Contando atardeceres
PARTE I. MADRID » 8. Novia de acogida. Aquella que sale con una persona hasta que esta encuentra el amor definitivo en otra.
Página 13 de 56
8
Novia de acogida
Aquella que sale con una persona hasta que
esta encuentra el amor definitivo en otra.
Me lavé la cara, que todavía tenía purpurina rosa de la noche anterior a juego con la que había en el suelo del baño. El cumpleaños de Laura había sido un fiestón épico. Alberto estaba tremendamente orgulloso de su creación rosa y no era para menos: las fotos de aquella fiesta inundaron nuestras redes sociales durante varios días e incluso sirvieron para que otras personas le contratasen para organizar eventos posteriores. Laura estuvo emocionadísima y revolucionada toda la noche, como si fuese a cámara rápida, intentando estar en todos los grupos a la vez, participando de todas las conversaciones. No quería perderse nada. Todo esto mientras se subía de vez en cuando a las mesas con una copa en la mano y una corona de plástico rosa de dudosa calidad en la cabeza. Estaba plena, bailando y bautizándonos a todos desde lo alto con lo que estuviese bebiendo en ese momento, disfrutando como solo lo sabe hacer quien sigue cuidando a su niña interior.
De hecho, en una de las fotos que subimos a nuestras redes, muy orgullosas de salir con nuestras coronas y rodeadas de globos, alguien nos dejó una indirecta en forma de comentario que nos dejó un poco ojipláticas: «Parece una fiesta infantil».
Hay personas que utilizan el adjetivo «infantil» aplicado a personas adultas con connotaciones negativas, como si fuese algo malo seguir teniendo presente a la niña que un día fuiste. Cuando ocurre esto siempre recuerdo una gran frase del libro El Principito: «Todos los mayores han sido primero niños, pero pocos lo recuerdan». Las que tenemos la suerte de conservar esa sensación a menudo solemos ser tachadas de cursis o ñoñas, pero cuando alguien me dice que soy infantil, me voy a peinar a mi unicornio y se me pasa.
Por supuesto, ambas ignoramos ese comentario en aquella foto, nos reímos y contestamos a todos los demás. Desde entonces, pusimos especial cuidado a seguir dándole a nuestras niñas interiores el espacio que se merecen dentro de nuestra vida adulta. Y es que, al final, la vida va un poco de intentar aprovechar los momentos en los que puedes ir vestida con un tutú.
Esa mañana mi móvil sonó a primera hora. Era Laux, con su típica voz ronca de después de haber salido de noche tras haber cantado hasta un bingo que no era ni línea.
—Se acaba de ir Iván de casa —me dijo entre risas y medio tosiendo.
Es algo que ya sabía, puesto que Javi se acababa de ir de la mía para recogerle, pero dejé que me siguiese contando. Esto siempre funciona de maravilla con Laura cuando quiero sacarle información. Solo hay que dejar un silencio incómodo, que ella rellena sin problemas contándote cada vez más detalles del asunto, y el asunto para ella esa mañana era Iván.
—Buah, tía, vaya noche. Muchas gracias por todo, amiga. Es lo último que me esperaba. Menudo sorpresón.
—Anda, tonta, es lo mínimo que te mereces. A todos nos ha encantado organizarte la fiesta. Con tu consabido gusto por el rosa, eres muy fácil de satisfacer.
—Perdona, guapa, pero eso de que soy fácil de satisfacer debería de decirlo Iván ahora y no creo que opine lo mismo. —Se rio sonoramente tras decirlo, casi ahogándose con su propia risa y con las toses.
—Qué perra estás hecha.
—Por cierto... ¿Hola? ¿Podemos comentar lo de anoche? ¿En qué momento Javi e Iván se pusieron a bailar como auténticos profesionales? Me quedé a rombos, tía.
Laura no se queda a cuadros, Laura se queda a rombos.
—Ja, ja, ja. Yo también flipé. A Javi no le pegaba nada hacerlo así de bien, o eso pensaba yo. Me doy cuenta de que todavía no le conozco nada.
—Fiuuuu, cuándo dices «hacerlo así de bien»... ¿Seguimos hablando del baile?
—Sí, claro.
—Pues ya sabes lo que dicen de los que bailan bien... y eso se cumple siempre al cien por mil, ¿verdad?
Los porcentajes de Laura tampoco son al cien por cien, son al cien por mil.
—Ja, ja, ja. Me niego a contarte mis intimidades con Javier.
—Uh, uuuuuh..., que ahora es Javier, no Javi... Bueno, bueno, bueno... ¿Va a llevar él tus apellidos o tú los tuyos? Yo creo que a vuestros hijos les pega más llamarse...
—Qué tonta estás —le interrumpí para que no siguiese diciendo mi apellido unido al suyo.
—Ja, ja, ja. No vas a cambiar nunca, rubia, siempre tan especial...
—Ni tu tampoco, siempre tan... ¡perra!
—Ja, ja, ja. ¿Para qué voy a cambiar? Si así soy perfecta.
