Costumbres en común
Introducción de Julio Martínez-Cava
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Desgraciadamente, aun entre aquellos pocos historiadores ingleses que han contribuido a nuestro conocimiento de estos movimientos populares, se cuentan varios partidarios de la imagen espasmódica. No han reflexionado, sino de manera superficial, sobre los materiales que ellos mismos han descubierto. Así, Beloff comenta con respecto a los motines de subsistencias [food riots] de principios del siglo XVIII: «Este resentimiento, cuando el desempleo y los altos precios se combinaban para crear condiciones insoportables, se descargaba en ataques contra comerciantes de cereales y molineros, ataques que muchas veces deben de haber degenerado en simples excusas para el crimen».[500] Sin embargo, registraremos inútilmente sus páginas en busca de los hechos que nos permitan detectar la frecuencia de esta «degeneración». Wearmouth, en su útil crónica de los disturbios, se permite enunciar una categoría explicatoria: la «miseria».[501] Ashton, en su estudio sobre los motines de subsistencias entre los mineros, formula el argumento propio del paternalista: «La turbulencia de los mineros debe, por supuesto, ser explicada por algo más elemental que la política: era la reacción instintiva de la virilidad ante el hambre».[502] Los disturbios fueron «rebeliones del estómago», y puede sugerirse que esto, en cierto modo, es una explicación reconfortante. La línea de análisis es: «hambre elemental instintiva». Charles Wilson continúa la tradición: «Alzas espasmódicas en el precio de los alimentos incitaron al motín a los barqueros del Tyne en 1709 y a los mineros del estaño a saquear graneros en Falmouth en 1727». Un espasmo condujo a otro: el resultado fue el «pillaje».[503]
Durante décadas, la historia social sistemática ha quedado rezagada con respecto a la historia económica, hasta el momento actual, en que se da por hecho que una especialización en la segunda disciplina confiere, automáticamente, igual nivel de pericia en la primera. Uno no puede quejarse, por lo tanto, de que las recientes investigaciones hayan tendido a tergiversar y cuantificar testimonios que solo se comprendían de manera imperfecta. El decano de la escuela espasmódica es, por supuesto, Rostow, cuyo tosco «gráfico de la tensión social» fue presentado en 1948 por primera vez.[504] De acuerdo con este gráfico, no necesitamos más que unir un índice de desempleo y uno de altos precios de los alimentos para encontrarnos en condiciones de hacer un gráfico del curso de los disturbios sociales. Esto contiene una verdad obvia (la gente protesta cuando tiene hambre); de igual manera que un «gráfico de la tensión sexual» mostraría que el comienzo de la madurez sexual puede correlacionarse con una mayor frecuencia en dicha actividad. La objeción es que este gráfico, si no se usa con discreción, puede dar por concluida la investigación en el punto exacto en que esta adquiere verdadero interés sociológico o cultural: cuando está hambrienta (o con apetito sexual), ¿qué es lo que hace la gente?, ¿cómo modifican su conducta la costumbre, la cultura y la razón? Y (habiendo convenido en que el estímulo primario de la «miseria» está presente) ¿contribuye la conducta de las gentes a una función más compleja, y culturalmente mediatizada, que —por mucho que se cueza en el horno del análisis estadístico— no puede retrotraerse de nuevo al estímulo?
Son muchos, entre nosotros, los historiadores del desarrollo culpables de un craso reduccionismo económico que elimina las complejidades de motivación, conducta y función; reduccionismo que, de advertirlo en el trabajo de sus colegas marxistas, les haría protestar. El lado débil que comparten estas explicaciones es una imagen abreviada del hombre económico. Lo que es quizá un motivo de sorpresa es el clima intelectual-esquizoide, que permite a esta historiografía cuantitativa coexistir (en los mismos sitios y a veces en las mismas mentes) con una antropología social que deriva de Durkheim, Weber o Malinowski. Conocemos muy bien todo lo relacionado con el delicado tejido de las normas sociales y las reciprocidades que regulan la vida de los isleños de Trobriand y las energías psíquicas involucradas en el contenido de los cultos de Melanesia; pero, en algún momento, esta criatura social infinitamente compleja, el hombre melanesio, se convierte (en nuestras historias) en el minero inglés del siglo XVIII que golpea sus manos espasmódicamente sobre su estómago y responde a estímulos económicos elementales.
A esta visión espasmódica opondré mi propio punto de vista.[505] Es posible detectar en casi toda acción de masas del siglo XVIII alguna noción legitimadora. Con el concepto de legitimación quiero decir que los hombres y las mujeres que constituían la multitud creían estar defendiendo derechos o costumbres tradicionales; y, en general, que estaban apoyados por el amplio consenso de la comunidad. En ocasiones este consenso popular se veía confirmado por una cierta tolerancia por parte de las autoridades, pero en la mayoría de los casos el consenso era tan marcado y enérgico que anulaba las motivaciones de temor o deferencia.
El motín de subsistencias en la Inglaterra del siglo XVIII fue una forma muy compleja de acción popular directa, disciplinada y con claros objetivos. Hasta qué punto estos objetivos fueron alcanzados —esto es, hasta qué punto el motín de subsistencias fue una forma de acción coronada por el éxito— es una cuestión muy intrincada para abordarla dentro de los límites de un capítulo; pero puede al menos plantearse en vez de negarla y abandonarla sin examen, como de costumbre, y esto no se puede hacer hasta que sean identificados los objetivos propios de la multitud. Es cierto, por supuesto, que los motines de subsistencias eran provocados por precios que subían vertiginosamente, por prácticas incorrectas de los comerciantes o por hambre. Pero estos agravios operaban dentro de un consenso popular en cuanto a qué prácticas eran legítimas y cuáles ilegítimas en la comercialización, en la elaboración del pan, etc. Esto estaba a su vez basado en una visión tradicional consecuente de las normas y obligaciones sociales, de las funciones económicas propias de los distintos sectores dentro de la comunidad que, tomadas en conjunto, puede decirse que constituyen la economía moral de los pobres. Un atropello a estos supuestos morales, tanto como la privación en sí, constituía la ocasión habitual para la acción directa.
