Contando atardeceres
PARTE II. IBIZA » 17. Javi. No es dónde, es con quién
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Javi
No es dónde, es con quién.
Nunca se me habría pasado por la cabeza que iba a escuchar a la rubia chapurrear algunas palabras en ruso. Y cuando digo «chapurrear» me refiero a ser capaz de saludar, dar las gracias e incluso llegar a decir: «Un momento, por favor, enseguida viene una compañera». Pero oye, algo era; desde luego, más que llamar Ivanoski a Iván, como hacía su amiga Laura.
Me alegré muchísimo de que aquella noche decidiésemos cenar en el restaurante de Carol y Nico. Siendo un poco egoísta, sentía que ella no terminaba de encontrar su sitio en la isla, mientras que yo había vuelto a la rutina más rápido de lo que hubiese deseado. Sin embargo, una vez dentro de la vorágine que suponía mi trabajo, me estaba siendo imposible salir de la dinámica en la que había entrado. Así que, tras aquella preciosa casualidad, no pude evitar pensar que la elección de aquel restaurante, aquella noche en concreto, había sido algún tipo de señal a la misma altura que aquella en la que nos reencontramos en Madrid.
Estábamos en temporada altísima en la isla, y para un restaurante así era imprescindible tener visibilidad en «internet» (como yo llamaba a las redes sociales) y, sobre todo, una buena oferta de eventos que dinamizaran las noches. Y en eso ella era la mejor.
En cuestión de semanas consiguió que pasasen de tres mil a más de cuarenta mil seguidores en Instagram. Aprovechaba cualquier momento para dar a conocer el espacio.
Un sábado por la noche fue a cenar una cantante mexicana muy famosa. Yo la verdad es que no la conocía, pero todo el mundo estaba revolucionado. No he entendido nunca muy bien esa especie de expectación que genera en la gente alguien que hace su trabajo, que en este caso es el de cantar. Siempre pienso en otras profesiones menos agradecidas que pasan sin pena ni gloria. Supongo que funciona así: hay quienes cantan y entretienen al mundo, mientras otros hacen que funcione.
Esa noche, una niña, que debía ser una gran fan por lo nerviosa que estaba, se levantó y le pidió una foto con ella. La rubia, siempre muy atenta, rápidamente caló la acción de la cría y se propuso como fotógrafa oficial del restaurante con el fin de hacerles la foto a ambas, todo ello con vistas, y, por supuesto, destreza, de que no solo salieran muy guapas las dos, sino de, además, mostrar el precioso restaurante en el que estaban. Cuando la famosa cantante mexicana revisó la foto se vio muy favorecida, momento en que la rubia, muy hábil, aprovechó para pedirle si podía subirla a las redes del restaurante y etiquetarla. El resto de la historia se cuenta sola. Nuestra cantante aceptó la etiqueta y subió incluso la foto a sus stories mencionando el restaurante, haciendo un comentario sobre el trato exquisito, las vistas y el encanto del lugar. Logró que ese mes no tuvieran que invertir ni un euro en márquetin. Salieron en todas las guías turísticas y en los mejores perfiles de redes sociales, recomendando el restaurante como el «elegido» por la famosa cantante mexicana.
Eso atrajo también a muchos otros perfiles de famosos que se pasean cada verano por la isla, quienes, por supuesto, contactaban con ella a través de las redes sociales para reservar las mejores mesas.
De todo este proceso, que viví de primera mano, una de las cosas que más me gustaba de la niña es que nunca se dejó llevar por aquel mundo de la farándula, como yo lo llamaba. Pese a codearse, en algunos casos de manera directa, con personas famosas (futbolistas, cantantes, actores y celebrities de todo tipo), nunca perdió la perspectiva de su trabajo ni de cuál era su relación con ellos. Creo que debió rechazar una decena de fiestas privadas en yates, algún cumpleaños en ciertas mansiones de la isla y una vuelta al mundo en velero.
