Contando atardeceres

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PARTE II. IBIZA » 13. El gato de la isla. La vida que nos espera

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El gato de la isla

La vida que nos espera.

Siempre he dicho que me gustan las despedidas, pero siendo sincera, la separación, por temporal que fuese, de mi madre, de mis hermanos, de mi casa, de mis amigos y de la ciudad que me había visto crecer —aunque no hubiese sido en altura— fue bastante difícil para mí. Hubo más de una lagrimita, incluso de mi casera, que me decía que no había tenido una inquilina con mejor gusto en bolsos que yo. Prometí volver pronto y metí todas esas emociones en mis maletas. Sí, maletas en plural. Una no se va unos meses a vivir a un sitio con una maleta en singular ni de lejos, por mucho que en las películas la protagonista viaje ligera de equipaje.

Llegamos a Ibiza el 1 de julio. Al final, aquel sueño que tuve no fue una profecía, más que nada porque, en primer lugar, no viajé con todos aquellos peces que había imaginado. En segundo lugar, y no por ello menos importante, no solo pude meter más de veinte kilos en la maleta, sino que, como fuimos en barco con el coche de Javi, pude llevar varias, lo cual fue un grandísimo desahogo para mí. Además, me llevé mi moto rosa, con la idea de tener mi propio medio de transporte en Ibiza durante esos meses.

Cuando llegamos al puerto, Ivanoski nos estaba esperando. Bueno, a partir de ese momento, sin Laura a mi lado, comencé a llamarle por su nombre. Iván se abalanzó sobre Javi al grito de «Ferrer, amigo míooooooo, a mis brazos» y entonces pude darme cuenta de que era el alma gemela de Laura, y no solo por las voces que dio, sino por la devoción que profesaba por su amigo. Me costaba creer que existiese ese tipo de amistad masculina tan fuerte, ya que siempre había vivido algo más bruto entre ellos, más irracional. Después se giró hacia mí, y ya sin gritar, abrió sus brazos de nuevo. De inicio me contraje un poco, pensando que lo haría con la misma fuerza y acabaría por desmontarme como a un Playmobil al que le salta la cabeza del cuerpo. No fue así: lo hizo con tremenda delicadeza y ternura. Su actitud me reconfortó bastante, la verdad, porque estaba un poco nerviosa por el reto que se presentaba ante mí en los próximos meses. Básicamente, una nueva vida.

Iván se había portado de diez, no solo porque se ofreció a recogernos, sino porque, además, fue él quien condujo mi moto hasta la casa de Javi. Era un buen trecho que incluía no solo carretera asfaltada, sino algún que otro camino de tierra complicado, por lo que pensaron que era mejor hacerlo así el primer día. Más adelante, cuando conociese el terreno, ya sería yo quien condujese mi motito.

Javi y yo nos montamos en el coche mientras él iba detrás en mi pequeña moto rosa. Era una situación bastante cómica con la que Iván estaba encantado. De hecho, durante el trayecto, cada cierto tiempo nos pitaba para que le mirásemos por los espejos retrovisores y nos saludaba, como un niño pequeño que llama la atención montando en su bici nueva.

—¿Estás nerviosa? —me preguntó Javi a la vez que cogía mi mano y la colocaba en la palanca de marchas para pasar a segunda conmigo.

—Un poco, no te voy a mentir...

—¿Y triste? ¿Estás triste?

Noté en sus palabras culpabilidad por mi estado de ánimo y eso tampoco era justo para él. Al fin y al cabo, yo también había tomado aquella decisión. Una especie de vacaciones un poco más largas de lo normal en un sitio excepcional con la persona adecuada. En realidad no estaba triste, pero sí un poco temerosa. He de reconocer que me asustaba el cambio, como cuando actualizan algo en el móvil y de primeras te sientes desubicada e incluso enfadada porque no encuentras nada, aunque luego acabes por adaptarte.

—Triste no, solo nerviosa. Pero no te preocupes, he estado nerviosa otras veces —dije para tranquilizarle.

—¿Y feliz? —replicó rápidamente.

Me quedé descolocada durante un segundo. Hacía tiempo que nadie me preguntaba eso.

—Estoy feliz, con todas las letras —afirmé, sonriendo de forma sincera.

—Vamos a estar muy bien, ya lo verás.

Lo sabía. Estábamos juntos, que era lo importante.

Cruzamos Ibiza desde el puerto hasta su casa, que estaba en el municipio de Sant Joan de Labritja, cerca de cala Xarraca y de Portinatx, como ya me había adelantado cuando nos conocimos. Agradecí mucho que Iván fuese detrás de nosotros con mi moto porque, ciertamente, pasamos por unos cuantos caminos de cabras bastante complicados.

