Contando atardeceres
PARTE II. IBIZA » 14. Opacarofilia. Amor o pasión por los atardeceres
Página 20 de 56
14
Opacarofilia
Amor o pasión por los atardeceres.
Cuando me desperté, Javi ya se había marchado a trabajar. Me levanté hecha polvo; tenía el cuello contracturado porque había pasado toda la noche junto a Javi y su pecho y aquella almohada que parecía una roca. Además, lo de la terraza en la habitación era una pasada, pero no tenía persianas y la luz se colaba por todas partes desde primera hora de la mañana.
«Vamos a ver, hay que ser positiva», me dije, porque ya veía que no me había despertado todo lo bien que deseaba el primer día.
Fui al baño con la idea de darme una ducha y el suelo estaba encharcado. Javi solía darse unas duchas muy largas y al final siempre acababa salpicando. Era una pequeña manía que ya tenía en mi casa, pero normalmente no me molestaba tanto como aquella mañana en la que me había despertado con el pie izquierdo y el cuello torcido. Tardé media hora en encontrar una fregona y, cuando subí con ella, el suelo ya se había secado. Maldije a la fregona en arameo.
Bajé a prepararme el desayuno y, por suerte, me encontré con un pósit en forma de nota al lado de la cafetera: «Espero que hayas dormido bien, pequeña. Cuando me he despertado, te he mirado un ratito y estabas preciosa. Por la tarde pasaré por casa para ver si necesitas algo. Llámame con cualquier cosa. Te quiero».
La nota me hizo mucha ilusión y me cambió el humor. Me reí, imaginando a Javi como Edward Cullen en Crepúsculo, mirando a Bella cuando dormía. Aquella situación, que siempre me había parecido algo perturbadora, en aquel momento me pareció muy tierna. Además, a la vista del fabuloso bronceado que Javi tenía permanente durante todo el año, podía afirmar con seguridad que él no era un vampiro.
Después de desayunar, recoger, colocar mi ropa en los armarios y dar un paseo por el huerto, tenía todo el día por delante en aquella casa. Las paredes, tan blancas, empezaron a robarme espacio vital, echándose encima de mí. Solo había una cosa que podía hacer para cambiar mi estado de ánimo del todo: coger la moto e ir a la playa más cercana.
En solo unos minutos me planté en cala Xarraca, un sitio precioso con agua transparente. Y, aunque no era la playa que tenía en mente para tumbarme al sol porque era de grandes piedras y arena gruesa (lo que Laux llamaba «arena de parque»), podría darme la paz mental que necesitaba en ese momento. Estuve un buen rato leyendo. Cuando el sol ya me estaba torrando del todo, me dirigí al chiringuito que había en la playa para tomarme un tinto de verano.
«Esto empieza a mejorar», me dije.
Supongo que unos cambios tan bruscos en la vida necesitan de una adaptación y yo estaba en las primeras horas de ese proceso. Además, había pasado de soñar más despierta que dormida en Madrid a vivir mi sueño en Ibiza, así que brindé mentalmente conmigo misma por ello en aquel magnífico chiringuito y sus preciosas vistas.
De repente, al dar el primer trago, me atraganté con esa especie de superpoder que tengo para ahogarme al beber. Da igual que sea agua, vino o cerveza: el setenta por ciento de las veces que le doy mi primer trago a una bebida se me va «por el otro lado», como diría mi madre, y empiezo a toser como si fuera a salírseme el corazón por la boca. Llega un momento en el que siempre me hago el mismo reproche: «¿Con la edad que tengo y todavía no he aprendido a beber...?». La respuesta estaba clara. La tos hizo que me tirara el vaso por encima, manchándome por completo, mientras parecía que me hubiese añusgado con los panchitos que me habían puesto de aperitivo.
Al instante vino a socorrerme un camarero más que amable y me trajo otro tinto de verano. Tampoco pasaba nada, solo llevaba un bikini rosa claro y un vestido rollo hippy de color blanco que ahora estaba teñido de rojo.
Me volví a la toalla, temiendo que me picase un cangrejo, que me mordiese un tiburón o incluso que me cayese un rayo en aquella mañana soleada y sin nubes. Con el día que llevaba, era lo mínimo que me podía pasar.
