Contando atardeceres

Contando atardeceres


PARTE V. LOS NUEVOS ATARDECERES » 42. Cerrando etapas. Las cosas no pasan solo porque las digamos

Página 51 de 56

42

Cerrando etapas

Las cosas no pasan solo porque las digamos.

A la mañana siguiente, lo primero que hice antes incluso de desayunar fue llamar a mi excasera. Se sorprendió mucho al escucharme y no terminaba de entender cómo era posible que me hubiese enterado de que uno de sus pisos se había quedado libre sin ni siquiera haberlo anunciado. Tuve que contarle que lo había soñado, restándole importancia al «cómo» y otorgándosela al «cuándo» teníamos que vernos: básicamente, ya. Aunque lo del sueño la dejó un tanto extrañada e imagino que intranquila, guardaba un buen recuerdo de mí, así que conseguí quedar con ella antes de comer para que me lo enseñase. Sabía que para alquilar un buen piso en Madrid, llegar la primera es crucial. Cuidé al detalle mi outfit, en especial los zapatos y el bolso, puesto que sabía que era algo que a ella le apasionaba y me proporcionaba un tema de conversación que ya me ayudó la primera vez y que, por ende, jugaría a mi favor en esta segunda ocasión.

Cuando nos vimos, la ronda de halagos sobre la ropa y complementos nos precedió, como siempre.

—¡Hola, Pilar! ¡Cuánto tiempo! ¡Qué guapa está! Me encantan sus zapatos. ¿Cómo va todo?

—Pues ya ves, niña, por aquí sigue todo igual. ¿Tú cómo estás? ¡Me encanta tu bolso!

Aquel «niña» que ella utilizaba siempre conmigo me trasladó a Ibiza, con doña Catalina y Javi. Pero tenía que centrarme en el «aquí» y el «ahora» y en mi estrategia con la excasera que, de inicio, estaba dando sus frutos. Había elegido uno que compré en las Dalias y que sabía que iba a gustarle mucho por lo llamativo de los flecos.

—¡Gracias! No es tan bonito como su Collegue de Yves Saint Laurent, pero es único. Los hacía una chica en la isla. —Le mostré los cuidados detalles que tenía, alabando su carísimo y precioso bolso y su pasión por los flecos.

—Qué manía con hablarme de usted. Al final todas las personas como tú nos hacéis viejas a las que todavía estamos como una rosa. Pero siempre me ha gustado la gente educada. No ensucia mucho los pisos. Venga, niña, vamos, que ando con prisa.

Subí las escaleras hasta el tercero A con cierto nerviosismo. Cuando abrió la puerta, entré rápidamente, deseando que por fin fuera «mi hogar». A los pocos segundos me di cuenta de que el amor a primera vista que sentí con mi primer piso fue algo instantáneo que no ocurrió en este caso, pero me servía: vaya que si me servía. La ventana del salón no daba a los árboles y a la piscina, sino a la calle principal. La cocina estaba separada, no era americana como en mi piso anterior, y tenía dos dormitorios. Era bastante más espacioso, pero sin duda tenía menos encanto.

—Tengo pensado poner el anuncio a finales de esta semana. Será más caro que el que tenías, pero ya ves que es mucho más grande...

—Podría pagar unos cincuenta euros más al mes. No puedo más. —Fui lo más honesta posible, casi sin pensar en la decisión que con ello estaba tomando.

—Es menos de lo que tenía pensado, niña. Me pones en un aprieto...

—¿Se lo podría pensar y me dice en unos días? Antes de poner el anuncio, por favor. Necesito esta casa —dije poniendo ojitos que, lejos de ser impostados, reflejaban la realidad de mi situación.

Pilar me miró como una madre miraría a su hija, asintió y prometió llamarme cuando hubiese tomado una decisión, pero no podía confirmarme nada. Me aseguré de que tenía mi teléfono y con ese trato me marché con una sensación agridulce. Por un lado, estaba harta de mirar pisos sin éxito. Y aunque este tercero A no me había enamorado, me encantaba el edificio; además, estaba a cinco minutos de casa de mi madre. Por supuesto, el que Pol y Jaume volviesen a ser mis vecinos era un plus, y la piscina prometía un verano maravilloso, volviendo a los bloody mary con gazpacho y los pies en el agua. Me iba animando según lo pensaba, pero mi entusiasmo se fue al traste cuando se lo conté a Laux esa tarde en el gimnasio, en la cinta de las confesiones.

