Costumbres en común
Introducción de Julio Martínez-Cava
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En disturbios a gran escala, una vez formado el núcleo del motín, el resto de la muchedumbre era a menudo levantado a toque de trompeta y tambores. «El lunes pasado —comenzaba una carta de un magistrado de Shropshire en 1756—, los mineros de Broseley se reunieron al son de las trompetas, y se dirigieron al Mercado de Wenlock». El punto crítico era la reunión de un núcleo determinado. El destacado papel de los mineros no se explica por su «virilidad» y por el hecho de estar particularmente expuestos a la explotación del consumidor, sino también por su número y por la natural disciplina de una comunidad minera. «El jueves por la mañana —declaró John Todd, un minero de la mina de carbón de Heaton, Gateshead (1740)—, en el momento en que empezaba la ronda de noche», sus compañeros de mina, «en número de 60 u 80 detuvieron la bomba de agua de la mina […] y se propuso venir a Newcastle para fijar los precios del grano». Cuando vinieron desde la mina de carbón de Nook a Haverfordwest, en 1795 (el magistrado relata que su ayudante dijo: «Doctor, aquí vienen los mineros […], yo levanté la vista y vi una gran multitud de hombres, mujeres y niños con porras de roble que bajaban por la calle gritando: “Todos a una, todos a una’’»), los mineros explicaron más tarde que habían venido a petición de los pobres de la ciudad, que no tenían el ánimo necesario para fijar el precio por su cuenta.[626]
La composición de la multitud en cuanto a profesiones nos proporciona pocas sorpresas. Era (al parecer) bastante representativa de las ocupaciones de las «clases más bajas» en las zonas de motines.
En Witney (Oxfordshire) encontramos informes contra un tejedor de mantas, un sastre, la mujer de un vendedor de bebidas alcohólicas y un criado; en Saffron Walden (Essex), acusaciones contra dos cabestreros, un zapatero, un albañil, un carpintero, un aserrador, un trabajador del estambre y nueve labradores; en varias aldeas de Devonshire (Sampford Peverell, Burlescomb, Culmstock) encontramos que se acusa a un hilandero, dos tejedores, un cardador de lana, un zapatero, un bordador y diez trabajadores; en el suceso de Handborough se habló en una información de un carpintero, un cantero, un aserrador y siete labradores.[627] Había menos acusaciones en relación con la supuesta instigación por parte de personas con una posición superior en la vida de las que Rudé y otros han observado en Francia,[628] a pesar de que se sugería con frecuencia que los trabajadores eran alentados por sus superiores a adoptar un tono hostil hacia agricultores e intermediarios. Un observador del suroeste sostenía en 1801 que los motines estaban «ciertamente dirigidos por comerciantes inferiores, cardadores y disidentes, que se mantenían apartados pero, por su lenguaje e inmediata influencia, gobernaban a las clases bajas».[629] Ocasionalmente, se adujo que personas que empleaban a muchos trabajadores habían animado a sus propios obreros a actuar.[630]
Otra diferencia importante, en comparación con Francia, era la relativa inactividad de los braceros agrícolas de Inglaterra en contraste con la actividad de los vignerons y el pequeño campesinado francés. Muchos productores de cereal, por supuesto, continuaron con la costumbre de vender grano barato a sus propios braceros. Pero esto se aplicaba solo a los braceros regulares, con contratos anuales, y a ciertos distritos. Por otra parte, los trabajadores rurales sí que participaban en los motines cuando otro grupo (como los mineros) formaba el núcleo original, o cuando una cierta actividad los reunía en número suficiente. Cuando un grupo grande de braceros recorrió el valle del Támesis en 1766, la acción había comenzado entre cuadrillas que trabajaban en la barrera de portazgo de una carretera, quienes dijeron «con una sola voz: “Vamos todos a una a Newsbury en una corporación para poner más barato el pan”». Una vez en el pueblo, lograron más apoyos, desfilando por la plaza y dando tres vítores. En East Anglia, en 1795, se creó un núcleo similar entre los bankers (cuadrillas «empleadas para limpiar zanjas de drenaje y en la presa»). Los bankers estaban también menos sujetos a la identificación inmediata y al castigo, o a las venganzas del paternalismo rural, que los trabajadores de la tierra, puesto que eran, «en su mayor parte, extranjeros de diferentes comarcas, los cuales no son tan fácilmente apaciguados como los que viven en el lugar».[631]
En realidad, el motín de subsistencias no precisaba de un alto grado de organización. Necesitaba un consenso de apoyo en la comunidad y un modelo de acción heredado, con sus propios objetivos y restricciones. La persistencia de esta forma de acción suscita una cuestión interesante: ¿hasta qué punto tuvo, en cualquier sentido, éxito? ¿Habría continuado durante tantos años —realmente cientos de años— si hubiera fracasado decididamente en lograr sus objetivos y no hubiera dejado tras de sí más que unos pocos molinos destruidos y víctimas en las horcas? Es una pregunta especialmente difícil de contestar; pero que debe ser planteada.
VII
A corto plazo, parece probable que el motín y la fijación de precios frustraran sus propios objetivos. Los agricultores se veían a veces intimidados hasta tal punto que se negaban después, durante varias semanas, a llevar sus productos al mercado. Es probable que la interdicción del movimiento del grano dentro de la región no hiciera más que agravar la escasez en otras. Aunque pueden encontrarse ejemplos en que el motín parece producir una caída de los precios, y ejemplos también de lo contrario, e incluso otros en los que parece haber poca diferencia en el movimiento de precios en mercados donde hubo y no hubo motín, ninguno de esos ejemplos —sean calculados por agregación o por término medio— tiene por qué revelar necesariamente el efecto que la expectación del motín producía sobre la situación total del mercado.[632]
Podemos tomar una analogía de la guerra. Los beneficios reales inmediatos de la guerra rara vez son significativos, ni para vencedores ni para vencidos, pero los beneficios que se pueden obtener de la amenaza de guerra pueden ser considerables y, sin embargo, la amenaza de guerra no comporta terror alguno si no se llega nunca a la sanción de la guerra. Si el mercado fue un campo de batalla de la guerra de clases en la misma medida en que llegaron a serlo la fábrica y la mina durante la Revolución Industrial, entonces la amenaza del motín afectaría a la situación total del mercado no solo en años de escasez, sino también en años de cosecha media, y no solo en pueblos destacados por su susceptibilidad al motín, sino también en aldeas donde las autoridades deseaban preservar una tradición de paz. Por muy meticulosamente que cuantifiquemos los datos disponibles, estos no pueden mostrarnos a qué nivel habrían subido los precios si se hubiera eliminado totalmente la amenaza del motín.
