Costumbres en común
Introducción de Julio Martínez-Cava
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La economía de los pobres era todavía local y regional, derivada de una economía de subsistencia. El grano debía de ser consumido en la región en la cual se cultivaba, especialmente en épocas de escasez. La exportación en épocas de escasez suscitó un profundo malestar durante varias centurias. Un magistrado escribió lo siguiente en 1631, sobre un motín debido a la exportación, en Suffolk: «Ver cómo les es arrebatado su pan y enviado a extraños ha convertido la impaciencia de los pobres en furia y desesperación desenfrenadas».[570] En un informe muy gráfico sobre un motín en el mismo condado setenta y ocho años después (1709), un comerciante describió cómo «el populacho se alzó, él cree que eran unos cientos, y dijo que el grano no se debía sacar fuera de la ciudad»: «De entre el populacho algunos tenían alabardas; otros, palos y otros, cachiporras». Viajando hacia Norwich, en varios lugares de la ruta:
el populacho, sabiendo que él iba a cruzar cargado con grano, le dijo que no debería pasar por la ciudad, porque era un canalla y un traficante de grano, y algunos gritaron: «Tiradle piedras»; otros: «Tiradlo del caballo»; otros: «Golpeadlo, y aseguraos de que le habéis dado»; que él […] les preguntó qué les hacía sublevarse de ese modo inhumano para el perjuicio de ellos y del país, pero ellos seguían gritando que era un canalla y que iba a llevarse el grano a Francia.[571]
Exceptuando Westminster, las montañas o los grandes distritos de pastoreo, los hombres nunca estaban lejos del grano. La industria fabril estaba dispersa por el campo: los mineros del carbón marchaban a su trabajo junto a los campos de cereales; los trabajadores domésticos dejaban sus telares y talleres para recoger la cosecha. La susceptibilidad no se limitaba solo a las exportaciones al extranjero. Las áreas de exportación marginales eran especialmente sensibles, pues en ellas se exportaba poco cereal en años normales, pero, en épocas de escasez, los traficantes podían esperar un precio de ganga en Londres, que en consecuencia agravaba la escasez local.[572]
Los hulleros —de Kingswood, del bosque de Dean, de Shropshire, del noroeste— eran especialmente propensos a la acción en aquellos tiempos. Notoriamente, los mineros del estaño de Cornualles poseían una irascible conciencia de consumidores y una decidida inclinación a recurrir a la fuerza. «Nosotros tuvimos al demonio y todo lo demás que trae un motín en Padstow», escribió un gentleman de Bodmin en 1773, con una admiración mal disimulada:
Algunas personas han ido muy lejos en la exportación de grano […]. Setecientos u ochocientos mineros del estaño se unieron, y primero ofrecieron a los agentes de grano diez y siete chelines por veinticuatro galones de trigo, pero como les dijeran que no les darían nada, ellos inmediatamente rompieron y abrieron las puertas de la bodega y se llevaron todo lo que había allí sin dinero ni precio.[573]
El resentimiento más grande lo provocaron a mediados de siglo las exportaciones al exterior, por las que se pagaron primas. Se consideraba al extranjero como una persona que recibía cereal a precios a veces por debajo de los del mercado inglés, con la ayuda de subvenciones extraídas de los impuestos ingleses. De aquí que el rencor máximo recayese a veces sobre el exportador, que era visto como el hombre que busca ganancias privadas —y deshonestas— a expensas de sus compatriotas. A un agente de North Yorkshire, a quien dieron un chapuzón en el río en 1740, le dijeron que «no era mejor que un rebelde».[574] En 1783 se colocó un cartel en la cruz del mercado en Carlisle, que comenzaba así:
Peter Clemeseson y Moses Luthart esto es para daros una Advertencia de que debéis Abandonar vuestro Comercio ilegal o Morir y Maldita sea vuestra compra de grano para matar de hambre a los Pobres Habitantes de la Ciudad y Suburbios de Carlisle para mandarlo a Francia y recibir la Prima que Da la Ley por llevar el Grano fuera del País, pero por el Señor Dios Todopoderoso nosotros os daremos la Prima a Expensas de Vuestras Vidas, Malditos Canallas.
«Y si Alguna Taverna en Carlisle [continuaba el cartel] Os permite a ti o a Luthart guardar […] en sus casas el Grano sufrirán por ello».[575] Este sentimiento renació en los últimos años del siglo, especialmente en 1795, cuando circulaban rumores por el país de exportaciones secretas a Francia. Por otra parte, los años 1795 y 1800 conocieron de nuevo el renacer de una conciencia regional, tan vivida como la de cien años antes. Las carreteras fueron bloqueadas para impedir las exportaciones de la parroquia. Se detuvo a los carros y se descargaron en las ciudades por donde pasaban. El movimiento de grano en convoyes nocturnos asumió las proporciones de una operación militar:
Los carros crujen profundamente bajo sus pesadas cargas,
mientras siguen su oscuro curso por los caminos;
una rueda tras otra, en una temerosa procesión lenta,
con media cosecha, a sus destinos van […].
