Costumbres en común

Costumbres en común


Introducción de Julio Martínez-Cava

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Si van a aumentar nuestras horas de ocio, en un futuro automatizado, el problema no consiste en «cómo podrán los hombres consumir todas estas unidades adicionales de tiempo libre», sino «qué capacidad para la experiencia tendrán estos hombres con este tiempo no normatizado para vivir». Si conservamos una valoración puritana del tiempo, una valoración de mercancía, entonces se convierte en cuestión de cómo hacer ese tiempo útil o cómo explotarlo para las industrias del ocio. Pero si la idea de finalidad en el uso del tiempo se hace menos compulsiva, los hombres tendrán que reaprender algunas de las artes de vivir perdidas con la Revolución Industrial: cómo llenar los intersticios de sus días con relaciones personales y sociales más ricas, más tranquilas; cómo romper otra vez las barreras entre trabajo y vida. Y de aquí surgiría una dialéctica novel en la cual una parte de las antiguas y agresivas energías y disciplinas emigrarán a las naciones de reciente industrialización, mientras las viejas naciones industrializadas se esfuerzan en descubrir modos de experiencia olvidados antes de que comience la historia escrita:

Los nueres carecen de una expresión equivalente al «tiempo» de nuestra lengua y, por esta razón, a diferencia de nosotros, no pueden hablar del tiempo como si fuera algo real, que pasa, que puede desperdiciarse, aprovecharse, etc. No creo que experimenten nunca la misma sensación de lucha contra el tiempo o de tener que coordinar las actividades con un paso abstracto del tiempo, porque sus puntos de referencia son principalmente las propias actividades, que suelen ser de carácter pausado. Los acontecimientos siguen un orden lógico, pero no hay sistema abstracto que los controle, al no haber puntos de referencia autónomos a los que tengan que adaptarse con precisión. Los nueres son afortunados.[1053]

Desde luego, ninguna cultura reaparece con la misma forma. Si el hombre ha de satisfacer las exigencias tanto de una industria automatizada muy sincronizada como de zonas mucho más extensas de «tiempo libre», debe de alguna manera combinar en una nueva síntesis elementos de lo antiguo y lo nuevo, encontrando imágenes no surgidas ni en las estaciones ni en el mercado, sino de acontecimientos humanos. La puntualidad en el trabajo expresaría el respeto hacia los compañeros de trabajo. Y el pasar el tiempo sin finalidad sería un tipo de comportamiento visto con aprobación por nuestra cultura.

Difícilmente puede lograr la aprobación de aquellos que ven la historia de la «industrialización» en términos aparentemente neutros, pero que están, en realidad, cargados de valoración, como una progresiva racionalización al servicio del desarrollo económico. Este argumento es por lo menos tan viejo como la Revolución Industrial. Dickens vio el lema de Thomas Gradgrind («dispuesto a pesar y medir cualquier parcela de naturaleza humana, y a decir exactamente cuánto suma») como el «reloj estadístico mortal» de su observatorio «que medía cada segundo con un golpe como el de una llamada en la tapa de un féretro». Pero el racionalismo ha desarrollado nuevas dimensiones sociológicas desde la época de Gradgrind. Fue Werner Sombart quien —utilizando la imagen preferida del relojero— sustituyó al Dios del materialismo mecánico por un empresario:

Si el moderno racionalismo económico es como el mecanismo de un reloj, tiene que haber alguien que le dé cuerda.[1054]

Las universidades occidentales están hoy repletas de artesanos relojeros, ansiosos de patentar nuevas claves. Pero pocos todavía han llegado tan lejos como Thomas Wedgwood, hijo de Josiah, que diseñó un plan para introducir las horas y la disciplina del tiempo de Etruria en los talleres mismos de la conciencia formativa del niño:

Mi objetivo es alto. He estado esforzándome por dar con un golpe maestro que se anticipe un siglo o dos al progreso del ritmo amplio del avance humano. Prácticamente todo paso previo de su avance puede adscribirse a la influencia de personajes superiores. Ahora bien, yo opino que en la educación de los más grandes de estos personajes no se ha procurado que más de una hora de cada diez contribuya a la formación de esas cualidades de las que ha dependido esta influencia. Supongamos que poseemos una relación detallada de los veinte primeros años de la vida de algún extraordinario genio; ¡qué caos de percepciones! […]. ¡Cuántas horas, días, meses se han gastado pródigamente en ocupaciones improductivas! ¡Qué multitud de impresiones a medio formar y conceptos abortivos mezclados en una masa de confusión! […].

En las cabezas mejor reguladas de la actualidad, ¿no hubo y hay algunas horas del día pasadas en ensimismamiento, el pensamiento sin gobierno, sin guía?[1055]

El plan de Wedgwood era modelar un nuevo sistema de educación, riguroso, racional y cerrado. Se propuso a Wordsworth como uno de los posibles superintendentes. Su respuesta fue escribir The Prelude, un ensayo sobre el desarrollo de la conciencia del poeta que fue, simultáneamente, una polémica contra

Los guías, los vigilantes de nuestras facultades,

y administradores de nuestro trabajo, hombres alerta

y hábiles en la usura del tiempo,

sabios, que en su presunción querrían controlar

todo accidente, y al camino mismo

que han labrado querrían confiarnos,

como máquinas.[1056]

Porque no existe el desarrollo económico si no es, al mismo tiempo, desarrollo o cambio cultural; y el desarrollo de la conciencia social, como el del pensamiento del poeta, no puede, en última instancia, seguir un plan determinado.

[917] Lewis Mumford hace afirmaciones sugerentes en Technics and civilization, Londres, 1934, esp. pp. 12-18, 196-199; véanse también De Grazis S., Of time, work, and leisure, Nueva York, 1962; Cipolla, C. M., Cloks and culture, 1300-1700, Londres, 1967, y Hall, E. T., The silent language, Nueva York, 1959.

[918] Traducción de Juan G. de Luaces, Barcelona, 1946. [«Caste up his eyen to the brighte sonne, / That in the signe of Taurus hadde yronne / Twenty degrees and oon, and somwhat moore, / He knew by kynde, and by noon oother loore / That it was pryme, and crew with blisful stevene»].

[919] Ibid. [«Wel sikerer was his crowyng in his logge / Than is a clokke, or an abbey orlogge»].

[920] Le Goff, J., «Au Moyen Âge; temps de l’Église et temps du marchand», Annales ESC, XV (1960); y del mismo autor, «Le temps du travail dans la “crise” du xive siècle: du temps médiéval au temps moderne», Le Moyen Âge, LXIX (1963).

