Contando atardeceres

Contando atardeceres


PARTE V. LOS NUEVOS ATARDECERES » 39. Un tiempo para nosotras. Hay que brindar por la vida

Página 48 de 56

39

Un tiempo para nosotras

Hay que brindar por la vida.

Nos pilló totalmente por sorpresa. El mensaje que Lucía escribió en el Dramachat aquella calurosa tarde de finales de mayo para proponernos un plan nos sorprendió y preocupó a partes iguales. A pesar de que todo iba según lo previsto y el melanoma era cosa del pasado, se nos había quedado en el alma esa sensación de angustia cada vez que una frase sonaba un tanto ambigua. Como cuando alguien te dice el famoso «tenemos que hablar» y automáticamente piensas que es algo malo.

Con Lucía teníamos la misma sensación y, aunque intentábamos hacer como que no pensábamos en ello con bromas y comentarios livianos, la sombra de la duda siempre aparecía. Yo esperaba que el paso del tiempo sin sobresaltos terminara por devolvernos de nuevo a nuestro estado natural, ese en el que no estás alerta ante todo lo que ocurre a tu alrededor.

 

 

Dramachat

Laux., Lucía azafata., Sara., Tú

Lucía azafata.

Chicas. Tengo que contaros una cosa.

Unas cerves urgentes

esta tarde en el 54?

Pero ¿son urgentes

o importantes?

Sara.

¿Cuál es la diferencia

entre urgente o importante?

Laux.

Yo creo que hacer caca es

urgente. Tirarse pedos

es importante.

¡Pero mira que eres cerda!

Laux.

Jajajajajajajajajajaja.

Lucía azafata.

Son urgentes porque

tengo muchas ganas de veros

Será algo bueno, ¿no?

Si no voy a ir al gimnasio,

lo mínimo es que sea

un notición.

Lucía azafata.

Oye, quién es esta tía y por qué

habla de ir al gimnasio?

Ja, ja.

Me parto, oye.

Laux.

Uy, si vierais el culito que se le

está poniendo...

¡Para forrar pelotas!

Sara.

¡Yo quiero ir con vosotras!

¿Tú también quieres

forrar pelotas?

Sara.

No sé qué es eso de

forrar pelotas.

Laux.

Jajajajaja, luego te lo explico.

Lucía azafata.

Venga, que hasta

yo me voy a animar.

Me vendrá fenomenal

Laux.

¡Claro que sí!

Lucía azafata.

Bueno, lo dicho.

Ya han inaugurado la

terraza además.

¿A las 19?

¡Allí nos vemos!

 

 

Del suspense de sus palabras iniciales pasamos a la alegría más absoluta al ver a Lucía de nuevo llena de energía, capitaneando una quedada entre las cuatro en la terraza de nuestro querido 54.

Salir con amigas, trabajar, ir al gimnasio... Nunca lo hubiera dicho, pero... ¡benditas rutinas! Qué necesarias son.

—¿Os acordáis cuando estuvimos aquí, justo en esta mesa, más o menos un día de mayo como ahora, pero hace dos años? —preguntó Lucía cuando ya estábamos todas sentadas en una mesa de cuatro.

—Sí que me acuerdo, sí... Como para no... —comenté.

—¿Qué pasó? —inquirió Laux, curiosa.

—Aquí montamos el equipo de investigación de Álex... —le explicó Sara.

—Ah, claro. Joder, qué pena no haberos conocido en ese momento. Cuando me lo contó la little rubia, flipé... ¡Menudo mamarracho!

—Anda que la que le montaste tú cuando nos lo encontramos por casualidad, Laux... —recordé.

—Hombre, es que Álex se merecía eso y más... Menudo embaucador empotrador...

—En el fondo tenía el pito chico y era escorpio —dijo Lucía.

—¿Y tú cómo lo sabes? —le preguntó Laux sorprendida—. ¿Es Álex otro de los novios que le has robado a la rubia?

En ese momento todas nos partimos de risa a pleno pulmón menos Lucía.

—¡¡Que no!! Joder, que me lo dijo Alberto, que le llamaban así... Acuérdate que ellos eran muy amigos —respondió Lucía agobiada.

—Ya, ya... Sara, ten cuidado con Marcelo, que esta tía no deja títere con cabeza —insistí siguiendo con la broma—. Y, por cierto, pequeño pequeño no lo tenía...

