Contando atardeceres
PARTE II. IBIZA » 18. ¿Qué podría salir mal?. Si algo puede salir mal, también puede salir bien
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¿Qué podría salir mal?
Si algo puede salir mal, también puede salir bien.
Con la llegada a la isla de Lucía, Sara y Laux aquel viernes de agosto, no me hubiese extrañado que mi foto hubiese salido junto a la definición de «felicidad» en el diccionario de la RAE. Las tres perras del infierno habían juntado Roma con Santiago para venir a visitarme, acumulando todos los días de vacaciones posibles que tenían hasta final de año. De hecho, Sara y Laux habían pedido los días libres de Navidades para estar más tiempo. Y lo más increíble: ¡habían sido capaces de guardar el secreto! Incluso Pol había sido capaz cuando, el día anterior, hizo oídos sordos a mi comentario de que estaba bien, aunque no podía evitar extrañarlos.
Solo faltaba mi madre en la isla para completar aquellos días de plena felicidad con mis amigas, pero estaba segura de que pronto Javi empezaría a buscar una nueva permuta. Pensar eso me reconfortaba, ya que pronto volvería a estar con ella. Desde que me marché a Ibiza, hablábamos casi todos los días, manteniendo la misma rutina que tenía con mi padre cuando me fui de casa. Mi madre era una apasionada de las flores y las plantas y, al compartir con Javi y su abuela ese mundo maravilloso al que nunca me había acercado ni por asomo, muchas veces también charlaba con ella cuando estábamos en el huerto. En esa época aún no estaban tan de moda las videollamadas, así que lo que hacíamos era enviarnos fotos acompañadas de un audio que, la mayoría de las veces, superaba los dos minutos. A mi madre le encantaba escuchar la voz de Catalina y viceversa. Supongo que algún recuerdo le traería de mi padre, de la misma forma que lo hacía conmigo. Le transmitiría la misma paz escucharle hablar de su higuera como que mi madre le hablara de sus petunias y sus gatos. Era un tempo tan lento que los audios se volvían eternos. Una mañana le envié una foto de uno de los girasoles que teníamos plantados cerca de la casa.
—¿Sabes que los girasoles son hiperacumuladores? —me preguntó.
—Ni idea de lo que es eso...
—Esto me lo contó tu padre, que ya sabes que de estas cosas sabía mucho. Me dijo que tienen la capacidad de absorber radiaciones. Por eso se plantan cerca de las centrales nucleares.
—¡Qué majos! Ya decía yo que me encantaban estas plantitas, mamá, son tan monas...
—Igual ese que tienes ahí te ha ayudado. Te noto más alegre que hace unos meses.
—Igual me ha absorbido el mal rollo, ¿no? —le dije, mientras se reía al otro lado del teléfono.
En el fondo, mi madre tenía razón, pero ni yo sabía si era por los girasoles, por mi nuevo trabajo, por los atardeceres o por la llegada de mis amigas a la isla. Me daba igual: el caso era que mi estado de ánimo había cambiado y yo lo agradecía.
Aquella cena con las chicas en el restaurante es uno de los recuerdos más inolvidables de mi vida. Nos reímos tanto que le robamos el aire a las mesas de al lado para llenar nuestros pulmones. Javi había sido el artífice de mi felicidad y sentí en su mirada que volvía a ser el mismo al que conocí meses antes en Madrid, despreocupado, ligero de presiones. Estuvimos cenando durante cuatro horas. No quisimos levantarnos de la mesa ni ir a otro sitio para no romper la magia. Queríamos agarrar ese recuerdo y estirarlo al máximo, con postre, café, chupito y copa final.
Cuando nos marchábamos, Nico, el dueño del restaurante, me comentó que podía cogerme el fin de semana libre para disfrutar de unos días con ellas a tiempo completo. Se lo agradecí a él y, por supuesto, a Javi. Así que, sin necesidad de pensar en el trabajo al día siguiente, fuimos a la villa de Iván para terminar la noche y yo, por supuesto, me quedé a dormir en la casa. Como si fuésemos unas quinceañeras, nos juntamos las cuatro en una de las habitaciones.
—Parecemos las de Grease aquella noche en la que Frenchy le hace un pendiente en la oreja a Sandy —dijo Lucía.
En ese momento, Laux hizo el amago de cantar la canción de Grease, pero desafinó y cambió la letra por su famoso «ti ti ti ti ti».
—Oye, Laux, ¿fue en esta villa en la que follaste con Iván por primera vez? —le preguntó Sara con cierta curiosidad.
—Uhhhh, amiga, ¡qué fresca te has vuelto, hablando de folleteo tan alegremente!
Es increíble la facilidad que tiene Laux para soltar lo primero que se le pasa por la cabeza sin tener una especie de filtro que la detenga.
—Pues sí, aquí follamos, justo en la cama en la que estás ahora mismo tumbada —continuó para sorpresa de Sara, que se levantó dando un salto digno de un puma.
—No seas así, Sara... Habrán lavado las sábanas, digo yo... —dijo Laura, muerta de la risa—. Piensa que en el baño también he meado y...