Las autoridades de zonas propensas al motín dominaban a menudo los disturbios de manera equilibrada y competente. Esto nos permite a veces olvidar que el motín era una calamidad que producía con frecuencia una profunda dislocación de las relaciones sociales de la comunidad, cuyos efectos podían perdurar durante años. Los magistrados provinciales se encontraban muchas veces en un extremado aislamiento. Las tropas, si es que se las llamaba, podían tardar dos, tres o más días en llegar, y la multitud lo sabía muy bien. El sheriff de Gloucestershire, en los primeros días del «levantamiento» de 1766, no pudo sino acudir al mercado de Stroud con sus «hombres de jabalina». Un magistrado de Suffolk, en 1709, se abstuvo de encarcelar a los dirigentes de la muchedumbre porque «el populacho amenazó con destruir tanto su casa como el calabozo si castigaba a cualquiera de sus compañeros». Otro magistrado que, en 1740, dirigió un harapiento y nada marcial posse commitatus a través del Yorkshire del norte hasta Durham, haciendo prisioneros por el camino, quedó desalentado al ver a los ciudadanos de Durham darse la vuelta y liberar a dos de los presos a la puerta de la cárcel. (Tales rescates eran normales). Un exportador de grano, de Flint, tuvo una experiencia aún más desagradable en el mismo año: los amotinados entraron en su casa, se bebieron la cerveza y el vino de su bodega y permanecieron
con una espada desnuda apuntando al pecho de mi nuera […]. Tienen muchas armas de fuego, picas y espadas. Cinco de ellos con picas declaran que cuatro son suficientes para llevar mis cuatro cuartos y el otro mi cabeza en triunfo con ellos.
La cuestión del orden no era ni mucho menos sencilla. La insuficiencia de las fuerzas civiles se combinaba con la repugnancia a emplear la fuerza militar. Los funcionarios mismos tenían la suficiente humanidad y estaban acorralados por ambigüedades suficientes, en cuanto a sus poderes en caso de disturbios civiles, como para mostrar una marcada falta de entusiasmo por ser empleados en este «servicio odioso».[633] Si los magistrados locales llamaban a las tropas o autorizaban el uso de armas de fuego, tenían que seguir viviendo en el distrito después de la marcha de las tropas, incurriendo en el odio de la población local, quizá recibiendo cartas amenazadoras o siendo víctimas de roturas de ventanas e incluso de incendios. Las tropas alojadas en un pueblo se hacían rápidamente impopulares incluso entre aquellos que al principio las habían llamado. Con extraña regularidad las peticiones para recibir ayuda de tropas son seguidas, en los documentos del Ministerio del Interior o del Ministerio de la Guerra, tras un intervalo de cinco o seis semanas, por peticiones para su retirada. Una lastimosa súplica de los habitantes de Sunderland, encabezada por su rector, pedía, en 1800, la retirada del 68.º Regimiento:
Su principal objetivo es el robo. Varias personas han sido golpeadas y despojadas de sus relojes, y siempre se ha hecho de la manera más violenta y brutal.
A un joven le fracturaron el cráneo, a otro le cortaron el labio superior. Los habitantes de Wantage, Farringdon y Abingdon pidieron
en nombre de Dios […], que se lleven de este lugar la sección del Regimiento de Lord Landaff o, si no, el asesinato será forzosamente la consecuencia, pues un grupo de villanos como este no ha entrado nunca en este pueblo.
Un magistrado local, que apoyaba esta petición, añadía que el «salvaje comportamiento de los soldados […] exaspera a la población hasta lo indecible. El trato normal de los campesinos en ferias y mercados se ha deteriorado mucho».[634]
El motín era una calamidad. El «orden» que podía seguir tras el motín podía ser una calamidad aún mayor. De aquí la ansiedad de las autoridades por anticiparse al suceso o abortarlo con rapidez en sus primeras fases, por medio de su presencia personal, por exhortaciones y concesiones. En una carta de 1763 el alcalde de Penryn, sitiado por iracundos mineros del estaño, escribe que el pueblo fue visitado por trescientos «de aquellos bandidos, con los cuales nos vimos forzados a parlamentar y llegar a un acuerdo por el cual les permitimos que obtuvieran el grano a un tercio menos de lo que había costado a los propietarios». Tales acuerdos, más o menos forzados, eran corrientes. Un experimentado magistrado de Warwickshire, sir Richard Newdigate, anotó en su diario del 27 de septiembre de 1766:
A las once cabalgué a Nuneaton […] y con las personas principales del pueblo me entrevisté con los mineros y el populacho de Bedworth que vinieron vociferando y armados con palos, pidieron lo que querían, prometí satisfacer todas sus peticiones razonables si se apaciguaban y tiraban sus palos, lo cual hicieron todos en el prado; después fui con ellos a todas las casas en que creían se había acaparado y permití a 5 o 6 entrar para registrar y persuadir a los dueños de vender el queso que se encontrase.
Entonces los mineros abandonaron en orden el pueblo, después de que sir Richard Newdigate y otros dos les hubieran dado cada uno media guinea. Habían actuado, en efecto, de acuerdo con el Book of Orders.[635]
Este tipo de negociación, en los comienzos del motín, solía garantizar concesiones a la multitud. Pero debemos también observar los esfuerzos de los magistrados y terratenientes para prevenir el motín. Así, un magistrado de Shropshire en 1756 describe cómo los mineros «dicen que, si los agricultores no traen su grano a los mercados, irán ellos a sus casas para trillarlo ellos mismos»:
Yo he enviado orden a mis arrendatarios para que cada uno lleve cierta cantidad de grano al mercado los sábados como único medio de prevenir mayores daños.
