Contando atardeceres
PARTE I. MADRID » 5. Feliz Navidad. Y prósperas ilusiones
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Feliz Navidad
Y prósperas ilusiones.
—¿Hubo ñaca-ñaca? —me preguntó Laura entre risas por teléfono.
—Joder, Laura. Ja, ja, ja. De verdad, tienes que parar ya con esos nombres absurdos que usas para todo.
—Ah, sí, perdona, se me olvidaba que hablaba con la dueña de uno de los sillones de la RAE —dijo burlándose de mí—. Espera, que repito la pregunta: ¿practicasteis el coito? ¿Follasteis? O aún mejor, ¿hicisteis el amor, como te empeñas en decir tú siempre? ¿Hubo sexo? ¿Mordiste la almohada? ¿Te empotró? ¿Mancillasteis la alcoba, bella damisela? ¿Así está mejor?
Qué perra era y qué facilidad tenía.
—Así está mucho mejor, pero la respuesta es no.
—¿Cómo que noooo? Rubia, que os conocéis desde octubre. ¿A qué esperas para regalarle tu flor? Se te van a hacer telarañas en los bajos, ¿eh?
Solo Laux podía juntar todas estas frases en una sola conversación y lograr que tuvieran coherencia y resultase divertido.
—Tía, menos mal que Sara es más sensible con estas cosas, porque Lucía y tú sois más brutas que un tanga de esparto.
—Bueno, venga, déjate de rollos y resúmeme la noche con señales, porque ya veo que mucho pelo no hubo.
—Ja, ja, ja. Pues es muy dulce, la verdad. Nos reímos, cenamos, hablamos... Incluso le pregunté si creía que iba a estar a gusto en Madrid o si se volvería a Ibiza antes de la cuenta...
—Hostia, rubi, ya te lo he dicho, como le hagas esas preguntas todo el rato, el Javitxu va a salir huyendo a la isla mañana mismo y te va a bloquear en redes, aunque ni las use.
Por más que la conozca, me sigue fascinando que Laura siempre le cambie el nombre a todo el mundo. Javi es Javitxu, el novio de Sara es el Mandalas, Lucía es la Luchi y así con todas las personas que conoce, da igual que sea de hace cinco minutos o de toda una vida... Hay que quererla al natural, como a los yogures.
—La verdad es que no tengo ganas de perder el tiempo, Laux —dije sincerándome casi sin querer.
Supongo que en el fondo, después de la experiencia acumulada con Álex y sus mentiras, mi cuerpo me pedía algo de paz... por Navidad.
—Te entiendo, pero espérate un poco, que prácticamente os acabáis de conocer.
—Ah, claro, para hablar de cosas serias nos acabamos de conocer, pero para hacer el amor es como si nos conociésemos de toda la vida, ¿no?
Laura se quedó pensativa, analizando la frase. Escudriñándola palabra a palabra.
—Pues también es verdad. Cuando tienes razón, la tienes..., esto es así.
—Lo sé —respondí, digna de mí.
—Por cierto..., mañana es Nochebuena. Sabes que me tienes para lo que necesites, ¿verdad?
Y es que Laura, por muy bruta que fuese, siempre tenía los sentimientos más puros, anteponiendo los míos incluso por delante de los suyos. No hacía falta que le dijese que era una fecha especial y que estaba triste porque serían las primeras Navidades sin mi padre. Le di las gracias y le mentí diciéndole que estaba bien, aunque no lo estaba, pero no me apetecía hablar de ello porque se me hacía un nudo en la garganta que no quería soltar en ese momento.
Hay días en los que te apetece desahogarte y Laux siempre está disponible para brindarte su hombro, pero hay otros en los que prefieres colocarte una coraza que te proteja de primeras y convertirlo en una experiencia personal e intransferible.
Siempre he pensado que mi coraza está tejida a base de hacer cada día un poquito de lo que cualquiera entendería como una frivolidad: mirar zapatos en internet, ir de compras, leer un libro de los que no salen en las listas de las publicaciones culturales ni reciben el elogio de la crítica, o dedicarme un ratito con una mascarilla o en una conversación absurda en un chat de grupo compartiendo memes. ¿Puedo parecer superficial a simple vista? Puede ser. ¿Lo soy? No, pero no todo en la vida va a ser refutar a Kant ni jactarte de haber leído a Cervantes. Al menos no todo el tiempo. Todas las personas tenemos varias capas y no todos tienen acceso a ellas. Tengo la firme creencia de que cuantas más capas interiores tenemos, más cuidamos la superficial, que nos protege. Así que, sin ningún tipo de duda, puedo decir orgullosa que tengo una capa superficial que me ha ayudado en los momentos más duros, por ejemplo a sobrellevar el dolor más profundo que se puede sentir al perder al amor de mi vida: mi padre.