Laura y yo colgamos con un buen sabor de boca. Cada una con el suyo. Esa mañana me regocijé en otros aspectos de la noche que (espero) pasaron desapercibidos para los demás. Recordé el momento en el que Javi se acercó sutilmente y me dijo al oído, con un susurro vibrante, lo hermosa y sexi que estaba con mi vestido rosa y cuánto se estaba acordando de mi piel desnuda en la cama la noche anterior. Bonita combinación esa de «hermosa y sexi», que me hizo sentir tremendamente bien conmigo misma. Qué reconfortantes y necesarias son las palabras bonitas en según qué momentos y qué poco nos prodigamos con ellas. Siempre he pensado que caemos con demasiada facilidad en el reproche más que en el halago. Cuando era pequeña, mi padre siempre me enseñaba una palabra preciosa nueva del diccionario cada día. Las incluía hábilmente en nuestras conversaciones para que yo le preguntase por su significado. Eran palabras llenas de amor y cariño como «lindeza», «meliflua» o «bonhomía» que quedaron guardadas en mi mente y que no dudo en utilizar con otras personas a la mínima oportunidad que se me presenta. Todas nos merecemos que nos regalen al menos una palabra preciosa cada día.
Javi había incluido dos esa noche: «hermosa» y «sexi». Mientras que la primera vino acompañada de una caricia sobre mi pelo, la segunda hizo acto de presencia cuando coincidimos de camino al baño del bar. Sin saber muy bien cómo, acabamos en el servicio de las mujeres, colocándome contra la puerta y besándome con deseo, con fuerza, chocando nuestros dientes y mordiéndonos las bocas. La cosa no fue a más porque alguien tocó a la puerta y escuchamos unas risas fuera. Le miré a los ojos y le vi sufrir, incómodo, muerto de la vergüenza, ante lo que parecía un momento de locura transitoria que rápidamente volvió de nuevo a la normalidad. Incluso me pidió perdón y no puede evitar reírme al verle tan tímido siendo tan grande... él. La vergüenza de Javi era algo que me atraía mucho y me encantaba ver cómo, de vez en cuando, muy pocas veces a decir verdad, pero muchas aquella noche, se salía de su papel original de chico cohibido y se daba un homenaje de personalidad como en aquel baño o bailando en una perfecta coreografía con Iván.
Cuando terminó la fiesta y supimos que Iván se iba a casa de Laura en vez de volver con Javi, casi sin preguntar, sino dándolo por hecho, nos fuimos a mi casa. Esta vez sí tuve la decencia de llevar conmigo el monedero y las llaves, por lo que por fin pudimos dormir juntos en mi cama. Y hablo de dormir juntos, cuando la realidad fue que hicimos muchas otras cosas, entre ellas, hablamos durante horas.
Aquella noche nos seguimos conociendo poco a poco, despacio, porque yo no quería correr, no quería ir más rápido de lo que mi corazón latía, que ya era bastante. Quería saborear cada particularidad que escondía la personalidad de Javi, que a todas luces parecía encantadora.
Acariciándonos muy juntos, no solo por placer, sino por necesidad, en una cama de uno treinta y cinco con un hombre de bastante más de uno ochenta, descubrí que Javi era una caja de sorpresas cuando me dijo, como si nada, que se le daba fenomenal cocinar, en especial las croquetas.
«¿Dónde hay que firmar?», pensé.
—¿Y cómo es que sabes hacer croquetas? —le pregunté, dando por sentado que lo del baile debía de ser algo genético por haber nacido en Ibiza.
—Mi yaya me enseñó de pequeño. Las de setas son mi especialidad.
—¿De verdad sabes bailar y hacer croquetas? ¿Eso es posible? —insistí alucinada.
No os voy a engañar, yo no es que baile con gran destreza. Me muevo con una única coreografía que adapto según la música y con eso voy tirando. En cuanto a cocinar, tengo mis recursos, pero desde luego las croquetas son mi asignatura pendiente. Siempre he conseguido que sean otros los autores de tan magna obra culinaria y yo me he dedicado pacientemente a disfrutar de ellas.
—Ja, ja, ja. Bueno, también sé hacer otras cosas más aburridas.
—Ilústrame —respondí, deseosa de conocer más.
—Bueno, sé bajar por una barra de descenso en cuestión de segundos cuando tenemos una emergencia, pero es que todavía no hemos hablado de ello.
Al momento lo visualicé vestido de bombero y mi mente libidinosa sufrió un miniorgasmo. La verdad es que me sorprendí a mí misma con una imaginación prodigiosa. Yo, que empezaba a sentir algo por Javi mucho más allá de lo físico, en aquel momento no podía dejar de dar rienda suelta a mi fantasía después de la noche anterior. Y es que todavía nos quedaban muchas conversaciones por tener y muchos huecos que completar en mi cabeza con información real, y no solo con aquellos brazos que bien parecían dos pilares de cemento armado... muy bien armado. Tenía razón, había mucho de lo que todavía no habíamos hablado y estaba deseando hacerlo.