—Vale, vale... Me hago una idea —le interrumpió Sara antes de que Laux siguiera soltando su lengua.
—¿Cómo llevas el libro, Lucía? —pregunté con la idea de cambiar de tema.
—Pues estoy un poco atrancada. Cuando Laura me dijo lo de venir a Ibiza, pensé que quizá era justo lo que necesitaba para que me volviesen las musas. Me he traído el portátil, por si la isla me inspira.
Laura se recostó en la cama y posó como ella consideraba que debía hacerlo una musa, muy al estilo de Goya. Era como La maja desnuda, pero en pijama.
—¿Así estoy bien?
—Laura, que Lucía es escritora, no pintora.
—¡Pues que me dedique un poema, entonces!
Todas nos descojonamos. Laux estaba desatada esa noche. Como siempre. Por mi parte, seguí preguntándoles con la idea de ponerme al día en la vida de cada una de ellas. Llevábamos tiempo sin vernos y, aunque nos escribíamos por el chat, tenerlas cara a cara me daba una información directa de cómo estaban emocionalmente.
—Sara, ¿qué tal con Marcelo?
—Superbién, no te puedo decir otra cosa. Mira que al principio tenía mis dudas, pero la verdad es que estos últimos meses no nos hemos separado y hemos hablado incluso de irnos juntos a una casa más grande.
—Nos ha jodido. Necesitará otra habitación para sus rotuladores y una mesa más grande para colorear. Es que estar saliendo con el rey de los mandalas... Tiene huevos —se mofó Lucía.
—Pues deberías probar a colorear mandalas, en serio. Es muy relajante y te vendría bien con toda esa caca que tienes dentro.
Lucía miró a Sara sorprendida mientras Laux y yo no podíamos parar de reír.
—Ha dicho «caca», ¿verdad? —nos preguntó Lucía mientras Sara se partía de la risa.
—¿Y tú en el curro? —le pregunté a Laux para seguir con la ronda de actualizaciones de estado.
—De lujo. Curro un huevo, pero me lo paso genial. Me encanta trabajar con mis compañeras: son todas un amor. Además, como estáis todas enchochadas o a kilómetros de distancia, salgo mazo con ellas.
—Y la chorboagenda, ¿cómo va? —pregunté con intención.
—Pues aumenta, pero sin nada que me llene. Así que carpe diem a tope, tías. Hay que vivir la vida y aprovechar el momento —respondió, mascando chicle—. Eso sí, no os voy a negar que venir a ver a Ivanoski me hace especial ilusión. Cuando le he visto, he sentido... cosas.
Todas nos quedamos en silencio, mirándonos las unas a las otras.
—Uhhhh... Cosas... Yo no digo nada, pero ahí veo amor... ¿Qué signo es? —preguntó Lucía.
—¿Cuál es el que folla mejor de todo el horóscopo? —dijo Laura, con más intención aún.
—Los escorpio.
—Pues es escorpio con ascendente escorpio —afirmó, soltando una carcajada.
Nada había cambiado entre nosotras, a pesar del tiempo sin vernos. La verdadera amistad es mantener intacta la complicidad pese a la distancia.
—¡Qué pulsera tan bonita llevas, rubia! —comentó Sara con los ojos puestos en mi muñeca.
—Me la regaló Javi. Es preciosa, ¿verdad? —dije—. Esta es de una chica que las vendía por la playa, pero hay cucadas así en los mercadillos. Tenemos que ir para comprarnos cositas.
—Sí, y no tiene pinta de ponerse verde con el agua del mar —respondió, recordando el anillo que nos compramos la primera vez que viajamos juntas a la isla.
—¿Qué tal con él, rubia? —añadió Lucía.
—Pues muy bien. La casa es preciosa, tiene un huertito y un jardín, he conocido a su abuela, que es un amor...
—¿Pero...? —dijo, de repente, Sara.
—¿Por qué crees que hay un «pero»? —le contesté extrañada.
—Pues porque te ha preguntado por Javi y nos has hablado de la casa y de su abuela —respondió Lucía con vehemencia—. Ya nos comentaste al principio que vivir en Ibiza no es lo mismo que venir de vacaciones...
—Bueno... Pero es una maravilla de isla, ya lo vais a ver. Y con Javi bien, ya sabéis cómo es: cariñoso, atento, cocina de diez...
—¡Y seguro que folla de once! —dijo Laux interrumpiéndome.
Todas se troncharon y yo forcé la risa, esta vez agradeciendo que me hubiese cortado. De no ser por su broma, quizá hubiese acabado hablando sobre la pequeña mella que arrastraba desde hacía algún un tiempo sobre Javi, lo sola que me sentía a veces y la sensación de que no estaba buscando una solución a la permuta, y no me apetecía sacar ese tema.
—Tía, Javi es muy buen tipo. Yo flipé cuando me llamó Ivanoski para proponerme que viniésemos por sorpresa. Está rotísimo por ti.