Cuando colgué con Laura, llamé a mi madre para ver cómo llevaba la cena del día siguiente. Seguía con mi rutina de llamarla casi todos los días e ir a visitarla cuando volvía del trabajo, aunque fuera media hora.
—Mami, ¿cómo lo llevas?
—Mejor que tú, seguro —respondió, conociendo de sobra a su hija.
—Ja, ja, ja. Eso seguro. ¿Necesitas algo para mañana? ¿Hace falta que lleve alguna cosa?
—Pues seguro que se me olvida algo, porque ya sabes que últimamente no sé ni en qué día vivo, pero les he dado una lista a tus hermanos y lo comprarán todo ellos. Si hace falta algo, te digo. Ya sabes que disfrutan haciendo la compra —dijo en tono irónico.
—No como a nosotras, que no nos gusta nada... —respondí siguiéndole el juego.
—Sin duda. Están hechos de otra pasta.
Pensé que la mía, sin duda, sería sin gluten.
—Mañana nos vemos, mamá. Te quiero mucho.
—Yo más, que soy mayor y los mayores sabemos querer más.
Mi madre siempre me decía eso. Yo no sabía si tenía razón en que cuanto más mayor, más quieres, pero sí estaba segura de que cuanto más mayor, aprendes a querer mejor.
Cuando colgué con mi madre, y como si de una telecomedia de situación se tratase, Pol, mi amado vecino, llamó a la puerta. Ni un segundo pasó entre la llamada de Laura, la que hice a mi madre y la aparición de Pol. Eso se llama aprovechar el tiempo. Cuando abrí, él ya tenía un piti en una mano y el mechero en la otra. Había bajado en pijama porque seguramente Jaume, su marido, le habría dicho que no fumase allí, y él había aprovechado para bajar a mi casa.
—Pol, sabes que tienes balcón y que en mi casa solo hay una ventana, ¿no?
—Sí, claro, ¡cómo no lo voy a saber, si vivo allí?
—¿Y aun así prefieres venir a fumar aquí? —le repliqué, intentando que se diera por aludido.
—Es que tu ventana es muy acogedora. Además, no te quejes tanto, que vengo a echarle un ojo a las plantas, que si no fuese por mí...
La verdad es que era todo un milagro que las plantas que mi padre me había traído la última vez a casa siguiesen vivas y, en esto, la aportación de Pol había sido crucial. Siento una profunda pena cada vez que recuerdo ese momento. De haber sabido que aquel día iba a ser el último que mi padre vendría a mi casa, hubiese alargado la conversación toda la tarde, le habría preparado un café especial con crema y canela, y probablemente le hubiese pedido que cenara conmigo. Hubiese estirado y exprimido cada segundo al máximo.
Es curioso que ese pensamiento viniera a mi cabeza. Si todos supiésemos cuál será el último café que vamos a tomar con una persona, intentaríamos que fuese el más largo y gustoso del mundo. Pero cuando das la vida por sentada no valoras al detalle cada instante y bebes cualquier cosa. En ese momento me di cuenta de que tenía que exigirme disfrutar mucho más de cada experiencia, por pequeña que fuera y, por supuesto, de cada café.
—Bueno, el sábado es la fiesta de cumpleaños de tu amiga Lady Susurros, la única persona sobre la faz de la Tierra que es capaz de gritar debajo del agua —dijo Pol, regadera en mano, sacando de mi cabeza el recuerdo de mi padre.
—¡Qué ganas! Le va a encantar la sorpresa.
—¿Vas a traer a tu nuevo novio Zipi y a su amigo Zape? ¿Nos vais a hacer la presentación oficial en sociedad de las parejas?
—Joder, Pol, ni siquiera había pensado en Iván. Se me ha olvidado por completo decírselo y Javi tampoco me lo ha recordado. ¿Crees que debo intentar que venga Zape? —dije, continuando con la coña, pero hablando muy en serio. Además, tampoco me apetecía explicarle a Pol que Zipi era Iván y no Javi, porque era el rubio.
—A mí como si traes a Mortadelo y Filemón, pero yo que tú me ocupaba de darle una sorpresa de verdad a Lady Susurros. Ya estoy deseando escucharla gritar al ver a su Ivanoski.