—Yo no volvería, la verdad —me dijo Laux con rotundidad.

—¿Por qué no?

—No sé, chiqui, es como una etapa que ya quemaste. Necesitas algo nuevo y fresco...

—Ya, claro, pero por el precio que puedo pagar ya me dirás qué encuentro que sea nuevo y fresco, porque la cosa está complicada... A no ser que quieras acogerme en tu casa de por vida...

—Pues no estaría mal, pero estoy segura de que podrías encontrar algo mejor.

—Lo dudo, amiga, lo dudo mucho, pero bueno, la oferta ya se la he hecho, así que... lo dejo en manos del destino.

—¿Y cuándo te dice algo?

—Esta semana. El viernes probablemente.

—¿Yaaaaaa? ¿Tan pronto? —dijo Laura con urgencia.

—¿Y cuándo quieres que me lo diga? ¿En 2030?

—No, hombre, pero un mínimo para que limpie y pinte el piso ¿no?

—El piso necesita poco arreglo. Está muy cuidado.

—¿Y tú crees que te lo va a dar?

—Yo creo que sí, porque me tiene cierto cariño.

—¡Joder!

—Pero ¿por qué te pones así? ¿No quieres que me vaya de tu casa o qué?

Laura estaba rarísima. Más rara de lo normal, que ya es decir.

—Es que, desde que vivo contigo, mi casa está ordenada.

—Ja, ja, ja. Y yo, desde que vivo contigo, voy al gimnasio.

—Ves, es un win-win de manual. No hace falta que te vayas ahora.

—Ja, ja, ja. Que cambies de idioma no va a hacer que cambie de opinión, pero te agradezco el intento, amiga.

—Bueeeeeeeno. Por cierto..., ¿has vuelto a hablar con Javi?

Otra vez la pregunta trampa de Laux en el momento más inoportuno.

—Algún mensaje... —contesté, algo distante.

—Entonces no habéis roto del todo, ¿no? Si seguís en contacto...

—Laura, sé que Javi te cae genial, pero sí hemos roto del todo. Adiós, agur, finito, adéu, caput, bye bye, au revoir, ciao, hasta nunqui.

—Vamos, que le vas a volver a llamar.

—¡¡Laura!! Para ya con Javi. No vamos a volver porque no hay ninguna opción para volver. Es muy sencillo: él no puede venir y yo no voy a ir. Ya lo hemos hablado mil veces. Además, ayer le llamé al teléfono fijo de casa y no me lo cogió. Su padre fue a su casa el otro día, lo cual es rarísimo porque se lleva fatal con él y apenas se hablan, y ni siquiera sé dónde anda nunca... Es todo muy extraño y, sinceramente, casi no quiero saberlo. No quiero seguir preocupándome por dónde está o qué hace porque así no voy a conseguir pasar página.

Laura me miró comprensiva durante un segundo y volvió a la carga.

—¿Le llamas al fijo de casa? Pero ¿tú qué eres? ¿Una mujer de los noventa?

—Ja, ja, ja. ¡Qué tonta estás! Es por la cobertura —le dije, faltándome el aire por el esfuerzo de llevar tanto tiempo hablando y caminando a la vez en la cinta—. Pero, vamos, que también me parece romántico.

—¿Tu concepto del romanticismo es llamarle al fijo?

—Bueno, el tuyo es llamar a Iván cuando vas pedo a las cinco de la mañana diciéndole que está para «mojar leche, pan y toma».

—¿Eso hago? —preguntó Laura sorprendida—. Yo creo que es más «moja pan en mi leche y toma».

—Cualquier cosa es posible.

—Pues es verdad. Otra vez tienes razón y ya son varias veces últimamente... Me voy a aprender bien ese refrán, a ver si me sale mejor la próxima vez... o no.

Intenté seguir hablando un poco más en serio, lo cual a veces se complica con Laux:

—Pero, vamos, que lo que más me escama es que en estos últimos días ya le he llamado varias veces a casa y nunca está. Y me dice que está allí, cuando yo sé que es mentira. Así que yo creo que esto está acabadísimo, Laura.