A pesar de todo, siempre me dijo que para ella los vips no eran solo los famosos, sino todas las personas que llamaban intentando reservar una mesa para celebrar, por ejemplo, un aniversario especial con su pareja, sin saber que, una vez entrado el verano, la lista de espera aumentaba de forma exponencial. Siempre intentó agradar a todos y siempre consiguió montar una mesa más para esa pareja anónima que quería celebrar un aniversario o una pedida especial. Llegaba a casa emocionada:
—¿Te acuerdas de que esta mañana te dije que una pareja de abuelitos estaba celebrando su cincuenta aniversario?
—Sí, claro. He visto las fotos en Instagram —le respondí, también emocionado.
—¿Tú, en Instagram?
A decir verdad, dada mi poca afición a las redes sociales, no sonaba muy convincente.
—Ha sido un momento de enajenación mental transitoria. No volverá a pasar.
—Vale, vale. Me habías asustado —dijo, continuando con la broma—. Pues esta noche vienen su nieto y su pareja a celebrar una pedida. Se lo he organizado para que sea en el mismo día.
—¿Y había hueco?
—No, pero he hablado con una chica que es la mujer de un jugador de fútbol muy muy famoso... No me sale ahora el nombre, pero es más maja... No le ha importado cederles la mesa y venir otro día.
Seguro que os estaréis preguntando quién era esa mujer y el jugador de fútbol, ¿verdad?
Por otro lado, mi trabajo, desde que volví, estaba siendo agotador. Me habían puesto al mando del equipo de prevención de incendios forestales del plan de defensa del Govern. Para mí era todo un reto, ya que tener la oportunidad de analizar los riesgos de un incendio forestal y prevenirlos era todavía más satisfactorio a nivel personal que extinguirlos. Elaborar el plan me estaba llevando mucho tiempo, pero era una oportunidad profesional.
Esto me trajo grandes dolores de cabeza, ya que, por un lado, estaba encantado con esta nueva faceta que estaba desarrollando a nivel personal, pero, por otro, me sentía culpable por no estar disfrutando de la isla y de la compañía de la rubia.
Recuerdo la primera noche en la que lo noté. Salí de la habitación que utilizaba como despacho después de revisar los turnos programados para el día siguiente. Me asomé al salón y allí estaba ella, en el sofá, con los pies encima de la mesita de centro y con el móvil en la mano. Últimamente pasaba mucho tiempo con él y estaba claro que no era culpa de su nuevo trabajo ni suya.
Me miró y me sonrió, pero en sus ojos pude percibir una abierta tristeza. Esa que se ancla dentro y no se expresa con lágrimas, sino con decepción. Ahí está la diferencia. Me acerqué y me senté junto a ella. Hablamos de mi abuela y de sus primeros días en el restaurante. Le pregunté si todo estaba bien y ella hizo lo que tenía que hacer: preguntarme si estaba ya buscando la nueva permuta que nos permitiera seguir con la idea inicial de volver a Madrid.
Siendo sincero, ni siquiera se me había pasado por la mente desde nuestra llegada. Hasta arriba de trabajo, lo último que tenía en la cabeza era buscar a otro compañero con el que ponerme de acuerdo, por no hablar de la oportunidad profesional que se me había presentado. Le dije que no nos agobiásemos, que en unas semanas me pondría con ello y que dejara fluir las cosas, pues ella estaba bien en su nueva faceta.
Decirle aquello fue lo primero que se me ocurrió para ganar algo de tiempo, pero no por ser lo primero fue menos cruel.
Después de aquella conversación me sentí en la obligación de mejorar su vida conmigo (no ya con la isla, con la que parecía ir conectando definitivamente a través de sus atardeceres, mi abuela y sus nuevos compañeros), sino con los detalles que habíamos perdido y que tanto nos unieron en Madrid. Al recordar esos momentos en la capital me di cuenta de que en muchos de ellos estaban sus amigas. Si quería que recuperara esa chispa que siempre desprendían sus ojos desde que la conocí, tenía que volver a recuperar no solo el tiempo entre nosotros, sino algo de tiempo con ellas.
Al día siguiente, llamé a Iván.
—Oye, ¿qué pasa? Se me ha ocurrido una idea.
—¿Una sola? —bromeó Iván.
—De momento, sí. ¿Por?
—No, por nada. Pensaba que era un concurso de obviedades y solo quería ratificarlo.
—Ah, vale... Que estás con una de esas bromas que ya tienes planificada. No sé qué pasa, pero tengo la sensación de que por las noches estudias para monologuista.