La expedición secreta, como la noche
que cubre sus intenciones, aún rehúye la luz
[…] mientras que el pobre labrador, cuando deja su lecho,
ve el inmenso granero tan vacío como su cobertizo.[576]
Se amenazó con destruir los canales.[577] Se asaltaron barcos en los puertos. Los mineros de la mina de carbón de Nook, cerca de Haverfordwest, amenazaron con cerrar el estuario en un punto angosto. Ni las gabarras de los ríos Severn y Wye se libraron del ataque.[578]
La indignación podía inflamarse también contra un comerciante cuyas obligaciones con un mercado foráneo interrumpían los suministros regulares de la comunidad local. En 1795, un agricultor y tabernero acaudalado, próximo a Tiverton, se quejó al Ministerio de la Guerra de asambleas desordenadas «que amenazan con tirar abajo o quemar su casa porque recibe mantequilla de sus vecinos agricultores y lecheros, para enviarla con el carro por el camino vecinal, que pasa por su puerta, a […] Londres».[579] En Chudleigh (Devon), en el mismo año, la muchedumbre destrozó la maquinaria de un molinero que dejó de suministrar harina a la comunidad local porque había sido contratado por el Departamento de Avituallamiento de la Armada para hacer galletas para los barcos: esto originó (dice el interesado en una frase reveladora) «la Idea de que a echo [sic] mucho daño a la Comunidad».[580] Treinta años antes un grupo de comerciantes londinenses necesitó de la protección del ejército para sus depósitos de queso situados a lo largo del río Trent:
Los depósitos […] en peligro por los mineros amotinados no son propiedad de ningún monopolizador, sino de un numeroso cuerpo de traficantes de queso, y absolutamente necesarios para la recepción del queso, para transportarlo a Hull, y que desde allí se flete para Londres.[581]
Estos agravios se relacionan con la queja, ya observada, con respecto a la retirada de mercancías del mercado público a medida que los comerciantes se alejaban de Londres y concurrían con mayor frecuencia a los mercados provinciales, podían ofrecer precios y comprar en grandes cantidades que provocaban en los agricultores un sentimiento de molestia al tener que atender los pequeños pedidos de los pobres. «Ahora no es negocio para el agricultor —escribía Davies en 1795— vender grano por bushel al por menor a este o aquel pobre; excepto en algunos lugares determinados, y como favor, a sus propios trabajadores». Y donde los pobres cambiaban su demanda de grano por la de harina, la historia era muy parecida:
Ni el molinero ni el harinero venderán al trabajador una cantidad menor a un saco de harina por debajo del precio al por menor a que se vende en las tiendas, y el bolsillo del pobre pocas veces podrá permitirle comprar todo un saco de una sola vez.[582]
De aquí que el trabajador se viese empujado a la pequeña tienda al por menor, donde los precios eran más elevados.[583] Los viejos mercados decayeron o, donde se mantuvieron, cambiaron sus funciones. Si un cliente intentaba comprar un solo queso o un pedazo de tocino —escribía Girdler en 1800— «está seguro de que le contestan con un insulto, y le comunican que todo el lote ha sido comprado por algún contratista londinense».[584]
Como expresiva de estos agravios —que algunas veces ocasionaron un motín— podemos tomar una carta anónima dejada en 1795 a la puerta del alcalde de Salisbury:
Caballeros de la Corporación, yo les ruego pongan fin a esta práctica que se utilizan Rook y otros trajinantes en nuestros mercados al darles la libertad de entrometerse en el mercado en todo de tal manera que los habitantes no pueden comprar un solo artículo sin ir a parar para ello al comerciante y pagar precios extorsionantes que ellos creen apropiados y aun avasallar a la gente como si esta no mereciera ser tenida en consideración. Pero pronto les llegará su fin, tan pronto como los soldados hayan salido de la ciudad.
Se pidió a la corporación que ordenara a los trajinantes que salieran del mercado hasta que la gente del pueblo hubiera sido atendida, «y no permitáis a los carniceros mandar la carne fuera en reses enteras, sino obligadlos a cortarla en el mercado y atender a la ciudad primero». La carta informa al alcalde de que más de trescientos ciudadanos han «jurado positivamente ser fieles los unos a los otros para la destrucción de los trajinantes».[585]
Donde los trabajadores podían comprar cereales en pequeñas cantidades, podían surgir graves problemas sobre pesos y medidas. «Somos exhortados en el Evangelio de San Lucas: Dad y se os dará, buena medida, apretada, remecida, desbordante será la que os echarán en vuestro seno». Esto no era, desgraciadamente, la práctica que seguían todos los agricultores y comerciantes en la Inglaterra protestante. Un decreto de Carlos II había incluso dado a los pobres el derecho de sacudir la medida de harina; tan valioso era el grano del pobre que una pérdida en la medida podía significar la diferencia de pasar un día sin hogaza. El mismo decreto intentó, con una total falta de éxito, imponer la medida de Winchester, como patrón nacional. Una gran diversidad de medidas, que variaban incluso dentro de los límites de un mismo condado de un mercado ciudadano a otro, daba abundantes oportunidades para pequeñas ganancias. Las antiguas medidas eran generalmente mayores —algunas veces mucho mayores— que la de Winchester; a veces eran preferidas por los agricultores o comerciantes, pero más a menudo lo eran por los clientes. Un observador comentó que «las clases más bajas la detestaban [la medida de Winchester], por lo pequeño de su contenido, y los comerciantes […] los instigaban a ello, siendo su interés mantener toda aquella incertidumbre con respecto a los pesos y las medidas».[586]
Los intentos de cambiar la medida encontraron muchas veces resistencia y, ocasionalmente, dieron lugar a motines. Una carta de un minero de Clee Hill (Shropshire) a un «Compañero de Infortunio» declaraba:
El Parlamento para nuestro alivio para ayudarnos a morir de hambre va a reducir nuestras medidas y pesos al nivel más bajo. Somos alrededor de diez mil personas conjuradas y listas en todo momento. Y queremos que toméis las armas y chafarotes y juréis ser fieles los unos a los otros […]. No tenemos más que una vida que perder y no vamos a morir de hambre.[587]
Unas cartas a agricultores de Northiam (Sussex) advertían:
Caballeros, todo lo que deseo es que toméis esto como una advertencia a todos vosotros para que dejéis los pequeños bushels y toméis la antigua medida nuevamente porque si no lo hacéis habrá una gran compañía que quemará la medida pequeña cuando vosotros estéis en la cama y dormidos y vuestros graneros y almiares y a vosotros también con ellos.[588]
Un colaborador de los Annals of Agriculture de Hampshire explicó en 1795 que los pobres
han concebido erróneamente la idea de que el precio del grano ha aumentado por la última reforma del bushel de nueve galones a la medida de Winchester, habiendo pasado esto en un momento en que subían los precios en el mercado, por lo cual se pagó igual cantidad de dinero por ocho galones que la que se solía pagar por nueve […].
