Contando atardeceres

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PARTE II. IBIZA » 19. «Tinkunakama». Hasta que nos volvamos a encontrar

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Tinkunakama

Hasta que nos volvamos a encontrar.

Los días siguientes intentamos animarnos como pudimos. No era fácil, aunque Javi se esforzaba por levantarme el ánimo. Mi energía cayó en picado y, además, el clima no acompañó. De repente, en pleno verano todavía, a principios de septiembre, unas nubes negras se instalaron sobre mi cabeza y sobre el cielo, lloviendo durante varios días, lo cual hizo que tuviésemos cancelaciones en el restaurante y mucho jaleo.

A la semana siguiente, por fin volvió a aparecer un sol radiante. Yo estaba fuera, descalza, junto a los girasoles que había en el pequeño jardín de la casa. Encontré un punto en común con aquellas flores: ellas siempre buscaban al sol y yo los atardeceres.

Poco a poco, las plantas de mis pies habían comenzado a ser parte de la isla. En cierto modo, necesitaba que los girasoles absorbieran ese sentimiento de pérdida que se me había quedado dentro desde la marcha de las chicas. Además, allí tenía el máximo de cobertura, algo que escaseaba cada vez más en la casa, sobre todo tras las tormentas de días anteriores.

—¿Qué haces, niña? —me preguntó Javi, dándome un susto de infarto, pues andaba bastante concentrada en lo mío.

—¡Qué susto, por Dios!

—Hombre, vengo cansado, pero tampoco tengo tan mala cara, ¿no?

—Ja, ja, ja. Las he visto peores... —dije, volviendo a recuperar la respiración—. Estoy subiendo un post a Instagram con la peli que proyectamos hoy en el restaurante.

—¿Cuál es?

Cinema Paradiso.

—Me encanta esa peli.

—Sí, a mí también —le contesté con nostalgia—. Mi padre siempre solía ver esa película conmigo cuando era pequeña. Daba igual que acabara tarde, siempre me dejaba que me quedara hasta los créditos. Me decía que el final de esa película era lo más bonito que se había escrito en la historia del cine.

Javi se percató de mi desánimo e intentó hacerme reír. De repente, se inventó un baile absurdo, parecido al de una coreografía infantil y me cogió de las manos para que bailase con él. Como era casi el doble que yo, me manejó a su antojo como si fuese una muñeca de trapo y, ciertamente, me descontracturó la espalda con aquellos movimientos, lo cual alivió un poco mi tensión. Para colmo, empezó a hacerme cosquillas en los pies y me puse histérica, pero no podía parar de reír.

—¿Te acuerdas de aquel sitio al que te dije que te quería llevar cuando nos conocimos? Hoy por fin he conseguido que podamos ir. ¿Te apetece?

No tenía muchas ganas, pero se le veía ilusionado y cualquier cosa era mejor que las cosquillas en los pies. La verdad es que Javi siempre tenía la capacidad de contagiarte la ilusión por todo, y me animé pensando que podría ponerme algo bonito y disfrutar del día con él.

—Bueno... ¿Crees que podré ponerme tacones? Me traje media docena y, al final, me paso el día descalza. Que no está mal, pero...

—Es un sitio precioso, te va a encantar. Eso sí, no es un sitio al que puedas ir con tacones. Mejor ponte algo planito.

Y exploté. Casi sin saber por qué, sin motivo aparente y sin ser una discusión premeditada:

—¡Joder, Javi! ¡La verdad es que estoy un poco cansada de no poder ir con tacones a ningún sitio!

Me di cuenta de lo superficial que podría sonar la frase para quien no entendiese el significado de mi reacción. No tenía ningún problema con no usar los tacones (a decir verdad, me encantaba la sensación de libertad que me transmitía el ir descalza), pero no fue más que la excusa perfecta para recordar que estábamos en septiembre y que no había ningún plan de futuro para volver a Madrid. Se trataba de algo que mis amigas me habían recordado de manera indirecta y que me estaba empezando a molestar.

—Vale, pues no vamos, si no quieres.

—No es eso.

—Entonces ¿qué es? Dímelo, porque empiezo a no entender las cosas y eso me desconcierta. Pensaba que tener aquí a tus amigas haría que te sintieras mejor.

Respiré hondo porque la frase era demoledora.

—No es eso. Te agradezco mucho el esfuerzo que has hecho y que haces por intentar que me sienta cómoda.

—¿Pero?

Volví a respirar y decidí que no era el momento.