—Bueeeenoooo, ya está la rubia defendiéndolo.

—¡¡Que no!! Defendiéndolo no, pero al César lo que es del César.

—Y a Álex su pollón —apuntó Laux, riéndose a carcajada limpia para centrar, aún más, las miradas de toda la terraza sobre nosotras.

—Pero qué cabronas sois todas... —dijo Lucía entrando al trapo.

—Recuerdo que Laux comparaba a Álex con los «hombres bombero»... Los que vienen, te incendian la casa y se van, dejándolo todo lleno de cenizas.

—¡Naaaaaaaaada! Al final ese era de mecha corta, chiquis.

—Ja, ja, ja. Cómo es la vida... Ahora tienes a un bombero, pero de verdad —añadió Sara con cierta nostalgia.

—Por cierto, hablando de eso, ¿qué pasa con Javi? —preguntó Lucía de manera directa.

Laux me miró con complicidad. Era una conversación que ya había tenido con ella en el gimnasio y que ahora tocaba poner encima de la mesa, por alusiones, frente al resto. Sus­piré.

—Bueno... Pues no sabría decirte. Hablamos un par de veces por semana, pero no sé hacia dónde vamos, por lo que no sé qué va a pasar...

—¿Has pensado en volver a Ibiza? —insistió Lucía, haciéndome la misma pregunta que me hizo Laux.

Me quedé en silencio, porque, aunque sabía que mi vida estaba en Madrid, escuchar de nuevo el nombre de la isla hizo que volviera a sentir ese vínculo inexplicable que quedó anclado en mi interior. Como el gato que, con el tiempo, pasó a formar parte de ella para siempre.

—Mira, rubia —añadió Lucía con contundencia—. No tengo palabras para agradecerte que hayas estado a mi lado todos estos meses, pero creo que ha llegado el momento de que recuperes tu vida, amiga.

Le di la mano en un gesto de cariño para que en ningún caso se sintiese culpable por nada. Al final, todo pasa por algo y, si lo que tenía que ocurrir era que yo volviese a Madrid en aquel momento, no había que darle más vueltas.

—Mi vida está aquí, con vosotras. Aquí está mi familia, mi madre, mis sobrinos... Aquí está mi trabajo. No entraba en nuestros planes vivir en Ibiza para siempre. Y eso que me encanta la isla y fui muy feliz durante el verano pasado, pero mi tiempo ahora está aquí.

—¿Y se lo has dicho a él? —preguntó Sara.

De nuevo la pregunta de oro.

—Justo el otro día lo hablaba con Laura. Hace ya tiempo que marcamos como «tope» este verano para encontrar una solución y estar juntos. Él lo sabe, igual que yo.

—A mí Javi me cae muy bien, no te voy a engañar. Ya sabes lo que pienso. Me parece que hay pocas personas como él —remarcó Laura, siempre defendiéndole.

Aquellas palabras de Laux retumbaron en mi corazón. Por supuesto, conocía mejor que nadie las virtudes de Javi, pero hay que saber cuándo la situación llega al límite y no da más de sí, por mucho que se quiera a una persona. Siempre.

—A mí, cariño, me cae bien Javi, pero me caes mejor tú. —Sa­ra me cogió y me plantó un beso en la mejilla, notando que estaba un poco afligida.

—Bueno, lo que tenga que ser, será... Y, si no, ya echaremos una mano para que sea —sentenció Laux.

—Qué mal suena eso, Laura... —dijo Lucía.

—Ahora que estamos juntas en casa, yo soy tu «mujer bombera». No tengo manguera, pero sí velas con olor a vainilla como para incendiar el edificio entero.

Todas soltamos una sonora carcajada imaginando a Laura prendiendo fuego a cosas solo para que apareciesen los bomberos.

—Ay, chicas, había olvidado el poder curativo de una cerveza al sol con vosotras. —Lucía suspiró con fuerza y se mostró nostálgica.

Las cuatro hicimos lo propio.

—Gracias por todo —continuó—. Os quiero.

Todas nos miramos y, casi de manera instintiva, lancé mi mano sobre la de Lucía, que a la vez se la dio a Sara y ella a Laux, que cerró el círculo conmigo, rodeando la mesa, sosteniéndonos las unas a las otras, como si fuésemos a hacer un conjuro.

