Contando atardeceres

Contando atardeceres


PARTE V. LOS NUEVOS ATARDECERES » 40. «Nakama». En japonés, amistad tan profunda que la consideras familia

Página 49 de 56

40

Nakama

En japonés, amistad tan profunda que la consideras familia.

Después de aquel maravilloso encuentro de tarde, Laura y yo decidimos ir caminando hasta casa, dando un pequeño paseo. La temperatura era tibia y comenzaba a anochecer. El ocaso se disipaba y era el momento perfecto para nuestras confidencias.

Como solía pasar desde que me mudé a casa de Laux cuando volví de Ibiza, su carácter cambiaba en cuanto que nos alejábamos de las demás y, por qué no decirlo, también de las cervezas. Sentía que haberme ido a vivir con ella me había dado la posibilidad de descubrir su parte más calmada y reflexiva. También es verdad que era algo que le duraba poco, como los atardeceres, pero si tienes la suerte de contemplarlos en el momento justo entonces es que eres muy afortunada. Y yo en esos momentos lo era.

—Tía, ¿tú eres consciente de que conmigo eres más calmada que cuando estás delante de la gente? —le pregunté, curiosa.

—Hombre, rubi, es que contigo no tengo que mantener mi reputación. Sería agotador hasta para mí.

Había sido despedirnos, andar cincuenta metros y Laux había pasado de la tempestad más voraz a la calma más absoluta.

Siempre he pensado que mi amiga podría encarnar todos los fenómenos meteorológicos: desde el arcoíris más bonito hasta la tormenta más jodida. Estoy segura de que, por mujeres con tanta personalidad y energía como la suya, los huracanes comenzaron a bautizarse con nombre de mujer. Eso me hizo recordar algo que había leído sobre el tema.

—¿Sabes por qué a los huracanes ya no los llaman solo con nombre de mujer?

—¿Cómo que ya no? Pensaba que era así siempre.

—Ahora tienen nombres masculinos también.

—Pues ya era hora, porque menuda machistada.

—Ya ves. Pues era así hasta que llegó una activista estadounidense por los derechos civiles y feministas que promovió una campaña para incluir nombres masculinos y lo consiguió.

—¡Qué grande! Joder, blondie, eres una enciclopedia con patas.

—Y tú eres un huracán con todas las letras, amiga.

—Ja, ja, ja. ¿Por qué lo dices?

—No sé, ¿quizá porque te has colocado la pierna en la oreja en la terraza de un bar y te has tirado un pedo que ha sonado como una pandereta...?

—Ja, ja, ja. Pero esta vez no he roto nada. Los huracanes suelen romper cosas.

—Tú lo has dicho: esta vez... Oye, huracán Laux, quería hablar contigo...

—Uy, eso suena muy mal.

—¡Que nooooooo! Es que llevo unos días pensando en que me tengo que mudar de tu casa. Ya está todo más calmado con Lucía, y es hora de que busque mi hogar y te deje a ti el tuyo.

La cara de Laux cambió. No se puso triste: más bien parecía enfadada.

—¿Qué dices, tía? ¿Por qué? Si estamos muy bien. Puedes quedarte el tiempo que necesites. Estar contigo es como estar con mi hermana.

—Ya lo sé, Laux, pero siento que ha llegado el momento de poner un poco de orden a todo el caos que hemos tenido y volver a empezar.

En ese momento, y casi sin quererlo, fruto de la inercia que llevábamos paseando de camino a casa, pasamos justo por la calle donde había vivido Javi hasta que se mudó a la mía. Era curioso, porque de la misma manera que le dije a Laura que tenía que buscar mi propio hogar, recordé todos aquellos momentos en los que acompañaba a Javi a recoger ropa para volver al que en aquel momento era el mío. El nuestro. Durante unos segundos miré el portal donde tantas veces le había visto bajar con aquella bolsa y sus camisetas blancas impolutas que tan bien le sentaban. Recordé la de besos que habíamos compartido en aquella acera y sentí un pinchazo en mi corazón.

—¡¡Joder, tía, que se me ha cagado un pájaro!! —gritó Laux para sacarme por la fuerza, la de su voz, de aquel bonito recuerdo.

Empezó a tocarse el pelo y a hacer aspavientos como si estuviese poseída, a la vez que se reía al ver un poco de caca en su mano. Yo, muerta de la risa, miré al cielo en busca del culpable.