—¿Lo de las barras para bajar rápido existe de verdad?
—¡Claro! ¿Quieres saber el curiosísimo origen de esas barras? —Javi hizo hincapié en la palabra «curiosísimo» para dar énfasis a su historia.
—¡Por supuesto! —respondí interesada acomodándome entre las almohadas.
Javi me relató, como si fuese un cuento, la historia de cómo antiguamente no existían los camiones de bomberos tal y como los conocemos ahora:
—Antes iban en coches de caballos —dijo con pasión por su trabajo—. Por eso, en vez de garajes para los camiones, tenían establos donde convivían con los animales.
Me contó que, antiguamente, las estaciones de bomberos solían contar con varios pisos: en la planta baja estaban los caballos y los carruajes; en la intermedia hacían vida los bomberos, y en la superior se almacenaba el heno para alimentar a los animales, con el fin de que estuviese libre de humedades.
Continuó con su cuento:
—La cosa es que era muy común que los caballos subiesen por la escalera para intentar comer a deshoras, como tú, que seguro que ahora mismo te apetecen unas croquetas.
Desde luego, haber estado hablando de ello me había abierto el apetito de muchas cosas, entre ellas, de croquetas. Asentí y él siguió contando su historia.
—Al fin y al cabo, esto era inevitable porque los animales se mueven por hambre y por instinto, así que los caballos se pasaban el día pululando por la estación y se lo cargaban todo.
—Y me quejo yo de los gatos, que tiran todo lo que está a su alcance, imagínate un caballo por casa...
—Ja, ja, ja. Pues sí. Entonces, tuvieron que cambiar las escaleras tradicionales por unas de caracol para que los animales no pudiesen subir por ellas, buscando la paja. El problema es que esas escaleras de caracol tampoco eran lo más práctico para los bomberos cuando tenían que bajar rápidamente por un aviso porque al final provocaban caídas, además de que se tardaba mucho tiempo en bajarlas porque no eran operativas.
—Un tobogán acuático no era una opción, ¿no? —dije imaginándome a los bomberos, felices, dejándose caer como en un parque acuático.
—Ja, ja, ja. En verano no lo descartaría.
—Perdona, sigue, que te he interrumpido —dije, intrigada por el desenlace de la historia.
—Un día, un bombero estaba en la planta de arriba colocando el heno cuando sonó la alarma. Dio la casualidad de que por el centro de la escalera había un pilar del edificio. No se lo pensó dos veces y se deslizó por él hasta llegar abajo.
—¿Eso dónde fue?
—En Chicago, ¿por?
—Ja, ja, ja, no sé, por situarme geográficamente. No es lo mismo que ocurra en Chicago que en Wisconsin.
—¿Por qué no?
—No sé, como que de Chicago me lo creo... Wisconsin me generaría dudas.
—Ja, ja, ja. Mira que eres porfiadora, ¿eh? Seguro que de pequeña eras la típica que le hacía mil preguntas a la profesora cuando acababa de explicar.
—Ja, ja, ja. Tal cual. Le hacía tantas preguntas que conseguía que dudara hasta de sí misma.
Me hizo mucha gracia que me calase tan rápido con todo. Javi sabía escuchar y te escrutaba con la mirada. Eso le aportaba muchísima información sobre cómo eran las personas, sin llegar a juzgarlas.
Con el paso del tiempo me di cuenta de que sabía más cosas de mí que yo misma, solo porque me escuchaba atentamente. Siempre he apreciado a las personas como Javi o Sara, con esa generosidad de permitirte el tiempo necesario para expresarte, ya sea para contar un chiste de los que se alarga en el tiempo porque no te acuerdas y te acabas riendo tú sola contando el final, como para mostrar tus sentimientos más profundos.
—Bueno, ¿quieres saber el final de la historia o no? —me dijo entre risas.
—Claro, claro. Estoy esperando a ver si llega la parte romántica.
—Esa parte la ponemos tú y yo luego.
Javi me guiñó el ojo y siguió hablando. Estábamos los dos comodísimos, no solo por estar en la cama.
—Sigamos con los bomberos de la estación 21 de Chicago. Con el tiempo, todos adoptaron la táctica de aquel primer bombero que bajaba a los avisos por el pilar y se ganaron la fama de ser los más rápidos en llegar a todas las emergencias. Rápidamente se dieron cuenta de que era por aquella técnica de bajada. Por eso, poco a poco, se fueron instalando en el resto de las estaciones, primero de madera y después de bronce.
—Jo, qué curioso. ¿Y hoy se sigue utilizando en todas partes?
—No en todas, porque te pegas unas buenas hostias contra el suelo, dependiendo de la altura, aunque haya una colchoneta abajo.
—¿Y la parte romántica?
—Bueno, es que no me dejas terminar. Entonces, el bombero Javier Ferrer de la Orden... —dijo acercándose sutilmente.