Confieso —continúa— que tengo una predilección indudable por la medida de nueve galones, porque es la medida más aproximada a un bushel de harina; y, por consiguiente, el pobre es capaz de juzgar qué es lo que debe pagar por un bushel de harina, lo cual, en la medida presente, requiere más aritmética de la que él puede conocer.[589]
Aun así, las nociones aritméticas del pobre podían no haber sido tan erróneas. Los cambios en las medidas, como los cambios en la moneda decimal, tendían por arte de magia a desfavorecer al consumidor.
Si los pobres compraban (a fines de siglo) menos cantidad de grano en el mercado público, esto indicaba también el ascenso hacia una condición de mayor importancia del molinero. El molinero ocupó, durante muchos siglos, un lugar en el folclore popular tan pronto envidiable como lo contrario. Por un lado, se le consideraba un libertino fabulosamente afortunado, cuyas proezas se perpetúan aún quizá en el sentido vernáculo de la palabra «moler». Quizá lo adecuado del molino de pueblo, oculto en un lugar apartado del río, al cual las mujeres y doncellas del pueblo traían su grano para molerlo; quizá también su poder sobre los medios de subsistencia; quizá su condición social en el pueblo, que le convertía en un buen partido; todo pudo haber contribuido a la leyenda:
Una joven moza vigorosa tan vigorosa y alegre
fue al molino un día […].
Traigo un celemín de grano para moler
solo puedo quedarme un momento.
Ven siéntate, dulce y hermosa querida mía,
no puedo moler tu grano, me lo temo,
mis piedras están altas y el agua baja,
no puedo moler pues el molino no anda.
Entonces ella se sentó sobre un saco,
hablaron de esto y aquello,
hablaron de amor, y de que era agradable.
Ella pronto descubrió que el molino molería.[590], [591]
Por otro lado, la reputación del molinero era menos envidiable. «¡Amar! —exclama Nellie Dean en Cumbres borrascosas— ¡Amar! ¿Oyó alguien alguna vez cosa parecida? Podía también hablar de amar al molinero que viene una vez al año a comprar nuestro grano». Si creemos todo lo que se ha escrito sobre él en estos años, la historia del molinero ha cambiado poco desde el «Cuento de Reeves», de Chaucer. Pero mientras que al pequeño molinero rural se le acusaba de costumbres típicamente medievales —recipientes excesivamente grandes para recolectar el impuesto en especie, harina oculta en las cajas de las piedras, etc.—, a su duplicado, el molinero más importante, se le acusaba de agregar nuevos y mucho más osados desfalcos:
Antes robaba con discreción,
pero ahora es un ladrón escandaloso.[592]
En un extremo aún tenemos el pequeño molino rural exigiendo impuestos de acuerdo a su propia costumbre. El impuesto se podía cobrar en harina (siempre de «la mejor de las harinas, y de la harina más fina que está en el centro de la tolva»), y como la proporción no variaba con las fluctaciones de precios, era una ventaja para el molinero si los precios eran altos. Alrededor de los pequeños molinos que exigían impuestos (aun donde el impuesto había sido conmutado por pagos en dinero) las injusticias se multiplicaban y había intentos espasmódicos de regulación.[593] Desde que los molineros se dedicaron con mayor intensidad al comercio, y a moler el grano por su propia cuenta para los panaderos, tenían poco tiempo para los pequeños clientes (con un saco o dos de grano espigado); de aquí tardanzas sin fin; y de aquí también que, cuando se devolvía la harina al cliente, podía ser el producto de otro grano de calidad inferior. (Hubo quejas de que algunos molineros compraban a mitad de precio grano dañado y que lo mezclaban con el grano de sus clientes).[594] Al transcurrir el siglo, el paso de muchos molinos a fines industriales colocó a los pequeños molinos de trigo supervivientes en una posición más ventajosa. Y en 1796 estas injusticias se hicieron sentir con suficiente fuerza como para permitir a sir Francis Bassett presentar la Miller’s Toll Bill (Ley de Impuestos del Molinero), que intentaba regular más estrictamente sus prácticas de pesos y medidas.[595]
Sin embargo, estos molineros eran, por supuesto, la gentecilla del siglo XVIII. Los grandes molineros del valle del Támesis y de las grandes ciudades respondían a un tipo diferente de empresarios que comerciaban ampliamente en harina y malta. A los molineros no les afectaba la Tasa del Pan (Assize of Bread), y podían hacer repercutir inmediatamente sobre el consumidor cualquier alza en el precio del grano. Inglaterra tenía también, en el siglo XVIII, sus banalités menos conocidas, incluyendo esos vestigios extraordinarios, los molinos con derechos señoriales, que ejercían un monopolio absoluto en el molino de grano (y venta de harina) en centros fabriles importantes, entre ellos Mánchester, Bradford y Leeds.[596] En la mayoría de los casos los feudatarios que poseían los derechos señoriales por la utilización del molino, los vendían o arrendaban a especuladores privados. Más tormentosa aún fue la historia de los molinos escuela en Mánchester, cuyos derechos señoriales eran destinados a dotación caritativa para mantener la escuela secundaria. Dos arrendatarios de estos derechos, poco populares, inspiraron en 1737 los versos del doctor Byrom:
Huesos y Piel eran dos molineros flacos,
que mataban de hambre a la ciudad, o andaban cerca de ello;
pero sepan, Piel y Huesos,
que carne y sangre no pueden soportarlo.[597]
Cuando, en 1757, los nuevos arrendatarios quisieron prohibir la importación de harina a la ciudad en desarrollo, mientras que al mismo tiempo manejaban sus molinos (se alegaba) con extorsión y demora, la carne y la sangre no pudieron realmente soportarlo por más tiempo. En la famosa «pelea de la colina Shud» de ese año, por lo menos cuatro hombres fueron muertos a tiros de mosquete, pero finalmente se abolieron los derechos de molienda.[598] E incluso en donde no obtenían este tipo de derechos, un molino podía igualmente dominar a una populosa comunidad, y podía provocar la furia popular por un aumento repentino en el precio de la harina o un deterioro evidente de su calidad. Los molinos fueron el blanco visible y tangible de algunos de los motines urbanos más serios del siglo. Los molinos de Albion en el puente de Blackfriars (los primeros molinos de vapor de Londres) eran gobernados por un sindicato cuasifilantrópico; sin embargo, cuando se quemaron en 1791, los londinenses bailaron y cantaron baladas de júbilo en las calles.[599] El primer molino de vapor de Birmingham (Snow Hill) no lo pasó mejor, pues fue blanco de un ataque masivo en 1795.
