Contando atardeceres

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PARTE I. MADRID » 6. Querofobia. El miedo irracional a ser feliz

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Querofobia

El miedo irracional a ser feliz.

Solo hay una persona en el mundo, por detrás de mi amiga Laura, a la que le descoloca sobremanera que le cambien los planes. Y esa soy yo. El día de Navidad estaba tranquilamente en casa cuando recibí un mensaje de Javi que no me esperaba.

 

 

Javi Ibiza.

Tengo la tarde y la noche libre

y estoy pensando en si te apetecería

cenar conmigo hoy...

 

 

Joder, qué nervios. No esperaba verle antes de la fiesta de cumpleaños de Laura. Me había prometido intentar frenar un poco toda aquella «relación» con Javi, que no olvidemos que era una persona que estaba empadronada y fluía en Ibiza. Joder, la verdad es que se me estaba empezando a ir de las manos, pero, joder, ¡cuánto lo estaba disfrutando! ¿Qué pensaría él? ¿Se sentiría igual? ¿Por qué estoy diciendo tanto «joder»? Lucía habría dejado claro que era por la falta de sexo.

Por supuesto, le dije que sí, pero aquel plan surgido de repente solo me otorgaba un par de horas para prepararme. Para una persona que tarda mucho más en vestirse, impuntual por castigo y poco dada a la improvisación como yo, aquello era un sobresfuerzo. Sin embargo, el deseo de quedar con él bien lo valía.

Intenté por todos los medios estar lista antes de que Javi llegase a casa, pero no lo conseguí. Me envió un wasap para decirme que ya estaba abajo, y crucé a toda prisa el salón intentando colocarme un botín en el pie izquierdo mientras iba a la pata coja, cogiendo por el camino el pintalabios, los clínex, el móvil y todo lo que consideré imprescindible para echarlo en el bolso sin ningún tipo de orden.

Cuando pensé que ya lo tenía todo, bajé trotando la escalera hasta el portal. Llevaba un vestido negro de punto, muy ceñido, unas medias con un calado precioso, unos botines de estilo motero con tachas y hebillas plateadas, y un abrigazo largo, negro, con imitación de pelito en el cuello. Hacía muchísimo frío y me arrepentí de no haber cogido unos guantes, pero las personas impuntuales no solemos ir bien equipadas para el frío porque siempre olvidamos algo.

Javi me esperaba fuera del coche, sin abrigo, con una camisa que dejaba entrever unos grandísimos brazos y un pantalón vaquero que cualquiera diría que estaba hecho a medida. Se notaba que se acababa de afeitar, llevaba una barba perfectamente recortada pero informal, y me hubiera atrevido incluso a decir que había ido a la peluquería. Si le había dado tiempo a estar así en dos horas, tenía mucho que aprender de él. Estaba claro que no era la más rápida del barrio, pero tampoco empezaba a las doce de la mañana para estar a las ocho de la tarde. Optimizar el tiempo, como las palabras, siempre ha sido una batalla personal de la que no he salido victoriosa en todas las ocasiones. El olor a aquella colonia tan característica suya me recibió, envolviéndome, cuando nos abrazamos para saludarnos. Me coloqué frente a él y me cogió la cara con mucha delicadeza, dándome un beso en los labios.

Antes de Javi no me gustaban los chicos con barba, pero la suya me encantaba. Cuando piensas algo así, te das cuenta de que hay personas que marcan un antes y un después en tu vida: «antes de Javi», «antes de Laux»...

—Feliz Navidad, chica impuntual. Estás muy guapa —me dijo muy bajito, como con vergüenza.

—Feliz Navidad, señor bombero.

«¿Por qué has dicho eso?», pensé, sin poder retirar de mi mente una imagen supersexi de Javi vestido de uniforme con una manguera larguísima entre las manos que desvirtuaba su aspecto tímido.

—¿Qué te ha traído Papá Noel? —me preguntó, ilusionado.

Le mostré mi muñeca, con un reloj de oro rosa muy elegante que me había regalado mi madre. Entonces, le conté atropelladamente que mis hermanos me habían regalado una cámara de fotos Polaroid rosa, le hablé de los disfraces de Papá Noel que había comprado a los gatos y lo que me había costado ponérselos y, por supuesto, le mostré una foto en el móvil de aquellos dos michis adorables con su gorrito incluido. Sin darme cuenta, llevaba un buen rato hablando desde el asiento del copiloto y él todavía ni había arrancado el coche. Para mi gran sorpresa, cuando de forma irremediable tuve que respirar para seguir hablando, él aprovechó el impás para sacar de debajo del asiento un paquete perfectamente envuelto que no me esperaba en absoluto.

