Contando atardeceres

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PARTE I. MADRID » 1. Todo pasa por algo. ¿Casualidad o destino?

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Todo pasa por algo

¿Casualidad o destino?

Hay veces que el destino se empeña en ponerte delante a una persona una y otra vez. Es inevitable pensar que hay un porqué para ello y que la casualidad responde a un motivo: una puerta que queda por cerrar, una herida por sanar, un perdón que nunca llegó o un beso que quedó pendiente.

En mi caso, la casualidad nació en forma de beso al encontrarme la noche anterior en un restaurante de Madrid con Javi, el chico al que había conocido el último verano en Ibiza.

¿Alguna vez has pensado que estabas enamorada solo con un beso? Pues eso es justo lo que creí sentir en aquel momento.

Recordé cada detalle de aquel instante en el que mi cuerpo sufrió una sacudida con aquella casualidad ocurrida apenas unas horas antes. Lo rememoré todo atrincherada bajo el edredón de mi cama, saboreando aquel beso y odiando profundamente el hecho de tener que madrugar y enfrentarme a la vida real.

Decenas de notificaciones de WhatsApp se acumulaban en mi pantalla. El chat de grupo estaba más activo que mi amiga Laura tras el segundo café de la mañana. Yo, por el contrario, no me veía capaz de gestionar tanta exaltación emocional sin haberme tomado al menos uno.

Eché un ojo, por encima, a los últimos mensajes.

 

 

Dramachat

Laux., Lucía azafata., Sara., Tú

Laux.

Jajajajaja.

Qué exageradas.

Pero ¿tanto estaba gritando?

Lucía azafata.

Más

Sara.

Tía, se te escuchaba

desde el baño.

Laux.

Jajajajaja. Nunca hay que pasar desapercibida.

Lucía azafata.

Créeme, cariño, que con

ese tono de voz es imposible

Sara.

Oye, ¿y la rubia?

No ha dicho ni mu todavía.

Laux.

Estará aún babeando la almohada.

Lucía azafata.

Se pensará que la

almohada es el bombero

de anoche y la

estará dejando fina...

Sara.

¿Cómo habéis dicho que

se llamaba?

Laux.

¿La almohada?

Sara.

¡El bombero!

Lucía azafata.

Jajajajajaajajaja

Laux.

¡Javi! Muy fuerrrrte.

Está bien bueno, eh...

Y es un encanto.

Lucía azafata.

¿Es el que conocisteis

en Ibiza?

Laux.

El mismo.

Lucía azafata.

Coño, pues qué casualidad

encontrárnoslo anoche

Sara.

Se alinearon los astros,

¿no, Lucía?

Laux.

Jajajajaja.

Lucía azafata.

Los astros no sé, pero

espero que no sea escorpio...

Laux.

¡Rubiaaaaaaaaaaaaaa!

La rubia estará ahora

mismo enamorada, ya os lo digo.

Lucía azafata.

Estará llegando tarde,

como siempre

Sara.

Yo estoy llegando al

curro ya, que los

viernes entramos

prontísimo.

Lucía azafata.

Yo tengo una resaca...

Laux.

¿Me caí ayer?

Tengo un moratón

en la pierna...

Sara.

Jajajajajaja.

Yo no me acuerdo...

Laux.

Como no conteste,

la pienso llamar.

Lucía azafata.

A voces desde el balcón, ¿no?

Laux.

Jajajajaja.

Lucía azafata.

Sara, hija, nunca

te acuerdas de nada y tú,

Laux..., te caíste delante

de todo el restaurante

mientras coreabas

«Total, si aquí no nos

conoce nadie»...

 

 

Siempre se ha dicho que los actos definen a las personas. Creo que quien dijo esta frase no había analizado los grupos de amigas. Lo que se cuenta en un chat de grupo dice mucho más de quienes forman parte de él que cualquier otro hecho de la vida.