Puede parecer a primera vista muy curioso que tanto los comerciantes como los molineros continuaran figurando entre los objetivos de los motines de fines de siglo, cuando en muchos puntos de las Midlands y del sur (y seguramente en áreas urbanas) la clase obrera se había acostumbrado a comprar pan en las panaderías, más que grano o harina en los mercados. No sabemos lo bastante para hacer un gráfico del cambio con exactitud, y seguramente se siguió cociendo el pan en las casas en gran medida.[600] Pero aun donde el cambio fue completo, no se debe subestimar la complejidad de la situación ni los objetivos de la multitud. Hubo, por supuesto, muchísimos pequeños motines frente a las panaderías, y muchas veces la multitud «fijaba el precio» del pan. Pero el panadero (cuyo trabajo en tiempos de precios altos puede haber sido muy poco envidiable) era el único que, entre todos los que bregaban con las necesidades de la gente (terratenientes, agricultores, arrieros y molineros), se hallaba en contacto diario con el consumidor y se encontraba más protegido que cualquiera de los demás por la visible insignia del paternalismo. El Assize of Bread limitó clara y públicamente sus beneficios legítimos (tendiendo también de este modo a dejar el comercio de panadería en manos de numerosos pequeños comerciantes con poco capital) protegiéndolos así, hasta cierto punto, de la cólera popular. Incluso Charles Smith, el hábil exponente del libre comercio, pensaba que la continuación del Assize era oportuna: «En pueblos y ciudades grandes siempre será necesario establecer el Assize, para convencer al pueblo de que el precio que exigen los panaderos no es más que lo que creen razonable los magistrados».[601]
El efecto psicológico del Assize fue, por ello, considerable. El panadero no podía tener esperanza de aumentar sus beneficios por encima de la cantidad calculada en el Assize más que con pequeñas estratagemas, algunas de las cuales —como el pan de peso escaso, adulteración, mezcla de harinas baratas y dañadas— estaban sujetas a rectificaciones legales o a recibir represalias instantáneas de la multitud. El panadero, ciertamente, tenía a veces que atender a sus propias relaciones públicas, incluso hasta el extremo de tener que poner a la multitud a su favor: cuando Hannah Pain, de Kettering, se quejó a los alguaciles sobre la escasez de peso del pan, el panadero «levantó al populacho contra ella […] y dijo que merecía ser azotada, pues ya había suficientes heces de la sociedad de este tipo».[602] Muchas corporaciones, a lo largo del siglo, hicieron un gran espectáculo de la supervisión de pesos y medidas, y del castigo de los transgresores.[603] El «Justice Overdo» de Ben Jonson estaba todavía ocupado en las calles de Reading, Coventry o Londres:
Alegre, entra en todas las cervecerías y baja a todos los sótanos; mide las tortas […], pesa las hogazas de pan en su dedo corazón […], da las tortas a los pobres, el pan al hambriento, las natillas a sus niños.
Dentro de esta tradición encontramos a un magistrado de Londres, en 1795, que, llegando al escenario de un motín en Seven Dials, donde la multitud estaba ya demoliendo una panadería acusada de vender pan de peso escaso, intervino, se apoderó de las mercancías del panadero, pesó las hogazas y, encontrándolas realmente deficientes de peso, las distribuyó entre la multitud.[604]
Sin duda los panaderos, que conocían a sus clientes, se quejaban a veces de su impotencia para reducir los precios y dirigían a la multitud hacia el molino o el mercado de granos. «Después de vaciar muchas panaderías —relataba el molinero de Snow Hill, Birmingham, refiriéndose al ataque de 1795—, vinieron en grandes grupos contra nosotros».[605] Pero en muchos casos la multitud elegía claramente sus propios blancos, eludiendo deliberadamente a los panaderos. Así en 1740 en Norwich la gente «fue a casa de cada uno de los panaderos de la ciudad, y fijó una nota en su puerta con estas palabras: “Trigo a Diez y Seis Chelines la Rastra”». En el mismo año en Wisbeach obligaron a «los comerciantes a vender trigo a cuatro peniques el bushel […], no solo a ellos, sino también a los panaderos, donde ellos regulaban los pesos y precios del pan».[606]
Pero a esta altura está claro que estamos tratando con un modelo de acción mucho más complejo que el que se puede explicar satisfactoriamente por un encuentro cara a cara entre el populacho y molineros determinados, comerciantes o panaderos. Es necesario dibujar una imagen más amplia de las acciones de la multitud.
V
Se ha sugerido que el término «motín» representa un instrumento de análisis tosco para muchos de los agravios y circunstancias concretos. Es también un término impreciso para describir los movimientos populares. Si buscamos la fórmula característica de la acción directa, deberíamos tomar no las disputas en las panaderías en las afueras de Londres, ni aun las grandes refriegas provocadas por el descontento contra los grandes molineros, sino los «levantamientos populares» (muy especialmente, los de 1740, 1756, 1766, 1795 y 1800), en los cuales los mineros del carbón y del estaño, los tejedores y operarios de calcetería fueron quienes se destacaron. Lo extraordinario en estas «insurrecciones» es, en primer lugar, su disciplina y, en segundo lugar, el hecho de que exhiben un modelo de conducta cuyo origen debemos buscar unos cientos de años atrás; que más bien gana complejidad en el siglo XVIII; que se repite, aparentemente de manera espontánea, en diferentes puntos del país y después del transcurso de muchos años tranquilos. La acción central en este modelo no es el saqueo de graneros ni el robo de grano o harina, sino el acto de «fijar el precio».
