Contando atardeceres
PARTE V. LOS NUEVOS ATARDECERES » 43. Valiente. Siempre es mejor hacerlo que quedarte con las ganas
Página 52 de 56
43
Valiente
Siempre es mejor hacerlo que quedarte con las ganas.
Cuando me desperté el sábado por la mañana, Laux había desaparecido. La casa estaba completamente en silencio, algo impensable si ella se encontrase a varios kilómetros a la redonda. Miré el móvil. Me había dejado un wasap una hora antes en el que decía: «Luego te veo». Sin más. Se suponía que iba a acompañarme a la firma y que después lo íbamos a celebrar con unas cervezas en la piscina para estrenar la temporada de verano, pero de momento no había rastro de ella aparte de ese escueto mensaje.
Decidí ponerme en marcha dándome una ducha. Había madrugado porque quería aprovechar la mañana antes de ir a mi antigua (a partir de hoy «nueva») urbanización. Cuando salí del baño, enfundada en mi toalla, no pude evitar quedarme contemplando la casa con cierta morriña. Esa palabra me recordó a mi excompañera del restaurante de Ibiza, Lúa, quien tantas y tan bellas palabras me había descubierto en gallego. Decidí tomarme un momento para ponerle un mensajito y decirle que la morriña de la que tantas veces habíamos hablado había traído su recuerdo a mi mente esa mañana, porque si algo había aprendido durante este último año era que no había que guardarse los sentimientos, y mucho menos los buenos. Enviar un mensaje de cariño a una vieja amiga con un sencillo «Me he acordado de ti» siempre va a provocar en la otra persona una sonrisa que no tiene precio. ¿Por qué evitarlo entonces? Sin duda, es mejor hacerlo que quedarse con las ganas.
Dejé el móvil sobre el sofá de las confesiones: sentí que iba a echarlo de menos. La próxima vez que volviese a esa casa ya no viviría en ella, y se me hizo muy extraño pensar que no tendría como algo propio el lado izquierdo del sofá. Respiré hondo y sentí un poco de vacío al no poder comentar todas esas emociones con Laux. Me hubiese gustado poder compartir nuestras confidencias sobre él una vez más. Y cuando digo sobre él me refiero al sofá, claro está.
Salí caminando hacia casa de mi madre. No tenía ninguna prisa. Quería disfrutar de una mañana que se había despertado templada. El paseo era corto, pero precioso. El sol ya se había levantado lo suficiente para que entrara por los árboles de la calle manchando la acera y a la vez mi cuerpo con luces y sombras. Aproveché para llevarle unos churros y desayunar con mi madre antes de que diera el sí definitivo a mi nuevo hogar.
—Te noto nerviosa, hija —dijo cuando casi me mancho por segunda vez al mojar una de las porras en el chocolate.
—Lo estoy, mamá... Ya sabes que los cambios me dan respeto. Este año he comenzado tantas nuevas etapas que ya no sé si lo estoy haciendo bien o me estoy equivocando.
—Ya sabes que tu padre era el de los refranes. Seguro que hubiera tenido uno adecuado para este momento.
—¿Uno solo? Probablemente serían unos veinte...
—Ja, ja, ja. O más... Y si no lo hubiese tenido, se lo habría inventado.
Miré a mi madre con cariño al ver cómo recordaba a mi padre de una manera tan sana. Tuvieron una relación de admiración el uno por el otro durante toda una vida, así que imagino que algo debí aprender de ellos, aunque fuera de manera inconsciente.
—Yo tengo un cuadrito de madera que compré el otro día en una tienda de abajo. Pone una frase que me gustó mucho. Igual te puede ayudar.
Mi madre se levantó y trajo un pequeño cuadro con una decoración hindú dorada muy bonita. En el centro aparecía la figura de Buda y una frase firmada por él.
—«Al final de tu vida, solo tres cosas importan: lo mucho que amaste, lo bondadoso que fuiste y la facilidad con que dejaste ir aquello que no era para ti» —dijo ella, leyendo en voz alta—. ¿Crees que nos vale?
—Ni papá lo habría hecho mejor...
Abracé a mi madre, que había encontrado la manera de reconfortarme. Aquel mensaje estaba en lo cierto: hay que dejar atrás lo que no es para nosotros, porque, si no, nunca quedará espacio para aquello que sí lo es.
Terminé de desayunar mucho más tranquila y charlamos durante un par de horas más hasta que llegó el momento de marcharme. Cuando salí por la puerta, sonreí pensando que aquel día era el comienzo de algo completamente nuevo para mí, exactamente igual que cuando dejé de vivir en casa de mis padres. Me di la vuelta tras despedirme de mi madre para mirarla otra vez. Siempre he creído que, cuando quieres mucho a una persona, te giras al despedirte para verla una vez más. Y ella seguía allí, en el quicio de la puerta, sacudiendo la mano.