Así son estas tres, mis tres mejores amigas. Laux no es una persona que pase desapercibida. Digamos que su tono de voz está por encima de la media... de la media de un concierto de Metallica. Digamos que físicamente tampoco podría pasar inadvertida, aunque quisiera. Su larga melena morena, su tono de piel bronceado incluso en invierno y sus largas pestañas la preceden. Para ella, el mundo es una tarima a la que subirse, y me conoce mejor que yo a mí misma, cuidándome siempre como solo sabe hacerlo el corazón de una enfermera. Sara es inocencia pura. Preciosa, sincera y honesta. Se acuerda de su nombre solo porque lo pone en su DNI. Es muy humana, por eso trabaja en recursos humanos. Su gran corazón lleva dedicado a los animales de una protectora desde que el tiempo es tiempo. Y Lucía... A Lucía, el adjetivo «sincera» se le queda corto. Lo suyo es el sincericidio. Eso sí, sincericida por fuera y tan noble por dentro que dejaría lo que fuera en mi vida por estar a su lado, si lo necesitase. Tan alta como altiva, se ha creado una dura coraza para proteger su corazón. Cree firmemente que su destino está escrito en el horóscopo, mientras ella escribe novelas de crímenes y sangre. Solo sé que el destino me unió a ella hace muchos años. No me separaría de su lado por nada.

Tras el último mensaje de Lucía, dejé de leer el chat porque ya se me estaba haciendo tardísimo. Contestaría más tarde, en algún descanso del trabajo, cuando pudiera estar a la altura de sus comentarios.

Miré la temperatura en el móvil. Esa mañana daban poco más de seis grados. «Mejor», pensé, así podría sentir el calor que Javi había dejado dentro de mí la noche anterior. El contraste de temperatura era un aliado para evitar que la sensación se disipara. No estaba tan mal.

Ese día había una probabilidad de lluvia del noventa por ciento: eso eliminaba de la ecuación todos mis tacones. Me tumbé en la cama boca arriba, con el móvil en el pecho, sonriendo como una adolescente enamorada, pero siendo muy consciente de que una ya tiene una edad como para pensar en la ropa tendida cuando llueve en vez de soñar con chapotear en los charcos.

Salté de la cama para llegar a una hora decente al trabajo y me miré en el espejo. Tenía restos de rímel en las mejillas y las puntas de mi largo pelo rubio me recordaban que tocaba pasar por la peluquería. Por lo demás, el reflejo me devolvía la imagen de alguien que acababa de dejar atrás los veintinueve, aunque medir 1,60 desde los dieciséis siempre me ha hecho parecer más joven de lo que soy. Esa mañana, todavía no era consciente de estar inmersa en la crisis de los treinta, aunque me vi alguna arruga nueva alrededor de los ojos que no me sentaba nada mal. Recordé la frase de Mark Twain: «Las arrugas solo deberían indicar dónde estuvieron las sonrisas». Desde luego, me habrían podido salir tras las infinitas sonrisas de la noche anterior, con lo cual pensé que estaban más que merecidas y hasta me alegré de tenerlas. Mi padre siempre me decía que el tiempo pasa tan deprisa a una edad, que los recuerdos se borran y solo quedan las sonrisas. Así es como quiero que permanezca él en mi mente el resto de mi vida: convirtiendo su recuerdo en marcas de felicidad en mi cara.

Desayuné rápido, como de costumbre. Me desmaquillé para volver a maquillarme, elegí un vestido gris de punto y unos leotardos con calados en espiga y, a toda prisa, bajé al coche, que me esperaba aparcado en la puerta de casa. Siempre me ha gustado dotar al coche de un carácter especial, como si fuera una persona. Aparte de todos los adornos que llevaba en el interior, sentía como si compartiera mi vida con él, a la par que con mi moto. Además, el coche tenía en el frontal una preciosa sonrisa, a juego con unos brillantes ojos por faros. La pareidolia es la capacidad de ver caras y figuras donde no las hay: las veo en edificios, señales, tuberías, azulejos y, por supuesto, en todos los coches... Algunas de ellas muy felices y otras, como mi amiga Lucía, permanentemente enfadadas.