Cuando llegamos, entramos en un pequeño camino de piedra con dos olivos a cada lado. Al fondo, una pequeña y preciosa casa encalada crecía de la tierra en perfecta sintonía con el entorno. Transmitía mucha paz. En la puerta tenía una cortina de colores tierra y dos plantas en dos maceteros artesanales. La pared estaba cubierta por un árbol con frondosas flores de color rosa que trepaban hasta un balcón, en una especie de carrera entre las ramas por ver cuál de ellas llegaba antes.

A unos metros, había un pequeño jardín y un huertecito muy bien cuidados. El color blanco de las paredes deslumbraba (menos mal que llevaba gafas de sol). Las chicharras se escuchaban de fondo y se levantó una leve y agradable brisa, muy necesaria, puesto que hacía bastante calor. Rápidamente, mi pelo y yo notamos la humedad de la zona. Menos mal que entre todas mis maletas me había traído el secador de confianza, las planchas y el antifrizz, aunque con el tiempo me acostumbraría a la naturalidad a la que, casi sin querer, te va obligando la isla y su magia. Miré a Javi y le sonreí.

—¿Te gusta?

—Me encanta...

—Vale, pues ve echando un ojo, si quieres, mientras Iván y yo sacamos tus setecientas maletas. ¿Te parece? —Ambos se descojonaron de risa.

Aproveché la predisposición de Javi e Iván para colocarlo todo y preferí dar una vuelta por el huertecito antes de entrar en la casa. Aun sin tener mucha idea, pude reconocer algunos tomates y una lechuga muy frondosa. De repente, un gato negro se cruzó en mi camino, dándome un susto que me hizo pisar lo que parecía ser una col. Estaba segura de que era una señal de buena suerte, porque pisar una coliflor mientras ves un gato negro tiene que ser una especie de combo que solo puede traer buena dicha. Me agaché y le hice un gesto al michi pensando que no me haría ni caso, pero se acercó a mí y empezó a frotarse con mis piernas, ronroneando.

—Eso es que piensa que eres suya —dijo de repente una voz de mujer adulta que no esperaba.

Me giré y me encontré a una señora bastante mayor, vestida de negro y con el pelo totalmente blanco. Era bajita, como yo, y me llamó mucho la atención que fuese descalza. Qué envidia sana me daba que anduviese con total libertad. Supongo que notó mi sorpresa, ya que no esperaba encontrarme a nadie por allí.

—¿Es suyo el gatito? —le pregunté.

La señora me miró antes de responder, con una fuerza y aplomo que acompañaban al tempo pausado que transmitía.

—Bueno, el gato no es mío: es de la isla. Yo solo lo alimento y le dejo dormir en mi regazo cuando él quiere.

«No es mío: es de la isla». Esa frase tenía tanto significado en tan pocas palabras que no pude evitar pensar en si algún día yo también formaría parte de la isla y me sentiría tan libre como ellos.

—Me encantan los gatos —le dije sin pensar.

Me miró y esbozó una sonrisa llena de arrugas en la comisura de los labios que me recordó a mi padre. Aquella conexión con los gatos no hizo más que reafirmarme aquel parecido.

—Supongo que eres la chica de Javier. Yo soy su abuela. Me llamo Catalina.

—Encantada, doña Catalina, yo me llamo...

—¡Yaya! ¡Yaya! Pero qué alegría. —Javi bajó corriendo al huerto y se abrazó a ella, interrumpiendo nuestra conversación.

Siguió hablando muy contento por reencontrarse con ella.

—¿Cómo estás? Me has dejado el huerto impecable —dijo mientras la miraba con un cariño que llegó a darme hasta envidia sana.

—Todo será lo que estropees ahora.

—Noooooo, te prometo que seguirá perfecto. Además, la rubia es una experta en estos temas, ¿verdad?

—¡Ja, ja, ja! ¡Qué gracioso eres...! —respondí ante el comentario de Javi, quien claramente tenía la intención de picarme.

—Sí, la verdad es que el humor nunca ha sido lo suyo —replicó su abuela, echándome un cable mientras me guiñaba un ojo.

Me empezaba a caer bien esta señora, quien sin duda iba a suponer un apoyo fundamental durante mi estancia en la isla.

—Bueno, os dejo, que acabáis de llegar. Y ya sabes, niña, si necesitas cualquier cosa, vivo en la casa que está al principio del camino.

