Contando atardeceres
PARTE II. IBIZA » 16. Léeme despacio, que tengo prisa. Leer es viajar a través de tus recuerdos
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Léeme despacio, que tengo prisa
Leer es viajar a través de tus recuerdos.
Las semanas siguientes fueron calmadas, dentro de la vorágine que implicaba formar parte de un restaurante de moda en una zona caliente de turismo en plena temporada alta. Mientras el resto del mundo a nuestro alrededor estaba de vacaciones, nosotros dos trabajábamos mucho. Javi mucho más de lo que quería admitir. A menudo me decía, con la boca pequeña, que iba a llegar pronto a casa, pero solía hacerlo de noche, a última hora, ya que cuando acababa su turno se quedaba con un tema importante que le habían asignado y que le tenía absorto.
Su trabajo le gustaba mucho. Siempre tuvo el tacto de no contarme nada demasiado escabroso, nada que me hiciera sufrir o estar preocupada de más mientras él estaba fuera. Aunque un día se saltó esa regla:
—Hoy he tenido que hacer algo que te espantaría.
—¿Tocarle los pies a alguien?
—Ja, ja, ja. No. Algo que te pondría aún más histérica. Hemos tenido que intervenir porque había un panal de abejas en mitad de la calle.
Javi sabe que, cuando veo a una avispa o una abeja, me pongo extremadamente nerviosa. Mi primera reacción es gritar: no lo puedo evitar, es algo innato, como responder rápido para defenderme cuando siento que me atacan. Me supera. Javi siempre se mofa de mí y me dice que debería tranquilizarme, pero os puedo asegurar que para mí eso es imposible.
—Me muero. ¿Y qué hacéis en esos casos? Porque me imagino que matarlas no es una opción...
—Nunca. Las abejas son especies protegidas, niña. Lo que hacemos es, primero, acordonar la zona para evitar daños tanto a ellas como a personas y mascotas que puedan pasar por allí, porque en ese momento las abejas se vuelven muy beligerantes para protegerse.
—Me muero. —Solo acertaba a decir eso, fruto del interés y la tensión que me generaba la anécdota de Javi.
—Ja, ja, ja. Que no pasa nada. Además, vamos con equipos de protección. Lo que hacemos es localizar a la reina y la ponemos en una cajita. Entonces el resto de las abejas la siguen y, cuando están todas juntas, las llevamos a un lugar seguro.
Me empecé a rascar por todas partes. Javi era un valiente.
—Siento haber llegado tarde —dijo cambiando el tono—. Entre eso y el plan de prevención de incendios...
Javi era consciente de que pasaba bastante tiempo fuera de casa, y supongo que de algún modo quería justificarse. Yo lo entendía. Por suerte, tenía un trabajo que me dejaba poco tiempo libre, pero se estaba empezando a crear una cierta tensión recurrente y un desánimo entre nosotros en el que casi empezábamos a ser dos extraños. Habíamos pasado de tener todo el tiempo del mundo para los dos en Madrid a organizar los huecos libres en una agenda para vernos en Ibiza. Una tensión que se rompía sexualmente, por el bien de los dos, aunque empezaba a no ser suficiente.
Conseguí organizarme para que aquellos días en los que solo tenía que dedicarme a las redes pudiera hacerlo desde cualquier punto de la isla, de forma que no abandoné aquella inercia aprendida de buscar playas y atardeceres nuevos montada en mi querida moto. También aprovechaba para leer en nuestro cuidado jardín y charlaba con la abuela de Javi muy a menudo, más en algunas ocasiones que con su propio nieto.
—¿Qué lees? Tienes el libro hecho polvo. Parece que te hayas peleado con él —me preguntó un día por sorpresa doña Catalina mientras leía en una hamaca del jardín.
—Nada.
—Entonces tienes el libro abierto, pero es para que te entre sueño, ¿no? —respondió con la ironía que la caracterizaba algunas veces.
A mí, que me encantaba la manera sutil que tenía de ponerme a prueba, como quien se hace la tonta y no se entera de nada, se me escapó una sonrisa por la confusión.
—¡Perdón, perdón! Me refería a que estoy leyendo Nada, de Carmen Laforet.
—Ahhh, muy buena elección. Tienes buen gusto con los libros.
—Eso me decía mi padre —recordé con nostalgia.
—Si quieres, cuando te lo acabes, podemos hacer un cambio. Tengo muchos libros en casa, aunque apenas leo porque ya me falla la vista. El niño dice que me quiere comprar una tableta de esas, para leer con las letras más grandes, pero no sé si me apañaré.