[921] Drayton, M., «Of his ladies not comming to London», Works, ed. de J. W. Hebel, Oxford, 1932, III, p. 204.

[922] El cambio se examina en Cipolla, op. cit.; Sturzl, E., «Der Zeitbegriff in der Elisabethanischen Literatur», Wiener Beitrage zur Englischen Phitologie, LXIX(1965); Tenenti, A., II senso della morte e l’amore della vita nel Rinascimento, Milán, 1957.

[923] Anónimo, The clockmaker’s outcry against the author of … Tristram Shandy, Londres, 1760, pp. 42-43.

[924] Evans-Pritchard, E. E., The Nuer, Oxford, 1940, pp. 100-104 [trad. cast.: Los nuer, Barcelona: Anagrama, 1997]; Nilsson, M. P., Primitive time reckoning, Lund, 1920, pp. 32-33, 42; Sorokin, P. A. y R. K. Merton, «Social time: A methodological and functional analysis», American Journal of Sociology, XLII (1937); Hallowell, A. I., «Temporal orientation in western civilization and in a pre-literate society», American Anthropology, nueva serie, XXXIX (1937). Otras fuentes para la noción primitiva del tiempo se citan en Alexander, H. G., Time as dimension and history, Albuquerque, 1945, p. 26, y Salz, B. R., «The human element in industrialization». Economic development and Cultural Change, IV (1955), esp. pp. 94-114.

[925] Salas, E. P., «L’évolution de la notion du temps et les horlogers à l’époque coloniale au Chili», Annales ESC, XXI (1966), p. 146; Cultural patterns and technical change, ed. M. Mead, Unesco, Nueva York, 1953, p. 75.

[926] Bourdieu, P., «The attitude of the Algerian peasant toward time», en Mediterranean countrymen, ed. de J. Pitt-Rivers, París, 1963, pp. 55-72. [«It is useless to pursue the world. No one will ever overtake it»].

[927] Cf. ibid., p. 179: «Los hispanoamericanos no regulan sus vidas por el reloj como hacen los anglosajones. Tanto la población rural como la urbana, al serles preguntado cuándo piensan hacer alguna cosa, dan respuestas como: “Ahora mismo, a las dos o las cuatro’’».

[928] Synge, J. M., Plays, poems, and prose, Londres: Everyman, 1941, p. 257.

[929] El suceso más importante en la relación de las islas con una economía externa durante la época de Synge fue la llegada del barco de vapor, cuyas horas podían verse muy afectadas por la marea y el tiempo. Véase Synge, The Aran Islands, Dublín, 1907, pp. 115-116.

[930] PRO, WO 40/17. Es interesante observar otros ejemplos en que se reconoce que las horas de las tareas marinas estaban en pugna con las rutinas urbanas: el Tribunal del Almirantazgo estaba siempre abierto, «pues que los forasteros y mercaderes, y hombres de mar, tienen que aprovechar la oportunidad de mareas y vientos, y no pueden, sin ruina y gran perjuicio, asistir a las solemnidades de los tribunales y alegatos dilatorios» (Vansittart Neale, E., Feasts and fasts, Londres, 1845, p. 249), mientras que en algunas legislaciones sabatarias se hacía una excepción para los pescadores que divisaban un banco de peces cerca de la costa en día de descanso.

[931] Lefebvre, H., Critique de la vie quotidienne, París, 1958, II, pp. 52-56, prefiere la distinción entre «tiempo cíclico» —que surge del cambio en las ocupaciones agrícolas de temporada— y «tiempo lineal» de la organización urbana e industrial. Más sugestiva es la distinción de Luden Febvre entre «Le temps vécu et le temps mesure», Le probléme de l’incroyance au XVIe siècle, París, 1947, p. 431. Un examen un tanto esquemático de la organización de las tareas en las economías primitivas se encuentra en Udy, S. H., Organisation of work, New Haven, 1959, cap. 2.

[932] Rural economy in Yorkshire in 1641 … Farming and account books of Henry Best, ed. de C. B. Robinson (Surtees Society, XXXIII), 1857, pp. 38-39.

[933] Markham, G., The inrichment of the Weald of Kent, Londres, 1660, cap. XII: «Un cálculo general de los hombres, y de los trabajos de las reses: lo que cada uno puede realizar sin perjuicio cotidianamente», pp. 112-118.

[934] El cálculo salarial todavía implicaba, por supuesto, la jornada estatuida de amanecer a atardecer, definida, tan tarde como 1724, en una relación de Lancashire: «Trabajarán desde las cinco de la mañana hasta entre siete y ocho de la noche, desde mediados de marzo a mediados de septiembre», y desde ese momento «desde la primavera del día hasta la noche», con dos medias horas para beber y una hora para comer y (en verano solamente) media hora de sueño; «Por lo demás, por cada hora de ausencia se descontará un penique»: Annals of Agriculture, XXV (1796).

[935] «The threshers labour», ed. de E. P. Thompson y M. Sugden (1989).

[936] «From the strong Planks our Crab-Tree Staves rebound, / And echoing Barns return the rattling Sound. / Now in the Air our knotty Weapons Fly; / And now with equal Force descend from high: / Down one, one up, so well they keep the Time, / That Cyclops Hammers could not truer chime … / In briny Streams our Sweat descends apace, / Drops from our Locks, or trickles down our Face. / No intermission in our Works we know; / The noisy Threshall must for ever go. / Their Master absent, others safely play; / The sleeping Threshall doth itself betray. / Nor yet the tedious Labour to beguile, / And make the passing Minutes sweetly smile, / Can we, like Shepherds, tell a merry Tale? / The Voice is lost, drown’d by the noisy Flail … // Week after Week we this dull Task pursue, / Unless when winnowing Days produce a new; / A new indeed, but frequently a worse, / The Threshall yields but to the Master’s Curse: / He counts the Bushels, counts how much a Day, / Then swears we ’ve idled half our Time away. / Why look ye, Rogues! D’ye think that this will do? / Your Neighbours thresh as much again as you».

[937] «At length in Rows stands up the well-dry’d Corn, / A grateful Scene, and ready for the Barn. / Our well-pleas’d Master views the Sight with joy, / And we for carrying all our Force employ. / Confusion soon o’er all the Field appears, / And stunning Clamours fill the Workmens Ears; / The Bells, and clashing Whips, alternate sound, / And rattling Waggons thunder o’er the Ground. / The Wheat got in, the Pease, and other Grain, / Share the same Fate, and soon leave bare the Plain; / In noisy Triumph the last Load moves on, / And loud Huzza’s proclaim the Harvest done».

