jerarquía de recaudadores de impuestos, administradores de fincas rústicas, contables, hasta llegar a los jefes de poblado, cuya condición fue consolidada para comodidad de las contribuciones y el Gobierno mogoles:

Una larga cadena de poseedores intermedios creció entre el poder gobernante que tenía la propiedad abstracta y el cultivador que disfrutaba de la ocupación real. Así el tenedor de tierra superior (zamindar) recibía el alquiler de un poseedor de tenencia (taluqdar), que la recibía de los jefes de poblado, que a menudo la recaudaban por medio de […] contables de poblado, que la cobraban de los cultivadores individuales. Cada uno de estos tenía su propio grupo aparte de derechos de propiedad […]. Sus derechos, desde los más altos hasta los más bajos, consistían en el derecho a tocar el impuesto de la tierra y pasarlo a otros.[467]

Pero incluso esta crónica (advirtió Hunter) era «más clara y más sistemática» de lo que sus datos justificaban, «porque las palabras inglesas que hacen referencia a los derechos territoriales han adquirido una fijeza y una precisión que no podrían poseer durante un periodo de desarrollo incipiente». Lo que la Colonización Permanente intentó hacer en Orissa (siguiendo el ejemplo de Bengala) fue elevar el cargo «casi hereditario y casi transferible del zemindar, en virtud del cual administraba la tierra y transmitía la contribución territorial, a una tenencia de propiedad absoluta». Sin embargo, este derecho a la propiedad seguía siendo en algún sentido «abstracto», toda vez que ni siquiera la «propiedad» podía dar a los nuevos «propietarios» la posesión o la ocupación de la tierra «ya que esta pertenecía en su mayor parte a los cultivadores reales».[468] En todos los debates que hubo entre la década de 1770 y la de 1790 el pensamiento británico de signo whig había pasado por alto los derechos de los ryots o verdaderos poseedores de la tierra.[469] Los administradores británicos «definieron y consolidaron el derecho de los poseedores de la tierra y dejaron sin determinar los derechos de los cultivadores. Aquellos recibieron un estatus legislativo; estos, no».[470]

Sir Charles Metcalfe veía la Colonización Permanente de Bengala como «el acto de opresión más extenso que jamás se haya cometido en algún país, por medio del cual toda la propiedad territorial del país había sido transferida de la clase de personas que tenían derecho a ella a un grupo de baboos[471] que han amasado su riqueza mediante el soborno y la corrupción». Lord Cornwallis (dijo) fue alabado como «el gran creador de la propiedad privada de la tierra en la India». «Yo diría […] que fue el creador de la propiedad privada de las rentas del Estado y el gran destructor de la propiedad privada en la India, destruyendo cientos de miles de propietarios por cada uno que creaba gratuitamente».[472]

Metcalfe arguyó:

Los propietarios reales de la tierra son generalmente individuos de las comunidades rurales que son también, en su mayor parte, los ocupantes y cultivadores naturales de la tierra.

La injusticia la habían cometido los que «deseando abogar por los derechos de la propiedad privada, aplicaron ideas y sistemas ingleses en la India» y «clasificaron a los cultivadores de la India, a los pobres pero legítimos poseedores hereditarios de la tierra, con los braceros de Inglaterra».[473] Lo que Metcalfe no vio, o no dijo, fue que la desposesión de los commoners de Inglaterra y la insistencia de la common law inglesa en que «la naturaleza de la propiedad […] lleva consigo disfrute exclusivo» eran los modelos para la Colonización de Bengala.

Metcalfe fue tal vez el más humano de quienes, según Eric Stokes, presentaron una reacción paternalista o romántica «burkeana» a las medidas de Cornwallis. [Puede que el adjetivo esté fuera de lugar, toda vez que Burke era defensor de la economía política (pp. 352-353) y no destacaba por defender los derechos de los commoners]. Las batallas ideológicas en el seno de los grupos gobernantes británicos se libraron sobre la tierra india. Colonizaciones subsiguientes se apartaron del simplista modelo whig. En Madrás y Bombay, el sistema ryotwar de Munro procuró conferir derechos de propiedad a una yeomanry o campesinado medio.[474] Metcalfe procuró incluso sustentar la propiedad comunal del pueblo. Pero las inexorables demandas de contribuciones de la administración y su desposesión de los morosos hicieron que fracasaran todas las intenciones. Después de estos llegaron los utilitaristas, que proponían un liberalismo urbano modernizador hecho de individualismo, dinero y el mercado, que menospreciaba a la aristocracia terrateniente y la costumbre «gótica» o hindú, y que (con Bentham y James Mill) ansiaba imponer el despotismo occidental administrativo en Oriente. Más adelante, empezando por Birmania y extendiéndose al África occidental en este siglo, tuvo lugar, en una notable serie de revocaciones de la ideología whig, la colonización de tierras extensas de propiedad de la clase superior del Estado, combinada con medidas destinadas a impedir el crecimiento de la apropiación privada de la tierra.[475]