Lo extraordinario de este modelo es que reproduce, a veces con gran precisión, las medidas de emergencia en épocas de escasez, cuya función, entre los años 1580 y 1630, fue codificada en el Book of Orders.
Estas medidas de emergencia se emplearon en épocas de escasez en los últimos años del reinado de Isabel I, y se pusieron en vigor, en forma un tanto revisada, durante el reinado de Carlos I, en 1630. Durante el reinado de Isabel I se exigía a los magistrados la asistencia a los mercados locales,
y donde encuentre que es insuficiente la cantidad traída para abastecer y atender a dichos mercados y especialmente a las clases más pobres, se dirigirá a las casas de los agricultores y otros dedicados a la labranza […] y verá qué depósitos y provisiones de grano han retenido tanto trillado como no trillado.
Podían entonces ordenar a los agricultores mandar «cantidades convenientes» al mercado, para ser vendidas, «y esto a precio razonable». Los alguaciles adquirieron luego autoridad para «establecer un cierto precio por bushel de toda clase de grano».[607] La reina y su consejo opinaban que los altos precios se debían en parte a los monopolistas y en parte a la «avaricia» de los cultivadores de grano, quienes «no están satisfechos con ninguna ganancia moderada, sino que buscan y proyectan medios de mantener altos los precios con la consiguiente manifiesta opresión de la clase más pobre». Las órdenes se deben imponer «sin ninguna parcialidad que perdone a ningún hombre».[608]
En esencia, pues, el Book of Orders otorgaba a los magistrados el poder (con la ayuda de tribunales locales) de inspeccionar las existencias de cereales en cámaras y graneros,[609] de ordenar el envío de ciertas cantidades al mercado y de imponer con severidad todas las normas de la legislación sobre licencias y acaparamiento. No se podía vender grano fuera del mercado público, «salvo a algunos pobres artesanos o jornaleros de la parroquia en que viven, que no pueden llegar convenientemente a las ciudades con mercado». Las Ordenanzas de 1630 no facultaban explícitamente a los alguaciles para fijar el precio, pero les ordenaban asistir al mercado y asegurarse de que «se proveía a los pobres de los granos necesarios […] con tanta conveniencia en los precios como se pudiera obtener por medio de la persuasión más enérgica de los alguaciles». El poder de fijar el precio del grano o la harina quedaba, en casos de emergencia, a mitad de camino entre la imposición y la persuasión.[610]
Esta legislación de emergencia se fue desmoronando durante las guerras civiles.[611] Pero la memoria popular, especialmente en una sociedad analfabeta, es extraordinariamente larga. Poca duda cabe de que hay una tradición directa que se extiende desde el Book of Orders de 1630 a los movimientos de los trabajadores pañeros en el este y oeste de Inglaterra durante el siglo XVIII. (La persona instruida también tiene recuerdos muy profundos: el propio Book of Orders se volvió a publicar, extraoficialmente, en 1662, y nuevamente en 1758, con un discurso preliminar para el lector que se refería a la actual «alianza perversa para producir la escasez»).[612]
Las ordenanzas mismas eran en parte una respuesta a las presiones de los pobres:
El Grano es tan caro
Que no dudo que muchos morirán de hambre este año.
Así decía una copla fijada a la entrada de la iglesia en la parroquia de Wye (Kent) en 1630:
Si no os ocupáis de esto
algunos de vosotros vais a pasarlo mal.
Nuestras almas nos son caras, de nuestro cuerpo tenemos algún cuidado.
Antes de levantarnos
menos cantidad será suficiente […].
Vosotros que estáis establecidos
mirad de no deshonrar vuestras profesiones.[613]
Ciento treinta años después (1768) se clavaron nuevamente hojas incendiarias en las puertas de las iglesias (así como en las enseñas de las posadas) de parroquias dentro del mismo contorno de Scray, en Kent, incitando a los pobres a sublevarse.[614] Pueden observarse muchas continuidades semejantes, aunque sin duda el modelo de acción directa se extendió a nuestros distritos en el siglo XVIII. En muchas ocasiones, en las antiguas regiones fabriles del este y el oeste, la multitud sostuvo que, puesto que las autoridades se negaban a imponer «las leyes», tenían que imponerlas por sí mismos. En 1693, en Banbury y Chipping Norton la multitud «sacó el grano a la fuerza de los carros, cuando se lo llevaban los acaparadores, diciendo que estaban resueltos a ejecutar las leyes, ya que los magistrados no se ocupaban de hacerlo».[615] Durante los desórdenes que se extendieron por el oeste en 1766 el sheriff de Gloucestershire, un pañero, no pudo ocultar su respeto por los amotinados, los cuales
fueron […] a una casa de labranza y atentamente expresaron su deseo de que se trillara y llevara al mercado el trigo y se vendiera en cinco chelines por bushel, prometido lo cual y habiéndoles dado algunas provisiones sin solicitarlas, se marcharon sin la menor violencia u ofensa.
Si seguimos otros pasajes del relato del sheriff, podemos encontrar la mayor parte de las características que presentan estas acciones:
El viernes pasado, al toque de trompeta, se puso en pie una muchedumbre compuesta toda ella de la gente más baja, como tejedores, menestrales, labradores, aprendices y chicos, etc.