—Nooooooo, no puede serrrrr, ¡yo no te he comprado nada!

Sé que conocéis esa sensación de desear que la tierra te trague y te escupa en tu cama diez días más tarde. Me sentí muy decepcionada conmigo por no haber pensado ni un solo segundo en tener un detalle con él, pero es que aquello no me lo habría esperado ni en mis mejores sueños. 

—¡No pasa nada! Los regalos no se hacen esperando algo a cambio. —Javi le intentó quitar importancia al asunto para no hacerme sentir mal, pero me sentí aún peor.

—Jooo, Javi, qué mal. Todo mal.

—Que no, tonta. Ábrelo, a ver si te gusta.

Y vaya si me gustó. Era un estuchito con una edición especial de La sombra del viento de Carlos Ruiz Zafón, uno de mis escritores favoritos. Me pareció un detallazo, y se lo hice saber con un gran beso y un abrazo, no sin antes darme un buen golpe con el freno de mano de camino a su boca. Maldita torpeza.

—¡Esta noche te invito a cenar! —le dije rápido.

—¡No hace falta! Eso sí, elige tú el sitio, que no me ha dado tiempo de mirar nada y tampoco conozco muchos lugares.

—Ja, ja, ja. Eso está hecho. ¡Tira p’allá!

Nos miramos al segundo. Los dos relacionamos ese «tirapallá» con el bar de Dalt Vila, que tan buenos recuerdos nos traía de cuando nos conocimos en Ibiza. Nos reímos, cómplices. Arrancó y le di las indicaciones para ir por el camino por el que sabía que veríamos por primera vez juntos las luces de Navidad más espectaculares de Madrid.

Javi estaba emocionado. Le encantaba la decoración navideña. En cada semáforo que parábamos contemplaba la iluminación, disfrutando de ella, hasta que algún pitido de otro coche impaciente le sacaba de su ensoñación. Madrid se viste de bri­llibrilli cada Navidad para deleite de quienes, como las urracas, amamos todo lo que brilla.

Por supuesto, cuando llegamos al restaurante había un magnífico hueco para aparcar delante de la puerta, esperándonos. Sonreí para mí, diciéndome que mi padre me habría custodiado aquel sitio.

Aquella fue otra maravillosa cena con Javi, tanto que me hizo pensar que tenía que haber gato encerrado. Naturalmente, las primeras citas casi siempre son muy buenas porque ambas personas intentan dar lo mejor de sí mismas y eso hace que todo fluya de manera natural. Y digo «casi siempre» porque he tenido algunas que podrían haber batido algún tipo de récord Guinness en cuanto a las ganas que tenía de volverme a casa. Pero con Javi no fue así; estábamos tan cómodos charlando que me daba hasta miedo. Hay una palabra que designa el miedo irracional a ser feliz: «querofobia». Como otras muchas fobias y filias, es una palabra que no aparece todavía en los diccionarios, no sé si porque en la RAE no la sufren o porque, dada la cantidad, no se pueden recoger ni acuñar términos específicos para todas las fobias irracionales que sufrimos los seres humanos. Prueba de ello es que no existe ninguna palabra que exprese el miedo a que se acabe un libro y no vuelvas a saber más de sus personajes. Puestos a inventar, yo diría que sería algo parecido a «novelofobia», por no hablar de la pena que te produce llegar al final. Y es que hay personajes de libros que te caen mejor que algunas personas.

El caso es que recuerdo aquellas primeras citas con esa sensación injustificada de que algo tenía que salir mal, de que no podía ser todo tan perfecto. Lo llevaba pensando desde que le conocí en Ibiza. Siempre me pareció un chico muy educado, muy normal, sin grandes pretensiones, demasiado guapo, pero sin ser consciente de ello o, al menos, sin darse aires de grandeza como otros hombres con los que había estado. Dicen que, al final, la querofobia es fruto de las experiencias pasadas vividas, donde ya has sentido la felicidad absoluta y, en algún momento, te ha sido arrebatada. Si lo piensas, el hecho de sentirla es positivo y precioso a la vez, porque significa que en algún momento de tu vida ya has sido tan feliz que vives con el miedo a que esa felicidad desaparezca otra vez; es más, tienes esa sensación justo cuando te estás acercando a la felicidad máxima, lo cual te hace valorar ese momento.