[938] Ashby, M. K., Joseph Ashby of Tysoe, Cambridge, 1961, p. 24.

[939] Para la primera evolución de los relojes, véanse Cipolla, C. M., Clocks and culture, passim; Usher, A. P., A history of mechanical inventions, ed. rev., Harvard, 1962, cap. VII; Singer, C. et al. (eds.), A history of technology, Oxford, 1956, III, cap. XXIV; Symonds, R. W., A history of English clocks, Penguin, 1947, pp. 10-16, 33; Edwards, E. L., Weight-driven chamber clocks of the Middle Ages and Renaissance, Alrincham, 1965.

[940] Gatty, M., The Book of Sun-diales, ed. rev., Londres, 1900. Para un ejemplo de un tratado que explica en detalle la forma de determinar las horas con el reloj de sol, véase Smith, J., Horological dialogues, Londres, 1675. Para ejemplos de mercedes concedidas para relojes de sol, véase Beeson, C. J. C., Clockmaking in Oxfordshire, Banbury Hist. Assn., 1962, pp. 76-78; Hawkes, A. J., The clockmakers and watchmakers of Wigan, 1650-1850, Wigan, 1950, p. 27.

[941] Puesto que muchos de los primeros relojes de iglesia no daban las horas, estaban complementados con un campanero.

[942] Charity Commissioners Reports (1837-1838), XXXII, parte I, p. 224; véanse también Edwards, H., A collection of old English customs, Londres, 1842, esp. pp. 223-227; Addy, S. O., Household tales, Londres, 1895, pp. 129-130; County folk-lore, East riding of Yorkshire, ed. de Mrs. Gutch, Londres, 1912, pp. 150-151; Leicestershire and Rutland, ed. de C. J. Bilson, Londres, 1895, pp. 120-121; Beeson, C. J. C., op. cit., p. 36; Gatty, A., The Bell, Londres, 1848, p. 20; Ditchfield, P. H., Old English customs, Londres, 1896, pp. 232-241.

[943] Heaton, H., The Yorkshire woollen and worsted industries, Oxford, 1965, p. 347. Wedgwood parece haber sido el primero en sustituir el cornetín por la campana en las Potteries: Meteyard, E., Life of Josiah Wedgwood, Londres, 1865, I, pp. 329-330.

[944] Milham, W. I., Time and timekeepers, Londres, 1923, pp. 142-149; Britten, F. J., Old docks and watches and their makers, Londres, 1932, p. 543; Bruton, E., The longcase dock, Londres, 1946, cap. IX.

[945] Milham, op. cit., pp. 214-226; Clutton, C. y G. Daniels, Watches, Londres, 1965; Ward, F. A. B., Handbook of the collections illustrating time measurement, Londres, 1947, p. 29; Cipolla, op. cit., p. 139.

[946] Turner, E., «Extracts from the Diary of Richard Stapley», Sussex Archaelogical Collection, II (1899), p. 113.

[947] Véase el admirable examen de los orígenes de la industria inglesa en Cipolla, op. cit., pp. 65-69.

[948] En fecha tan tardía como 1697 en Londres la Compañía de Herreros disputaba el monopolio a los relojeros (fundada en 1631), basándose en que «es bien sabido que son los originales y verdaderos fabricantes de relojes, etc., y que tienen por ello completa pericia y conocimiento»: Atkins, S. E. y W. H. Overall, Some account of the worshipful Company of Clockmakers of the City of London, Londres, 1881, p. 118. Para un herrero-relojero de aldea, véase Daniel, J. A., «The making of docks and watches in Leicestershire and Rutland», Trans. Leics. Archaeol. Soc., XXVII (1951), p. 32.

[949] Se encuentran listas de estos relojeros en Britten, F. J., op. cit.; Smith, J., Old Scottish clockmakers, Edimburgo, 1921, y Peate, I. C., Clock and watch makers in Wales, Cardiff, 1945.

[950] Documentos de la Compañía de Relojeros, Archivo Gremial de Londres, 6026/1. Véase (para el cronómetro de Harrison) Ward, F. A. B., op. cit., p. 32.

[951] Peate, I. C., «John Tibbot, clock and watch maker», Montgomeryshire Collections, XLVIII, parte 2, Welshpool, 1944, p. 178.

[952] Commons Journals, LIII, p. 251. Los testigos de Lancashire y Derby dieron testimonios similares: ibid., pp. 331, 335.

[953] Los centros comerciales de fabricación de relojes de pared y de bolsillo que suplicaban contra el impuesto en 1798 fueron: Londres, Bristol, Coventry, Leicester, Prescot, Newcastle, Edimburgo, Liverpool, Carlisle y Derby: Commons Journals, LIII, pp. 158, 167, 174, 178, 230, 232, 239, 247, 251, 316. Se afirmaba que solo en Londres había 20.000 personas dedicadas a este oficio, 7.000 de ellos en Clerkenwell. Pero en Bristol solo había de 150 a 200. Para Londres, véase George, M. D., London life in the eighteenth-century, Londres, 1925, pp. 173-176; Atkins y Overall, op. cit., p. 269; Morning Chronicle (19 de diciembre de 1797); Commons Journals, LIII, p. 158. Para Bristol, ibid., p. 332. Para Lancashire, Victoria County History, Lancashire.

[954] El cálculo más bajo lo dio un testigo ante el comité para las peticiones de los relojeros (1798): Commons Journals, LIII, p. 328: estimación del consumo anual interior, 50.000; exportación, 70.000. Véase también un cálculo similar (relojes de pared y de bolsillo) para 1813, Atkins y Overall, op. cit., p. 276. El cálculo más alto es el de las cubiertas de relojes de bolsillo con la marca de Goldsmiths Hall —cubiertas de plata, 185.102 en 1796, bajando a 91.346 en 1816— y se encuentra en el Report of the Select Committee on the Petitions of Watchmakers, PP, 1817, VI, y 1818, IX, pp. 1, 12.

[955] Atkins y Overall, op. cit., pp. 302, 308: calculan (¿excesivamente?) 25.000 relojes de bolsillo de oro y 10.000 de plata importados, en su mayoría ilegalmente, al año; y anónimo, Observations on the Art and Trade of Clock and Watchmaking, Londres, 1812, pp. 16-20.

[956] George, M. D., op. cit., p. 70. Se utilizaban, desde luego, varios medios para determinar las horas sin el reloj: los grabados del cardador de lana (en The Book of English Trades, Londres, 1818, p. 438) le muestran con un reloj de arena en su banca; los trilladores medían el tiempo siguiendo el movimiento de la luz que entraba por la puerta sobre el suelo del granero; y los mineros de estaño de Cornualles lo medían en los subterráneos con velas (información provista por el señor J. G. Rule).

