Contando atardeceres
PARTE I. MADRID » 3. Javi. La vida está llena de señales, pero solo las ves si crees en ellas
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Javi
La vida está llena de señales,
pero solo las ves si crees en ellas.
Me costó decidirme a buscar una permuta, pero el cuerpo ya llevaba un tiempo pidiéndome salir de Ibiza, sin que yo quisiera escucharle. Iván, un hermano más que un amigo, me lo recordaba cuando me notaba ausente: «Te siento raro, Javi. Como si estuvieras huérfano...». Y no le faltaba razón: había perdido algo.
Ese otoño se me hizo largo desde el principio y empecé a sentirme bastante solo, a pesar de que siempre andaba rodeado de amigos, con trabajo, o mezclado en algún proyecto personal. No conseguía conectar con la isla como lo había hecho durante toda mi vida. Como suele decirse, la soledad es estar rodeado de gente cuando falta la persona adecuada, y aunque solo pude conocerla durante un par de días a finales de verano, algo me decía que la pequeña chica rubia y su amiga habían hecho más mella en mí de la esperada.
El invierno en la isla tampoco ayudaba. Los días se hacen largos y, sobre todo, muy oscuros en el norte: el tiempo se ralentiza, parece que las semanas tienen mucho más de siete días y las horas se hacen eternas, al contrario que los atardeceres, que poco a poco van perdiendo su espacio y su tiempo.
Tenía la suerte de vivir bastante cerca de mi familia por parte de padre. Mi madre, sin embargo, se fue a Madrid cuando se divorciaron. La echaba muchísimo de menos.
Iván y yo conocimos a la rubia y a su amiga Laux por una curiosa casualidad. Aquella tarde, en la Hacienda Na Xamena, se organizó una actuación de jazz en directo. Hay que reconocer que las puestas de sol en aquella zona son espectaculares. Ambos somos unos apasionados de ese tipo de música y, sinceramente, no hay muchas oportunidades de escucharla en directo en la isla. Aquella mañana, uno de los clientes de las casas de lujo que alquila Iván tuvo que marcharse de manera inminente por trabajo. Le regaló dos pases para el circuito de spa y el picoteo más el concierto que habría después en la terraza del hotel, puesto que él no las iba a utilizar. Allí fue donde las conocimos, y aquel fue el motivo por el que tuvimos a nuestra disposición la casa del alemán al día siguiente, cuando se canceló el vuelo de las chicas. En realidad, se dieron todas las circunstancias para que conocernos esos dos días no fuera solo una anécdota en nuestras vidas, sino un punto de inflexión. Curiosa casualidad. Bendita casualidad.
Después de aquello, mi amigo Iván no paraba de decirme que lo que tenía que hacer era conocer a alguien, abrirme un Tinder o cualquier otra app de ese estilo. A mí, que cuento las novias que he tenido con los dedos de una mano, y me sobran dedos y años dedicados a personas que no lo merecían. A mí, que me esfuerzo al cien por cien en cada relación para que no tenga el mismo final que la de mis padres. Yo, que soy un cobarde tomando la iniciativa y que espero que las cosas se resuelvan solas. No tengo nada en contra de esas aplicaciones, pero creo que no están hechas para mí.
Imagino que Iván pensaba que me había quedado pillado con la rubia de metro sesenta, y puede que no le faltara razón, pero ella no fue el motivo de mi marcha, sino el detonante.
Aquel otoño, el frío apareció antes de lo esperado y el tiempo se volvió ingrato. Los fines de semana que libraba en el curro pasaban lentos, y los planes no iban más allá de quedar con Iván para tomar unas cervezas y ver pelis en su casa cuando llovía. También pasaba muchas horas muertas en el gimnasio o haciendo cualquier tipo de deporte: correr, bici, escalada... El año anterior me había comprado un kayak para ejercitar brazos. Al principio parecía una buena idea, pero la verdad es que es un deporte bastante solitario que te deja demasiado tiempo para darle al coco. Lo bueno es que descubrí cada recoveco de la isla. Cada cala, cada gruta, cada cueva. Lo malo es que descubrí también los vacíos que llevaba arrastrando tanto tiempo. Además, no pude convencer a Iván o a otros colegas para que viniesen conmigo: me decían que estaba chiflado pasando tanto tiempo en el agua en pleno invierno. Todos los ibicencos renegamos del turismo cada vez más creciente de la isla, pero, ciertamente, se echa de menos cuando llega el otoño.