Y mientras debatía conmigo misma acerca de estas cuestiones, el camarero dejó la cuenta sobre la mesa. Javi fue a cogerla, pero le aparté la mano con rapidez. Habíamos quedado en que iba a invitarle a cenar: era lo mínimo que podía hacer tras no haber tenido ningún regalo de Papá Noel preparado. Así que me dispuse a pagar... o, al menos, eso era lo que yo pensaba.

—Javi, soy lo peor. Me he debido de dejar la cartera en casa. ¡No está en el bolso! —le dije mientras sacaba sobre la mesa todas las cosas que llevaba, bastante apurada.

—No te preocupes —me comentó amablemente, mientras se llevaba la mano a su cartera.

—¡Qué desastre soy!

—Venga, que no pasa nada. Ahora sé dónde vives: puedo ir a cobrarme la deuda.

—Ja, ja, ja. Vale, pero a la próxima cena invito yo —respondí con una de esas ridículas frases estándar que dice una persona que quiere quedar bien y que la otra persona puede interpretar con un «no te preocupes, que no va a haber próxima». Nada más lejos de la realidad.

—Te iba a decir que si me invitabas a una copa, pero viendo que tampoco puedes, te tendré que invitar yo.

Sonreímos los dos. Me gustaba verle así, bromeando. Era tímido, y aquellos comentarios tontos, pero sanos, nos acercaban aún más, ofreciéndonos un colchón para sentirnos cómodos. Colchón, cómodos..., en qué estaría yo pensando.

Y nos fuimos a tomar una copa. En concreto, me tomé tres, una de ellas la de Javi, quien siquiera la probó porque tenía que conducir.

Nos reímos muchísimo y se nos pasaron las horas volando, como lo hace mi dignidad con el primer chupito de tequila, que por suerte esa noche no tomé. Agradecí mucho que a él no le hubiese parecido tan buena idea pedirlos, cuando yo ya se lo había insinuado al camarero. Y quien dice insinuar dice que se los había pedido directamente. Si mi acompañante hubiese sido Laura, aquella noche no hubiese tenido el mismo final. Así que pedí una botella de agua. Fue la mejor decisión, porque las horas siguieron pasando en buena compañía y con la dignidad intacta.

Cuando quisimos darnos cuenta, el bar estaba cerrando y éramos los únicos que seguíamos allí. Bueno, nosotros y un grupo con pelucas y matasuegras en una esquina, dándolo todo. Teníamos las manos entrelazadas y nos besábamos de vez en cuando, quizá elevando un poquito la intensidad a medida que avanzaban las horas.

Se ofreció a llevarme a casa cuando la música del último bar se apagó. Durante el camino se hizo un silencio que ambos llenamos en nuestras mentes con la pregunta de si subiría a mi casa o no. Hice un repaso mental de lo que me diría cada una de mis amigas.

Con Laux no había duda: «¡Que suba, chiqui, que suba! ¡Y que se te suba encima!». Lucía diría: «A ver, tu horóscopo de hoy dice que debes lanzarte sin miedo, pero mirando de reojo dónde vas a caer». Y Sara, por supuesto, preguntaría: «Javi era el de Ibiza, ¿no?». ¡Ah, sí! Olvidaba a Pol, quien sería bastante más directo y bruto: «Fóllatelo y déjate de tonterías, que ya eres mayorcita».

Cuando llegamos al portal, el silencio se hizo más denso, tanto que el aire podía masticarse. Yo estaba nerviosa, pero notaba que él, sin duda, también lo estaba. Era increíble ver a dos personas con más de treinta años y, aun así, nerviosos como quinceañeros. Y qué bien sentaba volver a los quince y saborear de nuevo esa chispa incontrolable o lo que quisiera que fuese aquello.

—¿Quieres subir? —le dije rápido, sin dejar más espacio a las dudas.

Él me miró a los ojos y me dijo que le encantaría. Aparcamos el coche y nos colocamos frente a mi portal, como dos vecinos que acababan de coincidir en la puerta, mirando para ambos lados, como si estuviésemos haciendo algo ilegal o saliendo del supermercado por la salida sin compra.

Busqué rápidamente las llaves en mi bolso, pero con ellas había pasado lo mismito que con mi monedero: me las había dejado en casa.

—Joder, Javi... —dije en un claro tono de apuro.

