Contando atardeceres

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PARTE I. MADRID » 4. La primera cita. Cuanto más feliz eres, más te inventas las canciones

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La primera cita

Cuanto más feliz eres, más te inventas las canciones.

Tras la famosa «juercena» en la que Javi y yo nos encontramos por casualidad, o como diría Lucía, «por una incontinencia cósmica», y con una cena programada para el martes con él, seguí disfrutando de la presencia de Lucía en Madrid, sabiendo que pronto tendría que volver a Asturias a terminar el libro que se estaba autoeditando. Salíamos como si no hubiese un mañana o como si no hubiese un Facebook donde las fotos en las que te etiquetaban tus amigas te hacían pasar un poquito de vergüenza propia, que es mucho peor que la ajena.

Los comentarios en el Dramachat a la mañana siguiente eran casi mejores que las propias noches. Como dirían los Arctic Monkeys: «The nights were mainly made for saying things that you can't say tomorrow day».1

 

 

Dramachat

Laux., Lucía azafata., Sara., Tú

Sara.

Amigas, no tenéis vergüenza.

Lo de ayer en el karaoke

no tiene nombre.

Laux.

Jajajajaja, tía, me encanta inventarme

las canciones.

Tengo la teoría de que

en inglés todo se puede cantar

con un tititititititi

y un tonight de vez en cuando.

No hace falta que lo jures, Laux,

tengo tu «tonight» grabado a fuego

en mi oreja. Creo que me

dejaste medio sorda anoche.

Lucía azafata.

¿Cómo se llamaba la canción esa

que cantaste 700 veces, Laux?

Laux.

Jajajajaja. ¿No te acuerdas?

«¿¡Y a quién le impoooortaaaa lo que yo

hagaaaaaaa!?».

Lucía azafata.

Sí, sí que me acuerdo. Era para saber

si tú te acordabas de la turra que nos

diste y veo que tu memoria sigue intacta

Laux.

Jajajaja. Me la voy a poner de

tono de llamada en el teléfono.

Sara.

Oye, ¿y el chavalito este

te dio el teléfono al final?

¿Cómo le va a dar el teléfono,

si era suyo, Sara?

¿Tú te crees que

la gente va regalando

móviles por ahí?

Lucía azafata.

JAJAJAJAJA

Estaba bueno

ese bombón con el que te

liaste en la escalera del

karaoke, @Laux

Laux.

Jajajaja, sísísísí, estaba

tremendooooo y cantaba

igual de mal que yo.

JAJAJAJAJAJA.

Sara.

Jajajajajaja. Qué personaje eres...

Laux.

Oye, perras, dentro de poco es mi

cumple, ¡¡tendremos que celebrarlo

como se merece!!

 

 

Todas sabíamos de sobra que el cumpleaños de Laura era la semana siguiente. De hecho, teníamos un chat paralelo donde ella no estaba y llevábamos tiempo preparándolo. Cuando conocí a Laux, me dijo que nadie le había organizado una fiesta sorpresa nunca, pese a que ella siempre se encargaba de preparar las de todas sus amigas. Y doy fe de que lo hacía de manera espec­tacular, ya que aquel año tuve la suerte de que ella organizase la mía. Así que esta vez, por fin, tendría un cumpleaños a la altura de su tono de voz. Obviamente, tocaba hacerse las tontas como mejor sabíamos: ignorando ese mensaje y cambiando de tema.

 

 

Claro, amigaaa, es el 28, lo celebramos

el finde siguiente, lo hablamos luego, ¿vale?

Hoy es martes y he quedado con Javi...

Tengo que ver qué me pongo...

Laux.

Te vas a poner piripi, como si lo

viese...

Jajaja, espero que no,

con lo nerviosa

que estoy, lo máximo que

puedo hacer con un vino

es tirármelo por encima.

Laux.

Como dices tú siempre,

no tengo pruebas, pero tampoco dudas,

de que a quien te vas a tirar por encima

es a Javi...

Qué bruta eres, de verdad.

Hoy ni de coña:

quiero llegar virgen al parto.

