Contando atardeceres
PARTE I. MADRID » 2. La fuerza del destino. Una vez puede ser una casualidad, dos veces es el destino
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La fuerza del destino
Una vez puede ser una casualidad, dos veces es el destino.
En un descanso, abrí el chat de grupo, deslizando los cientos de mensajes no leídos hasta llegar al último, que era de Laura.
Dramachat
Laux., Lucía azafata., Sara., Tú
Laux.
Pues el bombero que iba con una camisa
de cuadros de leñador me dio su número.
La pena es que no haya venido Ivanoski,
el amigo de Javi; cuando nos liamos en
Ibiza fue un amorrrrrrrr.
Jajaja.
Laux.
¿¡Cómo que jajaja!?
Por fin apareces.
¡¡¡Cuentaaaaaa!!!
Me ha escrito esta mañana...
Más mono...
Dice que quiere que pasemos
el invierno juntos en Madrid.
Sara.
Ya nos ha contado Luci
lo de la perputa esa.
Jajajaja, permuta, Sara,
permuta.
Laux.
¿O sea que se va a quedar
a vivir aquí? FLIPO.
Eso parece...
Bueno, me dijo que
era algo temporal.
Seis meses.
Laux.
Joderrrrr... pues habrá que
aprovecharlos a tope.
Y es que mi amiga Laura no tiene otra medida que no sea «a tope» para aprovechar las cosas. A mí, sinceramente, me da bastante miedo vivir las cosas a tope cuando sabes que son temporales. Supongo que es lo que tiene la edad y madurar, que no te lanzas a la piscina sin haber probado antes el agua. Al final, como decía Oscar Wilde: «La experiencia es el nombre que le damos a nuestras equivocaciones». Y yo tenía mucha en haber vivido de manera demasiado intensa otras relaciones que al final no acabaron comiendo perdices, por lo que, en esa ocasión, quería ser más cauta.
Aquel beso con Javi me había hecho sentir esas cosquillitas a las que todo el mundo alude, no nos vamos a engañar. Fue toda una sorpresa volver a verle, y su presencia me trajo una paz en ese momento que ni siquiera los alaridos de Laux cuando lo vio pudieron alterar. Estaba guapísimo. Alto, bronceado en pleno diciembre, con una barba de varios días, más de la que tenía la última vez que le había visto en la playa. Llevaba una camisa blanca que dejaba entrever su perfecto pecho, marcado con timidez, pero sin poder evitarlo. Javi nunca llevaba la ropa apretada con el fin de sugerir, mostrar o marcar nada, eso era algo que no iba con su personalidad, pero había pocas camisas que pudieran contener aquellos bíceps y aquel torso trabajado a base de mucho deporte. Su boca era perfecta, y habría sido imposible no besarla habiéndola probado antes. Me encantó su calma conversando, su honestidad a la hora de explicarme el malentendido con la llamada y la sensación compartida de que ambos nos alegrábamos mucho de habernos encontrado. Pero ¿qué iba a pasar en el futuro? Volvieron a asaltarme las dudas de si merecería la pena siquiera empezar a «sufrir» con algo que tenía una fecha de caducidad de seis meses.
Dramachat
Laux., Lucía azafata., Sara., Tú
Chicas, no sé si voy a ser capaz
de disfrutar de algo sabiendo que
va a tener un final.
Lucía azafata.
Vamos a ver, por esa regla de tres,
tampoco leerías un libro o verías
una serie porque sabes que
tienen un final...
A veces hay segundas partes
Pues también tienes razón,
pero yo qué sé.
Lucía azafata.
Que tenga que decirte
esto precisamente yo
tiene delito
Laux.
Bueno, bueno,
tú disfruta del momento
y luego ya veremos.
Lucía azafata.
Como siempre decimos:
¿si no lo hacemos ahora,
cuándo lo vamos a hacer?
Sara.
¿Eso es una pregunta retórica?
Lucía azafata.
Sí, y esta es otra pregunta,
pero directa:
salimos esta noche, ¿no?
