Contando atardeceres

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PARTE I. MADRID » 9. Una relación es como un tiburón… tiene que estar continuamente avanzando o se muere

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Una relación es como un tiburón...

... tiene que estar continuamente avanzando o se muere.

Ya lo dijo Woody Allen: «Una relación es como un tiburón: tiene que estar continuamente avanzando o se muere». Pues así lo hacía la nuestra: progresaba adecuadamente y sin descanso, de la misma forma que caminaba aquel 2016.

Javi estaba siempre en mis planes. Independientemente de que no tuviera hecha su vida en Madrid, más allá de su madre y sus compañeros del trabajo, a mí me apetecía pasar el mayor tiempo posible con él. Así que yo estaba encantada de que se uniera a todo lo que yo hacía, convirtiéndose en uno más del grupo, lo que hizo que nuestra relación fuese más estrecha de lo normal.

Pol fue quien desde el principio hizo mejores migas con él; muchas veces salíamos a cenar los cuatro en plan parejitas y el carácter tímido de Javi unido al sarcasmo de Pol era una combinación explosiva y muy divertida. Además, su compañero de piso..., digamos que no era el adalid de la convivencia. No parecía especialmente limpio, y en su cama se realizaban todo tipo de prácticas sexuales algo ruidosas, cosa que a Javi le parecía fenomenal, pero siempre que le dejaran dormir después de una guardia, algo que no pasaba muy habitualmente. A veces eran sus compañeros de trabajo; otras, algún actor o actriz de figuración; y otras, gente de una app a la que estaba apuntado con fetichismos sexuales más concretos. Pero nunca se estaba quieto.

Todo esto hacía que Javi no pudiera pegar ojo durante varios días de la semana y que prefiriera dormir más en mi cama que en la suya, lo que a mí, por otro lado, no me importaba en absoluto.

Durante aquellos primeros meses aproveché todo ese tiempo que nos regalábamos para descubrirle Madrid, mi Madrid, el que más me gustaba, el que era una mezcla del que sale en las guías turísticas y es accesible a todo el mundo, y el que guardaba algún rincón secreto entre sus calles. Un Madrid único y especial, si lo contemplas con la persona correcta: el de los paseos infinitos por el Retiro, los restaurantes más románticos en azoteas y las puestas de sol incomparables desde el templo de Debod.

Siempre me he considerado una enamorada de los atardeces y con Javi aquel entusiasmo se multiplicó por dos. Él también era un apasionado y siempre que hablaba de ellos, lo hacía de una manera diferente porque siempre lo enfocaba desde la perspectiva de quien ve ponerse el sol sobre el mar. En Madrid, el cielo se teñía de un azul, rosa, naranja y rojo diferentes a sus azules, rosas, naranjas y rojos de Ibiza, y además el sol se ponía sobre edificios, parques, puentes y carreteras. Con él fotografié algunos, pero hubo otros tantos que vimos sin dejar registro fehaciente porque nos estábamos besando. Esos los guardamos en la retina, para nosotros y para siempre. Recuerdo de manera clara y nítida aquel primer beso con el atardecer de cala Benirrás como testigo; por eso, cualquier puesta de sol que veíamos, la hacíamos nuestra. Y es que así son los comienzos de las relaciones: te besas de manera furtiva en cada momento, a cada minuto y en cada banco. Con el tiempo, por supuesto, los besos nunca desaparecen o, al menos, nunca deberían hacerlo, pero los del comienzo tienen una especie de código especial que los deja cincelados para siempre en el recuerdo.

—Muchas veces doy la vuelta a Es Vedrà con el kayak para ver el mejor atardecer de toda la isla —dijo Javi mientras contemplábamos el ocaso desde el mirador de la Cornisa del Palacio Real.

—Me encanta esa roca. Me parece mágica. Laux me llevó una vez al mirador de cala d´Hort para verla y nos quedamos asombradas.

—Esa zona está genial, pero es la más turística. Hay una más escondida que apenas conoce nadie.

Se veía que Javi disfrutaba hablando de cada rincón de su isla. Estábamos contemplando un atardecer precioso en Madrid, pero su mente le trasladaba a los que había disfrutado en Ibiza. Sonreí, comprendiendo que quizá me ocurriría lo mismo con mi ciudad.

—¿Sabes lo que más me gusta de los atardeceres? —me preguntó mirándome directamente a los ojos.

Le devolví la mirada y utilicé mi silencio como respuesta.