Laura no dice que alguien está «enamorado» de ti: dice que está «rotísimo». Esas maneras de hablar la hacen única, a veces, ininteligible para el resto de los mortales.
Al día siguiente, a las ocho en punto, Laura ya estaba despertándonos a todas con su agradable voz, tarareando alguna canción indescifrable con un estribillo que acababa siempre en «tonight». Para mí no era una sorpresa, ya que lo había experimentado en primera persona en el viaje que hicimos juntas al conocernos, pero las demás sintieron un deseo incontenible de tirarla a la piscina.
—Aaaaamiiiigaaaaas, ¡¡hora de quemar la islaaaaa!!
—¿Quién coño es esta tía con el pelo rizado y con gafas que no para de gritar, joder? —dijo Lucía medio dormida.
Aquello era algo que ni Sara ni Lucía habían contemplado en su vida. Laura tiene miopía y lleva gafas, pero nunca se las pone para actos sociales ni para eventos fuera de casa. En esos casos, siempre utiliza lentillas. Además, su pelo natural es rizado, pero se lo alisa cada día. Si no la conoces bien, como yo, te puede sorprender su imagen a primera hora de la mañana con el pelazo de una leona y gafas de culo de vaso (aunque, por supuesto, divina y siempre Laux).
—¿Y ese volumen en el pelo? ¿Has metido los dedos en el enchufe? —le preguntó Sara.
—¡Mi pelazo natural, tía! Como tu ratatatatatata —dijo Laux como una ametralladora mientras atusaba el flequillo de Sara con un peine que tenía en la mano.
—Pero ¿esta tía de dónde saca esta puta energía por las mañanas? ¿Ha desayunado pilas Duracell o qué? —se quejó Lucía, frotándose los ojos.
—No sabéis la que os espera... —dije asumiendo la situación.
—Venga, vamos, que hay que tomarse un caféééééé con churritos y luego echar el churrito en el baño.
Incontrolable. Así era la definición de una persona como ella.
—El churro me da igual, pero como se tome un café esta tía, no va a haber quien la aguante —sentenció Lucía mientras huíamos del sueño con el primer show matutino de Laux.
A las once estábamos todas ya en un nuevo beach club en el que Laux había reservado una cama balinesa, según el riguroso planning que ella misma había establecido en un Excel, porque, lejos de dejar que yo pudiese organizar algo como anfitriona, ella ya había planeado incluso sus tiempos de intimidad con Iván. Aquel Excel que nos envió por mail a las tres se convirtió en la biblia para esos días. Cuando alguna de nosotras preguntaba qué era lo siguiente que íbamos a hacer, ella siempre respondía: «Lo pone en el Excel».
—A partir de la una podemos pedir cerveza: ya es una hora decente —nos dijo mientras extendía su toalla.
—¿Hasta eso lo tienes planificado, Laura? —le preguntó Lucía boquiabierta.
—Sí, pero tienes razón, podemos adelantarlas a las doce. ¡¡¡¡Chiquiiiiiii!!!! ¡Cuatro cervezuskis por aquí! Dos sin gluten, por favor. Venga, que aquí hace más calor que haciendo el amor debajo de un plástico.
Dimos gracias a que todavía no teníamos las cervezas, porque seguro que nos hubiesen salido por la nariz.
Y, así, los primeros días pasaron entre cervezas, calas, sol, discotecas, tintos de verano, chiringuitos, atardeceres y todos los eventos marcados en el plan que Laux había organizado. Una vez pasó el fin de semana, abandoné la villa y volví a casa con Javi para retomar de nuevo mi trabajo en el restaurante, a la vez que pasaba el mayor tiempo posible con ellas. No fue difícil, ya que alterné turnos de tarde y de mañana y, cuando era imposible porque tenía que estar en el restaurante, Carol me dejaba tenerlas cerquita, incluso montó una mesa especial para ellas. Un plan sin fisuras que alteraba el Excel de Laux, pero que les permitía disfrutar de la preciosa cala situada justo al lado del restaurante y, a la hora de cenar o comer, de una inigualable mesa reservada para ellas como si fueran auténticas «estrellas de la farándula», tal y como diría Javi.
También les hablé de mi afición por los atardeceres en la isla y les enseñé mis anotaciones. De primeras, Laux y Lucía pensaron que me había vuelto loca.
—Rubia, yo te quiero mucho, pero esto de apuntar las horas y los días lo hacen los presos en las cárceles —dijo Laux.
—Pues a mí me parece precioso —contestó Sara.
—Si bonito es, pero no me negarás que es raro... —respondió Lucía.
No les faltaba razón. En mi libreta había, por aquel entonces, cincuenta atardeceres con sus horas y minutos apuntados en sus correspondientes fotografías. A mí me parecía precioso.
—¿Qué plan tenemos para esta tarde? —pregunté.
—Está en el Excel —respondió Laura al segundo.
—A ver... Según esto, ir a cala... —Sara intentó descifrarlo en su móvil hasta que Laux no pudo evitar intervenir.
—Cena en cala Nova. En un restaurante que hay a pie de playa, precioso.