«Se dirigieron a un molino harinero que está cerca del pueblo […], abrieron los costales de harina y la repartieron y se la llevaron y destruyeron el grano, etc.». Tres días después envió otro informe:
Visitaron a agricultores, molineros, panaderos y tiendas de buhoneros, vendiendo grano, harina, pan, queso, mantequilla y tocino a sus propios precios. En general devolvieron el producto (es decir, el dinero) a los propietarios o en ausencia de ellos dejaron el dinero; y se comportaron con gran regularidad y decencia donde no encontraron oposición, con desenfreno y violencia donde la encontraron; pero saquearon muy poco, para evitar lo cual no permiten ahora a las mujeres y a los muchachos que les acompañen.
Después de visitar los molinos y mercados en los alrededores de Gloucester, Stroud y Cirencester, se dividieron en grupos de cincuenta y cien y visitaron las aldeas y fincas pidiendo que se llevara el grano al mercado a precios justos y entrando a la fuerza en los graneros. Un grupo grande visitó al sheriff en persona, soltaron sus porras mientras les hablaba de sus delitos, escucharon con paciencia, «gritaron alegremente Dios Salve al Rey» y después recogieron sus porras y volvieron a la buena labor de fijar el precio. El movimiento tuvo en parte el carácter de huelga general de todo el distrito textil: «Los amotinados entraron en nuestros talleres […] y forzaron a salir a todos los hombres quisieran o no unirse a ellos».[616]
Fue este un movimiento extraordinariamente disciplinado y a gran escala. Pero el relato nos lleva a observar características que se encuentran repetidamente. Así, el movimiento de la multitud desde el mercado hacia los molinos y de allí (como en el Book of Orders) a las fincas, donde se inspeccionaban las existencias y se ordenaba a los agricultores enviar el grano al mercado al precio dictado por la multitud: todo esto se encuentra habitualmente. Ello iba a veces acompañado de la tradicional ronda de visitas a las residencias de las personas importantes para pedir contribuciones, forzadas o voluntarias. En Norwich, en 1740, la multitud, después de obligar a la baja de precios en la ciudad y de apoderarse, en el río, de una barcaza cargada de trigo y centeno, pidió contribuciones a los ricos de la ciudad:
El martes por la mañana temprano, se reunieron nuevamente, al toque de los cuernos; y después de una breve confabulación, se dividieron en grupos y salieron del pueblo por diferentes puertas, llevando delante de ellos un largo cartel que proponía visitar a los caballeros y agricultores de las aldeas vecinas, para exigirles dinero, cerveza fuerte, etc. En muchos lugares, donde la generosidad de la gente no respondía a sus expectaciones, se dice que mostraron su resentimiento pisoteando el grano de los campos.
Las multitudes, en su deambular con el propósito de inspeccionar, se mostraron muy activas durante este año, especialmente en Durham y Northumberland, el West Riding y varias zonas del norte de Gales. Los manifestantes en contra de la exportación, que salieron de Dewsbury (abril de 1740), iban encabezados por un tamborilero y «algo parecido a una enseña o bandera»; realizaron un recorrido regular por los molinos locales, destruyendo maquinaria, cortando sacos y llevándose grano y harina. En 1766, la multitud que recorría el valle del Támesis en acto de inspeccionar se bautizó a sí misma con el nombre de «los Reguladores»; un agricultor aterrorizado les permitió dormir en la paja de su corral y «pudo oír desde su aposento que hablaban entre sí sobre a quién habían asustado más y dónde habían tenido mejor fortuna». El modelo continúa en la década de 1790: en Ellesmere (Shropshire) la multitud detuvo el grano que era conducido a los molinos y amenazó individualmente a los agricultores; en el bosque de Dean los mineros visitaron los molinos y las viviendas de los agricultores, exigiendo dinero «a las personas que encontraban en la carretera»; en el oeste de Cornualles los mineros del estaño visitaron las fincas con un dogal en una mano y en la otra un acuerdo escrito de llevar el grano a precios reducidos al mercado.[617]
Lo notable es la moderación, más que el desorden. Y no cabe la menor duda de que estas acciones eran aprobadas por un consenso popular abrumador; se siente la profunda convicción de que los precios deben ser regulados en épocas de escasez y de que los explotadores se excluyen a sí mismos de la sociedad. En ocasiones, la multitud intentaba por persuasión o por fuerza atraerse a un magistrado, un jefe de la policía de la parroquia o a algún otro representante de la autoridad, para presidir la taxation populaire. En 1766 en Drayton (Oxfordshire) miembros de un tropel fueron a casa de John Lyford «y le preguntaron si era jefe de policía; al contestar “Sí”, Cheer le dijo que debía acompañarlos a la Cruz y recibir el dinero de tres sacos de harina que habían tomado de una tal Betty Smith y que venderían a cinco chelines el bushel»; la misma muchedumbre se agenció al jefe de policía de Abingdon para el mismo servicio. El jefe de policía de Handborough (también en Oxfordshire) fue requerido de manera similar, en 1795; la multitud fijó un precio —y un precio considerable— de cuarenta chelines el saco de un carro de harina que había sido interceptado, y le fue entregado el dinero correspondiente a no menos de quince sacos. En la isla de Ely, en el mismo año, «el populacho insistió en comprar carne a 4 peniques la libra, y pidieron al señor Gardner, un magistrado, que supervisara la venta, como había hecho el alcalde en Cambridge el sábado por la noche». Y también en 1795 hubo un cierto número de ocasiones en que la milicia o las tropas regulares supervisaron ventas forzadas, algunas veces a punta de bayoneta, mientras sus oficiales miraban resueltamente hacia otro lado. Una operación combinada de soldados y muchedumbre forzó al alcalde de Chichester a acceder a fijar el precio del pan. En Wells, miembros del 122.º Regimiento empezaron
por abuchear a los que ellos denominaban acaparadores o traficantes de mantequilla, a quienes persiguieron en distintas partes del pueblo; se apoderaron de la mantequilla; la reunieron toda; le pusieron centinelas; y después la echaron, y la mezclaron en una cuba; y después la vendieron al por menor, pesándola en balanzas y vendiéndola al precio de 8 peniques la libra […] aunque el precio normal que le daban los intermediarios era algo más de 10 peniques.[618]
