Contando atardeceres

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PARTE II. IBIZA » 20. Lo que mueve el mundo. El amor es esa fuerza desorbitada que te hace cambiar de ciudad

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Lo que mueve el mundo

El amor es esa fuerza desorbitada que te hace cambiar de ciudad.

Cuando pasé el control de seguridad, me senté cerca de la puerta de embarque de mi vuelo. Cogí el móvil para buscar en Google la palabra tinkunakama; efectivamente, era tal y como Javi había dicho. Además, leí que era así porque en el idioma quechua cada palabra denota interés por el estado de la persona con la que se está hablando. Así, para decir «hola» utilizan imaynalla, que vendría a significar «¿cómo estás?», lo que deja entrever que, implícito en el saludo, existe una intención real por saber de la otra persona. Esto es algo de lo que nosotros a veces carecemos en nuestro idioma y en nuestras vidas.

Javi siempre había sido generoso, como el idioma quechua; siempre se había preocupado por mí en concreto y por nosotros en general. Pero esos últimos días estaba siendo egoísta en primera persona del singular.

Ya en el avión, con el cinturón de seguridad abrochado, miré por la ventanilla y se me escapó otra lágrima. Dicen que una de las cosas que más cuesta aprender es que, a veces, para avanzar hay que soltar, y yo tenía que avanzar en ese momento con una dirección muy clara. Nos separaba el mar, pero nuestros corazones continuaban unidos.

Cuando despegamos, pude ver un tenue arcoíris reflejado sobre las olas, chiquititas, en el agua. Entonces supe que era una señal de mi padre, diciéndome que estaba haciendo lo correcto, y respiré tranquila. Necesitaba esa señal porque había sido una decisión muy difícil. Me toqué la pulsera que llevaba en la muñeca derecha y pensé que, en el fondo, Javi me acompañaría a Madrid con ella.

Pasé algo de miedo en el avión. Yo, que siempre me había jactado de que no me daba impresión aterrizar ni despegar, que me mofaba de mi amiga Laura cuando se agarraba al asiento como si se lo fuesen a robar, en ese momento me sentí indefensa por primera vez. Comprendí que no tenía miedo de que me pasase algo físico, sino que sentía un cierto recelo inesperado a perder todas las cosas que había construido hasta el momento. Un miedo irracional que no tenía cuando era más joven.

Cuando maduras, echas la vista atrás y ves el camino recorrido. Has estudiado mucho para tener un trabajo, has ahorrado lo justo para tener un poquito de estabilidad y has amado de todas las formas posibles, algunas veces bien y otras veces no tan bien. Sé que aferrarse a algo material es como arrastrar una pesa de diez kilos: te impide ser tú misma y viajar por la vida ligera, pero no os voy a negar que pensar en perder todo por lo que has luchado, incluida la experiencia ganada en el camino, es como que se te quemen las croquetas en la sartén después de llevar cuatro horas preparándolas. Es tropezar en lo más llano, que diría mi padre.

Cuando aterricé en Madrid, sentí una extraña sensación de alivio. No es que en Ibiza hubiese estado en una situación crítica, ni mucho menos, pero echaba de menos mi ciudad. Desde el avión observaba todas esas luces que, en cierto modo, llevaba tantos meses solo recordando en mi memoria, como si añorar la contaminación lumínica fuese bueno. Sé que suena ridículo, pero mi cuerpo se alegraba de volver. Ojalá hubiese sido por un motivo distinto y acompañada de Javi. Si solo hacía unos meses me cambiaba de ciudad por amor, en esa ocasión lo volvía a hacer de nuevo por el mismo motivo: el amor que sentía por mi amiga.

Pol me vino a buscar al aeropuerto y lo agradecí muchísimo. Me sentía sola y vulnerable en ese momento, por lo que ver una cara conocida nada más salir por la puerta era lo más parecido a un abrazo sincero en el momento que más lo necesitas.

De vuelta a casa, sin Javi, sin la mitad de mis pertenencias y con el corazón encogido por Lucía, me sentí más pequeña que nunca.