Pero todo eso pertenece a una época diferente del imperialismo, una época en la que preocupaban más los derechos del dinero que la propiedad sobre la tierra. En África, el colonialismo aprendió a coexistir con usos tribales de la tierra y con la ley consuetudinaria, de hecho, aprendió a inventar la ley consuetudinaria o a codificarla e institucionalizarla de tal manera que ello sirviese para crear una estructura de gobierno nueva y más formal.[476] Una consecuencia podría ser la formación de una economía y un régimen duales; la una, «modernizada» y plenamente mercantil, el otro (dominio indirecto), secuestrado dentro de la «costumbre», donde se dejó que la penetración de las fuerzas del mercado liberase más suavemente el trabajo de la tierra y disolviera las formas tradicionales de estatuto de propiedad comunal o familiar. Los procesos no han sido (y no son) unívocos y existe una creciente literatura escrita por expertos en ley consuetudinaria que debería hacer señas al novato para que fuese prudente. Tampoco deberíamos esperar que la historia de la propiedad de la tierra pudiera escribirse en términos de un único tema que subordinase a los demás, tal como el del triunfo del individualismo posesivo, abarcando los continentes y los siglos. La Colonización Permanente en Bengala fue el cénit en la larga ascensión de la ideología de los whigs patricios y la gran gentry, a quienes todavía insisto en ver como una burguesía agraria. Y por su mismo exceso y su imposibilidad doctrinaria fue también la reductio ad absurdum de esa ideología.

VI

El presente ensayo se ha ocupado de explorar el área de fricción que existe entre, por un lado, la ley y las ideologías dominantes y, por el otro, los usos del derecho comunal y la conciencia consuetudinaria. No pretende reavivar ciertos debates en su antigua forma, tales como el efecto del cercamiento de tierras en la creación de un proletariado. Me anima ver que una vez más se están abordando tales temas (bajo formas nuevas), pero mis propios datos no añadirían mucho al debate.[477]

La costumbre era un lugar en el cual muchos intereses competían por la superioridad en el siglo XVIII. Al final, cuando se cercaron las tierras comunales, era un lugar de conflictos de clase, conflictos declarados. La ley se empleaba como instrumento del capitalismo agrario, a favor de las «razones» de las mejoras. Si se afirma que la ley era imparcial, que sacaba sus reglas de su propia lógica extrapoladora, entonces debemos replicar que esta afirmación era un fraude de clase.[478]

Los celosos propagandistas del cercamiento de tierras dan el papel de malos y enemigos del «progreso» a los empecinados cottagers, pequeños propietarios, a los squatters y a los «bucaneros» del bosque y el pantano. Pero las clases sociales pueden interpretar papeles dobles y en años recientes estos grupos han estado volviendo como los héroes y las heroínas de un drama diferente. Porque puede verse que estos malos están interpretando un papel revolucionario en el crecimiento de la «protoindustrialización» o de la «economía doméstica». Su pobreza y la marginalidad de su acceso a la tierra les estimulaban a hacer esfuerzos prodigiosos por crear oficios rurales y empleos secundarios de tipo industrial en los bordes de los terrenos comunales. Y vuelven a salir en gran número en artículos eruditos, hilando o haciendo encaje, triunfalmente, llevando leche y aves de corral y mantequilla y queso a los mercados urbanos, apacentando sus caballos de carga en la tierra baldía, introduciendo telares y saliendo a cometer sus depredaciones en los terrenos comunales solo en los intervalos libres que les dejaba la fabricación de zapatos o paño o muebles o clavos y, en general, ejerciendo todas las virtudes protoindustriales posibles.

