Contando atardeceres
PARTE I. MADRID » 10. De Madrid al cielo. Hay personas que son como tocar el cielo con las manos
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De Madrid al cielo
Hay personas que son como tocar el cielo con las manos.
Aquella primavera mi vida era un compendio de intentos por compatibilizar agendas, tareas, planes y horarios con todo el mundo, y Javi los tenía completamente distintos a los míos. Él seguía con su rutina de guardias y jornadas de veinticuatro horas de trabajo, durmiendo a deshoras, y yo madrugaba toda la semana, así que, cuando quedábamos hacíamos el esfuerzo, que no el sacrificio, de cuadrar nuestros horarios como podíamos. En resumidas cuentas, en la cama, hacíamos mucho el amor, pero dormíamos poco.
No éramos los únicos que descansábamos poco por aquel entonces. Con el paso del tiempo, el sol apenas tenía tiempo para dormir. Los días se alargaban, y desde hacía tiempo venía notando que poquito a poco ganábamos unos minutos más de sol. Eso era algo que se hacía patente porque la luz entraba a raudales por las ventanas cuando Javi y yo dormíamos en pleno día los fines de semana, disfrutando de unas siestas eternas un poco subidas de tono.
—Asómate, ¡ya casi huele a verano! —le dije emocionada, mirando por mi ventana donde Pol solía fumarse sus pitis.
Javi se levantó de la cama y se colocó detrás de mí, me rodeó con los brazos, y noté como una ola de cosquillitas se formaba en mi brazo, recorriéndolo de arriba abajo y dejando tras de sí el vello erizado.
—Hay que reconocer que tienes las plantas muy bonitas. El geranio está precioso —dijo Javi.
—Esa planta de la que usted me habla la lleva mi marido, Pol.
—Ja, ja, ja. No sabes ni lo que tienes plantado en casa, ¿verdad?
—La verdad es que si no fuera por Pol, no sé yo cómo estaría ese geranio.
—Se nota que tiene buena mano —dijo mientras metía la suya dentro de mi camiseta.
Justo en ese momento en el que la cosa volvía a pintar muy bien, sonó mi móvil. Era el mío y era Laux, sin duda, porque tenía personalizado su tono de llamada con su propia voz diciendo: «Chiquiiii, chiquiiii». Era muy gracioso oírlo antes de coger la llamada y acto seguido, en vivo y en directo, que ella misma repitiera ese mismo «chiqui» al descolgar. También tenía sus inconvenientes cuando me llamaba en un sitio público, pero las risas siempre superaban la vergüenza del momento. Mientras que con Lucía y Sara mantenía el contacto más a diario, con Laux hablaba los fines de semana, cuando aprovechaba para ponerme al día de las historias que le pasaban, bien cuando yo me volvía a casa antes, bien cuando salía ella sola con sus compañeras de curro. Laura estaba en ese momento de su vida donde quemaba las noches de Madrid, mientras que yo, un poquito más pausada, seguía su ritmo hasta un punto.
—¡Chiquiiiiii! No sabes el bomboncito que me ligué ayer. No tiene nada que envidiarle a tu Javier Ferrero Rocher.
Javi se giró muerto de risa al escucharlo. Con las voces que daba, parecía que tenía el altavoz del móvil puesto.
—¿Dónde estuvisteis?
—Fuimos a Kapital. Salí con mi compi María, la que es enfermera de pediatría, la misma del finde pasado.
—Ja, ja, ja. La que vomitó en la alfombra del reservado. Sé que tú no te acuerdas mucho, pero estuve allí.
—Sí, sí. Esa, ja, ja, ja. Pues conocimos a unos tíos y resulta que trabajaban de conductores de ambulancia en un hospital donde había currado mi amiga. Y te aseguro que eran rápidos, pero muy rápidos, y no solo conduciendo. Joder, que nos acostamos y tardó dos minutos en... ya sabes.
Javi me miró, conteniendo la risa. Hice un silencio porque no estaba dispuesta a que no fuera ella la que continuara la frase.
—¿En qué?
—Joder, tía, pues... ya sabes...
Segundo silencio incómodo.
—Joder, tía, que no había mojado su churrito en mi Colacao ni dos minutos y se le cortó la leche. Vamos, que aquello duró menos que un esmalte de uñas barato.