—Joder, y ¿cómo lo hago? ¿Aviso a Javi y le pregunto qué le parece? —contesté agobiada.
—Qué poca cultura televisiva tienes, coño. Si esto fuese una peli americana, la protagonista ya se habría encargado de comprarle los vuelos de Texas a Wisconsin a ese chulazo con nombre de mafioso ruso que tanto le gusta a tu amiga para hacer el reencuentro oficial. ¿Es que no has visto películas de sobremesa o qué?
—Vale, pues se lo voy a decir a Javi, a ver qué le parece la idea.
Pol dio un pequeño grito de emoción ante una propuesta que, a priori, pintaba muy bien.
—Y, Pol, si esto fuese una peli americana, tú no estarías ahora mismo en pijama, con un agujero en el sobaco, zapatillas de estar por casa de dinosaurio y fumando tabaco barato de liar en el piso de tu vecina.
Pol se miró de arriba abajo, apagó el piti y renegó de mi apreciación sobre su pijama mientras se iba.
Al momento, decidí llamar a Javi para proponerle la idea. Habían pasado muy pocas horas desde nuestra primera cena y, aun a riesgo de parecer una psicópata obsesionada con él, la ocasión lo merecía. Le llamé y le pareció una idea maravillosa. Noté la emoción en su voz. No sé si le gustaba más el hecho de sorprender a Laux con Iván, a Iván con Laux, o si se sentía más seguro con la presencia de su amigo en la primera fiesta en la que iba a conocer a gran parte de mi grupo, pero me apoyó no solo con la teoría, sino con la puesta en práctica, y lo hizo a la perfección. Si tenía que echar el freno de mano con él y dejar que lo nuestro fluyera, quizá aquella no era la mejor manera, pero respondía a una causa justificadísima.
Al día siguiente, Javi me llamó para confirmarme que Iván se apuntaba al plan, así que abrí el chat del cumpleaños para ultimar todos los detalles. Ya era día 24, Nochebuena, y la fiesta era inminente.
Cumple Laux
Alberto amigo Lucía., Lucía azafata., Pol vecino., Sara., Tú
Amigaaasss, ya he reclutado
a prácticamente todas
las compañeras enfermeras
del hospi de Laux para
que vengan a la fiesta y
¡ojo a esto! Javi va a traer
a Ivanoski desde Ibiza.
Pol vecino.
Quién te habrá dado
esa gran idea...
Sara.
¡Genial! ¡Va a flipar!
Alberto amigo Lucía.
¿Ya tenéis pensado qué os
vais a poner? He preparado
las invitaciones para todo el
mundo con el pink dress code.
Yo tengo EL vestidazo rosa
más flipante del mundo.
Lucía azafata.
Madre mía, qué nerviossssss.
Ya me jode tener que vestirme de
rosa, pero Laura se lo merece
Alberto amigo Lucía.
He comprado ron y ginebra rosas.
No va a faltar ningún detalle.
¡He conseguido hasta unas flores secas
rosas para montar un photocall en
la entrada! Me voy a coronar
como el mejor anfitrión de pink
parties de todo Madrid.
Lucía azafata.
Es que tienes muy buenas ayudantes,
las mejores, diría yo
Buah, Laux va a llorar
de emoción.
Pol vecino.
No, perdona, ¡va a gritar
de la emoción!
Lucía azafata.
JAJAJAAJAJAJA
Sara.
Jajajajaajaja.
Alberto amigo Lucía.
Jajajajaja. Así será, sin duda.
Cerré el chat y me dispuse a vestirme para ir a cenar con mi madre y mis hermanos. Teníamos la costumbre de «ponernos guapos» esa noche, aunque cuando terminábamos los postres, mi padre cambiaba los zapatos por las zapatillas de estar por casa y se colocaba un gato encima de su regazo, el dress code elegante desaparecía para todos. Era inevitable no sentirme desolada por su ausencia, pero había decidido intentar verlo todo un poco más de color de rosa, como la fiesta de Laux, tal y como estaba segura de que él hubiese querido.
Había estado lloviendo toda la tarde, como lo había hecho toda la semana, pero parecía que estaba escampando. Mientras abría el armario para elegir la ropa, me llegó otro mensaje de WhatsApp. Imaginé que sería alguien del chat de grupo del cumpleaños de Laux, pero no...
Javi Ibiza.
¡Mira qué bonito!