No sé de qué me estoy burlando, quizá solo de la solemnidad con que cada una o dos décadas los historiadores dan marcha atrás y cambian sus modas. Porque indudablemente la revisión es útil e indudablemente es en la economía doméstica donde los recursos del derecho comunal eran tan importantes.[479] En 1767 un folletista de las Midlands escribió:

Hay algunos en casi todas las parroquias abiertas que tienen casas, y pequeñas parcelas de tierra en el campo, con un derecho del común para una vaca o tres o cuatro ovejas, con la ayuda de lo cual, con los beneficios de un poco de comercio o de su trabajo cotidiano, logran llevar una vida muy cómoda. Su tierra les proporciona trigo y cebada para el pan y, en muchos lugares, alubias o guisantes para alimentar a un cerdo o dos para carne; con la paja ponen techo a sus cottages y alimentan a su vaca durante el invierno, la cual les da leche para el desayuno y la cena de sus familias nueve o diez meses al año. Estos se oponen casi universalmente al cercamiento de tierras.[480]

Sin duda, algunos de los commoners de Atherstone eran así. Otros se dedicaban más plenamente al comercio: carniceros, preparadores de malta, taberneros, diversas clases de comerciantes de pueblo, herreros, carpinteros de carros, albañiles y constructores, los que se dedicaban a la carpintería, la sastrería, la fabricación de zapatos. J. M. Martin los ha encontrado entre los commoners a los que perjudicó el cercamiento de tierras en el sur de Warwickshire[481] y fue exactamente en estos «pueblos mixtos de agricultura y manufactura» donde Neeson, en su estudio de Northamptonshire, ha encontrado la resistencia más fuerte al cercamiento.[482]

A decir verdad, el acceso a unos bienes comunales extensos podía ser un factor crítico para el sustento de muchos habitantes de los pueblos aunque no disfrutaran del derecho comunal, pues en él podían alquilar pastos para una vaca o espacio para aparcar y combustible para su transporte esencial: es decir, pasto para un caballo. En Maulden (Bedfordshire), cuyo vasto terreno comunal fue cercado en 1797, con el consiguiente motín (p. 194), un cottager le dijo a Young en 1804 que «el cercamiento arruinaría a Inglaterra; era peor que diez guerras […]. Yo tenía cuatro vacas antes de que la parroquia fuera cercada, y ahora no tengo ni tan solo un ganso». En Eaton (Bedfordshire), Arthur Young tomó nota de que «las personas que resultaron más afectadas y perjudicadas» por el cercamiento de 1796 eran «vendedores ambulantes: pescado, pan de jengibre, manzanas, transportes en carro; estas personas tenían caballos y los llevaban sin derecho alguno a los terrenos comunales […] se quejan, pero no tienen derecho a hacerlo». En March (Cambridgeshire), cercado en 1793, había veinte familias de lecheros «que se ganaban bien la vida, mantenían decentemente a sus familias; después del cercamiento no tuvieron más remedio que trabajar de jornaleros o emigrar. Estos hombres eran simples arrendadores y no tenían derechos comunales propios».[483] Estas personas no han llamado la atención de los historiadores, ya que no eran agricultores ni pertenecían al naciente proletariado y no tenían importancia para nadie excepto para ellas mismas.

Cuando hice el borrador del presente ensayo, hace más de veinte años, rechacé las crónicas triunfales de los reformadores y modernizadores, pero consideré que la historiografía radical —y en especial los Hammond— también había hecho mal al concentrarse excesivamente en el cercamiento parlamentario y, por ende, presentarnos un paradigma catastrófico. Pero el citado cercamiento fue solo el último acto de varios siglos de capitalismo agrario, incluido el cercamiento general por acuerdo entre los que poseían la tierra. Las relaciones en la mayoría de los pueblos ya estaban monetarizadas y sometidas a los imperativos del mercado mucho antes de que entrara en vigor la ley de cercamiento. Los usos de derecho comunal se aferraban por un hilo al árbol de la costumbre y muchos estaban más que maduros, a punto de caer. La avispa ya estaba en ellos. Los copyholders se habían convertido en arrendatarios con rackrent, muchos cottagers se habían transformado en jornaleros que quizá complementaban sus salarios hilando un poco y criando algunos animales. Los derechos de pastoreo habían sido comercializados y las puertas al terreno comunal podían alquilarse desde hacía mucho tiempo. Recuerdo haber enseñado que a finales del siglo XVIII las formas comunales del pueblo no cercado no eran más que una cáscara cuyo fruto se lo había comido el dinero desde dentro.