[957] Peate, I. C., «Two Montgomeryshire craftsmen», Montgomeryshire Collections, XLVIII, parte 1, Welshpool, p. 5; Daniell, J. A., op. cit., p. 39. El precio medio de los relojes exportados en 1792 era de 4 libras: PP, 1818, IX, p. 1.

[958] «A loyal song», Morning Chronicle (18 de diciembre de 1797). [«If your Money he take — why your Breeches remain; / And the flaps of your Shirts, if your Breeches he gain; / And your Skin, if your Shirts; and if Shoes, your bare feet. / Then, never mind taxes — We’ve beat the Dutch fleet!»].

[959] Las exenciones en la ley (37 George III, c. 108, cl. XXI, XXII y XXIV) eran: a) un reloj de cualquier tipo para un residente cualquiera de la casa exento de impuesto de «ventana» o «casa» (por ejemplo, un cottager); b) los relojes «hechos de madera, o fijados en madera, y los cuales relojes son generalmente vendidos por sus respectivos fabricantes a un precio que no exceda la suma de 20 chelines»; c) los criados agrícolas.

[960] Morning Chronicle (1 de julio de 1797); Craftsman (8 de julio de 1797); Parliamentary History, XXXIII, passim.

[961] En el año que terminó el 5 de abril de 1798 (tres semanas después de la revocación), el impuesto había recaudado 2.600 libras: PP, CIII, Accounts and Papers (1797-1798), XIV, pp. 933 (2) y 933 (3).

[962] Morning Chronicle (26 de julio de 1797).

[963] Puede percibirse un índice en la pesada colección de cuentas vencidas y no pagadas. Impuestos aplicados, julio de 1797: ingresos en el año que terminaba en enero de 1798, 300 libras. Impuestos anulados, marzo de 1798: vencidos y no pagados, acto que terminaba en enero de 1799, 35.420 libras; en el año que terminaba en enero de 1800, 14.966. PP, CIX, Accounts and Papers (1799-1800), LI, pp. 1009 (2) y 1013 (2).

[964] Morning Chronicle (16 de marzo de 1798); Commons Journals, LIII, p. 328.

[965] Véanse las peticiones, citadas supra, nota 37, p. 484; Commons Journal, LIII, pp. 327-333; Morning Chronicle (13 de marzo de 1798). Se decía que dos tercios de los relojeros de Coventry estaban sin empleo: ibid. (8 de diciembre de 1797).

[966] Craftsman (17 de marzo de 1798). Lo único que consiguió la ley fue que existiera —en tabernas y lugares públicos— la «Ley del Reloj Parlamentario».

[967] Algunos relojes importados aparecían con precios tan bajos como 5 chelines en 1813: Atkins y Overall, op. cit., p. 292. Véase también supra, nota 43, p. 487. El precio de un reloj de bolsillo inglés de plata de buen funcionamiento se determinó en 1817 (Committee on Petitions of Watchmakers, PP, 1817, VI) entre 2 y 3 guineas; hacia la década de 1830 un reloj de metal de buen funcionamiento se podia conseguir por 1 libra; Lardner, D., Cabinet Cyclopaedia, Londres, 1834, III, p. 297.

[968] Muchos relojes debieron cambiar de dueño en los bajos fondos de Londres; la legislación de 1754 (27 George II, c. 7) estaba dirigida a los receptores de relojes robados. Los rateros continuaron naturalmente su oficio imperturbables; véase, por ejemplo, Minutes of Select Committee to Inquire into the State of the Police of the Metropolis, 1816, p. 437; «Por ejemplo, los relojes; se puede uno deshacer de ellos con la misma facilidad que de cualquier otra cosa […]. Tuvo que ser un muy buen reloj de plata patentado el que se pagara a 2 libras; y de oro, a 5 o 6 libras». Los receptores de relojes robados en Glasgow, se decía, los vendían en grandes cantidades en los distritos rurales de Irlanda (1834): véase Handley, J. E., The Irish in Scotland, 1798-1845, Cork, 1934, p. 253.

[969] «Siendo Winchester uno de los lugares de reunión de la milicia voluntaria, ha sido escenario de desórdenes, disipación y absurda extravagancia. Se cree que nueve décimas partes de las primas pagadas a estos hombres, que suman al menos 20.000 libras, se gastaron todas en el momento, en las casas públicas, sombrererías, relojerías, etc. Con el mayor desenfreno se llegaron a comer billetes de banco entre rebanadas de pan y mantequilla»; Monthly Magazine (septiembre de 1799).

[970] Algunos testigos que aparecieron ante el Select Comittee de 1817 se lamentaron de que artículos de calidad inferior (conocidos en ocasiones como «relojes de judío») se elogiaban con exageración en ferias rurales y eran vendidos a los crédulos en falsas subastas: PP, 1817, VI, pp. 15-16.

[971] Smith, B., Twenty-four Letters from Labourers in America to their Friends in England, Londres, 1829, p. 48: se refiere a ciertas partes de Sussex, veinte personas formaban un club (como el Cow Club), pagaban 5 chelines cada una durante veinte semanas sucesivas, en cada una de las cuales se sorteaba un reloj de 5 libras.

[972] PP, 1817, VI, pp. 19, 22.

[973] Smith, C. M., The working man’s way in the world, Londres, 1853, pp. 67-68.

[974] Radcliffe, W., The origin of power loom weaving, Stockport, 1828, p. 167.

[975] Morning Chronicle (25 de octubre de 1849). Pero en 1843, J. R. Porter (The Progress of the Nation, III, p. 5) todavía consideraba la posesión de un reloj como «una indicación cierta de prosperidad y de respetabilidad personal por parte del hombre trabajador».

[976] Liberal-laborista: laborista que aceptaba los principios de la economía liberal. (N. del T.).

[977] Para algunos de los problemas analizados aquí y en la sección siguiente, véase especialmente Thomas, K., «Work and leisure in pre-industrial societies», Past and Present, n.° 29 (diciembre de 1964). También Hill, C., «The uses of Sabbatarianism», en Society and puritanism in pre-revolutionary England, Londres, 1964; Furniss, E. S., The position of the laborer in a system of nationalism, Boston, 1920; reimpr., Nueva York, 1965; Coleman, D. C., «Labour in the English economy of the seventeenth-century», Econ. Hist. Rev., 2.ª serie, VIII (1955-1956); Pollard, S., «Factory discipline in the industrial Revolution», Econ. Hist. Rev., 2.ª serie, XVI (1963-1964); Ashton, T. S., An economic history of England in the eighteenth-century, Londres, 1955, cap. VII; Moore, W. E., Industrialization and labor, Nueva York, 1951, y Hoselitz, B. F. y W. E. Moore, Industrialization and society, Unesco, 1963.