Después del divorcio de mis padres, él se había casado de nuevo, y aunque hacía lo imposible por llevarme bien con su nueva mujer, no terminábamos de congeniar. Cuando nos veíamos, de un tiempo a esta parte todo eran discusiones, lo cual me dejaba sin energía. Mi madre es mucho más calmada. El tiempo que estuvieron felizmente casados, ella encajó a la perfección con el ambiente zen que se respira en la isla; en cambio, mi padre era puro nervio, y su nueva mujer estaba muy lejos de aportarle el equilibrio que quizá mi madre le dio durante muchos años. Eran jodidamente parecidos. Yo podía intentar soportar la personalidad de mi padre, pero si venía por duplicado era imposible. Recuerdo sus palabras cuando yo era pequeño y se cabreaba: «Me harás caso por cojones», decía. Sin lugar a dudas, no era la mejor manera de educar a un niño. El fuerte carácter de mi padre estaba contenido en una isla que a todos se nos queda pequeña en algún momento.
No estaba dispuesto a que me ocurriese lo mismo. No quería verme dentro de veinte años pensando qué podría haber sido de mi vida si hubiese tomado la decisión de marcharme, aunque fuera por un tiempo; pero solo con pensarlo no iba a bastar: tenía que hacerlo. Ese era el matiz.
Así que decidí que quería volver a contagiarme de la energía positiva y calmada de mi madre. De forma inconsciente, los hijos necesitamos esos abrazos que no pueden darse por teléfono.
La noche que me decidí a colgar el anuncio para solicitar la permuta en un foro de bomberos había discutido con un compañero de la estación, con mi padre y con mi hermano, todo el mismo día. Además, me había obcecado en salir con el kayak a Es Vedrà para despejar la mente a unas horas en las que sabía que habría mala mar. Que me picara una medusa era lo de menos, pero empezaba a no ser consciente de que tomaba decisiones peligrosas, fruto de la presión. Cuando uno pasa por una mala racha, es importantísimo ser consciente de ello: es lo único que te une a la tierra para no perder la perspectiva.
Todo indicaba que necesitaba largarme de allí y no me importaba el destino, pero no me imaginaba que iba a ser tan rápido. A las pocas horas de poner el mensaje en el foro indicando mi petición y todos mis datos, la providencia llegó en forma de llamada de un compañero de Madrid. Me había empollado la normativa y todo parecía cuadrar a la perfección porque teníamos la misma categoría. Faltaba, eso sí, que los respectivos ayuntamientos nos aprobasen la permuta, pero todo tenía visos de ir hacia delante. Llevaba mucho tiempo tanteando ese foro y ni de coña las cosas iban tan rápidas con otros compañeros, lo cual me sorprendió, porque te podías tirar meses esperando. Por supuesto, entiendo que disfrutar de seis meses en una isla como Ibiza puede resultar muy tentador para quien quiere huir de una gran ciudad como Madrid. Al final, no importa el paraíso en el que vivas, sino cómo te encuentres allí.
Llamé a mi madre para adelantarle la posible buena noticia y se alegró muchísimo. Su voz dulce al otro lado del teléfono me dio mucha tranquilidad. Tenía unas ganas incontrolables de pasar tiempo con ella. Mi piel de gallina mientras se lo contaba era un signo inequívoco de que estaba haciendo lo correcto. Tampoco descartaba que pudiera acabar arrepintiéndome cuando llevase un tiempo con ella y me hubiese taladrado la oreja con preguntas cómo ¿adónde vas? ¿con quién? o ¿has comido hoy? Porque, pese a que tiene quizá una de las tres voces más dulces de Madrid, habla muchísimo y me pone la cabeza como un bombo cuando enlaza siete temas seguidos. Pero la realidad era que, en ese momento, la echaba de menos.
Aunque me gustaba mucho mi casa y me parecía raro vivir en cualquier otro sitio que no fuese aquel, pronto entendí que todos los grandes cambios exigen ciertos esfuerzos. Me encantaba mi pequeño huerto, que había aprendido a cuidar gracias a algún consejo de mi abuela y a algún tutorial en YouTube. Mi abuela vivía a escasos metros de mí; supongo que cuando compré mi casa preferí estar más cerca de ella que de mi padre. Los días anteriores a la confirmación de la permuta, intenté pasar más tiempo con la yaya, como me gustaba llamarla desde que tenía uso de razón. Era mayor, tenía ya ochenta y cinco años, pero gozaba de una lucidez acojonante, con una ironía que ya quisiera Iván. Si no fuese por los achaques físicos, cualquiera diría que tenía como mucho, como mucho, ochenta y cuatro años.
