Contando atardeceres

Contando atardeceres


PARTE V. LOS NUEVOS ATARDECERES » 41. Segundas partes siempre fueron buenas. El mundo se volvió estable bajo mis pies

Página 50 de 56

41

Segundas partes siempre fueron buenas

El mundo se volvió estable bajo mis pies.

Gracias a Laura conseguí animarme tras aquella conversación con Javi, la cual, por otro lado, había sido necesaria para continuar con mi vida. Una vida en la que, por fin, el mundo se volvió estable bajo mis pies.

La vuelta a la rutina me trajo la ansiada paz mental, la cual me permitió recuperar tiempo para mí y para esas pequeñas cosas que siempre me han gustado hacer y que había abandonado casi por completo. Volví a fotografiar atardeceres en Madrid, a leer en mis ratos libres y a escribir en mis redes sociales, pero esta vez disfrutando de las risas, sin mostrar una felicidad impostada a través de memes, como había hecho algunas veces hasta el momento. Ahora las risas lo copaban todo de manera real.

Por extraño que parezca, también comencé a disfrutar de ir al gimnasio con Laux, aunque todavía me sentía un tanto desubicada. Solo estaba cómoda en la cinta de andar, el único aparato que sabía utilizar y que no me exigía hacer un doctorado para ponerlo en marcha. Además, para mi confort, Sara se sumó y vino con nosotras a entrenar antes de quedar con Lucía los jueves por la tarde.

—Muy bien, Sara. Con esa cinta del pelo tienes contenida la rataflequillo —le comentó Laux nada más verla.

Y era cierto. Sara parecía una de esas monitoras de fitness de los años ochenta, vestida en tonos flúor y leopardo, pero estaba divina.

Las tres éramos tan menudas que parecíamos unas niñas que se acaban de apuntar a gimnasia rítmica.

—¡¡Pero bueno!! ¿Tenemos chica nueva en la sala? —Marc apareció de la nada, dándonos un buen susto.

Laura hizo las presentaciones oportunas.

—Sara, este es Marc, nuestro entrenador personal. Marc, ella es Sara. Ojo, que no se ha apuntado: viene con la tarjeta de invitada.

—Bueno, bueno, esto sí que es un reto para mí. ¡Tengo que conseguir que te apuntes!

—Yo ya he venido unas cuantas veces. No creo que haya mayor reto que ese, ya que llevaba sin hacer deporte desde el instituto... —añadí.

—¿Y nuestra invitada? ¿Es deportista? —Marc apoyó el brazo en la cinta de Sara, tonteando con ella a todas luces.

—No mucho... ¿Tú eres experto en mandalas?

Marc se quedó perplejo, pensando que sería alguna técnica de entrenamiento que no conocía.

—¿Quién es «Mandalas»? —respondió, tirando por la calle del medio.

—¿Quién? —preguntó Sara alucinada.

Laux se rio sonoramente ante la conversación absurda que Marc y Sara estaban intentando mantener.

—El novio de Sara colorea mandalas como forma de vida, para relajarse. Seguro que lo has visto alguna vez. Son dibujos casi geométricos, muy armónicos, como las figuras que veíamos de pequeños con el caleidoscopio, chiqui.

—Así es. Es tan espiritual... —añadió Sara.

—Ah, valeeeee... —respondió Marc para salir del atolladero cuando claramente no tenía ni idea de lo que le hablábamos.

—Ja, ja, ja. Es que Marc es más de cultivar el cuerpo que el espíritu... —se mofó Laux con total confianza con él.

—Ya veo, ya... Bueno, yo de mandalas no sé nada, pero de ejercicios sí, así que os voy a preparar una tabla para las tres. A ver qué tal se os da.

—¡Pues espero que sea de quesos, porque he traído vino! —di­je, siguiendo con la broma de las tablas, mientras las tres nos descojonábamos de la risa en una sala donde, por fin, nuestras voces pasaban desapercibidas.

Marc respiró profundamente, dándonos por perdidas, y se alejó murmurando, dejándonos a las tres con el cachondeo propio de aquellas descacharrantes conversaciones.

Aquella tarde estuvimos casi una hora charlando en las cintas de correr. Laura, en el medio, ligera como una gacela, y Sara y yo a ambos lados, echando el bofe. Afortunadamente un mensaje de Lucía llegó al Dramachat para darnos un poco de aliento.