—¡¡¡Naaaaada, tonterías!!! —me respondió, exaltadísima—. Eso eres tú, que te has vuelto una controladora. ¿Qué pasa? ¿Que desde que existen los móviles tenemos todos que estar veinticuatro horas localizados? ¡Menudo coñazo! Ya solo falta que tengamos que estar también localizados en el fijo, no te jode... ¿Qué va a hacer? ¿Estar sentado al lado del teléfono todo el día por si se te ocurre llamarle?

Laura estaba empezando a desvariar. Quizá había tenido un mal día y necesitaba desahogarse, así que dejé que siguiera hablando, entre otras cosas porque yo ya estaba con la lengua fuera a punto de acabar mi tiempo en la cinta de andar, lo cual agradecí porque la conversación se estaba volviendo de lo más surrealista.

—Yo creo que lo que tienes es desconfianza.

—Hostia, Laux, esto no se acaba nunca...

—Pero ¿confías en él o no?

—¡Pero de qué estamos hablando ahora? ¡Claro que confío en él!

—¡Pues ya está! Es que, vamos, estar pendiente de estas tonterías me enerva. ¿Ves? Por estas cosas acabaré siendo madre soltera. Vamos, hombre, voy a tener yo que darle explicaciones a nadie, solo me faltaba... ¡¿Será posible?! Que le llama a casa y no está, dice... Pues habrá salido o estará cagando, ¡vete tú a saber!

Me quedé en silencio mirándola mientras caminaba en la cinta, sin saber muy bien qué decir después de aquel discurso que se había marcado.

—Vale, vale, Laux. Si te pones así, le llamaré al móvil la próxima vez.

—Mucho mejor.

—Eso si le llamo...

 

 

 

No volví a llamar a Javi, ni al fijo ni al móvil. Él tampoco lo hizo. Los días de esa semana pasaron y yo lo único que esperaba era la llamada de mi excasera, confiando en poder borrarle del nombre el prefijo «ex».

El calor empezaba a notarse en el ambiente. Las calles olían a verano y el sonido de las bandadas de vencejos al atardecer, volviendo a su hogar, anunciaba de forma inminente la llegada del buen tiempo. Todo avanzaba de forma pausada, como lo hacen los días cuando se aproxima el verano, para bien o para mal. Para bien porque los días se alargan lo suficiente como para disfrutar de la temperatura y de las crecientes horas de luz, y para mal porque no podía quitarme a Javi de la cabeza; ni a él ni a la decisión que habíamos tomado.

Sentada en la terraza de nuestro habitual bar de cañas, esperaba a que llegasen las demás. Desde aquella primera quedada no habíamos fallado ningún jueves, a excepción del día en el que nos hicimos los tatuajes, claro está. La nueva tradición que habíamos instaurado, después de que Lucía superara su enfermedad, hizo que nos sintiéramos más unidas que nunca. Además, aquella tarde era especial, puesto que habíamos quedado para organizar las vacaciones del verano que estaba a punto de comenzar. Unas buenas holidays, como diría Laux, que cambiasen de un plumazo el recuerdo, que no el aprendizaje, de los últimos meses de nuestras vidas. Lucía siempre comentaba que había experimentado algo muy intenso y muy doloroso, y que, sin quererlo, había borrado otros pasajes felices de su vida. Como si la memoria tuviese un espacio limitado donde, a veces, las experiencias negativas lo copan todo. Decía que aquel viaje nos traería una batería de nuevos recuerdos que se anclarían para siempre en la memoria de las cuatro, y que así podría quedarse con lo aprendido durante la enfermedad y tener preciosas experiencias renovadas a partir de ese momento. Lo mejor de las dos cosas.

Aquella reflexión de mi amiga me había gustado mucho, porque no era menos cierto que las malas experiencias y los problemas dejaban un poso de aprendizaje muy importante para el futuro. Siempre recordaré aquella frase que solía decirme: «Hay que saber leer la vida, rubia». Lucía, después del melanoma, ya se había leído varios capítulos; es más, se había acabado el libro entero y quería empezar uno nuevo, aprovechando cada segundo, cada broma, cada beso, cada jueves. Como dice la canción: «Lo pasado pisado». La mejor manera de hacerlo era crear bonitos e inéditos recuerdos entre las cuatro.