Casi sin querer, aquella frase me dio un confort que hizo desaparecer todo el miedo que traía acumulado desde Madrid. Compartimos cuatro frases, pero ese «niña», tan parecido al «señorita» con el que me llamaba mi padre, fue una balsa de aceite para aquel primer día de inseguridades.

Iván también se marchó, dejándonos a Javi y a mí solos frente a la casa.

—¿Quieres que te la enseñe?

Miré a Javi de reojo y nos reímos, fieles a nuestro humor de dobles sentidos que nos perseguiría siempre.

—¡La casa, joder, me refería a la casa! Ja, ja, ja.

—Estoy deseándolo. Ver la casa, quiero decir —dije mientras le guiñaba un ojo con cierta torpeza. Nunca se me ha dado bien ese gesto. Laux siempre dice que más que guiñar un ojo parece que estoy recolocándome una lentilla.

—Una cosa antes de entrar —dije cogiéndole del brazo—. Dime que tendré más espacio para la ropa que el que tenías tú en mi casa.

—Ja, ja, ja. Cuando te pedí que te vinieses conmigo era con todas las consecuencias... y con espacio en mis armarios. Creo que será suficiente. Ahora lo verás.

Complicidad y felicidad. Sin más. Eso era lo que más me gustaba de nuestra relación.

Cuando por fin entramos en la casa, me quedé boquiabierta. Era mucho más grande por dentro de lo que parecía por fuera. Nada que ver con mi increíble minipiso en Madrid. El salón, a la derecha de la entrada, era enorme, y estaba presidido por una chimenea encalada. La decoración, sin ser lujosa, estaba muy trabajada. No sabría definir el estilo, pero con muy poquitos elementos conseguía dar tranquilidad y equilibrio a la sala.

—Joder, Javi. Y te quejas de que no haya Ikea aquí... ¡Estos muebles son superbonitos!

—En la isla hay tiendas de decoración artesanal muy buenas. Ya te llevaré a mis favoritas para que elijas cosas que den tu toque a la casa.

—¿Te refieres a cosas rosas?

—Ja, ja, ja. Lo que te haga sentir a gusto. Pero que no sea rosa chicle, por favor.

—¡El suelo es de madera! Me esperaba que fuera terrazo. Aquí casi ningún hotel tiene parqué.

—Odio el suelo de terrazo, me parece muy frío. Me gusta mucho ir descalzo, así que yo mismo coloqué esta tarima. Es un poco más incómodo cuando vienes con arena de la playa, pero lo prefiero.

—Me encanta —dije, cada vez más cómoda.

Al fondo del salón se encontraba la cocina, con una pedazo de isla en el medio que haría las delicias de los hermanos Scott.

—¡Vaya cocina! En Madrid debiste de flipar con mi minúscula encimera y mis dos fuegos...

—Si te gusta cocinar, da igual el espacio. Lo malo es que aquí nos rozaremos menos que en tu casa... —Se colocó detrás de mí y me cogió por la cintura, apretando nuestros cuerpos.

Me besó en el cuello y continuó hablando, emocionado:

—Ven, que te enseño armarios —dijo sonriendo, sin duda sabiendo lo que me gustaba.

En la planta de abajo había dos habitaciones muy acogedoras con decoración tribal en madera, y un baño pequeño, pero muy mono, con algunas plantitas decorativas.

—Si los armarios de arriba no son suficientes, puedes organizar aquí toda la ropa. Es una habitación de invitados, pero en realidad nunca viene nadie. En esta otra es donde suelo sentarme a estudiar y a montar en bici, en el rodillo. —Señaló otra habitación, donde había una especie de bici estática solo con una rueda y otros aparatos de gimnasia desconocidos para mí y a los que no presté ninguna atención. Imagino que eran inventos del demonio que mantenían ese cuerpo que tenía a pleno rendimiento. Sin duda, mi habitación sería la de los armarios.

Arriba, y accediendo a través de una escalera de madera bastante ancha, estaba la habitación principal. Me quedé con la boca abierta de lo bonita que era. Al fondo, las puertas, que daban a una pequeña terraza, estaban abiertas, y unas cortinas blancas larguísimas, que colgaban desde el techo, se movían como si estuviesen bailando al son de las chicharras. Salí corriendo hacia fuera, como hago siempre en los hoteles.

—Anda que Pol aquí no se iba a fumar a gusto sus cigarri­llos —me comentó.

—Ja, ja, ja. Es justo lo que iba a decir. Le voy a enviar una foto, va a flipar.

—¿Te gusta entonces?