Y al abrir la foto adjunta al mensaje me puse a llorar como una niña pequeña. Una niña que siente las emociones más libres y puras. Sin restricciones.
Lo que me había enviado Javi era una foto de un precioso arcoíris en medio de la plaza de Castilla. Él no sabía lo que significaban para mí; en otoño le había contado que mi padre había fallecido, pero no había entrado en detalles. No quise contarle que el día que él se fue llovía mucho y un enorme arcoíris apareció en el cielo. Desde entonces, cada vez que veo uno me parece una señal que mi padre me envía para tener presente su recuerdo. Así que me guardé aquella foto que Javi me había enviado, tomando como una coincidencia preciosa que él, en ese preciso momento, hubiese decidido compartir un arcoíris conmigo.
Me enjugué las lágrimas y le contesté al momento, manteniendo la compostura porque, si no, no iba a entender nada.
¡Es precioso!
¿Estás cerca de casa de tu madre?
Sí, estoy llegando para cenar
con ella.
Que pases una Nochebuena
muy bonita.
¡Tú también!
Nos despedimos por mensaje y cogí el coche para ir a casa de mis padres. Conduje con el limpiaparabrisas al máximo porque llovía en abundancia, y no solo en mis ojos. Sinceramente, no me esperaba aquella bonita señal.
Aparqué en la puerta de casa, sorprendida por haber encontrado el hueco perfecto. Llevaba tiempo estacionando siempre en los mejores lugares, lo cual era un plus para personas tan impuntuales como yo. Era algo que no dejaba de asombrarme, puesto que parecía como una suerte inesperada que se me había concedido en los últimos meses sin motivo, pero que no fallaba casi nunca. Allá donde iba, encontraba aparcamiento en la puerta. Y cuando eres impuntual por naturaleza, sabes apreciarlo.
Comentando con una amiga este nuevo don del que disfrutaba, me dijo que a ella le pasaba justo lo mismo. Ella tenía la clara teoría de que era su padre, desde el arcoíris de los padres, quien le guardaba siempre el espacio perfecto para aparcar en el lugar adecuado. Por supuesto, me emocioné muchísimo, ya que eso encajaba con lo que me había pasado aquel día y con lo que me sigue ocurriendo. No sé si creer en las señales sirve de algo, pero ayuda a relacionar a las personas que quieres con las cosas extraordinarias que te suceden y que traen su recuerdo de nuevo a tu cabeza. Y eso es maravilloso. Creo que superar algo no es dejar de pensar en ello, sino aprender a recordarlo con cariño.
La casa estaba preciosa. Olía a infancia y seguía manteniendo la esencia de la decoración que mis padres colocaban cada año. Los libros en las infinitas estanterías del salón me recibieron con su característico aroma a papá.
Mi madre y yo nos abrazamos muy fuerte. Si bien es cierto que, antes de marcharse mi padre, mi familia nunca había destacado por ser excesivamente besucona o cariñosa, desde que él se fue no ha habido un día en el que no le haya dicho a mi madre que la quiero. Ya no me guardo ni una sola palabra de amor, ni mucho menos un abrazo, y esa noche tan especial no iba a ser menos. Así que, tras ella, abracé primero a mi hermano mediano y después al mayor.
Por supuesto, fiel a nuestro código de hermanos, cuando les dije que estaban muy guapos y elegantes, me respondieron dudando de si había encogido o de si iba hecha unos zorros. Yo sabía que iba perfecta. Amor de hermanos. Mientras las abuelas y las madres se empeñan en verte más alta y guapa cada vez, los hermanos mayores siempre te ven más enana y estropeada, o al menos eso dicen. En el fondo no creo que lo pensasen, sobre todo porque, si fuera cierto, ya no llegaría a ninguna estantería. Con mis hermanos llegaron sus parejas y mis sobris, y la casa se llenó de ruido, color y alegría.
—¿Crees que tu padre estará celebrando la Navidad? —me preguntó mi madre, ya sentadas, hablando tranquilamente.
A mi madre y a mí nos gustaba imaginar lo que estaría haciendo mi padre, estuviese donde estuviese. Era otra forma de seguir teniéndolo muy presente sin el dolor de la pérdida. Siempre desde el recuerdo amable.
—Seguro, mamá. Habrá puesto luces por todas partes y estará viendo dónde esconder la flor de Pascua. Con lo venenosa que era para los gatos, y siempre la compraba.
—Pues porque le encantaba esa planta.
—¡Y a Bartolo también!