—Ahí no se aprecia el atardecer —comenté—. Hay que ir a la otra zona.
—¿Cómo que a la otra zona? —dijo Lucía.
—Sí, al oeste. ¿Os apetece hacer una ruta esta tarde y ya mañana vamos de calas, comidas y cenas? —insistí.
—¿Patearnos ahora una ruta? —resopló Laux.
—Sí, pero os prometo que os va a encantar.
Tras unos segundos meditando, Laura dijo:
—Vale. Que le den por culo al Excel. Vamos, nenas, a mover esas nalguitas —sentenció mientras hacía estiramientos en mitad de la habitación, ante la atenta mirada de las tres, que no dábamos crédito—. Eso sí, mañana descanso general, que además he quedado con Ivanoski.
Y así, de la nada, conseguí convencerlas para ir hacia un increíble espacio montañoso abierto al mar en un acantilado con unas vistas inigualables. Un lugar escondido donde el mar y el cielo se unen en la mirada, donde cuesta diferenciar si el atardecer es el final de un día o el principio de la noche. Cambiamos las toallas y las chanclas por las zapatillas de deporte y fuimos hasta aquel camino alejado del mundanal ruido. Nos desplazamos en el coche de Javi con las ventanillas abiertas y cantando a pleno pulmón «Qué bien» de Izal, que justo sonaba en la radio. Aparcamos en un pequeño espacio, desconocido para los turistas, que había encontrado después de haber estado muchas veces allí con la moto, e iniciamos una ruta que conocía bien, pues muchos de los atardeceres, quizá los más bonitos que estaban en mi libreta, habían sido inmortalizados desde allí.
Caminamos durante casi una hora a ritmo «ragatanga» por un sendero de difícil acceso, lleno de piedras y arbustos, y llegamos a un magnífico mirador. Las tres estaban exhaustas, pero sus caras al descubrir el lugar reflejaban que había merecido la ilusión, que no la pena. Aquel sitio solo era conocido por los oriundos de la isla y nos encontramos las cuatro solas, con el mar como telón de fondo y el cielo enmarcado por las rocas.
Casi sin quererlo, entraron en aquel espacio sintiendo una especie de síndrome de Stendhal, hasta tal punto que se quedaron en un silencio absoluto, conectando de manera directa con la isla como nunca antes lo habían hecho.
Estuvimos allí sentadas, mirando al frente, respirando la brisa del mar que llegaba hasta nosotras, aprovechando el tiempo para hablar con las miradas y tocarnos con las sonrisas. Sin decir ni una palabra, sin cobertura y sin necesitarla. Y entonces el ocaso comenzó a teñir el cielo y nos quedamos inmóviles hasta que saqué mi Polaroid para capturar mi atardecer cincuenta y uno. El más especial de todos, porque en él aparecíamos de espaldas mirando el luscofusco como siluetas perfectamente integradas con el paisaje y la roca, como los gatos de la isla a la que, a partir de aquel instante, pertenecimos para siempre.
En ese momento entendieron la pasión que había desarrollado por los atardeceres y no quisieron decir más al respecto. No era necesario. Solo nos abrazamos. Laura me hizo una foto de espaldas, sentada en aquella piedra, llevando una chaquetita de croché, unos shorts vaqueros y con el viento despeinando las ondas de mi largo pelo, contemplando aquella puesta de sol de color rosicler que permanecerá en nuestras retinas para siempre.
A la mañana siguiente, tal y como le prometimos a Laura, tocaba relax en una de las muchas calas que tenía marcadas para visitar. Yo seguía trabajando en el restaurante, pero con la suerte de poder hacerlo desde casi cualquier sitio. Solo necesitaba tener el móvil con batería y cobertura.
—¿Qué haces a la sombra, corder? —me preguntó Sara mientras se sentaba conmigo bajo la sombrilla. Me encantaba cuando me llamaba así, era nuestro guiño especial de amistad desde aquella vez que pretendieron piropearnos comparando nuestras piernas con patas de corderas.
—El fotógrafo me acaba de enviar las fotos del evento de anoche. Voy a elegir algunas para subirlas a Instagram y al sol no las veo bien.
—A ver... ¿Ese que sale ahí es...? —preguntó Laura ojiplática.
—Sííí, estuvo ayer en la White Party. Ha venido otras veces, es supermajo.
—¿Cóóóóóóóómoooo? ¿Y lo dices así, tan normal? Joder, ¿por qué ayer no fuimos? ¡¡Me flipó su última película!!
—Ja, ja, ja. Bueno, oye, igual otro día coincide que esté. Mira, también estuvo el otro día este modelo tan mono... Nos hemos empezado a seguir en Instagram y todo. ¡No sabes lo simpático que es!
—Joder, qué suertuda. A ver, trae, que vea más fotos. ¡Qué bueno está! —Laura me cogió el móvil de las manos mientras se sentaba a mi lado, bajo la sombrilla—. ¡¿Has visto, Luci, al maromo este?!
—A mí me la pela el tío ese. Yo soy más de tíos sensibles.