—Muchísimo, Javi. Me encanta.

Javi iba descalzo y estaba tremendamente sexi. Por algún extraño motivo, la idea de verle con un pantalón de lino, cualquier camiseta, un paño de cocina en la mano y descalzo me provocaba incluso más que vestido de bombero. Y os aseguro que con el uniforme gana bastante...

—Pues estás en tu casa —dijo con total confianza mientras se echaba el paño de la cocina sobre el hombro—. ¿Quieres que comamos? Mi abuela nos ha dejado algún táper en la nevera. Cocina mejor que yo.

—¡Claro! —respondí, exaltada con todas las emociones nuevas que estaba sintiendo en ese momento.

—Pues, si quieres, ve deshaciendo tus maletas y voy yo poniendo la mesa.

Me dejó sola en la habitación y me senté en la cama. El colchón era bastante duro, lo cual era perfecto, pero las almohadas parecían dos piedras. Bueno, algún fallo debía tener la casa. Ya compraría otra almohada cuando pudiese.

Cogí el móvil con la idea de escribir a Pol y a las chicas en el Dramachat, pero el verdadero drama vino cuando me percaté de que no había cobertura. Llevaba meses mofándome de Lucía por no tener 4G en Asturias y yo ni siquiera tenía un triste 3G.

Bajé la escalera corriendo en busca de Javi y en el último escalón cogí una rayita de cobertura.

—Arriba ni lo intentes, no llega —me dijo, intuyendo lo que pasaba.

—¿Y el wifi?

—No tengo wifi en casa...

Fruncí el ceño y Javi lo notó.

—Créeme, podrás vivir sin wifi... Si no puedes, mi abuela tiene fibra óptica —añadió con una leve sonrisa—. Eso sí, ahí tienes el teléfono fijo, por si tienes que usarlo alguna vez...

Desde luego, que su abuela de ochenta y pico años fuese por delante de él tecnológicamente decía mucho de lo poco que le gustaban las redes sociales. No obstante, el hecho de que tuviese un teléfono fijo me pareció hasta romántico. Anoté el número en la agenda como «Javi casa» y me pareció bonito, porque siempre he sentido que Javi era como mi casa.

Sonreí y envié los mensajes sentada en ese último peldaño, que daba al salón, exprimiendo la última gota de cobertura. Solo quería saludar y enviar algunas fotos de la casa. Aproveché también para llamar a mi madre y decirle que todo estaba bien, bueno, mejor que bien: que estaba perfecto. Recibí muchos insultos cariñosos por parte de todas al ver aquellas preciosas fotos. Es curioso cómo, cuanto más quieres a una amiga, más insultos puedes proferirle para hablar con ella con normalidad y cariño.

Después de comer una maravillosa ensalada payesa y una tarta de queso típica de allí que se llamaba flaó que su abuela había preparado para nuestra llegada, Javi fue a saludar a su padre. Yo preferí darme un tiempo para no conocer a toda la familia en veinticuatro horas y Javi lo entendió, de hecho ni siquiera me propuso que fuese con él. En Madrid conocimos a nuestras respectivas madres justo el día de la despedida, y fue especial hacerlo de esa manera. En aquel momento pensé que era mejor no forzar la situación sintiéndome incómoda o haciéndoselo sentir a él.

De repente, me quedé sola en aquella casa tan grande, con un silencio tan profundo que era capaz escuchar mi propia respiración. Casi sin darme cuenta, y de manera involuntaria, entendí que Javi pasaría muchos días completos trabajando, incluso de noche, con lo cual estaría bastante tiempo en soledad, incluso dormiría sola. No me considero miedosa, pero eso es fácil decirlo cuando vives en una urbanización de Madrid rodeada de vecinos y de un continuo tránsito de gente. Pero allí estaba sola de verdad. Me dio un poco de acojone pensarlo (más aún cuando esa noche solo se escucharon ladridos de fondo, que esperaba que fueran de perros, no de lobos).

Cuando Javi regresó, decidimos quedarnos en casa. Esa noche no salimos, ya que él trabajaba al día siguiente a primera hora y nos apetecía un plan tranquilo. En el salón tenía un tocadiscos integrado en una minicadena que además tenía reproductor de CD y cintas de casete. Javi sacó un vinilo recopilatorio con varias canciones de jazz. Si no le conociese, pensaría que estaba poniendo la banda sonora del típico tío que se las quiere dar de moderno para llevarte a la cama, pero sabía que realmente le gustaba esa música.