En el mismo año se puede ver a los magistrados de Devon realizando esfuerzos similares. Se habían producido motines en Ottery, el grano de los agricultores había sido arrebatado y vendido a 5 chelines un bushel y varios molinos habían sido atacados. Sir George Yonge envió a su criado a fijar un pasquín admonitorio y conciliador en el mercado:
El populacho se congregó, insultó a mi criado e intimidó al pregonero […], al leer el pasquín, declararon que no servía, no necesitaban molestarse los caballeros porque ellos fijarían el precio a 4 chelines 9 peniques en el próximo día de mercado: en vista de esto fui ayer al pueblo y dije tanto a la gente común como a los de mejor clase que, si la situación no permanecía tranquila, habría de llamar al ejército.
Él y dos miembros de la gentry de la vecindad enviaron su propio grano a los mercados locales:
He ordenado que el mío se venda a 5 chelines 3 peniques y 5 chelines 6 peniques por bushel a la gente más pobre, puesto que hemos decidido mantenerlo algo por encima del precio dictado por el populacho. Consultaré con los molineros para saber si pueden darnos algo de harina.
El alcalde de Exeter contestó a Yonge que las autoridades de la ciudad habían ordenado que se vendiera el grano a 5 chelines y 6 peniques: «Todo quedó tranquilo en cuanto los agricultores bajaron el precio». Medidas similares se tomaban todavía en Devon en 1801, «ciertos caballeros entre los más respetables de la vecindad de Exeter […] ordenaron […] a sus arrendatarios llevar el grano al mercado bajo pena de no renovarles los arrendamientos». En 1795 y 1800-1801, órdenes como estas de los terratenientes tradicionalistas a sus arrendatarios eran frecuentes en otros condados. El conde de Warwick (un archipaternalista y un defensor de la legislación contra los acaparadores con el máximo rigor) recorrió en persona sus propiedades dando órdenes como estas a sus arrendatarios.[636]
Presiones tales, en prevención de un motín, pueden haber sido más eficaces de lo que se ha supuesto en cuanto a llevar grano al mercado, frenar la subida de precios e impedir cierto tipo de lucro. Más aún, una predisposición al motín era ciertamente efectiva como advertencia a los ricos de que debían poner la organización de la beneficencia parroquial y de la caridad —grano y pan subvencionado para los pobres— en buenas condiciones. En enero de 1757, la corporación de Reading acordó:
que se organizara una suscripción para reunir dinero para comprar pan que será distribuido entre los pobres […] a un precio que se fijará muy por debajo del precio actual del pan.
La corporación misma donó 21 libras.[637] Tales medidas se adoptaban con mucha frecuencia, por iniciativa unas veces de una corporación, otras, de un individuo de la gentry, algunas de las Quarter Sessions, otras de las autoridades parroquiales, o de los patronos, especialmente de aquellos que empleaban un número considerable de trabajadores (como los mineros del plomo) en distritos aislados.
Las medidas tomadas en 1795 fueron especialmente amplias, variadas y bien documentadas. Iban desde suscripciones directas para reducir el precio del pan (las parroquias enviaban a veces sus propios agentes directamente a los puertos a comprar grano importado), pasando por precios subvencionados para los pobres, hasta el sistema Speenhamland.[638] El examen de dichas medidas nos adentraría más profundamente en la historia de las leyes de pobres de lo que es nuestra intención,[639] pero los efectos eran en ocasiones curiosos. Las suscripciones, aunque tranquilizaban una zona, podían provocar un motín en otra adyacente al despertar un agudo sentimiento de desigualdad. En 1740, un acuerdo concertado en Newcastle para reducir los precios entre los comerciantes y una delegación de una manifestación de mineros (actuando concejales como mediadores) tuvo como consecuencia que la ciudad se viera inundada por «gente del campo» de las aldeas de los alrededores; se intentó sin éxito limitar la venta a personas con un certificado escrito de un «ajustador, un encargado del depósito del carbón, un medidor o un capillero». La participación de soldados en motines encaminados a fijar el precio fue explicada por el duque de Richmond como producto de una desigualdad similar: alegaban los soldados que «mientras la gente del campo es socorrida por sus parroquias y suscripciones, los soldados no reciben ningún beneficio similar». Además, tales suscripciones, aunque su intención era «sobornar» al motín (real o potencial), podían a menudo producir el efecto de elevar el precio del pan para los que no participaban del beneficio de la suscripción.[640] Este proceso puede observarse en Devon del Sur, donde las autoridades actuaban todavía en 1801 dentro de la tradición de 1757. Una multitud se manifestó en Exeter, en el mercado, pidiendo trigo a 10 chelines el bushel:
Los caballeros y los agricultores se reunieron y el pueblo esperó su decisión […] fueron informados de que no se aceptaría ningún precio que ellos propusieran o fijaran, y principalmente porque el principio de fijar un precio encontraría su oposición. Los agricultores después acordaron el de 12 chelines y que cada habitante lo obtuviera en proporción a su familia.
Los argumentos de los descontentos en Exmouth son muy contundentes. «Dadnos cualquier cantidad que permitan las existencias disponibles, y a un precio por el cual podamos obtenerla, y estaremos satisfechos; no aceptaremos ninguna suscripción de la gentry porque aumenta el precio, y supone una privación para ellos».[641]
Lo que importa aquí no es solamente que los precios, en momentos de escasez, estuvieran determinados por muchos otros factores además de las simples fuerzas del mercado; cualquiera con un conocimiento, incluso pequeño, de las muy difamadas fuentes «literarias» tiene que ser consciente de ello. Es más importante observar todo el contexto socioeconómico dentro del cual operaba el mercado, y la lógica de la presión popular. Otro ejemplo, esta vez de un mercado libre de motines hasta el momento, puede demostrarnos esta lógica en acción. El relato proviene de un agricultor acomodado, John Toogood, en Sherborne (Dorset). El año 1757 comenzó con una «queja general» contra los precios altos y frecuentes informes de motines en otros lugares:
El 30 de abril, siendo día de mercado, muchos de nuestros ociosos e insolentes hombres y mujeres pobres se reunieron y empezaron un motín en la plaza del mercado, fueron al molino de Oborn y trajeron muchos sacos de harina y dividieron el botín aquí en triunfo.