—Ja, ja, ja. Sensibles, dice. Pero ¿cómo de sensibles? ¿Más sensibles que un clítoris? —contestó Laux.
—Vente aquí, Lucía. Está pegando mucho el sol. Te vas a quemar —dijo Sara, intentando que las cuatro acabásemos bajo la sombrilla.
—Estoy bien aquí, cogiendo colorcito. —Lucía se incorporó para darle un trago al mojito de fresa que se había pedido y vimos en su espalda cómo empezaban a marcársele las tiras del bikini.
—Dale un trago al mojito y otro a la crema de protección cincuenta, Luci, que se te está poniendo la espalda como una compresa cuando... —insistí en broma, pero intentando que me tuviera en cuenta.
—¡Sois un coñazo! —dijo mientras se quitaba la parte de arriba del bikini, quedándose en tetas—. ¡Hala, ya está! Venga, échame la crema que no me llego a la espalda.
—Mira qué tetazas se gasta la Luci —comentó Laux acercándose al bolso a por la crema.
—Para lo que las usa en Asturias... —bromeó Sara con tono condescendiente.
—Ja, ja, ja. Qué perra, Sara —dijo Laux mientras iniciaba su ritual habitual cuando ponía crema protectora, cantando uno de sus singles favoritos a pleno pulmón: «Yo te doy cremita, tú me das cremita...».
—Por favor, Laux, no me hagas pasar vergüenza —le pidió Lucía.
Laux seguía con lo suyo, hasta que se detuvo para preguntarle:
—Una cosa, cariño: tú te revisas estos lunares de la espalda, ¿no? —Le extendió la crema, cambiando completamente el tono.
—¿Por qué? —dijo Lucía al instante.
—No, por nada, ya sabes... Porque hay que revisárselos.
—Yo tengo decenas de lunares y me los reviso cada año —apunté—. Me echo la crema antes de salir de casa porque paso de quemarme.
—Ya bueno, rubia, es normal. Es que tu tono de piel es transparente —respondió Lucía, mofándose.
—¡Está más blanca que la teta de una monja! —añadió Sara para generar la risa de todas, menos de Laux.
—Recuérdame cuando lleguemos a Madrid que te consiga una cita con el dermatólogo de mi hospital. Además, es muy majo y te va a tocar la espalda gratis —dijo Laux, todavía con un tono de voz raro.
Debí entender en aquel momento que, si Laux no se reía, algo pasaba.
—Nos hacemos mayores —replicó Sara.
—Ya ves... Con quince vas con la carpeta de la Super Pop y con treinta llevas una jodida carpeta con los informes médicos. Mira la rubia, si se ha bajado hasta una silla a la playa. Estamos hechas unas señoras —añadió Lucía.
—Pero «señoras bien» —dije para cerrar la conversación.
Cuánta razón tenía Sara: nos hacíamos mayores. Todas habíamos superado la treintena y el cuerpo no aguantaba las resacas como antes.
Hacía unos años salíamos todo el fin de semana como un corredor de fondo. Esos días en Ibiza tuvimos que dosificarnos, dándolo todo un día y los dos siguientes pasándolos en la playa con sombreros de paja que taparan nuestras caras para que nadie nos viera dormir la siesta con la boca abierta, como auténticas «señoras bien». Eso sí, el día que tocaba darlo todo, lo hacíamos con todas las letras y con la tilde. Y aunque las discotecas empezaban a hacernos guiños subliminales también sobre nuestra edad y habíamos descubierto otros tipos de diversión mucho más sosegados, dimos buena cuenta de ellas esas vacaciones: Ushuaia, Amnesia, Privilege, Pachá, DC-10, Bora Bora... Laura tenía el planning hecho a la perfección para saber a cuál teníamos que ir cada día. Muchas noches las empezábamos los seis en el restaurante, cenando juntos, brindando, disfrutando de animadas charlas... y casi siempre las acabábamos con Iván y Laura subidos a una tarima, mientras los demás aplaudíamos desde abajo.
Aquellos días hubo tiempo para todo. También para que Laura e Iván dieran rienda suelta un nuevo capítulo en su historia. Laux lo equiparaba con un amor de campamento: intenso y con sabor a adolescencia. Le quitaba importancia al asunto, bromeando continuamente sobre el buen sexo que tenía con él, pero se notaba que había algo más profundo. No podían ocultarlo.
—Estás rotísima por él —le dije, usando su expresión.
—Anoche fuimos a San Antonio a ver el atardecer mientras vosotros estabais en las Dalias. Había conseguido una villa espectacular a pie de playa para los dos y follamos en el jacuzzi. —Laura se llevó la mano a la boca como una niña pequeña que acabara de contarme una travesura.
—Ja, ja, ja. Qué cerda eres.
—Lo sé y me encanta. Pero ¿sabes lo mejor? Que hablamos mucho mucho y de verdad —dijo Laura con aplomo, sin su tono habitual—. Es un tío con una cabeza muy bien amueblada, más que sus villas.
—¿De qué hablasteis?