—Pero ¿qué comen los pájaros en este barrio? ¿Ensaladilla rusa?

—¡¡Mira!! —le grité de repente.

—¿Qué pasa?

—El ático que me gusta tanto tiene otra vez el cartel naranja fosforito de «Se alquila».

—¡¡No te creoooo!! —Laura miró hacia arriba y yo cogí el móvil, nerviosa, para abrir Idealista. No comprendía por qué no me había llegado el aviso, si lo tenía guardado en favoritos.

—Estás enganchadísima a esa mierda —me dijo Laux.

En pantalla había un mensaje que no había leído porque llevaba toda la tarde tan entretenida con las chicas que ni había mirado el móvil.

 

 

Idealista

Uno de tus favoritos vuelve a estar disponible.

 

 

Pinché en el enlace de la notificación con la esperanza de que hubiesen rebajado el precio. A la mitad, concretamente.

—Buf, sigue costando lo mismo... Imposible para mí.

Laura me quitó el teléfono de las manos para curiosearlo.

—Joder, la verdad es que la terraza es increíble. Menudas fiestas íbamos a hacer allí.

—Es una pasada —dije con cierta pena, como cuando miras el escaparate en una tienda en la que no puedes permitirte nada.

—Creo que el que esté en alquiler de nuevo es una señal.

—Sí, claro, es una señal de que no puedo pagarlo... —le respondí con la típica risa que te sale cuando te das cuenta de que tu vida es una mierda, pero que ya estás acostumbrada.

—Que no, coño. ¿No te pasó lo mismo..., bueno, lo mismo pero al contrario, cuando te fuiste a Ibiza?

—Bueno... Aquella vez me ayudó a tomar la decisión de marcharme.

—Pues ahora igual. Es una señal.

Miré a Laura sonriendo, agradeciéndole el esfuerzo, pero no terminaba de entender muy bien la relación, porque en este caso no iba a poder alquilarlo.

—¿Estás bien, amiga? —me preguntó al verme dudar.

Y mi boca dijo «Sí», pero mi mente y mi corazón dijeron «Joder, quería ese ático».

 

 

 

Aquella noche, tumbada en la cama, dejé libertad a mis sentimientos para que hablasen. Con todo lo que había ocurrido con el ático, mi corazón no dudó ni un segundo en llamar a Javi. El verano ya estaba cerca, yo tenía claro que no iba a volver a Ibiza y, aunque nos intercambiábamos mensajes e incluso alguna llamada durante la semana, era el momento de tener una conversación que pusiera nombre a lo que finalmente iba a pasar entre nosotros.

Siempre me gustaba llamarle al teléfono fijo de casa. Me parecía romántico, dado el bonito lugar donde vivía apartado del mundo, y así tampoco me arriesgaba a que no tuviese cobertura si estaba en la planta de arriba. Aquella noche le llamé tarde, pensando que ya habría vuelto de trabajar, pero no me lo cogió, así que probé con el móvil.

—Hola...

—Hola, mi niña.

—¿No estás en casa?

—Sí, bueno, es que estoy en el jardín.

—¿A las once de la noche?

—Claro, es que de noche es cuando hay que regar... ¿No te acuerdas?

—Es verdad, me lo contó tu abuela Catalina... Por cierto, ¿cómo está?

—¿La yaya? Bien, como siempre. Ya sabes que es más dura que una piedra. Ahora le ha dado por plantar bambús.

—¿Bambús? A ver si vais a criar koalas...

—Ja, ja, ja. No estaría mal... A saber qué tiene entre manos esta mujer. Vino del vivero con ellos y me contó que los bambús florecen cada treinta años a la vez en todo el mundo, independientemente de la estación o clima del país, algo que nadie se explica.

—¿Eso es verdad?

—Pues no lo sé, pero me imagino que se lo habrá dicho el del vivero.

—Oye, ¿y los girasoles?

—Pues se marchitaron en invierno, pero ahora están a puntito de florecer, como ya llega el verano...

Aquella frase abierta en boca de Javi parecía que pedía a gritos entrar de lleno en el tema en cuestión, pero de repente se escucharon voces y gritos de fondo que interrumpieron la conversación. Me pareció que era su padre, por la voz y, sobre todo, por las palabrotas y el volumen.

—¿Está tu padre ahí?

—Sí, es que ha venido a verme un momento, pero ya se va.