—No hay peros. Estoy triste por su marcha.

—Es normal. Son muy importantes para ti.

Sin duda, lo eran. Me acerqué a él con ese doble sentimiento de saber que tienes razón, pero también de que te has comportado como una auténtica gilipollas. Una sensación que te deja contrariada, entre la rabia y el amor.

—Venga, vámonos —dije, mientras acariciaba su cara con las manos.

—Llévate los tacones. Te llevo a cuestas hasta el restaurante.

—¡Sí, hombre!

—¿De qué me sirve entrenar tanto si no puedo contigo? —di­jo Javi bromeando y sacándome una sonrisa.

Javi había reservado la mesa más especial del restaurante más bonito de toda Ibiza, uno que casi nadie conoce. Se encontraba en una cala a la que se llegaba tras kilómetros por una carretera no asfaltada. Nos reímos mucho con cada bache que cogimos con el buggy, botando en el asiento como si de una atracción de feria se tratase.

Yo llevaba un vestido blanco de croché y unas sandalias planas doradas. Ni siquiera me importó llenarme de arena por el camino porque había decidido que no podía estar enfurruñada todo el día: si las nubes se habían ido del cielo, también deberían hacerlo de mi cabeza.

Cuando llegamos descubrí un pequeño local muy cuqui en primera línea de una cala que no conocía. Apenas había ocho o nueve mesas en un espacio muy estrecho, pero ninguna invadía el espacio de las otras, y todas disfrutaban de bastante intimidad. Nada tenía que ver con el restaurante donde trabajaba, mucho más llamativo en la decoración e iluminación. Cualquier mesa hubiese sido ideal, pero la que reservó era sencillamente increíble. Atravesamos el local, y cuando digo atravesar, me refiero a dar doce pasos reales hasta una mesa separada por una pequeña puerta sin puerta y un muro sin techo, sobre un saliente donde se situaba una plataforma de madera a escasos centímetros del mar. Era un trocito de paraíso solo para nosotros, algo que ambos necesitábamos en ese momento.

—Me encanta este sitio, cariño.

—Me ha costado horrores conseguir esta mesa. Llevo intentando reservar desde que llegamos en julio...

Sonreí, fijando la vista en el mar.

—¿En qué piensas? —me preguntó.

—En nada —mentí.

Pensé que había conseguido antes la mesa en el restaurante que la permuta, pero no era ni el momento ni el lugar para reproches.

—Pues estás muy guapa pensando en nada.

Brindamos con un vino blanco semidulce muy frío y comimos unas riquísimas croquetas sin gluten, lo cual me hizo reconciliarme conmigo misma. Me hizo una foto de espaldas brindando, en la que solo se veía un poco de mi pelo, mirando al mar. Era preciosa. Cada vez que la miro, me teletransporta a aquel momento de paz y, si la observo durante mucho rato, incluso huele a mar y a Javi.

Terminamos el día yendo a ver el atardecer en cala Benirrás. Una elección muy acertada por su parte, al ser el lugar donde nos dimos el primer beso. De esa forma, se cerraba el círculo. Me encantaba que fuese así.

—Te acuerdas, ¿verdad? —me dijo, agarrando mi cintura.

—Como para no... Ese día llevaba unas pintas... El spa ese te deja el pelo hecho unos zorros —le contesté bromeando.

—Me dices eso para que te diga que estabas muy guapa.

—Un poco sí, no nos vamos a engañar.

—Pues yo diría que estás más guapa desde que me conoces.

—Será el amor.

—Será...

—¿A qué hora es hoy la puesta de sol, doña atardeceres?

—Pues ayer el sol se puso a las ocho y treinta y cuatro... Según mis cálculos, hoy son dos minutos menos.

—Joder, cada día anochece antes.

Efectivamente, el sol nos recordaba que el verano se nos escapaba de las manos, más aún cuando te has hecho una especialista contando atardeceres.

El día acabó mucho mejor de lo que había comenzado y las semanas posteriores transcurrieron con total tranquilidad. Para intentar estar mejor y con más fuerza, decidí tomármelo todo con más calma. Continué con mis fotografías, leyéndole a doña Catalina un par de capítulos cada dos días mientras ella preparaba la comida, una comida que luego nos alimentaba a Javi y a mí. Y, por supuesto, seguí trabajando en el restaurante, dedicándome en gran parte a las redes sociales, donde me desenvolvía a la perfección, cada vez mejor.

Incluso apareció por sorpresa mi primer jéiter, a quien tuve que bandear con mucha paciencia y educación.

