Contando atardeceres

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PARTE II. IBIZA » 15. «Luscofusco». Momento del día en el que se dibujan en el horizonte los colores de la puesta de sol

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15

Luscofusco

Momento del día en el que se dibujan en 

el horizonte los colores de la puesta de sol.

Los días comenzaron a pasar lentos, como el ritmo de la isla. Así viví mis primeros cinco días y mi primer fin de semana. Aunque todavía no terminaba de encontrar mi sitio ni la postura en la cama con aquella almohada, sí que hice mía la rutina de salir cada tarde a fotografiar los atardeceres apuntando la hora en la libreta, porque, por extraño que pareciese, me reconfortaba.

Al contrario que a Javi, a mí me gustaban las redes sociales. En aquellas semanas me acompañaron más de lo habitual. Me hacían mantener el contacto con todas las personas de las que me separaba un mar entero y, de esa forma, me sentía más cerca.

Me gustaba cuidar mi intimidad, por lo que tenía, por un lado, mis redes personales privadas en Facebook e Instagram, con mis amigos más cercanos, aunque con un nombre que no era real y que solo conocían ellos. Me gustaba hacerlo así, cuidando siempre mi privacidad, y de esa forma solo podían encontrarme aquellos a quienes yo permitía que me buscasen. Por otro lado, además tenía otros perfiles públicos que hacía ya tiempo que me había creado, no solo en las redes anteriores, sino también en Twitter, con otro seudónimo.

En este último perfil me reía mucho escribiendo greguerías en ciento cuarenta caracteres, que luego capturaba en formato foto y compartía en mis perfiles anónimos de Instagram y Facebook junto a algunos vídeos y memes. En esa época en Instagram, todo el mundo publicaba fotografías artísticas teñidas con aquel filtro que se llamaba «Valencia», capaz de convertir un día nublado en uno soleado en medio segundo, dotando además a la foto de un aspecto nostálgico. A menudo, esas imágenes artísticas se entremezclaban con fotos de pies en la playa con el texto «Aquí, sufriendo» como título. Mientras tanto, yo me dedicaba a compartir imágenes de mis tuits. Ciertamente, a priori, era un poco raro, pero fue como una especie de golpe de aire fresco en aquel caluroso verano tanto para mí, que escribía, como para quien me leía y se reía conmigo.

Casi todos los días, acompañada de mi móvil y mi Polaroid, salía de casa a última hora para ver el atardecer. Re­petí algunas calas, las que más me gustaban, coleccioné momentos y guardé cada una de las fotos, apuntando meticulo­samente en ellas y en mi libreta la fecha y la hora exacta a la que el sol se ocultaba. A mediados de julio, revisando mi cuadernito, pude percibir que anochecía seis minutos an­tes que cuando llegué. Mi colección de atardeceres iba en aumen­to y mi libreta, que llevaba la cuenta de las horas, me ofrecía de manera involuntaria la rapidez con la que pasaba el tiempo.

—¿Qué has estado haciendo hoy? —me preguntó una noche Javi.

Pensé en lo que había hecho para hacerle un resumen, pero mi mente se quedó bloqueada en una sola imagen. De entre todas las cosas que ocuparon mi día, casi por inercia, solo pude recordar una en detalle.

—Contando atardeceres —contesté con rotundidad.

—¿Es que había muchos? —me preguntó con sorna.

—Ja, ja, ja. Uno al día, ni más ni menos. Los estoy coleccionando.

—¿Coleccionando?

Asentí y me levanté ilusionada en busca de mi libreta. Le mostré las fotos que llevaba hechas en aquellas dos semanas con todas las horas apuntadas.

—¡Qué bonito queda! —dijo Javi sorprendido.