—Es increíble que hayas conseguido meter toda tu vida en una maleta de veinte kilos y en una de mano. ¡Quién te ha visto y quién te ve! Por cierto, estás morena ¿o soy yo, que te veo guapa?

—Joder, Pol. Llevo cinco meses viviendo al lado del mar: lo mínimo es coger un poco de color. No te lo vas a creer, pero allí incluso andaba descalza.

—Pues sí que has cambiado, vecina, yo que te tenía por la única mujer en España que tiene tacones para andar por casa. Ven aquí, anda —me dijo mientras abría los brazos para abrazarnos, ahora sí, con fuerza.

—¿Cómo está? —le pregunté mientras seguíamos unidos.

—Animada. Seguro que verte le hará mucha ilusión.

Esa tarde, Pol me llevó a casa de mi madre antes de que Laux me recogiera para ir juntas a su casa.

—Ay, hija, ni tiempo me has dado para ir a verte a la isla —me dijo mi madre mientras me besaba.

—No pasa nada, mamá, te prometo que iremos las dos.

Mi madre sonrió y me miró fijamente a los ojos.

—¿Estás bien? —me preguntó como solo puede hacerlo una madre que conoce a su hija por algo tan nimio como las inflexiones de la voz.

—He tenido años mejores... Los noventa, por ejemplo.

Ambas nos reímos. No fue una mala década la de los noventa, cuando poca cosa importaba. Todo era tan fugaz que apenas duraba. Daba igual si era bueno o malo, solo ocupaba un corto espacio de tiempo en nuestras vidas, que era sustituido en un pispás por otro sentimiento. Ojalá alguien nos hubiera avisado a esa edad de que los problemas de matemáticas no tenían ni la mitad de la mitad de complejidad que la vida.

—Bueno, cuéntame. ¿Qué es lo que más te ha gustado de la isla? —dijo con habilidad, sacando de mi cabeza la preocupación por Lucía durante unos momentos.

Respondí con rapidez, casi de manera instintiva.

—Los atardeceres.

—¿Eran bonitos allí?

—Mira, he estado haciendo fotos con la cámara que me regalaron mis hermanos. —Busqué en la maleta las fotos que había estado guardando de cada atardecer.

Mi decepción fue máxima cuando me di cuenta de que no habían viajado conmigo. Solo había traído la cámara y la libreta.

—Me las he dejado allí... Solo tengo una que se ha quedado dentro del cuaderno, es un atardecer de cala Benirrás.

Le mostré una foto preciosa que hice días antes de marcharme. En la playa donde conocí a Javi. Esa última vez estuve sola. Mi madre la cogió con sus delicadas manos.

—Qué bonita, hija. Me ha recordado a una postal de Japón que me envió tu padre desde allí hace muchos años, aunque la suya era de un amanecer.

—Es el país del sol naciente.

—Sí, eso me decía siempre. Con la mala memoria que tengo últimamente..., pero esa postal no la olvido —me dijo, un poco tristona.

Me pareció una bonita casualidad que mi madre recordase una foto de un amanecer relacionado con mi padre. Él viendo salir el sol tantos años con sus viajes y largas estancias en Japón, y yo pendiente de cuándo se ocultaba en Ibiza.

—¿Tú cómo estás, mamá?

—Hoy bien, hija. Mañana, ya veremos.

Mi madre y sus frases. Comprensiva como siempre, entendió que no me quedase a vivir con ella en mi vuelta a Madrid cuando le dije que de momento me instalaría en casa de Laux. A punto de cumplir treinta y un años, necesitaba mi espacio y una habitación que no estuviese llena de peluches. Por suerte, la casa de Laura no estaba lejos de allí y le prometí que nos veríamos muy a menudo. Una promesa que en realidad era una necesidad, ya que, después de pasar cinco meses fuera de casa, estar con ella era algo que sentía necesario para mi corazón.

Aproveché que estaba en casa de mis padres para ir a mi antigua habitación. Entré en ella con cierta nostalgia. Me tumbé en la cama y, casi sin querer, apoyé la cabeza en mi querida almohada. Al instante, un orgasmo en forma de escalofrío recorrió mi cuello. Mi cabeza la reconocía, y la había echado tanto de menos que mi cuerpo se negaba a levantarse y abandonarla por segunda vez. Tuve que convencerle de que esta vez la almohada se vendría con nosotros para lograr incorporarme.