Sería absurdo sugerir que, cuando se abría una brecha tan grande en los muros del respeto, muchos no aprovechasen la oportunidad para llevarse mercancías sin pagar. Pero existen abundantes testimonios de lo contrario, y algunos son impresionantes. Está el caso de los encajeros de Honiton que, en 1766, quitaron el grano a los agricultores, lo vendieron en el mercado a precio popular y devolvieron a los agricultores no solo el dinero, sino también los sacos; la muchedumbre de Oldham, en 1800, que racionó a cada comprador a dos celemines por cabeza, y las muchas ocasiones en que se detenían los carros en la carretera, se vendía su contenido y se confiaba el dinero al carretero.[619]
Más aún, en aquellos casos en que se tomaban las mercancías sin pagarlas, o en que se cometían actos de violencia, sería prudente averiguar si el caso presenta alguna circunstancia particular agravante. Esta distinción se hace en el informe de una acción llevada a cabo en Portsea (Hampshire) en 1795. Los panaderos y carniceros fueron los primeros a quienes la multitud ofreció los precios por ella fijados; «a los que se amoldaron a estas exigencias se les pagó con exactitud», pero los que se negaron vieron sus tiendas desvalijadas, «sin recibir más dinero que el que quiso dejar el populacho». Los canteros de Port Isaac (Cornualles), en el mismo año, se apoderaron de la cebada almacenada para la exportación, pagando un precio razonablemente alto de once peniques el bushel, advirtiendo al mismo tiempo al propietario que «si pretendía transportar el remanente vendrían y lo tomarían sin compensación alguna». Con frecuencia aparecen motivaciones de castigo o venganza. El gran motín de Newcastle de 1740, en que los mineros y los bateleros irrumpieron en el ayuntamiento, destruyeron los libros, se repartieron el contenido de las arcas municipales y arrojaron barro y piedra a los concejales, se produjo tan solo a consecuencia de dos provocaciones: primero, tras romperse un acuerdo entre los dirigentes de los mineros y los comerciantes (en el que actuó un concejal como árbitro), acuerdo que fijaba los precios del grano; segundo, cuando representantes de la autoridad, aterrorizados, dispararon contra la multitud desde las escaleras del ayuntamiento. En 1766, en Gloucestershire, se dispararon tiros contra la multitud desde una casa, lo cual, escribe el sheriff,
les molestó tanto que entraron por la fuerza en la casa, y destruyeron todos los muebles, ventanas, etc., y quitaron parte de las tejas; después reconocieron que se arrepentían mucho de este acto porque no era el dueño de la casa (que estaba fuera) el que había disparado contra ellos.
En 1795 los mineros del estaño organizaron un ataque contra un comerciante de Penryn (Cornualles) que había sido contratado para enviarles cebada, pero que les había mandado grano estropeado y en germinación. Cuando se atacaba a los molinos, y se estropeaba la maquinaria, era a menudo como consecuencia de una advertencia prolongada que no había sido escuchada o como castigo a alguna práctica escandalosa.[620]
Realmente, si deseamos poner en duda la visión no lineal y espasmódica del motín de subsistencias, no tenemos más que apuntar hacia este tema continuado de la intimidación popular, en el que hombres y mujeres a punto de morir de inanición atacaban, no obstante, molinos y graneros, no para robar el alimento, sino para castigar a los propietarios. Repetidamente, se derramaban el grano o la harina a lo largo de carreteras y setos, se arrojaban al río, se estropeaba la maquinaria y se abrían las compuertas del molino. Ante ejemplos de un comportamiento tal, las autoridades reaccionaban tanto con indignación como con asombro. Era un comportamiento (en su opinión) sintomático del estado de ánimo «frenético» y destemplado de una gente cuyo cerebro estaba excitado por el hambre. En 1795, tanto el justicia mayor como Arthur Young dirigieron discursos a los pobres en los que se destacaba que la destrucción del grano no era el mejor medio de mejorar el suministro de pan. Hannah More añadió una «Homilía de Medio Penique». Un versificador de 1800 nos da un ejemplo bastante más vivo de estas amonestaciones a las clases bajas:
Cuando pasas las horas con tus amigos del campo,
y tomas, con la abundancia que quieras, el vaso desbordante,
cuando todo se vuelve tranquilo, si oyes por casualidad
«que son los acaparadores los que encarecen tanto el grano;
que necesitan y conseguirán pan: ya han comido bastante
arroz y sopa, y engrudos por el estilo:
lo tomarán sin pedirlo y se esforzarán por la fuerza y la violencia
en vengarse de estos ladrones de granos»:
John jura que luchará mientras le quede aliento,
«es mejor ser colgado que morir de hambre:
quemará el granero del señor Hoardum, eso hará,
sofocará al viejo Filchbag, y destruirá su molino».
Y cuando preparen la púa y la horca
y todos los útiles de la guerra rústica […]
háblales de los males que acompañan los actos ilegales,
acciones que, comenzadas en la ira, terminan en dolor,
que quemar pajares y destruir molinos
no producirá grano ni llenará los estómagos.[621]
¿Pero eran realmente tan ignorantes los pobres? Uno sospecha que los molineros y comerciantes que estaban ojo avizor con respecto a la gente y al tiempo procuraban elevar al máximo sus beneficios, conocían mejor las circunstancias que los poetastros sentados en sus escritorios. Pues los pobres tenían sus propias fuentes de información. Trabajaban en los puertos. Transportaban las barcazas a lo largo de los canales. Conducían los carros y manejaban las barreras de peaje. Trabajaban en los graneros y molinos… Con frecuencia conocían los hechos locales mucho mejor que la gentry, en muchas acciones fueron derechos a las provisiones de grano escondidas cuya existencia habían negado, de buena fe, los jueces de paz. Si es cierto que los rumores iban muchas veces más allá de todo límite, tenían siempre al menos su raíz en una ligera base de realidad. Los pobres sabían que la única forma de someter a los ricos era retorcerles el brazo.