—Pues estuvimos conociéndonos un poquito más en profundidad. Hablamos de su vida aquí, de la mía allí, de su familia... ¿Sabías que nació en Irlanda porque su padre tenía una empresa de tapones de corchos allí? Luego vinieron a España, pero su familia se volvió y él se quedó.
—Ni idea.
—Pues por lo visto está bastante enfadado con él porque no se volvió para seguir con el negocio. No se habla con él ni con su hermano: no soportan que haya sufrido para montar su empresa de la nada y que se esté labrando su propio futuro.
Me encantaban estas conversaciones con Laux, reposadas, sencillas, amables y, sobre todo, sinceras.
—¿Y? ¿Es un futuro juntos?
Laura sonrió.
—¿Sabes que me ha encantado San Antonio? Deberíamos ir juntas —dijo cambiando hábilmente de tema.
—¿Ves? Te lo dije.
San Antonio es un sitio maravilloso de Ibiza, demonizado por la afluencia de turistas extranjeros en verano. Pero quienes hemos tenido la oportunidad de conocerlo más a fondo sabemos que esconde rinconcitos para ver algunos de los mejores atardeceres de la isla; podía dar buena cuenta de ello, ya que me considero una especialista en la materia. Por supuesto, aproveché la visita de las chicas para seguir ampliando mi colección. Por aquellas fechas, el sol se ponía a las nueve y catorce minutos, media hora antes que cuando empecé con la rutina de acumular fotos y números en mi libreta. Además, me di cuenta de que en el mes de agosto había días en los que la diferencia entre atardeceres contiguos era de incluso dos y tres minutos. En cambio, pude comprobar que en julio anochecía justo a la misma hora durante varios días seguidos. Era como si el sol se hubiese quedado congelado para pisar el acelerador un mes después y empezar a esconderse antes, llevándose consigo los largos días de verano.
—Me encanta lo de las fotis de los atardeceres, rubia. Al principio pensaba que se te había ido la cabeza, no te voy a engañar. Me dije: «Esta está como las maracas de Martín». Pero la verdad es que es muy bonito y da mucha paz —dijo Laux, volviendo a su tono habitual.
Laura no dice «las maracas de Machín», dice «las maracas de Martín» o lo que le nazca en ese momento.
—Sinceramente, me gusta lo de ir anotando la hora a la que se pone el sol. Me está ayudando a darme cuenta de cómo pasa el tiempo.
—¿Y tu tiempo aquí? Porque te conozco y sé que Javi es un amor, pero... —añadió Laux.
—No lo sé. No quiero pensarlo ahora mismo. Estoy muy bien en el restaurante, mejor con Javi... y quiero dejar que todo fluya.
—¿Pero...? —insistió ella, conociéndome a la perfección.
—Pero... Disfrutemos de estos momentos juntas —dije mientras cambiaba el tono de la conversación—. ¿Quieres que te haga una foto de espaldas con la Polaroid?
Quise cambiar de tema y Laux, por supuesto, lo entendió.
—¡Claro! ¡Y otra juntas! Y si eso alguna más con el móvil, que esto de la Polaroid mola, pero te va a salir por un ojo de la cara.
—Es que ser moderna y guay es caro. Tenía que haberlo pensado antes.
Ambas nos reímos a pleno pulmón y disfrutamos de nuestro shooting particular mientras Sara y Lucía pasaban de nuestro rollo.
Al final, siempre nos organizábamos así cuando estábamos las cuatro: Laura y yo nos entreteníamos muchísimo haciéndonos fotos en cualquier escenario, mientras que Sara leía y Lucía tomaba el sol. Y es que así son las mejores vacaciones: cuando cada una se siente libre de hacer lo que más le apetece, pero juntas.
La conversación con Laux trajo a Javi, por alusiones, a mi cabeza. No podía estar más agradecida del regalo que me había hecho. Conseguir que vinieran mis tres amigas, mis tres hermanas, en un momento delicado para mí fue un acto de cariño y comprensión. Durante el tiempo que estuvieron en Ibiza, él no había parado de trabajar, mientras yo pasaba mi tiempo libre con ellas y, cuando los planes eran conjuntos, allí estaba el primero junto con Iván para disfrutarlos. Conseguimos incluso sacar algunas noches para los dos, teniendo nuestra intimidad y volviendo a disfrutar el uno del otro en casa, cuando las cuatro nos habíamos cansado de vernos las caras durante catorce horas y necesitábamos un poquito de espacio. Todo comprensión y ni un reproche.
Me encantaba llegar a casa tras un día de emociones con mis amigas y que Javi estuviera todavía despierto.
—¿Has disfrutado del día? —me preguntó Javi una de aquellas noches, mientras estábamos tumbados en el sofá, muertos del cansancio.
—Sí, la verdad es que sí. Ojalá estuviesen aquí siempre. No quiero que se vayan —le dije con cierta pena, porque soy de esas personas que se anticipan a las cosas que están por llegar y ya estaba pensando en su vuelta, a pesar de que todavía no se habían ido.