—Ja, ja, ja. Qué bruta eres. Sería porque le pusiste a mil por hora, dando más voces que la sirena de la ambulancia.
—En mi línea, rubi. ¿Vosotros qué vais a hacer hoy?
—Vamos a comer en un indio y luego daremos una vuelta por La Latina.
—¿Comida india? Ya sabes que lo que entra caliente, sale caliente...
Javi volvió a descojonarse de la risa. Laux es una fuente inagotable de frases y dichos propios para cada situación de la vida.
—Ja, ja, ja. De verdad, eres muy bruta, tía.
—No, es que tú eres tan fina que te comes la pizza con cuchillo y tenedor.
—Y tú tan bruta que la enrollas y te la comes como si fuera un kebab.
—Ja, ja, ja. Calla, perra.
—¿Y tú qué vas a hacer esta noche?
—He quedado con María otra vez, pero sin los maromos del otro día. ¿Te apuntas?
—¡Por supuesto! —respondí emocionada.
—¡Perfecto! Las perras juntas esta noche.
—Si quieres, voy a tu casa y te recojo. Me he comprado unos pantalones negros efecto piel que te van a encantar.
—¿Rollo dominatrix? Fijo que luego os gusta daros cachetitos en el culete con el látigo, que las que vais de mojigatas románticas sois las peores.
Laux estaba en ese momento vital por el que todas hemos pasado, en el que los planes más interesantes para ella eran aquellos en los que había posibilidades de caza. Y por eso las salidas en pareja, sin presas a la vista en la sabana, perdían para ella muchos enteros, lo que era comprensible cuando estás en esa fase de tu vida. Sin embargo, yo no quería cometer el error de quedar todo el día en pareja y perder mi independencia con mis amigas, así que seguía saliendo con Laux, como antes de la llegada de Javi.
—¿Qué vas a hacer esta noche? —le pregunté a Javi nada más colgar con Laux.
—Pues voy a quedar a cenar con dos compañeros, de los que libramos esta semana.
—Vale, pues si la cosa se pone intensa con Laux, te doy un toque y nos vemos a última hora, ¿no?
—Claro. Siempre puedo escaparme fingiendo que tengo que madrugar para estudiar.
Y es que Javi, además de su trabajo como bombero, estaba preparándose el teórico de patrón de barco para luego hacer las prácticas en Ibiza.
Aquella noche, finalmente él y yo no quedamos. Fue tremendamente divertida, no solo por Laux, sino por sus compañeras de trabajo, que eran un auténtico show, así que me sentí tan bien con ellas y me reí tanto que llegué a casa de madrugada, completamente destrozada.
A la mañana siguiente me desperté a la una de la tarde. Yo, que habitualmente tenía el ojo abierto a las seis y media de la mañana, había dormido como una adolescente hasta mediodía. Creo que tenía agujetas por todo el cuerpo, aunque no podría asegurarlo porque la última vez que las sentí tenía dieciséis años y jugaba al vóley en el equipo del instituto. Al mirar el móvil, encontré una llamada perdida de Javi, lo cual me extrañó un poco.
Con media teta fuera, como de costumbre, y después de beber agua para aclararme la voz, le devolví la llamada.
—¡Hola! —dijo descolgando al primer tono.
—¡Hola! —respondí sorprendida, intentando despertarme del todo.
—¿Qué tal anoche?
—Bien. La verdad es que fue un caos, pero estuvo divertida... ¿Y tú?
—Pues muy bien también. Me vine pronto a casa.
—Normal, los bomberos sois muy aburridos.
—Oye... ¿Te importa si voy a tu casa esta tarde?
Aquella frase me pilló por sorpresa. No habíamos quedado hasta la noche y mis planes eran remolonear por la casa ese domingo yo sola.
—Sí, claro... —respondí con cierta duda—. ¿Pasa algo?
—Es que no puedo más —contestó, completamente abatido.
Aquella frase, unida a la voz poco habitual que utilizó Javi, me preocupó bastante.
—¿Tiene Dani alguna nueva conquista que te haya dado la noche con sus gemidos? —dije intentando indagar.
—Mejor te lo cuento luego. Si no te importa, me acerco a tu casa en un momento.
—Vale, claro —añadí preocupada antes de colgar.
