Contando atardeceres
El verano de nuestras vidas. Dicen que el idioma universal es el amor, pero yo creo que es la risa
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El verano de nuestras vidas
Dicen que el idioma universal es el amor, pero yo creo que es la risa.
—¡Pásame la crema! —le pidió Sara a Laux.
Lucía estaba a la sombra, debajo de una sombrilla y ataviada con una gran pamela que le protegía del sol rabioso que hacía aquel día.
—¿Cómo se dirá en griego «ponnos unas cervezas, chiqui?» —preguntó Laux.
—Pídelas a gritos, como haces siempre, si te van a entender igual —respondí.
Dicen que el idioma universal es el amor, pero yo creo que es la risa. En ese momento, las cuatro nos estábamos riendo a carcajadas y cualquier persona que nos viese en aquella playa de Mykonos entendería que éramos absolutamente felices.
Sintiendo nuestros pies desnudos en la arena, brindamos con unos mojitos y disfrutamos de la paz que daba escuchar el sonido de las olas cuando Laura se quedaba dormida.
Nos encontrábamos tal y como dice la famosa frase: «Como cuando la arena quema y te da igual porque corres hacia el mar. Así deberíamos vivir». Y así lo hacíamos, disfrutando de aquellos días donde la única prisa que sentíamos era por llegar lo antes posible al mar... o a pedir otro mojito.
No necesitábamos más. Detrás de nosotras, un precioso pueblecito encalado con toques azules, tan típico de las islas griegas, se alzaba sobre la montaña en una playa alejada del centro. Un lugar lleno de armonía donde encontrarnos con nosotras mismas. Un mar de silencio hasta que notamos que Laux se había despertado.
—¡Ja, ja, ja! ¡Me descojono con esta tía! —gritó, mirando el móvil.
—¿Con quién? —pregunté interesada.
—Con la Vecina Rubia... La tía es la bomba.
—¡Ah, sí! No sé quién me habló de ella hace poco y la he empezado a seguir en Instagram —dijo Lucía incorporándose—. ¡Tiene miles y miles de seguidores!
—A ver... —Sara cogió el móvil de Laux, curiosa—. Pero si no se le ve la cara...
—Es que es anónima —afirmó Laux.
—Pues hace muy bien: así está más tranquila —comentó Lucía.
—Tienes que seguirla, rubia. Dice las mismas tonterías que tú.
Las miré, sonreí y les dije, aguantando la respiración:
—Chicas, tengo algo que contaros...