—¿Te apellidas «Ferrer de la Orden»? —respondí sorprendida, cortándole.
—Sí, ¿por?
—No, por saber si el «de» responde a algún título nobiliario y eres famoso. Yo siempre he sido una chica muy celosa de mi anonimato. No me gustaría salir en las fotos de los paparazzi —dije en broma, cambiando de tema.
—Ja, ja, ja. No te preocupes, que eso no va a pasar.
«Eso espero», pensé.
Gracias a Facebook, conocía el primero de sus apellidos, pero no el segundo. Las redes sociales son el tráiler de las personas, pero algunas se lo curran mucho y después la película es una mierda, mientras que otras no preparan mucho el resumen de su propia vida y tienes que verla completa para saber si te va a gustar o no.
Javi era una buena película, de eso no tenía duda —ya había comprado una bolsa de palomitas para comérmela a su lado—, pero él no era de currarse el tráiler, al menos en las redes sociales.
La parte romántica de la historia llegó en forma de besos y sexo en la cama, conmigo como actriz principal y con Javi como coprotagonista. Solo nos faltó la barra de los bomberos para intentar hacer un poco de pole dance.
Esa noche, me mostré un poco más segura de mí misma que la primera vez. Además, Javi no hizo otra cosa que reafirmarme en ello constantemente con su deseo. Lo notaba por cómo recorría mi cuerpo con sus dedos y la forma con la que me miraba. Así que, en esta ocasión, la luz tenue de la mesilla volvió a regalarme un precioso perfil de su torso en todo su esplendor para no perderme ni un solo detalle, no solo de su cuerpo, sino de cada uno de los gestos que hacía cuando se mordía el labio.
Hasta aquí todo bien. Bueno, mejor que bien, no nos vamos a engañar. La sorpresa llegó aquella noche, cuando, una vez dormidos, sobre las cinco de la mañana, Javi empezó a moverse con pequeños espasmos y comenzó a hablar con una voz bastante más grave de la que ya de por sí tenía al mismo tiempo que me empujaba con sus piernas fuera de la cama.
—¡Tírame de mi cama, si ves que tal! —le dije irónicamente cuando estaba a punto de caerme al suelo.
Por un momento, pensé que estaba poseído, pero no. Estaba soñando en voz alta.
—¡Nooooo! ¡Noooooo! ¡¡Por favor!! —gritó, amedrentándome un poquito.
No sé lo que estaría viviendo en aquel sueño, pero lo estaba pasando muy mal y yo estaba muerta de miedo. No sabía si era peligroso despertarle en ese estado, pero lo intenté hacer con mucho cuidado.
—¡¡JAVI!! ¡¡¡JAVIII!!! ¿¡QUÉ COÑO TE PASAAA!? —grité, mientras lo zarandeaba para que se despertase. Bueno, mientras intentaba zarandearle, porque creo que no conseguí desplazarle ni un centímetro de su posición. Quizá no lo hice con tanto cuidado.
—¡Joder! ¿Qué te pasa a ti? —respondió de repente, saliendo del sueño.
—¡Estabas gritando muchísimo! —le dije, aún alterada.
—¿Seguro? —preguntó con tal rotundidad que me hizo dudar hasta de mí.
—¡Sí, claro, joder, sí! —respondí reafirmándome.
—Bueno, no sería nada... —dijo, quedándose tan pancho, como si la cosa no fuera con él, acomodándose de nuevo en la almohada.
En cuestión de segundos, se giró y se quedó dormido de nuevo, haciendo un ruido extrañísimo con la respiración a medio camino entre un ronquido y un animal en celo. Y yo que pensaba que no roncaba...
El volumen de la voz de Javi hablando en sueños solo era equiparable con el de mi amiga Laura. Ahora resultaba que tenía una amiga que gritaba despierta y un ¿novio? que gritaba dormido.
Por suerte, con Javi, en principio, no tendría que dormir en público. Con Laux, sin embargo, era más complicado controlar aquel volumen. Cuando no queríamos pasar la vergüenza inicial de quien escucha por primera vez su «Chiqui» a más de cincuenta decibelios, capaz de romper cristales por la mitad, intentábamos ir a sitios donde teníamos confianza.
Por eso, dos días más tarde, en la despedida de Lucía antes de Fin de Año, fuimos al que considerábamos nuestro bar de confianza, el 54. Lo más importante de ir a aquel sitio es que allí Laura podía ser Laux en todo su esplendor porque ya conocían el volumen de su voz y, llegado el caso, si hacía falta, subían la música para amortiguarlo.
—Tías, me encanta este sitio. Es como mi segunda casa. He hecho caca en el baño y todo —dijo Laux.
—¿Ese dato era necesario? —preguntó Lucía.
—Es lo que tiene ser Laux, que no se guarda nada dentro —añadí, mientras Laura se reía a carcajadas, risa de cerdito incluida.
En aquel momento, al escucharla el camarero desde la barra, y para tranquilidad del resto de las personas sentadas a nuestro alrededor, subieron la música.