En el suelo, bajo la mesa, había unas cajas que mi madre habría sacado para limpiar el armario. En ellas pude encontrar apuntes de mi época del instituto. Había también carpetas llenas de pegatinas de la Super Pop y fotos de mis crushes de la época. En aquellos tiempos los llamábamos «amores platónicos», pero no hay que negar que hay anglicismos que tienen mucha fuerza para describir ciertas cosas. Sin duda, el corazón te hace crush cuando piensas en ellos.

Al volver a guardar una de las carpetas en la caja, se escurrió de entre las páginas una foto de carnet de Nacho, mi primer novio, una de las personas más importantes de mi vida que de­sapareció de ella cuando me fui a la universidad. Aún tengo su recuerdo en el estómago, porque, sin contar a Javi, solo él consiguió hacerme mejor persona con su presencia. Era mi primer amor verdadero: el de la adolescencia, el que no se olvida.

Recogí la foto del suelo y, al darle la vuelta, leí lo que había escrito en ella: «TK, enana». Míralo: tan guapo, con el pelo larguito, sus inabarcables ojos azules y su chaqueta vaquera de borreguito. En aquella foto de carnet se podía percibir lo alto que era, pues estaba hecha en un fotomatón de la época, donde había que regular la altura del taburete y su cabeza rozaba el límite del recuadro. Recuerdo que, cuando nos hacíamos fotos juntos, a mí me colgaban los pies y él tenía que agacharse. Nos apretujábamos mucho y posábamos con la lengua fuera y besándonos. Sin filtros y sin saber cómo iban a salir. Felices.

En aquella foto escribió «te quiero» con K, pero usando la coma vocativa antes de «enana». Así era Nacho: una mezcla perfecta de educación y cercanía atrapada en el cuerpo de un adolescente al que la vida le obligó a dejar los estudios —y en cierto modo a dejarme a mí también— para sacar adelante a su familia. Apuesto a que en esa foto llevaba el casco de la moto en la mano y tenía prisa por que saltase el flash en el fotomatón para irse a trabajar. Inspiré y volví a notar aquel aroma a gasolina que le acompañaba y que tantos recuerdos me evocaba, los cuales, curiosamente, eran todos buenos, pese a haber tenido un final... Bueno, un final. Sin más.

El sonido del móvil me llevó de los dieciséis a los casi treinta y uno. Laux llamaba para decirme que estaba llegando. Fui de nuevo al salón, donde mi madre se me acercó con una plantita en una maceta de las que tenía en la terraza y que cultivaba con mi padre. Quería que me la llevase a casa de Laux, sabiendo de sobra que se nos moriría.

 

 

 

Laura se bajó del coche y lo primero que hicimos fue abrazarnos.

—¿Cómo está? —le pregunté. No hacía falta que dijese quién.

—Bien... Mañana la verás —dijo tranquilizándome.

—Y tú, ¿cómo estás? —le pregunté. Ella sonrió y asintió con la cabeza para cambiar de tema y de tono al momento.

—Tía, tía, tía, tía. Muy fuerte lo que me ha pasado. ¡Casi me meto por dirección prohibida para llegar a tu casa!

No sé por qué no me sorprendía. Ir con Laura en coche es siempre una aventura, sobre todo porque es un poco exagerada. En el fondo conduce fenomenal, pero le encanta inventarse historias al volante que, como todo en esta vida, tienen su parte de verdad y su parte de ficción. Pero era un chute de energía ver que, a pesar de la situación en la que nos encontrábamos, tenía la capacidad de mantener su personalidad on fire.

—Me he ido de viaje muchos fines de semana con más maletas de las que llevas tú. ¿Vas a sobrevivir solo con esto?

—Me tendré que apañar... Javi viene el fin de semana. Le dejé hecha otra maleta para que me la traiga.

—Menos mal, tía, ya te veía lavando los tanguitas a mano en mi lavabo y colgándolos en la ducha para reciclarlos —dijo mientras se reía con risa de cerdito de sus propios chistes, como solía hacer.