 

 

Dramachat

Laux., Lucía azafata., Sara., Tú

Lucía azafata.

Chicas, tengo que

contaros una cosa

 

 

Ya estábamos otra vez con las frases ambiguas. Las tres nos miramos y pensamos: «La madre que la parió, ¡¿no podrá decirnos directamente qué es lo que tiene que contarnos?!».

 

 

¿Qué pasa?

Lucía azafata.

Os veo esta tarde aquí

a las 19:00.

No lleguéis tarde.

 

 

Lucía nos adjuntó una dirección y no contestó nada más. Rápidamente, el equipo de investigación que llevábamos dentro se puso en marcha para saber adónde nos llevaba el enlace, pero no encontramos nada relevante. Era un parque.

—Oye, ¿y si lo que quiere es llevarnos a un parque para descuartizarnos y así coger experiencia para escribir en sus novelas? —dije en tono de broma.

—¡¡Ostras, es verdad!! Seguro que quiere documentarse —aña­dió Sara.

—Pues entonces voy a secarme bien el pelo, que quiero salir mona aunque me mate —concluyó Laux con toda la razón del mundo.

 

 

 

Con puntualidad inglesa, llegamos a la hora exacta al parque donde Lucía nos había convocado. Ella ya estaba allí, esperándonos.

—¿Qué pasa? —pregunté intrigada.

—Nada, ¿qué va a pasar? Estáis un poco sugestionadas vosotras, ¿no? —dijo algo mosqueada al ver nuestras caras.

No le faltaba razón.

—Es que has cambiado los planes de repente y nos traes a un parque al que nunca hemos venido —insistí, haciéndome la indignada.

—Claro, porque es una sorpresa —respondió Lucía, conciliadora.

—Nos va a matar —dijo Sara entre risas.

—¿Cómo? —preguntó Lucía flipando.

—Mira lo mona que me he puesto para cuando me encuentren enterrada.

—Pero ¿de qué estáis hablando?

—Nada, no les hagas caso... ¿Qué sorpresa es esa? —dije, viendo que la broma se nos iba de las manos.

—«Esa» sorpresa. —Lucía señaló un pequeño estudio de tatuajes que había al otro lado del parque—. ¡He reservado esta tarde para hacernos los tatuajes que dijimos!

—¡Qué cabrona! —grité mientras sonreía de alegría porque me parecía una excelente idea.

—No quería deciros nada más en el chat porque quería que os intrigara el tema y no llegarais tarde. No quería tener que mataros por esta tontería... —dijo Lucía guiñándonos el ojo a la tres, que nos miramos con cierta tensión.

En cuestión de un par de horas, las tres teníamos nuestros flamantes tatuajes y las muñecas envueltas en papel film para protegerlos. Fue realmente sencillo, ya que el tatuador solo tuvo que replicar nuestra estrellita en las muñecas de las demás, y Lucía y yo llevábamos los onces escritos en un papelito. Yo me los tatué con la letra de Lucía y ella con la mía. Unidas para siempre.

Cuando llegó el turno de Lucía, se sostuvo la muñeca con la otra mano, dejando a la vista nuestra estrella. Emocionada, nos preguntó:

—Sabéis lo que significa esto, ¿verdad?

Todas nos quedamos en silencio ante aquella pregunta, sabiendo lo emotivo que era para ella haber cambiado las agujas del hospital por las de los tatuajes. Ella continuó:

—Significa que nuestra amistad va a durar para siempre, como esta estrella.

—¿Y nuestros onces? —le pregunté emocionada.

Lucía hizo una pausa para mirarme.

—Significan que los deseos se cumplen. ¡Joder que si se cumplen! Estamos aquí las cuatro juntas. No puedo ser más feliz.

En aquel momento de exaltación de la amistad y la vida, todas nos abalanzamos sobre Lucía para abrazarla. El pobre tatuador tuvo que reñirnos porque por poco le movemos y en vez de las 11:11 casi le tatúa las 11:10.

—Sabéis que nuestros brazos parecen unos bocadillos de tortilla de esos que hay en el aeropuerto, ¿no? —dijo Laux en broma—. Como los que nos vamos a comer este veranito cuando nos vayamos de holidays.