—No te quejes. Estamos alargando el verano con ellas.
—¿Y si alargamos la noche un poquito más? —le pregunté, con una clara intención.
Me miró a los ojos, me dijo que me quería y me recostó en el sofá. No teníamos una villa de lujo ni un jacuzzi, pero, mientras la luna manchaba la habitación entrando a través de la ventana, me quitó la ropa y lo hicimos como no lo habíamos hecho en semanas, con la fuerza de su brazos sujetándome con delicadeza, mientras mis manos y uñas se agarraban a su espalda con menos suavidad. Con el descontrol de dejarse llevar, como solo pueden hacerlo dos personas que conectan y, en nuestro caso, que se quieren.
Dos días más tarde llegó el momento. A lo largo de mi vida siempre he asumido bastante bien que todo tiene unos plazos. No se trata de convertir las despedidas en dramas, sino de aceptar que los tiempos de las cosas se agotan y dan paso a otros momentos nuevos que también se extinguirán para dar paso a otros. Mi tiempo en Madrid con Javi se agotó para dar paso a mi tiempo en la isla con él, para dar paso a otro con las chicas en Ibiza, para dar paso a... quién podía saberlo. En cualquier caso, mirar el reloj cada minuto en nuestro último día juntas para confirmar que nos quedaba una hora menos no era una solución, así que decidimos exprimir el tiempo como si fuera una naranja a la que quieres sacarle hasta la última gota.
Iván movió hilos con sus contactos y nos sorprendió con un día en barco. Laux se lo comió a besos en cuanto vio semejante embarcación atracada en el puerto.
—¡Fiuuuu! —silbó—. Ahora sí que somos auténticos mafiosos, Ivanoski. Joder, pocos oros me he traído yo que vayan a juego con este lujo —soltó, mientras se abanicaba con un billete de diez euros y se acariciaba los pendientes de aro que llevaba en las orejas, que como mucho estarían bañados en oro, pero muy poco tiempo, lo que sería más bien una ducha de oro.
Todos nos reímos ante aquella salida de Laux y ella continuó emocionada:
—Nunca he sabido distinguir la popa de la proa... ¿Creéis que habrá alguien que realmente sepa diferenciarlas?
—Bueno, yo tengo un poco de idea de eso... —intervino una voz madura que salía del interior.
Laux se giró y vio a un señor con barba, muy moreno, curtido. Era el capitán del barco encargado de estar con nosotros ese día.
—Él es Mateo. Hoy será nuestro patrón —dijo Iván, presentándolo.
—Ah, pero ¿que no lo conduces tú? —preguntó Lucía sorprendida.
—No, claro. Se necesita licencia. Yo estoy en ello, así que el año que viene espero ser vuestro patrón —anunció Javi.
—Vas a ser el capitán «Arrr» —dije, haciendo una clara alusión al capitán McCallister de Los Simpson.
—Bueno, capitán Mateo, encantada de conocerte. Espero que no te asustes de nosotras —se presentó Laux mientras se iba a la parte delantera del barco a coger sitio en unos cómodos sillones que había.
—¿No es un poco raro que venga este señor con nosotros? —me preguntó Lucía, acercándose a mí por detrás.
—Esto es así. Pero no te preocupes que, además de ser amigo de Iván, estará en su sala con el timón. Está acostumbrado a cosas peores que Laux, seguro.
—No creo que haya nadie en este mundo acostumbrado a Laux —apuntó Sara.
Las tres miramos a nuestra amiga, quien ya se había tirado con Iván sobre los sillones para hacerse todas las fotos posibles en el barco.
—Bueno, igual Iván es la única persona, ¿no? —dije mientras los dos se divertían a su estilo.
Cuando salimos del puerto, nos dimos cuenta de que nuestro barquito no era nada en comparación con los yates que vimos en alta mar. Mateo era encantador y Javi hizo muy buenas migas con él; el capitán incluso le dio consejos para sacarse el título. Fue un día inolvidable, tranquilo, en el que pudimos ir a calas solitarias en pleno agosto, brindar con cerveza (porque el champán está sobrevalorado) y descansar en un silencio placentero solo roto por algún vómito de Sara, que se mareaba con facilidad. Tumbados, nos hacíamos cosquillas los unos a los otros mientras la brisa del mar secaba nuestros labios y adormecía nuestras pieles. Y cuando todo estaba en calma, cuando la tarde se nos echaba encima y solo se oía el sonido de las boyas de posición golpeando al son de las olas contra el barco, de repente el motor se puso en marcha. Me incorporé y vi que Javi e Iván estaban hablando con Mateo.
—¿Dónde vamos? —pregunté.
—A Javi se le ha ocurrido una cosa —contestó Iván.
—¿Solo una? Está perdiendo facultades... —dije con ironía.
—Facultades y algún colegio también... —continuó Iván la broma.
—Es una sorpresa. Prepara tu cámara —añadió Javi, guiñándome el ojo.
En ese momento intuí por dónde iban los tiros y me quedé expectante ante lo que estaba por venir. Comenzamos a separarnos de Ibiza hacia mar adentro, mientras el sol caía frente a nosotros, engullido por el mar.
