Contando atardeceres

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PARTE I. MADRID » 7. Javi. La vida es como el jazz… es mejor cuando improvisas

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Javi

La vida es como el jazz... 

es mejor cuando improvisas.

 

 

—Entonces ¿ya te la has folla...? —me preguntó Iván, gritando en mitad de la terminal de llegadas, casi al mismo nivel que su querida Laura.

Tuve que interrumpirle antes de que terminara.

—Joder, Iván, qué bruto eres, coño. Baja la voz, que estamos en el aeropuerto.

Iván comenzó a reírse de manera estrepitosa. No me extrañaba que se llevase tan bien con ella: entre los dos sumaban más decibelios que la sirena del camión de bomberos cuando teníamos un aviso.

—Joder, es que después de todo el tiempo que habéis moñeado... Ya era hora.

—Pero si apenas nos conocíamos. Solo de los días que pasamos en Ibiza.

—Suficiente. Estáis hecho el uno para el otro —sentenció antes de abrazarme con fuerza.

Aquella tarde su avión había aterrizado puntual, y el plan iba según lo previsto para llegar por sorpresa al cumpleaños de Laura. Todo acelerado, sin pausa, como estaban siendo mis primeras semanas en Madrid, más intensas en apenas unos días que mis últimos cinco años en Ibiza.

Respondiendo a la pregunta de Iván, sí, habíamos follado, pero los dos, no yo a ella. Hay un matiz importantísimo en eso.

En el coche, de camino, le confesé que me encantó hacerlo con ella, sentir su pequeño cuerpo entre mis manos. Tenía confianza de sobra como para expresarme así con él, aunque, con según qué frases, se riese de mí. Y, pese a que entendí de sobra que no era más que la misma rutina del «código» absurdo que aparece de vez en cuando entre nosotros para marcar esa pose de hombres, no pude evitar dejárselo claro:

—Iván, tío, sobre tu pregunta de antes: eso está feo. No te follas a las tías; en todo caso, folláis. En plural, ¿sabes?

—Bueno, bueno, el madrileño enamorado. Perdone usted, no se me soliviante.

Le miré con mi cara de chico responsable para que entendiera que no estaba bromeando.

—Vale, estoy de acuerdo.

Me mantuve en silencio. Iván reaccionó.

—¿Qué quieres que diga? ¿Que no estoy de acuerdo? Pero si estoy de acuerdo. Joder, estoy de acuerdo, así que deja de mirarme con esa cara... Como la mirases así a ella, no sé cómo no salió corriendo.

—¿Quieres que te ponga la cara con la que la miro a ella...?

—No, no... Déjalo, me hago a la idea. Y no es una imagen agradable en mi cabeza... Seguro que eres de los que se muerde el labio.

Iván y yo nos reímos a carcajadas y continuamos hablando como siempre.

Dentro de nuestra amistad, Iván tenía el rol de macho ibérico con masculinidad frágil y yo el de tío sensible y tímido. No me importaba lo más mínimo: él era mucho más que esas etiquetas impostadas y yo lo sabía. Estábamos cómodos en nuestros papeles y éramos capaces de reírnos de ello. Sabíamos que en ocasiones solo decíamos lo que se esperaba de nosotros.

No creo que haya mayor forma de demostrar inteligencia que saber cuándo hacerte el tonto, tal y como lo aparentaba Iván en según qué casos y conversaciones. En absoluto era un idiota, sino un hombre de mundo, leído, que siempre sabía cómo comportarse; no en vano tenía uno de los negocios más importantes de la isla, donde el saber estar y la educación eran fundamentales, aparte de una mente abierta y saludable por su propia historia. En el fondo, aunque mi amigo me dijese que estaba apollardado con todo el tema de la rubia, sabía que se alegraba por mí porque me veía emocionado, además de que toda esta historia le brindaba una oportunidad de oro para estar con Laura. Y él la adoraba.

Desde que me había trasladado a Madrid con la permuta, el contacto entre nosotros era casi diario, más incluso que cuando vivíamos en Ibiza, y le había ido avanzando todos los detalles de nuestro reencuentro. Su forma de ver las cosas, siempre con ese punto de humor, lo hacía todo más fácil cuando me sentía solo. Y en ese momento, que lo tenía cerca, mucho más.

—Bueno, entonces, ¿le vas a pedir matrimonio ya o qué?

—Claro, ya estamos preparando el viaje de novios.

—No será a Ibiza, ¿no? —dijo mientras se reía de nuevo.

Qué facilidad tenía para soltar la broma adecuada en el momento preciso. No sabía yo si meses más tarde se iba a reír tanto de esta conversación.

—¿No te da palo que vayamos al cumpleaños sin conocer a nadie? —le pregunté, porque, a mí me daba un poco de vergüenza.

—¿Por qué? Joder, si las conocemos a ellas. En Ibiza estuvo muy bien. Y no es que sean precisamente unas tías introvertidas. Además, ya sabes que hablamos a menudo por WhatsApp.

—¿A menudo? Has pasado de «a veces» a «de vez en cuando» y, ahora, a «a menudo».

Iván se quedó en silencio.