VI
Las iniciadoras de los motines eran, con frecuencia, las mujeres. Sabemos que en 1693 una gran cantidad de mujeres se dirigieron al mercado de Northampton, con «cuchillos escondidos en sus corpiños para forzar la venta del grano según su propia evaluación». En un motín contra la exportación en 1737, en Poole (Dorset), se informó de que «los grupos se componen de muchas mujeres, y los hombres las apoyan, y juran que si alguien se atreve a molestar a alguna de las mujeres en sus acciones, ellas pueden levantar un gran número de hombres y destruir tanto barcos como cargamentos». El populacho fue alzado, en Stockton (Furham) en 1740, por una «señora con un palo y un cuerno». En Haverfordwest (Pembroke), en 1795, un anticuado juez de paz que intentó, con ayuda de un subalterno, luchar con los mineros del carbón, se quejó de que «las mujeres incitaban a los hombres a la pelea, y eran perfectas furias. Recibí algunos golpes de alguna de ellas sobre mis espaldas». Un periódico de Birmingham describía los motines de Snow Hill como obra de «una chusma, incitada por furiosas mujeres». En docenas de casos ocurre lo mismo: las mujeres apedreando a un comerciante poco popular con sus propias patatas, o combinando astutamente la furia con el cálculo de que eran algo más inmunes que los hombres a las represalias de las autoridades; «Las mujeres dijeron a los hombres del vulgo —dijo el magistrado de Haverfordwest refiriéndose a los soldados— que ellas sabían que las tenían en sus corazones y que no les harían ningún daño».[622]
Estas mujeres parecen haber pertenecido a una prehistoria de su sexo anterior a la Caída, y no haber tenido conciencia de que debían haber esperado unos doscientos años para su liberación. (Southey podía escribir, como lugar común, en 1807: «Las mujeres están más dispuestas a amotinarse: tienen menos temor a la ley, en parte por ignorancia y en parte porque abusan del privilegio de su sexo, y por consiguiente en todo tumulto público sobresalen en violencia y ferocidad»).[623] Eran también, por supuesto, las más involucradas en la compra y venta cara a cara, las más sensibles a la trascendencia del precio, las más experimentadas en detectar el peso escaso o la calidad inferior. Es probable que con mucha frecuencia las mujeres precipitaran los movimientos espontáneos, pero otros tipos de acciones se preparaban con más cuidado. Algunas veces se clavaban carteles en las puertas de iglesias o posadas. En 1740 «se pregonó en Ketring un partido de fútbol de quinientos hombres de un lugar, pero la intención era destruir los molinos de la señora Betey Jesmaine». Es posible que a finales de siglo se hiciera más corriente la distribución de avisos escritos a mano. Proveniente de Wakefield (Yorkshire), 1795:
Para avisar
A todas las mujeres domiciliadas en Wakefield que se desea se reúnan en la Iglesia Nueva […] el próximo viernes a las nueve […] para fijar el precio del trigo.
Por deseo de los habitantes de Halifax
que se reunirán con ellas allí.
De Stratton (Cornualles), 1801:
A todos los hombres trabajadores y comerciantes en la centena de Stratton que están dispuestos a salvar a sus mujeres e hijos de la terrible condición de ser llevados a la muerte por hambre por el agricultor insensible y acaparador […]. Reuníos todos inmediatamente y marchad en temeroso orden de batalla hacia las viviendas de los agricultores usureros, y obligadlos a vender el grano en el mercado, a un precio justo y razonable.[624]
La acción espontánea en pequeña escala podía derivarse de una especie de abucheo o griterío ritual frente a la tienda del vendedor al por menor,[625] de la intercepción de carros de grano o harina al pasar por un centro populoso o de la simple congregación de una multitud amenazante. Con gran rapidez se desarrollaba una situación de negociación: el propietario de las provisiones sabía muy bien que si no aceptaba voluntariamente el precio impuesto por la multitud (y su conformidad hacía muy difícil cualquier prosecución subsiguiente), corría el peligro de perder todas sus mercancías. Cuando fue interceptado un carro con sacos de trigo y harina en Handborough (Oxfordshire), en 1795, unas mujeres se subieron al carro y tiraron los sacos a los lados de la carretera. «Algunas de las personas allí reunidas dijeron que darían cuarenta chelines por el saco de harina, y que pagarían eso, y no darían más, y que si eso no era bastante, lo tomarían por la fuerza». El propietario (un yeoman) lo aceptó finalmente: «Si tiene que ser ese el precio, que lo sea». El procedimiento de forzar la negociación se puede ver con igual claridad en la declaración de Thomas Smith, un panadero, que fue a Hadstock (Essex) con pan en sus alforjas (1795). Fue detenido en la calle de la aldea por un grupo de cuarenta o más mujeres y niños. Una de las mujeres (esposa de un trabajador) detuvo su caballo
y habiéndole preguntado si había rebajado el precio del pan, él le dijo que no tenía órdenes de los molineros de rebajarlo, y ella dijo entonces: «Por Dios que si no lo rebajas no dejarás ningún pan en este pueblo».
Varias personas entre la multitud ofrecieron entonces nueve peniques por un pan de cuatro libras, mientras que él pedía diecinueve peniques. Entonces «juraron que si no se lo daba a 9 peniques la hogaza, se lo quitarían, y antes de que pudiera dar otra respuesta, varias personas que estaban a su alrededor sacaron varias hogazas de sus cestas». Solo al llegar a este punto aceptó Smith vender a 9 peniques la hogaza. La negociación fue bien entendida por ambas partes, y los vendedores al por menor, que tenían que contar con sus clientes tanto en los años buenos como en los malos, capitulaban con frecuencia ante las primeras señales de turbulencia por parte de la multitud.