—Te quiero mucho, mamá.
—Yo a ti más.
Ella siempre me quería más. No había nadie más generosa.
Con la agradable sensación provocada por compartir una mañana entera con mi madre, sin prisas, decidí seguir caminando. No hacía un calor excesivo, y recorrer aquellas calles que separaban la casa de mis padres de la mía traía a mi mente todo tipo de recuerdos que resultaban ser muy amenos y gratificantes. Entonces, recibí un mensaje de Pol.
Pol vecino.
Me ha dicho un pajarito
que hoy vienes a firmar.
¿Qué pajarito?
Uno que grita mucho...
¿Laux?, jajajaja.
Me temo que sí.
Por cierto,
¿Sabes algo de ella?
No me coge el teléfono.
Ni idea. Estará dándole
voces a alguien...
Llego en veinte minutos,
voy andando.
Cuando giré la esquina que daba a la calle del edificio, Pol, Jaume y la casera me esperaban en la puerta. Estaban charlando amigablemente e incluso se reían. Bueno, en realidad, el que se reía era Pol, mientras la casera y Jaume le miraban como quien no conoce a ese señor pesado de la fiesta al que nadie ha invitado. Estaría intentando convencerla para que quitara el gotelé de las paredes de su piso, porque si había algo que no soportaba Pol era el gotelé.
La casera, con unos Manolo Blahnik a juego con un bolso Louis Vuitton, cuyo nombre esta vez desconocía, desviaba la mirada y afirmaba con la cabeza de manera automática.
—Vaya recibimiento, ¿no? —observé.
—Claro, eres una persona importante. Que tienes quinientos amigos en Facebook... —bromeó Pol.
Quién se podría imaginar entonces el chat de amigas tan grande que tenemos ahora...
—Pol, tú sabes que eres la persona más rara que he alojado en este edificio, ¿verdad? —dijo nuestra casera, Pilar, algo exhausta.
—Especial. No hay que decir «rara». Se dice especial —contestó Pol con ese tonito que le caracterizaba.
—Lo de «especial» es el eufemismo que te digo para no herir tus sentimientos... —apuntó Jaume entre risas.
—Joder, Jaume, los trapos sucios se lavan en casa.
—Pues corre, aprovecha y pon una lavadora —dijo Jaume saliendo de ese tono gris al que nos tenía acostumbrados.
Obviamente, todos nos reímos, salvo Pilar, que nos observaba con cierta suspicacia y dudando, seguramente, si era una buena idea juntarnos a los tres de nuevo en su edificio.
—Bueno, ¿subimos? —preguntó, apremiándonos.
—¿Por qué? Si aquí se está divinamente. Corre brisa, hay una buena temperatura, hace tiempo que no nos vemos... ¿no? —dijo Pol de repente.
Los tres nos quedamos observándole un poco sorprendidos de su reacción, pero como era un tipo tan raro, tan «especial», cualquier cosa era posible.
—Ya, Pol, pero es que he quedado para comer con mi familia. Si no os importa, tengo un poco de prisa —dijo Pilar intentando ser amable.
—La prisa, ¿veis? Ese es el gran problema de ahora, Pilar... Todo el mundo corriendo, condicionado que si por el novio, que si los hijos, que si la familia... Al final, ¿dónde queda el tiempo para uno mismo, eh? ¿Dónde queda el tiempo para estas casualidades? El juntarnos aquí los cuatro...
—Pol, ¿has bebido? —le pregunté.
—¿Te apetece? Si queréis nos tomamos una caña.
—Pero ¿cómo vamos a tomarnos una caña ahora?
—A veces pienso que vivo con un crío de dieciséis años... —musitó Jaume alucinado.
—Venga, por favor, vamos para arriba —nos apremió Pilar mientras nos empujaba literalmente para entrar en el portal.
—Cómo sois, de verdad...
Subimos hasta la tercera planta y observé de nuevo el piso. Miré por la ventana, con la esperanza de que en aquellos días hubiesen plantado algunos árboles afuera, del mismo modo que albergaba todos los septiembres de mi adolescencia la esperanza de que pusiesen taquillas en el instituto. Sabía que no iba a pasar, pero ese puntito de ilusión no me lo quitaba nadie.
—Huele a recién pintado.
—Sí, hemos quitado el gotelé de las paredes —respondió Pilar, ante la indignación de Pol, que no pudo contenerse.
—Coño, pues a nosotros no nos haces ni caso, y la rubia llega y, a la primera de cambio, gotelé fuera. Ya que vivimos en una casa pequeña, que por lo menos sea bonita.
—El verano que viene te lo hago.
—El verano que viene puedo estar muerto...
Pilar me miró con algo de miedo e incertidumbre en sus ojos, mientras intentaba recomponerse para seguir adelante con la firma.
—Mira, este es el contrato. Lo he dejado en la cantidad que habíamos hablado, ¿vale?