El lunes siguiente se encontró en la abadía una carta anónima, dirigida al hermano de Toogood (que acababa de vender 10 bushels de trigo a 14 chelines y 10 peniques —«verdaderamente un precio alto»— a un molinero): «Señor, si no traéis vuestro trigo al mercado, y lo vendéis a un precio razonable, serán destruidos vuestros graneros».
Puesto que los motines son una cosa muy nueva en Sherborne […] y puesto que las parroquias vecinas parecían estar a punto de participar en este deporte pensé que no había tiempo que perder, y que era conveniente aplastar este mal de raíz, para lo cual tomamos las siguientes medidas.
Habiendo convocado una reunión en el hospicio, se acordó que el señor Jeffrey y yo hiciéramos un informe de todas las familias del pueblo más necesitadas, hecho esto, reunimos alrededor de 100 libras por suscripciones y, antes del siguiente día de mercado, nuestro juez de paz y otros habitantes principales hicieron una procesión a través de todo el pueblo y publicaron por medio del pregonero del pueblo el siguiente aviso:
«Que se entregará a las familias pobres de este pueblo una cantidad de trigo suficiente para su mantenimiento todas las semanas hasta la cosecha al precio de 8 chelines por bushel y que si cualquier persona después de este aviso público utiliza cualquier expresión amenazadora o cometiera cualquier motín o desorden en este pueblo, será el culpable condenado a prisión en el acto».
Después contrataron la compra de trigo a 10 chelines y 12 peniques el bushel, suministrándolo a la «Lista de Pobres» a 8 chelines hasta la cosecha (60 bushels a la semana en este periodo supondrían un subsidio de entre 100 y 200 libras). «Por estos medios restauramos la paz, y desilusionamos a muchos sujetos vagos y desordenados de las parroquias vecinas, que aparecieron en el mercado con los sacos vacíos, esperando haber obtenido grano sin dinero». John Toogood, escribiendo este relato para guía de sus hijos, concluía con el consejo:
Si circunstancias como estas concurren en el futuro en vuestra vida y alguno se dedica a los negocios de la agricultura, no dejéis que os tiente un ojo codicioso a ser los primeros en aumentar el precio del grano, sino dejad mejor que vuestra conducta muestre alguna compasión y caridad hacia la condición del pobre.[642]
Es dentro de un contexto como este donde se puede descubrir la función del motín. Este pudo ser contraproducente a corto plazo, aunque no se haya demostrado todavía. Pero, repetimos, el motín era una calamidad social, que debía evitarse a cualquier coste. Podía consistir este en lograr un término medio entre un precio «económico» muy alto en el mercado y un precio «moral» tradicional determinado por la multitud. Este término se podía alcanzar por medio de la intervención de los paternalistas, por la automoderación de agricultores y comerciantes, o conquistando una parte de la multitud por medio de la caridad y los subsidios. Como cantaba alegremente Hannah More, en el personaje del sentencioso Jack Anvil al intentar disuadir este a Tom Hood de unirse al motín:
Así, trabajaré todo el día, y el domingo buscaré
en la Iglesia cómo soportar todas las necesidades de la semana.
Las gentes de bien, también, nos proporcionarán provisiones.
Harán suscripciones […] y renunciarán a sus bizcochos y pasteles.
Derry down.[643]
Sí, Derry down y ¡tra-lará-lará! Sin embargo, siendo como era el carácter de las gentes de bien, era más probable que un motín ruidoso en la parroquia vecina engrasara las ruedas de la caridad que la imagen de Jack Anvil arrodillado en la iglesia. Como lo expresaron sucintamente las coplas colocadas fuera de las puertas de la iglesia en Kent en 1630:
Cuanto antes nos levantemos
menos sufriremos.[644]
VIII
Hemos estado examinando un modelo de protesta social que se deriva de un consenso con respecto a la economía moral del bienestar público en tiempos de escasez. Normalmente no es útil examinarlo con relación a intenciones políticas claras y articuladas, a pesar de que estas surgieran a veces por coincidencia casual. Pueden encontrarse a menudo frases de rebelión, normalmente destinadas (sospecho) a helar la sangre de los ricos con su efecto teatral. Se decía que los mineros de Newcastle, animados por el éxito de la toma del ayuntamiento, «eran partidarios de poner en práctica los antiguos principios niveladores»; al menos desgarraron los retratos de Carlos II y Jacobo II e hicieron pedazos sus marcos. En contraste, los barqueros de Henley (Oxfordshire) gritaron «Viva el Pretendiente», en 1743, y alguien en Woodbridge (Suffolk) clavó un aviso en el mercado, en 1766, que el magistrado local consideró «particularmente descarado y sedicioso y de alta y delicada significación»: «Deseamos —decía— que nuestro exiliado rey pueda venir o enviar algunos funcionarios». Es posible que esa misma intención amenazante tuvieran en el suroeste, en 1753, las amenazas de que «los franceses estarán aquí pronto».[645]
Más habituales son las amenazas generales de «nivelación» e imprecaciones contra los ricos. En Witney (1767) una carta aseguraba a los alguaciles de la ciudad que la gente no permitiría a «estos malditos pillos resollantes y cebados que maten de hambre a los pobres de manera tan endemoniada para que ellos puedan dedicarse a la caza, las carreras de caballos, etc., y para mantener a sus familias en el orgullo y la extravagancia». Una carta dirigida al Gold Cross de Snow Hill en Birmingham (1766), firmada por «Kidderminster y Stourbridge», se acerca más al tipo de la copla:
Tenemos un ejército de más de tres mil todos dispuestos a luchar
y maldito sea si no hacemos polvo el ejército del rey
si resulta que el rey y el Parlamento no lo remedian
convertiremos Inglaterra en basura
y si incluso así no abaratan las cosas
maldito sea si no quemamos el Parlamento y lo arreglamos todo.[646]
En 1772, una carta de Colchester, dirigida a todos los agricultores, molineros, carniceros, tenderos y comerciantes de granos, advertía a todos los «malditos pillos» que tuvieran cuidado,
porque estamos en noviembre y tenemos unas doscientas o trescientas bombas listas para los molineros y para todos, y no habrá ni rey ni Parlamento, solo una maraña de pólvora por toda la nación.