—¿Tú también lo has notado?
—Iván... —dije, poniéndome serio por acabar con ese arranque de conversación que, si fuera por él, podría eternizarse durante horas—. ¿Qué te parece si conseguimos que Laura y las amigas de la rubia vengan a Ibiza este verano?
—Es como si me hubieses leído la mente: me parece la hostia. Ayer mismo se lo insinué a Laura. Me puso un audio por la noche a las cuatro de la mañana y me dijo algo de vernos, pero no la entendí muy bien, la verdad.
—Ja, ja, ja. Me encanta para ti, sois tal para cual. Eso sí, con el volumen que os gastáis, vuestros hijos serán sordos.
—Pues esa es la cosa, que somos tal para cual y por eso cada uno está en su casa...
—¿Qué quieres decir con eso?
—Pues quiero decir que a mí Laura me encanta. Aparte de que está buena, algo que es obvio, es una persona excelente. Pero, como ya te dije, ella tiene su vida allí y yo la mía aquí. Y eso es algo que vosotros quizá no hayáis identificado.
Joder, vaya golpe bajo me acababa de dar. Pero quería pensar que no tenía razón, y digo «quería pensar» porque no quería aseverar algo que ni yo mismo sabía con seguridad.
—Venga, déjate de rollos y dime: ¿puedes llamar a Laura e intentar organizar un viaje sorpresa? ¿Tienes alguna villa para ellas?
—Bueno, pues depende de la fecha, pero lo puedo mirar, claro. Algo habrá.
—Venga, ponte con ello y me dices, anda. Adéu!
—Adéu!
En cuestión de una semana, todo estaba organizado por parte de Iván: había conseguido que Laura, Sara y Lucía buscasen días por debajo de las piedras y coincidieran para venir a Ibiza a finales de agosto. Iván les proporcionaría el alquiler en una villa y le daríamos una sorpresa a la niña que le devolvería el brillo en los ojos, el cual se estaba extinguiendo por momentos. No dejaba de ser otro plan de prevención de incendios que ponía en marcha, pero esa vez en mi relación. Para ello, me encargué de atar bien los cabos.
—¿Me has cogido la mesa del fondo para esta noche, hermosa? —le pregunté a la rubia, a quien le había pedido el «favor».
—Sí, tienes una reserva para seis en la mesa del fondo. Pero ¿no teníais otro sitio a donde ir tus compañeros y tú? Me dijiste que, normalmente, la gente de la isla no viene en verano a este tipo de restaurantes.
—Ya, pero en la isla no hay mejor restaurante que el vuestro ni mejor relaciones públicas al mando. —Le di un beso y me fui.
Aquel día recogí a las tres en el aeropuerto y las llevé a la villa de Iván, en cala Vadella. La coincidencia de nuevo, en forma de señal, había hecho, junto a la providencia, que volvieran a estar en el mismo lugar donde hacía ya casi un año nos conocimos. Mientras esperaba, recibí un mensaje de Laura:
Viaje sorpresa
Iván, Laux, Lucía, Sara, Tú
Laux
¡Estamos salidas!
Lucía
Eso es, Laux, sin anestesia!
Iván
Jajajajajajaja.
Laux
Jajajajajajajajaja.
Quería decir que estamos
EN salidas.
Jajajajaja.
Aquí estoy.
Cuando aparecieron por la puerta de salidas de la terminal supe que había sido una grandísima idea. Las tres aparecieron rebosantes de energía, cada una a su estilo y con un número diferente de maletas. Laux llevaba unas cuatro, mientras que Sara, por el contrario, llegaba con una pequeña mochila y una bolsa de mano. Estoy seguro de que no habría nada que le hiciese más feliz a la rubia que verlas en ese momento apareciendo como si de tres celebrities se tratase.
De camino al coche, Laux no paraba de hablar y de recordar la vez que nos conocimos en la isla. Se emocionaba con todo. El aeropuerto, el buggy, el camino de vuelta...
—Buaaah, vais a aluciflipar las dos con la villa a la que vamos. Es en la que estuvimos el año pasado cuando el vuelo se retrasó. Es too much —dijo Laura, exaltada.