Sin embargo, mis propias investigaciones y las de otros estudiosos me han persuadido a pensar otra vez. Había muchos pueblos donde los usos del derecho comunal eran mucho más que forma, y no eran los menos importantes entre ellos aquellos en los cuales los recursos de los terrenos comunales y las tierras baldías, el pastoreo en lammas y junto a los caminos, la mano de obra asalariada durante la recolección de la cosecha y en las épocas de mucho trabajo y los oficios o los empleos secundarios se complementaban recíprocamente para permitir la subsistencia. Subsistencia que no era más que mísera, la vida podía resultar azarosa, pero no estaba sometida, desde la juventud hasta la muerte, a una disciplina laboral extraña.[484] En alguna parte de su vida los «pobres» todavía se sentían autónomos y, en ese sentido, «libres». A decir verdad, «los pobres» era una expresión acuñada por la gentry que a veces podía ocultar un vigoroso campesinado. Para John Clare, el marjal no cercado era un símbolo también de la «libertad» de los pobres:

Libertad sin límites gobernaba el errante escenario

Y tampoco la valla de la propiedad se colocaba en medio

Esconder la perspectiva del ojo que seguía

Su única atadura era el cielo circundante.[485]

Asimismo, incluso donde las formas comunales del pueblo no cercado eran solo una cáscara vacía, la forma misma no carece de importancia. La forma sancionaba la costumbre, aquel habitus, o campo de juego y posibilidad, en el cual los intereses sabían coexistir y contender. Y reproducía una tradición oral, una conciencia consuetudinaria, en la cual los derechos se defendían como «nuestros» en lugar de como «míos» o «tuyos». Desde luego, esto no era un espíritu comunista generoso y universalista. El «cielo amplio y común de la naturaleza»[486] es también «el cielo circundante»: la conciencia limitada, circular, celosamente posesiva de la parroquia.[487] La economía comunal era local y exclusiva: si los derechos de Weldon eran «los nuestros», entonces a los hombres y las mujeres de Brigstock había que mantenerlos fuera (pp. 169-170). Mas para aquellos que «pertenecían» a la parroquia quedaba algún sentido de que la «poseían» y tenían voz y voto en su reglamentación.[488] En este sentido, el cercamiento, tal como llegó a todos los pueblos, se experimentó como un fenómeno catastrófico para la cultura consuetudinaria. En el espacio de uno o dos años el mundo de los braceros se encogió de pronto y de ser «nuestra» parroquia pasó a ser un cottage que podía no ser suyo:

La valla encuentra ahora valla en los pequeños confines de los propietarios

de campo y prado grandes como jardines

en pequeñas parcelas para agradar a las pequeñas mentalidades

con hombres y rebaños prisioneros desazonados.[489]

El cercamiento se anunciaba con el «odiado signo» del propietario privado, que ordenaba a los braceros (igual que a cualquier extraño) que no «invadieran» sus propios terrenos comunales.

A pesar de la larga erosión de los usos del derecho comunal y la larga prehistoria de la penetración capitalista en la economía campesina, el cercamiento parlamentario todavía «representaba un momento crítico en la historia social de muchos pueblos ingleses», un momento crítico que la doctora Neeson identificó con mayor claridad que nadie:

Golpeó las raíces de la economía de ocupaciones múltiples y enseñó al pequeño campesinado la nueva realidad de las relaciones de clase. El odio que John Clare sentía por su símbolo —el agricultor con aspiraciones sociales y prosperidad recién adquirida— es un ejemplo de la creciente separación de las clases que encarnaba el cercamiento […]. Quizá esta separación tardó mucho en llegar. Pero hasta el cercamiento quedó disimulada por otras relaciones nacidas de la reglamentación agrícola consuetudinaria y los derechos compartidos de usufructo de la tierra. La organización del trabajo en el sistema de campos abiertos fomentaba la cooperación; y la defensa de los derechos comunales requería la protección de derechos menores y mayores. El cercamiento arrancó la máscara no solo para revelar más claramente los diferentes intereses de los pequeños y los grandes terratenientes, sino también para beneficiar a uno a expensas del otro […]. El cercamiento tenía una visibilidad terrible pero instructiva.[490]