En 1766, se advirtió a los gentlemen de Fareham (Hampshire) que se prepararan «para una guerra del populacho o civil» que «arrancaría a Jorge de su trono y derrumbaría las casas de los pillos y destruiría los sitiales de los legisladores». «Es mejor soportar un yugo extranjero que ser maltratados de esta forma», escribía un aldeano de cerca de Hereford al año siguiente. Y casos similares se encuentran en casi todos los lugares de Inglaterra. Es, principalmente, retórica, aunque una retórica que deshace la retórica de los historiadores respecto a la deferencia y solidaridad social en la Inglaterra de Jorge III.[647]
Únicamente en 1795 y 1800-1801, cuando es frecuente encontrar un matiz jacobino en estas cartas y volantes, tenemos la impresión de que existe una corriente subterránea de motivaciones políticas articuladas. Un tajante ejemplo de ellas es cierta copla dirigida a «los que hacen los caldos y los amasadores» que alarmó a un magistrado de Maldon (Essex):
Queréis que se alimenten los pobres de bazofia y granos y bajo la guillotina querríamos ver vuestras cabezas porque creo que es una vergüenza atender a los pobres así, y creo que algunas de vuestras cabezas serán un buen espectáculo.[648]
Cientos y cientos de cartas como estas circularon en estos años. De Uley (Gloucestershire), «no el Rey sino una Constitución abajo, oh, caed altos gorros y orgullosos sombreros por siempre abajo». En Lewes (Sussex), después de haber sido ejecutados varios hombres de la milicia por su participación en la fijación de precios, fue colocado un cartel: «¡A las armas, soldados!».
Levantaos y vengad vuestra causa
contra esos malditos bestias, Pitt y Jorge,
porque ya que no pueden mandaros a Francia
a ser asesinados como cerdos o atravesados por una lanza,
sois requeridos urgentemente para que volváis rápidamente
y os maten como cuervos o colgados por turno.[649]
En Ramsbury (Wiltshire), en 1800, se fijó un cartel en un árbol:
Terminad con vuestro lujurioso gobierno tanto espiritual como temporal o moriréis de hambre.
Os han quitado el pan, queso, carne, etc., etc., y hasta vuestras vidas os han quitado a miles en sus expediciones, que la familia borbónica defienda su propia causa y volvamos nuestra vista, los verdaderos ingleses, hacia nosotros, devolvamos a algunos a Hanover, de donde salieron. Abajo con vuestra Constitución. Erigid una república o vosotros y vuestros hijos pasaréis hambre el resto de vuestros días. Queridos hermanos, reclinaréis vuestras cabezas y moriréis bajo estos devoradores de hombres y dejaréis a vuestros hijos bajo el peso del gobierno de pillos que os está devorando.
Dios salve a los pobres y abajo Jorge III.[650]
Pero estos años de crisis bélicas (1800-1801) necesitarían un estudio aparte. Estamos llegando al fin de una tradición, y la nueva apenas ha surgido. En estos años, la forma alternativa de presión económica —presión sobre los salarios— se hace más vigorosa; hay también algo más que retórica bajo el lenguaje sedicioso: organización obrera clandestina, juramentos, los sombríos «Ingleses Unidos». En 1812 los motines tradicionales de subsistencias coinciden con el ludismo. En 1816, los trabajadores de East Anglia no solamente fijan los precios, sino que también exigen un salario mínimo y el fin del socorro Speenhamland. Estos motines se acercan a la revuelta de los jornaleros, muy diferente, de 1830. La antigua forma de acción subsiste en la década de 1840 e incluso más tarde, con raíces especialmente profundas en el suroeste.[651] Pero en las nuevas zonas de la Revolución Industrial evoluciona gradualmente hacia otras formas de acción. La ruptura en los precios del trigo después de las guerras facilitó la transición. En las ciudades del norte, la lucha contra los agiotistas de grano dio paso a la lucha contra las leyes de cereales.
Hay otra razón por la cual los años 1795 y 1800-1801 nos sitúan en un terreno histórico distinto. Las formas de acción que hemos examinado dependen de un conjunto particular de relaciones sociales, un equilibrio especial entre la autoridad paternalista y la muchedumbre. Este equilibrio se dislocó con las guerras, por dos motivos. En primer lugar, el antijacobinismo de la gentry produjo un nuevo temor hacia cualquier forma de actividad popular; los magistrados estaban dispuestos a ver señales de sedición en las acciones encaminadas a la fijación de precios, incluso cuando no existía tal sedición; el temor a la invasión levantó a los Voluntarios, dando de esta forma a los poderes civiles medios mucho más inmediatos para enfrentarse a la muchedumbre, no parlamentando y con concesiones, sino con la represión.[652] En segundo lugar, esta represión resultaba legitimada, en opinión de las autoridades centrales y de muchas locales, por el triunfo de una nueva ideología de economía política.