Aunque esta economía moral no puede ser descrita como «política» en ningún sentido progresista, tampoco puede, no obstante, definirse como apolítica, puesto que supone nociones del bien público categórica y apasionadamente sostenidas, que, ciertamente, encontraban algún apoyo en la tradición paternalista de las autoridades; nociones de las que el pueblo, a su vez, se hacía eco tan estrepitosamente que las autoridades eran, en cierta medida, sus prisioneras. De aquí que esta economía moral tiñese con carácter muy general el gobierno y el pensamiento del siglo XVIII, en vez de interferir únicamente en momentos de disturbios. La palabra «motín» es muy corta para abarcar todo esto.
II
Así como hablamos del nexo del dinero en efectivo surgido de la Revolución Industrial, existe un sentido en el que podemos hablar del nexo del pan en el siglo XVIII. El conflicto entre tradicionalismo y la nueva economía política pasó a depender de las leyes de cereales. El conflicto económico de clases en la Inglaterra del siglo XIX encontró su expresión característica en el problema de los salarios; en la Inglaterra del siglo XVIII, la gente trabajadora era incitada a la acción más perentoriamente por el alza de los precios.
Esta conciencia de consumidor altamente sensible coexistió con la gran era de mejoras agrícolas del cinturón cerealista del este y del sur. Esos años que llevaron la agricultura inglesa a una nueva cima en cuanto a calidad están jalonados de motines —o, como los contemporáneos a veces los describen, de «insurrecciones» o «levantamientos de los pobres»—: 1709, 1740, 1756-1757, 1766-1767, 1773, 1782 y, sobre todo, 1795 y 1800-1801. Esta industria capitalista boyante flotaba sobre un mercado irascible, que podía en cualquier momento desatarse en bandas de merodeadores, que recorrían el campo con cachiporras o irrumpían en la plaza del mercado para «fijar el precio» de las provisiones a un nivel popular. Las fortunas de las clases capitalistas más fuertes descansaban, en último término, sobre la venta de cereales, carne, lana; y los dos primeros artículos debían ser vendidos, con poca intervención de los intermediarios, a los millones de personas que componían la legión de los consumidores. De aquí que las fricciones del mercado nos lleven a una zona crucial de la vida nacional.
En el siglo XVIII la clase trabajadora no vivía solo de pan, pero (como muestran los presupuestos reunidos por Eden y David Davies) muchos de ellos subsistían casi exclusivamente gracias al pan. Este pan no era todo de trigo, si bien el pan de trigo fue ganando terreno continuamente sobre otras variedades hasta principios de la década de 1790. Durante los años sesenta, Charles Smith calculó que de la supuesta población de alrededor de 6 millones de Inglaterra y Gales, 3.750.000 comían pan de trigo, 888.000 lo consumían de centeno, 739.000 de cebada y 623.000 de avena.[506] Hacia 1790 podemos calcular que por lo menos dos tercios de la población consumían trigo.[507] El esquema de consumo refleja, en parte, grados comparativos de pobreza y, en parte, condiciones ecológicas. Distritos con suelos pobres y distritos de tierras altas (como los Peninos) donde el trigo no maduraba, eran los bastiones del consumo de otros cereales. Aun en la década de 1790, los trabajadores de las minas de estaño de Cornualles subsistían en su mayor parte gracias al pan de cebada. Se consumía mucha harina de avena en Lancashire y Yorkshire, y no solo por parte de los pobres.[508] Los informes de Northumberland son contradictorios, pero parecería que Newcastle y muchas aldeas mineras de los alrededores se habían pasado por entonces al trigo, mientras que el campo y ciudades más pequeñas se alimentaban de pan de avena, de centeno, un pan mezcla de varios cereales[509] o una mezcla de cebada y «legumbres secas».[510]
A lo largo del siglo, nuevamente el pan blanco fue ganando terreno a variedades más oscuras de harina integral. Esto se debió en parte a una cuestión de valores de estatus, de posición relativa, que se asociaron al pan blanco, pero en modo alguno fue exclusivamente por eso. El problema es más complejo, y pueden mencionarse rápidamente varios de sus aspectos. Era productivo para los panaderos y molineros vender pan blanco o harinas finas, pues el beneficio que se podía obtener de estas ventas era, en general, mayor. (Irónicamente, esto fue en parte consecuencia de la protección paternalista al consumidor, pues el Assize of Bread[511] intentaba evitar que los panaderos obtuvieran sus ganancias del pan de los pobres; por lo tanto, iba en interés del panadero el hacer la menor cantidad posible para «uso doméstico», y esta pequeña cantidad hacerla de pésima calidad).[512] En las ciudades, que estaban alerta contra el peligro de la adulteración, el pan negro era sospechoso, pues podía ocultar fácilmente aditivos tóxicos. En las últimas décadas del siglo muchos molineros adaptaron sus maquinarias y sus tamices en tal forma que, de hecho, no servían para preparar la harina para la hogaza doméstica de tipo intermedio, produciendo solo las mejores calidades para el pan blanco, y los desperdicios, el salvado, para un pan negro que un observador consideró «tan rancio, repulsivo y pernicioso como para poner en peligro la constitución física».[513] Los intentos realizados por las autoridades, en épocas de escasez, para imponer la manufactura de calidades de harina más bastas (o, como en 1795, el uso general de la hogaza «doméstica») encontraron muchas dificultades y con frecuencia resistencia, tanto por parte de los molineros como de los panaderos.[514]
A finales de siglo, los sentimientos de estatus estaban profundamente arraigados dondequiera que prevaleciese el pan de trigo y este fuese amenazado por la posibilidad de mezclas más bastas. Se insinúa que los trabajadores acostumbrados al pan de trigo no podían en verdad trabajar —sufrían de debilidad, indigestión o náuseas— si les forzaban a cambiar al pan hecho con mezclas más bastas.[515] Aun frente a los atroces precios de 1795 y 1800-1801, la resistencia de gran parte de los trabajadores resultó invencible.[516] Los diputados del gremio en Calne informaron al Consejo Privado [Privy Council] en 1796 que gente «que merece confianza» estaba usando las mezclas de cebada y trigo requeridas por las autoridades, y que los artesanos y obreros pobres con familias numerosas
han usado en general solamente pan de cebada. El resto, que suman quizá alrededor de un tercio de los artesanos pobres, y otros, con familias más pequeñas (diciendo que ellos no podían obtener más que pan), han comido, como antes de la escasez, solamente pan de panadería hecho de trigo llamado de segunda.[517]
El alguacil de Reigate informaba en términos similares:
En cuanto a los trabajadores pobres que apenas tienen otro sustento que el pan y que por la costumbre del vecindario siempre han comido pan hecho solamente con trigo; entre ellos, no he impuesto ni expresado el deseo de que consumiesen pan de mezcla, por miedo a que no estén suficientemente alimentados para poder con su trabajo.