Aquella conversación había sido de lo más extraña. Ese carácter claro, conciso y directo que tenía Javi para comunicarse conmigo se había vuelto ambiguo y misterioso, lo cual me había dejado una sensación rara en el cuerpo.
Mientras llegaba, intenté hacer el ejercicio de no imaginarme las razones por las que quería venir a mi casa a toda costa, pero no pude evitar que alguna se colara en mi cabeza.
Cuando llegó a casa, su cara reflejaba un agobio que nunca le había visto. Es verdad que había ido conociendo algunos gestos muy suyos cuando se ponía algo cabezón y quería llevar la razón, pero sus ojos reflejaban algo completamente distinto.
—¿Ha pasado algo con Dani?
—No, con Dani, no...
—¿Entonces?
—Ha pasado con sus padres.
—¿Con sus padres? —pregunté sorprendida, imaginando cualquier cosa.
—Sí... No te lo he querido contar porque pensaba que iba a poder sobrellevarlo, pero ya no puedo más.
—¡Javi!, ¿me quieres contar de una puñetera vez qué es lo que pasa?
Javi me miró, respiró profundo y se sinceró.
—Te habrás dado cuenta de que esta última semana hemos dormido en tu casa todos los días, ¿verdad?
—Sí, bueno... Sí, tampoco le había concedido mucha importancia. Noté que te apetecía venir más a mi casa y pensé que sería por no escuchar los gemiditos de Dani.
—Pues no era solo por eso.
—¿Hay algo peor que los gemiditos de tu compañero de piso?
—Sus padres —respondió Javi contundentemente.
—¿Sus padres también gimen?
Javi me miró extrañado, pero más extrañada estaba yo y quería mi explicación.
—Pues no lo sé, no les he escuchado hacerlo...
—Pero ¡¿entonces?!
Este descontrol de información estaba empezando a pasarme factura.
—Pues es que el lunes pasado vinieron sus padres desde Sevilla a casa porque la madre se tiene que hacer unos arreglos en el dentista, y a Dani no se lo ocurrió otra idea que dejarles su habitación para que se queden, mientras él se iba a casa de una novia nueva que se ha echado.
—¡Coño! —exclamé.
—Y claro, me dijo que iban a ser un par de días, tres como mucho, pero es que llevan en casa una semana... Y, ojo, que son muy buena gente los dos, pero el tío me ha dejado conviviendo con sus padres, se ha pirado a casa de su novia y yo ya no puedo más porque además no tienen pinta de irse pronto.
No pude contenerme la risa. La cara de agobio de Javi era todo un poema... Uno triste. De Edgar Allan Poe.
—Ríete, ríete...
—Pero ¿y qué hacen cuando no van al dentista?
—Pues... —Javi volvió a suspirar profundamente—. Su padre habla poco. Más bien nada. Está toda la mañana sentado en el sofá mirando su móvil y no da mucha lata, pero la madre es muy madre. Se pasa el día cocinando. Desde las siete de la mañana ya está con su bata, sus zapatillas de estar por casa... Ayer me desperté con ganas de tomar un café y me vino un tufo a lentejas que me tuve que volver a meter en mi habitación...
—Ja, ja, ja. Ostras, pues la casa es bien pequeña...
—¡Llevo una semana viviendo en mi habitación!
—Ja, ja, ja. Eres un exagerado, no será para tanto.
—¿Exagerado? Me he aprendido todo el CD recopilatorio de José Luis Perales. No he podido sentarme en mi sofá desde que llegaron y, por supuesto, no se me ha pasado por la cabeza ver la televisión, porque la tienen monopolizada con un programa de restauración de muebles todo el día.
Javi hizo una pequeña pausa para coger aire. Aún le quedaba algo dentro.
—¿Tú pensabas que Dani era un cerdo por dejar el lavabo lleno de pelos cuando se afeita el bigotillo? Pues prefiero mil veces eso que el que estén sus padres en casa. Cualquier cosa es mejor. Y si pensábamos que él era ruidoso, no te imaginas ellos...
—Ja, ja, ja. ¿Y has hablado con Dani?
—Pues lo he intentado, pero el tipo no aparece por casa.
—O sea, te ha dejado con sus padres y ha huido.
—Ni yo mismo hubiese hecho un mejor resumen de la situación —dijo con cierto abatimiento.