El 54 estaba cerca de la discoteca donde Lucía estuvo trabajando una temporada y era ideal para comenzar la noche. Tenía terraza en verano y una zona interior con dos plantas, silloncitos y mesitas cuquis en la parte inferior.
En la terraza exterior pasábamos los veranos al sol arreglando el mundo, mientras que en invierno comenzábamos las noches en la parte de abajo, sitio de los preliminares, donde nos sentíamos cómodas para charlar hasta que decidíamos salir a bailar a cualquiera de las discotecas o pubs de la zona.
Todas teníamos libre el día siguiente para poder estar juntas, sin horarios ni responsabilidades, así que la despedida de Lucía tenía pinta de ser única. Hay momentos que te gustaría atesorar para siempre en alguna parte de tu memoria de la que pudieses echar mano cuando quisieses, y aquella despedida fue sin duda uno de ellos, porque lejos de importar los lugares a los que fuimos o lo que cenamos aquella noche, estábamos juntas.
Yo no destaco por tener una memoria prodigiosa, pero por algún extraño motivo recuerdo todas las fechas que considero especiales: el día que Lauri se marchó a Alemania, el momento en que Bartolo, nuestro gato, llegó a casa siendo una adolescente, mi primera clase de Filosofía en el instituto con un profesor al que adoraba, el primer beso con cada uno de mis novios y, por supuesto, los aniversarios, los cumpleaños de todas mis amigas, las fechas importantes para ellas, el aniversario de mis padres, y las fechas concretas de casi todas las noches inefables; incluso los días que tiene que ir al médico cualquier persona de mi alrededor para después preguntarle qué tal ha ido. Mientras otros tienen memoria fotográfica, yo tengo «memoria fechográfica». Es algo que puede parecer irrelevante, pero recordar aquel 30 de diciembre de 2015 de una forma tan precisa es muy especial, puesto que puedo comparar esa fecha con el resto de los 30 de diciembre de mi vida y darme cuenta de nuestro cambio con el paso de los años.
Aquella noche nuestras conversaciones giraban acerca del balance de los últimos doce meses. Había sido un año lleno de cambios y despedidas, en mi caso marcado por la partida del gran amor de mi vida, mi padre. Había vivido momentos duros, pero también de aprendizaje. A su lado comprendí el significado de disfrutar cada minuto, a valorar cada lunes como si fuese el último y a aceptar todo lo que te llega en la vida de la mejor manera posible. Había ido por primera vez a la ópera con él, también me había despedido de Álex, a cambio de conocer el amor verdadero en forma de amistad con nombre propio: Laura. Todo de la mano de Sara, Lucía y Pol.
—Muy fuerte lo de este año, ¿eh? —dijo Sara, poniéndose más profunda que el copazo que se estaba bebiendo.
—Ya te digo, tía. Si este verano nos dicen que vamos a acabar el año con la rubia ennoviada de otro tío que no fuese Álex, no nos lo hubiésemos creído ni de coña —afirmó Lucía.
—Bueno, bueno, lo de ennoviarse no, tampoco nos pasemos.
—Lo podemos dejar en enchochada —masculló Laura muerta de risa.
—Qué pena que tú no conocieses a Álex, Laux. Estaba buenísimo, pero era todo un personaje... —apuntó Sara de repente.
Todas nos miramos sorprendidas. Lucía incluso llegó a hacer una pequeña performance mirando detrás de ella, a ambos lados, como buscando una cámara oculta. Después de unos segundos de silencio, Lucía no pudo aguantarse.
—¿Es que nadie va a decirle nada? ¿En serio vamos a dejar pasar esto por alto, como si nada, y seguir con nuestras vidas? ¿De verdad esta mujer nunca se entera de nada?
Todas nos reímos a carcajadas, Sara incluida.
—A ver, yo no recuerdo haber estado en ningún sitio compartiendo espacio con Laux y Álex. ¿Qué pasa? —dijo justificándose.
—Ahí no te falta razón, Sarix. Pero sí que conocí a Álex, cuando me lo encontré con la rubia en un garito y le reconocí a cien metros por todas las fotos que había visto de él —recordó Laura.
—Aquello fue épico. Me acuerdo de que le soltaste del tirón todos los seudónimos que usaba en los perfiles falsos que tenía para engañar a nuestra rubi... —añadió Lucía.
—Menudo fantoche... Recuerdo que, incluso cuando le cogí en la mentira, seguía el tío con su pose ridícula de galán venido a menos.
—Joder, es verdad, que lo contasteis en el Dramachat... Es que habláis mucho por allí. Demasiado, diría yo. Es imposible acordarse de todo lo que pasa en ese chat del demonio; ni siquiera es posible leerlo todo —comentó Sara.
—Oye, amiga, dicen que los rabos de pasa son muy buenos para la memoria. Igual tienes que comerte alguno... —dije con una clara intención.
—¡Y los que no son de pasas! —respondió ella, saliendo de sí misma y su personalidad, lanzándose al vacío de la broma.