Pol se acercó rápidamente a la mesa y cogió el contrato para ver el importe.
—¡¡Pero esto es un robo!! —gritó exaltado.
Todos nos quedamos a cuadros.
—Pero si nosotros pagamos mucho más —dijo Jaume.
—Si le he rebajado doscientos euros... —añadió Pilar desesperada.
—Pol, ¿estás bien? —pregunté preocupada, no dando crédito a las salidas de tono que estaba teniendo.
—Hombreee, es que, sabiendo la situación de la rubia, pues..., es un poco caro. Por ese precio te alquilas en otro sitio una cosa mucho mejor, con dos habitaciones por lo menos.
—Pero si este piso tiene dos habitaciones —respondió la casera.
—¿Ah, sí? Joder, si lo llego a saber nos lo quedamos nosotros, Jaume...
—Bueno, Pol, ¿me das el contrato? —le exigí, empezando a estar igual de cabreada que mi futura casera.
—Espera... Espera un momento. Déjame verlo. No vas a firmar algo sin haberlo leído, ¿no?
—Es un contrato tipo, Pol... —dijo Pilar, perdiendo la paciencia por momentos.
—A ver... De una parte... y de la otra... manifiestan que... —Pol frenó, como si hubiese encontrado una cláusula insalvable—. Aquí pone que no se pueden tener mascotas, rubia.
—Es que yo no tengo mascotas.
—¿Y si quieres tener aquí a los gatos de tu madre? ¡¡¡O peces!!! ¿Qué pasa si quieres tener peces?
—Hombre, si quiere tener peces, no habría problema —respondió Pilar.
—O sea, los peces bien y los gatos mal, ¿no? Pues menuda discriminación...
—Esa cláusula se refiere a animales de compañía —añadió Jaume.
—Ah, vale, o sea, que ahora los peces no te hacen compañía.
—Hombre, visto así, la verdad es que... —dijo Jaume.
—No, visto así tampoco —le interrumpió la casera, que entraba de lleno en el juego de Pol.
—Da igual, de verdad, si yo no voy a tener peces ni gatos ni loros ni dragones... —dije, intentando arrebatarle el contrato a Pol sin éxito.
—Me parece flipante lo que estoy leyendo... —continuó Pol.
—¿Qué pone? —pregunté asustada.
—Dice que, si quieres hacer obras en la casa, no puedes... Tienes que pedir permiso a la propietaria.
—Hombre, faltaría más.
—Pero si el piso está perfecto tal cual está... ¿Qué obras voy a querer hacer? —respondí.
—Además, si necesitas cualquier cosa, ya sabes que tenemos a Roberto en la finca —insistió Pilar.
—Ay, Roberto, hace tanto que no le veo...
—Pues no está muy amable últimamente —sentenció Pol.
—¿Quién? —preguntó Pilar.
—¿Cómo que quién? —dijo Pol.
—¿Cómo que no? —añadió Jaume.
—No sé, el otro día me miró raro.
—¿Cómo que «raro»? —dudó la casera.
—Raro... Me saludó solo con una mano. Él normalmente utiliza las dos... Así, mira.
Pol levantó las dos manos pegando los brazos al cuerpo como si fuese el finofaurio.
—El que está raro eres tú, Pol. Basta ya —intervine, intentado parar una conversación que parecía un diálogo del camarote de los hermanos Marx.
—Raro no. Especial, rubia.
—Y dale con lo de especial.
—Bueno, ya está bien, ¿no? —dijo Pilar perdiendo la paciencia ya por completo—. Yo, si me firmas el contrato, me voy y te dejo con él, que no sé qué le pasa hoy ni quiero saberlo.
—Vale.
Pol me dio el contrato y eché un vistazo por encima para darlo todo por zanjado de una vez.
—¿Tenéis un boli?
—No, pero, si queréis, subo a por uno a casa y os lo bajo.
—Creo que tengo uno en el bolso —dijo Pilar, buscando en su Vuitton.
—De verdad que no me importa... Subo en un momento.
—¡No! —gritamos los tres a la vez.
—Toma. —La casera me ofreció un precioso un bolígrafo dorado con unas iniciales.
Miré a Pol, que a su vez miraba su móvil bastante nervioso. Revisé por última vez el contrato, pasando las páginas y visualizando en cada una de sus hojas los días de verano en la piscina. Con Lucía y un bloody gazpacho en la página uno, las conversaciones nocturnas con Pol en la dos, los paseos por la tarde para ver a mi madre en la tres, las noches con Laux durmiendo en el sofá en la cuatro, las cervezas con Sara después de un fin de semana ajetreado en la cinco... Y así hasta la última página, donde se encontraba mi nombre completo sobre una línea de puntos. Respiré por el confort que me daba estar tomando aquella decisión cuando, de repente, unos gritos entraron a través de la ventana:
—¡CHIQUIIIIIIIIIIIIII! ¡¡¡CHIQUI!!! ¡CHIQUIIIIIIIIIIII!