—¿Has visto los comentarios que ha puesto esta tía? —le dije a Lúa mientras preparábamos el turno de noche.

—Bueno, tía, tío... A saber —respondió.

—No tiene ni foto de perfil real ni publicaciones ni seguidores ni nada... Debe de haberse creado el perfil solo para esto. Pero es una mujer. Lleva semanas además escribiendo por privado, diciéndome cada cosa terrible... —Le mostré el móvil con sus mensajes.

—¿Sabes qué creo? —dijo Lúa—. Creo que los mayores jéiteres acaban siendo siempre tus mayores seguidores.

—¿Cómo? —pregunté sorprendida.

—Claro. Están veinticuatro horas pendientes de ti. Buscando qué dijiste, subiste o publicaste para emitir un juicio. Lo saben todo sobre ti, mucho más que una seguidora a la que le guste tu contenido... Y ¿sabes por qué?

Era increíble el razonamiento que Lúa me exponía con una clarividencia única. Tenía más razón que una santa.

—Ni idea —respondí interesada.

—Porque de la misma manera que una seguidora disfruta de tu contenido, tu jéiter también lo hace, a su manera... Negativa, por supuesto, pero siente que ha encontrado su motivación, su cometido en la vida, y lo disfruta. A veces incluso se unen y forman grupos.

—O sea, ¿la motivación de esa gente es odiar?

—No, la motivación de la gente es la de encontrar su sitio en el mundo. Y esta jéiter ha encontrado el suyo. Encima, si es compartido con alguien más... ¡bienvenido sea para ella! Alguien que alberga tanto odio se tiene que sentir muy solo...

—Pues conmigo lo lleva claro. No va a conseguir nada. Yo siempre voy a ser educada y no voy a perder la paciencia en redes.

—Pues se buscará a otra. Quien disfruta siendo un miserable, no dejará de serlo.

Aquella conversación con Lúa dejó en mi interior los posos de algo que de manera inconsciente me ayudaría en un futuro. Un futuro que no conocía en ese momento.

—¿Crees que somos buenas personas? —le pregunté, afligida ante la conversación.

—No lo sé, pero quiero pensar que al menos no somos malas.

Esa última frase me la llevé a mi terreno, como lo haría una lectora habitual del horóscopo semanal cuando busca coincidencias. Ni muchísimo menos quería sentir que era una mala persona ni que no me estaba comportando todo lo bien que debería con Javi. No quería pensar que era una niña caprichosa, así que guardé todas las respiraciones que tenía acumuladas en mi pecho y me decidí por enésima vez a aprovechar el poco tiempo que Javi y yo pasábamos juntos.

 

 

 

Cuando el calendario marcó el 11 de octubre, llegó el momento de celebrar que hacía justo un año que nos conocimos, una fecha grabada en mi corazón por todo lo que había supuesto en mi vida desde ese momento. Siempre me ha gustado echar la vista atrás y hacer la típica reflexión a modo de resumen que en mi caso decía: «Si me llegan a decir que hace un año iba a dejar Madrid e iba a estar viviendo en Ibiza, no me lo hubiera creído». La verdad es que, con esa recapitulación en forma de frase, la descripción de mi último año se quedaba corta.

Mejor. Cuanto más largo es el resumen, más experiencia has acumulado en tu vida... y, desde aquel concierto de jazz donde apareció Javi en mi vida hasta aquel preciso instante, llevaba la mochila a rebosar de experiencias.

Ese día lo celebramos relajados en la playa y después cenamos en un precioso restaurante del centro de Dalt Vila, donde acabamos caminando por las empedradas calles, paseando de la mano por la ciudad amurallada. No se me escapó el detalle de hacerme una foto en el Carrer Sant Carles, exactamente en el mismo sitio en el que Sara me la hizo años atrás, pero esta vez a través de los ojos de Javi. Mientras recorríamos las calles, me explicó que Ibiza fue una de las ciudades más importantes del Mediterráneo, así como que la muralla que rodeaba la parte alta era del Renacimiento y que fue construida para defender la ciudad de las invasiones de los franceses y los otomanos. Escucharle hablar de su ciudad con tal pasión me recordó a mí misma cuando, meses antes, había hecho lo propio con él por las calles de Madrid. De sus palabras se intuía que conocía su historia y que amaba la isla con la misma intensidad que yo mi ciudad. Eso me entristeció y alegró a partes iguales, ya que, por un lado, es maravilloso sentirte orgulloso de formar parte de algo, pero, por otro, ese «algo» mío estaba a más de quinientos kilómetros de distancia.