Él debió de entender que me lo había pensado mejor y que no quería que subiese, así que me dijo con rapidez que no me preocupase, que él se iba a casa y que no pasaba nada.

—No, no, Javi: ¡que me he dejado las llaves dentro de casa! —Es­taba a punto de echarme a llorar.

—Ja, ja, ja. Bueno, no pasa nada. Estarán al lado de la cartera.

La verdad era que Javi llevaba una noche bastante sembrado con las bromas.

—¿Hay alguien que tenga una copia? —preguntó.

—Mi madre, pero no voy a llamarla de madrugada...

—No, claro que no.

Se hizo un silencio incómodo que Javi completó con sutileza:

—¿Quieres que vayamos a mi casa? Serán unas horas. Mañana te acerco a casa de tu madre y coges las llaves con tranquilidad.

No parecía un mal plan. Total, si ya había decidido que quería que subiese a mi casa y que probablemente se quedase a dormir, lo único que cambiaba en este momento era el escenario. Aunque hubiese preferido poder ir a mi baño, tener mi cepillo de dientes, el cargador del móvil... En fin, me hubiese gustado tener esas pequeñas necesidades mínimas, pero todo no podía ser. Benditas bragas de repuesto que llevo siempre en el bolso para, al menos, poder marcharme con unas bragas distintas al día siguiente. Eso sí, lo que no me apetecía nada y me daba muchísima pereza era tener que coincidir con Dani, el compañero de piso con aspecto de dedicarse al mundo del porno. De hecho, Javi lo notó sin que llegara a insinuárselo.

—No te preocupes por Dani, se ha ido a Sevilla a pasar las Navidades con su familia y no está en casa. Y si te lo estás preguntando, la respuesta es sí: ha dejado sus esposas en la cama. Así que podemos cogerlas sin que se entere.

Solté una sonora carcajada que al instante tapé con las manos, dada la hora que era. Imaginarme a Javi, con su enorme cuerpo, atado a la cama con las esposas que Dani tenía en su habitación, lejos de darme ningún morbo, me parecía de lo más cómico.

Aquel chiste relajó mucho el ambiente.

—Es una broma, ¿no? —pregunté. Con estas cosas nunca se sabe y, más que atarle a la cama, lo que quería era tenerlo con libertad de movimientos.

Javi sonrió por respuesta.

Hay que reconocer que era la primera vez que subía a su piso y estaba algo nerviosa. La casa era muy acogedora, decorada en blanco y madera. Con gusto. Desde la puerta de la entrada, un pasillo muy largo avanzaba hasta la cocina y el baño. Al otro lado se encontraba un salón bastante grande, presidido por una pantalla enorme, con un sofá bastante pequeño comparado con el televisor. Al fondo había dos habitaciones, ambas con las puertas cerradas, una a la izquierda y otra a la derecha. Pegadas pared con pared. Mentalmente, jugué a adivinar cuál sería la de Javi sin tener ninguna pista, y fallé, porque él se dirigió a la puerta de la derecha para dejar los abrigos y yo había apostado por la de la izquierda.

Con la tontería, se nos había hecho bastante tarde, y a mí ya no me apetecía ni siquiera tomarme esa típica última copa que se ofrece en estos casos. Me quedé en el salón de pie, con el bolso puesto, sin saber qué hacer, mientras él estaba dentro de su habitación, imaginé que colocando las cosas.

—Menos mal que tenía la cama hecha y las cosas recogidas —me dijo.

—Yo soy una obsesa del orden. Hacer la cama es lo primero que hago al levantarme, después de ventilar.

—Yo también —contestó, mientras pude ver cómo encendía un radiador pequeñito para calentar la habitación.

—Creo que hacer la cama siempre es el comienzo de un día ordenado. Los días que no la hago por pereza, parece como que las cosas no están en su sitio.

—Somos iguales en eso —respondió con una sonrisa.

Conocer a alguien a estas edades es como sentarte a ver una película que están echando en la tele, pero que has pillado a la mitad. A priori te atrae porque sale un actor que te suena de algo y que además está muy bueno, pero no sabes de qué va la trama porque no has visto el comienzo. Te vas preguntando de vez en cuando cosas como «¿este es el malo?» y agradeces los típicos resúmenes que los guionistas hacen a mitad de peli para los espectadores despistados. En ese momento me sentía muy interesada, como una espectadora fuera de juego, pero con muchas ganas de continuar viendo esa película con aquel protagonista que poco tenía que envidiar a Brad Pitt.