Me sentí orgullosa de mi recién estrenada pasión, que no hacía sino aumentar cada día y que me ayudaba a conectar un poquito más con mi nuevo hogar. Y es que, a pesar de estar muy bien con Javi, él siempre estaba muy ocupado, bien porque se marchaba muy temprano a entrenar, bien porque estaba trabajando o estudiando para sacarse el título de patrón de barco. También seguía saliendo con el kayak y a veces quedaba en el barco de un amigo para preparar la parte práctica de su examen de patrón. Estaba en continuo movimiento y no paraba de hacer cosas en las que muchas veces no había espacio para mí, pero yo no quería entorpecer el ritmo que llevaba antes de conocernos. Un ritmo que le llevó a salir de la isla y que ahora empezaba a repetir, lo cual tampoco me cuadraba. En cualquier caso, todo estaba bien. Aquel verano, mientras él continuaba con sus rutinas y ejercicios, el único deporte con el que yo tuve relación, al margen de mis caminatas para ver los mejores atardeceres de la isla, fue a través de las Olimpiadas en la tele.

Cuando Javi se quedaba dormido en el sofá, fruto del agotamiento, solía aprovechar para escribir a las chicas e irles dando el parte de cómo iban las cosas. Estar al día de los vaivenes en la vida de cada una me hacía sentir cerca de ellas y un poquito menos sola.

 

 

Dramachat

Laux., Lucía azafata., Sara., Tú

¿Cómo va todo por ahí, chicas?

Laux.

Perra, ¿cómo vas túúúúú?

¿Te ha salido ya bigote?

 

Normalmente, cuando tomo el sol, y por mucha crema de protección que me eche, me sale una mancha encima del labio. Laura siempre se mofa de ello. Me miré al espejo: el bigote empezaba a asomar. Maravilloso detalle para terminar el día.

 

 

Cómo lo sabes...

Tengo un poco de bigote ya...

Pero también tengo las piernas

morenitas, al menos...

Laux.

¿Lo demás bien?

Sí...

Lucía azafata.

Uhhhh, eso no suena nada bien.

No, está todo bien, es que

me está costando adaptarme

a la isla más de lo que pensaba.

Sara.

No es lo mismo que ir de

vacaciones, ¿verdad?

Tal cual. Además,

me siento un poco sola

porque Javi está fuera

casi todo el día.

Laux.

Pues díselo, gordi,

que luego será peor.

Es que no quiero agobiarle.

Seguro que es cuestión de tiempo.

Sara.

Jo, ¡os echamos de menos!

Ahora estamos desperdigadas por

toda España: Asturias, Ibiza,

Madrid...

Lucía azafata.

Joder, ya ves. Como para encontrar

un sitio intermedio!

¿Qué tal con el chico de

tu cita de ayer, @Laux?

Laux.

Buaaaah, fiascazo total.

Besaba como un perro bebiendo

agua de un cubo.

Jajajajaja, vaya comparación...

Laux.

Sí, sí, pero es que era tal cual...

Lucía azafata.

Seguro que era géminis

Sara.

Pues a mí me encanta cuando

mis perros me lamen la cara.

¡Por favor! Que alguien diga otra

cosa, rápido, para que no suelte

un chiste sobre el último

comentario de Sara.

Laux.

Jajajaja... Se ha quedado

buena noche, ¿no?

Lucía azafata.

Para Sara desde luego...

Jajajajajaja.

Sara.

Cómo sois...

¡Os quiero, amigaaaas!

 

 

Tener a mis amigas al otro lado del teléfono me reconfortaba, pero ya empezaba a echarlas de menos. Después de la conversación, y siguiendo el consejo de Laux, me atreví a comentarle a Javi cómo me sentía. Lo hice de una manera suave y sutil porque tampoco quería que se viera presionado. Aunque de primeras no prestó mucho interés, algo sí le debió de calar, porque al día siguiente apareció por casa a media mañana con unas flores y una sonrisa.

—¡Se acabó el trabajo y el entrenamiento por unos días! Tú y yo vamos a disfrutar de la isla como se merece.

—¿Como se lo merece la isla o como me lo merezco yo?

—Como os lo merecéis las dos.

Empezaba a pensar que «la isla» era una señora a la que todos nos dirigíamos con mucho respeto, con la que había que conectar de manera especial en un universo paralelo. Y que, además, tenía un gato negro.

Javi continuó hablando:

—Es hora de que os hagáis amigas de verdad. Ponte un bañador y unas zapatillas.