Los pocos trabajadores que habían probado pan hecho de mezclas «se encontraron débiles, afiebrados e incapaces para trabajar con un cierto grado de vigor».[518] Cuando, en diciembre de 1800, el Gobierno presentó un decreto (popularmente conocido como el Decreto del Pan Negro o «Decreto del Veneno») que prohibía a los molineros elaborar otra harina que no fuera de trigo integral, la respuesta popular fue inmediata. En Horsham (Sussex),
Un grupo de mujeres […] fue al molino de viento de Gosden, donde, injuriando al molinero por haberles dado harina morena, se apoderaron del lienzo del tamiz con el que el molinero estaba preparando la harina de acuerdo con las normas del Decreto del Pan, y lo cortaron en mil pedazos; amenazando al mismo tiempo con tratar así todos los utensilios similares que intentase usar en el futuro de igual manera. La amazónica dirigente de esta cabalgata en sayas ofreció después a sus colegas licor, por valor de una guinea, en la taberna de Crab Tree.
Como resultado de semejantes actitudes, el decreto fue revocado en menos de dos meses.[519]
Cuando los precios eran altos, más de la mitad de los ingresos semanales de la familia de un trabajador podía muy bien gastarse exclusivamente en pan.[520] ¿Cómo pasaban estos cereales desde la tierra a los hogares de los trabajadores? A simple vista parece sencillo. He aquí el grano: es cosechado, trillado, llevado al mercado, molido en el molino, cocido y comido. Pero en cada etapa de este proceso hay toda una irradiación de complejidades, de oportunidades para la extorsión, puntos álgidos alrededor de los cuales podían surgir los motines. Y apenas se puede proseguir sin esbozar, de manera esquemática, el modelo paternalista del proceso de elaboración y comercialización —el ideal platónico tradicional al que se apelaba en la ley, el panfleto o el movimiento de protesta— y contra el que chocaban las embarazosas realidades del comercio y del consumo.
El modelo paternalista existía en un cuerpo desgastado de ley estatuida, así como en la common law y las costumbres. Era el modelo que, muy frecuentemente, informaba las acciones del Gobierno en tiempos de emergencia hasta la década de 1770 y al cual muchos magistrados locales continuaron apelando. Según este modelo, la comercialización debía ser, en lo posible, directa, del agricultor al consumidor. Los agricultores habían de traer su cereal a granel al mercado local; no debían venderlo mientras estuviera en las mieses, y tampoco retenerlo con la esperanza de subir los precios. Los mercados tenían que estar controlados; no se podían hacer ventas antes de horas determinadas, que se anunciarían a toque de campana; los pobres deberían tener la oportunidad de comprar ellos primero grano, harina de flor o harina, en pequeños paquetes cuyo peso y medida estuviesen debidamente supervisados. A una hora determinada, cuando sus necesidades estuvieran cubiertas, había de sonar una segunda campana y los comerciantes al por mayor (con la oportuna licencia) podían hacer sus compras. Los traficantes estaban cercados de trabas y restricciones, inscritas en los mohosos pergaminos de las leyes contra el acaparamiento, regateo y monopolio, codificadas durante el reinado de Eduardo VI. No debían comprar (y los agricultores no debían vender) por muestreo. No debían comprar el cereal en la mies ni adquirirlo para revender (dentro del plazo de tres meses) en el mismo mercado, con ganancias, o en mercados cercanos, etc. Ciertamente, durante la mayor parte del siglo XVIII el intermediario siguió siendo legalmente sospechoso, y sus transacciones, en teoría, fueron severamente acotadas.[521]
De la supervisión de los mercados pasamos a la protección del consumidor. Los molineros y —en mayor escala— los panaderos eran considerados servidores de la comunidad, que trabajaban no para lucrarse, sino para lograr una ganancia razonable. Muchos de los pobres compraban su grano en el mercado directamente (o lo obtenían como un suplemento del salario o espigando); lo llevaban al molino para ser molido, en cuyo caso el molinero podía cobrar la maquila acostumbrada, y ellos cocer después su propio pan. En Londres y en las grandes ciudades donde esto había dejado de ser la norma hacía mucho tiempo, el beneficio o ganancia del panadero se calculaba de acuerdo con el Assize of Bread, en el que tanto el precio como el peso de la hogaza se fijaban con relación al precio vigente del trigo.[522]
Este modelo, por supuesto, se aleja en muchos puntos de las realidades del siglo XVIII. Lo más sorprendente es observar hasta qué punto todavía funcionaba en parte. Por ello, Aikin puede así describir en 1795 la ordenada regulación del mercado de Preston:
Los mercados semanales […] están extremadamente bien regulados para evitar el acaparamiento y el regateo. Solo a la gente del pueblo se le permite comprar a primera hora, de las ocho a las nueve de la mañana, a las nueve pueden comprar los demás; pero ninguna mercancía sin vender puede retirarse del mercado hasta la una en punto, exceptuado el pescado.[523]
En el mismo año, en el suroeste (otra de las zonas conocidas por su tradicionalismo), las autoridades municipales de Exeter intentaron controlar a los «revendedores, buhoneros y detallistas» excluyéndolos del mercado desde las ocho de la mañana hasta mediodía, hora en que sonaba la campana del ayuntamiento.[524] El Assize of Bread estaba aún vigente durante el siglo XVIII en Londres y en muchas ciudades con mercado.[525] En el caso de la venta por muestreo, podemos observar el peligro de asumir prematuramente la disolución de las restricciones consagradas por la costumbre.