Sara.

JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA.

Lucía azafata.

Jajajajajajajajajajajajaj

Laux.

Perra.

 

 

Cerré el chat de las chicas y abrí el del cumple de Laura para comprobar que el plan seguía según lo establecido.

 

 

Cumple Laux

Alberto amigo Lucía., Lucía azafata., Pol vecino., Sara., Tú

@Alberto amigo Lucía., ¿todo en orden

con el garito para el sábado 26?

Sara.

Pero a ver que yo me entere,

¿el cumple de Laura no es el día 28?

Pol vecino.

Síííííí, petarda, pero el 28 es lunes

y ella se cree que lo vamos a celebrar

el finde siguiente,

si no, ¡¡se olería la tostada de

la sorpresa!! Y de esta forma

no se lo espera ni de coña.

Sarita, hija, hay que leer

los chats de grupo, monaaaa.

Sara.

Sí, hombre, no me da la vida para leer

ni los chats individuales...

¡¡Estoy para leerme los de grupo!!

Pol vecino.

Es lo que tiene tener al rey de los

mandalas como novio. Que con tanto pinta

y colorea, no te da tiempo a nada.

Sara.

¡No te metas con Marcelo! Nos relajan mucho

los mandalas. Es algo muy bonito.

Pol vecino.

Tú sí que eres bonita.

Lucía azafata.

Iros a un hotel...

Ese «iros» ha dolido, Lucía.

Lucía azafata.

Al final lo acabarán aceptando

en el diccionario,

y, si no, al tiempo

Alberto amigo Lucía.

Todo OK el 26. Pink Party modo ON.

Será una fiesta ÉPICA.

Bieeeen. ¡Seguimos hablando!

 

 

Efectivamente, ese imperativo dolía, a pesar de que, aunque Lucía todavía no lo sabía, la RAE acabó aceptando años más tarde «iros» por su frecuencia en el uso coloquial. Después de todo, quizá era verdad que mi amiga tenía un poco de bruja y de visionaria.

Cerré WhatsApp y dejé el móvil a un lado para prepararme mentalmente para la cena de esa noche con Javi. Estaba tan nerviosa como si fuese una primerísima cita, aunque era alguien con quien ya no solo me había besado, sino que en el poco tiempo que compartimos había conectado de una manera diferente. Eso me provocaba un sentimiento extraño; lo conocía muy poco, pero eso lo hacía a la vez mucho más emocionante y excitante. Estuvimos intercambiando mensajes durante todo el fin de semana anterior a la cena, lo que acolchó el momento previo, aportando risas y complicidad antes de vernos cara a cara de nuevo.

Ojalá el tonteo que tienes con la persona que te gusta por WhatsApp en las primeras conversaciones durase para siempre, porque yo lo estaba disfrutando muchísimo.

 

 

 

Aquella noche quedamos en la puerta de su casa. Había elegido un restaurante de su barrio para que, de primeras, no tuviera que coger el coche o desplazarse en metro. Javi acababa de llegar, y seguro que aún no se manejaba bien por Madrid, así que intenté ponérselo fácil. El taxi me dejó en un semáforo, alejado solo unos números de su casa, y caminé hasta el portal de su edificio. Cuando llegué, estaba sentado en un banco con un tío muy moreno de piel, una buena mata de pelo rizado, muy negro, y un finísimo bigotillo muy bien recortado bajo una enorme nariz que le daba una personalidad brutal. Era tan grande y peculiar como para que Quevedo le hubiese dedicado el soneto que rezaba: «Érase un hombre a una nariz pegado, érase una nariz superlativa, érase una nariz sayón y escriba...». Bajo aquella nariz llevaba una curiosa camisa estampada con colores bastante estridentes y unas gafas colgadas al cuello con un cordón de cuero. Me pregunté por qué las llevaba así; sin duda, con aquella nariz superlativa estarían mejor sujetas allí. Se estaba fumando un cigarrillo mientras hablaba sin parar, enseñándole a Javi algunas fotos en su móvil. Por el contrario, Javi parecía tranquilo, con ese aire ibicenco en su ropa a pesar de ser invierno, dejando entrever una camisa blanca ligera y unos vaqueros grises debajo del abrigo. Lo justo para no exhibir el cuerpo que tenía, pero lo suficiente para darte cuenta de que estaba muy bueno, para qué nos vamos a engañar. En cuanto Javi me vio, se levantó rápidamente del banco y tuvimos ese incómodo momento de choque de cabezas, muy absurdo, durante el cual no sabíamos si darnos dos besos o un pico, y acabé casi chupándole el ojo.