—¡No sabéis cómo me alegro de escuchar por fin esos alaridos! —dijo Pol, relajándose por momentos.
Las voces retumbaron en aquel salón vacío, como el eco en una gruta. Me asomé para comprobar, por si no había quedado lo suficientemente claro, que era Laura. Tampoco era la única. La vecina del segundo y un par de vecinos de enfrente también habían salido al balcón alertados por los chillidos. Debajo del edificio, gritando como una posesa, estaba Laux con el coche aparcado en mitad de la calle. Otro vehículo que estaba justo detrás le pitaba porque le interrumpía el paso.
—¡Deja ya de pitar, pesado!
—¿Qué haces, loca?
—¡¡¡Baja!!!
—¿Cómo voy a bajar? Si voy a firmar...
—¡NOOOOOOOOO! ¡Baja! —Laura sacudía los brazos violentamente a la misma vez que el señor del otro coche seguía pintando.
—Espérate, que ahora bajo.
—¡NOOOOOOOOO!
En ese momento me di la vuelta para firmar el contrato y acabar de una vez con aquella extraña situación que se había montado, una parafernalia que parecía un sainete con actores aficionados que durante treinta minutos habían representado una mala obra de teatro.
Cuando volví a la mesa para coger el bolígrafo, Pol se abalanzó sobre él y, con una rabia desmedida, lo tiró por la ventana.
—¡A tomar por culo el boli, cooooooño! Ya está bien, con lo que contamina la tinta, que es que ya no pensamos ni en el planeta ni en nadie...
Os puedo asegurar que la cara de los allí presentes era lo más parecido a cuando quieres salir por una puerta de cristal cerrada, pensando que está abierta. El precioso bolígrafo dorado de Pilar voló con sus iniciales desde el tercer piso hasta la carretera, golpeando al coche que esperaba detrás de Laura.
—Tú no estás bien de la cabeza, Pol... Ya me lo dijo mi hermana: «No le alquiles la casa, que esa pareja no está bien de la cabeza... Que esta gente no está bien...».
—Perdone, pero yo sí estoy bien —dijo Jaume.
—Cariño, tú tienes tus cosas, como todos...
En ese momento, Laux entró resoplando por la puerta, después de subir los tres pisos corriendo por las escaleras. Tuvo que ser muy rápida porque nunca le había visto sudar así en la cinta del gimnasio.
—Rubia, ¡corre, ven! —dijo mientras me agarraba del brazo para sacarme de la casa.
—Pero ¿adónde? —le dije completamente alucinada.
—Gracias, Pol —añadió Laux mientras salíamos por la puerta.
—No te preocupes, ya me quedo yo explicando aquí el tema...
—Pero ¡¿adónde vas?! —me preguntó la casera sin entender nada, igual que yo.
Cuando llegamos abajo, Laux, aún acelerada, me dijo que me montase en el coche. Fue entonces cuando me detuve en seco para poner punto final a lo que parecía ser el tercer acto de aquella obra:
—¡Para, Laux! ¡Basta ya! —grité.
Laura se detuvo en seco, reconociendo mi tono de enfado verdadero.
—¿Qué pasa? —pregunté intentando que arrojara algo de luz al asunto.
Laux me miró e hizo un pequeño gesto, pidiéndome un segundo para recuperar el aliento.
—Pasa que he encontrado un piso mucho mejor que este.
—Pero ¿qué piso, Laux?
—Tú deja que te lo enseñe y luego decides, ¿vale? Pero ven a verlo.
Laux volvió a coger mi mano para meterme en el coche. Estallé.
—¡Para, Laux! —dije enfadada—. Vamos a ser serias. Tengo a la casera arriba y el único piso que voy a firmar es este. Llevo mucho tiempo buscándolo y no lo voy a dejar ahora porque se te hayan metido en la cabeza no sé qué cosas... Así que relájate.
Laux me miró en silencio durante unos segundos, calmada.
—Eres una cobarde.
—¿Cómo? —respondí, alucinada.
—Lo que has oído.
—¡¿Qué dices, tía?! ¿Una cobarde de qué...?
—Quieres este piso porque es como volver atrás, como si nada hubiese pasado en este tiempo.
—Eso no es verdad...
—Sí que es verdad. Este piso es como retroceder en el tiempo. Tú me lo decías anoche. Las cosas han cambiado, ya no somos las mismas que hace seis meses... El tiempo pasa, los años pasan... y se nota.
—¿Que si se nota? Como decía mi padre, yo noto hasta los cuartos de hora...
Las dos sonreímos y la tensión se relajó. Laura me miró de nuevo con los ojos de cordera que solo ella sabía poner cuando algo le interesaba de verdad.