El secretario del Interior, duque de Portland, sirvió como diputado temporal de este triunfo celestial. Hizo gala, en 1800-1801, de una firmeza completamente nueva, no solamente en su manera de tratar los desórdenes, sino en anular y reconvenir a las autoridades locales que todavía apoyaban el viejo paternalismo. En septiembre de 1800 tuvo lugar en Oxford un episodio significativo. Por un cierto asunto relacionado con la determinación del precio de la mantequilla en el mercado, la caballería hizo su aparición en la ciudad (a petición —se descubrió— del subsecretario). El secretario del ayuntamiento, por indicación del alcalde y los magistrados, escribió al secretario de la Guerra, expresando su «sorpresa porque un cuerpo del ejército de soldados de caballería haya aparecido esta mañana temprano»:
Tengo el placer de informarle de que la población de Oxford no ha mostrado hasta el momento ninguna disposición al motín, excepto que el haber traído al mercado algunas cestas de mantequilla, y haberlas vendido a un chelín la libra, y dado cuenta del dinero al propietario de la mantequilla, pueda responder a tal descripción.
«No obstante la extrema tensión de los tiempos», las autoridades de la ciudad eran de «la decidida opinión» de que no había «lugar en esta ciudad para la presencia del ejército regular», especialmente porque los magistrados estaban desplegando la mayor actividad para reprimir «lo que ellos creen que es una de las causas principales de la carestía, los delitos de acaparamiento, monopolio y reventa».
La carta del secretario del ayuntamiento fue enviada al duque de Portland, de quien recibió una grave reprimenda:
Su Excelencia […] desea que informe al alcalde y magistrados de que, puesto que su situación oficial le permite apreciar de manera muy especial el alcance del daño público que se seguirá inevitablemente de la continuación de los sucesos tumultuosos que han tenido lugar en varias partes del Reino como consecuencia de la actual escasez de provisiones, se considera más inmediatamente obligado a ejercer su propio juicio y discreción en ordenar que se tomen las medidas adecuadas para la eliminación inmediata y efectiva de tan peligrosas acciones. Porque lamentando mucho Su Excelencia la causa de estos motines, nada es más cierto que estos no pueden producir otro efecto que el de aumentar el mal más allá de todo posible cálculo. Su Excelencia, por tanto, no puede permitirse pasar en silencio la parte de su carta que afirma «que la población de Oxford no ha mostrado hasta el momento ninguna disposición al motín, excepto que el haber traído al mercado algunas cestas de mantequilla, y haberlas vendido a un chelín la libra, y dado cuenta del dinero al propietario de la mantequilla, pueda responder a tal descripción».
Lejos de considerar esta circunstancia desde el punto de vista trivial en que aparece en su carta (incluso suponiendo que no esté conectada con otras de naturaleza similar y aún más peligrosas, que esperamos no sea el caso), Su Excelencia lo ve desde el punto de vista de un ataque violento e injustificado a la propiedad, preñado de las más fatales consecuencias para la Ciudad de Oxford y sus habitantes de cualquier clase; lo cual, Su Excelencia da por supuesto que el alcalde y magistrados debían haber pensado que era su obligado deber suprimir y castigar mediante el inmediato apresamiento y condena de los transgresores.[653]
A lo largo de 1800 y 1801, el duque de Portland se ocupó de imponer las mismas doctrinas. El remedio contra los desórdenes era el ejército o los Voluntarios; incluso las generosas suscripciones para conseguir grano barato debían ser desaconsejadas, porque agotaban las existencias; la persuasión ejercida sobre agricultores o comerciantes para reducir los precios era delito contra la economía política. En abril de 1801 escribía al conde Mount Edgcumbe:
Su Señoría debe excusar la libertad que me tomo de no dejar pasar desapercibido el acuerdo al cual, según menciona, han llegado voluntariamente los agricultores de Cornualles para proveer a los mercados de grano y otros artículos de provisión a precios reducidos.
El duque había recibido información de que los agricultores habían sido objeto de presiones por parte de las autoridades del condado:
Mi experiencia […] me obliga a decir que toda empresa de este tipo no se puede justificar por la naturaleza de las cosas y tiene inevitablemente, y pronto, que aumentar y agravar la desgracia que pretende aliviar, y me atreveré incluso a afirmar que cuanto más general se haga más perjudiciales serán las consecuencias que a la fuerza la acompañarán, porque necesariamente impide el empleo de capital en la agricultura.[654]
La «naturaleza de las cosas» que en otros momentos había hecho imperativa, en épocas de escasez por lo menos, una solidaridad simbólica entre las autoridades y los pobres, dictaba ahora la solidaridad entre las autoridades y «el empleo de capital». Es, quizás, adecuado que el ideólogo que sintetizó un antijacobinismo histérico con la nueva economía política fuese quien firmase la sentencia de muerte de aquel paternalismo que, en sus más sustanciosos pasajes de retórica, había celebrado. «El pobre trabajador —exclamó Burke—, dejemos que la compasión se muestre en la acción»,
[…] pero que nadie se lamente por su condición. No es un alivio para sus míseras circunstancias; es solo un insulto para su mísero entendimiento […]. Paciencia, trabajo, sobriedad, frugalidad y religión le deben ser recomendados; todo lo demás es un fraude total.[655]
Contra un tono como este, el cartel de Ramsbury era la única respuesta posible.
IX
Espero que de este relato haya surgido un cuadro algo diferente del acostumbrado. He intentado describir, no un espasmo involuntario, sino un modelo de comportamiento del cual no tendría por qué avergonzarse un isleño de Trobriand.
Es difícil reimaginar los supuestos morales de otra configuración social. No nos es fácil concebir que pudo haber una época, dentro de una comunidad menor y más integrada, en que parecía «antinatural» que un hombre se beneficiara de las necesidades de otro, y cuando se daba por supuesto que en momentos de escasez los precios de estas «necesidades» debían permanecer al nivel acostumbrado, incluso aunque pudiera haber menos.