—Hostia... A ver si el que está apollardado eres tú.

Iván respondió con una sonrisa de oreja a oreja. Para él, ver a Laura era un chute de energía, a pesar de que ambos tenían sus posturas muy claras. Todas las posturas. Ellos sí se habían acostado juntos en Ibiza, mientras que nosotros estábamos yendo más despacio. Sin prisa, pero sin pausa.

—No veas el show el día que nos las encontramos en la cena de Madrid...

—Ya, me lo ha contado. Me imagino el «chocho» que montaría, como ella dice.

—Los compañeros bomberos todavía hacen bromas con la que lio. Por cierto, más de uno intentó ligársela sin tanto éxito como tú.

—Bueno, es que yo no tenía intención de ligármela, solo pasó. Físicamente me gustó, pero no la conocía.

—Pues para no conocerla... Fue arrancar y no parar.

—Es que Laura y yo nos pensamos menos las cosas que vosotros, que me da a mí que le dais más vueltas a todo que las aspas de un molino.

Y no le faltaba razón. Al menos por mi parte. La rubia me atraía una barbaridad, sexualmente habíamos conectado de maravilla y emocionalmente la cosa fluía. Sin duda, había sido todo un acierto venir a Madrid, pero...

—¿Y qué harás cuando te tengas que volver? —dijo Iván haciendo la pregunta acertada, esta vez en el momento ina-decuado.

—No lo sé... —respondí con sinceridad—. No lo sé.

Aunque me rayaba pensar que tenía una fecha de caducidad, que llegaría más tarde o más temprano, de momento no quería darle más vueltas a algo en lo que no pensé cuando tomé la decisión de venir. Lo hice porque necesita encontrarme de nuevo con ella y de momento no había nada más escrito en mi hoja de ruta.

—Bueno, pues ya se verá —sentenció Iván, que andaba loco por llegar y bajarse del coche.

 

 

 

Sinceramente, nunca había oído gritar a nadie tanto como a Laura cuando me vio llegar con Iván. Y dado que trabajo viendo situaciones de todo tipo en incendios y que me muevo en un camión de bomberos que tiene una sirena con un sonido atronador, tenía el listón bien alto.

Iván y Laura se abrazaron, en plural, y se plantaron un beso en los morros delante de todo el bar que los dejó secos.

—Tía, tía, tía, tía, tía. ¡No te putocreo! O sea, es mi primera fiesta de cumpleaños sorpresa y todo es ROSA. O sea, el garito entero es ROSA y encima viene Ivanovich.

Ya no solo es que la decoración fuese de ese color en todas sus tonalidades, es que hasta el papel higiénico lo era. Desatada, Laura se abrazó a un globo con forma de corazón para acabar metiéndoselo entre las piernas, montándolo como si fuese un caballo, mientras nos abrazaba cogiéndonos por el cuello. Una estampa para la posteridad.

No hacía falta ser muy listo para darse cuenta de que Laura e Iván compartían algo. Ambos tenían una coraza, la que mostraban al mundo: ella con su «chiqui» y su «tía, tía, tía» e Iván con sus bromas absurdas. Eran como dos personajes en sí mismos que escondían mucho más en su interior. En el tiempo que compartimos en Ibiza con ellas, vimos a una Laura alocada subida encima de una mesa como si fuese una tarima, pero conocimos también a una apasionada del jazz y, en concreto, del talento innato de Chet Baker.

Después de zafarme de Laura, la rubia se me acercó. Su presencia destacaba entre toda la gente que había en el bar, pese a no llegar al metro sesenta. Cuando se detuvo frente a mí, la visualicé en mi mente, casi sin querer, completamente desnuda. Se colocó a mi lado y me rozó el brazo con suavidad.

—Si os llama «tía», es que ya os considera amigos de verdad —dijo con ese tono de voz que tanto me gustaba.

—A Iván se lo ha dejado muy claro...

Sonrió y me besó. Suave, casi en la comisura de los labios, seductora, lo opuesto a lo que acabábamos de vivir en primera persona entre Laux e Iván, no solo nosotros dos, sino todos los que estaban en aquella fiesta y que nos miraban como si los dos recién llegados fuésemos la atracción de feria aquella noche.

—¿Quieres que te presente en sociedad o prefieres beber un par de cervezas antes? —me dijo, haciendo más llevadera la situación.

—¿Solo hay cervezas? —pregunté.

—No, también puedes tomar una copita de vino o agüita, como los niños buenos... —respondió ella con una media sonrisa de lo más sensual.

No habíamos tenido ni medio acercamiento sexual y yo ya estaba visualizando el final de la película.

—Vayamos, pues —asentí, nervioso por enfrentarme por primera vez a todos sus amigos.

Los primeros fueron Pol y su novio Jaume. Se presentaron como sus vecinos. Y cuando digo «se presentaron», me refiero a que se presentó Pol, porque a Jaume no le dejó abrir la boca ni un segundo. Me contó apasionadamente que era quien cuidaba las plantas de la rubia porque, según él: «A esta muchacha se le mueren hasta los cactus». Era muy sarcástico e irónico. Sí, ambas cosas a la vez, porque, como me dejó muy claro en varias ocasiones —unas doce, que yo recuerde—, son complementarias y distintas.