De nuevo doña Catalina me recordó a mi padre con su poco apego a las nuevas tecnologías.
—¡Seguro que sí! Se lo recordaré para que la compremos.
—Me voy a tejer un rato. Que vaya bien, niña.
En ese momento, mientras la abuela Catalina salía del jardín en dirección a su casa, me di cuenta de un detalle en el que no había caído unos minutos antes. Me regañé por ser tan torpe y me levanté rápido de la hamaca. Salí corriendo hasta que llegué a su altura.
—Doña Catalina, ¿le importa que la acompañe?
—No me importa, pero te vas a aburrir conmigo, niña.
—Qué va... Además, se me ha ocurrido una idea. Estaba pensando que, mientras usted teje, puedo leerle algunos capítulos del libro que quiera. Así no tiene que forzar la vista y yo leo algo nuevo.
—Bueno... Pero tienes que dejar de hablarme de usted, que tampoco nos llevamos tanta edad.
Sonreí con cariño. Era tremenda. Una pedazo de mujer inteligente y amable, aunque con un punto de ironía. Soberbia. Parca en palabras, pero siempre agradable y dispuesta a conversar.
Cuando llegamos a su casa me dijo que ella solía tejer «a la fresca», en un patio interior que presidía una hermosa higuera que daba una abundante sombra.
—Mira, estoy tejiendo una bufanda para Javi. ¿Te gusta? —dijo mientras me enseñaba una preciosa bufanda de lana marrón mezclada con colores tierra, naranja y teja que había combinado con mucho gusto.
—Pero Catalina, ¡que estamos en pleno verano! —respondí en broma.
—Ya lo sé, pero es que solo sé tejer bufandas. Cuando termine esta, te haré una a ti.
Asentí sonriendo en señal de agradecimiento. Sin decir nada más, cogió una silla de madera perfectamente barnizada a pesar del tiempo que tenía, y se sentó a la sombra de la higuera con una pequeña botella de agua y un cestito con bobinas de lana de diferentes colores.
La miré enternecida por la situación. Una estampa preciosa de lo que era vivir en paz con una misma, algo que resulta difícil de ver hoy en día. Supongo que esta relajación llega con la edad, pero es admirable reconocerla de manera tan clara en una persona que, lejos de pensar en si hacer una bufanda en verano era lo propio, hacía lo que quería en cada momento.
—Catalina, ¿qué quiere que le lea? —dije, sacándola del trance mecánico en el que se había imbuido mientras tejía.
—Ah, sí... Mira, hay un libro ahí, en la repisa de la ventana. Está marcada la página por donde voy.
—Vale.
Me acerqué a la ventana y descubrí un libro viejo, con una cubierta deslucida que bien podría tener decenas de años. Aromas del pasado, de María Teresa Sesé. No conocía a la autora, pero el libro era una primera edición que databa de 1954. Era una escritora coetánea a Carmen Laforet.
—Es literatura romántica de la época o eso decía la gente... De después de la guerra.
Sonreí por la ternura que me entrañaba que aquella mujer de más de ochenta años se aferrara a sus gustos, los cuales seguramente le trajeran la nostalgia de los recuerdos de otra época, dejando entrever en sus palabras que en esos libros había mucho más. Entendí a la perfección que era justo el mismo sentimiento que cuando yo escuchaba alguna canción de La Oreja de Van Gogh y me traía de vuelta a Nacho o a Lauri, mis dos grandes amores de la adolescencia. Todo ello salvando las distancias generacionales y una posguerra de por medio.
Tenía una pequeña cintita que marcaba la última página leída. Me entristecí mucho al ver que era la página cinco.
—No he podido avanzar mucho, ¿verdad? —dijo de repente, con un tono melancólico que me llegó al alma.
—Bueno, pues ahora vamos a darle un arreón.
Cogí el libro y me senté junto a ella en un banquito hecho en piedra que rodeaba la higuera.
—¿Quieres que empecemos desde el principio?
Catalina asintió mientras seguía con su bufanda.
Abrí la primera página y al instante respiré un olor tan reconocible que un escalofrío me recorrió el cuerpo. Era un aroma del pasado, como el propio título de la novela, que me traía de nuevo a mi padre y a una situación que ya había vivido. El recuerdo de cómo, sentado en su sillón, me pedía que leyese algún libro porque no encontraba las gafas. Una excusa perfecta para conseguir que practicara y, casi sin querer, cultivara mi pasión por la lectura. Un olor a libro antiguo que era el aroma de mi padre y su recuerdo. Catalina me recordaba tanto a él que me hacía sentir que era parte de ella. Respiré profundamente para guardar esa primera sensación en mis pulmones y ella lo notó.