—Anda, ven, que no te vas a arrepentir... Te lo prometo.
Dudé durante un segundo. Suspiré.
—Venga, tira, que ya tengo hasta curiosidad por saber la que has liado.
Laux dio un gritito de alegría y arrancó el coche más rápido de lo que habitualmente hablaba.
—No te pongas muy cómoda, que vamos aquí al lado —me indicó emocionada.
Y tanto. El trayecto fue muy corto, apenas de diez minutos, semáforos incluidos. Cuando viajaba con mi padre, siempre medíamos el tiempo de los viajes con un «semáforos incluidos». De pequeña le decía: «De casa a la sierra hay cuarenta y cinco minutos». Y él me respondía: «Cincuenta, semáforos incluidos». A él siempre le gustaba medir el tiempo exacto de las cosas. Si yo quería algo, nunca me decía «luego»: siempre me daba una fecha exacta. Decía que engañarse a uno mismo era una pérdida de tiempo y que por eso sus tiempos eran exactos... con semáforos incluidos.
Aparcamos y bajé del coche con la expectación propia de una niña que llega corriendo al salón de su casa el día de Reyes. Sin ninguna idea preconcebida, solo la información justa: Laux había encontrado otro piso.
Iba tan emocionada que no me di cuenta de que había pasado por allí cientos de veces. Estaba tan nerviosa que no me fijé en los detalles ni en la calle, ni siquiera en el portal, que era bastante grande.
Una vez dentro, esta vez no subimos por las escaleras. Laux y yo nos montamos en el ascensor y ella pulsó el número siete. No había ningún piso más por encima. Al llegar a la puerta, Laux llamó al timbre. Un chico joven, bien vestido, que tenía pinta de ser de una inmobiliaria, abrió la puerta.
—Hola. Adelante.
—Perdona, que nos hemos entretenido —dijo Laura algo apurada.
El chico de la inmobiliaria nos cedió el paso y entonces pude ver la casa. La reconocí al instante. La había visto tantas veces que supe al momento que era el ático de Idealista que había visitado cientos veces en la app y deseado otras tantas desde la calle. El salón, amplio y luminoso, con una pequeña cocina con barra americana al fondo y, por supuesto, una puerta acristalada preciosa que dejaba ver la enorme terraza llena de plantitas con una pequeña fuente de agua que parecía absorber el poco ruido del tráfico que llegaba.
—¿Qué hacemos aquí? —pregunté desconcertada.
—Ven a ver la terraza... Es espectacular —dijo Laux invitándome a salir.
—Laux, ¿qué hacemos aquí? —insistí, mientras ella se perdía entre la luz que entraba por la puerta de cristal.
El chico de la inmobiliaria sonrió e hizo un gesto, invitándome a que la acompañase. Lo hice con una mezcla de miedo e incertidumbre. Al pasar la cristalera me quedé blanca, y no precisamente Suárez. La terraza del ático era preciosa, exactamente igual que en las fotos que había memorizado casi al detalle durante meses, decorada en madera y con muchas plantitas llenas de flores que rodeaban el perímetro.
Junto a la pequeña fuente había un delicado jardín japonés de piedras blancas y un toldo que protegía del sol una zona de descanso con dos tumbonas. Las vistas del skyline de Madrid eran impresionantes.
Pero, en cierto modo, todo eso ya lo sabía. Lo había visto decenas de veces en las fotos de la inmobiliaria. Lo que no aparecía en ellas era el chico, que bien podría ser bombero por la planta, que se encontraba al fondo de la terraza, mirándome. Él nunca había salido en Idealista. Si Javi hubiese estado en esas fotos, sin duda, me habría dado cuenta.
Os podéis imaginar mi cara cuando le vi allí, ¿verdad? Pues ni aun así creo que os acerquéis ni a una décima parte de lo que fue en realidad.
Cuando todavía intentaba reponerme del shock, Iván apareció al otro lado de la puerta.
—Hola, niña —dijo muy suave mientras yo seguía luchando por respirar todo el aire que existía en esa terraza.
—Bueno, os dejamos un momento —añadió Laura, agarrando a Iván del brazo para entrar en el salón.
Pues así estaba la situación. Javi y yo a solas en la terraza del ático más increíble de Madrid con el que tantas veces habíamos soñado, seguramente yo algunas más que él. Allí, de pie frente a él, sin entender aún nada de lo que estaba pasando, conseguí pronunciar mis primeras palabras.
—¿Qué haces aquí?
—Es un poco complicado, pero voy a ver si lo resumo en unos minutos, porque no tenemos mucho tiempo.
—Si hablas igual de rápido que Laux, nos da tiempo hasta de tomarnos una caña... —dije intentado sentirme cómoda, mientras Javi esbozaba su mejor sonrisa antes de hablar.
—He estado pensando mucho en nosotros en estas últimas semanas. No he podido parar de darle vueltas a todo lo que nos ha pasado en este tiempo...