A los pocos minutos, Laura rompió mi paz tocándome el hombro por la espalda.

—Rubia, no me puedo creer que hayas llegado a la hora... ¿Qué querías? ¿Echar un ojo al mercado la primera o qué?

—Ja, ja, ja. No, es que me ha llamado la casera del piso y he aprovechado para salir antes.

—¡No jodas! ¿Qué te ha dicho? —me preguntó con cierta preocupación.

—Me ha dicho... ¡¡¡Que el piso es mío!!! —le respondí, loca de contenta.

—¡Noooooo...! —gritó Laux, llevándose la mano a la boca.

—¿Cómo que no?

—No, no es «no» de «¡no!», es un «no» de «no me lo puedo creer».

—¿Estás bien, Laux?

—Fresca como una alcachofa... Y ¿has firmado ya?

—No, pasado mañana.

—¿Tan pronto? ¿Y por qué no me lo has dicho? Me podías haber llamado, ¿no?

—No te lo he dicho porque me ha llamado hace una hora y pensaba contároslo a las tres...

—Ahora vengo. Voy al baño. —Laura se levantó, arrastrando la silla con urgencia.

No entendía nada de lo que le estaba pasando en los últimos días. Era como hablar con otra persona. En ese momento llegaron Lucía y Sara.

—¿Adónde va esta con esa prisa?

—Dice que al baño, pero está rarísima.

—Laux es rara —comentó Sara.

Lucía y yo miramos a Sara algo sorprendidas, ya que no solía emitir esos juicios de valor tan concretos sobre los demás.

—Bueno, cada una tenemos nuestras cosas... —añadió para suavizarlo al verse intimidada por nuestras miradas.

—Desde luego: unas hemos tenido un melanoma, otras tienen al rey de los mandalas en casa... —dijo Lucía con su característico humor.

—No, ya no —respondió Sara con rotundidad.

—¿Cómo que no? —pregunté preocupada.

—¿Has roto con Marcelo? —dudó Lucía, más preocupada aún.

—No... Es que se ha pasado al macramé. Mirad lo que me ha hecho.

Sara se giró para enseñarnos algo que sacó del bolso: un pequeño llaverito hecho a base de nudos. Era bastante feo. Lucía y yo nos miramos en silencio y ella continuó hablando:

—A ver, él está aprendiendo ahora, acaba de empezar, pero hay una jubilada en su grupo que es la hostia; hace unas cosas increíbles y le ha acogido como su ahijado. Dice Marcelo que en unos meses estará a buen nivel.

—Claro, claro... —dijo Lucía siguiéndole el rollo mientras me miraba.

—A nivel nudo flor en espiral mínimo —dije conteniendo la risa.

—¡Mira la rubia cómo sabe! El tema de los mandalas le gustaba, pero dice que ha encontrado su verdadera vocación. Le relaja mucho y cree que tiene potencial.

Lucía le miró fijamente y no pudo aguantarse más la risa. Hay cosas que no cambian.

—Sara, te voy a decir una cosa. Vosotros no estáis bien de la cabeza...

Las tres nos reímos hasta que vimos a Laura dirigiéndose hacia nosotras, pisando con firmeza y a grandes zancadas hasta llegar a la mesa.

—Ya está. ¿Cuándo dices que te vas al piso? —me preguntó.

—¿A firmar, dices?

—Pero ¿¿ya tienes casa?? —intervino Lucía en una conversación que se estaba convirtiendo en algo caótico por el nerviosismo de Laura.

—Sí... No es la mejor del mundo, pero de momento puedo pagarla. Además, es en el mismo edificio donde estaba antes de irme a Ibiza, o sea, que seguiré teniendo a Pol y Jaume a mano.

—¡Qué bien! ¿Y cuándo inauguramos? —se alegró Sara mientras se metía un kiko en la boca.

—Pues el sábado a las doce y media firmo el contrato. Podéis ayudarme con la mudanza el domingo.

—Ahora vuelvo. —Laura cogió el móvil y volvió a levantarse de la mesa, muy agobiada.