Todas nos reímos escandalosamente.
—Javi le da mil vueltas en todo. Ahora que lo pienso, rubi, cuando pasó lo de Álex en aquel garito, Javi ya era tu novio, ¿no? Os habíais liado tiempo antes en Ibiza —dijo Laux con la intención de picarme.
—Eres muy graciosa, Laux. Por cierto —contraataqué—, tu novio sí que ya habrá llegado a Ibiza, ¿no? ¿Le has escrito?
—Ivanuski no es mi novio, entre otras cosas, porque ninguno de los dos queremos. Soy libre como un taxi —sentenció, mientras se bebía de un trago la copa de champán que nos estábamos tomando para brindar por la vida—. Eso sí, le escribiré luego, cuando me tome otro champán. Haré lo que a mi vulva le plazca —añadió, riéndose.
—Vaya, que vas a hacer lo que te salga del coño, hablando mal y pronto —dijo Lucía.
—Justo eso, pero más finolis.
—Se le ve muy buen chico. Como con mucha paciencia, ¿no? Hay que tenerla para soportar que un día te llamen Ivanuski, otro Ivanovich, luego Ivanoski... —añadió Sara y todas nos reímos mientras Laux la llamó «Penélope», porque ella no solo jugaba con los nombres, sino también con los parecidos o con lo que se le pasase por la cabeza en aquel momento, y esa noche se empeñó en que Sara podría ser la doble de las escenas peligrosas de Penélope Cruz.
Laux prosiguió con su reflexión cada vez más profunda.
—Reíos, pero la vida está para vivirla. Hoy estamos aquí, mañana quién sabe. Ahora soy «yo», quizá mañana haya un «nosotros», pero para mí esas palabras hoy son solo pronombres.
Todas nos quedamos sorprendidas con su reflexión, que sonaba real y sincera, manteniendo ese silencio incómodo que invitaba a Laux a sincerarse como pocas veces lo hacía estando las cuatro.
—Ahora lo que me pide el cuerpo es pensar en mí —continuó—. No es egoísta, es realista. Hay momentos en la vida para cada uno de los pronombres y yo estoy ahora en mi momento «pronombre personal». Yo, como persona individual y soltera, me divierto y decido lo que me apetece hacer en cada momento. Quizá mañana cambie de opinión, pero es lo que pienso hoy. Y eso que Ivanoski me hace tilín, pero sé que me podría exigir algún sacrificio que ahora mismo no estoy dispuesta a hacer.
—Me gusta eso que dices, amiga. Mañana puede que haya un nosotros, pero hoy es tiempo para nosotras y punto —dijo Lucía, haciendo énfasis en la «a» de «nosotras».
—Pues sí —sentenció Sara mientras levantaba la copa para que brindásemos todas.
Laux tenía toda la razón: si una relación te exige hacer sacrificios, ahí no es. Otra cosa es que quieras construir algo en común con esa persona. En ese caso habrá que hacer esfuerzos, nunca sacrificios. No obstante, de sus palabras se desprendía que Laura estaba hastiada de muchos de los tíos que había conocido últimamente y que no le estaban cuadrando en absoluto, independientemente de que todas sabíamos, además, que Iván le revolvía por dentro más de ese «tilín» que ella decía y que, en cierto modo, le echaba de menos.
—Además, yo es que paso de todo. No voy a estar ni quiero que estén conmigo como el perro del hortelano, que ni come ni deja que te lo coman —sentenció apoteósicamente.
Todas nos reímos a pleno pulmón ante aquel refrán adaptado por Laux, que venía a engrosar la lista de los ya conocidos «Está de toma leche y moja», «Aquí paz y después fius fius» y, por supuesto, «A buenas horas mangas cortas».
—Laura, yo te amo, pero discrepo —le dije con todo mi cariño. Puedes tener una relación preciosa y a la vez mantener tu individualidad, tu tiempo para ti y hacer lo que te apetezca. De hecho, no deberíamos concebir una relación que no fuese así.
—Ya lo sé, amiga, ya lo sé, pero al final, cuando hay plurales, y encima están a quinientos kilómetros de distancia, siempre hay problemas. Y yo ahora mismo no quiero problemas. ¿O no, Lucía? —dijo Laux mientras elevaba su copa para brindar con ella, buscando su aprobación.
—Bueno, yo qué sé. Al final, tener pareja es como tener una mascota: adquieres una responsabilidad —añadió Sara, dejándonos a todas perplejas ante tal revelación.
—Buena comparación, Sara. Ni yo lo hubiese dicho mejor, hostias —dijo Lucía.
—Ja, ja, ja. Qué tontas sois, ya me entendéis. A ver, tengo perros: sé que, si me voy de viaje, tengo que ir a un sitio donde pueda ir con ellos. ¿Que sería más libre, si no los tuviese? Sí, sin duda. Pero lo que me dan a cambio me compensa esa supuesta libertad. Disfruto de otras libertades con ellos, como correr por el campo o tirarles un palo.