La relación de Javi con su padre no era muy estrecha y me extrañó que estuvieran juntos, más aún que este último hubiese ido a verle a su casa, algo que no pasó en los meses que estuve conviviendo con él.

Aquella situación hizo que nos quedáramos en silencio y, aunque entre nosotros la ausencia de palabras siempre se había compensado con besos y abrazos, me empecé a preocupar cuando me percaté de que empezaba a ser incómodo para él. Cuando convives con una persona, los silencios son parte del día a día, pero conoces lo que hay detrás de ellos. En ese momento a Javi se le notaba nervioso, y no terminaba de entender muy bien por qué. Estaba claro que tener a su padre a su lado le afectaba muchísimo, aunque sentía que había algo más. Al cabo de unos segundos, Javi reaccionó.

—Ya... Perdona, pero es que no terminaba de irse y no quería hablar contigo delante de él.

—Javi...

—Ya sé lo que me vas a decir.

—Estamos casi en verano...

—Lo sé...

En aquel momento ninguno de los dos, amantes del estío, queríamos que llegase la fecha porque en cierto modo sabíamos lo que significaba. Era curioso cómo, en este caso, aquella cuenta atrás para el verano que tantos buenos recuerdos me había traído en otra época parecía marcar un final más que un principio.

—Voy a buscar una casa en Madrid —dije con rotundidad—. Te echo muchísimo de menos, pero no puedo volver a Ibiza. Después de todo lo que ha pasado, necesito un verano tranquilo, reorganizar mi vida y mi cabeza. No puedo pedir otra excedencia y arriesgarme a perder mi trabajo. Han sido demasiadas emociones en muy poco tiempo y tengo que asimilar las cosas.

Javi no respondió, pero pude oír cómo suspiraba del otro lado del teléfono.

—¿Javi?

—Lo entiendo. Tienes razón. En estos meses he hecho lo imposible por encontrar una permuta, pero no he podido. Lo he hecho tarde y se nos echa encima el verano. Dijimos que teníamos hasta entonces para solucionar esto, pero no lo he conseguido. Lo sé.

En ese momento, al escuchar sus palabras, fui yo la que respiré hondo, pensando en un motivo para que la conversación no siguiera por ese camino. Él continuó hablando:

—No sé... Solo puedo decirte que seguiré buscándola, pero no quiero condicionarte más. Sé que tienes que hacer tu vida y, si dentro de diez días o cinco meses la encuentro y aún sigues queriendo que vaya, lo haré, pero si has rehecho tu vida, lo entenderé... —añadió.

Aquello parecía una huida hacia delante. No sabía si podría soportar que, dentro de tres, cuatro o diez meses, cuando consiguiese una nueva permuta y yo hubiese empezado una vida sin él, de repente, volviera a tocar las puertas de mi pecho pidiendo de nuevo una vida juntos. No sabía si sería capaz de soportarlo, ni siquiera sabía si era bueno para los dos encontrarnos en esa situación, pero en aquel momento le echaba tanto de menos que no quise o no pude decirle que no. Pensé que más tarde o más temprano las cosas caerían por su propio peso.

—Vale. Dejemos entonces que hable el tiempo. Pero...

—Lo sé —dijo Javi, interrumpiéndome con el fin de que no continuara la frase.

No era mi intención ser dura: yo quería que quedase claro que estar con él era lo que más quería en el mundo, aunque supiese que no podía ser. Por eso, susurré:

—Te quiero siempre.

—Y yo a ti. Siempre.

Javi colgó y yo me quedé desolada. En mi mente tenía su imagen grabada junto a la estrofa de nuestra canción, aquella que el destino nos puso en la radio del coche una noche de verano. La misma que desató todos mis nudos:

Que como yo a veces sueño

nadie ha soñado contigo.

Que como te echo de menos

no hay en el mundo un castigo.

Pequeña de las dudas infinitas,

aquí estaré esperando mientras viva.

No dejes que todo esto quede en nada

porque ahora estés asustada...

A todas luces, aquella llamada era una ruptura y me dolía muchísimo porque Javi se había convertido en una de las personas más importantes para mí, de esas que son capaces de cambiar el rumbo de tu vida. No pude evitar que un torrente de lágrimas contenido se deslizase por mis mejillas, dejando a su paso una nube de mocos. Es lo que tiene llorar: cuando se hace desde el corazón, va acompañado de mocos.