Era diciembre y helaba por las noches. No entiendo cómo hay gente a la que puede gustarle más el frío que el calor, cuando el frío es más incómodo que un sujetador que no es de tu talla. Cuando llegué al coche, tuve que utilizar la rasqueta para retirar el hielo del parabrisas. Esto era algo que me molestaba mucho, porque tenía que ejercer bastante fuerza y las manos se me congelaban. No obstante, aquella mañana no había nada que pudiese borrarme la sonrisa de la cara. En plena faena, con la rasqueta sobre el parabrisas, una mano me tocó el hombro y me sobresaltó:

—Vecina, ¿problemas con el hielo? —dijo Pol mientras hacía una perfecta «o» con el vaho que salía de su boca y luego otra «o» con el humo de su cigarrillo—. ¿Iban bien cargaditas de hielo también vuestras copitas de anoche? —sentenció.

Pol, mi vecino de arriba: siempre fumando y siempre haciendo preguntas incisivas con ese tono sarcástico que le caracterizaba. Era de esas personas que no dan puntada sin hilo. Siempre vestía como un señor mayor, aunque adaptado a su estilo, entre pijo y desenfadado, como aquel al que no le importa combinar la ropa, mientras sea de alguna marca.

—Ay, Pol, calla, qué oportuno, toma. —Le coloqué la rasqueta en la mano y le hice un gesto para que rascase él el hielo mientras yo buscaba los guantes en los bolsillos del abrigo con mucha prisa.

Llegaba tarde, como siempre.

—Venga, cuenta. ¿Qué tal la cena ayer? ¿Hubo jarana? —me preguntó mientras me ayudaba a retirar el hielo del parabrisas.

—Cuando te lo cuente, no te lo vas a creer, pero ahora no puedo.

—¿Cómo? ¿Me vas a dejar así?

—Sí, así tal cual estás, fumando todo el día —respondí muy digna.

—Vaya humos... Cualquiera diría que estás cabreada en vez de enamorada... ¿Tú te has visto la cara?

Rápidamente, me agaché a mirarme en el retrovisor del coche por si tenía algo. Resultado: pintalabios en el diente, eyeliner desigual y rímel impoluto, recién puesto, tras haber retirado los restos de anoche. Ni tan mal, lo de todas las mañanas.

—¿¡Qué me pasa en la cara!? —le pregunté entre risas mientras le atizaba con el guante.

—Que tienes sonrisa de enamorada... Ya me contarás qué pasó anoche, porque algo pasó, que ya nos conocemos.

Y tanto que nos conocíamos. Pol había sido un gran apoyo emocional para sobrellevar la muerte de mi padre, y su olor a tabaco me recordaba a las largas conversaciones junto a la ventana de mi salón, cerveza en mano, que tuvimos desde el primer día que nos conocimos en la piscina de la urbanización donde vivíamos.

Le di otro guantazo mientras me despedía de él, prometiéndole que luego le contaría todo lo que había pasado la noche anterior. De todas formas, tampoco era tan largo: Laux, Sara, Lucía y yo tuvimos nuestra cena de Navidad de amigas. Brindamos, Laura se puso un poco más piripi que las demás y, por casualidad, nos encontramos con Javi, que, hasta donde yo sabía en aquel momento, vivía en Ibiza, lo que impedía que lo nuestro tuviera algún futuro. Pero resultaba que no, que estaba en el mismo restaurante que nosotras, con todos sus compañeros de trabajo del parque de bomberos. Ante mi estupor, me contó que estaba viviendo en Madrid, que el día anterior me había llamado para contármelo, pero que no se lo había cogido. Y se había sentido decepcionado. En realidad, no me enteré de su llamada porque no tenía guardado su teléfono en la agenda del móvil, ya que lo perdí en mi cumpleaños, tuve que comprarme otro y no se me sincronizaron todos los contactos.

Con lo cual, al verlo allí, sin saber que me había llamado para decirme que estaba en Madrid, yo, de primeras, también me había decepcionado. Como diría Gustavo Adolfo Bécquer: «Hermosa tú, yo altivo: acostumbrados uno a arrollar, el otro a no ceder; la senda estrecha, inevitable el choque... ¡No podía ser!».

Bueno, pensándolo bien, igual sí era más largo de contar de lo que creí en un principio. En tres palabras: Javi estaba en Madrid. Perdón, cuatro, que soy de letras.