—¿Dónde vamos? —dijo Lucía al ver que nos separábamos de tierra firme.
—Vamos a ver un atardecer en alta mar —dijo Mateo.
—¿Y eso? —preguntó Lucía.
—Pues porque son muy diferentes a los que ves desde tierra firme —nos explicó Javi.
—Pues la rubia nos ha llevado a ver algunos espectaculares.
—Pero este seguro que no, porque ni ella lo ha visto —dijo Javi mientras me miraba, notando la ilusión que desprendía mi cuerpo.
—¿Es muy lejos? —preguntó Sara, saliendo de la zona inferior de camarotes blanca y frágil como la porcelana.
Todos la miramos. Mateo le ofreció una pastilla para el mareo.
—Merece la pena —aseveró Javi.
Después de unos veinte minutos, perdimos la referencia de la isla. Nos encontrábamos en mitad de la nada. Siete personas en un Mediterráneo adormecido y con el tiempo de nuestras vidas en pausa.
Javi tenía razón. Ninguno habíamos visto nada semejante. El sol, desde nuestro punto de vista a ras del mar, se había convertido en un enorme disco dorado. El cielo nos hablaba con colores. Las olas nos mecían y daban pequeños mordiscos al barco, tragándoselo poco a poco. Saqué la cámara y miré el reloj. Hice una foto en la que aparecían todos de espaldas, a contraluz. Siluetas enmarcadas en un ocaso que manchaba de rosa las nubes. Aquella tarde, el sol se había puesto dos minutos antes que el día anterior. Dos minutos menos de luz para disfrutar de nosotros, pero algunas arrugas más en nuestras caras, fruto de las sonrisas que nos dejó aquella experiencia. Sin duda, compensaba.
Al día siguiente, el vuelo salía por la mañana. El viaje hasta el aeropuerto lo hicimos en silencio, mirando cada una por su ventana, intentando grabar en las retinas los últimos momentos de aquel viaje que resultó revelador y derramando alguna que otra lágrima.
Todas nos derrumbamos cuando bajamos del coche. Todas menos Lucía, que se escondía bajo unas gafas de sol negras para no perder esa pose de sincericida y mujer dura que había construido a pulso, pero el moquillo la delataba. Sara y yo nos fundimos en un abrazo que duró una eternidad. No quería soltarla, deseaba quedármela dentro para siempre. Mi niña seguía siendo el ser más bueno que habita en este planeta. Laux se acercó a Iván en lo que olía a una despedida de las largas. Ella seguía sosteniendo en todo momento que su vida estaba en Madrid y la de Iván en Ibiza. Ambos lo tenían tan asumido que no podía evitar mirar de reojo a Javi, escudriñando su rostro para evaluar su reacción cada vez que hacían algún comentario al respecto, y siempre se mostraba impasible, algo que me tomaba como un «eso a nosotros no nos pasa».
Laux secó las lágrimas de Iván y le besó por última vez. Luego se acercó a mí y cogió suavemente mi cara con sus manos.
—Javi, haced el favor de volver pronto a Madrid o haré lo que tenga que hacer para traerme a la rubia de vuelta. Como si tengo que raptarla —añadió, emocionada.
Él asintió con la cabeza, sonriendo, mientras ella se acercaba para abrazarle.
—Ven aquí, anda. —Se fundieron en un abrazo.
—Sabes lo que te quiero, ¿no? —aproveché para decirle a Lucía, que estaba un tanto al margen, conteniéndose.
—¿Y tú lo sabes? —respondió ella con vehemencia.
—Desde el primer día que te vi con veintiún años en aquel coche. Desde la primera noche juntas en aquel hotel —respondí con firmeza.
Se derrumbó. Lucía me rodeó con los brazos y lloramos una encima de la otra.
—Quiero ser la primera en leer esa novela. Acaba esa pedazo de historia y vuelve a Madrid. Estas dos te echan de menos, y yo también —le dije al oído.
Lucía se separó asintiendo. Sabía que había llegado el momento.
—Gracias por todo, chicos. Habéis sido unos anfitriones increíbles. Iván, la casa era una maravilla —dijo Sara, tan correcta como siempre, mientras le daba un abrazo a Iván.
—Gracias a vosotras por venir, chicas. No tengo forma de agradeceros esto —afirmó Javi, muy emocionado.
—Oye, yo, si el plan contiene las palabras «villa de lujo», me vuelvo cuando queráis, ¡eh! Me tenéis aquí la primera —dijo Laux entre risas.
Y sin más, como una goma que borra un folio entero de experiencias descritas en él con mucho esfuerzo, cogieron sus maletas, pasaron el control y desaparecieron. Sin más. Sin opción, esa vez, a una segunda parte por un retraso en el vuelo. Los tres nos quedamos allí de pie, sintiendo que no solo estábamos perdiendo horas de sol con la llegada de septiembre, sino también una pizquita de alegría que acababa de embarcar en aquel avión en forma de tres mujeres.