No me quiero volver a Asturias
sin pisar los garitos que estén
de moda ahora
Laux.
Salir, salimos fijo, lo que no se sabe
es cómo entraremos.
Tía, pero no te vayaaas...
Sara.
Eso, quédateee, Luci.
Lucía azafata.
Si hombre si, aquí no hay quien
se concentre para escribir un libro:
la rubia o se encuentra a su ex
o se encuentra a Javi.
Y eso que vive en Madrid, si
llega a vivir en Asturias
no sé que seria de ella...
¿«Seria» de mí? Con lo alegre
que soy y los chistes
que te cuento...
Luci, no te comas tantas
tildes, que no es lo mismo
seria que sería.
Laux.
Jajajajaja.
Lucía azafata.
Eres una hija de la RAE
Jajajajajajajajajaja.
Venid a las nueve a mi casa,
pedimos algo de cena
y salimos.
Voy a trabajar.
Cerré WhatsApp, pensando de nuevo en cómo la personalidad de cada una se veía reflejada en la manera de escribir en el grupo. Sara, siempre despistada; Laux, con la sonrisa y el «jajaja» perennes y Lucía, relajada como su escritura, comiéndose puntos, tildes y lo que surja. Y luego estaba yo, tan preocupada por mi correcta escritura como por cualquier tema que se escapase un poco a mi control.
El día en el trabajo se me pasó volando con la idea de echarme la siesta de los viernes, que es totalmente necesaria para coger energías y salir por la noche.
Cuando llegué a casa, y sin desvestirme siquiera, me fui directa a la cama. Volví a encontrarme en la misma posición en la que había estado esa misma mañana, tumbada boca arriba y con el móvil en el pecho. Lo cogí con las dos manos para leer de nuevo la conversación con Javi, como ya había hecho varias veces durante la mañana: como una niña que está loca de contenta con un regalo sorpresa que no esperaba.
Javi Ibiza.
¿Quieres pasar este invierno conmigo en Madrid?
¿Quieres pasar este verano conmigo en Ibiza?
Aquellos habían sido los últimos mensajes después de nuestro encuentro fortuito. A simple vista, puede parecer que no nos habíamos dicho mucho, pero esas palabras lo significaban todo. Implicaban tanta generosidad por ambas partes que, de forma inconsciente, me animaban a ilusionarme. De repente, me di cuenta de que estaba en línea y no solo eso, también vi que estaba escribiendo. Solté el móvil como si estuviese ardiendo, pensando que me podía pillar in fraganti, justo releyendo nuestras palabras. Me sentí como cuando haces un pantallazo de una conversación con alguien y se lo envías a esa persona, en vez de al chat de amigas, que es donde lo querías mandar. Es algo que me ha pasado más de una vez, y es una sensación de pillada épica. En una ocasión, lo solventé diciéndole al chico que se había comido una tilde en una palabra y le mandaba el pantallazo para que lo viese. Un plan sin fisuras.
El móvil había llegado volando hasta el otro extremo de la cama, donde la pantalla se iluminó con un mensaje.
Javi Ibiza.
¿Qué tal tu día?
Me pareció una pregunta digna de dos personas que se conocen de toda la vida, aunque en realidad no sabía mucho sobre él, más allá de los días que pasamos felizmente juntos en la isla. He de reconocer que lo poco que conocía de él me gustaba. Y mucho. En Ibiza pude comprobar que me atraía esa forma de ser que mezclaba en la proporción adecuada timidez, educación y calma, todo ello contenido en un cuerpo esculpido hasta el más mínimo detalle como en el Renacimiento y una cara de las que no puedes olvidar jamás por la belleza y simetría que esconde.
Pero no sabía ni siquiera su horóscopo, como bien me había dicho Lucía. Desconocía cuál era su comida favorita; tampoco conocía su horario de trabajo, cómo se llamaba su madre o si prefería los áticos o los bajos. No sabía qué desayunaba por las mañanas o si le gustaba el queso. Dios mío, imagínate conocer a alguien y que no le guste el queso. Y justo ahí, cuando me noté preocupada ante la perspectiva de que no le gustara, supe que estaba ávida de saberlo todo sobre él. Sin quererlo, había respondido a mi propia inseguridad sobre los próximos seis meses de manera clara y concisa. ¿Quieres conocer a Javi? Sí, quiero.