Se supone con frecuencia que la venta de grano por muestreo estaba generalizada a mediados del siglo XVII, cuando Best describe la práctica en el este de Yorkshire,[526] y con seguridad en 1725, cuando Defoe redactó su famoso informe sobre el comercio cerealista.[527] Pero mientras muchos grandes agricultores vendían sin duda por muestreo en la mayoría de los condados, por aquellas fechas los antiguos mercados de puestos eran corrientes todavía y sobrevivían aún en los alrededores de Londres. En 1718 el autor de un panfleto describía la decadencia de los mercados rurales como un hecho que había tenido lugar en años recientes:
Se pueden ver pocas cosas aparte de jugueterías y puestos de baratijas y chucherías […]. Los impuestos casi han desaparecido; y donde —según memoria de muchos de los habitantes— solían venir antes a la ciudad en un día, cien, doscientas, quizá trescientas cargas de grano, y en algunos municipios cuatrocientas, ahora crece la hierba en el emplazamiento del mercado.
Los agricultores (se lamentaba) habían llegado a esquivar el mercado y a operar con corredores y otros «contrabandistas» a las puertas de aquel. Otros agricultores traían todavía al mercado una única carga «para hacer un simulacro de mercado, y para que les fijaran el precio», pero el verdadero negocio se hacía en «paquetes de grano en una bolsa o en un pañuelo que son llamados muestras».[528]
Esta era, en efecto, la tendencia; pero muchos pequeños agricultores continuaron vendiendo su grano en los puestos del mercado, como antes, y el viejo modelo quedó en la mente de los hombres como fuente de resentimiento. Una y otra vez fueron impugnados los nuevos procedimientos de comercialización. En 1710, una petición a favor de la gente pobre de Stony Stratford (Buckinghamshire) se lamenta de que los agricultores y comerciantes estaban «comprando y vendiendo en los corrales y en las puertas de sus graneros, de tal manera que ahora los pobres habitantes no podemos conseguir una molienda en proporción razonable a nuestro dinero, lo cual es una gran calamidad».[529] En 1733 varios municipios apelaron a la Cámara de los Comunes en contra de tal práctica. Haslemere (Surrey) se lamentaba de molineros y harineros que acaparaban el comercio: «Compraban secretamente grandes cantidades de cereales de acuerdo con pequeñas muestras, y se negaban a comprar el que había sido expuesto en el mercado público».[530] Esta práctica sugiere la existencia de una ocultación y pérdida de transparencia en los procedimientos de comercialización.
Con el transcurso del siglo no cesaron las quejas, aunque tendieron a trasladarse hacia el norte y el oeste. Con ocasión de la escasez de 1756, el Consejo Privado, además de poner en movimiento las viejas leyes contra el acaparamiento, promulgó una proclama ordenando a «todos los agricultores, bajo severas penas, traer sus cereales al mercado público, y no venderlo a muestreo en sus propios lares».[531] Pero a las autoridades no les agradaba sentirse demasiado presionadas en este asunto; en 1766 (otro año de escasez) los magistrados de Surrey inquirieron si comprar por muestreo era, en efecto, un delito punible y recibieron una respuesta prodigiosamente evasiva: el secretario de su majestad no está autorizado, en razón de su cargo, para interpretar las leyes.[532]
Dos cartas dan alguna idea del desarrollo de nuevas prácticas en el oeste. Un corresponsal que escribía a lord Shelbourne en 1776 acusaba a los comerciantes y molineros de Chippenham de «complot»:
Él mismo mandó comprar una arroba de trigo al mercado, y aunque había allí muchas cargas, y era inmediatamente después de haber sonado la campana del mercado, dondequiera que su agente solicitase, la respuesta era: «Está vendido». De forma que, aunque […] para evitar el castigo de la ley lo traen al mercado, el negocio se hace antes, y el mercado es solo una farsa.[533]
(Estas prácticas podían dar ocasión a un motín; en junio de 1757, se informó de que «la población se sublevó en Oxford y en pocos minutos se apropió y dividió una carga de trigo que se sospechaba que había sido vendida por muestra y traída al mercado solamente para salvar las apariencias»).[534] La segunda carta es de 1772, de un corresponsal en Dorchester, y describe una práctica diferente de tasa de mercado; sostiene que los grandes agricultores se reunían para fijar los precios antes de ir al mercado
y muchos de estos hombres no venderán menos de cuarenta bushels, que los pobres no pueden comprar. Por esto el molinero, que no es enemigo del agricultor, da el precio que este le pide y el pobre tiene que aceptarlo.[535]
Los paternalistas y los pobres continuaron lamentándose del desarrollo de estas prácticas de mercado que nosotros, en visión retrospectiva, tendemos a aceptar como inevitables y «naturales».[536] Pero lo que puede parecer ahora como inevitable no era necesariamente, en el siglo XVIII, materia aprobable.
Un panfleto característico (de 1768) clamaba indignado contra la supuesta libertad de cada agricultor para hacer lo que quisiera con sus cosas; esto sería libertad «natural», pero no «civil»:
No puede decirse, entonces, que sea la libertad de un ciudadano o de uno que vive bajo la protección de alguna comunidad; es más bien la libertad de un salvaje; por consiguiente, el que se aproveche de ella no merece la protección que el poder de la sociedad proporciona.