«La economía del municipio medieval —escribió R. H. Tawney— era tal que el consumo ostentaba, en cierta medida, la misma primacía en la mentalidad pública, como árbitro indiscutido del esfuerzo económico, que el siglo XIX atribuía a los beneficios».[656] Estos supuestos se encontraban, naturalmente, fuertemente amenazados mucho antes del siglo XVIII. Pero en nuestras historias se abrevian con demasiada frecuencia las grandes transiciones. Abandonamos el acaparamiento y la doctrina del precio justo en el siglo XVII y empezamos la historia de la economía de libre mercado en el siglo XIX. Pero la muerte de la antigua economía moral de abastecimiento tardó tanto en consumarse como la muerte de la intervención paternalista en la industria y el comercio. El consumidor defendió sus viejas nociones de derecho con la misma tenacidad que (quizás el mismo hombre en otro papel) defendió su situación profesional como artesano.
Estas nociones de derecho estaban claramente articuladas y llevaron durante mucho tiempo el imprimatur de la Iglesia. El Book of Orders de 1630 consideraba el precepto moral y el ejemplo como una parte integral de las medidas de emergencia:
Que todas las buenas medidas y persuasiones sean utilizadas por los justicias en sus distintas divisiones, y por admoniciones y exhortaciones en sermones en las iglesias […] que los pobres sean provistos de grano a precios convenientes y caritativos. Y además de esto, que las clases más ricas sean seriamente movidas por la caridad cristiana, a hacer que su grano se venda al precio común del mercado a las clases más pobres: una acción piadosa, que será sin duda recompensada por Dios Todopoderoso.
Por lo menos uno de estos sermones, predicado en Bodmin y Fowey (Cornualles) (antes de reunirse la Quarter Session), en 1630, por el reverendo Charles Fitz-Geffrey, era todavía conocido por los lectores del siglo XVIII. Los acaparadores de trigo eran denunciados como
esos que odian al hombre, contrarios al bien común, como si el mundo se hubiera hecho solo para ellos, que se apropiarían de la tierra, y de sus frutos, exclusivamente para ellos […], como las codornices, engordan con cicuta, que es un veneno para otras criaturas, así ellos se alimentan de la escasez.
Son «enemigos de Dios y del hombre, opuestos tanto a la gracia como a la naturaleza». Por lo que respecta al comerciante, que exporta grano en momentos de escasez, «el sabor del lucro le es dulce, a pesar de haberlo sacado hurgando en el charco de la más sucia profesión de Europa».[657]
Al avanzar el siglo XVII, enmudeció este tipo de exhortación, especialmente entre los puritanos. En Baxter, una parte del precepto moral se diluye en una parte de casuística y otra de prudencia comercial: «Debe ejercerse la caridad así como la justicia», si bien los productos podían ser retenidos en espera de la subida de precios, esto no debía hacerse «en perjuicio de la nación, como si […] el retenerlos fuera la causa de la escasez».[658] Las antiguas enseñanzas morales se dividieron, progresivamente, entre la gentry paternalista, por un lado, y la plebe rebelde, por otro. Hay un epitafio en la iglesia de Stoneleigh (Warwickshire) dedicado a Humphrey How, portero de lady Leigh, que murió en 1688:
Aquí yace un fiel amigo del pobre
que repartió abundantes limosnas de la despensa de su señor,
no lloréis, pobre gente, aunque haya muerto vuestro servidor
el Señor en persona os dará pan a diario,
si el mercado sube no protestéis amargamente contra sus precios,
el precio es siempre el mismo a las puertas de Stone Leigh.[659]
Los antiguos preceptos resonaron a todo lo largo del siglo XVIII y ocasionalmente podían todavía oírse desde el púlpito:
La Exacción de cualquier tipo es vil; pero en lo que se refiere al grano es del tipo más vil. Recae con más peso sobre los pobres, es robarles por que lo son […], es asesinar abiertamente a aquellos que se encuentran medio muertos y saquear el barco naufragado […], estos son los asesinos acusados por el hijo de Sirach, cuando dijo: El pan del pobre es su vida: aquel que se lo robare es por ello un hombre sanguinario […]. Con justicia se puede llamar a tales opresores «Hombres Sanguinarios»; y con seguridad que de la sangre de aquellos que mueren por su culpa se les tomará cuenta.[660]
Se encontraban con más frecuencia en folletos o periódicos:
Mantener alto el precio del sostén mismo de la vida en una venta tan extravagante, que el pobre […] no puede comprarlo es la mayor iniquidad de que cualquier hombre puede ser culpable; no es menos que el asesinato, no, el más cruel asesinato.[661]
A veces en hojas sueltas impresas y en baladas:
Idos ahora, hombres ricos de corazón duro,
llorad y gritad en vuestra desgracia,
vuestro oro corrupto se levantará contra vosotros,
y será testigo contra vuestras almas.[662]
Y frecuentemente en cartas anónimas. «No hagáis del dinero vuestro dios», se advertía a los gentlemen de Newbury en 1772,
sino pensad en los pobres, vosotros, grandes hombres, pensáis ir al cielo o al infierno, pensad en el sermón que se predicó el 15 de marzo, porque malditos seamos si no os obligamos, pensáis matar de hambre a los pobres, vosotros, malditos hijos de puta.[663]
«¡Mujer avariciosa!», decían los mineros del estaño dirigiéndose a una acaparadora de trigo de Cornualles, en 1795: «Estamos […] decididos a reunirnos y marchar inmediatamente hasta llegar a tu ídolo o tu Dios o tu Moisés [?], a quien consideras como tal y destruirlo y lo mismo tu casa».[664]