Hubo un antes y un después en nuestra convivencia a partir de ese momento, y no solo vino marcado por que Javi empezara a tener su cepillo de dientes en mi baño, lo que me parecía práctico a la par que superromántico. Que los padres de Dani prolongaran la estancia en su casa hizo que prácticamente él se estableciera en la mía durante las semanas posteriores. Hasta ese momento, nuestra rutina consistía en que él se levantaba conmigo, desayunábamos juntos y volvía a su piso; se iba a entrenar, a la biblioteca o a donde tuviese que ir, aunque hubiese dormido poco, sin ni siquiera remolonear en la cama un rato.
Poco a poco, y fruto de no querer ir a su casa por la invasión de los padres de Dani, empezó a quedarse algunos días en mi cama cuando yo me despertaba tempranísimo.
Las mañanas cambiaron por completo y comencé a levantarme de forma sigilosa. Calentaba la leche en el microondas lo justo y me ponía los tacones en la puerta para no despertarle. A veces me daba envidia que se quedase solo en la cama, mientras yo me tenía que marchar, no nos vamos a engañar. Básicamente, era como si estuviésemos viviendo juntos. Algo que era temporal, por supuesto, pero que suponía avanzar en una dirección que ninguno tenía contemplada.
El paso definitivo, semanas más tarde, fue hacerle una copia de las llaves. No me las pidió, es más, sé que le daba muchísimo apuro, pero era algo práctico y necesario. Si aquello no era fluir, que bajase Brad Pitt y lo viese.
—Javi, si un día quieres bajar a la floristería a comprarme un ramo de flores para sorprenderme cuando llegue del curro, este es el sitio para ponerlas —le dije señalando un jarroncito que tenía en la cocina.
—Vale. Flores, jarrón... Me ha quedado claro.
—¿Y se puede saber cómo lo harás, si no tienes llaves? Siempre te puedes ir, pero no volver...
—Puedo trepar hasta tu ventana desde la piscina. Hice cosas más difíciles cuando entrenaba para sacarme la oposición.
—Deberían actualizar la prueba de trepar por la cuerda y exigir que lo hagáis con un ramo de flores en la mano. Y aunque no me cabe duda de que serías capaz, te dejo un juego aquí para que no tengamos que comprobarlo —dije mientras dejaba las llaves sobre el aparador de la entrada.
Y de esa forma Javi fluyó, guardándose aquel juego al que le puse un llavero de las cerezas de Pachá que había comprado ese verano en Ibiza. Esa misma tarde, cuando volví del trabajo, tenía un ramo de flores esperándome en el aparador de la entrada junto a una nota que decía: «No he tenido que subir por el balcón: la verdad es que lo de las llaves me lo ha puesto más fácil. Espero que te gusten tanto como tú me gustas a mí».
Lo cierto es que el tío era un diez cogiendo mis indirectas directas. Obviamente, llamé a Laux al momento para contarle, emocionada, el detalle que había tenido con el ramo aquel hombre al que le había hecho entrega no solo de mi flor, como diría ella, sino de las llaves de mi casa.
—¿Y te ha dicho ya las palabras mágicas?
—¡Qué dices, loca!
—Bueno, no hay un tiempo predeterminado para decirlas, hay gente que las suelta en unos días y otras que lo hacen a los años. Yo quiero a todo el mundo.
—Todavía no, pero hemos llegado a otro grado de confianza: le he oído tirarse un pedo...
—Ja, ja, ja. Te voy a decir algo: a las personas no las definen los horóscopos, las definen los pedos. Alguien que se tira pedos delante de otras personas solo puede ser una persona generosa, que le gusta compartirlo todo con los demás.
—Sí, claro, como tú compartiendo tu olor a dos kilómetros a la redonda, que eres una maldita mofeta.
—Ja, ja, ja. Lloro... Amo a Javi, rubia. Qué grande es este Ferrer. ¿Y cómo ha sido?
—Pues me ha dejado un ramo de flores en la entrada y cuando...
—Eso no, lo del pedo... —dijo interrumpiéndome.
Estaba claro cuál era el tema que a ella le interesaba.