La asistencia del agricultor al mercado es «una parte material de su obligación; no se le debería permitir guardar sus mercancías o venderlas en otro lugar».[537] Pero después de 1760 los mercados tuvieron tan poca función en la mayor parte de las tierras del sur y en las Midlands que, en dichos distritos, las quejas contra la venta por muestreo son menos frecuentes, a pesar de que, a finales de siglo, se protestaba todavía de que los pobres no pudiesen comprar pequeñas cantidades.[538] En algunos lugares del norte el asunto era distinto. Una petición de los trabajadores de Leeds en 1795 se queja de «los agentes de cereales y molineros y un grupo de gente que nosotros llamamos regatones y los harineros que tienen el grano en sus manos de manera que pueden retenerlo y venderlo al precio que quieran, o no venderlo». «Los agricultores no llevan más grano al mercado que el que llevan en sus bolsillos como muestra […], lo cual hace quejarse mucho a los pobres».[539] Tanto fue el tiempo que tardó en abrirse camino y resolverse un proceso que, muy a menudo, se documenta ya cien años antes. Se ha seguido este ejemplo para ilustrar la densidad y particularidad del detalle, la variedad de las costumbres locales y el rumbo que el resentimiento popular podía tomar cuando cambiaban las viejas prácticas de mercado. La misma densidad, la misma diversidad, existe en el área de comercialización, escasamente definida. El modelo paternalista se desmoronaba, por supuesto, en muchos otros puntos. El Assize of Bread, si bien fue efectivo para controlar las ganancias de los panaderos, se limitaba a reflejar el precio en curso del trigo o la harina y no podía de ninguna manera influir sobre los precios en sí. Los molineros eran ahora, en Hertfordshire y el valle del Támesis, empresarios acaudalados, y a veces comerciantes de grano o malta, así como grandes fabricantes de harina.[540] Fuera de los distritos cerealistas principales, los mercados urbanos no podían en modo alguno ser abastecidos sin las operaciones de agentes cuyas actividades hubieran quedado anuladas de haberse impuesto estrictamente la legislación contra los acaparadores.
¿Hasta qué punto reconocieron las autoridades que su modelo se alejaba de la realidad? La respuesta varía según las autoridades implicadas y con el correr del siglo. Pero se puede dar una respuesta general: los paternalistas, en su práctica normal, aceptaban en gran parte el cambio, pero volvían a este modelo en cuanto surgía alguna situación de emergencia. En esto eran, en cierta medida, prisioneros del pueblo, que adoptaba partes del modelo como su derecho y patrimonio. Existe incluso la impresión de que, en realidad, se acogía bien esta ambigüedad. En distritos levantiscos, en época de escasez, daba a los magistrados cierta capacidad de maniobra, y prestaba cierta aprobación a sus intentos de reducir los precios empleando la persuasión. Cuando el Consejo Privado autorizó (como sucedió en 1709, 1740, 1756 y 1766) la emisión de proclamas en letra gótica ilegible amenazando con terribles castigos a acaparadores, buhoneros, trajineros, revendedores, mercachifles, etc., ayudó a los magistrados a inculcar el temor de Dios entre los molineros y comerciantes locales. Es cierto que la legislación contra el acaparamiento fue revocada en 1772, pero el acta de revocación no fue bien redactada, y durante la gran escasez que siguió, en 1795, lord Kenyon, el justicia mayor, tomó la responsabilidad de anunciar que el acaparamiento continuaba siendo un delito procesable según la common law: «A pesar de que el decreto de Eduardo VI fue revocado (si lo fue acertada o desacertadamente, no soy yo quien deba decidirlo), aún sigue siendo un delito de common law, coetáneo a la Constitución».[541] El reguero de procesos que puede observarse a lo largo del siglo —normalmente por delitos insignificantes y solo en años de escasez— no se agotó; por el contrario, en 1795 y 1800-1801 hubo quizá más procesos que en cualquier otro periodo de los veinticinco años anteriores.[542] Pero está bien claro que estaban destinados a producir un efecto simbólico, con objeto de hacer ver a los pobres que las autoridades actuaban en vigilancia de sus intereses.
De aquí que el modelo paternalista tuviera una existencia ideal, pero también una existencia real fragmentaria. En años de buenas cosechas y precios moderados, las autoridades lo dejaban caer en el olvido. Pero si los precios subían y los pobres se mostraban levantiscos, se lo reavivaba, al menos para crear un efecto simbólico.
III
Pocas victorias intelectuales han sido más arrolladoras que la que los exponentes de la nueva economía política obtuvieron en materia de regulación del comercio interno de cereales. A ciertos historiadores esta victoria les parece, en efecto, tan absoluta que difícilmente pueden ocultar su malestar con respecto al partido derrotado.[543] Se puede considerar, por comodidad, que el modelo de la nueva economía política es el de Adam Smith, a pesar de que se pueda ver La riqueza de las naciones no solo como punto de partida, sino también como una gran terminal central en la que convergen, a mediados del siglo XVIII, muchas líneas importantes de discusión (algunas de ellas, como la lúcida obra de Charles Smith, Tracts on the corn trade, 1758-1759, apuntaban específicamente a demoler las viejas regulaciones paternalistas del mercado). El debate producido entre 1767 y 1772, que culminó con la revocación de la legislación contra el acaparamiento, señaló una victoria, en esta área, para el laissez-faire, cuatro años antes de que se publicara la obra de Adam Smith.
Esto significaba más un antimodelo que un nuevo modelo: una negativa directa a la desintegradora política de «previsión» de los Tudor. «Sea revocado todo decreto relacionado con las leyes de cereales —escribió Arbuthnot en 1773—; dejemos que el cereal corra como el agua, y encontrará su nivel».[544] La «ilimitada, incontenida libertad del comercio de cereales» fue también la exigencia de Adam Smith.[545] La nueva economía suponía una «desmoralización» de la teoría del comercio y del consumo de tanto alcance como la derogación, ampliamente debatida, de las restricciones contra la usura.[546] Al decir «desmoralización» no se sugiere que Smith y sus colegas fuesen inmorales[547] o no se preocuparan por el bien público.[548] Antes bien, lo que se quiere decir es que la nueva economía política estaba libre de la intrusión de imperativos morales. Los antiguos folletistas eran, en primer lugar, moralistas y solo en segundo economistas. En la nueva teoría económica no entran cuestiones relativas a la constitución moral de la comercialización, a no ser como preámbulo y motivo de peroración.