Estuvimos un buen rato tumbados en el sofá, haciéndonos cosquillas y tomando una copa. En la mía, por el reflejo de la luz, se formó un precioso arcoíris. Me emocioné. Mi padre sabía que había llegado a la isla y me daba la bienvenida (o, por la hora, las buenas noches).

—Javi —dije de repente, llamando su atención—. ¿Tú crees que mi padre habrá encontrado el amor en... donde esté?

Me miró extrañado. La pregunta no era para menos. Pero era algo que necesitaba soltar en aquel momento, en el que estaba lejos de mi madre en cuanto a distancia y de mi padre en cuanto a tiempo, porque cada día que pasaba era uno más que estaba sin él.

—Yo creo que allí o allá o donde sea no les hace falta. Aquí sí que lo necesitamos siempre y de mil formas, porque es a lo que agarrarnos para sobrevivir, pero allí están tan felices que no les hace falta —respondió, bastante comprensivo.

—Me da miedo pensar que allí pueda haber conocido a alguien y luego no esté junto a mi madre cuando se vuelvan a encontrar.

—Lo importante no es si está junto a alguien o no, lo importante es que sea feliz.

—¿Crees que necesitamos tener a alguien al lado para ser felices? —pregunté de nuevo, con cierta preocupación y los ojos llorosos.

—No lo sé... Habrá quien sea feliz con alguien a su lado y otros que sean felices consigo mismos. Pero creo que hay personas que te complementan la felicidad. Tú lo haces conmigo. Soy más feliz a tu lado. Me gusta la persona que soy cuando estoy contigo.

Nos abrazamos fuerte y me relajé. En ese momento me había desnudado de verdad delante de él, como solo lo haces cuando eres capaz de hablar de algo que te hace sentir vulnerable. Y con Javi ya podía hacerlo a plena luz, por dentro y por fuera.

Y así nos quedamos dormidos, fruto del cansancio y las emociones vividas en nuestro primer día en la isla, hasta que el sonido de un mensaje me hizo abrir el ojo.

 

 

Laux.

Perra sucia, que duermas bien

tu primera noche allí.

No hagas nada que yo no hiciera.

Eso incluye sexo anal.

Y, por cierto, que te quiero.

Yo también te quiero,

amiga.

 

 

Ella y yo todavía no nos conocíamos cuando mi padre se fue, pero tenía el don de aparecer justo en mis momentos de debilidad, cuando los recuerdos hacían que mis lágrimas apareciesen. Como ella me dijo una vez: «Yo creo que tu padre me ha enviado para estar contigo ahora que él ya no puede».

 

 

Sí, sí, pero de lo del sexo no dices

nada. Si es que las que vais de

mosquitas muertas sois las peores...

Jajajajajajaja.

 

 

Qué necesarias eran aquellas bromas de Laux que llegaban, como los arcoíris, cuando más las necesitaba para pasar del llanto a la risa.

Con alguna respiración contenida que se me había escapado leyendo los mensajes de Laux, Javi se despertó. Se levantó sin mediar palabra y se agachó para que me subiera en sus hombros.

—¿Nos vamos a la cama? —dijo somnoliento. Asentí con la cabeza.

Como si me estuviese salvando de un incendio, me agarré a sus hombros, a caballito, como una niña pequeña, mientras subíamos la escalera hasta la cama entre risas. Al llegar, me dejó caer sobre ella y comenzó a quitarme la ropa con un cariño que rápidamente se convirtió en deseo. Me desnudó con la mirada, mordiéndose el labio como siempre. En ese momento lo deseaba de verdad. Estar con Javi era sentirme como en casa. Él era hogar, era cariño y era deseo, y estaba dispuesta a intentar que todo saliese bien.

Se perdió entre mis piernas y yo, por fin, me relajé del todo. Hicimos el amor a plena luz, con todas las lámparas encendidas, disfrutando de nuestros cuerpos, dando rienda suelta al placer como dos personas completamente enamoradas: con deseo, con cariño, envueltos en sudor y disfrutando de nuestros cuerpos.

No había nada que me excitase más que Javi diciéndome «Te quiero» mientras hacíamos el amor. Cerraba los ojos cuando lo hacía, para notar la vibración de su voz rasgada pronunciando esas palabras. Aquello me llevaba de forma irrevocable a una increíble sensación de placer, donde mis terminaciones nerviosas bailaban al compás de nuestros cuerpos y toda mi piel se erizaba.

Dimos la casa por inaugurada durmiendo abrazados, pudiendo comprobar, de primera mano, que la almohada estaba tan dura como los brazos de Javi.

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