—Pues en realidad no había querido compartirlo conmigo, ha sido algo fortuito. El caso es que esta mañana he salido de la habitación sigilosamente para no despertarle. Creo que he hecho tan poco ruido que ha debido de pensar que ya me había marchado. Entonces, le he escuchado rajarse en la cama. Hubiese dado lo que fuese por ver su cara cuando ha oído el ruido del microondas un segundo más tarde...
—Ja, ja, ja. Me imagino al pobre diciendo en la cama: «Por fin se ha ido, ya me puedo rajar» y de repente el «piiiiiiiiii» del microondas y él pensando «Hostias, que sigue en casa».
—Ja, ja, ja. Tal cual.
—Dime que has entrado a la habitación y le has hecho sudar tinta de la vergüenza.
—¡Pero qué zorra maldita eres! Por supuesto que no, he salido de casa como si nada y no vamos a hablar de ello nunca.
—Mira, rubia, si esto va p’alante, que tiene pinta de ir p’alante, te acabarás tirando pedos delante de él y os reiréis juntos como que yo me llamo María Laura.
—¿Te llamas María Laura? —pregunté sorprendida.
Laux se partió de risa al otro lado del teléfono, confesándome que sí, que ese era su nombre completo, lo cual significaba, según su predicción, que yo acabaría rompiendo la barrera de los pedos en mi relación con Javi.
Por supuesto, a priori, no tenía ni mucho menos pensado que aquello fuese a ocurrir, pero tampoco me imaginaba que Javi y yo fuésemos a medio vivir juntos tan pronto, así que cualquier cosa era posible. Supongo que ninguno de los dos teníamos esto planeado cuando hablábamos de fluir juntos, pero, sin duda, estábamos encantados, que no estancados. Y todavía no nos habíamos dicho las palabras mágicas, pero yo sabía que era amor. ¿Cómo lo sabía? Porque cada vez que sabía que nos íbamos a ver, mi corazón latía con fuerza. Como cuando estás preparando un viaje, con esos nervios e ilusión que invaden cada milímetro de tu cuerpo la noche anterior. Cada vez que lo veía era como irme de excursión con el colegio.
Tras un par de semanas desde que Javi y yo pasamos a convivir juntos en pecado, como dijo Lucía cuando se lo conté por teléfono, acompañé a Javi a su casa, ya que tenía que coger algo más de ropa. Y es que la estancia de los padres de Dani, que en principio iba a ser de unos días y luego de una semana, estaba ya rozando el mes.
Mientras él subió a preparar la bolsa, me quedé dando un paseo por su calle. Siempre me ha gustado caminar por los barrios de Madrid que no conozco bien, imaginándome como una turista que descubre la ciudad. Pienso en aquellos que ven Madrid por primera vez y se sorprenderán al ver el color tan bonito que tiene la ciudad cuando cae el sol. Es distinto y especial, diferente al color de otros lugares. Precisamente el atardecer de aquella tarde era imponente y yo estaba disfrutando muchísimo de cómo se teñía el cielo en el skyline de Madrid. Mi padre siempre me decía, cuando me quedaba embobada mirando hacia arriba, que tenía la cabeza llena de pájaros. Yo le contestaba que eso era porque no me gustaban las jaulas.
Disfrutando de cómo aquel atardecer bañaba la ciudad, descubrí en uno de los edificios un precioso ático en alquiler. Tenía un letrero pequeñito con un número particular y al lado un cartel más grande y llamativo de una agencia.
Desde abajo se veía precioso. Unos pequeños arbolitos asomaban curiosos hacia la calle y tenía un gran ventanal por donde debía de entrar una gran cantidad de luz. No pude evitar abrir Idealista y lo encontré. Tenía un salón muy luminoso presidido por la gran ventana que se veía a pie de calle, una habitación espaciosa con un minivestidor y una terraza de la que me quedé completamente enamorada. Eso sí, mis ilusiones dejaron de ser preciosas en cuanto que vi el precio. Era casi el doble de lo que pagaba por mi minipiso. Soy muy consciente de mis dotes negociadoras, pero rebajar el precio a la mitad era misión imposible. De todas formas, lo guardé en favoritos, lo que equivale a hacer match en Tinder, y activé las notificaciones de la búsqueda de áticos por aquella zona. Para mí, Idealista es como la app de Zara: si veo algo que me gusta, lo meto en la cesta y disfruto de la ilusión de tenerlo ahí, aunque no pueda comprarlo.