En la práctica, el nuevo modelo funcionaba del siguiente modo. La operación natural de la oferta y la demanda en el mercado libre maximizaría la satisfacción de todos los sectores y establecería el bien común. El mercado no estaba nunca mejor regulado que cuando se le dejaba autorregularse. En el curso de un año normal, el precio del grano se ajustaría a través del mecanismo del mercado. Inmediatamente después de la cosecha, los pequeños agricultores y todos aquellos que tenían que pagar salarios por la recolección y rentas de la fiesta de San Miguel (correspondiente a los meses de octubre, noviembre y diciembre) trillarían su grano y lo traerían al mercado o permitirían la salida de lo que habían contratado de antemano para ser vendido. Desde septiembre a Navidad se podían esperar precios bajos. Los agricultores de tipo medio retendrían sus cereales, con la esperanza de que subieran los precios en el mercado, hasta el comienzo de la primavera; mientras que los agricultores más opulentos y los pertenecientes a la gentry agricultora retendrían parte de su grano por más tiempo todavía —de mayo a agosto— con la expectativa de llegar al mercado cuando los precios alcanzaran su punto máximo. De esta manera se racionaban adecuadamente las reservas de cereales de la nación, a través del mecanismo del precio, durante cincuenta y dos semanas, sin ninguna intervención del Estado. En la medida en que los intermediarios intervenían y comprometían por adelantado el grano de los agricultores, realizaban, más eficientemente aún, este servicio de racionamiento. En años de escasez, el precio del grano podía subir hasta alturas peligrosas; pero esto era providencial, pues (además de suponer un incentivo para el importador) era otra nueva forma eficaz de racionar, sin la cual todas las existencias serían consumidas en los nueve primeros meses del año, y en los tres meses restantes la escasez se convertiría en auténtica hambre.
Las únicas vías por las que se podía romper esta economía autorregulable eran las entrometidas interferencias del Estado y del prejuicio popular.[549] Había que dejar fluir libremente el cereal desde las áreas de superabundancia a las zonas de escasez. Por lo tanto, el intermediario representaba un papel necesario, productivo y loable. Los prejuicios contra los acaparadores fueron rechazados tajantemente por Smith como supersticiones equiparables a la brujería. La interferencia con el modelo natural de comercio podía producir hambres locales o desalentar a los agricultores en el aumento de su producción. Si se obligaba a ventas prematuras o se restringían los precios en épocas de escasez, podrían consumirse con exceso las existencias. Si los agricultores retenían su grano mucho tiempo, saldrían probablemente perjudicados al caer los precios. La misma lógica puede aplicarse a los demás culpables a ojos del pueblo: molineros, harineros, comerciantes y panaderos. Sus comercios respectivos eran competitivos. Como mucho, solo podían distorsionar el nivel natural de los precios en periodos cortos, y a menudo para su propio perjuicio en última instancia. A finales de siglo, cuando los precios comenzaron a dispararse, el remedio se buscó no en una vuelta a la regulación del comercio, sino en mejoras tales como el incremento de los cercamientos y el cultivo de terrenos baldíos.
No debería ser necesario discutir que el modelo de una economía natural y autorregulable, que labora providencialmente para el bien de todos, es una superstición del mismo orden que las teorías que sustentaba el modelo paternalista; a pesar de que, curiosamente, es esta una superstición que algunos historiadores de la economía han sido los últimos en abandonar. En ciertos aspectos, el modelo de Smith se adapta mejor a las realidades del siglo XVIII que el paternalista, y era superior en simetría y envergadura de construcción intelectual. Pero no deberíamos pasar por alto el aparente aire de validez empírica que tiene el modelo. Mientras que el primero invoca una norma moral —lo que deben ser las obligaciones recíprocas de los hombres—, el segundo parece decir: «Este es el modo en que las cosas actúan, o actuarían si el Estado no interfiriese». Y, sin embargo, si se consideran esas partes de La riqueza de las naciones, impresionan menos como ensayo de investigación empírica que como un soberbio ensayo de lógica válido en sí mismo.
Cuando consideramos la organización real del comercio de cereales en el siglo XVIII, no disponemos de verificación empírica para ninguno de los dos modelos. Ha habido poca investigación detallada sobre la comercialización;[550] ningún estudio importante de una figura clave: el molinero.[551] Aun la primera letra del alfabeto de Smith —el supuesto de que los precios altos eran una forma efectiva de racionamiento— sigue siendo una mera afirmación. Es notorio que la demanda de grano, o pan, es muy poco flexible. Cuando el pan es caro, los pobres —como le recordaron a un observador de alta posición— no se pasan a los pasteles. Según algunos observadores, cuando los precios subían, los trabajadores podían comer la misma cantidad de pan, pero era porque eliminaban otros productos de su presupuesto; podían incluso comer más pan para compensar la pérdida de otros artículos. De un chelín, en un año normal, seis peniques se destinarían a pan, seis a «carne de mala calidad y muchos productos de huerta»; pero en un año de precios altos, todo el chelín se gastaría en pan.[552]
De cualquier manera, es bien sabido que los movimientos de los precios del grano no pueden ser explicados por simples mecanismos de precio, de oferta y demanda; y la prima pagada para alentar a la exportación cerealista distorsionaba aún más las cosas. Junto con el aire y el agua, el grano era un artículo de primera necesidad, extraordinariamente sensible a cualquier deficiencia en el abastecimiento. En 1796, Arthur Young calculó que el déficit total de la cosecha de trigo fue inferior al 25 %; pero el precio subió el 81 %; proporcionando, por tanto, según sus cálculos, a la comunidad agrícola un beneficio de veinte millones de libras más que en un año normal.[553] Los escritores tradicionalistas se lamentaban de que los agricultores y comerciantes actuaban por la fuerza del «monopolio»; su punto de vista fue rebatido, en un escrito tras otro, como «demasiado absurdo para ser tratado seriamente: ¡vamos!, ¡más de doscientas mil personas…!».[554] El asunto que tratar, sin embargo, no era si este agricultor o aquel comerciante podía actuar como un «monopolista», sino si los intereses de producción y de comercio en su conjunto eran capaces, en una larga y continuada sucesión de circunstancias favorables, de aprovechar su dominio sobre un artículo de primera necesidad y elevar el precio para el consumidor, de igual manera que las naciones desarrolladas e industrializadas de hoy han podido aumentar el precio de ciertos artículos manufacturados con destino a las naciones menos desarrolladas.