Javi se mostraba dubitativo. Parecía que hubiese ensayado lo que iba a decir, pero estaba tremendamente nervioso.
—Yo quiero estar contigo. Es así, y negármelo sería mentirte a ti y mentirme a mí mismo. Sé que tengo mi vida en Ibiza, pero también sé que tú hiciste un gran esfuerzo en verano por mí y yo no lo valoré...
—Bueno, esfuerzo esfuerzo tampoco...
Javi volvió a sonreír, consiguiendo tranquilizarse un poco.
—Sí, sí que lo fue —dijo con rotundidad mientras cogía aire de nuevo—. Voy a ir al grano. Ese chico está ahí con un contrato para alquilar esta casa. Laux me dijo que andabas buscando piso y se me ocurrió la loca idea de que podríamos alquilar esta juntos.
Si pensabais que verle allí me había sorprendido, esa frase me dejó completamente a rombos, que diría Laux. Javi continuó hablando, nervioso ante mi cara de no estar entendiendo nada.
—Pero, si no te gusta, no pasa nada. No es obligatorio. El chico de la inmobiliaria sabe que es una sorpresa y que puede que no lo alquilemos, que depende de ti. De hecho, tiene otra cita dentro de diez minutos. Por eso no te preocupes, que no le faltan novias...
—¿Al de la inmobiliaria?
—No lo sé, pero si eso te ayuda a tomar una decisión, puedo preguntárselo.
Los dos sonreímos de nuevo con complicidad, como antaño. Le miré fijamente y él se acercó hasta mí, despacio. Intenté asimilar lo más rápido que pude toda la información que llegaba a mi cerebro y a mi corazón para hacer las preguntas adecuadas.
—Pero, Javi, una cosa que no entiendo. Si alquilamos este piso... ¿te mudarías a Madrid?
—No ahora mismo.
—Entonces, estás alquilándome una casa a mí, ¿no? —repuse un tanto enfadada, pensando que Javi estaba cometiendo el mismo error que Nacho cuando rompimos siendo unos adolescentes: decidir por mí.
—En absoluto: yo solo no podría hacerlo. Esto es algo que tendremos que hacer los dos, como siempre lo hemos hecho todo. Juntos.
—Javi, esto me parece muy bonito, pero no termino de entenderlo. No sé cómo vamos a alquilar una casa juntos si tú no vas a vivir en ella...
Javi cogió mi mano y respiró profundamente, intentando ser más conciso.
—Mira, durante estos últimos meses he buscado insistentemente una permuta que me permitiera volver a Madrid, pero no lo he conseguido de momento. Lo más cerca que he estado era en Barcelona, Vitoria, Sevilla... Y eso está más lejos que venir en avión desde Ibiza.
—¿Entonces? —insistí.
—He pedido el traslado definitivo a Madrid, pero lleva tiempo. Tiene que jubilarse algún compañero o quedar una plaza libre aquí. Mientras, yo sigo buscando otra permuta temporal, pero ahora de verdad. Cuando Laux me contó lo del ático, se me ocurrió la idea de que podría pasar todo el tiempo que no esté trabajando aquí, contigo. Ya sabes que puedo juntar muchos días de descanso y luego volverme a Ibiza cuando me toque currar.
—Javi, eso es un dineral, y este piso es carísimo.
—Lo sé... Lo sé. Por eso le dije a Iván que pusiera mi casa en alquiler y yo me he ido con mi padre.
Eso sí que no me lo esperaba. En ese momento entendí por qué cuando le llamaba al teléfono fijo de casa nunca lo cogía. Ya no estaba viviendo allí, y no solo eso, sino que encima estaba haciendo el gran esfuerzo de vivir bajo el mismo techo que su padre.
—Con el dinero del alquiler de mi casa pagaré mi parte aquí y cuando vuelva a Ibiza a trabajar, viviré con él. No me apasiona, la verdad... Ya sabes que no nos llevamos muy bien, pero me escaparé a casa de la yaya siempre que pueda.
Volví a quedarme sin palabras. Intenté procesar toda la información mientras Javi seguía hablando, cogidos de las manos.
Básicamente, Javi estaba haciendo todos los esfuerzos posibles para que estuviésemos juntos, empezando por abandonar su preciosa casa para ponerla en alquiler, continuando con el sacrificio que supondría tener que estar cogiendo vuelos constantemente de Ibiza a Madrid y acabando en casa de su padre con todo lo que eso suponía para él. Un padre con el que, como siempre dijo, apenas tenía nada en común.
Aquello suponía un alarde de generosidad por su parte que se escapaba de todo lo que habíamos vivido hasta el momento juntos, que era mucho. Además, y sobre todo, dejaba claro que su vaso también estaba medio lleno en cuanto a nuestra relación.