Nos reímos con vergüenza mientras el hombre, chico, chaval o lo que fuera —porque no pude determinar su edad debido a su aspecto y a su forma de vestir— que estaba con él, nos miraba sin decir palabra. Un poco inquietante, la verdad, sí que era. Tomó la iniciativa y se presentó enseguida.

—Soy Dani, el compañero de piso de Javi. Tú eres su chorba, ¿no? —me dijo, estrechándome la mano y dándome dos besos después.

Dos besos sonoros y pegajosos. Despedía un olor a incienso que echaba para atrás.

—Ehhhh... Bueno... —respondí contrariada, mientras miraba a Javi, que se mostraba ojiplático.

—¡Estoy de broma, hombre! En mi trabajo estamos todo el día así, estoy acostumbrado a estar rodeado de pibones y me gusta llamarlas chorbas, pibitas... ¿Sabes lo que quiero decir?

—¿Y en qué trabajas? —pregunté con mucha curiosidad.

—¿Yo? —dijo, sorprendido.

«Sí, claro, no se lo voy a preguntar a Javi, a quien ya conozco y con quien he quedado», pensé.

El silencio contestó a su pregunta.

—Trabajo en películas, en el cine. ¿Me entiendes?

«Por supuesto, hablamos el mismo idioma», pensé.

El compañero dio una última calada al cigarrillo y lo espachurró contra el banco mientras Javi y yo cruzamos miradas.

«Creo que debo dejar de pensar tanto e intervenir más», me dije, pero el tipo continuó hablando, sin darme la oportunidad.

—Soy el que lleva el cotarro en un rodaje. ¡Estamos ahí, en el set, y todas hacen lo que yo les digo que hagan!

—Estaba enseñándome unas fotos de su último rodaje —dijo Javi para quitar hierro al asunto. Y cuando digo «quitar hierro» hablo de vigas del tamaño de la torre Eiffel.

Sin ser una experta en la materia, el tío, con ese aspecto y diciendo cosas de un set de rodaje, me dio la sensación de ser actor porno, productor de películas porno o cualquier cosa relacionada con el porno. No me atreví a profundizar en el tema porque me tenía tan extasiada a los cinco minutos de conocerle que temía que, si le preguntaba algo más, me lo fuese a contar.

—Venga, Dani, luego nos vemos, que hemos reservado, y si llegamos tarde nos quitan la mesa —le dijo Javi, dándole una palmadita en la espalda.

—Tendrían que desmontarla primero porque es una mesa muy grande —bromeé, con un chiste al que Javi sonrió cómplice.

—Esta noche tengo rodaje nocturno. Una secuencia con una cabeza caliente de diez metros. Brutal —replicó Dani, pasando de nosotros y siguiendo a lo suyo.

Realmente no le entendía, pero eso de la cabeza caliente sonaba a un juguete sexual gigante.

—Ya nos veremos mañana. Encantado, ¿eh, nena? —dijo antes de subir a casa.

Me despedí con una terrible imagen en la cabeza del compañero de piso de Javi ataviado con un tanga de leopardo y un látigo. Javi suspiró y comenzamos a caminar hacia el restaurante.

—Dani es... —No completé la frase, intentando que Javi lo hiciese por mí.

—Sí, es todo un personaje, no hace falta que lo jures. Me cuenta cada batallita de su curro...

—Se nota que le apasiona... —Intenté ser educada.

—Y eso que no te ha sacado el móvil para enseñarte las dos mil fotos de rodajes que tiene. Que un par de ellas está bien, es curioso, pero, a partir de la cincuenta, se hace un poco pesado —di­jo para terminar.