Al avanzar el siglo, los procedimientos de mercado se volvieron menos claros, pues el grano pasaba a través de una red más compleja de intermediarios. Los agricultores ya no vendían en un mercado competitivo y libre (que, en un sentido local y regional, constituía la meta del modelo paternalista y no la del modelo del laissez-faire), sino a comerciantes o molineros que estaban en mejor situación para retener las existencias y mantener altos los precios en el mercado. En las últimas décadas del siglo, al crecer la población, el consumo presionó continuamente sobre la producción, y los productores pudieron dominar, de forma más general, un mercado de ventas. Las condiciones de las épocas de guerra, que en realidad no inhibieron demasiado la importación de grano durante los periodos de escasez; sin embargo, acentuaron en esos años las tensiones psicológicas.[555] Lo que importaba para fijar el precio posterior a la cosecha era la expectativa del rendimiento de esta, y en las últimas décadas del siglo hay pruebas del desarrollo de grupos de presión de agricultores, que conocían muy bien los efectos psicológicos involucrados en el nivel de los precios posteriores a la cosecha y fomentaban asiduamente expectativas de escasez.[556] Notoriamente, en años de escasez, los agricultores ostentaban una faz sonriente,[557] mientras que en años de cosechas abundantes el premio inconsiderado de la Señora Naturaleza provocaba gritos de «¡Desastre!» en los agricultores. Y por muy abundante que pudiera aparecer la cosecha ante los ojos del ciudadano, en cada caso iba acompañada de comentarios sobre el mildiu, las inundaciones, las espigas atizonadas que se convertían en polvo cuando comenzaba la trilla, etc.
El modelo de libre mercado supone una secuencia de pequeños a grandes agricultores que traen su grano al mercado durante el año; pero a fines de siglo, al sucederse los altos precios un año tras otro, un mayor número de pequeños agricultores podían retener sus provisiones hasta que el mercado subiera a satisfacción suya. (Después de todo, para ellos no era un asunto de comercialización rutinaria, sino de intenso, de vital interés; su ganancia anual podía depender, en gran medida, del precio al que tres o cuatro montones de grano pudieran llegar a venderse). Si tenían que pagar rentas, el desarrollo bancario rural facilitó al agricultor la obtención de préstamos.[558] El motín de septiembre u octubre se desencadenaba muy a menudo porque no se producía la caída de los precios después de una cosecha aparentemente abundante, y ello indicaba una confrontación consciente entre el productor reluctante y el consumidor furioso.
Traemos a colación estos comentarios no para refutar a Adam Smith, sino simplemente para indicar los puntos donde hay que tener precaución hasta que nuestros conocimientos se amplíen. Con respecto al modelo del laissez-faire, no hay que decir sino que no se ha demostrado empíricamente; que es intrínsecamente improbable y que existen ciertas pruebas en contra. Nos han recordado recientemente que «los comerciantes ganaban dinero en el siglo XVIII» y que los comerciantes de grano lo deben haber ganado «manipulando el mercado».[559] Estas manipulaciones se registran ocasionalmente, si bien raramente de manera tan franca como fue anotado por un agricultor y comerciante de granos de Whittlesford (Cambridgeshire), en su diario, en 1802:
Yo compré centeno hace doce meses a cincuenta chelines la arroba. Podría haberlo vendido a 122 chelines la arroba. Los pobres consiguieron su harina, buen centeno, a 2 chelines 6 peniques el celemín. La parroquia me pagó la diferencia, que fue 1 chelín 9 peniques por celemín. Fue una bendición para los pobres y bueno para mí. Compré 320 arrobas.[560]
En esta transacción la ganancia fue superior a mil libras.
IV
Si se pueden reconstruir modelos alternativos claros tras la política de tradicionalistas y economistas políticos, ¿podría hacerse lo mismo con la economía «moral» de la multitud? Esto es menos sencillo. Nos enfrentamos con un complejo de análisis racional, prejuicio y modelos tradicionales de respuesta a la escasez. Tampoco es posible, en un momento dado, identificar claramente a los grupos que respaldaban las teorías de la multitud. Estos abarcan realidades articuladas e inarticuladas e incluyen hombres con educación y elocuencia. Después de 1750, todo año de escasez fue acompañado de un torrente de escritos y cartas a la prensa de valor desigual. Era una queja común a todos los protagonistas del libre comercio de granos la de que la gentry ilusa agregaba combustible a las llamas del descontento del populacho.