Somos afortunados al tener en los escritos de John Clare una crónica sensible de su conciencia consuetudinaria al verse sometida a una tensión atroz. No importa si el cercamiento en Helpston dio como resultado más o menos pequeños agricultores. El empobrecimiento de los trabajadores rurales no se hallaba en el centro de la preocupación poética de Clare (aunque no lo olvidó). Lo que le preocupaba más era la nueva actitud instrumental y explotadora no solo ante el trabajo («aquella herramienta necesaria de la riqueza y el orgullo»), sino también ante el mundo natural. No es (como suponen algunos críticos) que este poeta campesino estuviera más motivado por la protesta «estética» que por la protesta social. Puede decirse de Clare, de forma no retrospectiva, que era un poeta de la protesta ecológica: no escribía sobre el hombre aquí y la naturaleza allí, sino que se lamentaba de un equilibrio amenazado en el cual se hallaban involucradas ambas cosas:

Ah, crueles enemigos con la abundancia bendecidos

tanto anhelan tener más

que destruyen los prados y los pastos

que antes eran beneficiosos.[491]

El beneficio mutuo tanto de los prados y los pastos como de sus agricultores se sugiere «antes»; ahora son devastados en beneficio exclusivo de los cercadores.

Helpston fue cercado durante la adolescencia de Clare y en lo sucesivo el Helpston anterior al cercamiento se recordaría como un Edén, un mundo de inocencia infantil perdida. Sin duda, sus recuerdos se veían dulcificados por el contraste:

Nunca me sentía a gusto salvo cuando estaba en los campos pasando el sábado y el ocio con los pastores y los chicos manaderos y el capricho me empujaba a veces a jugar a las canicas en los lisos senderos de las ovejas o a saltar entre los montículos cubiertos de tomillo, a correr a veces entre el trigo para coger las flores rojas y azules y hacer escarapelas y jugar a los soldados o internarme corriendo en el bosque para buscar fresas o robar guisantes mientras los demás estaban en la iglesia.[492]

Este pasaje expresa su sentido de pertenecer, desde la infancia —quizá especialmente en la infancia—, a un espacio comunal compartido y «libre», un espacio que con el cercamiento se encogió dentro de los límites vallados de la propiedad privada.

No tenemos que pedir otras pruebas que confirmen lo que dice John Clare, toda vez que sus poemas son la prueba de una conciencia consuetudinaria atormentada. Si Clare se hizo conocido como un poeta local, esto también pertenece a la conciencia consuetudinaria. Hay aquí una serie de normas y prácticas consuetudinarias que van juntas. Hay una economía en la cual los intercambios de servicios y favores siguen siendo significativos y que los rasgos locales del paisaje nos recuerdan. Hay el idioma local del dialecto —aprovechado de forma tan eficaz en los versos de Clare, el cual parece (engañosamente) ser un producto más «social» que el inglés estandarizado—, dialecto que en el siglo XVIII se estaba convirtiendo no en el medio del habla local o regional, sino del habla plebeya regional, y que es en sí mismo la señal de cierta clase de conciencia consuetudinaria.[493] Hay instituciones locales que se encargan de reglamentar las ocasiones de la comunidad, incluidas las leyes de pobres, que en los tiempos anteriores al cercamiento todavía podían administrarse de forma empírica, basada en la buena vecindad, pero que de acuerdo con el «mejoramiento» adquirieron a finales de siglo su mezcla de indignidad, dependencia y disciplina. «La parroquia», expresión que otrora sugería hogar y seguridad, se estaba transformando en una expresión («a cargo de la parroquia») que hacía pensar en mezquindad y vergüenza. Y, finalmente, hay las formas de pasatiempos tradicionales y de rituales en los cuales la gente «se pierde en la recreación con el fin de recrearse como comunidad».[494]

Sin duda, nos advertirán que no veamos con sentimentalismo esta conciencia consuetudinaria anterior al cercamiento, que era el vector de sus propios patrones de estrechez, brutalidad y superstición. Eso es verdad, pero a veces es la única parte de la verdad que se recuerda ahora. Los terrenos comunales y las tierras baldías se encogieron, en el siglo XIX, hasta quedar reducidos a los prados comunales de los pueblos (suponiendo que tales prados no desaparecieran) y la costumbre compartida comunalmente quedó reducida a las «costumbres de calendario» y vestigios recogidos por los folcloristas.