Con lo de las zapatillas me asustó, puesto que pensaba que me iba a hacer un tour de, por lo menos, veinte kilómetros por calas llenas de piedras para lucirse mostrándome su isla. Pero no, no pensaba en lucirse como guía turístico ni buscaba enseñarme la Ibiza escondida y secreta: solo quería que estuviese cómoda. Me llevó a la cala Comta, una preciosa playa de arena fina y blanca, aguas transparentes y calentitas y un maravilloso chiringuito en la parte de arriba. No, Javi no quería impresionarme, solo estar conmigo y que yo estuviese bien. Sin duda, lo consiguió.

Pasamos la mañana tranquilos. Javi me hizo unas fotos increíbles de espaldas en aquella preciosa cala con el mar de fondo, con las que poder dar envidia a mis amigas. También nos hicimos mil fotos de los dos juntos, que era justo lo que más necesitaba. Eso y comerme una buena paella. Desde que había llegado a la isla, Javi siempre había estado atareado a la hora de comer, fuera de casa, o no se habían dado las circunstancias, por lo que, como no servían raciones individuales, todavía no había podido probarla. Así que cuando llegamos al chiringuito no hubo dudas:

—¿Qué te apetece? —preguntó Javi.

—Paella del senyoret. No quiero ni pelar las gambas —respondí al segundo con total clarividencia.

—Ja, ja, Ja. Veo que lo tienes claro. ¿Algún entrante?

—¿Una tapita de paella?

—Vale. No preguntaré por la bebida.

—Mejor...

Nos comimos una de las paellas más ricas que había probado en mi vida, y no solo por su sabor. La «señora Ibiza», por fin, me empezaba a caer bien.

Justo después de comer, mientras hacíamos la digestión como dos niños responsables, una chica pasó entre las toallas con una maletita llena de anillos, pulseras y tobilleras. Me enamoré de una pulsera marrón con detalles azules y dos cascabeles. En cuanto Javi notó que me hacía especial ilusión, se la compró y me la regaló. Me la puso en la muñeca y nos miramos a los ojos.

—Gracias —le dije con cariño.

—No, gracias a ti por estar aquí —respondió él con sinceridad—. Eres tú la que estás haciendo el sacrificio.

—Bueno, mira dónde estamos... Sacrificio, sacrificio, tampoco... —bromeé.

—Sabes de sobra a lo que me refiero.

Javi se acercó a mí y nos besamos. Esa pulsera era lo más bonito que tenía en ese momento: me recordaría a Javi y aquella sensación para siempre. Aquel día disfruté con él no solo del «quién», sino también del «dónde». Y es que la vida está llena de pequeños rincones preciosos. Nuestros corazones también.

Cuando el sol llegó al ocaso, disfrutamos de otro atardecer juntos, como aquel en cala Benirrás, cuando nos besamos por primera vez no hacía tanto tiempo. Saqué de la mochila la cámara y la libreta. Hice la foto al cielo y apunté la hora exacta.

—Y ahora vamos a comprarte una almohada, de camino a un restaurante de lujo donde vamos a cenar las mejores croquetas de la isla junto con una botella de vino.

—Joder, Javi. Me encanta el plan, pero la prioridad es la almohada. Las croquetas me dan igual.

No sabéis lo que debía dolerme el cuello para decir semejante blasfemia sobre las croquetas.

—Ja, ja, ja. Vale, entendido.

Pues sí, ya me conocía bastante por los meses que llevábamos juntos. Sabía que me despertaba de mal humor por las mañanas si no dormía bien y sabía que necesitaba esa almohada. Cuando me regaló en Navidades el libro de La sombra del viento lo hizo porque me había escuchado decir que me gustaba Carlos Ruiz Zafón. Hay personas que, cuando compran un regalo, piensan en lo que a ellos les gustaría que les regalasen. Pero hay otras, mucho más generosas, que, durante el tiempo en que piensan en tu regalo, se ponen en tu piel para acertar con lo que a ti te gusta, dedicándote ese tiempo como parte de él. En ambos casos hay una intención buena, ya que se trata de hacer un regalo, pero en la vida no todo se consigue solo con buenas intenciones.