[978] MS: diarios de Cornelius Ashworth de Wheatley, en Halifax Ref. Lib.; véase también Hanson, T. W., «The diary of a grandfather», Trans. Halifax Antiq. Soc., 1916. Sturge Henderson, M., Three centuries in North Oxfordshire, Oxford, 1902, pp. 133-146, 103, cita párrafos similares (tejer, matanza de cerdos, cortar leña, acudir al mercado) de un diario de un tejedor de Charlbury, 1784, etc., pero me ha sido imposible encontrar el original. Es interesante comparar presupuestos de tiempo de economías campesinas más primitivas, por ejemplo, Sol Tax, Penny capitalism — A Guatemalan Indian economy, Washington, 1953, pp. 104-105; Forster, G. M., A primitive Mexican economy, Nueva York, 1942, pp. 35-38; Herskovits, M. J., The economic Life of primitive peoples, Nueva York, 1940, pp. 72-79; Firth, R., Malay fishermen, Londres, 1946, pp. 93-97.

[979] Divers Crab-Tree Lectures, 1639, p. 126, citado en Brand, J., Observations on Popular Antiquities, Londres, 1813, I, pp. 459-460. Bourne, H., Antiquitates Vulgares, Newcastle, 1725, pp. 115 y ss., declara que los sábados por la tarde en lugares del campo y aldeas «Terminan las labores del arado, y se extienden por toda la aldea refrigerios y descanso». [«You know that Munday is Sundayes brother; / Tuesday is such another; / Wednesday you must go to Church and pray; / Thursday is half-holiday; / On Friday it is too late to begin to spin; / The Saturday is half-holiday again»].

[980] Houghton, J., Collection of Letters, Londres, ed. de 1683, p. 177, citado en Furniss, op. cit., p. 121.

[981] Hanson, T. W., op. cit., p. 234.

[982] Clayton, J., Friendly Advice to the Poor, Mánchester, 1755, p. 36.

[983] Report of the Trial of Alexander Wadsworth against Peter Laurie, Londres, 1811, p. 21. La queja está particularmente dirigida contra los fabricantes de sillas de montar.

[984] «How upon a good Saint Monday, / Sitting by the smithy fire, / Telling what’s been done o’t Sunday, / And in cheerful mirth conspire, / Soon 1 hear the trap-door rise up, / On the ladder stands my wife: / «Damn thee. Jack, I’ll dust they eyes up, / Thou leads a plaguy drunken life; / Here thou sits instead of working, / Wi’ thy pitcher on thy knee; / Curse thee, thou’d be always lurking. / And I may slave myself for thee».

[985] The songs of Joseph Mather, Sheffield, 1862, pp. 88-90. El tema parece haber sido muy popular entre los escritores de baladas. Un ejemplo de Birmingham, «Día de Borrachera, o San Lunes» (que debo al señor Charles Parker), dice: «San Lunes produce los peores males, / pues cuando se ha consumido el dinero, / las ropas de los niños se van en humo, / lo cual causa descontento; / y cuando por la noche se tambalea él hasta su casa / no sabe qué decir, / un simple es más hombre que él / en un día de borracheras». [«Saint Monday brings more ills about, / For when the money’s spent, / The children’s clothes go up the spout, / Which causes discontent; / And when at night he staggers home, / He knows not what to say, / A fool is more a man than he / Upon a fuddling day»].

[986] «See thee, look what stays I’ve gotten, / See thee, what a pair o’shoes; / Qown and petticoat half rotten, / Ne’er a whole stitch in my hose …» // «Thou knows I hate to broil and quarrel, / But I’ve neither soap nor tea; / Od burn thee, Jack, forsake thy barrel, / Or nevermore thou’st lie wi’ me».

[987] Era observado por los tejedores mexicanos en 1800: véase Bazant, J., «Evolution of the textile industry of Puebla, 1544-1845», Comparative Studies in Society and History, VIII (1964), p. 65. Relatos de mucho valor sobre las costumbres de Francia en los años 1850 y 1860 se encuentran en Duveau, G., La vie ouvriére en France sous le Second Empire, París, 1946, pp. 242-248; y Pierrard, P., La vie ouvriére à Lille sous te Second Empire, París, 1965, pp. 165-166. Edward Young, que dirigió una investigación sobre las condiciones de trabajo en Europa, con la ayuda de estudiosos norteamericanos, habla de esta costumbre en Francia, Bélgica, Prusia, Estocolmo, etc., en los años 1870: Young, E., Labour in Europe and America, Washington, 1875, pp. 576, 661, 674, 685, etc.

[988] Especialmente en las minas. Un viejo minero de Yorkshire me dice que en su juventud era costumbre, en las buenas mañanas de lunes, echar una moneda al aire para decidir si se iba o no a trabajar. También se me ha dicho que todavía se honra a San Lunes (1967) en su pureza prístina entre unos cuantos toneleros de Burton-on-Trent.

[989] Young, E., op. cit., pp. 408-409 (informe del cónsul norteamericano). De modo similar, en algunos distritos mineros, el «Lunes de Paga» se admitía entre los patronos, y solo se mantenían abiertas las minas para posibles reparaciones: los lunes solo «se realiza trabajo pasivo»: Report of the Select Committee on the Scarcity and Dearness of Coal, PP, 1873, X, QQ 177, 201-217.

[990] Duveau, op. cit., p. 247. «Un oficial mecánico» (T. Wright) dedica todo un capítulo a «San Lunes» en su Some habits and customs of the working classes (Londres, 1867, esp. pp. 112-116), bajo la impresión errónea de que la costumbre era «relativamente reciente» y consecuencia de que el uso del vapor como energía había creado «un cuerpo numeroso de trabajadores muy especializados y muy bien pagados», y ¡especialmente los mecánicos!

[991] «An old potter».,When I was a child, Londres, 1903, pp. 16, 47-49, 52-54, 57-58, 71, 74-75, 81, 185-186, 191. Sokol, W., de la Universidad de Wisconsin, ha dirigido mi atención hacia una serie de casos aparecidos en el Staffordshire Potteries Telegraph en 1853-1854 en los que los patronos consiguieron multar o llevar a la cárcel a trabajadores que abandonaban su trabajo, a menudo en lunes y martes. Estas acciones se realizaban so pretexto de incumplimento de contrato (contratación anual), para lo cual véase Simon, D., «Master and servant», en Democracy and the labour movement, ed. de J. Saville, Londres, 1954. A pesar de esta campaña de procesos, la costumbre de observar San Lunes todavía aparece anotada en el Report of the Children’ Employment Commission, PP, 1863, XVIII, pp. XXvii-xxviii.