—¿Alguna vez has tenido una canción compartida con alguien? —me preguntó Javi mientras volvíamos a casa en el coche.

—¿A qué te refieres con «compartida»?

—Bueno, hay canciones que nos recuerdan a personas porque ellas nos las enseñaron. Para mí, esas son canciones «prestadas».

Escuchando sus palabras recordé «Si te vas», de Extremoduro. Aquella canción me la enseñó Álex, el hombre que mentía cada vez que respiraba (y respiramos muchas veces al cabo del día). Javi tenía razón: era exclusivamente suya. Es verdad que yo hice mío el momento al que me trasladaba la canción, pero no era «nuestra»: era suya. Hasta para eso Álex fue egoísta.

—Y luego están las canciones que comparten dos personas. Bueno, dos, tres o las que sean. Porque significó algo importante para ellas al mismo tiempo.

—Me parece muy bonito el concepto de «canción compartida». Pero ¿cómo llegas hasta esa canción? ¿Es cuando la escuchas por primera vez con esa persona?

—Podría ser una forma de hacerlo, pero otra es dejando que la canción te escoja a ti. ¿Estás preparada?

—Nací preparada, Javier —le contesté sonriendo, sabiendo lo mucho que le molestaba que le llamara de broma por su nombre completo.

Subió el volumen de la radio y esperamos a ver cuál era la primera canción que sonaba tras los pitidos que marcaban las doce en punto. Entonces, sonó la que sería nuestra canción compartida:

—¡«Pequeña de las dudas infinitaaaaaaaas»! —canté a pleno pulmón.

—¿No es un poco gris nuestra canción? Me encanta Supersubmarina, pero...

—Nooo, es más bien rosa palo —dije con confianza.

—Pues fíjate que siempre identifico las canciones con los colores según su melodía, y esta es un tanto gris.

—Pues para mí es un rosa palo como un templo. Un templo rosa, claro... Y sobre todo es bonita.

—Como tú, que eres la pequeña de las dudas infinitas. Será porque eres libra.

—Sabes ya más del horóscopo que la propia bruja Lucía.

—¿Habemus canción, entonces? —me preguntó con una sonrisa—. A mí me encanta.

Habemus canción. Te quiero mucho —le dije mientras le besaba en los labios.

La noche estaba cerrada, más aún por el camino de acceso a la casa, donde solo se escuchaba el ruido del motor y nuestra nueva canción compartida. Abrí la ventana para sentir el aire fresco y miré a Javi de reojo. Sus brazos se mostraban firmes sobre el volante en una noche perfecta y no pude evitar morderme el labio inferior, igual que hacía él cuando me miraba con deseo.

—¿Y si paramos por aquí? —le dije a Javi con toda la intención.

No respondió. Bueno, sí lo hizo: saliéndonos del camino para entrar en una pequeña zona boscosa.

Con toda la libertad que nos daba la situación y el deseo sexual mutuo que existía entre ambos, hicimos el amor dentro del coche. Con las ventanas abiertas, por supuesto, no se fuera a crear el mismo vaho que en la película Titanic. Laura hubiera dicho que follamos, porque la intensidad fue muy alta. Yo estaba muy excitada, y eso a él le excitaba aún más y, siendo sincera, ambos teníamos ganas de perder el control... Así que me apresuré a desnudarle y reclinamos los asientos. Dejé que recorriera cada centímetro de mi cuerpo con sus manos y con su boca. Mordiéndome, como siempre hacía cuando le gustaba algo. En ese momento, me dejó claro que ese «algo» era yo.

Lo disfruté: disfruté de la libertad de hacerlo de manera clandestina, en plena naturaleza y con la fuerza y excitación que nos regalamos.

—Sabes que la casa de la yaya Catalina está aquí al lado, ¿no? —di­jo Javi mientras seguíamos desnudos en la parte trasera del coche.

—¡No jodas, a ver si va a aparecer! —Me apresuré a buscar mi ropa interior.

—¡Sí, claro! La yaya debe estar en el quinto sueño ya —respondió mientras se reía—. No te vistas aún. Me encanta tu piel desnuda.

Le miré y me abalancé sobre él. Creo que había algunas partes de su cuerpo que todavía no había catado.