Cuando llegamos a su casa, me instalé en la «habitación de los trastos», que ni de lejos era tal, sino otra de sus exageraciones, porque en realidad estaba muy ordenada. Era un cuarto chiquitito, con una cama de uno treinta y cinco, un escritorio no muy amplio y un gran armario que Laura me había dejado casi vacío y que no pude llenar.

—Si necesitas algo de ropa, lo bueno es que compartimos talla, así que te dejo que me robes lo que quieras, como si fuésemos hermanas.

Si eso no es amistad verdadera, que baje Brad Pitt y lo vea.

Nos tiramos toda la noche hablando en el sofá. Pedimos cena a domicilio, abrimos una botella de vino y nos desahogamos.

—Te veo cansada, rubia. ¿Estás bien? —me preguntó, igual que mi madre.

Supongo que llevaba tatuado en la frente un «estoy hecha mierda».

Y no, no le dije lo mismo que a ella para no preocuparla. No le dije que estaba bien ni que había tenido años mejores, como los noventa. Me eché a llorar porque era lo que necesitaba en ese momento. Laura me sujetó los clínex, me llenó la copa de vino y me abrazó cuando lo necesitaba.

—Sé que es duro, amiga, pero ya verás como juntas podemos con todo. Piensa que acabamos de arrancar y que hay que ir paso a paso. Tú lo sabes mejor que nadie.

—Por eso me da miedo, Laura, porque sé cómo puede acabar.

—No tiene por qué ser así. Aún no te conocía cuando pasó lo de tu padre, pero estoy aquí contigo, y con Lucía. Ya verás como todo saldrá bien.

Cuando se ponía seria y hablaba como enfermera, sus palabras estaban llenas de seguridad y llegaban a ser muy tranquilizadoras. Imagino que estaba acostumbrada a estas situaciones. A pesar de que yo también lo estaba —por mi experiencia pasada con mi padre—, de primeras no lo gestionaba de ese modo. A veces solo necesitas escuchar que todo va a salir bien, aunque sepas que quizá no sea verdad.

—Gracias, Laux.

—No me las des. Eres una buena amiga: no todo el mundo hubiese hecho lo mismo que tú.

—¿Tú crees? Hay veces que no estoy tan segura.

—Pues yo sí. Y me reconforta saber que, si me pasase algo, serías la primera en estar conmigo. Eso no tiene precio —dijo con contundencia—. Eso sí, ya te lo digo, no pienso dejar que te instaures en el drama. Viviremos una segunda juventud compartiendo piso y haremos fiestas como si fuésemos universitarias. —Laura se rio con fuerza y comenzó a bailar sentada, haciendo una coreografía de lo más ridícula con las manos, lo que me arrancó una sonrisa.

—No sé si estoy muy para fiestas.

—Bueno, ahora no, pero habrá tiempo para todo. Lucía nos necesita enteras, y para eso debemos contar con tiempo para nosotras.

Volvía a tener razón. Después de la experiencia con mi padre, ya sabía que, cuando cuidas de otra persona, necesitas tu espacio o, si no, acabas explotando.

—Este fin de semana es tu cumpleaños —me recordó, como si yo no lo supiera—. No te voy a engañar: esta vez no te voy a preparar una fiesta sorpresa. Pero algo habrá que hacer.

—Lo vamos viendo...

—Vale... Mañana tengo que ir al hospi a currar por la mañana. ¿A qué hora irás a ver a Luci?

—Temprano, imagino.

—Pues te acerco con el coche —dijo, imaginando en su cabeza otra historia dramática que contar, esta vez conmigo como copiloto.

 

 

 

A las nueve de la mañana, Laux me dejó en casa de Alberto. Cuando me abrió la puerta, se alegró muchísimo de verme.

—Rubia, ¡cuánto tiempo! —Alberto me abrazó.

—Pues cinco meses, ocho días y catorce horas, concretamente —respondí sonriendo.

—Coño, pues sí que te has aburrido en Ibiza para llevar la cuenta.