[992] Place, F., Improvement of the Working People, 1834, pp. 13-15: Brit. Mus., Add. MS, 27825. Véase también Wade, J., History of the middle and working classes, Londres, 1835, pp. 124-125.

[993] Véase Hill, C., op. cit.

[994] Clayton (op. cit., p. 13) sostiene que «la costumbre popular ha establecido tantos días de fiesta que muy pocos entre nuestros compañeros de trabajo fabril están firmemente y regularmente empleados más allá de dos terceras partes de su tiempo». Véase también Furniss, op. cit., pp. 44-45, y el resumen de mi trabajo en el Bulletin of the Society for the Study of Labour History, n.° 9 (1964).

[995] «Tenemos cuatro o cinco pequeños labradores […], tenemos un albañil, un carpintero, un herrero y un molinero, todos los cuales […] tienen la frecuente costumbre de beber a la salud del rey […]. Su trabajo es desigual; algunas veces están llenos de encargos y a veces no tienen ninguno; generalmente tienen muchas horas de ocio, porque […] la parte más dura [de su trabajo] recae sobre algunos hombres que contratan»: «Un labrador» describiendo su propia aldea (véase infra, nota 85, p. 502) en 1798.

[996] Citado en Hammond, J. L. y B., The village labourer, Londres, 1920, p. 13; Thompson, E. P., The making of the English working class, Londres, 1963, p. 220 [trad. cast.: La formación de la clase obrera en Inglaterra, Madrid: Capitán Swing, 2012].

[997] Véase, por ejemplo, Annals of Agriculture, XXVI (1796), p. 370 n.

[998] Markham ,G., The Inrichment of the Weald of Kent, Londres, 166010, pp. 115-117.

[999] En el intento de explicar la deficiencia de sus existencias de trigo en 1617, Loder escribe: «Cuál sea la causa de ello no lo sé, pero fue en aquel año en que R. Pearce y Alce eran criados míos, entonces con gran afecto (como parecía de forma demasiado evidente) si se lo dio a los caballos … o cómo desapareció, solo Dios lo sabe». Robert Loder’s farm accounts, ed. G. E. Fussell (Camden Soc., 3.a ser.. LIII), 1936, pp. 59, 127.

[1000] Para una relación de la jornada de un agricultor activo, véase Howitt, W., Rural life of England, Londres, 1862, pp. 110-111.

[1001] Sir Mordaunt Martin en Bath and West and Southern Counties Society, Letters and Papers, Bath, 1795, VII, p. 109; «A farmer», «Observations on Taken-Work and Labour», Monthly Magazine (septiembre de 1798, mayo de 1799).

[1002] Jefferies, J. R., The toilers of the field, Londres, 1892, pp. 84-88, 211-212.

[1003] Mary Collier, ahora lavandera, de Petersfield en Hampshire, The Woman’s Labour: An Epistle to Mr. Stephen Duck; in Answer to his late Poem, called The Thresher’s Labour, Londres, 1739, pp. 10-11, reimpresión 1989. [«When we Home are come, / Alas! we find our Work but just begun; / So many Things for our Attendance call, / Has we ten Hands, we could employ them all. / Our Children put to Bed, with greatest Care / We all Things for your coming Home prepare: / You sup, and go to Bed without delay, / And rest yourselves till the ensuing day; / While we, alas! but little Sleep can have, / Because our froward Children cry and rave … // In ev’ry Work (we) take our proper Share; / And from the Time that Harvest doth begin / Until the Corn be cut and carry’d in, / Our Toil and Labour’s daily so extreme, / That we have hardly ever Time to dream»].

[1004] Véase la valiosa crítica de Frank, A. G., «Sociology of development and underdevelopment of sociology», Catalyst, Buffalo (verano de 1967).

[1005] Tucker, J., Six Sermons, Bristol, 1772, pp. 70-71.

[1006] El cambio se vislumbra quizá también en la ideología de los patronos más ilustrados: véase Coats, A. W., «Changing attitudes to labour in the mid-eighteenth- Century», Econ. Hist. Rev., 2.ª ser., XI (1958-1959).

[1007] Véase Pollard, op. cit. McKendrick, N., «Josiah Wedgwood and factory discipline», Hist. Journal, IV (1961); véase también Thompson, op. cit., pp. 356-374.

[1008] La Orden 103 se reproduce completa en The Law Book of the Crowley Ironworks, ed. de M. W. Flinn (Sturtees Soc., CLXVII), 1957. Véase también la Ley 16, «Cuentas». La Orden 40 está en el «Libro de Derecho», Brit. Lib., Add. MS, 34555.

[1009] MS, instrucciones, c. 1780, en Wedgwood MSS (Barlaston), 26.19114.

[1010] «Algunas regulaciones y reglas confeccionadas para esta manufactura hace más de treinta años», fechado c. 1810, en Wedgwood MSS (Keele University), 4045.5.

[1011] Se conserva un reloj «de vigilancia» en Barlaston, pero estos relojes (fabricados por John Whitehurst de Derby desde aproximadamente 1750) servían solamente para asegurar el patrullamiento regular, la asistencia de los vigilantes nocturnos, etc. Los primeros sistemas de fichaje con impresión se fabricaron en Estados Unidos por Bundy en 1885. Ward, F. A. B., op. cit., p. 49; véase también de Thomson, T., Annals of philosophy, VI (1815), pp. 418-419; VII (1816), p. 160; Babbage, C., On the economy of machinery and manufacturers, Londres, 1835, pp. 28, 40; E. Bruton, op. cit., pp. 95-96.

[1012] Clayton, op. cit., pp. 19, 42-43.

[1013] Citado en Furniss, op. cit., p. 114.

[1014] Anónimo [Powell], A view of real grievances, Londres, 1772, p. 90.

[1015] W. Turner, Sunday schools recommended, Newcastle, 1786, pp. 23, 42.

[1016] Rules for the Methodist school of industry at Pocklington, for the instruction of poor girls in reading, sewing, knitting, and marking, York, 1819, p. 12.

[1017] Rules for the government, superintendence, and teaching of the Wesleyan Methodist Sunday Schools, York, 1833. También Silver, H., The concept of popular education, Londres, 1965, pp. 32-42; Owen, D., English philanthrophy, 1660-1960, Cambridge, Mass., 1965, pp. 23-27.