Laura empezaba a encaminar la conversación hacia algo muy interesante: nuestras vacaciones de verano juntas.

—El jueves que viene toca organizarlo. Rubia, prepara la cámara, que nos vamos a contar nuevos atardeceres las cuatro juntas.

La emoción fue unánime. Aprobamos el viaje por mayoría absoluta con una frase que enterraba los vestigios de un pasado que quedaría en nuestros recuerdos para siempre convertido en aprendizaje. Una forma de saltar hacia un futuro donde las promesas de crear nuevos recuerdos y anécdotas juntas colmarían nuestras próximas ilusiones.

Aquella noche, cuando Laux y yo llegamos a casa, y después de que repitiera unas veinte veces por el camino lo mucho que le ponían los piercings del dueño de la tienda, nos sentamos en nuestro sofá de las confesiones, sin parar de admirar nuestros nuevos tatuajes. Girábamos los brazos a la altura de los ojos, como queriendo atravesar con la mirada el papel transparente para asegurarnos de que estaba intacto. Era tal la emoción y la adrenalina que traíamos en el cuerpo, que Laux no dudó en venirse arriba después de la cena.

—¿Nos tomamos unos chupitos mientras leemos internet?

—Hombre, Laura, eso que traes son dos copas de balón.

—Bueno, cada una se toma los chupitos donde quiere.

Da igual el tipo de día que hayas tenido que, si tienes a una «Laura» a tu lado, siempre acabará bien. Es de esas personas capaces de mejorar hasta los días buenos.

Esos momentos que Laux catalogaba como «noches para leer internet» eran tranquilos y plácidos. Ambas dedicábamos más de media hora a elegir una película que nos apeteciese ver para luego ignorarla mirando el móvil.

En mi caso, aprovechaba para echar un vistazo a Instagram e Idealista, y de esa forma llevar mis redes al día, y en busca y captura del piso perfecto. Laux, en cambio, echaba un ojo a Tinder y AdoptaUnTío. Mientras yo le mostraba fotos de pisos en alquiler, ella me mostraba los chicos que le habían dado match.

—Mira este.

—¡¡La tiene enorme!!

—¿Qué dices, tía?

—¡¡La cocina!!

—Joder, qué susto.

—Ja, ja, ja. Creo que lo único en lo que coincidimos es en que somos personas que respiramos aire.

Y es que Laux no terminaba de encontrar a nadie interesante que le revolviera el alma y yo tampoco era capaz de descubrir el piso ideal. Localizar un apartamento en Madrid no es tarea fácil, por lo que, cuando veía uno que me podía encajar, pasaba por las mismas fases que se pasan en el duelo.

Negación: «No, este no me convence».

Ira: «Joderrrr, pero ¿por qué es todo tan caro?».

Negociación: «¿Y si consigo que me lo baje cien euros?».

Depresión: «Será imposible, compartiré piso con Laura toda mi vida».

Aceptación: «Bueno, seguro que mañana sale alguno nuevo».

Una de las muchas noches en las que este proceso se repetía, Pol me llamó en plena fase de ira:

—Vecina... ¿Sabes qué?

Pocas preguntas me irritan tanto como esa. ¿Cuántas posibilidades hay de que aciertes lo que la otra persona te va a contar tras una pregunta así? ¿Una entre un millón? No obstante, contesté con calma, como casi siempre.

—No lo sé. Dame una pista.

—Empieza por «pi» y acaba por «so».

—¡Picasso! —respondió Laura, que estaba pegada a mi oreja escuchándolo todo.

—Dile a Lady Susurros que ella sí que es un cuadro.

—¡Venga, Pol! ¿Qué piso? —insistí, fruto de mi desesperación.

—Uno que se ha quedado libre en nuestro edificio...

—¡¡No me jodas!! ¿Mi antiguo piso? —pregunté emocionada.

—No, es el tercero A.

—No me importa. No voy a ponerme exquisita ahora mismo.

—Esto que te cuento es un chivatazo en toda regla: he oído que la casera se lo decía a su hija por teléfono mientras esperaba a Jaume en el portal fumándome un piti. Todavía no se ha colocado el cartel ni han puesto anuncios. Así que te recomiendo que la llames cuanto antes y ni se te ocurra decirle que te lo he contado yo, que me sube el alquiler seguro.