—Hay personas que no son capaces ni de ir a por el palo...
Con esa frase y nuestras risas, cerramos una conversación que estaba siendo tan absurda como enriquecedora. Lo importante era que, al final, todas nos llevábamos una reflexión. Cada una con una visión diferente; Sara y yo tirábamos más por el lado de la defensa de la feliz vida en pareja porque era lo que nos ocupaba en ese momento, mientras que Lucía y Laux abogaban por la feliz vida de soltera. Todas hemos estado en un lado o en otro y ninguno es mejor o peor.
Cuando se hicieron las once, Laura nos instó a ir a una discoteca a bailar, lo que nos pareció una gran idea. Era una noche para el disfrute, la última con Lucía hasta que volviese de nuevo a Madrid.
Una vez dentro, nos hicimos nuestro nidito en la zona de reservados, con sillones alrededor donde colocamos los abrigos y bolsos. Era el sitio perfecto, ya que podíamos hablar con tranquilidad porque la música no estaba muy alta y saltar a la pista, si alguna canción lo merecía.
—¿Habéis visto a ese grupo de tíos del reservado de al lado? El morenazo no te quita ojo, Laux...
—Sí, sí, lo tengo fichadísimo... Luchi, tú y yo, que somos las dos solteras del grupo..., ¿damos una chupivuelta?
—¿Una chupivuelta? —preguntó Sara.
—Ja, ja, ja. Claro. Es la evolución natural de la putivuelta, pero con chupitos. Vamos a la barra a pedirnos unos tequilas pasando por delante de ellos... y lo que surja.
—Míralas, las que dicen que no quieren mascota. Y luego, en cuanto ven a un perrito, van directas a acariciarlo... —comentó Sara con cierta ironía.
—Sois más perras...
Laura ladró y nos sacó la lengua mientras se dirigía a la barra, dando pequeños saltitos, con Lucía.
Sara y yo nos quedamos sentadas tranquilamente en nuestro reservado. Aproveché el momento para hacerle el clásico interrogatorio y que se soltase un poco, ya que Sara es de esas personas a la que debes «pinchar» para saber cómo están realmente. Empecé por preguntarle lo típico: qué tal estaba, cómo le iba en el curro, qué tal en la protectora de animales donde colaboraba, y en qué punto estaba con Marcelo, el Mandalas. Vaya, lo mismo que le preguntas al horóscopo: por la salud, el trabajo y el amor. Sara hizo lo mismo que cuando estás leyendo tu signo: saltarte todo lo primero para ir directamente al amor.
—Bueno, pues Marcelo y yo... Ahí vamos.
—¿Y eso es bien o mal?
—Pues vamos... Ni para delante ni para atrás. Tampoco llevamos mucho tiempo, pero nunca quiere hablar del futuro, casi como lo que ha dicho Laura... Y me parece bien, pero llega un momento en el que se necesita poner nombre a ciertas cosas. A ver, cuando nosotras recogemos a un perro o gato abandonado de cualquier aviso y lo llevamos a la protectora, lo primero que hacemos es asignarle un nombre, aunque sea «Chuchi».
Hoy mis amigas estaban especialmente sembradas con las metáforas y las reflexiones, y esta de Sara no se quedaba atrás. Yo misma acababa de huir de la palabra «novios» cuando me lo había dicho Laura, pero en mi caso estaba justificadísimo y era un mecanismo de defensa ante el «ataque» de una amiga y ante mí misma, ya que era muy pronto para saber qué éramos Javi y yo, así, en plural. El tiempo todavía no estaba de mi parte como para ponerle nombre a nuestra relación, pero llevábamos varios días durmiendo juntos y ya tenía experiencia con otros tíos como para percatarme de si la cosa no iba a ir más. No solo por ellos, principalmente por mí.
Continué hablando con Sara, lo cual siempre me resulta sanador por ese tono calmado que emplea, tan alejado del de Laux y Lucía.
—Pues tienes razón con lo de ponerle nombre. Pero ¿y si le pones nombre a la relación, o al perro, y más adelante no era el definitivo o el adecuado?
—Ja, ja, ja. Bueno, a veces pasa con las casas de acogida y los dueños finales. Hay personas que hacen una labor muy importante para ayudarnos en las protectoras: acogen, generalmente a los cachorros, para ser su casa temporal hasta que alguien los adopta y se convierte en su hogar definitivo. Hay veces que quien los adopta les cambia el nombre que nosotros les habíamos puesto... Siempre estamos a tiempo de cambiar.
—¿Y quienes hacen de casa de acogida no acaban quedándose con el perrito?
—Claro, muchas veces... Pero nunca se sabe. A veces solo acogen porque no pueden tener animales de forma permanente o porque quieren ayudar durante un tiempo.
—¿Y cómo se puede saber cuándo será el definitivo o solo algo temporal?