—Se me escapa una lagrimilla, tías —dije.

—Y a mí... —contestó Sara.

—¡Y el moquillo también! Menudas chochas estáis hechas. Voy a pedir otras cervezas y vamos a brindar, anda... —Laura le silbó al camarero, fiel a su estilo—. ¡¡¡Chiqui, chiqui!!! Oye..., ¡¡¡ponnos otras cuatro!!!

—La mía con limón, por favor —pidió Sara.

—¿Con limón? Ojo, que luego te da gases —dijo Laura con sorna.

—Pero ¿cómo tienes tanta cara de hablar tú de gases...? —re­plicó Sara algo enfadada.

—Bueno, bueno... ¡Cómo te pones! A vosotras se os escapan las lagrimillas y a mí los pedos.

—¿Por qué brindamos? —pregunté.

—Yo lo tengo claro —respondió Lucía.

—Pues tú dirás, entonces.

—¡Por la vida! —anunció, levantando su vaso.

—¡Pues brindemos por la vida! —dijo Sara al tiempo que todas levantábamos nuestras cañas, la suya con limón.

Por supuesto, toda la terraza nos estaba mirando por las voces de Laux. Nos reímos. Ella siempre intentaba quitarle importancia al asunto, pero había estado al pie del cañón como cada una de nosotras y se mostraba igual de emocionada con la intención de Lucía de brindar por la vida, aunque lo enmascarara con bromas de pedos o cualquier cosa que nos hiciese reír.

Después de dar un trago, Laura continuó con la conversación:

—Oye, Luci, ¿qué era lo que tenías que contarnos? Porque llevamos ya un par de cañas y quiero saberlo antes de ponerme piripi.

—¡Ah, sí! Os he traído un regalito a cada una —dijo Lucía mientras buscaba algo en su mochila.

La expectación creció por momentos. Estaba claro que físicamente se encontraba perfectamente, así que la emoción nos inundó durante los pocos segundos que tardó en sacar del interior tres libros encuadernados recién sacados de la imprenta. Las hojas aún estaban calientes.

—Quiero que seáis las primeras en leer mi novela. Ya está acabada.

Nos quedamos sin palabras. Con una emoción contenida mientras mirábamos el libro como si se tratase del regalo más precioso que nos hubieran hecho nunca.

—Oh, ¡por fiiiiiiiin! —dijo Laura emocionada.

—Qué detalle, amor...

—¡Qué maravilla! ¿Te ha costado acabarla? —le pregunté, sabiendo lo complicado que fue el proceso durante su enfermedad y lo mucho que Nacho le ayudó en su momento.

—Pues al final no...

—¿Y eso? ¿No decías que la última parte se te había atrancado un poco?

—Sí, pero al final lo cambié todo.

La frase sacó nuestra mirada de la novela y la puso directamente en ella.

—¿Cómo que lo has cambiado todo? —preguntó Sara.

—Bueno, todo todo no..., pero casi todo.

—¿Y los asesinatos, el misterio y todo eso? ¿No era una novela oscura? —dijo Laura siendo Laura en todo su esplendor.

—Negra, novela negra, Laux —acoté.

—Sí, pero me di cuenta de que estaba escribiendo sobre cosas que yo no había vivido. ¿Qué sabré yo de autopsias? Si solo lo he leído en libros y visto en películas. Llevaba años documentándome, pero era como escribir las cosas de otros. No había nada mío.

Lucía parecía convencida de lo que nos estaba contando. Era una fanática de la novela de género, pero de sus palabras se desprendía un cierto desencanto. En ese momento, Sara hizo la pregunta que todas teníamos en la cabeza.

—Y, entonces..., ¿de qué va?

Lucía nos miró e hizo una pausa.

—De nosotras —respondió de manera contundente.

—¿Cómo que de nosotras? —preguntó Laux alterada.

—Es verdad que también hay algún que otro asesinato, un misterio sin resolver...

—Pero ¿salgo en el libro? —insistió Laux, interrumpiendo a Lucía.

—Sí, claro. Por supuesto que sales.

—¿Y salgo guapa?

—¿Cómo? —preguntó Lucía, desconcertada.

—A ver si me van a asesinar y voy a salir mal, en plan con sangre por la cara, despeinada y esas cosas.