Conduje hasta el trabajo mientras reproducía en mi mente las escenas de la noche anterior, sobre todo una que quedó grabada a fuego en mis recuerdos: Laux capitaneando a mis amigas y todas, muy felices, golpeando desde el interior la cristalera del restaurante donde nos habíamos encontrado a Javi, mientras él y yo nos besábamos en la calle para sellar ese bonito e inesperado momento. Ese desencuentro en un principio que había terminado convirtiéndose en un reencuentro.

Como era de esperar, una llamada de teléfono entró en el manos libres del coche y me sacó de la ensoñación. Era Lucía, con la voz ronca.

—Pero vamos a ver, rubia, ¿qué coño hacía Javi ayer en Madrid?

No dijo ni hola ni buenos días. Así era ella.

—¿Buenos días?

—Sí, sí... Buenos días para ti, querida. Yo tengo una resaca que no puedo con ella. ¡Bueno, cuenta!

—Ja, ja, ja. Pues resulta que se ha cogido una permuta y se ha venido a vivir aquí.

—¿Tengo yo cara de diccionario de la RAE? ¿Qué coño es una permuta?

—Es un acuerdo entre dos bomberos de distintas ciudades para cambiar su lugar de trabajo temporalmente. La madre de Javi vive en Madrid y a él le apetecía un cambio de aires. —Le resumí lo que él me había contado.

Mi capacidad de sintetizar era asombrosa. Quizá por eso me sentía como pez en el agua en Twitter, con los ciento cuarenta caracteres por tuit que había por aquel entonces.

—Flipo en colores. La verdad es que el chico parecía un amor... —contestó Lucía—. Ja, ja, ja. No me quiero ni imaginar la vergüenza que habrá pasado esta mañana en el curro con la que lio ayer Laux delante de sus compañeros. ¡Bailó encima de su mesa!

—Ja, ja, ja... Bueno, Javi está acostumbrado, tú es que te perdiste a Laura en Ibiza. Lo de ayer fue un día tranquilo en comparación a lo del verano. De todas formas, se lo preguntaré el martes, que hemos quedado...

—¡Ohhhhhh! Ahí es donde yo quería llegar. Bueno, bueno, bueno, qué fuerte... No seré yo la que siempre te diga que has de tener cuidado por si te enamoras, pero ve con cuidado, que todavía no le conocemos bien. No sabemos ni qué signo del zodiaco es.

Lucía es incapaz de confiar en alguien sin saber su horóscopo y, al menos, un ascendente.

—Ja, ja, ja. ¿Crees que algún día te gustará alguno de los tíos con los que me lio? —le dije, sabiendo que solo intentaba protegerme.

—Algún día, quién sabe, nunca digas nunca, que eso lo tendrá escrito el destino... Por cierto, voy a mirar nuestro horóscopo de hoy, a ver qué dice.

—Ja, ja, ja. Luego me lo cuentas, que acabo de llegar. Te cuelgo, anda, luego hablamos.

Colgué con una sonrisa, deseando leer qué nos depararía el destino esa semana a las libra en el apartado del amor, para qué nos vamos a engañar.

Y aunque no solía creérmelo, las risas que me echaba con Lucía mirando nuestros horóscopos no nos las quitaba nadie.

Me encantaba la fascinación de Lucía por la astrología y el destino. Siempre he pensado que todo pasa por algo, que la vida está llena de señales, y que cada paso que damos escribe una línea en nuestro destino. Esta forma de pensar es muy divertida, pero también genera mucha incertidumbre. El simple hecho de perder el metro te puede hacer sopesar si en ese vagón podrías haberte encontrado a una nueva amiga, al hombre de tu vida del mes de diciembre, a un cazatalentos que te catapultase al éxito o incluso a Brad Pitt. Y aunque aceptas que, si el destino quiere que cojas el siguiente metro, será por algo, sufres al no saber lo que te perdiste en el anterior. Dramática se nace, pero también se hace.

En este caso, lo que ocurrió aquella noche no dejaba lugar a dudas: el hecho de que fuésemos a ese restaurante, elegido por Laux entre los «Diez mejores restaurantes para celebrar una cena de empresa» que había visto en un artículo de una revista en internet, y en el que nunca habíamos estado, marcó mi destino con la casualidad de encontrarme con Javi, al que probablemente no hubiese vuelto a ver en mi vida. ¿Cómo no reafirmarme en lo importante que es creer en las señales tras ocurrirme algo así?

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