Después de comprar la almohada, llegamos al restaurante. Era sencillamente espectacular. Estaba en un acantilado con vistas a una cala fabulosa, rodeado de vegetación y decorado con unas preciosas luces tenues, acompañando a un hilo musical muy suave y agradable que no impedía en absoluto mantener una conversación. Las mesas se distribuían en varios pisos a los que se accedía por una escalera integrada en la roca. La planta superior ofrecía unas espectaculares vistas, pero también había unas mesas y varios pufs colocados sobre la arena, de forma que casi parecía que podías tocar el mar con las manos. Era un sueño hecho realidad. Esperé ilusionada a ver qué mesa nos iban a asignar, sabiendo que, en el fondo, cualquiera cumpliría con mis expectativas. Javi conocía a los dueños y fueron superamables con nosotros, acertando de pleno con una mesa tranquila y un poco más separada del resto.

Esa noche había sesión de cine al aire libre en la playa, organizada por el restaurante. Era algo digno de ver, puesto que sentir el sonido de las olas de fondo mientras escuchas los diálogos de El gran hotel Budapest hacía de la cena una experiencia única. Miré el Instagram del restaurante para ver qué películas tenían programadas otras noches, pero llevaban tiempo sin subir ninguna publicación.

Los dueños, una pareja joven, aparecieron para saludar a Javi y se sentaron con nosotros a tomar unas copas cuando acabamos de cenar.

—Ferrer, ¿y qué tal va el curro? Este año parece que está la cosa tranquila...

—De incendios sí, pero no veas la que tenemos liada en la base. No quiero ni hablar de ello porque estoy hasta arriba. Me estoy ocupando de un tema importante y le echo más horas al curro que un reloj. ¿Qué tal vosotros?

—De gente superbién, ya lo ves, estamos hasta la bandera. Pero fatal, porque habíamos contratado a una chica para llevar todos los eventos de la temporada, lo del cine, todo el tema de relaciones públicas y las redes sociales..., pero nos ha dejado tirados en el último momento.

Javi me lanzó una mirada que entendí a la perfección. Sonreí como respuesta.

—Ella ha trabajado como relaciones públicas en Madrid y controla las redes.

Los dueños me miraron como si hubiesen encontrado un tesoro de repente o les hubiese tocado la lotería.

—¡No me digas! ¿Te gusta organizar eventos? Dime, por favor, que controlas Instagram...

—Claro, Instagram, Facebook y Twitter. Soy muy metódica y ordenada para llevarlo todo al día. Además, me encanta trabajar con gente. ¿Qué tipo de eventos celebráis aquí?

—Ahora, en verano, todo tipo de fiestas privadas y, por supuesto, comidas y cenas, además del cine y actuaciones en directo pequeñitas. Por la mañana también se imparten clases de yoga. Es un sitio magnífico para hacerlo, con el oleaje de fondo.

—En esa zona me imagino una pasarela de moda... En redes tendría mucho tirón —comenté.

—¡Qué buen ojo! Teníamos pensado que, si algún día organizábamos un desfile, sería un sitio perfecto —me dijo la dueña sonriendo.

—¿Te apetecería trabajar con nosotros?

Miré a Javi. En ese momento fue él quien me contestó con una sonrisa.

—Me encantaría.

—Nos salvas la vida. Alguien de confianza es justo lo que necesitamos —dijo ella.

—Espero estar a la altura —acerté a decir, un poco presionada ante la situación.

—Con lo que mides, eso será difícil —comentó Javi con sorna.

—Mira, ya tenemos monologuista cómico para la semana que viene —dije, contratacando rápidamente mientras todos reíamos.

—Ven mañana por la mañana, si te parece bien, sobre las once, y hablamos de las condiciones. Gracias, de verdad, gracias.

El dueño me dio la mano y la dueña dos besos, ambos muy felices de haberme conocido.