—¡Nooooo! Es que he estado haciendo fotos de atardeceres y he ido apuntando en una libreta las horas y... —La cara de Alberto se desencajaba por momentos mientras intentaba explicárselo—. Bueno, da igual, ya te lo contaré con calma. ¿Dónde está la princesa? —dije sabiendo que podía escucharme y lo mucho que le molestaba que la llamara así.

Pensé que llegar con energía positiva y nuestro código habitual ayudaría.

Entré en el salón. Lucía estaba sentada junto a una puerta acristalada que daba a una terraza. Me la encontré ojerosa, pero guapa y fuerte, como era ella, aunque podía apreciarse algo de cansancio en su gesto, que transmitía a través de la postura. Mientras que Lucía casi siempre estaba con los brazos en jarras o con el puño hacia arriba, en posición de ataque, ahora los tenía entre las piernas, a modo de defensa. Corrí a abrazarla.

—Joder, tía, hasta en bata estás guapa, cabrona —le dije con una sonrisa fuerte, nada impostada.

Me alegraba de verla de nuevo.

—Es de la madre de Alberto, que vino a traerla y, por educación, no le iba a decir que no a la pobre.

—Hombre, algo de gusto le habrás cogido, si te la pones —di­jo Alberto sonriendo.

—Parezco una señora...

—¡Una «señora bien»!

—Bueno, no tan bien. Ay, rubia, mira que un día leí algo en el horóscopo que no me gustó un pelo, pero no me esperaba esto... Que yo soy tauro, no cáncer, joder —dijo sin perder el temple que siempre la había caracterizado, incluso en un momento así.

Ella, que siempre se había declarado y demostrado ferviente defensora del humor negro, no iba a ser menos en este momento. De hecho, como ella misma decía, escribía novela negra porque tenía el alma más negra que el eyeliner de Cleopatra. Entonces hice la pregunta que imaginaba que estaría cansada de escuchar por boca de todos.

—¿Cómo estás?

—Pues a ratos... Estoy en la fase de digerir lo que está pasando. Y me está sentando fatal, como a ti el gluten.

—Creo que también soy cada vez más intolerante a la gente —di­je siguiéndole el juego de conversación que más le gustaba.

—Es que la gente está bien, pero para un rato.

Ambas nos reímos. Verla así, cansada, pero siendo ella misma me alivió el pesar que llevaba dentro desde hacía unas semanas.

Yo, que entré habiendo planificado al detalle mi forma de afrontar la situación con la intención de levantarle el ánimo, me vi superada con cómo ella me hizo sentir. Su actitud me procuró más bien que el que yo pude ofrecerle. Fue tremendamente generosa.

Nos sentamos un momento antes de marcharnos, con la sonrisa de cariño puesta, pero sin mediar palabra. Lucía se subió la camiseta por detrás y me enseñó el sitio exacto en el que estaba el lunar al que le habían hecho la biopsia.

—Mira, rubia, bendita tu amiga Laux, que me insistió para que me mirase esto... Si no hubiese sido por ella... La verdad es que tenía muy mala pinta, pero no lo quería ver. ¡Era un lunar con los bordes raros y además tenía un pelo como de bruja! Aunque lo del pelo era lo de menos, eso no significa que sea malo, pero lo otro...

—A estas alturas de la vida no nos debería sorprender que tengas algo de bruja, con lo que sabes del horóscopo...

—Pues esto no lo vi venir, ni aunque me hubiese echado las cartas diez veces seguidas. Lo que más me jode es que tendré que dejar de fumar.

—Bueno, peor sería tener que dejar de comer croquetas.

—Sin duda. En fin, es lo que toca, ¿no?

Nos reímos de nuevo ante una conversación en la que ambas estábamos intentando quitar hierro al asunto.

—Ahora en serio: lo que me queda es lo más jodido. Ya sé que tengo un melanoma IIIB y que, al menos, hay un nombre y un procedimiento. Me toca hacerme la prueba del ganglio centinela: es la clave.

—¿Y en qué consiste?

—Pues me hacen otra biopsia para ver si el bicho se ha extendido a los ganglios. Dependiendo de los resultados, me pautarán un tratamiento u otro.