He tratado de recordar la conciencia consuetudinaria en un sentido más amplio, en el cual la comunidad era sostenida por recursos y usos reales. El joven Clare se puso furioso cuando un agricultor encerró bajo llave una bomba de agua pública:

Encerrar el Agua […] sin duda debe ser

entre las Costumbres de una Tierra Cristiana

una Acción poco Común.[495]

Sin duda, saboreó la doble resonancia de «poco común». La apropiación privada del mundo natural simbolizada por el cercamiento era (para Clare) una ofensa tanto a la «naturaleza» como a la comunidad humana, e identificó como enemiga de ambas una lógica que sigue estando con nosotros, encarnada por la agricultura industrializada y la privatización del agua.

Las notables elegías de Clare sobre el cercamiento, «The mores» y «Remembrances», nos hacen volver a aquel universo conceptual antes de que «el cercamiento de leyes sin ley llegara». Después de guiarnos a través de recuerdos infantiles de juegos en el terreno comunal con sorprendente brusquedad llega al patíbulo del guardabosques:

Veo los pequeños topos colgados meciéndose al viento

en el único sauce viejo que en todo el campo queda

y la naturaleza oculta el rostro mientras se mecen en sus cadenas

y en silencioso murmullo se queja

aquí había tierras comunales para sus colinas donde todavía buscan libertad

aunque todos los terrenos comunales han desaparecido y aunque hay trampas preparadas para matar

a los pequeños mineros sin hogar.[496]

Se trata de topos de verdad, pero es también la imagen de commoners desplazados. Tan estrecha es la mutua imbricación ecológica de lo humano y lo natural que cada una de las dos cosas puede representar a la otra. Y Clare se esfuerza por expresar la fuerza de los sentimientos de «un campesino que rima»[497] por una localidad cuyos lugares conocidos no son de propiedad privada, pero todavía (en un sentido compartido) ¡poseídos intensamente!

Junto al bosque de Langley ando sin rumbo, pero el bosque ha abandonado su colina,

por un césped cercado me pierdo en este desierto extraño y frío,

y extensos prados y tupidos robles antes de declinar habían escrito su voluntad

antes de caer bajo el hacha del destructor y el interés egoísta,

y camino de grosellas y estrecho sendero de viejos y redondos robles con sus troncos huecos como púlpitos que nunca volveré a ver

el cercamiento como un buonaparte nada deja que permanezca;

arrasó todos los arbustos y árboles y niveló todas las colinas

y colgó a los topos por traidores […]

aunque el arroyo corre todavía

su corriente desnuda es fría.[498]

Los viejos lugares conocidos de la visita de inspección de la parroquia han desaparecido y aquel universo entero de costumbre es ahora solo un recuerdo en la cabeza del poeta. La gentry había llevado a cabo el último y más precipitado episodio de cercamientos durante las guerras con los franceses, con el grito de «¡Que viene Bony!»,[499] y había acosado a sus adversarios en el país con sus Asociaciones para la Protección de la Propiedad contra los Republicanos y los levellers. En la palabra «nivelado», Clare vuelve el mundo de la gentry al revés y revela su parte inferior de codicia y represión. Tal como el cottager de Maulden le dijo a Arthur Young en 1804: «El cercamiento era peor que diez guerras». Y en los topos, colgados y «meciéndose al viento», hay probablemente una alusión —porque «Remembrances» fue escrito en 1832— a los motines del Capitán Swing en 1830 y a las víctimas seleccionadas para el patíbulo.

No es que John Clare fuese un comunista primitivo, como tampoco lo eran los commoners en cuyo nombre hablaba. Contempladas desde su punto de vista, las formas comunales expresaban un concepto alternativo de la posesión, en los pequeños y particulares derechos y usos que se transmitían en la costumbre, como las propiedades de los pobres. El derecho comunal, que en términos poco rigurosos era coincidente con la colonización, era un derecho local y, por ende, era también un poder para excluir a los extraños. El cercamiento, al quitarles los terrenos comunales a los pobres, les convirtió en extraños en su propia tierra.

[249] A lo largo de todo el capítulo se confrontan los términos custom y customary, common law y common right. En los dos primeros casos se ha traducido custom por «costumbre» y customary por «consuetudinario». Common law, que hace referencia a la ley no escrita de Inglaterra que se administraba en los tribunales reales y tenía un carácter general en sentido opuesto a las costumbres locales, se ha dejado en inglés, por no existir un término castellano que se ajuste a su sentido; en cambio, en common right el sentido de common es el de pertenencia a una comunidad agraria local, por lo que se ha traducido como «derecho comunal». (N. del E.).