Nos sentamos en su cama, yo con el bolso todavía puesto, y nos besamos, poco a poco, lenta y cómodamente. El bolso comenzó a resbalar por mi brazo y rodó hasta el suelo. Javi lo miró sobresaltado por el golpe.

—No te preocupes, que de ahí no pasa —dije mientras cogía de nuevo su cara con suavidad, tocando su barba con dos dedos.

En ese momento, acariciándonos con los ojos cerrados, noté cómo ambos intentábamos descubrir más del otro a través de las manos. Las de Javi eran enormes. Había visto muchas películas donde las personas ciegas tocaban la cara de su interlocutor para reconocerlo, pero siempre había pensado que era una exageración. Dicen que cuando anulas uno de tus sentidos, el resto se estimula mucho más. Y allí estaba yo, con la cara de Javi entre las manos y los ojos cerrados, intentando saberlo todo de él, como si estuviese leyendo el horóscopo en su barba.

Una de sus manos bajó por mi cuello hasta la espalda, recostándome suavemente sobre la cama. Si fuese una película, le habría arrancado la camisa, me hubiera desabrochado el sujetador con una mano y nos estaríamos empotrando contra la pared. Dándolo todo. Pero cuando no lo es, hay inseguridades por ambas partes, miedos, incertidumbre y, por supuesto, preliminares.

Pese a ese titubeo inicial al pensar que te vas a desnudar delante de una persona por primera vez, me moría de ganas de sentir a Javi dentro de mí, piel con piel, y de recorrer su cuerpo entero.

Casi sin querer, quizá fruto de esa inseguridad, busqué un interruptor para apagar la luz de la lámpara del techo y crear un ambiente algo más íntimo.

—Eres preciosa, lo sabes, ¿verdad? —me dijo cuando me estiré hasta el interruptor, quizá notando por qué lo hacía.

En ese momento, Javi apagó la luz de la habitación y encendió la pequeña lámpara de la mesilla, que bañó nuestros cuerpos de una forma más acogedora y cálida, haciéndome sentir más tranquila y segura.

Sus ojos, que me contemplaban en la penumbra, me decían que realmente me veía hermosa, y sus manos, colocadas en mis caderas y bajando por mis piernas, aún vestidas, lo confirmaban. Las palabras pueden ser falsas, pero la intención en los ojos nunca lo es. Y los suyos reflejaban deseo sincero. Aunque siempre he estado segura de mí misma, ha habido y habrá situaciones en las que me pueda sentir más vulnerable, y que la otra persona te haga sentir confortable cuando eso pasa ayuda mucho, por lo que agradecí aquellas palabras y aquel gesto.

Cuando se detuvo en mi pecho, colaboré para librarme del vestido, que era bastante ceñido y de cuello vuelto, difícil de quitar sin mi ayuda. Al sacar la cabeza, me despeiné por completo como una cría pequeña desorientada, pero eso no pareció importarle. Javi se mordió el labio con apetito, lo cual sí que empezaba a removerme por dentro. Poco a poco, opté por desabrochar los botones de su camisa (que era preciosa, por lo que arrancárselos hubiese sido un desperdicio). Su pecho apareció despacio, mostrando unos abdominales definidos, marcados lo suficiente como para que mis manos saltasen entre ellos. Entonces fui yo la que pasó a morderse el labio. Nuestras miradas, ya casi desnudos, se cruzaron durante un segundo. Un escalofrío atravesó mi espalda al ver de nuevo el gesto en su boca, repetido mil veces más. Recorrer su cuerpo con los ojos confirmaba lo que antes veía a través de las manos, recreándome en sus brazos y en su culo, pasando mis largas uñas por su piel. Recordé momentos en Ibiza, bañándonos en la playa el último día, disfrutando de la sal de sus labios. Y con ese recuerdo en mi cabeza, aprovechando, ahora así, para saborearlo por completo, me dejé llevar.

Me relajé entre sus manos y dejé la vergüenza en casa, junto a las llaves y la cartera. Los besos y caricias por todo el cuerpo, con mucha calma, dieron lugar a un sexo que comenzó muy despacio pero que, a medida que pasaban los minutos y el sudor nacía en pleno diciembre, era más intenso. Tanto que incluso grité más de la cuenta en algún momento para ser las cinco de la madrugada y terminé en un momento inolvidable, como lo son siempre las primeras veces con una persona con la que tienes una conexión especial.