Me asustaba seguir haciendo preguntas, pero no iba a dejar que el miedo me negase una información fundamental para conocer la situación. No era el momento de mirar hacia otro lado.

—¿Y si ha traspasado al centinela...? —pregunté.

Lucía me miró y torció el gesto.

—Pues habrá que ver... Estoy muerta de miedo. No lo vi venir —me dijo, flexionando la voz, casi derrumbándose por un instante.

Me acerqué a ella y la abracé de nuevo con fuerza.

—No te preocupes. Vamos a acabar con el bicho, Luci —le dije al oído.

—¿Me lo prometes? —susurró mientras le caía una lágrima que noté en mi cuello y me llegó al alma.

—Hemos lidiado con bichos peores en nuestra antigua vida de azafatas, ¿o no? —bromeé mientras me separaba de ella para secar sus lágrimas con las manos.

—Jodido bicho... Cuando me quitaron el lunar y me lo enseñaron, era como una lombriz con patas.

—Entiendo que le dirías: «Contigo no, bicho».

Lucía y yo empezamos a reírnos a carcajadas al recordar el famoso vídeo viral de hacía años donde un chico contaba cómo le había rechazado una chica. Acto seguido, lo buscamos en YouTube y volvimos a evadirnos de la situación haciendo lo que mejor sabíamos hacer desde siempre: estar juntas.

—¿Y tus padres? ¿Ya lo saben?

—No, a mis padres aún no se lo he contado. No les quiero decir nada, bastante tienen con mis abuelos. No podría preocuparles ahora, hacerles venir y que dejasen todas las preocupaciones para sumarles una más.

—Sabes que tarde o temprano tendrás que contárselo...

—Eso espero, rubia, poder contárselo... —dijo, bromeando de nuevo, pero con cierto pesar—. ¿Y Javi? ¿Cómo se lo ha tomado?

—Bien, bien —mentí, igual que ella con sus padres, para no cargarle con otra preocupación—. Viene el fin de semana.

—Qué majo es, cariño. Me encanta para ti, pese a ser tauro.

Tragué saliva y me atraganté.

—Cof, cof... Sí, es un tauro convencido.

—El sábado me ha dicho Laux que nos juntemos para celebrar tu cumple en su casa.

—¡Sí! No sabes la ilusión que me hace que estemos todas juntas otra vez. Estoy que me cumplo años encima.

—Qué perra. Llegar a los treinta y uno y parecer que tienes los mismos que cuando te conocí. Diez años hace ya de eso...

—Y los que quedan... —dije con confianza.

—Y los que quedan —respondió Lucía con contundencia.

—Bueno, me voy a casa a preparar un poco mi vuelta a Madrid —le anuncié mientras me levantaba para marcharme—. El lunes tienes la prueba, ¿no?

—El lunes a primera hora.

—Pues a primerísima hora estaré aquí para acompañarte.

—Eso no te lo crees ni tú. Siempre llegas tarde.

—Yo no llego tarde. Es la gente que llega muy pronto.

Sonreímos y nos despedimos por ese día. Pese a que me reconfortaba haber visto a Lucía tan calmada e incluso relajada en algunos momentos —aunque no me lo esperaba—, me quedé con un sabor agridulce. Por un lado, estaba aterrada por la prueba y, por otro, ni siquiera había sido capaz de contarle a Lucía lo injusto que estaba siendo Javi desde que me marché de la isla.

Cuando aterricé, escribí a Javi para decirle que había llegado y, lejos de mostrarse como siempre era conmigo, me contestó con un simple «OK». Ya ves, un miserable «OK». Desde entonces no habíamos vuelto a hablar. Antes de irme, me aseguró que vendría el fin de semana siguiente, que además era mi cumpleaños. Por no hablar de que le dejé una maleta preparada con la idea de que me la trajese. Era lo de menos. Sinceramente, se estaba comportando como un crío.

Cuando me desperté al día siguiente, volví a escribirle con la intención no ya solo de saber de él, sino también de nosotros dos.

 

 

Javi Ibiza.

¿Qué tal estás?

¿A qué hora llegas?

 

 

No me contestó.

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