[1018] La mejor exposición de los problemas de los patronos se encuentra en Pollard, S., The genesis of modern management, Londres, 1965, cap. V: «La adaptación de la mano de obra».

[1019] Lipson, E., The economic history of England, Londres, 19566, III, pp. 404-406. Véase, por ejemplo, Ferri, J. L., Londres et les Anglais, París, An XII, 1, pp. 163-164. Algunos de los datos en cuanto a las horas se analizan en Langenfelt, O., The historic origin of the eight hours day, Estocolmo, 1954.

[1020] A letter on the present state of the labouring classes in America, por un inteligente emigrante de Filadelfia, Bury, 1827.

[1021] Kydd, A. S., History of the Factory Movement…, Londres, 1857, I, p. 283, citado en Mantoux, P., The Industrial Revolution in the eighteenth-century, Londres, 1948, p. 427.

[1022] Anónimo, Chapters in the Life of a Dundee Factory Boy, Dundee, 1887, p. 10.

[1023] PP, 1831-1832, XV, pp. 177-178. Véase también el ejemplo de la Comisión de Fábrica (1883) en Mantoux, op. cit., p. 427.

[1024] El cartel está en mi poder.

[1025] Para un examen de la fase siguiente, en la que los obreros habían aprendido «las reglas del juego», véase Hobsbawm, E. J., Labouring men, Londres, 1964, cap. XVII: «Costumbres, salarios y volumen de trabajo».

[1026] John Preston utilizó la imagen de la maquinaria de relojería en 1628: «En este curioso mecanismo de relojería de la religión, cada perno y cada rueda que se estropean perturban a la totalidad»: Sermons preached before His Majestie, Londres, 1630, p. 18. Cf. Baxter, R., A Christian directory, Londres, 1673, I, p. 285: «Un cristiano prudente y bien formado debe tener sus asuntos en un orden tal que cada deber corriente tenga su lugar, y todos deben estar […] como las piezas de un reloj o de cualquier otra máquina, que deben estar agrupadas en conjunción, en su debido lugar».

[1027] Ibid., I, pp. 274-275, 277.

[1028] The whole works of the Rev. Oliver Heywood, Idle, 1826, V, p, 575.

[1029] Ibid., V, pp. 386-387; véase también p. 562.

[1030] Baxter, op. cit., I, p. 276.

[1031] Baxter, R., The Poor Man’s Family Book, Londres, 1697, pp. 290-291.

[1032] Poetical works of Isaac Watts, DD, Cooke’s Pocket ed., Londres, [1802], pp. 224, 227, 232. El tema no es nuevo, por supuesto: el párroco de Chaucer dijo: «Dormir mucho en calma es un gran engendrador de lujuria».

[1033] More, H., Works, Londres, 1830, II, p. 42. Véase también p. 35: «Tiempo». [«Thou silent murderer, Sloth, no more / My mind imprison’d keep; / Nor let me waste another hour / With thee, thou felon Sleep»].

[1034] Ibid., III, p. 167.

[1035] Poor Richard’s Almanac (enero de 1751), en The papers of Benjamin Franklin, ed. de L. W. Labaree y W. J. Bell, New Haven, 1961, IV, pp. 86-87.

[1036] Weber, M., The protestant ethic and the spirit of capitalism, Londres, 1930, pp. 48-50 y passim.

[1037] Ford empezó su carrera arreglando relojes: puesto que había diferencias entre las horas locales y las horas establecidas por los ferrocarriles, confeccionó un reloj, con dos esferas, que marcaba ambas horas; un principio ominoso: Ford, H., My Life and work, Londres, 1923, p. 24.

[1038] Existe una abundante literatura portuaria del siglo XIX que ilustra esto. Sin embargo, en época reciente el trabajador temporero de los puertos ha dejado de ser un «accidente» del mercado laboral (como lo veía Mayhew) y se destaca por su preferencia por las altas ganancias sobre la seguridad: véase Alexander, K. J. W., «Casual labour and labour casualties», Trans. Inst. of Engineers and Shipbuilders in Scotland, Glasgow, 1964. No he tratado en este trabajo los horarios ocupacionales introducidos por la sociedad industrial, sobre todo los trabajadores de turno nocturno (minas, ferrocarriles, etc.): véanse las observaciones del «Journeyman engineer» [T. Wright), The Great Unwashed, Londres, 1868, pp. 188-200; Pollock, M. A. (ed.), Working Days, Londres, 1926, pp. 17-28; Nairn, T., New Left Review, 34 (1965), p. 38.

[1039] Foster, J., An essay on the evils of popular ignorance, Londres, 1821, pp. 180-185.

[1040] Thompson, op. cit., caps. XI y XII.

[1041] Véase el importante estudio sobre actitudes anticipatorias y predictivas y su influencia en el comportamiento económico y social, en Bourdieu, P., op. cit.

[1042] Citado en Bernstein, M. D., The Mexican mining industry, 1890-1950, Nueva York, 1964, cap. VII; véase también Mead, M., op. cit., pp. 179-182.

[1043] Moore, W. E., Industrialization and labor, Ithaca, 1951, p. 310, y pp. 44-47, 114-122.

[1044] Wells, F. A. y W. A. Warmington, Studies in industrialization: Nigeria and the Cameroons, Londres, 1962, p. 128.

[1045] Ibid., p. 170. Véanse también pp. 183, 198, 214.

[1046] Cohn, Edwin J., «Social and cultural factors affecting the emergence of innovations», en Social Aspects of Economic Development, Economic and Social Studies Conference Board, Estambul, 1964, pp. 105-106.

[1047] Nash, M., «The recruitment of wage labor and the development of new skills», Annals of the American Academy, CCCV (1956), pp. 27-28. Véanse también Nash, M., «The reaction of a civil-religious hierarchy to a factory in Guatemala», Human Organization, XIII (1955), pp. 26-28, y Salz, B., op. cit. (supra, nota 8, p. 473), pp. 94-114.