—¿Y si sale mal? Y si todo va bien tres meses, cuatro, un año... ¿y luego no? ¿Vas a cambiar toda tu vida por mí?
—Pues no pasa nada. Yo no te lo pregunté cuando cambiaste tu vida por mí el verano pasado. Tienes derecho a que yo me arriesgue ahora... Bueno, a que nos arriesguemos otra vez.
Javi parecía convencido de sus palabras. No era un intento a la desesperada por salvar una relación: era dar un paso hacia delante para que camináramos juntos. Le miré a los ojos y solo vi gratitud e ilusión en ellos. Estaba convencido y a mí me estaba convenciendo.
Justo en ese mismo instante, el chico de la inmobiliaria apareció por la puerta. No dijo nada, pero estaba claro que el tiempo se agotaba.
—¿Lo intentamos? —preguntó Javi, mirándome a los ojos.
Contesté al segundo.
—Claro que sí.
Javi miró al chico de la inmobiliaria, asintiendo con la cabeza.
—Muy bien, voy preparando los papeles —dijo este mientras volvía al interior de la casa.
Javi respiró aliviado y soltó toda la tensión que había acumulado durante los últimos meses, dejándose caer en una de las tumbonas, mientras yo le acompañaba abrazándole con fuerza.
Tumbados, mirando al cielo, sin poder pronunciar ni una sola palabra, entendí toda la película que Laura había montado durante esas semanas: las preguntas constantes sobre cómo estaba mi relación con Javi, su insistencia para que no dejara su piso, la escenita a grito pelado en la puerta de mi antiguo edificio antes de que firmara el contrato. Entendí que había estado hablando con él a mis espaldas cuando tomé la decisión de mudarme y que había ido a primera hora a recogerlos al aeropuerto. Esos comportamientos tan raros en ella, y por supuesto en Pol, habían tenido un desenlace de lo más feliz para todos. Bueno, quizá Pol en aquel instante estaba un poco más jodido que nosotros, intentando explicarle a Pilar lo que había pasado. Suerte tuvo de que no le subiese el alquiler, pero incluso eso habría merecido la pena.
—No sabía si iba a salir bien, pero quería intentarlo —dijo Javi mientras contemplábamos un cielo lleno de nubes que dejaba luces y sombras sobre nuestros cuerpos.
Si hay algo que tuve claro en aquel momento era que yo también quería intentarlo con todas mis fuerzas.
Imaginé que Javi esperaba algún tipo de contestación por mi parte, pero en vez de hacerlo con palabras me acerqué a él, llena de energía, con un beso que nació en mi boca y creció en la suya. Un beso que dio lugar a otro y siguió con todos los que nos habíamos guardado durante aquellos meses en los que habíamos estado separados. Sin prisa, pero sin pausa. Besándonos encima.
De repente, escuchamos un claxon pitando escandalosa e insistentemente desde la calle, en lo que parecía un grito que reclamaba nuestra atención. Javi y yo nos apoyamos por primera vez en la barandilla de la que iba a ser nuestra terraza, y vimos a Iván y a Laux montados en mi moto rosa, recorriendo la calle de arriba abajo, como si fueran dos peces nadando por un río. Laux llevaba en sus manos un cartel con la frase «Todo va a salir bien» que mostraba hacia arriba, como si estuviese puntuando a deportistas en una competición.
—Esta mujer está desatada —dije en tono de broma.
—¿Qué vamos a hacer con ellos? —preguntó Javi sonriendo.
—Podríamos adoptarlos.
—Bueno, dejemos que pase el verano y lo valoramos.
—Sí, mejor.
Los dos nos reímos como solíamos hacer. Con nuestras bromas y nuestra complicidad intactas y listas para disfrutar de ella de nuevo.
—Disculpen. Ya está todo. —El chico de la inmobiliaria volvió a interrumpirnos puesto que ya había preparado los papeles.
Javi le acompañó al salón y yo me quedé en la terraza, sola. Cerré los ojos y, durante un segundo, breve como un déjà-vu, nos imaginé siendo muy felices allí, como lo fuimos en mi antigua casa y exactamente igual que lo éramos al principio en Ibiza. Rodeados de amigos. Brindando por las segundas partes de las historias cuyos finales el destino todavía no ha escrito, más que nada porque imagino que Pol le tiraría siempre el bolígrafo por la ventana.
A los pocos minutos, Laux e Iván llegaron de nuevo. Lo supe porque escuché su grito de felicidad, imagino que al ver a Javi firmando el contrato. Laux entró en la terraza como una apisonadora para abrazarme con toda la fuerza que le daban sus dos horitas de gimnasio diarias.
—Luego hablaremos tú y yo —le dije a mi amiga.
Laux volvió a gritar de alegría. Le daba igual mi amenaza velada por la semana que me había hecho pasar y, sinceramente, a mí también. Estaba tan emocionada y feliz que solo podía pensar en cómo organizaríamos la terraza.