Cuando llegamos a casa, subí a darme una ducha mientras Javi, al que el sexo le daba hambre, se preparaba algo de recena. Cuando bajé, me llegaron cinco notificaciones de llamadas perdidas de Sara. No había estado pendiente del móvil y, ante la falta de cobertura, entraron todas de golpe, a pesar de que eran de distintas horas del día. Me pareció extraño ver tantas llamadas perdidas: Sara no acostumbraba a levantar el teléfono. Como era tarde, decidí ponerle un wasap. Verla en línea me puso más en alerta, si cabía, ya que solía irse a la cama temprano.

 

 

Sara.

Hola, cariño.

He visto que me

has llamado varias veces.

¿Te llamo?

 

 

Sara comenzó a escribir al segundo y se detuvo. Al momento, recibí su llamada.

—¿Qué tal, corder? —dije al descolgar.

Sara estaba llorando al otro lado del teléfono y no conseguía articular palabra.

—Sara, cariño, respira. ¿Qué ocurre?

Javi, que estaba en la cocina, levantó la cabeza y me miró preocupado ante mi reacción.

—Es Lucía...

—¿Cómo que es Lucía? ¿Qué ha pasado?

—No está bien, no está bien... —Sara no podía parar de llorar.

—A ver, cariño, por favor, no me asustes. Respira e intenta contármelo porque me estoy poniendo nerviosa...

Sara se tranquilizó un segundo y comenzó a hablar:

—Pues es que... ¿Te acuerdas del lunar que tenía Lucía en la espalda, el que Laura dijo que estaba raro?

Entonces, antes de que terminara de contármelo, ya sabía lo que pasaba. Lo sabía porque lo vi en la cara de Laux aquel día en la playa. Porque lo intuí, porque me di cuenta y porque no hice nada. Lo dejé pasar.

—Pues..., es que Laura insistió en que Lucía se acercara al médico dermatólogo amigo suyo antes de irse a Asturias...

—¿Y? ¿Qué ha pasado?

—Pues que el dermatólogo le dijo que tenía muy mala pinta. Le hicieron una biopsia y es malo, rubia, es muy malo. Esta mañana le han llamado para darle los resultados y ha vuelto hoy mismo a Madrid.

Me quedé de piedra, sentada en el suelo, sobre el último escalón, con el pelo mojado, intentando digerir toda la información que me estaba contando Sara.

—Pero ¿cómo que es malo, Sara? ¿Cómo no me lo habéis contado hasta ahora?

—Es que estábamos convencidas de que no sería nada... Y no queríamos preocuparte estando tan lejos. Perdóname... —Sara rompió a llorar de nuevo.

No pude reprocharle nada. Respiré y me quedé en silencio, buscando la frase adecuada, intentando ser lo más racional posible.

—Bueno, vale, vamos a tranquilizarnos. ¿Sabes algo más? ¿Cómo está ella o qué va a pasar ahora?

—No lo sé, pero tengo mucho miedo. No podía más, necesitaba contártelo. Te necesito aquí, rubia. Lucía nos necesita.

—Claro que sí, mi niña, por supuesto que voy a ir. Pero respira, por favor, porque estando tan lejos, sin poder hacer nada inmediato, me estoy angustiando —dije, intentando calmarme—. ¿Sus padres han ido con ella? ¿Dónde está ahora?

—Está con Alberto, en su casa... Sus padres se han quedado en Asturias. No sé si lo sabrán ya. Es que se tenían que quedar allí con los abuelos; ellos, además, están muy mayores... Lucía nos necesita, hay que seguir haciendo pruebas... —sollozó.

Me intenté tranquilizar al saber que estaba con Alberto. Si había alguien que la conociera más que yo, era él.

—Tranquila, me organizo y enseguida estoy allí, ¿vale? Ahora necesito que te relajes y descanses. Mañana a primera hora os llamo. Te quiero mucho. Prométeme que vas a estar bien.

—Y yo, amiga, yo también te quiero. Estaré bien cuando estés aquí, te lo prometo.

Colgué. Javi estaba de pie, mirándome inquieto.

—¿Qué pasa?

—Dame un segundo.

Cogí el teléfono y llamé a Laux, a pesar de las horas. Por supuesto, descolgó en cuestión de segundos.

—¿Qué tal, mi rubia? —dijo con una voz alicaída, inusual en ella.

—¿Qué ha pasado, Laura?

—Te ha llamado Sara, ¿no?

—Sí, ella está histérica y yo estoy muy nerviosa.

¿Qué le ha pasado a Lucía?

—Lucía tiene cáncer —dijo con una serenidad propia de la profesión que ejercía como enfermera.