[1048] Moore, W. E. y A. S. Feldman (eds.), Labor commitment and social change in developing areas, Nueva York, 1960. Entre los trabajos útiles sobre adaptación y absentismo se incluyen Elkan, W., An African labour force, Kampala, 1956, esp. los caps. II y III; y Harbison, F. H. e I. A. Ibrahim, «Some labor problems of industrialization in Egypt», Annals of the American Academy, CCCV (1956), pp. 114-129. Morris, M. D., (The emergence of an industrial labor force in India, Berkeley, 1965) desestima la seriedad del problema de disciplina, absentismo, fluctuaciones de temporada en el empleo, etc., en las fábricas de algodón de Bombay a finales del siglo XIX, pero en muchos puntos sus afirmaciones parecen contradecir sus propios datos: véanse pp. 85, 97, 102; véanse también Myers, C. A., Labour problems in the industrialization of India, Cambridge, Mass., 1958, cap. III, y Mehta, S. D., «Professor Morris on textile labour supply», Indian Economic Journal, I, 3 (1954), pp. 333-340. El trabajo del profesor Morris, «The recruitment of an industrial labor force in India, with British and American comparisons», Comparative Studies in Society and History, II (1960), desvirtúa y malinterpreta los datos ingleses. Hay estudios útiles de una mano de obra solo parcialmente «comprometida» en Rimlinger, G. V., «Autocracy and the early Russian factory system», Jour. Econ. Hist., XX (1960), y Von Laue T. V., «Russian peasants in the factory», ibid., XXI (1961).

[1049] Véase Friedmann, G., «Leisure and technological civilization», Int. Soc. Science Jour., XII (1960), pp. 509-521.

[1050] Kerr, C. y A. Siegel, «The structuring of the labor force in industrial society: new dimensions and new questions», Industrial and Labor Relations Review, II (1955), p. 163.

[1051] De Vries, E. y J. M. Echevarría (eds.), Social aspects of economic development in Latin America, Unesco, 1963, p. 237.

[1052] Hay comentarios sugerentes sobre esta ecuación en Mumford, L. y S. de Grazia, citado supra, nota 1, p. 470; Diesing, P., Reason in society, Urbana, 1962, pp. 24-28; Meyerhoff, H., Time in literature, Universidad de California, 1955, pp. 106-119.

[1053] Evans-Pritchard, E., op. cit., p. 103.

[1054] «Capitalism», Encyclopaedia of the Social Sciences, Nueva York, ed. de 1953, III, p. 205.

[1055] Thomas Wedgwood a William Godwin, 31 de julio de 1797, publicado en el importante artículo de David Erdman «Coleridge, Wordsworth, and the Wedgwood Fund», Bulletin of the New York Public Library, LX (1956).

[1056] The Prelude, Londres, ed. de 1805, libro V, líneas 377-383. Véase también el esquema en Poetical works of William Wordsworth, ed. de E. de Selincourt y Helen Darbishire, Oxford, 1959, V, p. 346. [«The Guides, the Wardens of our faculties, / And Stewards of our labour, watchful men / And skilful in the usury of time, / Sages, who in their prescience would controul / All accidents, and to the very road / Which they have fashion’d would confine us down, / Like engines»].

07

La venta de esposas

I

Hasta hace unos pocos años el recuerdo histórico de la venta de esposas en Inglaterra quizá sería mejor calificarlo de amnesia. ¿Quién querría recordar prácticas tan bárbaras? En la década de 1850 casi todos los comentaristas ya afirmaban que la práctica era a) rarísima y b) sumamente ofensiva para la moral (aunque algunos folcloristas empezaban a darle vueltas a la idea, en tono de excusa, de que quedaban vestigios de aquella pagana costumbre).

El tono de The Book of Days (1878), de Chambers, es representativo. El panorama «es sencillamente una ofensa a la decencia […]. Solo cabe considerarlo como prueba de la estúpida ignorancia y los sentimientos brutales de una parte de nuestra población rural». Y era tanto más importante rechazar y denunciar la práctica cuanto que los «vecinos continentales» de Inglaterra se habían fijado en los «ejemplos esporádicos de venta de esposas» y «creen seriamente que es un hábito de todas las clases de nuestro pueblo, y lo citan constantemente como prueba de nuestra baja civilización».[1057] Los franceses, con su habitual frivolidad rencorosa, eran los peores en este sentido: se presentaba a milord John Bull con botas y espuelas en el mercado de Smithfield pregonando «à quinze livres ma femme!», mientras milady esperaba en un corral, con el ronzal puesto.[1058]

The Book of Days solo pudo recoger ocho casos, entre 1815 y 1839, y estos casos, con tres o cuatro más, circularon durante cincuenta años o más, sin que apenas nadie se tomara la molestia de investigarlos, en las crónicas periodísticas o los escritos de los anticuarios. Al crecer la Ilustración, disminuyó la curiosidad. Durante la primera mitad de este siglo la memoria histórica se dio generalmente por satisfecha con alguna que otra referencia suelta en las crónicas populares de las costumbres populares del siglo XVIII. Se ofrecían comúnmente a modo de elemento pintoresco dentro de una liturgia antitética que servía para contrastar la cultura animal de los pobres (Gin Lane, Tyburn y Mother Proctor’s Pews, luchas de perros y toros, fuegos artificiales atados a animales, pugilismo con botas claveteadas, carreras al desnudo, venta de esposas) con las formas de ilustración que supuestamente hubieran desplazado estas cosas.[1059]

Contra esta indiferencia, se afirmaba una influencia poderosa: la cuidadosa reconstrucción de la venta de una esposa, en un contexto humano verosímil, ocupando un lugar significativo en la estructura del argumento de una novela importante, The mayor of Casterbridge. Thomas Hardy era un observador soberbiamente perceptivo de las costumbres populares y su toque raramente es más seguro que en esta novela. Pero en el episodio en que Michael Henchard vende a su esposa, Susan, a un marinero, en una feria instalada al borde de un camino, Hardy no parece haberse apoyado en la observación (o la tradición oral directa), sino en fuentes periodísticas. Estas fuentes (como veremos) suelen ser enigmáticas y opacas. Y el episodio, tal como se describe en la novela, con su procedencia aparentemente fortuita y su brutal expresión, no se ajusta a datos más «típicos». La subasta de Susan Henchard carece de rasgos rituales; el comprador llega fortuitamente y puja obedeciendo a un impulso. En su reconstrucción del episodio y en su revelación de las consecuencias, Hardy consigue de un modo admirable presentar el consenso popular general sobre la legitimidad de la transacción y sobre su carácter irrevocable, convicción que sin duda comparte Susan Henchard.[1060]

Pero en último término la presentación de Hardy todavía se enmarcaba en el mismo estereotipo que The Book of Days. Dice el borracho Henchard:

Por mi parte, no veo por qué los hombres que tienen esposa y no la quieren no deberían librarse de ella del mismo modo que los gitanos se libran de sus caballos viejos […]. ¿Por qué no iban a exponerla y venderla en subasta a hombres que tienen necesidad de tales artículos?

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