Mi yaya era una viejecita encantadora de cabellos blancos, grandes orejas, regordeta y de piel impoluta que siempre vestía de negro, aunque se saltaba el código de color para ponerse un delantal de dibujos animados y superhéroes por una buena causa. Recuerdo perfectamente cuándo empezó a llevarlo. Yo tenía seis años y, por costumbre, cada sábado comíamos en su casa. Mientras preparaba la comida, pasaba todo el tiempo por delante del televisor de la cocina mientras yo veía los dibujos del mediodía.
—¡Yaya, que no veo los dibujos! —le gritaba.
No hizo falta decírselo dos veces. Al día siguiente apareció con un delantal de Los Fruitis que le apretaba esa barriga que empezaba a asomar en aquella época.
—¡Hala! Así ya no te pierdes nada —me respondió.
Era imposible enfadarse con ella.
—Yaya, ¿estás? —pregunté, mientras entraba en la casa apartando una cortina de tela que ella misma había confeccionado a mano.
Donde vivíamos, las puertas de las casas estaban siempre abiertas, y los vecinos entraban y salían con confianza. Aquellas cortinas hacían la función de puertas, al tiempo que decoraban la fachada.
—¡Sí, aún no me he muerto! —gritó desde el fondo.
Así era ella.
—¿Cuándo te vas? —dijo de manera directa y sin contemplaciones.
—Pues ya me han aprobado la permuta. Pero aún no sé el día concreto. Supongo que esta semana me lo dirán.
—Y tu padre, ¿qué te ha dicho?
—Pues no mucho, la verdad. Ya sabes cómo es.
—Un poco cabezón...
—Un poco mucho, diría yo... Bueno, cuídate, hazme el favor. Te llamaré todas las semanas para ver cómo estás y para preguntarte por el huerto.
—Claro que sí, mi niño, yo cuidaré de tu huerto, no sufras.
—Muchas gracias, yaya. De todas formas, dejaré puesto el riego automático.
—Ay, rei, amb això no n’hi ha prou. A esos girasoles mustios y pochos que tienes ahí tan cabizbajos lo que les hace falta son los cuidados de una yaya para que se estiren, se pongan contentos y bien tiesos. Ya verás qué bien estarán cuando vuelvas.
Mi abuela solía mezclar ibicenco, mallorquín, catalán, castellano y su propio idioma cuando reflexionaba. Me acababa de decir que con eso no valía, denostando con ello al riego automático y, por supuesto, poniendo en valor la buena mano que ella tenía con las plantas y que yo había heredado... Aunque era algo que solo ponía en práctica cuando tenía tiempo y sobre todo ganas.
Ciertamente, los girasoles estaban mirando al suelo, como si a uno se le hubiese caído una lentilla y todos le estuviesen ayudando a encontrarla.
Advertí a mi abuela para que no se excediese con los cuidados:
—¡No se te ocurra estar agachándote todo el día!
—Aii, cavallet, quan eres jove... que hi anaves de pentinat...
Supongo que lo que quiso decir mi abuela sobre mis girasoles y sobre nosotros mismos era que el tiempo no pasa en balde. Esta expresión mallorquina afirma que, cuando uno es joven, siempre va muy bien peinado. Supongo que la edad no perdona, y era cierto que mis girasoles no estaban en su mejor momento, algo que yo compartía con ellos. Qué lista era mi yaya, no había una sola palabra que no dijera con sentido.
—Niño, una cosa que te quería preguntar... ¿Cómo está aquella chica de la que me hablaste? ¿No era de Madrid?
Pero ¿cómo podía tener tan buena memoria aquella mujer con ochenta y cinco años? De primeras me hice el tonto.
—Bien, bien, está bien. Bueno, me tengo que ir. ¡Cuídate mucho, yaya! Te llamo cuando sepa la fecha, ¿vale?
—Mos diem coses.
Mi abuela se despidió con un «vamos hablando», no sé si en mallorquín o en ibicenco, ya que yo mismo los confundo, pero con una indirecta muy clara que entendí a la primera.