Hacer el amor con él me había gustado muchísimo porque había sido como era Javi, dulce pero fuerte al mismo tiempo. No me arrancó la ropa, pero me ofreció un hueco para sentirme cómoda aquella primera vez; y en ese hueco estuve muy cómoda, no una vez, sino varias. Cuatro o cinco (perdí la cuenta). Siempre a base de mordiscos, pero mordiscos suaves, de deseo, porque Javi mordía todo lo que deseaba.

Cuando terminamos, respiré un segundo y salté de la cama hacia el baño, buscando un momento de intimidad. Afortunadamente, estaba ordenado, aunque se notaba a la legua que pertenecía a dos hombres. La bañera tenía un par de botes y no doscientos cincuenta, como la mía. No había ni rastro de secadores de pelo, pero sí maquinillas, geles de afeitar, la colonia de Javi en la estantería —junto con otra que di por sentado que pertenecería a Dani y que confirmé, curiosa de mí—, que olía a pachuli.

Cuando volví, él estaba tumbado en la cama y me recibió con una sonrisa, haciéndome un hueco a su lado, colocando su brazo como si fuese una almohada donde mi cabeza encajó a la perfección. Pocos momentos te hacen darte cuenta de que una persona está hecha para ti como la primera vez que notas que vuestros cuerpos encajan sin fricciones. Cierto es que en los comienzos de toda relación te da igual que se te duerma un brazo o se te monte un gemelo con tal de dormir abrazada a esa persona, pero con el paso del tiempo, cuando las relaciones avanzan, las piezas que en su día encajaron a la perfección cogen holgura, y buscas tu espacio para descansar y madrugar al día siguiente.

Hablamos durante un ratito, inmersos en esa nueva confianza recién estrenada y que volvimos a reestrenar por la mañana varias veces. Habíamos dormido abrazados, y comprobé que no roncaba; ni siquiera respiraba fuerte. Era una delicia dormir con él, al menos eso pensaba en aquel momento... La vida me estaba regalando a un tío así para quitármelo a los seis meses, en plan: «Ahora que ya sabes lo que es bueno, te jodes». Gracias, vida, por ser tan hija de puta.

Cuando nos levantamos, de muy buen humor, desayunamos en la cocina.

Javi preparó café para los dos y me encantó conocer detallitos sobre él, como que lo tomaba casi solo, con una gotita de leche, mientras que yo le echaba más leche que café. Cuando vas descubriendo los gustos de una persona que estás conociendo, esa cotidianidad a veces pasa desapercibida, pero para las personas como yo, que nos bebemos la vida a sorbitos, es un disfrute continuo.

Soy de las que se encuentra cómoda en lo cotidiano. Adoro las rutinas, disfruto vivir en las zonas de confort que se generan cuando lo sabes todo de alguien. Se nos invita a salir de ella constantemente, pero a veces pienso que, si hubiese que salir de la zona de confort, se llamaría zona de mierda, y no es así.

Al acabar de desayunar, Javi metió las cosas en el lavavajillas al momento, sin dejarlas en el fregadero.

—Soy megaordenada, yo también lo meto todo en el lavavajillas al momento...

—Yo coloco cada cubierto en su cubículo: los tenedores con los tenedores, las cucharas con las cucharas...

—¿Acaso hay otra manera de colocarlos? —le dije mientras nos reíamos, conscientes de que no todo el mundo compartía esas manías.

Mientras me hacía ilusiones viviendo rutinas que me quedaban preciosas, no podía evitar pensar que era un poco absurdo disfrutarlas si en seis meses no íbamos a seguir compartiéndolas. En ese momento, Javi se acercó por detrás y me abrazó con fuerza, llevando mis dudas al mismo sitio que mis bragas. Las cuales, por cierto, estaba tocando, enredando sus dedos en el lateral.

—¿Te has cambiado de bragas? Las de ayer eran rojas —me dijo mientras jugueteaba con el encaje de mis bragas negras en la cocina.

—Sí, bueno... Es que siempre llevo unas de repuesto en el bolso... Soy muy previsora.

—Ya veo... Eres de ese tipo de personas que salen de casa con dos bragas pero sin llaves.

Ambos nos descojonamos y volvimos a la habitación porque sabíamos que a los dos nos gustaba cumplir la rutina de hacer la cama por las mañanas. Así que hicimos el amor y luego la cama.

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