—¿Qué le pasa? —preguntó Lucía.

—Ni idea. Lleva una semana horrible. La he dado por perdida.

—Os lo he dicho, que es rara...

Laux volvió, dándole voces al camarero.

—¡Chiqui! ¡Venga, que estamos secas!

Acto seguido, se giró hacia nosotras como si nada hubiese pasado. Como si la performance que llevaba haciendo desde que había llegado fuera cosa del pasado.

—Bueno, ¿y dónde decís que nos vamos de viaje?

—Yo voto por ir a Lanzarote —propuso Sara.

—Noooo, algo fuera de España... Donde no sepamos ni el idioma que se habla... Así la puedo liar y no tengo que explicarme después... —añadió Laux.

—Venga, suéltalo ya, anda —le respondí cómplice.

—¿Yo? —dijo ella haciéndose la sorprendida.

—Venga, Laux. Si todas sabemos que traes varias opciones y que seguramente tienes incluso organizado el viaje, que ya nos conocemos.

—Joder, cómo sois...

—No me entero de nada —intervino Sara, en su línea.

—Venga, vale, va... —cedió Laux mientras sacaba del bolso una libreta donde tenía perfectamente detalladas varias opciones con fechas, días, transportes, comidas...

—Madre de Dios. Eres tan organizada que no sé si envidiarte o echar a correr —dijo Lucía al ver tal despliegue.

—A ver, son solo opciones; hay algunas sugerencias, algunas notas...

Todas nos acercamos a la libreta para echar un vistazo a aquel cuadro lleno de anotaciones pormenorizadas donde aparecían nuestros nombres y el DNI al lado.

—Pero si has detallado hasta las paradas que tenemos para comer —señaló Sara, leyendo una de las hojas.

—Bueno, pero es por aprovechar el tiempo...

—Ja, ja, ja. ¡Qué perra es! Pero si se ha puesto para ella un par de horas de «amor con foráneo» —dijo Lucía descojonada de la risa.

—Ja, ja, ja. A ver, esto es por si surge. Son solo un par de horas para mí, que estoy soltera, mientras las tres podéis hacer otras cosas...

—Bueno, yo igual me apunto a tu plan —añadí.

—No creo... —contestó Laux contundente.

La verdad es que me desconcertó la respuesta, si es que había algo que pudiese sorprenderme de ella a esas alturas.

—Bueno, mi opción de viaje favorito es a las islas griegas... Ya está, ya lo he dicho. En concreto he estado mirando las Cícladas. Las islas son preciosas. Podemos ir en barco saltando de isla en isla, en plan todo blanquito, casto y puro...

—No sé vosotras, pero mi presupuesto es limitado —advirtió Sara, preocupada.

—¡Naaaaaaaaaada! Lo tengo todo previsto y nos va a salir por cuatro duros... —respondió Laux.

—A mí me encanta Grecia... ¡Pero tenemos que ir a Atenas también! —añadí.

Para mí, visitar Atenas era una de las ilusiones más grandes que siempre había tenido desde pequeña, al haber estudiado griego.

—A mí con estar con vosotras me vale —dijo Lucía con todo el cariño del mundo, algo que conmovió a Laux de tal manera que decidió hacer una concesión sin precedentes.

—Venga, vale. Borro las dos horas de «amor con foráneo» y las cambio por «zorreo entre amigas».

—¡Pues por Grecia! —Lucía levantó su caña y la chocó con nuestros botellines.

Todas brindamos, dando buena cuenta de las cervezas que nos habían servido, con una nueva y fresca ilusión en nuestros labios: las islas griegas.

Aquella tarde de jueves pasó volando mientras descifrábamos los pormenores de un fascinante viaje que Laura había preparado minuciosamente. Una ilusión que mantuvo mis nervios calmados ante el cambio de vida que me esperaba.

 

 

 

El día siguiente sería el último en casa de Laux y me tocaba preparar la mudanza. Pedí mi día de asuntos propios y compré decenas de cajas de cartón en una tienda de embalajes para empaquetar en ellas mis pocas pertenencias. Me di cuenta de que había conseguido sobrevivir todos aquellos meses sin apenas cosas materiales, algo que consideraba impensable cuando me fui a Ibiza con Javi. Eso volvía a recordarme que en algún momento tendría que hablar con él para organizar definitivamente el envío de mi moto rosa.