Los dos nos reímos con complicidad, aunque mi risa contenía cierto estupor al imaginar el tipo de fotografías que le habría enseñado.

—No es mal tipo. Habla mucho y me lo cuenta todo, pero no es mal tipo.

—Te lo cuenta todo... ¿Todo? —Le miré con los ojos muy abiertos, imaginándome a los dos hablando de posturas imposibles en camas de agua, tangas de cuero y fustas varias. Estaba horrorizada.

—Bueno, por suerte se ahorra algunos detalles, pero en estos días que llevo viviendo con él he aprendido más de su trabajo de lo que hubiese imaginado nunca.

Toma ya, encima Javi estaba aprendiendo de él. Aquello no me lo esperaba.

—¿Tú sabías lo que es un ayudante de dirección?

—Ni idea, pero de películas... ¿normales? —me atreví a indagar, haciéndome la tonta.

—Hombre, normales... Pues yo qué sé si serán normales, buenas o malas. Ahora está con una comedia. Me cuenta que tiene rollo con todas las actrices... A saber.

Me quedé alucinada. Mi cabeza no asimilaba cómo sería una comedia pornográfica. Era como imaginarse a un trío en una cama, contándose chistes los unos a los otros entre polvo y polvo.

—¿Qué pasa, rubia? —preguntó Javi al ver mi cara un tanto descolocada.

—Es que nunca había conocido a nadie que se dedicara al porno —le expliqué con naturalidad.

—¿Al porno? —respondió, sorprendido.

—Claro. ¿No se dedica al porno?

—¿Quién? ¿Dani?

—Sí, claro... —Javi me miraba alucinado—. Porque tú sigues siendo bombero, ¿no? —pregunté, ya totalmente desencajada.

Javi, tras unos segundos para asimilarlo todo, comenzó a reírse de manera desmedida, tanto que incluso se le saltaron las lágrimas.

—¿Qué pasa? —le pregunté desconcertada.

—Pues que Dani no se dedica al porno... Es ayudante de dirección de series y películas, pero no de ese tipo de pelis. Que igual ha hecho alguna, no se lo he preguntado, la verdad. A lo mejor debería hacerlo... —dijo mientras recuperaba el aliento.

Mi cabeza vistió automáticamente a todos los actores y actrices que antes imaginaba desnudos o, a lo sumo, con lencería de dudoso gusto. Por supuesto, Dani también se vistió en mi imaginación y, fiel a su estilo, se colocó un traje horrible, una boina y un fular, lo que sin duda era mejor que aquella ropa interior de leopardo inicial.

—Es que me lo he imaginado enseñándote fotos de él en pelotas en el set de rodaje y, claro, un par de ellas bueno, pero cincuenta ya me parecía...

Javi volvió a reírse a carcajada limpia. No pude contenerme y también comencé a troncharme.

—Ja, ja, ja. De verdad, rubia, lo que más me gusta de todo esto es que yo también lo pensé. El tío tiene unas esposas colgando del cabecero de la cama; fue lo primero que vi cuando me enseñó su habitación.

—¡No te creoooo!

—Como lo oyes. Y lo peor de todo es que su cabecero está pegado, pero pegado pegado, al mío. Pared con pared... Solo unos centímetros nos separan y se oye todo. Pero todo. Hace unos ruidos muy raros...

—Javi, creo que no quiero saber más.

—Ojalá hubiese podido decir lo mismo.

Me hizo una mueca muy divertida y continuamos hablando sobre la confusión hasta el restaurante. Ya más calmados, durante la cena, volvió su timidez habitual, la cual era muy agradable y cómoda; siempre me escuchaba con paciencia. Se notaba que le interesaba lo que tuviera que contarle y que lo disfrutaba. Incluso cuando no entendía algunas de las palabras que yo empezaba a mezclar, hablando atropelladamente, fruto de los vinos que me estaba tomando antes de pedir la cena para intentar aplacar mis nervios.