Y es que no podía dejar de pensar que en Madrid estaría ella, aquella pequeña rubia de la que tan poco sabía y que tanto me atraía seguir conociendo. No se lo había dicho a nadie, aunque Iván lo intuía, pues me conocía como si fuera mi hermano. No podía sacármela de la cabeza. A veces, muy a menudo, me descubría preguntándome qué estaría haciendo y cómo sería su vida en Madrid. De forma esporádica, Iván había mantenido el contacto con su amiga Laura a través de algún wasap furtivo que ella le escribía cuando iba pedo, con frases inconexas. También se comentaban las fotos en Instagram o Facebook, pero para mí esa manera indirecta de saber de ella no era suficiente.
No terminaba de cogerle el punto a las redes sociales, mucho menos a Instagram. Facebook me parecía un poco más real. Al menos ahí veías a tus amigos y les felicitabas los cumpleaños, pero en Instagram acababas siguiendo a más famosos que a amigos, y nadie sabía cuándo era tu cumpleaños. Esas redes tan impersonales no estaban hechas para mí.
Iván ya me había comentado en alguna ocasión que podríamos ir a Madrid un fin de semana, ya que Laura se lo había insinuado en algún mensaje. Y quien dice «insinuado» dice que Laura se lo había gritado sutilmente en algún audio de madrugada: «¡Chiqui, a ver si vienes a Madrid y repetimos eso que tú ya sabes!». Por eso, cuando le comenté que me habían aceptado la permuta para ir a Madrid, intuí en él, en el fondo, cierta satisfacción.
—Me dejas un poco tirado... Lo sabes, ¿no? —me dijo, un tanto dolido por otro lado.
—¿Por qué no te vienes conmigo? No es temporada alta, y puedes gestionarlo todo desde Madrid. Tienes gente de confianza aquí...
Iván me miró con ternura.
—Porque tú vas buscando a una persona.
—¿Y tú?
Iván aguantó la respiración un segundo previo a sincerarse, como queriendo digerir las palabras antes de soltarlas o convenciéndose del relato.
—Pues te voy a ser sincero... Me encantaría, pero yo no tengo la valentía que tú tienes. Soy demasiado cobarde y me da miedo perder esto que tengo.
Me quedé mirándolo unos instantes, en silencio, y él continuó hablando:
—Hay que ser valiente para hacer lo que estás haciendo y yo, no sé... Prefiero no arriesgarme. No quiero tener que llegar a la situación en la que estás tú y elegir entre dejar todo esto o estar con ella. No quiero encontrarme en esa situación. Y creo que Laura tampoco, llegado el caso.
Iván me miró sonriendo. Convencido de sus palabras.
—Te ha costado aprenderte el monólogo, ¿eh? —afirmé.
—Mucho, y no sabes la pena que me da, pero es lo que hay...
Su cara se entristeció por momentos, hasta que, pasados unos segundos, respiró y se recompuso.
—Bueno, si estás allí, tendré una excusa para verla algún fin de semana, ¿no? —añadió Iván, cerrando la conversación.
—Claro que sí —respondí sin querer ahondar en el tema.
El día antes de marcharme y sin esperar nada, Iván me sorprendió con una fiesta de despedida que tenía preparada donde juntó a todos nuestros colegas, los compañeros del gimnasio y del trabajo.
—Tío, cómo te lo has currado —le dije emocionado.
—Hombre, es lo mínimo, colega... ¿Tú sabes desde cuándo nos conocemos? —me dijo.
Al principio dudé, porque eran muchos años, pero luego recordé el momento exacto.
—Sí, me confundiste con otro en el colegio. Me acuerdo de que viniste y me llamaste Raúl o algo así. Yo era nuevo en el colegio y pensaste que era el otro chico y, como él no había ido y os faltaba uno, me metiste en el equipo de fútbol. Aunque fuera de portero... La verdad es que fue una casualidad.
—¿Tú crees? —insistió, mientras me miraba fijamente.
—¿No lo fue? —respondí sorprendido.
Y entonces descubrí que Raúl nunca había existido. Con solo dos palabras entendí que Iván, de la manera más sencilla y amable posible, me había llamado por un nombre aleatorio, como si se hubiera confundido, con el fin de que ese chico solo, en su primer día en aquel patio de colegio, tuviese no solo un nuevo grupo de amigos, sino una persona a su lado para toda la vida. ¿Sois conscientes de la madurez que hay que tener para hacer algo de semejante manera a los catorce años?