—Que todos los observamos sin poder controlarlos. No puedes pretender que el sol se detenga o llegue a ocultarse más rápido, y en ningún caso se va a retrasar por ti. Los atardeceres no esperan por nada ni por nadie. Son cuando son y como son, y todos tenemos asumido que si no estás preparado para verlos, se esfuman. ¿Hay algo que sea más egoísta y hermoso a la vez?

No le faltaba razón. No todos los atardeceres iban a esperar a que los disfrutásemos juntos, pero tampoco lo hace la vida, y nosotros estábamos exprimiéndola al máximo desde que nos habíamos reencontrado.

Con la llegada de un buen tiempo prematuro, nos lanzamos a las calles con mucha más energía. Y es que fue un invierno atípico en el que solo hizo bastante frío los meses de diciembre, enero y las primeras semanas de febrero. De repente, se instauró una especie de primavera adelantada que nos permitió incluso comer en terrazas al sol en manga corta.

Con el clima a nuestro favor, sacamos también a pasear no solo nuestros sentimientos, que iban hirviendo a fuego lento, sino también a mi querida y pequeña moto rosa, que había comprado tras romper con Álex. Soy consciente de que muchas personas se cortan el pelo para cerrar ciclos, pero yo, para superar a un tío que solo me dejaba ir como paquete de su moto, me compré la mía propia. Eso sí, una que me permitía llegar al suelo cuando tenía que pararme en los semáforos. Era de segunda mano, pequeña y rosa, pero era feliz con ella. Me llevaba a todas partes, con lo cual cumplía su función. Su color iba a juego con la cazadora que en su día me regaló mi padre y que aún conservaba. Estaba claro que no iba a quedárseme pequeña.

La imagen de Javi detrás de mí en aquella moto resultaba a todas luces cómica; él, tan grande y con unos brazos tan enormes que podría haber conducido la moto desde atrás, si hubiese querido, y yo tan minúscula en la parte delantera, que parecía como si un padre hubiese sacado a su hija de paseo en bici. Pero iba feliz, contemplando la ciudad a través de lo que el casco nos permitía. Eso sí: yo siempre le dejé conducir mi moto, no como Álex, que prácticamente ni me dejaba acercarme a la suya. Como dijo Javi: «La vida es demasiada corta como para no conducir una moto de color rosa al menos por una vez».

A él le apasionaba conducir, además le encantaba hacerlo con todo tipo de vehículos. En Ibiza llevaba un buggy, un todoterreno, una moto de campo, un quad, además de su propio coche, aunque siempre parecía molesto porque no le dejaban coger el camión de bomberos. Cuando íbamos en coche en trayectos largos, ya fuese en el suyo o en el mío, casi siempre conducía él, ya que además de que era algo que le complacía, tenía una gran orientación, y ese no era un don que a mí me hubiese sido otorgado al nacer.

—¡Gira a la derecha!

—Rubia, por ahí no es. Hay que seguir recto un buen rato todavía.

—Pero ¿cómo puedes saberlo, si no eres de aquí y no hemos puesto el GPS?

—Ja, ja, ja. Porque vinimos la semana pasada y me acuerdo.

Qué portento de memoria, ya la quisiera yo para mí. Mi relación con el GPS era casi más tóxica que la que tenía con el despertador.

—¿Y no hay que girar ahora a la derecha? —Le reté con la mirada.

—Bueno, casi casi aciertas. Es a la izquierda.

—¿Cómo puede ser que conozcas Madrid casi mejor que yo?

—Porque para mí es muy importante conocer la ciudad por mi trabajo. Tenemos que ser rápidos.

—Cada minuto cuenta —dije, queriendo hacerme partícipe de la conversación.

—No es que cada minuto cuente, es que cuenta cada segundo —afirmó con rotundidad.

Estaba claro que amaba su trabajo. Tenía un brillo especial en la mirada cuando hablaba de él: se notaba a kilómetros su entrega y vocación.

Admiraba mucho a Javi en el plano profesional, que a la vez formaba parte del plano personal, ya que era muy generoso. No solo conmigo, también con sus amigos, los compañeros o su familia, aunque nunca hablaba de su padre. Entendí que no podrías ser bombero sin esa característica, puesto que antepones las vidas de los demás a la tuya, llegado el caso, y aquello me parecía admirable.

Decía Platón que la base del amor era la admiración mutua entre dos personas cuyas cualidades se complementan. Además, sostenía que el amor es la motivación que nos lleva a intentar conocer la belleza de las personas, sin referirse con ello a la belleza física, sino a la del alma. Cuando te paras a pensarlo, la definición del amor de Platón es distinta a la que todos conocemos como «amor platónico», que quizá solo idealiza relaciones, sin más.