—¿Saben ya qué van a tomar? —nos preguntó el amable camarero.

—Mmm, tengo muchas dudas —respondió Javi.

—¿Por qué no te «hueves» unos «pidos» rotos? —le propuse, ante el asombro de Javi y del camarero.

—¿Unos qué? —dijo Javi, sorprendido, mientras me puse a llorar de la risa.

—A ver, por lo que está señalando la señorita en la carta, diría que se refiere a «pedir unos huevos rotos». Buena elección —apun­tó el camarero, echándome un cable.

—Ja, ja, ja. Sí, perdón. Se me ha trabado la lengua. Unos huevos rotos y... ¿una pizza cuatro quesos sin gluten?

—Por mí, perfecto —respondió Javi cerrando la carta.

—Hecho entonces. Muchísimas gracias. —Cerré también mi carta y se la entregué al camarero, quien se dio la vuelta y nos dejó a los dos en la mesa, mirándonos a los ojos.

—Muchas veces me pasa... Junto dos palabras y me sale una nueva. «Economía del lenguaje», lo llamo —le dije muy seria, como si tuviese razón en aquel bochornoso momento.

—Yo lo llamo «daños colaterales del vino», pero oye, que lo de la economía del lenguaje casi cuela.

Ambos nos reímos y el resto de la conversación fluyó durante toda la cena. No paramos de hablar ni un solo minuto. No hubo ni un silencio incómodo. Ni una palabra por encima de otra. Era un gran conversador, muy educado y a la vez muy agudo, todo en su justa medida, sin la absurda necesidad que tienen muchos hombres de hacerte partícipe de un sentido del humor más propio del Pleistoceno. Por mi parte, le conté cosas sobre mi trabajo, mi pequeña obsesión por la ortografía y lo mucho que me apasionaba el rosa, en pequeñas dosis; tampoco quería que pensara que vivía en el castillo de la Barbie. Salieron en la conversación ese tipo de detalles reales de los que hablas solo en las primeras citas cuando te sientes relajada y que te ayudan a conocer más a la otra persona, pero a hacerlo de verdad; porque, de no ser así, en la primera cita todos seríamos amantes del cine de culto y la buena literatura, de dar paseos para reflexionar, de escribir poesía con rima asonante —la difícil— y de visitar todas las exposiciones, museos y conciertos en las salas fuera del circuito comercial.

Javi, por su parte, habló mucho de su trabajo. Lo hacía con auténtica devoción. Se notaba que ser bombero, en su caso, llevaba implícita la necesidad de ayudar a los demás y una sensibilidad no impostada que se reflejaba en la manera de tratar a todo el mundo, no solo a mí.

Todo estaba muy bien y, aunque la situación se mostraba con un grado de perfección de 4,9 sobre 5 en mi escala de primeras cenas con desconocidos —bueno, casi desconocidos—, me dispuse a hacer lo que mejor se me da en algunos casos: formular la pregunta correcta en el momento incorrecto. La vida es demasiado corta como para andarse por las ramas, que luego te caes del árbol y te llevas el hostión de tu vida.

—¿Y cómo es que te has decidido a venir a Madrid? —dije así, tal cual, sin paños calientes. Directa.

Él tragó un trozo de pizza y su nuez se movió de manera acompasada, pero contestó con rapidez:

—Tenía ganas de estar con mi madre y sentía que Ibiza se me estaba quedando pequeña.

Tampoco podía esperar que me dijese que se había venido por mí; dejo huella, pero no en tan poco tiempo...

—Pero Madrid es casi lo más opuesto a Ibiza: no hay playa, hay contaminación, estrés, ruido, gente por todas partes... ¡Te vas a agobiar! —le dije.

—¡Oh, gracias! Ahora ya me siento mucho mejor aquí... —co­mentó mientras nos reíamos—. Cualquiera diría que te encanta vivir en Madrid...

—Y me encanta, pero yo llevo toda la vida aquí. No sé si tú serás capaz de adaptarte o te querrás volver a Ibiza incluso antes de tiempo...