Esperaba estar a la altura, pero de verdad, porque eran amigos de Javi. Aunque tenía experiencia, se planteaba como un gran reto. Un reto que, por otro lado, iba a venirme muy bien, y estaba segura de que me iba a sacar de esa dinámica en la que había entrado sin querer desde que había llegado a la isla. Si todo iba bien, tendría mi tiempo mucho más ocupado.

La noche, sin duda, acabó de una manera soñada. No solo por las croquetas de roquefort, que estaban exquisitas, ni por mi nuevo trabajo, sino porque, además, tenía almohada nueva. Quizá estaba empezando a encontrar mi sitio en Ibiza.

Me coloqué mi pulsera nueva en la muñeca, cerré los ojos y sonreí. Nada más llegar a casa, quise contarles la novedad a mis amigas.

 

 

Dramachat

Laux., Lucía azafata., Sara., Tú

Amigaaas, he encontrado

un curro aquíííííií.

Sara.

¿Y eso? ¿Dónde?

En un restaurante cuquísimo,

de relaciones públicas y llevando

las redes sociales.

Me vendrá genial para practicar

idiomas, porque aquí

yo creo que solo hablamos

español Javi y yo.

Lucía azafata.

Oleeeeee! Me encanta, rubi,

vas a recordar nuestros

viejos tiempos

 

 

Aquel mensaje de Lucía me hizo rememorar en segundos los años que pasamos juntas en la agencia de eventos. Ella, con veintiuno, me enseño todo lo que sabía sobre este trabajo. Fue alguien imprescindible para mí en aquellos años. Le debía tanto...

 

 

Laux.

Qué guay, chiquiiiii.

Espero fotos de ese sitio cuqui

yaaaaaaa.

¿Vosotras qué tal?

¡Os echo mucho de menos!

Laux.

¡Deseando que vengas un finde

para quemar Madrid!

 

 

Yo también tenía ganas de quemar Madrid con Laux y con todas, pero de momento estaba allí con un bombero intentando prevenir incendios.

A la mañana siguiente cogí la moto y me presenté en el restaurante. Solucionamos rápidamente el contrato y me presentaron al resto del equipo. Encajé a la perfección desde el primer día: mis compañeros eran encantadores.

Tuve especial afinidad con Lúa, una camarera gallega amante de su lengua que comenzó a enseñarme sus palabras favoritas en cuanto vio que me interesaba aprenderlas.

—Mi palabra favorita en gallego es morriña —le dije, intentando ser amable.

—Ay, ¡como para no! Es que es preciosa.

—Leí una vez que tenéis casi cien palabras distintas para designar la lluvia —añadí, profundizando en el tema.

—Pocas me parecen —contestó mientras se reía y me guiñaba el ojo.

—Ja, ja, ja. Me encanta vuestra lengua, me encantaría aprenderla.

—Qué riquiña. Pues nada, ya te iré enseñando cosas. Hoy te dejo mi refrán favorito: «Nunca choveu que non escampara», que viene a ser «No hay mal que cien años dure».

—Pues como os enseñe yo palabras en ruso, nos vamos a liar —se unió Katia a la conversación, remarcando bastante la erre. No tanto como en las películas, pero sí haciendo honor al tópico.

—Yo encantada de aprender cualquier idioma, aunque me temo que el ruso será algo más complicado que el gallego.

—En el par de veranos que llevo aquí, solo he aprendido un concepto. Con eso te lo digo todo —intervino Michael, el cocinero.

—Ah, ¿sí? ¿Cuál es? —pregunté extrañada.

Katia le miró resoplando como si supiese lo que iba a decir.

Domashnie tapochki —dijo con una entonación más propia del italiano que del ruso.

—No le hagas caso. Está loco —respondió Katia.

—¡Qué bonito! ¿Qué significa?

En ese momento se hizo un silencio. Michael empezó a reírse y todos comenzaron a mirarse con complicidad hasta que Katia respiró hondo con cara de pocos amigos.

—Significa «zapatillas de estar por casa».