—¿Ves esa hamaca de ahí, rubia? Pues lleva mi nombre. Me la voy a cambiar a esa zona. Voy a pasar más tiempo en esta terraza que en mi casa. ¡Ya es hora de que te gorronee yo a ti, perra!
—¡Adjudicada! —dije, feliz de tenerla todo el verano conmigo, tomando el sol y hablando de nuestras trivialidades.
Mientras reíamos, el teléfono móvil de Laux sonó. Era Pol. Obviamente, puso el altavoz.
—¡Oye! ¿Qué ha pasado al final? Que no puedo retener a la señora esta mucho más. Tiene un mosqueo conmigo que flipas... —dijo susurrando, mientras al fondo se escuchaba a Jaume y Pilar hablando. No pude contener la risa.
—Qué cabrona, me has puesto en altavoz. ¡Decidme! ¿Qué hago?
—Pol, sal de esa casa ya, tira la llave y no mires atrás...
—¿Igual que he hecho con el boli?
—Exactamente igual.
—¿Qué es lo del boli? —preguntó Laura intrigada.
—Luego te lo cuento —le dije conteniendo la risa.
—Lo que me habéis hecho hacer hoy no está pagado, que lo sepáis... Y Jaume lleva un cabreo... Dice que me he vuelto loco. Que no me reconoce... A ver cómo le explico esto. En fin..., ¿una cervecita?
—Sí, pero en nuestra nueva casa. ¡Corre!
—¡A la orden! —respondió Pol, a quien antes de colgar pudimos escuchar de fondo diciendo: «Jaume nos vamos... No sabes, Pilar, la movida que tenemos encima con la rubia...».
Nos empezamos a descojonar imaginando la secuencia y deseando que llegara para contarnos cuál era el desenlace.
Javi volvió a la terraza y me cogió por la cintura. Me miró y le besé. Bueno, más bien nos besamos, que él también puso de su parte... Como la primera vez en Ibiza, con la misma sensación de reinicio que tuve cuando le conocí.
—Bueno, bueno, ya estrenaréis la cama luego con amor sucio de ese que tenéis. ¿Vamos a por unas cerves? —propuso Laux.
—Un momento. Hay una cosa más —dijo Javi.
—¿Más? Yo creo que he superado ya el cupo de sorpresas por día...
—Te va a gustar. —Javi me cogió de la mano, dirigiéndome hacia el interior de la casa. Me detuvo delante de una estantería de obra que había en el salón—. Aquí podrás colocar todos tus libros... Yo he puesto el primero.
Al dirigir la mirada sobre él, lo reconocí al momento. No hizo falta ni cogerlo, pero Javi me insistió.
En la primera página, escrita con una letra casi infantil, redonda y cuidada, como la que utilizábamos en los cuadernillos de verano, una nota rezaba: «Tráeme el libro cuando vuelvas. Nos falta el último capítulo. Catalina».
No pude contenerme. Solté una lagrimita de pura felicidad. Abracé el libro, deseando que el gesto traspasase sus páginas y llegase en aquel preciso instante hasta la abuela Catalina, a quien, por supuesto, iría a ver para leerle el último capítulo.
—Ven, vamos al dormitorio. —Javi me cogió de la mano.
—¡Oye! Si vais a estrenar la cama, mejor nos vamos... —dijo Laux, gritando desde la terraza.
Él se situó detrás de mí y me tapó los ojos con sus grandes manos. Al quedarme a oscuras pude oír latir mi corazón con fuerza y percibir la ilusión de Javi en sus manos. Sin duda, a Laux le gustó lo que fuera que me esperaba porque escuché un sonoro «Oooooohhhhh».
Cuando Javi retiró sus manos todo era blanco a mi alrededor y estaba impoluto. La habitación era más grande de lo que mi cabeza se había imaginado por las fotos que había en la web. La luz entraba a raudales por la ventana y apuntaba al edredón, dibujando formas sobre la cama. Entonces miré el cabecero y me quedé completamente sobrecogida.
Javi había colocado todas las fotos de mis atardeceres en Ibiza que había capturado con la cámara Polaroid. Estaban suspendidas sobre una cuerda, enganchadas por pequeñas pinzas de madera junto con unas minibombillas que creaban un efecto precioso sobre la pared. Aquella decoración trajo a nuestra habitación el recuerdo no solo de la isla, sino de la experiencia de una parte muy importante en mi vida. Cada una de esas fotografías, con sus atardeceres, sus horas y sus minutos, llevaban consigo un recuerdo imborrable y un lugar en mi pecho para siempre.
—Son... mis atardeceres... —dije emocionada, acercándome al cabecero para tocar suavemente con mis dedos cada foto.
—Puedes contarlos... Están todos —respondió Javi.
Me giré y le vi sonreír como un niño ilusionado.
—Y todos los que nos quedan por contar juntos.