Así que le contesté al momento, sin los consabidos juegos de dejarle en visto, hacerle esperar o cualquier tontada de las que había hecho mil veces con otras personas. Necesitaba empezar cuanto antes a saberlo todo sobre él. Ninguna relación te hace perder el tiempo: al final, siempre aprendes algo de ella, aunque sea a reconocer lo que no quieres en tu vida.
Javi Ibiza.
¡Muy bien! Me encantan los viernes
porque me puedo echar la siesta.
No he dormido nada, ¿y tú?
Yo tampoco he dormido nada
y mi día ha sido un puro cachondeo
con todos hablando de la cena de
ayer... tu amiga ha sido trending
topic en el parque de bomberos.
Ahora todos me llaman «chiqui» o
«Javitxu»...
Jajajaja, me lo imagino...
Laura está como un cencerro,
ya lo sabes. Oye...
estaba pensando una cosa...
Miedo me das.
Jajaja, nooo, estaba pensando que
tienes pinta de ser tauro.
¿Qué signo eres?
«Que no sea escorpio, por favor, que no sea escorpio», pensé mientras cruzaba los dedos.
Jajajaja... Nunca me hubiese
imaginado esa pregunta... Pues sí,
soy tauro. Mi cumpleaños es
el 15 de mayo. ¿Por qué?
Es una larga historia..., ya te la contaré.
¿Me la quieres contar el martes,
como dijimos ayer?
¡Claro! Me apetece un montón.
¿Vamos a cenar a algún sitio?
Yo no conozco nada
de Madrid...
Cuento con ello,
te haré de guía turística.
Y lo harás muy bien.
Y no lo decía para quedar bien, al menos eso era lo que yo creía. Sus palabras, aunque nunca pude profundizar en ellas durante el poco tiempo que compartimos antes de volver a encontrarnos, sonaban siempre de una manera distinta. Reales.
Oye, ¿a ti te gusta el queso?
¿Acaso hay personas a las que
no les guste el queso?
Respiré aliviada. Lucía siempre dice que hay que tener cuidado con los escorpio y yo no me fío de la gente a la que no le gusta el queso.
Estoy segura de que
hay un lugar especial
en el infierno
para aquellos
a los que no les gusta
el queso.
Jajajajajaja, será una especie de fondue eterna.
¿Dónde estás viviendo?
Empecé, casi sin quererlo, con un pequeño interrogatorio donde solo me faltaba preguntarle de nuevo si tenía novia, como ya hice cuando le conocí en Ibiza. Al menos entonces sabía que vivía en el norte de la isla, pero en aquel momento no sabía siquiera en qué barrio de Madrid se estaba quedando.
Ahora te envío ubicación.
¡Genial! Buscaré un sitio
por tu zona y te recojo en casa.
Me traje el coche de Ibiza en barco,
no creas que estoy tan desvalido.
¿El buggy? ¡No te creo!
Jajaja, no, no, también tengo
un coche normal. No me parecía
apropiado para Madrid... Ya sabes que ese solo es para ir a las mejores calas de la isla.
Bueno, ya encontraremos
algo parecido por aquí...
Éramos casi dos desconocidos, pero con una extraña complicidad y un bonito recuerdo que nos unía: aquel final de verano que habíamos pasado juntos en la playa.
Después de una hora y media de conversación, y con el tiempo justo para prepararme y salir con las chicas, apenas pude resolver dos de las grandes dudas que me asaltaban: ¿qué era lo que realmente le había empujado a venir a Madrid? y ¿qué pasaría a partir de ese momento? Probablemente, solo el horóscopo lo sabría a ciencia cierta, pero estaba segura de que Lucía aprobaría al cien por cien la compatibilidad entre una libra y un tauro.