Toma ya. Otra de mis indirectas muy directas que tanteaba el terreno con disimulo. A pesar de las palabras de Laux sobre «aprovechar el tiempo», el carpe diem y todas esas frases hechas que en algunos casos son ciertas, quería saber qué intenciones traía este bombero ibicenco aparentemente perfecto, y conocer el tiempo de la estancia. Si iban a ser menos de seis meses, quería saberlo lo antes posible, no fuera que empezáramos a hacernos ilusiones y..., bueno, creo que todas sabemos cómo acaba la frase.

—A Ibiza tendré que volver, claro. De momento, la permuta es temporal, pero te aseguro que ahora mismo no quiero estar en ningún otro sitio.

Me miró a los ojos y me transmitió mucha seguridad. Además, había dicho «de momento es algo temporal» y mi mente subrayó en rosa fosforito ese «de momento». Estaba claro que aquello suponía dejar una puerta abiertísima.

Aunque supongo que lo dijo también porque vio mis intenciones a través de unas preguntas lanzadas con un claro propósito. A ver, había vivido toda mi vida sin él: tampoco pasaría nada si se iba. Pero el caso es que su presencia había revolucionado mis emociones y eso era innegable. Y no tenía pinta de que aquello fuese a quedarse en un flirteo de una noche, ni de dos ni de tres; tenía ganas de seguir conociéndole, así que, ante esa maravillosa frase dicha en el momento correcto y con las palabras adecuadas por su parte, me quedé callada. Él continuó hablando:

—No nos agobiemos pensando en qué va a pasar. Disfrutemos el momento, igual que lo hicimos durante aquellas cuarenta y ocho horas en la isla, ¿vale? Que fluya. Luego ya veremos.

Entonces, se acercó a mí de forma natural. Sin aspavientos. Me miró a los ojos y asentí. Nos besamos. Fue un beso con mucho cariño. Uno largo y honesto, uno que sellaba aquella conversación con un «ya veremos» tan abierto como nuestras bocas en aquel momento. Como decía el mensaje de Javi, pasemos este invierno en Madrid, que lo demás está por llegar. Eso sí, no os voy a engañar, lo de fluir no iba mucho conmigo. ¿Qué éramos, ríos? Lo importante de un arroyo no es que fluya, es hacia dónde lo hace. Siempre puede dirigirse hacia algo más grande, abierto y bonito como el mar, o puede quedarse inmovilizado en un lago, donde el agua se estanca y se pudre. Creo que esta última metáfora se me ha ido de las manos, pero, vale, de acuerdo, siguiendo con su razonamiento, le dije:

—Oye... No sé si podrás, pero este fin de semana organizamos una fiesta sorpresa a Laux por su cumpleaños. ¿Te apetece venir para que sigamos fluyendo un rato más?

—Ja, ja, ja. Claro, esa es la idea, que podamos quedar más veces para fluir. Si me cuadra con los horarios del curro, me encantará ir y, si no, los cambiaré.

Esas últimas palabras reforzaban la idea y el interés que siempre había mostrado en mí de manera honesta. Me gustaba cómo cerraba las frases.

—Pero una cosa: ¿tu amiga se va a subir a las mesas como siempre o será algo más tranquilo? —añadió con sorna.

—Siendo su cumpleaños, supongo que lo más probable es que acabe colgada de una lámpara.

—No te preocupes. Entonces, allí estaré —me garantizó, siguiendo el tono de la conversación.

Terminamos aquella cena volviendo a su casa. Esa primera cita no fluyó hasta su cama, sino que lo hizo en una dirección más contenida, con una nueva fecha para vernos y un beso en su portal. Un beso de los que te remueven por dentro, de los que te recorren la columna de arriba abajo y te erizan los pelos de la nuca. Él subió a su casa y yo me fui a la mía.

Aquella noche, tras desmaquillarme y desvestirme, recibí un mensaje.

 

 

Javi Ibiza.

No lo he hecho tan mal, ¿no?

 

 

Sonreí. Además, al leer su mensaje vinieron a mi mente las palabras que un día me regaló mi padre: «Lo estamos haciendo muy bien».

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