[250] Sistema de tenencia de tierras que forman parte de un manor, «a voluntad del señor de acuerdo con la costumbre del manor», mediante copia del manorial court roll o lista del tribunal del manor (manorial court). (N. del T.).

[251] Coke, E., The complete copy-holder, 1641; S. C. [Carter, S., Lex custumaria: or, A treatise of copy-hold estates, 1701], cap. 4, que resume útilmente la ley hacia 1700. La ley relativa a la costumbre fue, por supuesto, modificada por los juicios del siglo XVIII, y aparece últimamente resumida hacia 1800 en Fisher, R. B., A practical treatise on copyhold tenure (1794, 1803), cap. 6. Un tratado digno de confianza sobre la ley consuetudinaria en el siglo XIX es Scriven, J., A treatise on the law of copy-holds, 1896. Para las postrimerías del siglo XIX, Balfour Browne, J. H., The law of usages and customs, 1875, cap. 1.

[252] Court roll: registro que se llevaba en relación con un manorial court, una copia del cual constituía el título de tenencia de tierra por parte del arrendatario. Manorial court: tribunal por medio del cual un señor ejercía jurisdicción sobre sus arrendatarios. (N. del T.).

[253] Deposición de Jarvis Knight, PRO, KB 1.2, 2.ª parte, Trinity 10 Geo. I.

[254] A veces sumergían a los niños pequeños en la zanja o les asestaban una bofetada para que el lugar se les quedara grabado en la memoria. Estas prácticas se encuentran en todas partes. En las islas Shetland, «en una visita a las marcas scattald de Uist en el año 1818 […] el señor Mowat, para que se recordase mejor que Tonga era la marca, dio a Fredman Stickle […] un golpe en la espalda con su fusta». Smith, B., «What is a Scattald?», en B. Crawford (ed.), Essays in Shetland history, Lerwick, 1984, p. 104. [Un scattald era el terreno común utilizado para pastos o para obtener leña en un distrito de las islas Oreadas y de las Shetland. (N. del T.)].

[255] Thompson, E. P., Whigs and hunters, 1975, esp. pp. 298-300.

[256] Anónimo, Two historical accounts of the making of the New Forest and of Richmond New Park, 1751. En 1748 el rector de Bainton (Yorkshire) se puso a la cabeza de sus feligreses para derribar las cercas instaladas por el señor del manor; el rector, William Territt, acabó compareciendo ante el tribunal de York: Tate, W. E., The English village community and the enclosure movements, 1967, p. 152.

[257] Deposiciones de Charles Gray y de Richard Collyer en PRO, KB 1.2, 2.ª parte, 1724.

[258] Miembro del common people o pueblo llano. (N. del T.).

[259] «A commoner» [el reverendo Good de Weldon), A letter to the commoners in Rockingham Forest, Stamford, 1744, p. 18.

[260] «An exhortation to be spoken to such parishes where they use their perambulation in rogation week», Certain sermons and homilies appointed to be read in churches in the time of queen Elizabeth, 1851, pp. 529-530.

[261] Campesino que vivía en un cottage o casa humilde. (N. del T.).

[262] Pago consistente en servicios o dinero que se hacía en reconocimiento del vasallaje. (N. del T.).

[263] Grimaldi, S., «Report upon the rights of the crown in the Forest of Whichwood», 2 vols. (manuscrito en mi poder), 1838, 1, sin paginación, sección sobre «madera y arbolillos dentro de los manors».

[264] PRO, KB 2.1, 2.ª parte, Rex vs. John Stallard. Elizabeth Blusk abortó a causa de los golpes que le propinó Stallard.

[265] PRO, C 104.113, 1.ª parte, ¿hacia 1720? Para las costumbres insólitamente tenaces y ritualizadas de la madera en Loughton, véase lord Eversley, Commons, forests and footpaths, 1910, pp. 86 y ss., 106-108; y pp. 221-222 del presente libro.

[266] Bourdieu, P., Outline of a theory of practice, Cambridge, 1977, cap. 4. Esta es mi propia glosa del concepto más estricto de Bourdieu.

[267] Así ocurría especialmente donde las tenencias en copyhold y consuetudinarias se conservan con fuerza; véase Searle, C. E., «Custom, class conflict and agrarian capitalism: the Cumbrian customary economy in the eighteenth century», Past and Present, 110 (1986), esp. pp. 121-132.