Al escucharlo, no supe estar a su altura y rompí a llorar. Javi se sentó a mi lado en el suelo, cada vez más preocupado.

—No llores, rubia, déjame que te lo explique. Es lo mejor para entender la situación.

Y tenía razón, así que intenté calmarme para escucharla.

—Vale... —le dije mientras me secaba las lágrimas con las manos.

—Lucía tiene un melanoma IIIB.

—¿Y es muy malo?

—Es un estadio alto.

—¿Cuántos estadios hay?

—Cuatro...

—Joder, Laura. —Me puse a llorar otra vez.

—Venga, tranquila, que ahora nos toca ser fuertes porque quedan muchas pruebas por delante. Lucía está bien. Está aquí en Madrid, en casa de Alberto, y tenemos que ser fuertes —Laura incidía mucho en la fortaleza que íbamos a necesitar—. Estaremos a su lado para lo que ella necesite. Y ahora tenemos que centrarnos en las pruebas que hay que seguir haciendo.

—Ya me lo ha contado Sara...

—Siento mucho no habértelo dicho antes. No quería preo­cuparte sin saber en qué punto estábamos, pero ahora que sabemos a lo que nos enfrentamos, Lucía va a necesitar mucho apoyo.

Era la primera vez que Laura mencionaba a una persona por su nombre real.

—Claro, voy a organizar todo aquí con el restaurante, recoger las cosas y, en cuanto pueda, voy para allá. —Miré a Javi, que me sostenía la mirada con auténtica tristeza, y eso que tenía solo la mitad de la información.

—Si quieres vente a casa, ¿vale? Ya sabes que tengo otra habitación donde, al final, lo único que hago es acumular trastos. Si quieres ser otro trasto en mi casa, serás más que bienvenida.

Laura consiguió arrancarme una sonrisa.

—Gracias, amiga. Mañana te llamo.

Colgué. Javi seguía mirándome muy fijamente. Los dos estábamos sentados sobre el último escalón.

—¿Qué pasa, cariño?

—Lucía tiene un melanoma. Está avanzado.

—¿Qué? —dijo sorprendido.

—Tengo que ir a Madrid —le anuncié nerviosa mientras me levantaba—. Tendrán que hacerle muchas pruebas y debo estar allí, a su lado.

—¿Tienes que estar a su lado? ¿En singular?

—No, no, claro. Allí estarán Sara y Laux. Se está quedando en casa de Alberto.

—Me refería a si no quieres que te acompañe.

—Por supuesto que sí, mi amor. Puedes venir los fines de semana que libres y nos vemos allí. Verte seguro que también la anima.

—¿Cómo que los fines de semana?

—Hombre, es que tú no puedes venirte de repente todo el tiempo ahora mismo, ¿no?

—No, claro. Pero pensaba que iríamos los dos cuando librásemos.

—Javi, me parece que no lo estás entendiendo. No es cuestión de estar allí una semana, ni mucho menos un fin de semana. A Lucía le quedan meses por delante de pruebas y tratamientos y quiero estar con ella.

Javi se quedó en silencio total.

—Vale, lo entiendo. Pero ¿no puedes ir y volver?

—Sí, claro que podría. Pero quiero estar con mi amiga al cien por cien.

—Pero ella estará bien acompañada... Están Sara, Laura, Alberto... Quiero decir, puedes ir todas las veces que lo necesites, pero sin necesidad de estar allí todo el tiempo.

—¡Basta, Javi! —grité—. Acabo de enterarme de que mi amiga tiene un melanoma y lo único a lo que le prestas atención es a si voy a quedarme allí. Pues sí, Javi, voy a quedarme allí, porque llevamos aquí casi cinco meses, estamos en octubre y no he oído ni una palabra real de tu boca que tenga que ver con volver a Madrid, tal y como hablamos. No he visto ni un intento de buscar la permuta que dijiste que ibas a buscar y lo único que has hecho es alargar el momento. Cogí una excedencia esperando volver y me dijiste que buscaríamos la forma.

—¿No eres feliz aquí?

—Sí, Javi, soy muy feliz contigo.

—¿Pero?

—Pero sabías que esto no podría durar eternamente y has dejado que fluya... Yo he cumplido lo que dije que iba a hacer... ¿Y tú? ¿Has cumplido?

—Yo he hecho lo imposible para que estés bien aquí...