Iba conmigo de copiloto girando la cabeza como un búho para dirigirse a Sara y Lucía sin parar, a las que yo miraba a través del retrovisor y veía algo saturadas por la información y energía desbordante de su amiga.
—La zona es tranquila, pero hay bastantes restaurantes. Si venís con ganas de marcha, está todo muy bien comunicado —les comenté.
—Chiquiiiii, ¿cómo que si venimos con ganas de marcha? Hemos venido a darte curro este verano: ¡vamos a quemar la isla! —Laura soltó la frase, rompió a reír estrepitosamente y empezó a bailar de cintura para arriba, subiendo el volumen de la radio a tope.
Cuando llegamos, Iván nos estaba esperando en la puerta de la villa.
—¡Ivanoski! —gritó Laura mientras los dos se abalanzaban el uno sobre el otro, dándose un morreo de esos que generan unas miradas inquietas e incómodas entre los demás mientras dura.
Cuando terminaron, Iván procedió a enseñar la casa a Lucía y a Sara mientras Laux hacía las veces de anfitriona.
—He estado en hoteles de lujo, pero esta villa no tiene nada que envidiar a ninguno de ellos. Si tuviese que ponerle un comentario, creo que sería de cuatro estrellas por lo menos —dijo Lucía haciendo honor a su formación como periodista turística en la que había trabajado durante años.
—Fiuuuu, Lucía, cuatro estrellas, ¡estás que lo tiras! Nunca te había oído decir algo tan positivo así, de gratis —le dijo Laura.
—Ja, ja, ja. Luci, te tenemos muy calada. ¿Qué pasa para que estés tan positiva? ¿Te estás ablandando porque vamos a ver a la rubia? —preguntó Sara.
—Joder, sois unas hijas de perra. Si os digo que vais hechas unos zorros, me venís con el cuento ese de que soy una sincericida de mierda, y si le digo algo agradable al muchacho que nos ha conseguido esta villa me decís que soy una blanda. ¡Iros a tomar por culo!
Todos nos reímos, fruto de la adrenalina que derrochábamos, emocionados con una sorpresa que a todas luces iba a ser épica. Me sentí bien por haber conseguido traer a las chicas, viendo cómo aquel ambiente, lleno de energía positiva y risas, seguro que me daba un tiempo crucial para mí y nos permitía recuperarnos a los dos como pareja.
—Si os parece, descansamos un ratito y a las ocho venimos a recogeros para ir al restaurante —dije mientras las tres iban de habitación en habitación, emocionadas con la casa.
—Sí, sí. No te preocupes. Nos vamos a torrar en la piscina hasta las siete y media —respondió Laux.
Iván y yo volvimos al trabajo. De camino, llamé a la rubia para ver si se había marchado ya a trabajar y que todo cuadrara según estaba previsto.
Cuando los cinco llegamos al restaurante, puedo decir que he visto muy pocas cosas tan emotivas como aquel reencuentro. En cuanto la niña, entre todo el barullo y con la lista de invitados en la mano, se percató de que cuatro de sus seis vips de la noche eran sus amigas y ella, la emoción que hubo solo podía compararse con la explosión de color de cada uno de los atardeceres que la habían mantenido conectada al mundo durante esos meses tan duros. Soltó la lista y corrió a abrazarlas, saltando de alegría en mitad del restaurante, al son de ese grito de guerra que las hacía únicas: «Amigaaaaaaaaas».
Iván y yo completamos los otros dos asientos reservados en aquella preciosa mesa y, por supuesto, había gestionado con Carol y Nico que ella tuviese no solo aquella noche libre, sino también los tres días siguientes para disfrutar de completa libertad y un primer fin de semana disponible para ellas.
Cuando terminó el risanto y todo volvió a la calma, me miró con el brillo que había perdido meses antes. Con la misma fuerza que la hacía invencible.
—¿Tú eres el culpable de todo esto? —me preguntó mientras me abrazaba tan fuerte que podía sentir su respiración en mi nuca.
Tragué saliva, porque, efectivamente, yo era el culpable de todo esto, no solo de que estuviese lejos de sus amigas, sino de nosotros mismos. Sentí que por fin lo estaba arreglando.