Decidí que tenía que relajarme y empezar a disfrutar de verdad de la isla, sin echar de menos las cosas cosmopolitas como el wifi, las persianas o las almohadas cómodas. Me quité las cangrejeras con brillibrilli que llevaba y comencé a andar libre, descalza, como la abuela de Javi. Quería sentir de nuevo la consabida sensación de libertad que se tiene cuando vas descalza por la playa, pero no había elegido el mejor lugar para ello, ya que las piedras no estaban pulidas del todo por la erosión del mar y dejaron las plantas de mis pies muy doloridas. Me senté en una piedra y observé que estaban llenos de pequeñas heridas que escocían con la sal. Era increíble cómo me manejaba con tacones de doce centímetros, y, tras un rato andando descalza, tenía los pies hechos polvo. Además, había estado decenas de veces en Ibiza y parecía una principiante torpe que no termina de acompasarse al ritmo de la isla. Era como si yo estuviera tocando en re menor y la isla estuviera en fa sostenido, y esto lo digo sin tener ni idea de notas musicales.
A duras penas llegué al chiringuito de nuevo, andando como si el suelo fuese lava. Elegí una mesa junto al mar y, antes de pedir la comida, fui al baño, cuando me vino la regla por sorpresa. ¿Qué más podía salir mal?
Me senté en una mesa con la idea de reconciliarme con la isla y comerme la paella con la que llevaba soñando todo el invierno: esa primera paella del año que te hace darte cuenta de que ya estás en verano. Pero no pude pedirla porque el mínimo era para dos personas.
Después de comer una ensalada de la casa volví a la mía, la de Javi, con ganas de verle y descansar un poco. Estaba a punto de entrar en la ducha cuando me llegó un mensaje suyo.
Javi Ibiza.
¿Cómo va todo, pequeña?
Por aquí con muchísimo lío.
Bien.
¿Te pasa algo? ¿Está todo bien?
Sí, sí, no pasa nada.
Te noto rara... Luego me cuentas.
Quería decirte que no puedo ir
ahora, pero me he pedido
la noche libre para que no
duermas sola hoy.
¿Te parece?
¡Sí! Por favor.
Luego nos vemos, anda.
Prepara las esposas para
esta noche.
Jajajaja, vale.
Con lo que estaba sangrando por la regla, no me apetecía siquiera bromear con las esposas. Por un momento me desinflé, dándome cuenta de que tendría que pasar también la tarde sola. Estaba a punto de darme una ducha para quitarme la arena de la playa cuando oí ruidos en la zona del huerto. El sol estaba en lo alto y a plena luz del día no me daba miedo que fuesen lobos, aunque, con la racha que llevaba, no me hubiera extrañado que fuese un oso... o un dinosaurio.
—Uep! Com anam?
Miré a la abuela de Javi con cierta extrañeza, ya que no sabía lo que me había preguntado. Intuí que sería un «¿Cómo estás?». Salí del paso como pude.
—¡Hola, doña Catalina! ¿Cómo está?
—Niña, no me hables de usted, que me pones años encima.
—Disculpe... Perdón, disculpa. ¿Puedo llamarte «doña Catalina»?
—O Catalina a secas, como te sientas más cómoda. ¿A ti te importa que te llame «niña»?
—En absoluto. Cuido mucho a la niña que llevo dentro. Al menos lo intento...
—Pues te has dejado los pies fuera —respondió, siguiendo con su tarea.
—¿Cómo? —pregunté, sin saber muy bien a qué se refería.
—Digo que cuidas mucho a la niña que llevas dentro, pero que los pies se te han olvidado... Los tienes llenos de heridas.
Me miré los pies. Iba descalza (al haber salido tan rápido del baño) y vi que me había hecho unas buenas heridas por las piedras de la playa. La abuela Catalina también iba descalza, pero sus pies estaban impolutos.
—¿Cómo haces para andar sin zapatos y que no te duelan? —le pregunté.
—Llevo casi toda la vida descalza... ¡Lo difícil para mí sería llevar tacones!
La frase, que podría parecer superficial, me caló muy hondo. Pensé que era totalmente lo contrario de lo que me pasaba a mí y temí que mis pies, acostumbrados a los tacones, y yo no encajáramos en la isla. Me puse triste y creo que doña Catalina lo notó.
—Tengo un ungüento muy bueno para eso. Mándame luego al niño a mi casa y que lo recoja para ti.
—Muchas gracias. ¿Haces tú misma el ungüento?
—Que n’ets, de poma!1 Lo compro en la farmacia.
En aquel momento no supe lo que significaba esa expresión, pero, por la sonrisa con la que me la dijo, me imaginé que sería algo bueno.
—Muchas gracias. Se lo digo en cuanto llegue.
Justo cuando iba a meterme en casa, Catalina volvió a llamar mi atención.