En aquel instante pasaron por mi mente todos aquellos momentos felices en mi pequeño apartamento con Pol, fumándose su cigarrito cada noche en mi ventana. También recordé a Javi en mi cama, a los dos en mi ducha y cocinando en aquella minúscula cocina. Los árboles que se veían desde el salón y las tardes en la piscina. A mi padre trayéndome plantitas. No eran malos recuerdos en absoluto, todo lo contrario, pero creía que, a esas alturas de la película, era mejor crear otros nuevos dentro de un entorno conocido. Como si fuera una especie de segunda parte.

—Pues mañana mismo llamo a la casera y le pregunto. Gracias, Pol.

—No me las des. Yo lo que quiero es seguir yendo a tu ventana a fumarme mis pitis. Recuerdos a miss Cuchicheos.

—¡¡Eh!! Que te he oído, Polilla —dijo Laura indignada—. Ya hablaremos tú y yo...

—Ya gritaremos, querrás decir...

Y entre risas colgué con Pol, sabiendo que existía una posibilidad de encontrar la última pieza del puzle para reconstruir mi vida.

Esa misma noche tuve un sueño angustioso, una versión actualizada del sueño de los peces, previo a mudarme a Ibiza.

En mi sueño, esta vez había encontrado un piso monísimo, en pleno centro de Madrid, con unos amplios ventanales por los que entraba una luz brillante. Obviamente no era mi primer piso, pero la zona me resultaba familiar. En él, yo iba caminando por todas las estancias, abriendo las puertas y comprobando que todo estaba en orden. Todavía hoy puedo revivir, como si hubiese sido ayer, la sensación de angustia que tuve cuando me detuve frente al grifo de la cocina para abrirlo. En el sueño, o más bien pesadilla, no salió agua, sino que, de repente, un ruido de tuberías vibrando empezó a escucharse cada vez más fuerte y con más intensidad. El grifo comenzó a temblar e inesperadamente salieron de él muchos peces, concretamente boquerones en vinagre, que lo pusieron todo perdido e hicieron que la tarima del suelo se levantase.

—¿Peces otra vez? ¿En esas estamos? —dijo Lucía cuando le conté el sueño al día siguiente.

—En esas estamos. Pero esta vez eran pequeños...

—Sí, pero ¿y el vinagre? ¿Acaso no sabes lo que significa?

—Joder, Lucía, si en tu libro sale lo que significa soñar con boquerones en vinagre, ese libro es más completo que un programa de Saber y Ganar...

—Que no te extrañe... Pero que sepas que soñar con vinagre representa una nueva oportunidad para empezar desde cero y apoya la necesidad de tomar decisiones que te están mostrando de nuevo los peces.

—¿Todo eso dice?

—Tal cual.

—¡Hostia! Será porque, como el vinagre quita las manchas, significa empezar de cero y, como encima flota en el agua, representa un salvavidas que te mantiene a flote y hace que tomes decisiones acertadas, ¿no?

Lucía se quedó completamente en silencio ante mi disertación. Lo reconozco, creo que me había emocionado más de la cuenta.

—Tú sabes, rubia, que el vinagre no flota en el agua, ¿verdad?

—¿No?

—No. Es el aceite.

—Bueno, pues el aceite, qué más da. Igual no lo vi bien y los boquerones venían en aceite.

Lucía se volvió a quedar en silencio por segunda vez.

—Tú eres consciente de que a veces se te va, ¿no?

—Sí, un poco.

—Vale, vale. Si lo sabes, no hay problema. Me preocupaba que no fueras consciente.

 

 

 

Dicen que segundas partes nunca fueron buenas, pero no estoy de acuerdo. El destino nos regala segundas oportunidades de manera continuada y hay que saber aprovecharlas. Yo lo tenía claro: iba a disfrutar la mía con aquel nuevo piso en mi antigua urbanización. Y es que la vida muchas veces nos tiende su mano de nuevo, pero siempre con la premisa de que hay que aprovechar el momento. Hace solo unos meses, sin duda, ya nos agarramos a ella con fuerza y Lucía tuvo esa segunda oportunidad. Así que puedo decir, sin temor a equivocarme, que segundas partes siempre fueron buenas.

Ir a la siguiente página

Report Page