—Ah, ¿sí? ¿Cómo? Venga, dime, ¿cómo lo has hecho? Desde que llegaste no solo has cogido la misma rutina que te obligó a salir de la isla, sino que encima la has aumentado. Más trabajo, más entreno... He estado sola la mayor parte del tiempo, y trajiste a mis amigas cuando viste que la situación era insostenible. Ni siquiera me has presentado a tu padre...

—Pero eso es porque es un cabrón... Y no quería que conocieras a la única persona que quizá odie en este mundo —respondió Javi, muy enfadado—. Mi padre hizo que mi madre se marchara de esta isla y eso es algo que no le perdonaré.

Al verle tan alterado, respiré hondo antes de seguir hablando. Ambos habíamos estallado y yo no quería seguir con una conversación que acabaría por hacernos daño. Y menos esa noche, donde la montaña rusa de emociones había pasado por todas las fases en apenas una hora.

—Mira, Javi, en el fondo, tú y yo sabemos que eres parte de la isla... Mírate, este es tu sitio... Y el mío ahora es estar junto a mi amiga.

Javi suspiró profundamente. Se sentó en una silla junto a la ventana. Necesitaba coger aire.

—Rubia, no puedes salvar a todo el mundo —dijo, imagino, fruto de la rabia.

—Ya, pero Lucía no es todo el mundo.

Javi asintió ante mi frase. Se levantó para irse a la habitación.

—Vale. Iré un fin de semana en cuanto pueda —concluyó, mientras pasaba a mi lado para subir la escalera.

Esa noche me quedé en el salón. No bajó a darme un abrazo, no bajó a consolarme, no bajó a entender lo que estaba ocurriendo. Eso me decepcionó. Podía comprender que él también estuviera jodido; aquello no era fácil para ninguno de los dos. Pero él sabía de sobra que no había hecho nada para cumplir el compromiso por el que yo había ido a Ibiza. Si rompes un compromiso con la persona a la que quieres, ¿qué te queda? El silencio.

 

 

 

Los días siguientes fueron tremendamente tristes. En pleno octubre, con los días más fríos, volvieron las lluvias a la parte norte de la isla y a mi corazón.

No podía irme de la noche a la mañana, ya que tenía un compromiso con el restaurante y no quería dejarles tirados. Lucía estaba cuidada y esperando a tener nuevas pruebas. Estábamos cerrando la temporada y tocaba ser responsable. 

Una semana y media más tarde, encontramos a una sustituta. Una chica joven muy despierta también en el tema de redes sociales.

Ese último fin de semana me despedí de todos mis compañeros. Me hicieron una fiesta muy emotiva en el restaurante, a la que Javi no acudió. Seguía enfadado.

Hice la foto del último atardecer en la isla un 19 de octubre a las 20:17. Apenas pude disfrutarlo, pese a tener ante mis ojos un intenso candilazo, un arrebol crepuscular con el que cielo aquella tarde también quiso despedirse de mí. Las nubes parecían estar en llamas, el horizonte se teñía de colores naranjas y rojos totalmente vivos, de una intensidad que nunca había visto, pues el sol iluminaba e incendiaba las nubes más altas. Recordé entonces uno de los muchos refranes de mi padre: «Candilazo al anochecer, agua al amanecer». Me entristecí, pensando que aquel cielo era lo más parecido a un incendio que Javi nunca vendría a apagar.

Organicé mi marcha: recogí todo lo que me cupiese en una maleta de veinte kilos y en otra de diez, y dejé en la isla mi moto rosa, medio armario, mis fotos de los atardeceres y al que creía que era el amor de mi vida.

Javi seguía siendo totalmente intransigente con la situación. Nunca había visto ese lado de su carácter, tan determinado a estar obcecado con algo en lo que a todas luces no tenía razón. Estaba desconcertada y la situación me estaba superando. Mis últimos días en Ibiza no estaban siendo, ni de lejos, como los había imaginado.

Una mañana en la que Javi, como siempre, se había ido a trabajar temprano, bajé a casa de doña Catalina para despedirme. Entré como de costumbre, sin llamar, hasta llegar al pequeño patio interior, donde la encontré sentada, como cada mañana, bajo su preciosa higuera. Estaba pelando higos y echándolos en un cubo.

—Mira qué pinta tienen —dijo mientras me mostraba un higo con el corazón rojo.

Lo cogí y lo probé.

—¡Qué dulce está!

—Sí, es raro, porque no hace calor...

Me quedé en silencio unos segundos pensando muy bien las palabras que iba a escoger para despedirme de ella. Era una persona a la que le había cogido un cariño tremendo. Una mujer fuerte que me había inspirado y que había conseguido que mi estancia allí fuese más agradable y provechosa en cada una de las cosas que había aprendido de ella.