—¿Sabes por qué huelen bien los libros antiguos?
Negué con la cabeza, interesada.
—Es por la lignina.
—¿Y eso qué es?
—Pues una sustancia natural que está en las plantas. Cuando se descompone, desprende ese olor. Es prima hermana de la vainilla.
En una sola frase, aquella buena mujer me había traído el recuerdo de dos personas muy importantes para mí. Cerré los ojos y tomé aire, recreándome en la imagen de mi padre y en la de mi mejor amiga de la adolescencia, Lauri, y su olor a vainilla.
Aquella tarde estuve un par de horas leyendo para ella. No cambió el gesto durante ese tiempo. Solo paró para beber de vez en cuando, pero en el fondo sé que disfrutaba muchísimo porque sus ojos brillaban.
Por la noche le dije a Javi que adoraba a su abuela.
—¡No es para menos! —me dijo—. ¿Has visto cómo tiene la cabeza? Está perfecta para su edad.
«Y el corazón», pensé.
—Sin duda, está bastante más lúcida que tú.
—Bueno, niña, eso es sencillo.
—Desde luego —dije tácitamente mientras nos abrazábamos en el sofá al compás de las risas.
—¿Qué tal en el restaurante? —preguntó Javi, interesado.
—Pues bien, me estoy organizando bastante bien para hacerlo todo. Esta semana he cerrado la actuación de una chica que versiona canciones. Tiene una voz preciosa.
—Iremos a cenar, ¿no?
—He reservado una mesa para nosotros. Aunque igual tengo que estar pendiente antes y después del evento.
—No pasa nada, diré que soy el novio de la relaciones del local —dijo en tono de broma mientras sonreía—. Y con los compañeros, ¿bien?
—Increíble. La verdad es que se nota el cariño que se tienen. Por mi experiencia, la gente suele estar quemada.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Estás quemada?
Se hizo un silencio tras la pregunta, un poco incómoda.
—¿Por qué lo preguntas?
—Ayer me mentiste —dijo un tanto serio.
—¿Yo?
—Te pregunté qué mirabas en el móvil con tanto interés y me dijiste que era un mensaje de Laux, pero era una notificación de áticos en alquiler en Madrid.
Miré a Javi un tanto sorprendida. No porque hubiera visto la notificación (al fin y al cabo, recordé que se iluminó en la pantalla, a su lado), sino porque me sentí rara. Era como si el hecho de que echase de menos Madrid fuese algo malo.
—Bueno, las tengo siempre activadas porque me gusta ver áticos. También las tengo en esta zona y no es que quiera alquilar un piso —dije relajando la conversación.
—Yo tengo muchísimo lío en la base ahora, no puedo ni siquiera plantear la opción de marcharme ni de pedir un traslado. El hecho de que hayas encontrado este trabajo me ayuda muchísimo —replicó Javi, casi sin escucharme, como cuando alguien quiere lanzar su mensaje por encima de todo y dejarlo claro. Como si no le importara lo que había dicho hacía escasos diez segundos.
—Está bien, pero ¿crees que podrás pedir de nuevo el traslado? Ya sabemos que no es una cosa que vaya precisamente rápida. Mira la última vez... —dije con tranquilidad.
—Bueno, rubia, dejemos que fluya. Lo vamos viendo.
Aquella frase en su boca sonó todavía con mayor parsimonia. Casi como a cámara lenta. Me sentó un poco mal, a decir verdad. En este caso, no era cuestión de fluir. Vinimos a la isla con una premisa clara, y yo necesitaba tener una fecha en el horizonte.
Le miré sin decir nada. No quería discutir, pero intuí en aquella frase que Javi me estaba pidiendo más tiempo allí del que teníamos pensado, ya que ni siquiera había comenzado a buscar esa permuta que habíamos pactado con la idea de volvernos. Por supuesto, quise ser razonable: todavía no llevábamos mucho tiempo en la isla, así que consideré que no era el momento de remarcar que solo estábamos ahí con la idea de encontrar otra permuta y volver a Madrid. Javi debió intuirlo en mi cara y quiso relajar la tensión.
—No nos agobiemos, ¿vale? En unas semanas la buscaré, te lo prometo.
Ya sabéis lo que dice el refrán: «Quien mucho promete, mucho olvida».