A todas luces, Javi era mi amor, pero la versión de Platón, no la platónica actual. Eso no quita que Javi no tuviera sus pequeños defectos como todo hijo de vecino. Cuanto más lo conocía y más tiempo pasábamos juntos, mi calidad de sueño más se reducía debido a sus gritos nocturnos. Además, dejaba continuamente encharcado el suelo cuando se duchaba y a veces era un poco cabezota. Pero ¿quién busca la perfección? Vivo feliz siendo consciente de que rozo mucho más las columnas de los parkings que la perfección.

Lo importante era que encajábamos a la perfección y que nos adaptábamos sin sacrificios, motivados únicamente por el puro placer de ver la felicidad en la cara del otro. Ese es el verdadero amor.

Estábamos tan cómodos que conseguimos crearnos una rutina donde pasábamos juntos tres noches seguidas y otras tantas separados, bien porque tenía guardias, bien porque habíamos hecho planes por separado, bien porque quería estar sola, sin más. Tener espacio para una misma es fundamental. No solo mental, sino también físico, y nuestras casas no eran precisamente grandes como para tener varios ambientes. Que la mía no tuviera ni un pasillo dejaba claro el tipo de concepto abierto en el que vivía y del que los hermanos Scott se sentirían orgullosos.

—¿Dónde me vas a llevar a cenar? —me preguntaba Javi cada noche, deseoso de conocer la ciudad.

A veces, las relaciones, como las vacaciones, se basan únicamente en hacer planes para comer o cenar, y eso, para las que somos libra e inseguras, es una indecisión constante. Frases como «¿dónde cenamos?» o, aún peor, «¿qué cenamos?» son un clásico de las relaciones de pareja que a mí me dan pavor, sobre todo la segunda, ya que no se me da especialmente bien cocinar. De hecho, mi mejor receta para la tortilla de patatas es que la cocine otra persona. Por otro lado, la de Javi era espectacular: gordita, suave, jugosa... sí, estoy hablando de su tortilla, ¿eh?; no os distraigáis.

Cada noche que cenábamos juntos en casa me sorprendía con un plato distinto, siendo muy recurrentes los croissants de verduras. Demostraba mucho tino para elegir las mejores frutas y verduras en el supermercado, todas en su punto, y, además, tenía la paciencia y destreza necesarias para cortarlas muy finas. Se desenvolvía a la perfección entre los fuegos de mi diminuta cocina. Su día a día se desarrollaba con dos uniformes: el de bombero y mi delantal rosa con lunares de flamenca que le quedaba como tacón al pie.

—¿Se puede saber dónde has aprendido a cocinar así? ¿No habrás estado en MasterChef y no me he enterado? —pregunté una noche, tremendamente intrigada.

—Ja, ja, ja. Para nada... Todo me lo ha enseñado mi yaya.

—¿La de las croquetas?

—La misma. Si mi yaya fuera a MasterChef, le daba un repaso a más de uno.

Me encantaba como se refería a su abuela como «yaya». Era un apodo muy cariñoso y particular. Me mostraba a un Javi más niño y me daba una información única de lo vinculado que estaba con ella.

—¿Has pensado en cocinar solo con el mandil? —Creo que lo dije en alto, cuando solo quería pensarlo.

—Así, hablando un poco de todo, ¿no? —dijo sorprendido blandiendo una espátula de madera en su mano.

—¡Perdona, no quería decir eso! —dije avergonzada—. Quería decir que si habías pensado en cocinar solo con el mandil puesto.

Javi se quedó contrariado un segundo, para acto seguido descojonarnos de la risa. Mientras, muerto de vergüenza con su timidez aflorando, pero dando más espacio a sus ganas de divertirse y divertirme, Javi se desnudaba en el salón de mi casa quedándose exclusivamente con mi precioso delantal de lunares rosa. Al verlo en mitad del salón, tan mono, lo tumbé sobre el sofá. Bueno, más que tumbarlo, le indiqué que quería que se tumbase. Estoy segura de que aunque pusiera todas mis fuerzas en empujarle, no le movería ni un centímetro del sitio.

Recostados en el sofá nos abrazamos. Yo le comenté de repente, como quien no quiere la cosa:

—No soy muy fan yo de San Valentín, pero... podríamos hacer algo especial, ¿no?

Javi me miró sorprendido.

—¿Cómo que no eres muy fan? ¡Yo soy superfán de San Valentín! No me digas que eres del rollo de que hay que demostrarlo todos los días, que es un invento de las multinacionales para vender... —me soltó de repente.

—No, no, para nada. Yo sí que soy fan de San Valentín, lo que pasa es que...