—Catalina... Venía a... —dije en un tono suave que detectó al instante.

—Vienes a leerme por última vez, ¿no?

Sonreí. Qué lista era. Asentí con la cabeza y cogí el libro, al que apenas le quedaba una docena de páginas para terminar.

—Me ha dicho el niño que te vas... —dijo antes de que empezara a leer.

—Sí, doña Catalina. Una de mis mejores amigas está enferma y tengo que estar con ella.

—Tú sabes que mi nieto está siendo muy orgulloso, ¿no?

—Un poco, la verdad —contesté, siendo sincera.

—Pero tú también sabes que te quiere mucho, ¿verdad?

No respondí.

—Tú eres su luz, niña. Pero las luces a veces te iluminan y otras veces brillan tanto que te ciegan. Tú, ahora mismo, estás brillando mucho porque vas a hacer lo que tienes que hacer. Y él está totalmente cegado.

—Ya, pero creo que es el camino correcto, al menos para mí.

—No existe el camino correcto, niña. Solo existen los caminos que nos llevan hacia los corazones de las personas. Vosotros ya habéis recorrido ese camino. Lo que pasa es que ahora cada uno habéis cogido un atajo distinto. En vosotros está que os podáis volver a juntar en otro sendero.

Respiré hondo porque quería a Javi. Una no deja de querer a las personas de un día para otro, aunque te enfades con ellas.

—Deja ese último capítulo —dijo refiriéndose al libro.

—¿No quiere que se lo lea? —pregunté sorprendida.

—Sí, pero cuando vuelvas.

—No sé si... —dudé, un tanto apesadumbrada.

—Sí que volverás. Claro que sí. Ya eres un gato de esta isla. Y eso nunca se olvida.

Abracé a doña Catalina emocionada y me despedí de ella con una deuda que esperaba cumplir en un futuro.

—Ven algún fin de semana a vernos, aunque sea de higos a brevas. ¿Te acuerdas? —dijo con sus arrugadas manos sobre mi cara.

Claro que me acordaba. De ella aprendí ese verano el verdadero significado de la expresión «de higos a brevas». Se sentó conmigo en aquella higuera en la que nos estábamos despidiendo y me contó que esos dos frutos, que provienen del mismo árbol, crecen separados por nueve meses. Por eso cuando decimos de «higos a brevas», nos referimos a un espacio de tiempo largo entre dos cosas que ocurren.

 

 

 

El día que Javi me llevó al aeropuerto nos levantamos muy temprano. Él se duchó antes que yo y dejó el suelo encharcado, como siempre. Donde antes veía un pequeño defecto, en ese momento me parecía «su maldita manía de dejarlo todo chorreando». El enfado irracional que él tenía por mi regreso a Madrid estaba consiguiendo distanciarnos mucho más que los cientos de kilómetros que nos separarían a partir de aquel mediodía.

El viaje fue en silencio: él conducía y yo miraba por la ventana. Justo igual que cuando se marcharon las chicas. En ese momento, pensé que despedirme de la isla y de él tan cabreada no era justo para ninguno de los dos. Cuando llegamos al aeropuerto, intenté calmar los ánimos. Al fin y al cabo, no estábamos rompiendo, pero... No sabía en qué punto nos encontrábamos y no era el momento de hablarlo. Así que le hice una pregunta típica para rebajar la tensión:

—¿Dónde están las salidas?

—Por lógica, las salidas siempre están arriba, porque te subes al avión, y las llegadas siempre están abajo porque te bajas del avión.

Javi en estado puro, siempre tan lógico para algunas cosas y tan ilógico para otras. Me dieron ganas de contestarle «ñiñiñi», pero le miré y vi que sus ojos brillaban. No estaba sonándose los mocos ni montando un drama, pero pude ver lágrimas recorriendo sus mejillas. Me derrumbé, recordando que hacía años que él no lloraba.

—No soy capaz de decirte adiós, Javi —le dije mientras le abrazaba con todas mis fuerzas.

—Entonces no me lo digas. En el idioma quechua no existe esa palabra. No conciben la posibilidad de no volverse a ver.

—¿Y cómo se despiden?

—Utilizan la palabra tinkunakama, que significa «hasta que nos volvamos a encontrar».

Sonreí y le miré a los ojos antes de cruzar la puerta de embarque.

Tinkunakama, Javi.

Tinkunakama, mi niña.

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