—¿Vas a llorar? —me dijo Iván al verme emocionado.
—Sí —respondí mientras le abrazaba con fuerza.
La fiesta estuvo tan bien que por un momento me hicieron dudar sobre si estaba eligiendo el camino correcto, ya que volví a sentirles a todos muy cerca y alejado de la sensación de soledad que había arrastrado los últimos meses. Y en ese preciso momento de máxima duda, cuando estaba a punto de arrepentirme de mi decisión, me entró un wasap. Era mi madre diciéndome que estaba ilusionadísima y que se moría de ganas por darme un abrazo. Otra jodida señal del destino, tan necesaria a veces para reafirmarnos en nuestras decisiones.
A la mañana siguiente me desperté con una buena resaca. Aunque el barco salía por la tarde, todavía tenía que cerrar las maletas, coger el coche, dirigirme al puerto y pasar por casa de mi padre para despedirme.
Él vivía en Portinatx, no muy lejos de cala Xarraca, donde vivía yo. Cuando llegué, estaba pintando una puerta de madera envejecida por el sol.
—¡Papá! —dije para llamar su atención.
—¡Javier! ¿Qué pasa? —me preguntó mientras seguía barnizando con una brocha.
—Nada, que vengo a despedirme. Me voy ya esta tarde.
—Ah, es verdad, que me lo dijiste. Esta puta puerta está hecha una mierda...
Se hizo un silencio. Hablaba conmigo, pero estaba a lo suyo, como siempre.
La verdad es que siempre le había costado comunicarse. Nunca había sabido crear ese vínculo padre-hijo y todo lo basaba en cuatro palabras mal dichas y cero razonamientos. Era muy trabajador, algo que me inculcó de manera clara y concisa, y siempre se desvivía por los otros, tanto que cualquiera era más importante que su familia. Quedar bien con los demás antes que con nosotros siempre fue una prioridad para él. Supongo que se debía a una falta de educación, de inteligencia emocional o de ambas, pero se pasó media vida siendo el hombre más amable del mundo con carpinteros, camareros, electricistas y vecinos, mientras en casa su actitud dejaba mucho que desear.
—¿Cuánto tiempo estarás allí?
—Seis meses, en principio. Pero vendré algún fin de semana para ver a la yaya.
—Muy bien.
Mi padre se quedó en silencio. En ese momento, por la puerta de la casa entró el vecino y, como era de esperar, mi padre cambió radicalmente su estado de ánimo. Le vino hasta bien, porque imagino que no sabía cómo afrontar la conversación desde esa fachada de padre autoritario venido a menos. Se le iluminó la cara con aquello para lo que él sentía que servía y fue a cumplir con su deber, el de quedar bien con un vecino en vez de hacerlo con su propio hijo.
—Hombre, vecino, ¿qué pasa? Ya te tengo preparado el encargo...
—Papá, es que tengo que irme... —le interrumpí.
—¿No ves que acaba de entrar el vecino?
Sonreí y asentí, y mientras iban hacia el patio trasero, me monté en el coche y me marché.
Quiero que esté bien siempre, pero poco más.
Era la hora de marcharme, e Ibiza me despidió con un atardecer rabioso, igual que mi estado de ánimo. Desde el ferri pude ver el sol casi cayendo por completo sobre el Mediterráneo, convenciéndome, aún más si cabe, de lo mucho que me gustaban las despedidas, sabiendo que detrás de ellas siempre había nuevos comienzos. Y aquel nuevo comienzo en otra ciudad pintaba muy bien, tanto como para olvidarme del mal sabor de boca que aún traía, poner en mis cascos la música tan alta que apenas pudiese escuchar mis pensamientos y centrarme en mi madre. En mi madre y, para qué engañarnos, en la imagen que tenía guardada de la rubia y yo juntos.
El viaje en barco hasta Barcelona me pareció interminable. Leía a ratos para distraerme y otras veces miraba el mar embobado y con la mente en blanco, sin más. Incluso le echaba un ojo al teléfono cada cierto tiempo, lo cual no era lo habitual en mí, ya que normalmente no lo miraba en varias horas. No sé si lo hacía con la esperanza de que sonase o si es que esperaba que pasase algo que me animase a llamar a la rubia madrileña para contarle que me mudaba a su ciudad y ver si quería quedar conmigo. Contra todos mis principios, y después de mirar el móvil por decimocuarta vez, abrí Facebook y me metí en su perfil, como siempre me aconsejaba Iván.