—Ay, Bartolo, nuestro primer gato... Seguro que estarán juntos.
Mi madre me apretó la mano y sonrió.
—¡Seguro! Y no solo eso: estará también con los abuelos. Y habrán comido polvorones. Y Bartolo comerá latitas de atún a todas horas, porque en el arcoíris de los animales hay barra libre de comida.
Noté cómo mi madre reposaba la cabeza sobre el sillón y respiraba hondo. Pude ver que se sentía reconfortada por momentos.
Aprovechando que todos charlaban animadamente sobre uno de los programas que había en la tele (no sabría decir muy bien cuál, ya que todos me parecían iguales), fui a mi antigua habitación, como de costumbre cada vez que volvía a casa de mis padres. Seguía tal cual la dejé: pintada de rosa, con mi camita llena de peluches, como si el tiempo se hubiese detenido en el instante en el que cerré aquella puerta para dejar de ser una adolescente y convertirme en una mujer. Me encantaba abrir los cajones de mi mesa y descubrir carpetas de cuando iba al instituto, móviles casi tan grandes como un ladrillo, un Tamagotchi... Recuerdos tangibles de una época maravillosa en la que la vida se contaba en cursos, no en años. Allí descubrí una foto de Lauri y mía en su pueblo, donde veraneábamos cuando íbamos al instituto. La miré con nostalgia y le mandé un mensaje de cariño felicitándole las fiestas. Hacía muchos años que vivía en Alemania, pero aquel retrato trajo de vuelta su bonito recuerdo.
Mi hermano me llamó para brindar y lo dejé todo en su sitio, tal y como estaba. No quería que por nada del mundo cambiasen esos sentimientos cuando volviera a abrir ese cajón.
Nos sentamos todos a la mesa. En la silla donde solía sentarse mi padre, se acomodó uno de los gatos para asomarse con agilidad a la mesa y ver si pillaba algo de comer. Por un momento, el sentimiento de pena por ver aquella silla vacía se disipó al ver allí al gato, parte de la familia también, ocupando su sitio, sin duda tal y como a él le hubiese gustado.
Es imposible establecer una medida concreta del tiempo que cada persona necesita para superar una pérdida. De hecho, creo que es contraproducente intentar marcarte una fecha concreta o preguntarle a alguien cuánto tardó en hacerlo. Tu tiempo es único, y puede ser mayor o menor según lo que necesites. Eso no lo hace ni mejor ni peor, simplemente lo hace tuyo. Cuando todavía no ha pasado ni un año desde la pérdida, y sobre todo en fechas señaladas, es muy difícil no evocar los momentos vividos un año antes con esa persona. Esto ocurre en Navidad, en su cumpleaños, en el tuyo... En cambio, una vez transcurre ese tiempo, justo el día siguiente es el que marca la diferencia y consigue que todo cambie. A partir de entonces, es probable que consigas mirar el presente y visualizar el futuro mucho más que el pasado.
Aquellas primeras Navidades, sin haber pasado todavía ese año y un día, su presencia estaba en cada rincón de la casa. Escondida tras un adorno navideño, en el olor de una vela o cuando sonaba su villancico preferido. Durante la cena no faltaron las frases de «a papá le hubiese encantado esto», «si papá estuviese aquí» o maullidos de mis gatos que, sin duda, seguían llamándole, preguntándose dónde estaría ese señor calvo y con barriga tan amigable sobre el que se sentaban cada noche, y que les daba latas de atún todos los días. Nadie podría decir con certeza dónde estará, como para explicárselo a mis gatos, pero lo que sí sé es que estará bien. Porque allá donde vayan las personas a las que un día quisimos tanto solo pueden recibirles y tratarles con el mismo cariño que ellos nos dejaron a nosotros.
A la mañana siguiente, todos teníamos regalos esperándonos debajo del árbol de Navidad que cuidadosamente había decorado mi madre. Con un montón de luces y adornos de colorinchis de dudoso gusto, tal y como él hubiese querido, era inevitable no mirar a la puerta cada vez que se oía el ascensor, pensando que en algún momento distinguiría el sonido de sus llaves abriéndola, con un regalo en la mano o un nuevo adorno para el árbol. Dentro de esa sensación perenne de nostalgia que invadía mi cuerpo, tanto mi familia como mis amigas, además de la recién estrenada ilusión con Javi de manera inconsciente, fueron un gran apoyo durante esos días. Y es que a veces no necesitas olvidar, solo que tu mente no recuerde tanto.