 

 

 

Laura tocó la puerta de mi habitación y se acercó a mí con un rollo de papel higiénico.

—Me he quedado sin clínex... —dijo, consiguiendo arrancarme una sonrisa.

—Gracias, amiga.

—¿Quieres hablar de ello? —preguntó, intuyendo mi conversación con Javi.

—Ha entendido todo lo que le he dicho, aunque ha sonado a despedida.

—¿Pero...?

—Pues no lo sé, porque en el fondo yo no quiero despedirme, «pero» no hay muchas más opciones.

—¿Entonces?

—Oye, tú no serás de esas personas que siempre deja una pregunta en el aire para que la contesten los demás, ¿no?

—¿Por qué lo dices?

—¡Serás idiota! —respondí sonriendo.

En el fondo, sabía que me estaba vacilando para que me relajase.

—Venga, que solo te estoy tirando de la lengua para que me cuentes cositas. La verdad es que me da pena porque siempre pensé que al final estaríais juntos...

—Yo también...

—Eso es porque sigues rotísima por él.

—Eso es verdad. ¿Y sabes por qué lo sé?

—¿Por qué?

—Porque siento que todas las canciones hablan de nosotros.

—¿Incluso las de reguetón? No sé yo si la de «Gasolina» habla de vuestra historia, chiqui.

Las dos nos reímos. Era inevitable que, después de aquella frase, Laura empezara a canturrear «Dame más gasolina, dame más gasolina», acompañada de una estrambótica coreografía y una falta de sincronización entre la voz y los movimientos de su cuerpo que me hicieron sentir mucho mejor.

Después de la performance, Laura hizo lo que mejor sabe hacer: estar ahí. Me abrazó, dejé salir unas cuantas lágrimas más y rápidamente consiguió integrarme de nuevo en su vida, sacándome de la mía.

—¿Te vienes al salón conmigo? Así no te quedas sola y compartimos la pena, doña Angustias —dijo sonriendo.

—¿Qué estabas haciendo?

—Estaba escuchando música tranquila.

—¿Estás en modo jazz?

—Es el único modo en el que estoy en casa... —respondió con vehemencia.

Y es que, por más tiempo que llevásemos conviviendo juntas, no me acostumbraba a verla con el pelo rizado, gafas de culo de vaso y, sobre todo, escuchando jazz.

—Es Miles David, ¿no?

—Es Chet Baker, tía. Se nota muchísimo la diferencia.

—Oh, ¡es verdad! ¿Cómo no me he dado cuenta? ¿Cómo he podido confundirlos?

—No te preocupes, a mucha gente que no sabe le pasa... Miles era muy irascible y Chet era más suave. Eso se nota en cómo tocan la trompeta —contestó Laux, que volvía a sorprenderme como llevaba haciendo desde que la conocí, siendo capaz de hacer el pino en un bar a las cuatro de la mañana y luego capaz de diferenciar la trompeta de Chet Baker de la de Miles Davis.

—¿Y tú cómo estás? —le dije para no monopolizar la conversación sobre mis desdichas.

—¿Yo? No paro de pensar en mis huevitos.

Me daba mucha ternura que Laux pensase con tanto cariño en sus «huevitos» como sus futuros hijos.

—¿Y eso por qué?

—No sé, últimamente le doy vueltas todo el día a que seré una madre estupenda.

—Estoy completamente segura de que lo serás, amiga.

—A veces pienso que en este momento de mi vida tengo tanto amor dentro que sería una pena desperdiciarlo.

—Pero ¿quieres quedarte embarazada ahora? —Miré ojiplática a Laura después de aquella frase que había soltado ni corta ni perezosa, mientras sostenía una cerveza en la mano.

—¡Pero qué dices, tía! ¡¡Si me he apretado hoy mil cervezas!! El día que me quede embarazada lo notarás porque solo beberé agüita, pero ahora todavía estoy en edad de merecer..., ¡de merecérmelo todo! —Laux soltó una carcajada como solía hacer cuando le hacían gracia sus propios chistes. Estaba feliz. Estaba espléndida.

—¿Y yo seré su madrina?

—Serás lo que quieras ser, amiga, igual que yo seré madre.

Exacto. Seríamos lo que quisiésemos ser, así que en aquel momento decidí que Laux sería mi hermana, más que una amiga, para siempre. Mi nakama.

Ir a la siguiente página

Report Page