«Tío, utiliza Instagram o Facebook. Mándale un mensaje. Si para eso están».
«Hombre, también servirán para otra cosa, ¿no?».
«Imagino que sí... No lo sé. —Se descojonaba de la risa—. Y actualiza la puta foto de perfil, que pareces tu hermano pequeño».
Aquellas palabras de Iván resonaron en mi cabeza como las lecciones de un profesor delante de la pizarra. También éramos muy diferentes; donde yo había tenido pocas relaciones y todas de bastante tiempo, Iván había hecho una buena agenda. Sobre todo de turistas extranjeras que venían a la isla. «Soy lo más exótico de la zona», decía entre risas.
Miré mis redes: mi última publicación era de septiembre y ya estábamos en diciembre. No tenía ganas de actualizar mi foto de perfil, pero me lo apunté para más adelante. Lo que sí hice fue mirar las publicaciones de ella. En la última aparecía en una foto abrazada a Laura. Estaban en una discoteca, sin duda divirtiéndose. Iván le había dado un «me gusta» a la foto junto con otras cien personas; incluso le había comentado, recibiendo por respuesta un «Chiquiiiii, miss u» por parte de Laura.
La rubia salía radiante en la foto, tal y como la recordaba.
Abrazaba a su amiga, pero miraba fijamente a la cámara y sonreía. En ese momento sentí que tenía los ojos puestos en mí. Entonces me armé de valor y decidí llamarla.
Sonaron varios tonos, pero nadie respondió. Ni siquiera saltó el buzón de voz.
«Bueno, ya la he llamado», me dije, al tiempo que pensaba que ella, sorprendida, me devolvería la llamada cuando pudiese. Así que llegué a Madrid esa misma madrugada y me instalé en la habitación que había alquilado a través de un anuncio. Sinceramente, con treinta y tres años, lo último que me apetecía era compartir piso, pero los precios de los alquileres en Madrid tampoco dejaban muchas opciones, y además yo estaba simultaneando el pago de ambas casas. No contemplé la opción de irme a vivir con mi madre desde el principio: los dos necesitábamos espacio. Ella vivía sola desde hacía mucho tiempo y, aunque me lo propuso, sé que en el fondo no quería alterar sus rutinas. Así que elegí una opción intermedia que pasaba por encontrar un apartamento lo bastante cerca de ella. Lo justo para pasar el mayor tiempo posible juntos.
A la mañana siguiente ya me había instalado, conocido a mi nuevo compañero de piso, visitado a mi madre y presentado a mis nuevos compañeros del parque de bomberos. Si lo que pretendía era huir del paso lento del tiempo de Ibiza, sin duda lo iba a lograr en Madrid, donde todo estaba yendo a la velocidad del rayo. Todo menos su respuesta a mi llamada. No ocurrió la noche anterior y tampoco a la mañana siguiente. Iván intentó aplacar mi decepción diciéndome que quizá no la habría visto, pero todos sabemos que hoy vivimos con el móvil en la mano y que, si no devuelves una llamada, casi seguro que es porque no quieres.
Después de unas horas pensando en ello, no quise darle más vueltas. Me convencí de que estaba en Madrid por otros motivos más personales (mi madre) y más egoístas (yo mismo), así que decidí que era el momento de empezar a vivir mi nueva ciudad.
El jueves de esa primera semana los compañeros del parque de bomberos al que fui destinado habían organizado la cena de Navidad que celebraban cada año. Me animé a ir con ellos. Sabía que no era una cena de bienvenida, pero me hicieron sentir que lo era. Y lo agradecía muchísimo, ya que tenía unas ganas tremendas de encajar en aquel nuevo curro y en aquella nueva vida. Como no conocía nada, disfrutaba de todo lo que iba descubriendo. Unas cañas en La Latina, unos pinchos en la plaza de Olavide y, finalmente, la cena en un restaurante reservado entre los miles que hay en Madrid. Lo que pasó después solo se puede resumir en una frase: la vida está llena de señales, pero solo las ves si crees en ellas.