Cuando llegó la noche del viernes, Laux me ayudó a cerrar las últimas cajas. Era un momento difícil para las dos, porque la convivencia nos había hecho inherentes la una a la otra. Todas las confidencias, los conciertos de Chet Baker y las cenas con nuestro queridísimo Kebab El Príncipe quedaron aferradas en nuestras almas: eso era algo muy complicado de precintar sin más.

—Te voy a echar de menos, rubi. Me había acostumbrado a tenerte en casa cuando volvía de las guardias.

—Oh, yo también, amiga. Me da mucha pena irme... Ya casi me había acostumbrado a escuchar cómo te rajas por la noche.

—Ya, es que, cuando estoy relajada, me dejo llevar...

Las dos nos reímos a carcajadas.

—Ven aquí —me dijo, abriendo sus brazos para que metiese la cabeza en su pecho.

Me coloqué entre sus brazos y no pudo quedarse callada:

—Qué pequeña eres, joder...

—¡Zorra! Muchas gracias por haberme acogido todo este tiempo...

Laux me miró y dejó caer una pequeña lágrima, algo nada habitual en ella.

—Sabes que me voy a diez minutos de tu casa, ¿no? —dije mientras limpiaba sus mejillas con mis manos.

—Creo que me he hecho mayor...

—¿Por qué dices eso?

—No sé... Me siento como...

cambiada.

—Es que estos meses nos han cambiado a todas.

—Sí, lo sé... Pero... es como una sensación que tengo dentro que me dice: «Ya está, ya te has pasado esta fase, vayamos a la siguiente». Es como que he cruzado una línea y ya no voy a poder volver atrás, y eso me da un poco de miedo, la verdad. Es como si el que te vayas de casa fuese el detonante de un gran cambio también para mí.

Era la primera vez que veía a Laux dudar de sí misma. Ella siempre había sido una mujer fuerte, aunque desde el verano pasado, en el que sufrió su famoso «caso Ivanoski», como ella llamaba a su descontrol hormonal, unido a todo lo que aconteció posteriormente con Lucía, se había vuelto algo más madura (dentro de lo que era Laux, claro).

—Cuando murió mi padre me pasó algo parecido. Después de compartir tanto en tan poco tiempo con él mientras estaba enfermo..., se marchó. Y creo que mi cuerpo reaccionó de la misma manera. Tuve la sensación de que se había agotado una etapa de mi vida: como si esos últimos días hubieran sido gotas de agua que acabaron por llenar mi vaso hasta el límite y, cuando mi padre se fue, acabó por derramarse.

Laura me abrazó muy fuerte, a sabiendas de que recordar aquellos momentos era algo muy duro para mí.

—Si te sirve de consuelo, de aquello lo único bueno es que llegasteis a mi vida tú y Javi... —añadí.

—Bueno, lo nuestro es un punto y seguido, pero con Javi... ¿Has cerrado ya esa etapa de tu vida?

Otra vez la pregunta de Laux en el momento justo. Qué facilidad tiene esta mujer. Respiré profundamente antes de contestar. Pensando muy bien lo que iba a decir.

—Pues con Javi tengo la sensación de que el vaso sigue medio lleno o medio vacío, y me hubiese gustado llenarlo del todo, pero... me temo que es algo que nunca sabremos.

—Bueno, quién sabe...

—No. Las cosas no pasan solo porque las digamos.

Laura suspiró y no pudo evitar relajar la conversación con uno de sus comentarios.

—Joder, rubia. Siento como que estamos rompiendo nosotras. Eres lo más parecido a una novia que he tenido. ¿Hacemos el amor?

—No, que luego te enamoras...

Las dos nos descojonamos y cerramos para siempre las cajas que contenían los restos de aquellos últimos meses de mi vida. Coloqué la almohada encima de todas para que no se me olvidase llevármela bajo ningún concepto.

Ya sabéis lo que dice el refrán (uno que me he inventado, por supuesto): «Nueva etapa, nueva vida, misma almohada».

Ir a la siguiente página

Report Page