—Mi hermana me dijo una vez que estaba harta de ser «novia de acogida» de los tíos que venían resabiados de otras relaciones. Esos que te dicen que no quieren novia, que te hablan de sus ex, de los que tú sacas su mejor versión y, al final, lo que hacen es usarte de puente entre una relación y otra.
—Ja, ja, ja. Me encanta el concepto. ¿Te imaginas que ahora mismo tú y yo estuviésemos siendo «novias de acogida»? —le pregunté a Sara, a la misma vez que me lo preguntaba a mí y se me cortaba la risa. Maldito concepto acababa de conocer...
—Pues anda que no me ha pasado veces... Pero oye, que el «novio de acogida» también puede ser él. —Sara me guiñó el ojo, o al menos lo intentó.
Le sonreí con cariño.
—No sé, yo espero que con Marcelo sea distinto, la verdad —añadió—. Y el brillo de tus ojos me dice que tú esperas que con Javi también.
Amaba a Sara. Era todo bondad y sencillez para mostrar sus sentimientos y entender los de los demás. Le costaba al principio, pero una vez que entraba en faena, era admirable.
Mi amiga tenía mucha razón. Qué jodido era darme cuenta de que no quería ser novia de acogida. Ese término me sonaba mucho más a Álex que a Javi, pero esa conversación y el hecho de que no le conocía mucho todavía me habían generado dudas. Sara lo notó y se acercó para darme un abrazo que fue de lo más reconfortante.
Cuando nos separamos, vimos a lo lejos a Laux y a Lucía tonteando con el grupo de al lado —quien dice tonteando, dice morreándose cada una con uno—. Viva la libertad y viva la despedida de Lucía, que se iba a llevar, sin duda, un buen sabor de boca final de Madrid.
Fue una pre-Nochevieja preparadísima al detalle. Laura incluso había llevado un racimo de uvas para cada una y las tomamos juntas en aquel improvisado reservado, ante la mirada atónita de todo aquel que pasaba por nuestro lado. Incluso alguna amiga de baño se unió a nuestra celebración, sabiendo que después de aquella noche no volveríamos a vernos (a pesar de habernos jurado amor eterno).
Sara y yo nos fuimos del garito al amanecer. Lucía y Laux se quedaron con sus respectivas «parejas» de aquella noche que, sin duda, acabarían sin nombre. O como mucho apuntados en el móvil con el apellido de la discoteca en la que los habían conocido. Pero esa noche ni Lucía ni Laux buscaban ponerle nombre a nada, como sí lo hacíamos Sara y yo.
Si aquella pre-Nochevieja fue distinta y especial con mis amigas, la Nochevieja también lo fue, aunque en este caso con mi familia y con Javi.
Especial porque cené en casa de mis tíos, con mi madre muy arropada por todos los suyos. Ver cómo sonreía de nuevo después de lo que habíamos pasado era, sin duda, un deseo de Año Nuevo anticipado. Tomamos las uvas, soplamos matasuegras con el típico gorrito de cartón ridículo incluido en todas las bolsas de cotillón baratas y nos abrazamos, dando la bienvenida al año como se merecía: brindando con champán y esperando que lo que estuviera por venir fuese mejor.
Y distinta, porque después de las uvas, cuando mis hermanos y sus familias se fueron a sus respectivas casas, me despedí de mi madre, tíos y primos para pasar el resto de la noche brindando en casa con Javi.
Normalmente, un 31 de diciembre yo llevaría un vestido de lentejuelas que brillase más que mi futuro, lista para beberme la noche en una barra libre, pero esa noche el dress code no era el brillibrilli. A Laura le había tocado guardia ese día, Lucía se había marchado a Asturias, Pol estaba en Lleida con su familia y Sara se iba a una fiesta que organizaba un amigo de Marcelo.
Cuando Javi me propuso pasar la noche juntos, la idea me encantó. Hizo que, al menos por un momento, desapareciesen mis dudas sobre ser novia de acogida. Y es que las dudas son normales en los comienzos de una relación, máxime si partes de la base de que cada uno es de una ciudad distinta, pero él no me estaba dando razones para no disfrutar del momento «a tope» como diría Laux. Y si algo había aprendido aquel año era que la vida está para bebérsela y no guardarse ningún sentimiento.
Así que, después de la salida de la noche anterior, me pareció muy buen plan disfrutar un poco de tranquilidad de la mano de Javi.
Aquella Nochevieja, aunque no llevase lentejuelas ni brillibrilli, me puse elegante. De hecho, elegí un vestido de flecos. Cuando quiero pensar en momentos felices aleatorios, una de las imágenes que evoca mi mente es la mía mirándome en el espejo con aquel vestido. Moviéndome frente a él, disfrutando de cómo cambiaba de forma a cada momento. Como Javi y yo, que empezábamos a cambiar nuestro pronombre personal, dejando atrás 2015 envueltos en besos, complicidad, sexo y brindis con champán, durmiendo juntos por tercera vez en menos de dos semanas.
Y es que nadie puede estar triste llevando un vestido de flecos.