—Niña, tus pies se adaptarán a la tierra y acabarás siendo de la isla, como el gato. Al final, todo encaja si tiene que encajar. Date tiempo, que Roma no se hizo en un día.
Aquella frase retumbó en mi cabeza como un mantra que debía repetirme a diario. Era un encanto de mujer que en cierto modo me recordaba a mi padre cuando empleaba esos refranes para cerrar las conversaciones.
—¿Me enseñarás a hablar ibicenco? —le pregunté, agradecida.
—Lo aprenderás tú.
Doña Catalina no solo utilizaba refranes, sino que además hablaba con la misma serenidad con la que lo hacía mi padre. Supongo que la sabiduría muchas veces es cuestión de edad. Mi padre siempre me repetía un proverbio que rezaba: «El sabio siempre quiere saber; el ignorante siempre quiere enseñar». Ella no quería enseñarme nada: quería que yo lo aprendiese. Sonreí ante aquel recuerdo de mi padre, que siempre se esmeró en hacer aquello conmigo para que fuese yo la que aprendiese en la vida, incluso a base de cometer errores.
Tenía razón. Al final, todo sería cuestión de tiempo. Lo que me preocupaba era que necesitase más del que disponía para estar allí.
Miré la hora y pensé que pronto atardecería y que, con suerte, podría ver una bonita puesta de sol, pues el cielo estaba despejado. Cogí la moto y me dirigí a la cala de Portinatx. Eché en la mochila lo imprescindible: crema solar, un libro, mi Polaroid, una libreta que siempre llevaba para apuntar cosas, un boli, el móvil y un minicepillo para el pelo. Ya sabéis que soy una mujer que no se caracteriza por ir ligera de equipaje por la vida.
Llegué sobre las ocho y media y el sol todavía no había caído. De hecho, parecía que aún faltaba mucho. Al estar en julio, pensaba que atardecería sobre las nueve, pero sin duda había calculado mal la hora. Me senté a leer tranquilamente en una piedra, levantando la cabeza de vez en cuando para ver cómo el sol iba camino de bañarse en el mar. Corría una ligera brisa, pero se estaba muy a gusto. A las nueve y media, el sol todavía no estaba oculto del todo. Y allí, sin más que hacer que estar centrada en disfrutar del espectáculo que se presentaba ante mí, me fijé con precisión en la hora en que se estaba ocultando por completo. Nunca había sido consciente de ello. Había disfrutado de otros atardeceres, pero nunca había observado uno de esa manera, paso a paso. Minuto a minuto. En aquel momento, fui consciente de todo lo que ocurre desde que el sol aparece temprano en el cielo hasta que se oculta en el ocaso. Centenares de personas se conocerán, otras se enamorarán y otras sufrirán. Todas a la vez, pero en lugares distintos. Y todas veremos el mismo atardecer y, con suerte, nos sacará una sonrisa.
Miré la hora exacta en la que el sol se puso aquella noche: las 21:49. Hice una foto con la Polaroid y se me ocurrió apuntar en ella la fecha y la hora de aquel atardecer. Era un poco raro, pero me dio mucha paz. También saqué mi libreta y escribí en ella: «2 de julio, 21:49». Guardé mis cosas en la mochila y volví a casa, feliz de sentir que empezaba a conectar con la isla, de ser consciente del lento paso del tiempo y de la importancia de aprovecharlo.
Cuando Javi llegó, ya de noche, le conté todo lo que me había pasado aquel día que, pese a haber comenzado un poco torcido, como mi cuello, había mejorado en su recta final.
Entre sus brazos, y sin venir a cuento, justo cuando nos estábamos riendo por un mensaje que Laux me había escrito y que le estaba contando, empecé a ponerme nerviosa. De pronto, aparentemente sin razón, al margen de los encontronazos que había tenido por la mañana, me puse nerviosa al nivel que parecía que por mis venas estaban corriendo ambulancias en vez de sangre, con sus sirenas y todo. Mi cuerpo se puso en alerta, comenzaron a temblarme las manos y me quedé blanca (más todavía). Una terrible sensación de vacío recorrió mi cuerpo. Javi lo notó al instante.
—¿Qué te pasa, cariño? —me preguntó.