Mi pequeño pisito y su ventana con vistas a los árboles de los vecinos, que tanta paz me daban, me gustaba mucho, pero es cierto que siempre había echado de menos tener una terraza donde Pol pudiese bajar a echarse sus cigarrillos y cuidar todas la plantas que allí tendría.
¿Puedes echar de menos algo que nunca has tenido? La respuesta, desde mi punto de vista, es rotundamente sí. Incluso puedes llegar a echar de menos algo que pudo llegar a ser, pero que al final no fue. Yo, de toda la vida, he echado de menos tener una mansión con un vestidor en el ala oeste y una biblioteca enorme en el ala este. Y aunque en el fondo sería feliz con un pequeño balconcito en el que colocar una mesa de madera y dos sillas de forja donde me pudiese sentar a escuchar las sátiras de Pol, haber visto la terraza de aquel ático hizo que mi imaginación comenzara a elegir muebles de exterior para decorarla.
Javi apareció de repente, sacándome de mi ensoñación, en la que aparecía tumbada en un chaise longue de exterior color crema tomando el sol. Estaba guapísimo. Era de ese tipo de personas que necesitan poco para estar muy guapo. Seguro que en la mochila llevaba poca cosa, pues no utilizaba pijama y siempre se jactaba de no necesitar cosas materiales para ser feliz.
—¿Qué estás mirando en el móvil con esa sonrisa? ¿Te has vuelto a enamorar de unos zapatos de Zara?
¿Lo veis? Ya me conocía perfectamente.
—Ja, ja, ja. Caliente, caliente. Me he enamorado de ese ático. Mira qué preciosidad. —Le enseñé primero el piso en lo alto del edificio y después las fotos en la app, haciendo hincapié en el pequeño vestidor que se encontraba en el dormitorio.
—Anda que no ibas a ser tú feliz con ese vestidor...
—No lo sabes bien... No entiendo cómo puedes vivir con tan poca ropa. ¿Qué has echado en la mochila? ¿Un gorro de ducha?
—Ropa interior, calcetines, un par de camisetas, un pantalón y una sartén que me ha regalado mi madre. Las tuyas están destrozadas y se queda toda la comida pegada.
—¿Le has dicho a tu madre que no cuido las sartenes?
Por Dios, ¿qué iba a pensar mi suegra de mí? ¿Pensaría que cuidaría a su hijo tan mal como a las sartenes? ¿Había dicho «mi suegra»?
—Ja, ja, ja. No, pero me la había regalado para mi casa y ya la estrenamos mejor en la tuya...
—¿Tu madre te regala sartenes? —dije completamente sorprendida.
—Es que le gusta que coma bien.
«Se nota», pensé mientras le miraba de arriba abajo.
—¿Estaban en casa? —dije, cambiando de tema.
—¿Que si estaban? ¿Tú sabes lo que he visto?
—Sorpréndeme...
—Cuando he subido, me he encontrado con una escena que no sé si voy a poder olvidar. Me los he encontrado a los tres en el sofá. Dani estaba acurrucado entre sus padres. Apenas se le veía la cabeza. Como un niño de doce años viendo una película de miedo.
—¿Y no le has dicho nada?
—¿Qué le iba a decir? Lo único que podría haber hecho era darle una piruleta.
—Ja, ja, ja. ¿Nos vamos entonces?
—Sí, por favor. Huyamos cuanto antes.
—¿Crees que habrán usado las esposas que tiene Dani en la cama?
—Que tenía, rubia, que tenía. Me las he echado en la mochila. —Javi me guiñó el ojo.
Le encantaba hacer bromas con las esposas de Dani. Nos encantaba, de hecho; nos reíamos mucho con ello, y ya sabéis lo que dicen... «Dos personas que se hacen reír lo merecen todo».
Javi sonrió ante mi broma y me besó con fuerza y cariño, recolocándose la mochila sobre uno de sus imponentes brazos.
Gracias a él aprendí que la vida era más sencilla si eres capaz de caminar por ella ligera de peso, pero yo me encontraba en un momento vital en el que no me veía capaz de viajar sin facturar una maleta de veinte kilos, el equipaje de mano y un bolso XXL, como mínimo.