Hoy no damos importancia a los mecanismos extorsionadores de una economía de mercado no regulado porque a la mayoría de nosotros nos causan solo inconvenientes y perjuicios de poca monta. En el siglo XVIII no era este el caso. Las escaseces eran verdaderas escaseces. Los precios altos significaban vientres hinchados y niños enfermos cuyo alimento consistía en un pan basto hecho con harina rancia. No se ha publicado todavía ningún testimonio que muestre algo parecido a la clásica crise des subsistences francesa en la Inglaterra del siglo XVIII:[665] es verdad que la mortalidad de 1795 no se aproximó a la de Francia en el mismo año, pero hubo lo que la clase acomodada describió como una desgracia «verdaderamente penosa»; la subida de precios, escribió uno, «les ha despojado de las ropas que cubrían sus hombros, les ha arrancado los zapatos y las medias de los pies y arrebatado la comida de la boca».[666] El levantamiento de los mineros del estaño en Cornualles fue precedido de escenas angustiosas: los hombres se desmayaban en el trabajo y tenían que ser llevados a sus casas por sus compañeros, que no estaban en mucho mejor estado. La escasez fue acompañada por una epidemia de «fiebre amarilla», muy probablemente la ictericia que acompaña a la inanición.[667] En un año como este, el «buhonero» de Wordsworth deambulaba entre las cabañas y vio
Las desgracias de aquella estación; muchos ricos
se hundían como en un sueño entre los pobres,
y muchos pobres dejaron de vivir,
y sus lugares no les reconocieron.[668]
Ahora bien, si el mercado era el punto en el que los trabajadores sentían con mayor frecuencia que estaban expuestos a la explotación, era también el lugar —especialmente en distritos rurales o en distritos fabriles dispersos— donde podían llegar a organizarse con más facilidad. La comercialización (o la «compra») se hace progresivamente más impersonal en una sociedad industrial madura. En la Inglaterra o la Francia del siglo XVIII (en regiones del sur de Italia o de Haití o de la India rural o del África de hoy) el mercado permaneció como nexo social tanto como económico. Era el lugar donde se llevaban a cabo cientos de transacciones sociales y personales, donde se comunicaban las noticias, circulaban el rumor y la murmuración y se discutía de política (cuando se hacía) en las posadas o bodegas que rodeaban la plaza del mercado. Era el lugar donde la gente, por razón de su número, sentía por un momento que era fuerte.[669]
Las confrontaciones en el mercado, en una sociedad «preindustrial», son, por supuesto, más universales que cualquier experiencia nacional, y los preceptos morales elementales del «precio razonable» son igualmente universales. Se puede sugerir, en verdad, la supervivencia en Inglaterra de una imaginería pagana que alcanza niveles más oscuros que el simbolismo cristiano. Pocos rituales folclóricos han sobrevivido con tanto vigor hasta fines del siglo XVIII como toda la parafernalia hogareña durante la cosecha, con sus encantos, sus cenas, sus ferias y festivales; incluso en áreas fabriles el año transcurría todavía al ritmo de las estaciones y no al de los bancos. La escasez representa siempre para tales comunidades un profundo impacto psíquico tal que, cuando va acompañado del conocimiento de injusticias y la sospecha de que la escasez es manipulada, el choque se convierte en furia.
Impresiona, al abrirse el nuevo siglo, el creciente simbolismo de la sangre y su asimilación a la demanda de pan. En Nottingham, en 1812, las mujeres marcharon con una hogaza colocada en lo alto de un palo, listada de rojo y atada con un crespón negro, representando el «hambre sangrienta, engalanada de arpillera». En Yeovil (Somerset), en 1816, apareció una carta anónima, «Sangre y sangre y sangre, tiene que haber una Revolución General», firmada con un tosco corazón sangrante. En los motines de East Anglia, en el mismo año, frases como «Tomaremos sangre antes de cenar». En Plymouth, «una hogaza que ha sido bañada en sangre, con un corazón a su lado, fue encontrada en las calles». En los grandes motines de Merthyr, de 1831, se sacrificó un ternero y una hogaza empapada en su sangre, clavada en el asta de una bandera, sirvió como emblema de la revuelta.[670]
Esta furia en relación con el grano es una culminación curiosa de la época de los adelantos agrícolas. En la década de 1790, la gentry misma estaba algo perpleja. Paralizados a veces por un exceso de alimentos nutritivos,[671] los magistrados, de vez en cuando, abandonaban su industriosa compilación de archivos para los discípulos de sir Lewis Namier y miraban desde las alturas de sus parques a los campos de cereales donde sus labriegos pasaban hambre. (Más de un magistrado escribió al Home Office, en coyuntura tan crítica, describiendo las medidas que tomaría contra los amotinados si no estuviera confinado en su casa por la gota). El condado no estará seguro durante la cosecha, escribió el señor lugarteniente de Cambridgeshire, «sin algunos soldados, pues había oído que el pueblo tenía la intención de llevarse el trigo sin pedirlo cuando estuviera maduro». Consideraba esto como «verdaderamente un asunto muy serio» y «en este campo abierto, muy fácil de que se haga, por lo menos a hurtadillas».[672]
«No pondrás freno al buey que trilla el grano». El avance de la nueva economía política de libre mercado supuso también el desmoronamiento de la antigua economía moral de aprovisionamiento. Después de las guerras lo único que quedaba de ella era la caridad y el Speenhamland. La economía «moral» de la multitud tardó más tiempo en morir: es recogida en los primeros molinos harineros cooperativos, por algunos de los socialistas seguidores de Owen, y subsistió durante años en algún fondo de las entrañas de la Sociedad Cooperativa Mayorista. Un síntoma de su desaparición final es que hayamos podido aceptar durante tanto tiempo un cuadro abreviado y «economicista» del motín de subsistencias, como respuesta directa, espasmódica e irracional al hambre; un cuadro que es en sí mismo un producto de la economía política que redujo las reciprocidades humanas al nexo salarial. Más generosa pero también más autoritaria fue la afirmación del sheriff de Gloucestershire en 1766. Las masas de aquel año, escribió, habían cometido muchos actos de violencia,
algunos de desenfreno y excesos; y en algunas ocasiones algunos actos de valor, prudencia, justicia y consecuencia con aquello que pretendían obtener.[673]
[500] Beloff, M., Public order and popular disturbances, 1660-1714, Oxford, 1938, p. 75.
[501] Wearmouth, R. F., Methodism and the common people of the eighteenth century, Londres, 1945, esp. caps. 1 y 2.
[502] Ashton, T. S. y J. Sykes, The coal industry of the eighteenth century, Mánchester, 1929, p. 131.