Y me eché a llorar desconsoladamente, sin más motivo que toda la tensión acumulada por el viaje y el día de mierda que había tenido. Lejos de decirme que estaba loca o de menospreciar aquellos sentimientos, me abrazó y me acarició el pelo. Sollocé durante unos minutos. Enseguida se me pasó: solo necesitaba soltar toda la tensión acumulada que, en forma de estrés, había aparecido cuando mejor me encontraba. Javi me ofreció un pequeño desahogo y me reconfortó muchísimo, entendiendo la situación sin hacer preguntas incómodas. Solo dejándome llorar.
—Cada veintiocho días, más o menos, lloro un poco. Bueno, la verdad es que a veces cada semana, sin más —le dije, sonándome los mocos e intentando quitar hierro al asunto.
—Está bien llorar. A mí me gustaría ser capaz. Hace muchísimos años que no lloro. Cuando me pongo muy muy triste, se me pone un nudo en el cuello horrible: me duele y no deja ni pasar el aire por la garganta. Pero las lágrimas no salen y lo paso fatal.
—Yo los nudos del pelo me los desenredo con el cepillo y los de la garganta, llorando.
—Qué bonita metáfora, cariño.
—¿Cuándo fue la última vez que lloraste?
—Cuando se murió mi abuelo, pero yo era un crío —contestó rápidamente—. No he llorado desde entonces.
Mis motivos para llorar no eran por nada concreto en ese momento, sino por un cúmulo de pequeños dramas. La ansiedad, el estrés y la tensión acumulada afloran cuando menos te lo esperas y no siempre lo hacen en los momentos de mayor tensión, porque ahí tu cuerpo está al doscientos por cien para salir del atolladero. Cuando te relajas y bajas la guardia es el momento en el que todo pasa factura. Hay veces que lloras y no sabes por qué, pero llorar nunca sobra.
Esa noche le conté también lo que me había ocurrido en los pies y Javi fue a casa de su abuela a por el ungüento en cuanto se lo dije.
—Si me voy un momento, ¿estarás bien? —me miró con desconfianza.
Normal que me mirase así ya que, en pleno disgusto, se me había escapado un sonido de cerdito por la nariz y tras ello solté una carcajada. Del lloro a la risa en cuestión de segundos.
—Sí, sí. Esto que me ha pasado es una cosa que yo llamo «risanto». La risa con el llanto.
Se rio y se marchó, diciéndome que me quedase quietecita en el sofá y con los pies en alto.
Cuando volvió, traía la pomada y una sonrisa en la boca.
—Mi abuela te llama «la niña». Ja, ja, ja. Que sepas que solo utiliza «niña» y «niño» para la familia... No te molesta, ¿no?
Me pareció muy bonito que ambos se preocuparan tanto de que me sintiese bien con ello.
—En absoluto. Mi casera siempre se dirigía a mí como «niña» y mi padre alguna vez también, aunque él era más de «señorita» —dije con cierta nostalgia.
—Pues ponte aquí, mi niña, que te eche el ungüento de la yaya Catalina.
Dios mío, este hombre estaba loco. ¿Pretendía tocarme los pies? Es algo que aborrezco. Me recorre un escalofrío por la espalda solo de pensarlo. Ni siquiera soy capaz de usar sandalias de dedo porque no soporto llevar algo que me los roce. Joder, pero, por otro lado, qué bonito que me hubiese llamado «mi niña»... Sí, sí, muy bonito todo, pero lo de los pies ni de coña lo podía aceptar.
—Deja, no te preocupes, yo me lo echo.
—No seas tonta. Túmbate y ponme los pies aquí. Ya verás cómo te relajas.
A ver, solo hay una cosa peor que el hecho de que me toquen los pies: tocarle los pies a otra persona. Del uno al diez, lo primero es un diez, pero lo segundo es algo intolerable. De lo malo malo, no me estaba pidiendo que le tocase los pies. Le miré a los ojos y él me estaba observando con dulzura. Pensé que si él tuviese una herida en los pies, se la curaría y entonces supe que sentía algo más fuerte de lo que pensaba.
Me dejé llevar. No solo me puso el ungüento, sino que me dio un masaje que borró de un plumazo el día de mierda que había tenido. Cada movimiento de sus enormes manos por mis diminutos pies me provocaba un latigazo en cada una de mis terminaciones nerviosas, como pequeños orgasmos seguidos. Sonreí, sintiéndome un poco como la Cenicienta, con uno de mis pies entre sus manos (solo que yo, después del masaje, me puse unas sandalias en vez de un zapatito de cristal).
—Todos tenemos un sitio aquí, cariño. Te ayudaré a que encuentres el tuyo —me dijo, entrelazando sus manos con las mías.
Esperé, sinceramente, que fuese verdad.