Hay cierta verdad en esto. La multitud dedujo su sentimiento de legitimidad, en realidad, del modelo paternalista. A muchos gentlemen aún les molestaban los intermediarios, a quienes consideraban como intrusos. Allí donde los señores de los manors conservaban aún derechos de mercado, se sentían molestos por la pérdida (a través de la venta por muestreo, entre otros) de tales impuestos. Si eran agricultores propietarios, que presenciaban cómo se vendía la harina o la carne a precios desproporcionadamente altos en relación con lo que ellos recibían de los tratantes, les molestaban aún más las ganancias de estos vulgares comerciantes. El autor del ensayo de 1718 nos presenta un título que es un resumen de su tema: Un ensayo para demostrar que los Regatones, Monopolistas, Acaparadores, Trajineros e Intermediarios de Granos, Ganado y otros bienes comerciales son Destructores del Comercio, Opresores de los Pobres y un Perjuicio Común para el Reino en General. Todos los comerciantes (a menos que fueran simples boyeros o carreteros que transportasen provisiones de un sitio a otro) le parecen a este escritor, que no deja de ser observador, «un grupo de hombres viles y perniciosos», y, en los clásicos términos de condena que los campesinos arraigados a la tierra adoptan con respecto al burgués, dice:
son una clase de gente vagabunda […], llevan todas sus pertenencias consigo, y sus […] existencias no pasan de ser un simple traje de montar, un buen caballo, una lista de ferias y mercados, y una cantidad prodigiosa de desvergüenza. Tienen la marca de Caín y, como él vagan, de un lugar a otro, llevando a cabo unas transacciones no autorizadas entre el comerciante bien intencionado y el honesto consumidor.[561]
Esta hostilidad hacia el comerciante se daba aun entre muchos magistrados rurales, cuya inactividad se hacía notar, en algunos casos, cuando los disturbios populares arrasaban zonas bajo su jurisdicción. No les disgustaban los ataques contra los disidentes o los agentes de granos cuáqueros. El autor de un escrito de Bristol, que es claramente un agente de cereales, se quejaba amargamente en 1758, ante los jueces de paz, de «su populacho que impone leyes», el cual había impedido, el año anterior, la exportación de cereales de los valles del Severn y Wye, y de «muchas solicitudes infructuosas hechas a varios jueces de paz».[562] Ciertamente, crece la convicción de que un alboroto popular contra los acaparadores no era mal acogido por algunas autoridades; distraía la atención puesta en agricultores y rentistas, mientras que vagas amenazas del Quarter Sessional[563] contra los acaparadores daban a los pobres la idea de que las autoridades se ocupaban de sus intereses. Las viejas leyes contra los acaparadores, se lamentaba un comerciante en 1766,
se publican en todos los periódicos y están pegadas en todos los rincones por orden de los jueces, para intimidar a los monopolistas, contra los cuales se propagan muchos rumores. Se enseña al pueblo a abrigar una muy alta opinión y un respeto hacia estas leyes […].
Ciertamente, acusaba a los jueces de alentar «la extraordinaria pretensión de que la fuerza y el espíritu del populacho son necesarios para hacer cumplir las leyes».[564] Pero si realmente se ponían en marcha las leyes, se aplicaban, sin excepción, contra pequeños delincuentes —pícaros locales o placeros que se embolsaban pequeños beneficios en transacciones sin importancia—, mientras que no afectaban a los grandes comerciantes y molineros.[565]
Así, tomando un ejemplo tardío, un juez de paz anticuado y malhumorado de Middlesex, J. S. Girdler, inició una campaña general de procesos contra esos transgresores en 1796 y 1800, con octavillas ofreciendo recompensa por información, cartas a la prensa, etc. Se impusieron condenas en varios Quarter Sessions, pero la cantidad ganada por los especuladores no sumaba más que diez o quince chelines. Podemos adivinar a qué tipo de culpables afectaban los procesos del juez por el estilo literario de una carta anónima que recibió:
Savemos que eres enemigo de Agricultores, Molineros, Arineros y Panaderos y de nuestro Comercio si no avria sido por mí y por otro tú hijo de perra uvieras sido asesinado hace mucho por ofrecer tus condenadas recompensas y perseguir Nuestro Comercio Dios te maldiga y arruine tú no bivirás para ver otra cosecha.[566]
A tradicionalistas compasivos como Girdler se unieron ciudadanos de variados rangos. Para la mayoría de los londinenses, cualquier persona que tuviera algo que ver con el comercio de granos, harina o pan resultaba sospechosa de todo tipo de extorsiones. Los grupos urbanos de presión eran, por supuesto, especialmente poderosos a mediados de siglo y presionaban en pro de que terminaran las primas a la exportación o de la prohibición de toda exportación en épocas de escasez. Pero Londres y las ciudades grandes abrigaban inmensas reservas de resentimiento, y algunas de las acusaciones más violentas vinieron de ese medio ambiente. Un cierto doctor Manning, en la década de 1750, publicó alegatos de que el pan era adulterado no solo con alumbre, tiza, blanqueadores y harina de fréjoles, sino también con cal muerta y albayalde. Más sensacional fue su afirmación de que los molineros mezclaban en la harina «bolsas de huesos viejos molidos»: «Los osarios de los muertos son hurgados, para agregar inmundicias a la comida de los vivos», o, como comentaba otro panfletista, «la época actual se está comiendo vorazmente los huesos de la anterior».
Las acusaciones de Manning fueron mucho más allá de los límites de la credibilidad. (Un crítico calculó que si se hubiera usado cal en la escala de sus alegatos, se hubiera utilizado más en los hornos de pan de Londres que en la industria de la construcción).[567] Además de alumbre, que se usaba en profusión para blanquear el pan, la manera más común de adulteración era probablemente una mezcla de harina rancia y estropeada con harina nueva.[568] Pero la población urbana tendía a creer que se practicaban adulteraciones aún más nocivas, y esta creencia contribuyó a una pelea, la «Shude-hill Fight» en Mánchester, en 1757, donde se creía que uno de los molinos atacados mezclaba «cereal, habichuelas, huesos, blanqueador, paja picada, incluso estiércol de caballo» en sus harinas, mientras que en otro molino la presencia de adulterantes peligrosos cerca de las tolvas (descubierta por la muchedumbre) produjo la quema de cribas y cedazos y la destrucción de las piedras de molino y las ruedas.[569]
Había otras áreas igualmente sensibles, donde las quejas de la multitud eran alimentadas por las de los tradicionalistas o por las de profesionales urbanos. Ciertamente, se puede sugerir que, si los motines o la fijación de precios por la muchedumbre actuaban de acuerdo a un modelo teórico consistente, este modelo era una reconstrucción selectiva del modelo paternalista, que tomaba de él todas aquellas características que más favorecían a los pobres y que ofrecían una perspectiva de grano barato.
Sin embargo, era menos generalizador que el punto de vista de los paternalistas. Los datos conservados en relación con los pobres muestran un mayor particularismo: son este molinero, aquel comerciante, esos agricultores que retienen el cereal, los que provocan la indignación y la acción. Sin embargo, este particularismo estaba animado por nociones generales de derechos que se nos revelan de forma más clara únicamente cuando examinamos la muchedumbre en acción; porque, en un sentido, la economía moral de la multitud rompió decisivamente con la de los paternalistas, puesto que la ética popular sancionaba la acción directa de la muchedumbre, mientras que los valores de orden que apuntalaban el modelo paternalista se oponían a ella categóricamente.