Todos comenzaron a reírse, Katia incluida. Seguro que habría miles de expresiones más bonitas que aprender en ruso, pero yo ya había aprendido una. Katia continuó hablando:

—Es que un día, sin darme cuenta, vine de casa al trabajo con las zapatillas de estar por casa. Michael me vio y me dijo: «Katia, bonitos zapatos». Claro, me miré los pies y, cuando me di cuenta, grité: «Domashnie tapochki». Y ahora este señor me lo recuerda todos los días.

Volvieron a reírse de manera sana, comenzando por Katia.

—No te preocupes. Yo una vez me llevé al trabajo el mando de la tele en vez del móvil. Cuando me di cuenta, no sabía si llamar a mi amiga Laura o poner Antena 3 —añadí, haciendo mi aportación, mientras todos reían aún más.

—Son cosas de rubias —respondió Katia entre carcajadas.

Me encantaba el buen rollo que existía entre ellos. Presentía que era el lugar perfecto para mí en ese momento de mi estancia en la isla, tras no haber empezado con buen pie. Además, otra cosa no, pero idiomas seguro que iba a acabar aprendiendo, y eso era un valor añadido muy a tener en cuenta. Ibiza es una isla que recibe mucho turismo internacional, lo cual se nota en la maravillosa mezcla de gentes que hay trabajando por todas partes y en cómo se relacionan entre ellas de una manera sana.

En cuanto a mi trabajo con las redes sociales, iba a consistir en dotarlas de contenido y en que nunca faltase una foto bonita que publicar del restaurante, de nuestros platos o de los eventos semanales, todo ello aderezado con un texto atractivo que las acompañase. Por suerte, tenía algo de ocurrencia innata para dotar a esas fotos de una vida especial, con creatividades que la gente aceptó de buen grado. Por lo tanto, me sentía como pez en el agua. Escribía los textos en inglés y en español. A veces, con la ayuda de Katia, también en ruso. Todo eso hizo que la página comenzara a aumentar su número de seguidores en muy poco tiempo, lo suficiente como para que empezara a valorarse mi trabajo.

Aquel verano coincidió con la llegada de las stories a Instagram y pronto me familiaricé con ellas. Empecé a subir fotos en tiempo real, muchas de ellas de los atardeceres que, siguiendo con mi rutina, fotografiaba cada tarde en la isla. Casi sin quererlo, las fotos empezaron a compartirse y a hacerse un poco virales. De hecho, muchas personas seguían el perfil del restaurante esperando ver cómo sería la puesta de sol que cada tarde les trasladaba a ese punto de Ibiza. Daba igual el lugar del mundo donde se encontrasen: aquellas fotos transmitían una paz que por mensaje privado siempre me agradecían, como si de algo terapéutico se tratase. Gente anónima compartía la misma pasión que yo estaba desarrollando.

Un jueves por la tarde, después de llevar un par de semanas trabajando, tuve la suerte de contemplar un ocaso excepcional a unos kilómetros del restaurante. El cielo estaba teñido de un rojo intenso, en un degradado precioso donde la noche empezaba a hacerse notar. A la mañana siguiente se lo mostré a Lúa, bastante emocionada con mi hallazgo.

—¡Precioso luscofusco! —dijo nada más ver la foto.

—¿Qué significa? ¿Atardecer? —pregunté, imaginándolo por contexto.

—Más o menos. Es el color del que se tiñe el horizonte entre el atardecer y la noche.

—Entonces sería arrebol.

—¡Fíjate, esa no la conocía yo!

—Empate a uno —respondí en clave de humor mientras ella, sonriendo, preparaba una de las mesas para el turno de comidas.

Lúa, cuyo nombre ahora sé que significa «Luna», era una mujer excepcional, como el atardecer que le mostré. Intensa, trabajadora y, sobre todo, una gran compañera.

—¡Toma, vamos a brindar! —dijo de repente, trayendo dos vasos de chupito con una crema de orujo.

—¿Y eso?

—Hay que celebrar.

—¿Qué celebramos? —le pregunté a Lúa, extrañada.

—Todo. Celebramos todo lo que queramos.

Y qué razón tenía. ¿Por qué elegir un motivo solo cuando podíamos celebrarlos todos?

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