—Calla, Laux. Ya lo leerás —rechistó Sara.

—¿Y este cambio? —le pregunté directamente. Conociendo a Lucía como la conocía, aquella no era una decisión que hubiese tomado de la noche a la mañana.

—Pues porque, al final, lo que he vivido en estos últimos meses me ha hecho darme cuenta de muchas cosas. He tenido tiempo de sobra para pensar, he vivido muchos sentimientos... y os aseguro que no todos han sido buenos.

Lucía hizo un pequeño silencio, emocionada. Ninguna dijo una sola palabra, dejando que continuase.

—Ha sido muy duro, de verdad, pero siempre que alguno de esos malos pensamientos me rondaba por la cabeza, siempre, y digo siempre, aparecíais alguna de vosotras por la habitación del hospital o por casa o en el chat, con algún regalo ridículo o algún chiste... Y, entonces, desaparecían. Sin más. Estabais allí y no cabía otra cosa en mi cabeza.

Lucía comenzó a llorar, pero rápidamente respiró, fiel a su estilo, intentando recomponerse.

—Creo que si hay algo de lo que pueda hablar en profundidad ahora mismo es sobre nuestra amistad... Y algún que otro crimen —di­jo mientras se quitaba las lágrimas que brotaban de sus ojos.

—¿Y quién es la protagonista? —pregunté intrigada.

—Una joven investigadora a la que le diagnostican un melanoma y tiene que resolver un crimen antes de morir...

Todas nos quedamos en silencio, sin saber si lo decía en serio o nos estaba vacilando.

—¿Y muere al final? —preguntó Sara, apurada.

—Eso vais a tener que leerlo —concluyó Lucía sonriendo, dando vía libre a que Laux hiciera una de sus bromas.

—Oye, ¿el personaje de Sara tiene su mismo pelo rata?

—Hombre, eso seguro... Y el tuyo parecerá que se ha tragado un megáfono —replicó Sara.

Todas reímos a pleno pulmón.

—Seguro que soy un pibón en el libro —masculló Laura, orgullosa, mientras se colocaba el «discreto» top rosa chicle que llevaba para la ocasión.

Las risas lo inundaban todo. Estábamos felices porque, por fin, esta especie de reunión en forma de catarsis nos había conseguido sacar definitivamente todas las mierdas, como diría la propia Lucía, que nos habían acompañado los últimos meses: hospitales, tratamientos, ingresos... Por fin nuestra amiga estaba radiante.

—¿Y Nacho sale en el libro? —le pregunté, guiñándole el ojo.

—Bueno, digamos que hay un chico de la Interpol en prácticas que podría parecerse a él...

—¿Y cómo es? —pregunté intrigada.

—Es como él, un amor, ya lo sabes... —Fue la respuesta rápida de Lucía.

A Laura se le dibujó una sonrisa en la cara ante ese «Ya lo sabes» que se le había escapado a Lucía. Al instante supimos que estaba a punto de hacer algún comentario irónico al respecto. Es de esas personas de las que se dice que son tan expresivas que, cuando callan, le salen subtítulos.

Yo hubiese apostado por: «Hombre, por supuesto que la rubia lo sabe. ¿Habéis pensado ya en hacer un trío?». Pero viendo que todas la miramos fijamente, le dio un trago a su cerveza y no abrió la boca.

—Venga ya, Laura, ¿no vas a decir nada al respecto? —inquirí.

—¿Yoooooo? Dios me libre.

—¡Pero que te vas a ahogar si no lo sueltas! —presionó Sara.

—¿Qué pasa? ¿Que soy yo la que tiene que soltar siempre lo que todas pensáis y no os atrevéis a decir, cerdas? Pues no pienso hacerlo, estoy madurando.

—Es imposible que las palabras «Laux» y «madurar» vayan juntas en una misma frase... —sentencié.

Entonces, como si de una princesa Disney se tratase, Laux levantó muy digna y cuidadosamente una de sus nalgas, solo una, ladeándose ligeramente hacia la izquierda, su lado bueno, como si nadie fuera a darse cuenta de que estaba a punto de rajarse. Desafortunadamente para ella, para nosotras y para toda la terraza, lo que tenía que haber sido un pedo silencioso rebotó de manera furtiva sobre el aluminio de la silla, que claramente amplificó el sonido por dos en forma de pedorreta, llegando a un radio de unas cuatro o cinco mesas alrededor.