Copa en mano y con el meñique arriba, nos soltó un animado monólogo donde defendía que la ironía era cosa de pobres, mientras que para ser sarcástico había que tener dinero. Era imposible no reírte a carcajadas con él cuando soltaba esas burradas.

—Pol siempre dice que madrugar no es de guapas, como digo yo —le interrumpió ella.

—Es que madrugar es de pobres, rubia —respondí al instante.

—¡Madrugar es de idiotas! —concluyó Pol, mientras se ponía un chupito de cerveza y mascullaba entre dientes: «Llamadme excéntrico, si queréis».

La rubia me confirmó que Pol era un experto jardinero, o que de eso se jactaba. Y yo, que algo entendía de plantas gracias a los consejos de mi yaya y al huerto que tenía en casa, encontré un punto en común con él para hablar durante un buen rato. No es que no quisiese charlar con los demás, pero yo necesito mi tiempo para socializar y empatizar con la gente, buscando un nexo de unión por pequeño que sea. No como Iván, quien, en cuanto me descuidé, estaba subido a una mesa con Laux, copa en mano, junto con otro par de personas, dando rienda suelta a cada una de sus cómicas coreografías. Mi carácter, más pausado, agradecía una posición dentro de la fiesta donde me sintiese seguro y bajo el paraguas de una conversación cómoda. Para ello, Pol, pasados los cinco minutos iniciales, era perfecto.

También conocí un poco más a sus otras dos amigas, Lucía y Sara. Ya nos habíamos visto en aquella cena en el restaurante de Madrid donde nos encontramos fortuitamente, pero habíamos hablado muy poco. Ambas se mostraron curiosas ante mi presencia, rodeándome sibilinamente como lo haría un gato cuando le atraes con un juguete nuevo. Me sentía como un nuevo miembro de la manada en un documental de La 2, al que olían para saber si al final formaría parte del grupo. Siendo realista, era lo más normal del mundo. En cierto modo, Iván y yo éramos una especie de «intrusos» dentro de su hábitat natural. La novedad de aquel día.

—Me encanta Ibiza —me dijo Sara en un tono amable.

—A mí me gustan mucho más las Canarias; Ibiza es demasiado comercial. Te lo digo como lo siento —sentenció Lucía.

—Lanzarote es espectacular —contesté sin ánimo de competir entre islas ni entre amigas.

—Yo estuve con la rubia hace tiempo en Ibiza y me encantó. Tengo muchas ganas de volver. —Sara me echó un cable.

—Pues Iván me contó una cosa muy graciosa que le pasó con el tema de las islas —anuncié—. Unos abuelos alemanes fueron a una de sus casas de alquiler y, cuando se despedían, les preguntó qué tal se lo habían pasado, que si repetirían otro año. Los abuelitos le dijeron que habían estado de maravilla, pero que al año siguiente querían ir a conocer las Baleares. Iván se quedó un poco a cuadros y les dijo que ya estaban en las Baleares... Y ellos le respondieron que estaban en la Palma. «Claro, en Palma de Mallorca», les respondió Iván, observando la cara de sorpresa de los ancianos, quienes pensaban que habían reservado sus vacaciones en La Palma, pero pensando que era la isla canaria, cuando habían pasado quince días en Palma de Mallorca...

Sara y yo nos reímos a pleno pulmón. Esa anécdota nunca fallaba cuando se trataba de romper el hielo. No podíamos parar de reír, mientras Lucía se mantenía inerte como un jarrón sin flores.

—¿Qué signo eres? —me preguntó de repente, aunque intuía que ya lo sabía.

—Tauro.

—Vale, compartimos signo y a la rubia. Ojito, ¿eh? —Me miró con insistencia, como si pudiera ver dentro de mí... y me acojonó. No le hizo falta el típico gesto de broma de llevarse los dedos medio e índice a los ojos, como diciendo «Te estoy vigilando, chaval». Me acojonó de verdad solo con sus profundos ojos castaños. Tenía pinta de dominar las artes oscuras mejor que Voldemort.

—Ah, por cierto —dijo antes de irse—. Me ha hecho gracia lo de los alemanes... la anécdota que has contado. No lo he expresado mucho, pero quería decirte que está muy bien. Me he reído por dentro.

No supe qué responder a eso.

La verdad es que aquella noche todos fueron encantadores conmigo y consiguieron que me sintiera como si nos conociésemos de toda la vida. Incluso me animé a echarme unos bailes con Iván, marca de la casa, que tantas veces habíamos ensayado en Ibiza. Se esmeraron para que la noche fuese divertida y agradable. Laux y la rubia estaban en su salsa. Derrochaban felicidad y olor a rosa —no la flor, sino el color— por los cuatro costados. Hasta ese momento no sabía que podían existir tantas cosas con ese Pantone. Como dijo la rubia aquella noche, en más de una ocasión, con alguna copa de más en el cuerpo: «Yo lo tengo claro, si es rosa y brilla, lo quiero».

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