[268] Commons Journals, XLCII, 1792, p. 193.

[269] Pettit, P. A. J., The royal forests of Northamptonshire, 1558-1714, Northants. Record Society, 1968, pp. 48-49.

[270] MSS, PPD/7, del conde de Saint Aldwyn, extracto de diarios, c. 1722, copiados en 1830.

[271] Administradores del Tesoro. (N. del T.).

[272] Biblioteca de la Universidad de Cambridge, C(H) MSS, 62/38/1, memorial de Charles Withers a los Treasury Commissioners, 10 de abril de 1729.

[273] Birred, J., «Common rights in the medieval forest», Past and Present, 117 (1987), pp. 29 y ss.

[274] Véase Alice Holt Forest, por ejemplo, en mi libro Whigs and hunters, p. 244.

[275] «When Popish Jemmy rul’d this Land / He rul’d it like a King. / And bloody Jeffreys went about / Hanging & Gibbeting. // The Warreners prick’d up their Ears / That was a Time of Grace, / Game Laws & Justices were made / And Rabbets bred apace. // They cover’d all our Common Ground / Or soon would do, no doubt / But now, whilst George the Second reigns / We’l pull the Vermin out».

[276] «The Turf is short bitten by Rabbits, And now / No milk can be stroak’d from ye Old Woman Cow / Tom Threshers poor Children look sadly, And say / They must eat Waterporridge, three times in a Day / Derry down».

[277] «On yonder Hill, See, How They stand / — with Dogs — and Picks, and Spades in Hand / By Mars! A formidable Band! / Were they enclin’d to fight / See! How they troop from ev’ry Town / To pull these Upstart Warrens down, / All praying for the Church & Crown / And for their Common Right».

[278] El difunto W. E. Tate recibió «The Charnwood opera» escrita a mano a mediados del siglo XVIII de un librero de Nottingham: véase Tate, op. cit., lámina XIII y p. 214; tuvo la amabilidad de enviarme una copia hace muchos años. El original se ha encontrado entre los papeles de Tate en la biblioteca de la Universidad de Reading. Véanse Palmer, R., A ballad history of England, 1979, pp. 59-61; Nichols, J., History and antiquities of the county of Leicester, 1800, III, p. 131. La ley para cercar el bosque de Charnwood se aprobó en 1808, pero no se puso en práctica hasta 1829. Para otros ejemplos de oposición a los conejares, véanse Hay, D., «Poaching and the game laws on Cannock Chase», en D. Hay, P. Linebaugh y E. P. Thompson, Albion’s fatal tree, 1975; Quinto Informe de los Land Revenue Commissioners (New Forest), Commons Journals, XLIV, 1789, pp. 561, 565. Una edición de «The Charnwood opera» la están preparando para su publicación Roy Palmer y John Goodacre.

[279] Véase Manning, R., Village revolts, Oxford, 1988.

[280] Véanse mi Whigs and hunters, y también Broad, J., «Whigs, deerstealers and the origins of the Black Act», Past and Present, 119 (1988).

[281] Commons Journals, XLVI (1790-1791), p. 101.

[282] Science, 162 (1968), pp. 1343-1348.

[283] Lloyd, W. F., Two lectures on the checks to population (1833), extractos reeditados en G. Hardin y J. Baden (eds.), Managing the commons, San Francisco, 1977.

[284] Véase McCoy, B. M. y J. M. Acheson (eds.), The question of the commons, Tucson, 1987. Estos estudios sobre la cultura y la ecología de los recursos comunales se ocupan de la pesca, los pastos y los recursos forestales y no abordan el contexto agrario inglés del siglo XVIII, del cual se deriva el argumento de W. F. Lloyd.

[285] Ocupante ilegal de tierras o viviendas. (N. del T.).

[286] «The office of woods and forests, land revenue, works and buildings», Law Magazine and Quarterly Review of Jurisprudence, sin especificar, 14/o. s. 45 (1851), pp. 31-33.

[287] Ault, W. O., Open-field farming in medieval England: a study of village by-laws, 1972.

[288] La «Tragedy of the commons» de Hardin, en Hardin y Baden, op. cit., es ignorante históricamente y da por sentado que las tierras comunales eran «pastos abiertos a todos. Es de esperar que cada pastor procure tener tantos animales como sea posible en las tierras comunales».

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