—Sí, claro, ahora eres la fan número uno de San Valentín...

—Te lo juro, pregúntame lo que quieras.

Sí. Aquello sonó tremendamente ridículo. ¿Qué me iba a preguntar de San Valentín? Es más, ¿qué iba a responder, si no tenía ni idea? Si lo único que yo quería era tener una excusa para hacer algo especial con él.

Javi debió de notar que me estaba marcando un farol porque me miró y sonrió con cariño.

—Pues ya está. Habrá que celebrarlo... Eso sí, deja que te prepare una sorpresa. 

—Vale, pero solo si te incluye desnudo con ese mandil...

Javi volvió a sonreír como solo él sabía hacerlo. Le miré a los ojos.

—¿Soy para ti una novia de acogida? —le dije de repente, sorprendiéndome a mí misma.

—Una... ¿qué? —preguntó completamente confundido.

—Una novia puente, de esas que sacan lo mejor de ti y luego... —respondí a medias.

Javi cambió el gesto durante un segundo. Se mostró serio, concentrado. Se incorporó y se tomó su tiempo para responderme.

—Rubia, si hay alguien aquí que tiene miedo de ser un novio de acogida soy yo.

Javi se acercó. Me besó tan dulce y tan sensual que nos quedamos hipnotizados, mientras que un humo negro comenzó a salir de la cocina.

—Javi, no es por romper este momento, pero creo que se está quemando la cocina.

—¡Hostias, los pimientos!

Javi se levantó del sofá dejando a la vista su pequeño y precioso culo mientras corría hacia la cocina. En aquel momento no eran los pimientos lo único que ardía. Menos mal que tenía a mano un bombero en casa por si pasaba algo.

 

 

 

Decía Mario Benedetti: «Es casi ley: los amores eternos son los más breves». Yo he tenido rollos de menos de una semana y los recuerdo como si hubiesen durado años. Y es que hay personas con las que dura más el recuerdo que el tiempo que estuvisteis juntos. Personas a las que te aferras pensando en lo que podía haber sido y no fue. En aquel momento, mirando a Javi en la cocina defenderse de una sartén llena de humo, no sabía si aquella sería una relación breve o un recuerdo eterno, pero estaba decidida a disfrutar de cada uno de los días, con sus correspondientes noches, que se me presentasen con él.

 

 

 

—He hecho una docena de croquetas y he comprado una caja de seis botellas de Lambrusco. ¿Cómo lo ves? —me preguntó en su casa, la noche de San Valentín.

—Seis botellas está bien, pero ¿tú qué vas a beber?

Javi se quedó descolocado por segundos hasta que entendió la broma. Ambos nos reíamos mucho con ese tipo de chistes tan tontos. Creo que si algo forjó la base de nuestra relación fue el humor absurdo y el sexo a deshoras.

Aquel San Valentín, tras comernos las croquetas, aún teníamos hambre para devorarnos el uno al otro. Tres copas de vino por cabeza y la tensión sexual que había en el ambiente hicieron que una cosa llevase a la otra. Javi me estaba desnudando cuando casi sin querer miré el reloj, apurada.

—Son las once. ¿No estará Dani a punto de llegar del rodaje?

Javi se detuvo durante un segundo y pude ver como se estaba mordiendo el labio.

—Tiene que estar a punto, sí.

No era el único que estaba a punto. Yo ya sabía que cuando Javi se mordía el labio era una declaración de intenciones, al igual que mi ropa interior conjuntada y elegida con sumo detalle siempre que sabía que iba a verle.

Me cogió en brazos, envolví su cintura con las piernas y me empotró contra la puerta que separaba las dos habitaciones de la casa, aunque lo hizo con la delicadeza justa para que mi espalda no sufriese la embestida. Me mordió la boca y me metió en su habitación, cerrando la puerta, por suerte, justo cuando el ruido de las llaves de Dani sonó fuera de la casa.

Nuestros cuerpos cayeron a plomo sobre la cama y Javi volvió a encender la tenue luz de la mesilla. Era como más cómoda me sentía y él ya lo sabía. Todas tenemos nuestras inseguridades, muchas de ellas solo percibidas por nosotras mismas, pero son nuestras al fin y al cabo, y es importante que seamos no solo conscientes, sino capaces de enfrentarnos a ellas.

Pasado un tiempo, esa luz tenue de la mesilla inundó toda la habitación y me quité la ropa frente a él con total confianza. Al final te das cuenta de que desnudarte de verdad no consiste ni mucho menos en desvestirse, sino en que te vean por dentro tal y como eres.

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