¿Creéis que le dio vergüenza? No hubo nadie que se riera más en aquella terraza. La que decía que estaba madurando...

—Pero ¿cómo se te ocurre hacer esto? —dije mientras aleteaba mis manos por el olor.

—La culpa es de Sara —respondió Laux entre risas.

—¿Mía?

—Claro, me has dicho que me iba a ahogar si no lo soltaba y tenías toda la razón... Tenía que soltarlo.

—Joder, demos gracias a que estamos en un exterior. Si no me ha matado el melanoma, en una habitación cerrada lo hubiese hecho tu pedo —dijo Lucía con ese humor negro que le caracterizaba.

—Pero ¿a qué huele? —pregunté casi aturdida.

—A podrido. Como vuestras sucias mentes.

Laux volvió a reírse como una loca mientras todas movíamos nuestras manos en el aire, intentando disipar el olor, que tenía pinta de querer quedarse a tomar una cerveza con nosotras.

—¡Oye! ¿Recordáis aquello que propusimos de hacernos todas el tatuaje de la estrellita en la muñeca? —dije para cambiar de tema, mostrando el mío.

—¡Sííííí! Es ideal... —secundó Lucía, colocando su muñeca junto a la mía como quien se choca las manos para saludar.

Me encantaba nuestra pequeña estrella. La que nos hicimos años atrás para forjar nuestra amistad, cuando todavía no nos conocíamos las cuatro. Ahora era el momento de hacerlo extensible a todo el grupo.

—Por mí perfecto. ¿El jueves que viene? —respondió Laux.

—¡Hecho! —aceptó Sara—. Y vosotras dos, que ya lo tenéis, ¿qué os vais a hacer? Porque aquí o vamos todas con todo o no vamos ninguna.

Las dos nos miramos buscando una señal inmediata que nos representase, como lo hicieron aquella vez las estrellas. Lucía no tardó ni un segundo en dar con la clave.

—¿Te acuerdas de la última vez que salimos de la consulta de la oncóloga?

—¿Cómo no me voy a acordar? Fue uno de los días más felices de mi vida —contesté sonriendo.

—¿Te acuerdas de la hora del ticket del parking?

No hizo falta decir nada más. Lo conservaba en mi cartera como oro en paño. Guardado para siempre.

Las 11:11 quedaron grabadas en aquel ticket esa mañana y también en nuestro recuerdo para siempre, y ahora lo harían en nuestras pieles para recordarnos que a veces los deseos también se cumplen.

—Ahhh, qué bonitoooo. ¡¡Yo también quiero el de los onces!! —dijo Sara.

—Bueno, chiquis, vamos a tranquilizarnos, que nos venimos arriba. Los hombres y los tatuajes, mejor de uno en uno.

—Fíjate que yo siempre he pensado que eras más de tríos... —di­je con cierta sorna.

—Qué va, tía, en esas cosas hay demasiadas piernas.

Y Laura, que es muy dada a montar shows allá donde va (como aquella vez en mi cumpleaños que hizo el pino en un bar de La Latina y tiró un cuadro colgado de la pared), dejó la cerveza sobre la mesa diciendo «Mirad, así». Cogió su pierna izquierda por el tobillo y se la puso detrás de la cabeza con una flexibilidad pasmosa, al mismo tiempo que decía que tenía que ser ella siempre la que ponía los puntos sobre las tildes. Sí, sobre las tildes, no sobre las íes. Es Laux...

Lucía soltó una carcajada que se escuchó en kilómetros a la redonda, al son de «Esta tía es lo más».

Me dolía la tripa de tanto reír con aquellas tres individuas que la vida afortunadamente había puesto en mi camino. Creo que fue una de las mejores tardes que habíamos tenido las cuatro y, sin duda, fue de lo más provechosa para sacar todo lo que llevábamos dentro, algunas los sentimientos y miedos más profundos, y otras... algún que otro gas noble.

Nos despedimos con la firme promesa de repetirlo todos los jueves, sin fallar, porque entendimos, después de aquello, lo necesario que era tener un tiempo para nosotras y brindar por la vida.

Ir a la siguiente página

Report Page